
Meditacuento: Roble y Sauce
En un bosque antiguo, dos árboles aprenden que el perdón no borra lo que dolió, sino que lo transforma. Este Meditacuento invita a soltar con ternura, a reconciliar el corazón y a descubrir que incluso las heridas pueden convertirse en tierra fértil para la paz. Ideal para escuchar antes de dormir, en familia o como un momento de calma y reflexión.
Transcripción
Hola a todos y bienvenidos a un nuevo capítulo de Los Medita Cuentos,
Donde un cuento y una meditación arrullan tu imaginación.
Ahora sí,
Pónganse cómodos y cómodas que vamos a comenzar.
Ubícate en una postura cómoda en la que puedas tener la espaldita derecha,
Que los brazos estén sueltos y relajados a los costados,
Permitiendo que también se relajen los hombros.
Y lo mismo con las piernas.
Deja que caigan a los costados y cierra suavemente tus ojos.
Tomemos juntos una respiración profunda,
Primero inhalando el aire por la nariz y dejándolo salir por la boca.
Comienza a sentir cómo está tu cuerpo el día de hoy.
Imagina que hay un viento suave,
Fresco,
Un viento que va pasando por tu cuerpo y que te va quitando cualquier cosa que no necesites.
Alguna tensión,
Un malestar,
Un dolor o una preocupación.
Entonces el viento empieza primero pasando por tu cabello,
Baja por tu frente,
Por tus ojos,
Se desliza por la nariz,
Hasta la punta de la nariz,
Va por los cachetes,
Las orejas,
La boca,
El mentón y quita todo lo que no necesitamos.
Y ese viento suave sigue por tu cuello,
Por los hombros,
La espalda y la columna en todo su largo,
El pecho,
El abdomen,
El ombligo.
Pero también se deslizó por los hombros,
Bajando por los brazos,
Los codos,
Los antebrazos,
Las muñecas,
La palma de la mano y cada uno de los dedos de las manos,
Eliminando todo lo que pesa y que ya no necesitamos.
Las cosas que ya sucedieron,
Las cosas que aún no han sucedido y que nos preocupan,
Nos angustian o nos emocionan demasiado.
El viento sigue y baja por tu vientre,
Por tus caderas y hace un recorrido por todas las piernas.
Pasa por las rodillas,
Las pantorrillas,
El tobillo,
El talón,
La planta de los pies,
Los empeines y cada uno de los dedos de los pies.
Y ese viento te susurra que todo está bien,
Que estás completamente relajado o relajada,
Que te sientes a salvo,
Seguro y segura.
Perfecto para que puedas relajar todo el cuerpo,
Para que te dejes llevar por ese viento que te arrulla.
Para que sigas con esa sensación de calma,
Para que mantengas los ojos cerrados,
Actives los oídos y permitas que el viento te acompañe a activar tu imaginación.
Este meditacuento se llama El Roble y el Sauce.
Había una vez un gran valle llamado Silencio,
Donde la neblina se levantaba despacio y parecía que el valle suspiraba al amanecer.
En este valle se extendía un gran y antiguo bosque.
Las raíces de los árboles de este bosque se entrelazaban bajo tierra.
Parecía incluso que entre ellos compartían secretos.
Los pájaros llegaban a anidar en las ramas más altas y el río corría a lo lejos.
En ese valle había calma,
Tranquilidad e historias que se contaban a través del río.
Allí,
En el centro de este bosque,
Crecían dos árboles que habían nacido prácticamente juntos,
Un roble y un sauce.
Sus raíces compartían la misma tierra y,
Cuando eran jóvenes,
El sol los bañaba a los dos por igual.
El roble era fuerte,
De tronco grueso y ramas anchas que daban sombra a todo lo que le rodeaba.
Sauce,
En cambio,
Era esbelto y flexible,
Con ramas que danzaban con el viento y hojas que parecían cabellos verdes peinados por la brisa.
Desde pequeños habían sido inseparables.
Cuando llovía,
Sauce dejaba que las gotas que corrían por sus hojas cayeran sobre las raíces de roble y él le devolvía la cortesía protegiéndola de los vientos más fuertes.
Sus risas eran el sonido de las hojas cuando se rozaban y su amistad un pacto silencioso entre cortesas y raíces.
Resulta que una noche el cielo se partió en dos,
Una tormenta llegó sin aviso,
El viento comenzó a rugir,
Las nubes chocaban como si fueran montañas oscuras y el bosque entero empezó a temblar y quedó en pura oscuridad.
Un rayo cayó como un estruendo que partió la noche de un solo golpe.
La tierra se abrió,
El agua del río se desbordó y las raíces de ambos árboles se retorcieron en la oscuridad buscando sostenerse,
Pero el suelo que estaba blandito y herido se deslizó.
Entonces las raíces de sauce se enredaron en las raíces de roble arrancando pedazos de tierra y en ese forcejeo de la tormenta ambos resultaron muy lastimados.
Una de las ramas más queridas de roble se partió y parte de la corteza quedó marcada por el fuego del rayo.
Cuando pasó la tormenta al amanecer todos estaban en silencio.
El bosque estaba cubierto de hojas rotas,
De pedazos de árboles,
De pedazos de raíces.
Todos parecían contener la respiración ante tal paisaje.
Entonces el roble miró sus raíces,
Sus raíces heridas,
La tierra desgarrada y sintió algo que había sentido,
Mucho enojo.
Fuiste tú,
Murmuró con su voz grave.
Te aferraste cuando el viento más fuerte soplaba.
Sauce quiso explicarle,
Pero su voz era suave y roble no la quiso oír.
Yo solo intenté sostenerme,
No quería perderte.
Roble endureció su tronco,
Sus ramas se estiraron hacia el cielo y buscó la distancia.
Sauce lo que hizo fue bajar sus ramas y cubrirse de la sombra.
Los días se empezaron a ser muy largos.
El sol seguía saliendo,
Pero entre ellos crecía un espacio vacío,
Una grieta invisible.
Los pájaros que antes volaban de un árbol a otro comenzaron a evitarlos y el río,
Que siempre cantaba alegre,
Ahora murmuraba con tristeza.
Empezaron a pasar las estaciones,
Nacían flores y morían.
El musgo cubría las raíces heridas y aún así ninguno de ellos habló.
El bosque había perdido su silencio de calma por un tenso silencio.
Hasta que una mañana llegó el viento del norte,
Un viajero de los valles y las montañas que venía lleno de historias que había escuchado en otros bosques.
Y entonces pasó entre Roble y Sauce y observó con sus ojos invisibles lo que había sucedido.
¿Por qué el silencio,
Viejos amigos?
Preguntó,
Pero Roble no respondió y Sauce solo suspiró.
El viento sopló suavemente,
Moviendo las ramas secas que colgaban entre ellos.
He visto árboles que se quiebran por no soltar,
Dijo,
Y he visto otros que florecen después de que sueltan.
Roble,
Con su voz ronca de los años por los que cayó,
Preguntó,
¿y cómo se suelta algo que dolió tanto?
Entonces el viento pareció detenerse por unos segundos,
Como si estuviera pensando qué decir.
No se suelta olvidando,
Se suelta recordando con ternura.
Aquellas palabras entraron en el corazón de Roble como un rayo de sol después de la tormenta.
Recordó entonces la sombra compartida,
Los juegos del viento,
La primera lluvia que habían tenido juntos.
Recordó cómo Sauce se inclinaba para proteger los nuevos retoños y cómo su voz suave siempre arullaba los pájaros.
Sintió el peso de su enojo y también su cansancio,
Y una hoja seca se desprendió de su rama más alta y cayó lentamente,
Flotando hasta las raíces de Sauce.
Sauce levantó sus ramas.
El sol que llevaba años sin tocar la corteza de Roble volvió a filtrarse entre las hojas.
Entonces Sauce dejó caer una gota de rocío que había guardado y cayó sobre la herida de Roble,
Justo donde el rayo había dejado su marca.
El sonido fue leve,
Un pequeño suspiro.
El bosque entero parecía que suspiraba con ellos.
Las raíces bajo tierra comenzaron a entrelazarse de nuevo,
Sin apretarse,
Solo rozándose con suavidad,
Reconociéndose.
El río comenzó a cantar de nuevo,
El viento entonces empezó a danzar alrededor,
Y por primera vez en muchos años,
El Valle del Silencio tuvo música otra vez.
Desde entonces,
Roble siguió siendo fuerte y Sauce siguió danzando con el viento.
Ya no necesitaban estar unidos para estar juntos,
No necesitaban aferrarse,
Habían aprendido a soltar,
A perdonarse sin borrar las cicatrices,
Y a seguir creciendo con las raíces separadas pero entrelazadas por dentro.
Y cuando el viento del norte regresaba cada cierto tiempo,
Contaba su historia a otros bosques.
El perdón no borra el pasado,
Lo transforma en tierra fértil donde puede volver a crecer la paz.
Y hasta aquí el meditacuento de hoy,
Espero que lo hayas disfrutado tanto como yo y que aprendas de esta relación entre el Roble y el Sauce,
Que estaban muy juntos y no querían soltar y terminaron lastimándose,
Pero aprendieron también a perdonar y a dejar ir esas cosas que incluso nos duelen,
A veces en las relaciones con las demás personas,
O incluso situaciones que pasan en nuestro hogar,
O con las personas que más queremos.
Perdonar es permitirnos recordar las cosas que pasaron,
Pero sin el rencor o sin ese sentimiento que nos pesa,
Simplemente como algo que sucedió,
De lo que quizás pudimos aprender algo.
Yo deseo que hoy vayas a dormir pensando que ese viento del norte,
Sabio y amable,
Viene a arrollarte y a desearte dulces sueños.
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