
Meditacuento: Más Que un Juego
Este meditacuento inspira a niñas y jóvenes deportistas a comprender que los sueños grandes requieren tiempo, disciplina y paciencia. A través de la historia de una futbolista que está por tomar una decisión importante en su vida, reflexionamos sobre el esfuerzo silencioso, la constancia y la valentía que implica apostar por lo que amamos. Para conectar con la vocación, confiar en el proceso y recordar que el éxito no es inmediato, pero cada paso cuenta.
Transcripción
Hola a todos y bienvenidos a un nuevo capítulo de Los Medita Cuentos,
Donde un cuento y una meditación arrullan tu imaginación.
Pónganse cómodos y cómodas que vamos a comenzar.
Ubícate en una postura cómoda en la que puedas tener la espaldita derecha,
Que los hombros se alejen de las orejas,
Deja que los brazos estén sueltos a los costados igual que las piernas y si resulta cómodo para ti,
Cierra tus ojos.
Vamos a comenzar a sentir nuestra respiración,
Cómo el aire entra y sale por la nariz,
Dándonos cuenta que hay otras partes del cuerpo que también se mueven cuando el aire entra y cuando el aire sale.
Comienzo a observar si la respiración se siente en el pecho,
Si se siente en el abdomen,
En los hombros,
A los costados del cuerpo o en la nariz.
Donde sea que la estés sintiendo,
Está bien.
Sólo concéntrate en ese movimiento del cuerpo cuando inhala y cuando exhala.
Empieza a ponerle color a esa respiración.
Imagina de qué color es el aire que entra y el aire que sale.
Si son colores diferentes o si es el mismo,
O si cada que respiras va cambiando de color.
Y ahora siente que ese aire de color que entra va a llenar también todo tu cuerpo.
Imagina lo que va pintando tu cabeza con cada respiración,
Va pintando todo tu cuello,
Los brazos,
Los hombros.
Pinta todo tu tronco,
Toda la espalda,
Pinta tus caderas,
Pinta tus piernas,
Pinta incluso cada uno de los deditos de los pies,
Hasta el dedo más pequeñito.
Y el aire que entra en tu cuerpo ha invadido todos los rinconcitos de tu cuerpo.
Y ese color de tu respiración te brinda calma,
Te brinda tranquilidad,
Te brinda paz.
Piensa cómo el aire se ha pintado de un color especial,
Cómo tu cuerpo se ha pintado de ese color especial.
Piensa en toda la magia que tiene la respiración.
Sigue pensando en el color y cada que lo necesites vuelve a tomar un poco más de aire,
De aire,
De aire.
De ese color especial,
De ese color que da calma y tranquilidad.
Mantente así,
Conservando la calma,
Conservando los ojos cerrados.
Activa los oídos y deja que vuele tu imaginación.
Este meditacuento se llama Más que un juego.
Cuando Martina tenía seis años,
Corría detrás de una pelota,
Con los cordones desamarrados y el cabello siempre despeinado.
Jugaba en el recreo,
Jugaba en el parque,
Jugaba en la sala de su casa.
Y cada vez que la pelota tocaba su pie,
Sentía algo especial,
Como si el mundo hiciera silencio solo para verla a ella jugar.
Al principio era solo eso,
Intentar.
No importaba si fallaba,
Si perdía o si la camiseta con la que jugaba le quedaba grande.
Era un juego y nada más.
Pero los años pasaron y el juego empezó a ponerse serio.
Ya no eran solo risas,
Ahora había entrenamientos incluso bajo la lluvia.
Habían pollas en los pies,
Había días en los que el cuerpo decía,
No puedo más,
Pero el corazón siempre le gritaba,
Un poco más.
Y mientras otras amigas iban a fiestas y jugaban,
Martina tenía que madrugar.
Mientras otros descansaban los domingos,
Martina practicaba tiros libres.
Y aunque a veces se preguntaba si todo ese esfuerzo valía la pena,
Cada vez que pisaba una cancha,
El corazón le latía muy fuerte.
Ahora Martina está por cumplir 15 años.
15 años.
Y algo cambió.
Ya no es solo el equipo del barrio,
Ya no es solo el torneo local.
Un visor la vio jugar.
Una academia de otra ciudad la invitó a jugar con ellos.
Otra ciudad.
Pero eso significa despedirse,
Significa entrenar más fuerte,
Significa competir con chiqueras igual o más talentosas,
Significa días sin aplausos,
Sin paciencia.
Entonces,
Después de todo eso,
De todas esas noticias,
De todos esos sentimientos,
Martina se sentó por un momento en su cama.
Miró sus zapatos llenos de tierra.
¿Cuántas veces los limpió después de perder?
¿Y cuántas veces los limpió después de ganar?
¿Cuántas veces pensó en no rendirse?
¿Cuántas veces lo volvió a intentar?
Ser deportista para ella no era solo tener el talento.
Era elegir jugar cuando nadie la obligaba.
Era entrenar cuando nadie la miraba.
Era repetir un movimiento 100 veces.
Aceptar que a veces los resultados no llegan en una semana,
Ni en un mes.
Aceptar que tenía que esperar años para estar logrando lo que hoy estaba logrando.
Años de disciplina,
De caídas,
De volverse a levantar.
Martina estaba aprendiendo algo que no aprendía en los partidos de fútbol ni en la escuela.
Aprendía que crecer duele un poco,
Que elegir sus sueños implicaba tener que dejar otras cosas.
Que amar algo de verdad exigía un poco de valentía.
Que no todos los niños tenían la oportunidad de hacer eso que estaba haciendo ella.
Y así fue que ella descubrió que no era solo el fútbol.
No era solo jugar.
Era la manera en la que se sentía en la cancha.
Era la manera en la que se sentía fuerte.
Era la manera en que se sentía orgullosa de todo lo que hacía.
Después de reflexionar toda una noche,
Martina salió a correr sola.
Quiso que el viento frío le pegara en la cara.
Quiso sentir su respiración.
Quiso simplemente pensar.
Y empezó a preguntarse si ella estaba dispuesta a esforzarse por todo eso que amaba.
Y la respuesta no vino en forma de grito.
No fue una voz mágica que salió de alrededor.
La respuesta fue un latido fuerte de su corazón.
Un pum,
Pum.
Martina recordó con ese pum todas las veces que eligió entrenar en vez de quedarse viendo televisión.
Todas las veces que practicó tiros al arco mientras el sol se escondía.
Todas las veces que perdió y que lo volvió a intentar.
Entendió que el fútbol ya para ella no era solo un juego.
Era su lenguaje.
Era su manera de estar en el mundo.
Su vocación.
Y la vocación necesita esfuerzo.
Necesita valentía para salir a jugar a lo desconocido.
Valentía para apostar por sus sueños.
Valentía para aceptar que el camino no sería rápido.
Pero sería su camino.
Entonces,
Ella tomó su pelota.
La apoyó contra su pecho y cerró los ojos.
Y volvió a sentir ese pum,
Pum.
Ese latido que no le estaba hablando de miedo.
Que le estaba hablando de ganas de seguir luchando.
De ganas de elegir lo que llamaba,
Incluso cuando costaba.
Porque los sueños grandes generan un poco de incomodidad.
Los sueños grandes necesitan constancia.
Necesitan paciencia y necesitan mucha disciplina.
Porque hay juegos que comienzan desde que estamos pequeños,
Pero se convierten en nuestro destino.
Y hasta aquí el Medita Cuento de hoy.
Espero que te haya gustado tanto como a mí.
Y que te haya hecho pensar también en tu pasión.
En tu vocación.
En eso que te hace latir el corazón.
Y que no importa si cuesta,
Si implica sacrificios,
Si implica disciplina.
Es algo que nos llena de satisfacción y de pasión.
Y si es que aún no lo has encontrado,
No te preocupes.
Que puedes seguir explorando y disfrutando de muchas de las actividades o pasiones que hay en la vida.
Hasta que encuentres esa que conecta contigo desde el corazón.
Por hoy,
Deseo que te vayas a dormir y a disfrutar de tu cama.
A disfrutar de ese momento del descanso también con pasión.
Y que por supuesto tengas dulces sueños.
Conoce a tu maestro
5.0 (7)
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