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Cómo Sanar Enfermedades con el Alma

by Elías Berntsson

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¿Qué pasa cuando un médico con más de 30 años en urgencias descubre que la medicina tradicional no es suficiente para sanar? ¿Qué sucede cuando una doctora comienza a ver milagros reales donde otros solo ven diagnósticos? Prepárate para cuestionarlo todo: ¿Puede una palabra curar más que un medicamento? ¿Qué tienen en común la oxitocina, el amor y los glóbulos blancos? ¿Y si el alma también necesita medicina?

Transcripción

¿Qué pasa cuando un médico con más de 30 años en urgencias descubre que la medicina tradicional no es suficiente para sanar?

¿Qué sucede cuando una doctora comienza a ver milagros reales,

Donde otros sólo ven diagnósticos?

Esto es una entrevista real y reciente con la doctora Carmen Alegría,

Que hemos adaptado a un formato directo,

Íntimo y profundamente revelador.

Prepárate para cuestionarlo todo.

¿Puede una palabra curar más que un medicamento?

¿Qué tienen en común la oxitocina,

El amor y los glóbulos blancos?

¿Y si el alma también necesita medicina?

A continuación escucharás las respuestas como nunca antes,

Con preguntas que te harán mirar hacia adentro y relatos reales que pueden cambiarte por dentro.

Esto no es teoría,

Es la experiencia de una doctora que ha acompañado miles de vidas,

Nacimientos,

Diagnósticos y sanaciones sin explicación.

Lo que estás a punto de oír podría transformar tu forma de ver la salud,

El cuerpo y tu propia historia.

¡Comenzamos!

Doctora Carmen Alegría,

Has vivido más de 30 años como médica de urgencias.

Has visto la vida nacer,

Apagarse y también transformarse.

Pero,

De todas esas experiencias,

¿en qué momento sentiste que la medicina tradicional no era suficiente para sanar?

Fíjate que esa inquietud no nació cuando empecé a ejercer como médico,

Como muchos imaginarían.

No fue frente a una camilla ni tras una mala experiencia clínica.

Fue antes,

Mucho antes.

En realidad,

Apareció cuando por fin conseguí llegar a la Facultad de Medicina.

Ese era mi sueño desde los cuatro años.

Lo había idealizado tanto,

Me parecía algo casi sagrado,

Como si entrar allí fuese a darme todas las respuestas de la vida.

Pero cuando empecé a estudiar,

Algo dentro de mí se rompió un poco.

Me encontré con un mundo completamente técnico,

Científico,

Muy útil,

Sí,

Pero extremadamente frío.

Era como si nos estuvieran enseñando a reparar cuerpos como si fueran máquinas.

Y yo pensaba,

¿y lo otro?

¿Dónde está lo otro?

Lo que no se puede tocar,

Lo que no se mide,

Lo que no aparece en un análisis.

Eso era lo que yo quería comprender.

Y no estaba.

No lo enseñaban.

Así que,

Mientras estudiaba,

Yo buscaba por mi cuenta.

Libros de psicología,

Espiritualidad,

Experiencias humanas profundas.

Sabía que había algo más,

Algo esencial.

Y que sin eso,

El tratamiento estaba incompleto.

Siguiente pregunta.

¿Cómo empezó esa búsqueda?

¿De dónde nace en ti ese deseo de mirar más allá de lo físico?

Comenzó desde muy pequeña.

Yo decidí que quería ser médico cuando tenía apenas cuatro años.

En esa época todos los médicos eran varones y en mi familia no había ningún antecedente médico.

Pero cada vez que me enfermaba,

Como todos los niños,

Anginas,

Otitis,

Dolor de barriga,

Y tenía que ir al médico,

Prestaba mucha atención.

Observaba,

Con los ojos muy abiertos y el corazón alerta.

Y descubrí algo que nunca olvidé.

Los doctores que realmente me ayudaban a sentirme mejor no eran necesariamente los más técnicos,

Sino los que me miraban a los ojos.

Los que me llamaban por mi nombre.

Los que me explicaban con una voz cálida qué iban a hacer,

Incluso si era algo que me daba miedo.

Recuerdo perfectamente la angustia que sentía cuando me iban a poner ese palito en la garganta,

El depresor.

Pero si el médico me lo explicaba con cuidado,

Me relajaba.

Incluso si me recetaban lo mismo que otros médicos,

Yo me curaba antes.

Y ahí entendí algo que después confirmé una y otra vez.

Que el trato humano sana.

La presencia sana.

La forma en que te miran,

Te escuchan y te acompañan.

Eso tiene un impacto directo en el cuerpo.

Siguiente pregunta.

Hoy en día muchas personas se sienten desamparadas frente al sistema de salud.

¿Qué papel juega entonces la palabra del médico en el cuerpo del paciente?

La palabra tiene un poder inmenso.

Y no lo digo como una metáfora poética.

Lo digo como médico que ha trabajado décadas con personas en situaciones límite.

La palabra puede curar o puede matar.

Así de simple.

No hace falta ser médico para eso.

En todas las culturas antiguas,

El chamán,

El sanador o el curandero sabían utilizar la palabra con un propósito sanador.

Lo hacían con gestos,

Con rituales,

Con silencios,

Pero también con el uso intencional del lenguaje.

Hoy en día los médicos vamos con bata blanca y fonenoscopio,

Pero no dejamos de tener ese mismo poder ancestral.

El problema es que no somos conscientes de ello,

Y cuando no eres consciente del poder que tienes,

Puedes usarlo sin querer para hacer daño.

Te pongo un ejemplo.

Si yo,

Con mi bata blanca y mi autoridad médica,

Te miro serio y te digo vamos a hacerte una placa porque no me gusta tu aspecto.

Esto puede ser grave.

Aunque no tengas nada,

En tres minutos puedes empezar a toser solo por el efecto que esa frase produce en tu cuerpo.

El miedo se activa.

El sistema nervioso se dispara.

Todo tu organismo empieza a reaccionar.

Por eso siempre digo,

El médico tiene que aprender a hablar,

Pero sobre todo a mirar,

A escuchar,

A estar presente desde un lugar humano,

No solo técnico.

Siguiente pregunta.

¿Qué es lo que menor deberíamos tolerar como pacientes y qué es lo que más deberíamos cuidar como médicos?

Como pacientes creo que todos,

Absolutamente todos,

Deberíamos pasar alguna vez por la experiencia de estar del otro lado,

Porque cambia todo.

No es lo mismo entrar a urgencias como médico con tu bata,

Llevando un caso grave y teniendo todas las puertas abiertas,

Que llegar tumbado en una camilla sin saber qué va a pasar contigo.

Cuando entras como paciente lo único que ves es un techo blanco,

Luces frías y una sensación de soledad brutal.

Estás vulnerable,

Con miedo,

Y ahí es donde un gesto pequeño hace una diferencia enorme.

Una mirada amable,

Una voz que te dice estoy aquí contigo,

Tranquila,

Vamos a ayudarte.

Eso tiene un efecto terapéutico gigantesco y como médicos deberíamos ser formados en eso.

Debería ser una asignatura obligatoria,

Como por ejemplo humanidad básica.

Pero también debemos recordar algo importante como pacientes,

Y es practicar la paciencia.

A veces un paciente se molesta porque ve que otro ha pasado antes,

No entiende que quizá ese otro está con un infarto,

Que cada segundo cuenta.

También veo muchos pacientes que llegan con un diagnóstico hecho por Google,

Que ya saben qué quieren que les recetes.

A mí eso no me enfada,

Al contrario,

Lo entiendo.

Si yo estuviera del otro lado haría lo mismo.

Pero hay que tener un equilibrio,

Tener curiosidad,

Sí,

Pero también confiar en quién te está atendiendo.

Y del lado del médico,

Repito,

Lo primero que deberías aprender no es a leer una radiografía,

Es a decir,

Juan,

Tome asiento,

¿en qué puedo ayudarle?

Llamar por su nombre,

Mirarle a los ojos,

Escuchar sin prisa.

Eso no lo enseñan en la facultad,

Pero sin eso creo que la medicina está a coja.

Siguiente pregunta,

¿y qué diferencia hay entre curar y sanar?

Curar es lo que hacemos los médicos cuando ponemos un buen diagnóstico,

Un tratamiento adecuado y con suerte logramos estabilizar al paciente.

Es una tarea importantísima,

Pero sanar,

Sanar de verdad,

Es otra cosa.

Sanar es un proceso interno,

Es cuando el cuerpo,

La mente y el alma se alinean para transformar una experiencia de enfermedad en una experiencia de conciencia.

Yo he visto pacientes que curan su cáncer,

Pero siguen viviendo con miedo,

Con amargura,

Con quejas constantes,

Y he visto otros que aún con un pronóstico desfavorable brillan,

Agradecen,

Transforman su forma de vivir.

Incluso si el cuerpo no se salva,

Esa persona ha sanado,

Y eso es lo que más me conmueve.

Sanar es recordar que estamos aquí para ser felices,

No para sobrevivir.

Y eso,

Por increíble que parezca,

También es medicina.

Siguiente pregunta.

Doctora,

Hablemos de algo que no se enseña en ninguna facultad.

¿Qué es para ti la medicina del alma?

Es la medicina que no viene en cajas ni se receta con una firma.

La que no tiene código de barras ni prospecto.

Es la que no se puede medir en miligramos,

Pero que,

Sin embargo,

Transforma radicalmente la vida de una persona.

La medicina del alma es esa que conecta con lo invisible,

Con lo profundo y con lo sagrado.

Es la que aparece cuando un paciente,

Aún en medio del dolor más grande,

Recupera la paz.

Y esto lo he visto tantas veces que ya no me cabe ninguna duda.

Yo he tenido pacientes que clínicamente han sido curados.

Les quitamos el tumor,

Superaron una cirugía,

Se restablecieron sus funciones vitales,

Pero no sanaron.

Seguían viviendo desde el resentimiento,

Desde la queja,

Desde la desconfianza,

Y a los pocos años,

Tristemente,

La enfermedad volvió.

En cambio,

También he visto personas con diagnósticos terminales que,

Aunque no sobrevivieron físicamente,

Sanaron por dentro.

Y lo notas en su forma de hablar,

De mirar,

De agradecer.

Esas personas iluminan una sala.

Esa es la medicina del alma,

La que libera,

La que reconcilia,

La que devuelve el sentido incluso en medio del caos.

Siguiente pregunta.

¿Y cómo se accede a esa medicina?

¿Hace falta enfermarse gravemente para encontrarla?

Ojalá no,

Pero la realidad es que muchas veces sí.

Muchas veces nos dejamos empujar por la vida hasta tocar fondo.

Y solo entonces miramos hacia adentro.

Yo he tenido colegas que se reían de mí cuando hablaba de esto hace 20 años.

Me decían que yo estaba delirando con esas cosas emocionales,

Que la medicina era blanco o negro,

Datos y fármacos.

Pero ¿sabes qué ocurrió?

Que con el tiempo,

Uno a uno,

Fueron pasando por enfermedades serias,

Por pérdidas,

Por crisis vitales,

Y entonces empezaron a comprender.

Y lo más hermoso es que hoy muchos de ellos hablan en el mismo lenguaje que yo.

Se han abierto a otra forma de ver la salud.

Pero claro,

Tuvieron que enfermarse primero.

Por eso,

Mi llamado es siempre el siguiente.

No esperes a estar en una camilla para despertar.

No esperes a que la vida te sacuda con fuerza.

Se puede aprender desde la sabeduría,

No solo desde el sufrimiento.

Siguiente pregunta.

En tu experiencia,

¿cuál ha sido uno de los casos más reveladores de sanación que viste en consulta?

Hay uno que llevo grabado a fuego.

Es la historia de un abuelo al que hace más de 30 años le diagnosticaron un cáncer de páncreas en fase terminal.

Lo enviaron a casa con la sentencia de «lo sentimos,

No hay nada más que hacer».

Su hija me pidió que lo visitara a domicilio.

Me dijo «solo asegúrese de que no sufra,

Que no tenga dolor».

Y eso hice.

Iba a verlo a diario.

Al principio él no hablaba mucho.

Estaba acostado,

Como resignado.

Pero un día me contó algo muy curioso.

Me dijo que pasaba las horas mirando una mancha en la pared.

«Ve ese trozo más claro»,

Me dijo.

«Ahí antes había un cuadro.

Yo me imagino que ahí está la foto de la comunión de mi nieto».

Su nieto tenía apenas 8 meses,

Pero él ya lo visualizaba vestido de blanco,

Sonriendo,

Y decía «ese traje se lo voy a comprar yo».

Y ¿sabes qué ocurrió?

Vivió no 15 días,

Como le pronosticaron,

Sino más de 7 años.

Vivió exactamente hasta que su nieto hizo la comunión,

Y cuando eso ocurrió,

Se durmió.

En paz.

Ese día firmé su certificado de defunción.

¿Qué lo mantuvo vivo?

No fueron los medicamentos.

Fue el amor.

Fue la ilusión.

Fue una imagen que alimentó su alma,

Más que cualquier tratamiento.

Siguiente pregunta.

Increíble.

Entonces,

¿el amor puede ser más potente que una quimioterapia?

Sin duda.

Y cuando lo digo,

No es para hacer poesía,

Ni sonar romántica.

Lo digo porque lo he visto,

Lo he vivido,

Y lo he comprobado una y otra vez.

El amor genera oxitocina.

La oxitocina disminuye la presión arterial,

Refuerza el sistema inmunológico,

Reduce el cortisol y mejora el estado de ánimo.

Pero hay algo más profundo.

El amor da sentido,

Da propósito.

Y el cuerpo humano responde al sentido con vida.

Por eso,

Una madre que atraviesa un diagnóstico devastador muchas veces sobrevive lo suficiente para criar a sus hijos,

Porque hay algo que la sostiene más allá de la medicina.

Ese amor incondicional es una fuente inagotable de energía.

Siguiente pregunta.

Pero,

¿y si alguien siente que nunca ha experimentado amor,

También puede sanar?

Sí.

Aunque el camino es más desafiante,

Sigue siendo posible,

Porque no se trata solo de recibir amor de otros.

También puedes aprender a darte amor,

A reconectar con tu niño interior,

Con la parte de ti que fue herida,

Pero sigue esperando que alguien la abrace.

He tenido pacientes que decían,

Nunca me han amado.

Y tras un proceso de introspección,

De autoescucha,

De perdón,

Comenzaron a experimentar algo nuevo.

Empezaron a enamorarse de la vida,

De su cuerpo,

De sus rutinas diarias.

Yo les decía,

Haz algo cada día que te haga bien.

Adopta una planta,

Canta,

Camina descalza por la tierra,

Haz de lo cotidiano un acto de amor propio.

Y el cambio era brutal.

La sanación no siempre empieza con fuegos artificiales.

A veces empieza con una taza de té caliente y un suspiro.

Siguiente pregunta.

¿Hablaste también del poder de la palabra?

¿Una palabra puede realmente curar o enfermar?

Absolutamente.

Y no solo lo creo.

Lo he visto en miles de consultas.

Te pongo un ejemplo.

Un médico mira una placa y dice con cara de alarma,

Uy,

Esto no me gusta nada.

Vamos a hacer más pruebas porque puede ser grave.

Ese paciente empieza a toser,

A angustiarse,

A descomponerse.

Y no porque haya empeorado clínicamente,

Sino porque ha recibido una información con carga emocional negativa.

En cambio,

Si el médico dice,

Vamos a estudiarlo con calma,

Por ahora no te preocupes,

Estás en buenas manos.

El cuerpo responde con otra química.

Eso se llama su gestión positiva.

Y no solo lo hacen los médicos.

Lo hace una madre,

Un jefe,

Un maestro,

Cualquiera que tenga poder sobre otro ser humano.

Por eso,

Insisto tanto,

Cuida lo que dices.

Y sobre todo,

Cuida cómo lo dices.

Siguiente pregunta.

Entonces,

¿la bata blanca tiene más poder del que creemos?

Tiene un poder simbólico enorme.

Representa autoridad,

Conocimiento,

Protección.

Pero también puede convertirse en un arma si se usa mal.

Por eso,

Siempre digo que los médicos deberíamos ser pacientes al menos una vez en la vida.

Solo cuando estás tumbado en una camilla,

Vulnerable,

Asustado,

Entiendes lo que significa una mirada amable,

Una voz que te dice,

Estoy aquí contigo.

Esa es la verdadera medicina.

Y no cuesta nada.

No está en el presupuesto de sanidad,

Pero cambia destinos.

Siguiente pregunta.

¿Y cómo enseñamos a los médicos del futuro esta otra forma de sanar?

Pues con el ejemplo,

Con humildad,

Con escucha.

Yo siempre digo a los médicos jóvenes que trabajan conmigo,

Lo más importante que puedes saber sobre un paciente no es su diagnóstico,

Es su nombre.

Porque cuando llamas a alguien por su nombre,

Le devuelve su humanidad.

Y eso abre una puerta invisible que ninguna medicina puede abrir.

La medicina del alma no está en los libros,

Está en el corazón.

Siguiente pregunta.

Doctora,

Muchas personas viven convencidas de que las emociones enferman.

¿Qué piensas tú sobre esa afirmación?

Es una afirmación que necesita matices.

No,

Las emociones no enferman.

Al contrario,

Las emociones sanan.

El problema es que no nos han enseñado a sentirlas como vienen,

A transitarlas y a soltarlas.

Las emociones son respuestas biológicas sabias.

Forman parte del sistema límbico,

Que es una de las partes más primitivas y esenciales del cerebro.

Nacemos con ellas porque nos protegen.

La tristeza,

Por ejemplo,

Te lleva a recogerte,

A detenerte,

A procesar una pérdida.

Es un mecanismo sanador,

Natural y necesario.

Pero en esta sociedad parece que estar triste está mal,

Que hay que estar bien todo el tiempo.

Y con el enfado pasa algo similar.

Lo reprimimos tanto que termina saliendo como resentimiento,

Como amargura,

Como síntomas físicos crónicos.

¿Sabes quiénes nos dan una lección increíble sobre esto?

Los niños.

Un niño se enfada,

Llora,

Se tira al suelo,

Lo saca todo en dos minutos y al momento está jugando de nuevo.

Las emociones en su estado puro duran muy poco.

El problema aparece cuando no las dejamos salir,

Cuando las juzgamos,

Cuando las reprimimos.

Ahí se estancan y lo que se estanca duele,

Y muchas veces enferma.

Siguiente pregunta.

¿Entonces el problema no es sentir sino no saber soltar?

Exactamente.

Sentir es natural.

Lo no natural es quedarte atrapado.

Yo tengo pacientes con hipertensión que llevan 20 años enfadados por cosas que ni siquiera recuerdan con claridad.

Personas que vivieron una traición,

Una injusticia,

Una humillación.

Y en lugar de procesarlo,

Se lo tragaron.

Se tragaron la rabia,

El miedo,

La tristeza.

Y esa emoción se transformó en un estado.

El cuerpo humano puede tolerar una emoción puntual.

Lo que no puede es vivir durante años con un cóctel constante de cortisol,

Adrenalina,

Ácido.

Porque eso intoxica,

Eso desgasta.

He visto personas que toman tres fármacos para la presión arterial y ninguno les funciona hasta que logran perdonar algo que llevaban guardado desde su infancia.

A veces basta con hacer consciente lo inconsciente.

Decir,

Sí,

Esto me dolió,

Sí,

Esto me marcó,

Pero ya no necesito llevarlo encima.

Y ese momento es sanador.

El cuerpo lo agradece de inmediato.

De hecho,

Lo busca.

Porque el cuerpo siempre quiere volver al equilibrio.

Solo necesita que dejemos de interferir con tanto juicio,

Con tanto orgullo,

Con tanto esto no debería haber pasado.

Siguiente pregunta.

Has dicho que el cuerpo es sabio.

¿Cómo podemos empezar a escucharlo?

Con una pregunta muy sencilla,

Que yo uso mucho en consulta.

¿Qué sientes?

¿Y dónde lo sientes?

Parece simple,

Pero no lo es.

Porque muchas personas llevan años desconectadas de sí mismas.

Saben lo que piensan,

Pero no lo que sienten.

Saben lo que les molesta de los demás,

Pero no lo que duele dentro.

Y cuando les haces esa pregunta,

Se desconciertan.

Pero si se la hacen con honestidad,

Empiezan a descubrir un mapa corporal muy revelador.

El cuerpo no miente.

Cuando algo no va bien,

Empieza a enviar señales.

Un nudo en el estómago.

Una presión en el pecho.

Una contractura en la espalda.

Una migraña recurrente.

Y,

Si no escuchas,

Sube el volumen.

El cuerpo primero susurra,

Y luego grita.

Por eso siempre digo,

Escúchate antes de que tu cuerpo tenga que gritarte con una enfermedad.

La medicina que viene empieza por ahí,

Por devolverle la voz al cuerpo,

Por dejar de ver los síntomas como enemigos y empezar a escucharlos como mensajeros.

Siguiente pregunta.

¿Y qué papel tiene el entorno emocional en todo esto?

¿Las personas que nos rodean también nos afectan?

Muchísimo.

El entorno puede nutrirte o drenarte.

Hay personas que son como vitaminas.

Te alegran con solo verlas.

Te devuelven la esperanza.

Te ayudan a reconectar contigo mismo.

Y hay otras que,

Sin darse cuenta,

Te intoxican con sus quejas,

Su victimismo,

Su miedo constante.

Yo siempre les digo a mis pacientes,

No puedes elegir a todos tus compañeros de trabajo,

Ni a tus vecinos,

Ni a tu familia,

Pero sí puedes elegir con quién compartes tu tiempo libre.

¿A quién le das tu atención?

¿Qué conversaciones alimentas?

Rodéate de personas que te eleven,

Que te recuerden quién eres cuando lo olvidas,

Que te inspiren a vivir con más ligereza,

Con más sentido.

Porque el estado de ánimo se contagia más que un virus,

Literalmente,

Y eso tiene impacto físico.

La ciencia lo ha comprobado.

Estar con personas amables eleva tu oxitocina,

Mejora tu sistema inmune,

Regula tus niveles de estrés.

La salud no es solo lo que comes o lo que te recetan.

Es también lo que sientes cuando alguien te mira con amor.

Siguiente pregunta.

¿Entonces se puede aprender a sanar sin tener que tocar fondo?

Sí.

Aunque es cierto que muchas veces aprendemos más por el dolor que por la sabeduría,

También podemos elegir otro camino.

Podemos empezar a hacer pausas,

A escuchar,

A observarnos sin juicio.

No hace falta que te pille un camión ni que te diagnostiquen una enfermedad grave.

Puedes parar ahora,

Respirar,

Sentir,

Preguntarte ¿desde qué parte de mí me estoy relacionando con el mundo?

¿Desde el miedo?

¿Desde el control?

¿Desde el juicio?

¿O desde el amor,

La aceptación,

La curiosidad?

Yo misma me lo pregunto cada día,

Sobre todo cuando voy de guardia.

Porque sé que si no me lo pregunto,

Puedo caer en el piloto automático,

En la prisa,

En la frialdad.

Y eso se nota.

Los pacientes lo notan.

Así que me detengo y digo ¿desde dónde quiero atender hoy?

Porque nadie elige estar enfermo.

Y si yo estoy ahí,

Lo mínimo que puedo ofrecer es presencia,

Amor,

Escucha.

No necesito ser perfecta,

Solo estar entera.

Siguiente pregunta.

¿Alguna vez viviste una situación en la que olvidaste hacerte esa pregunta?

Sí,

Y recuerdo una muy claramente,

Porque me dejó una gran lección.

Fue justo después de la pandemia.

Yo llevaba toda la mañana frustrada porque no conseguía hablar con una aerolínea por un viaje que tenía planeado.

Llamé más de 20 veces.

Todo eran máquinas,

Esperas,

Respuestas automáticas.

Estaba enfadada,

Tensa y drenada.

Y entonces llegué a urgencias.

Me avisaron que una señora quería hablar con un médico.

No era una urgencia médica.

Y yo,

Desde mi enfado,

Dije no,

Aquí no se atienden consultas así.

Ya lo ponen en el cartel.

El celador insistió una segunda vez.

Yo seguía con mi mente cerrada.

A la tercera,

Algo en mí dijo,

Para,

Respira.

¿Desde dónde estás actuando?

Me detuve,

Me reubiqué y dije que pasara.

Era una mujer que solo necesitaba un papel médico para algo sencillo.

Se lo gestioné con gusto.

Cuando se iba,

Me dio la mano y me dijo,

Lo que necesite,

Doctora.

Trabajo en la aerolínea con la que usted está intentando contactar.

Y me ayudó a resolverlo todo.

Y de hecho,

Acabó regalándome un viaje.

Así es la vida.

Cuando eliges mirar desde el amor,

El universo responde.

Siguiente pregunta.

Doctora,

Has hablado mucho sobre el alma,

Sobre esa dimensión que no se ve pero que sostiene.

¿Qué significa para ti la espiritualidad?

Para mí,

Espiritualidad no es algo que se aprende.

Es algo que se recuerda.

No tiene que ver con una religión,

Ni con dogmas,

Ni con rezos estructurados.

La espiritualidad es volver a lo esencial.

Es recordar que somos más que este cuerpo,

Que esta mente,

Que esta historia.

Que hay una parte de nosotros,

Ya mala alma,

Conciencia,

Chispa divina,

Que permanece intacta,

Pase lo que pase.

Yo siempre digo que todos nacemos espirituales.

Lo vemos en los bebés.

No tienen vergüenza,

Ni ego,

Ni necesidad de aparentar.

Solo están presentes,

Vibrando en lo que son.

Pero,

A medida que crecemos,

Nos vamos desconectando.

Nos llenamos de capas,

De exigencias,

De juicios,

Y poco a poco nos alejamos de esa fuente.

La espiritualidad es volver a casa.

Volver a esa parte que ya sabe,

Que ya está en paz,

Que no necesita demostrarse nada.

Y en la práctica,

Es algo muy concreto.

Es tratar con amor.

Hablar con conciencia.

Elegir la calma en lugar del grito.

Pedir perdón cuando hace falta.

Abrazar.

Respirar con presencia.

Agradecer.

Todo eso es espiritualidad.

Y todo eso sana.

Siguiente pregunta.

¿Es necesario tener fe para sanar?

La fe ayuda,

Pero no es indispensable en el sentido tradicional.

He visto personas profundamente espirituales que no tienen una creencia específica,

Pero viven conectadas con algo mayor.

Lo que sí es necesario es confiar.

Confiar en que hay algo dentro de ti que sabe.

Confiar en que no estás solo.

En que el proceso,

Aunque duela,

Tiene sentido.

Y si me preguntas cómo se llega a esa confianza,

Te diría que muchas veces no es por la teoría,

Sino por la vivencia.

Hay personas que han pasado por experiencias cercanas a la muerte y vuelven transformadas.

Otras que han tocado fondo en una enfermedad y descubren en ese abismo una luz.

Y otras que simplemente un día,

En silencio,

Conectan con algo que no saben explicar,

Pero que les da paz.

Y no hace falta esperar a que la vida nos sacuda.

Puedes empezar hoy,

Cerrando los ojos,

Agradeciendo,

Escuchándote de verdad.

Ese momento contigo mismo ya es espiritualidad.

Siguiente pregunta.

¿En tu experiencia,

Cómo empieza una verdadera sanación interior?

Pues con una decisión.

La de dejar de huir.

La de dejar de pelearte con lo que es.

Cuando un paciente recibe un diagnóstico muy duro,

Lo primero que aparece es el rechazo,

El ¿por qué a mí?

La negación,

La rabia… y todo eso es válido,

Es humano.

Pero llega un momento en que el cuerpo y el alma necesitan otra respuesta.

Y ahí es donde empieza la verdadera sanación.

Cuando aparece la aceptación.

No hablo de resignarse,

Que es muy distinto.

Resignarse es rendirse desde la derrota.

Pero aceptar es rendirse desde la paz.

Es mirar la realidad a los ojos y decir,

Vale,

Esto es lo que hay,

¿qué puedo hacer con esto?

Y desde ahí,

Todo cambia.

La persona deja de pelear con su cuerpo,

Empieza a escucharlo,

Se abren otras posibilidades,

Otras puertas,

Y muchas veces ocurre lo inesperado.

No siempre significa que el cuerpo se cure,

Pero sí que el alma encuentra descanso.

Y eso ya es un milagro de por sí.

Siguiente pregunta.

¿Y qué les dirías a quienes hoy están enfrentando una enfermedad incurable?

Lo primero,

Que no están solos.

Y lo segundo,

Que incurable no significa incapaz de sanar.

Incurable solo quiere decir que la cura no viene desde afuera,

Que tiene que nacer desde adentro.

Y eso abre una posibilidad inmensa.

Lo he visto y lo he vivido.

Personas que venían con un pronóstico terminal y que,

Contra todo pronóstico,

Siguen vivas años después.

O que,

Incluso si no sobreviven físicamente,

Se van en paz,

Reconciliados,

Agradecidos.

Porque han sanado desde otro lugar.

A esas personas les diría,

Permite sentir todo,

Llora,

Grita,

Abraza tu miedo,

Pero no te quedes ahí,

Acepta,

Perdona,

Rodéate de belleza,

Habla con quienes amas,

Hazte preguntas profundas,

Escucha tu cuerpo y sobre todo escúchate a ti mismo sin juicio.

Ahí,

En esa intimidad contigo mismo,

Hay una medicina que no viene en frasco y que puede verdaderamente cambiarlo todo.

Siguiente pregunta.

Si tuvieras que resumir todo lo que has aprendido en estos años,

¿cuál sería el mensaje más importante que te gustaría dejar?

Que la vida es mucho más sencilla de lo que creemos.

Que no vinimos aquí para acumular ni para sufrir ni para estar en guerra con nosotros mismos.

Venimos a amar,

A vivir,

A aprender,

A disfrutar del misterio.

Y que la sanación,

Más que un destino,

Es una forma de caminar.

Cuando caminas con amor,

Con conciencia,

Con gratitud,

Todo se ordena de otro modo.

No significa que no haya dolor,

Pero el dolor se transforma y muchas veces se convierte en puerta.

Así que,

Si alguien me está escuchando ahora mismo y siente que ha perdido la esperanza,

Le diría lo siguiente.

Cierra los ojos ahora.

Respira.

Vuelve a ti.

No necesitas ser perfecto o perfecta.

Solo necesitas estar presente.

Porque dentro de ti hay más medicina de la que imaginas.

© 2026 Elías Berntsson. All rights reserved. All copyright in this work remains with the original creator. No part of this material may be reproduced, distributed, or transmitted in any form or by any means, without the prior written permission of the copyright owner.

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