
Historia Para Dormir: La Isla Que Solo Aparece Cuando Paras
Elia es una cartógrafa que lleva años mapeando lugares imposibles. Esta noche la acompañamos en su búsqueda de una isla misteriosa que ningún instrumento ha podido encontrar. A través de su historia descubriremos juntos algo que a veces olvidamos: que hay cosas que no se encuentran buscando, sino parando. Una historia para dormir inspirada en principios de mindfulness y autocompasión, para recordarte que el descanso no se gana, simplemente se permite.
Transcripción
Hola,
Soy Ana Sofía Bavoni,
Psicóloga y maestra de meditación.
Te doy la bienvenida a estas historias para dormir.
Historias inspiradas en principios de psicología y mindfulness,
Para que mientras descansas,
Encuentres espacios para crecer y cuidar de ti.
Esta noche te traigo la isla que solo aparece cuando paras.
Así que te invito a encontrar una postura cómoda,
Y sin que tengas que hacer nada más,
Deja que esta historia te acompañe esta noche.
Elia llevaba mapas en todos los bolsillos.
Mapas doblados en cuatro,
Enrollados con cuidado,
Manchados de tinta azul y de algo que podría haber sido lluvia o podría haber sido mar.
Llevaba años cartografiando lugares que no aparecen en ningún atlas.
El valle donde viven los miedos viejos,
El bosque de los pensamientos que dan vueltas y vueltas,
La llanura de las manos abiertas.
Los había encontrado todos,
Los había recorrido,
Medido,
Dibujado con su pluma más fina.
Pero había uno que se le resistía,
La isla que solo aparece cuando paras.
Había oído hablar de ella desde pequeña,
En voz de su abuela,
Que la describía con los ojos entrecerrados como quien recuerda un sueño muy bueno.
Es un lugar donde el aire sabe algo que no tiene nombre,
Decía,
Donde el cuerpo recuerda que no tiene que demostrar nada.
Elia quería encontrarla,
La quería cartografiar,
Claro,
Ponerle bordes,
Darle coordenadas,
Dibujar cada cala y cada árbol.
Así que la buscó.
La primera vez,
Zarpó al amanecer en un barco pequeño y determinado.
Llevaba sus instrumentos de medición,
Su cuaderno de campo,
Su brújula de latón que nunca mentía.
Remó durante horas hacia el horizonte,
Mirando el agua con ojos de lupa,
Buscando la silueta de una orilla,
El perfil de una palmera,
Cualquier señal.
No encontró nada,
Solo agua y su propio reflejo moviéndose con las olas,
Mirándola desde abajo con una expresión que no supo descifrar.
Volvió a casa con las manos vacías y la certeza de que había buscado en la dirección equivocada.
La segunda vez lo intentó de noche.
Alguien le había dicho que la isla era tímida,
Que solo se dejaba ver en la oscuridad.
Elia salió con su linterna más potente y sus ojos bien abiertos.
Escrutó cada sombra sobre el agua,
Cada destello de luna en las olas.
Remó hasta que los brazos le ardieron.
Remó hasta que ya no distinguía si avanzaba o si simplemente se movía.
Nada,
Solo la noche,
El agua y ese silencio tan grande que casi hacía ruido.
Volvió agotada,
Con ampollas en las manos y una irritación sorda en el pecho que no supo muy bien cómo nombrar.
La tercera vez,
Elia preparó una expedición más seria.
Estudió corrientes marinas,
Consultó a otros cartógrafos,
Llevó provisiones para dos semanas,
Un catalejo nuevo y una lista de materiales.
Una lista de todo lo que tenía que hacer al llegar.
Medir la costa norte primero,
Luego la sur,
Documentar la vegetación,
Tomar muestras de la arena.
Estuvo fuera doce días.
No encontró la isla.
Encontró,
Eso sí,
Un cansancio tan profundo que ya no era solo del cuerpo.
Era un cansancio que venía de más adentro.
De ese lugar donde vive la voluntad.
Donde vive el esfuerzo.
Donde vive esa voz que dice,
Sigue,
Sigue,
Un poco más,
Todavía no puedes parar.
Cuando llegó de vuelta,
No tuvo fuerzas ni para caminar a casa.
Se sentó en el suelo del embarcadero.
Con las piernas colgando sobre el agua.
Y se quedó quieta.
El sol estaba bajando.
El agua se teñía de naranja y de rosa.
De ese color que solo dura unos minutos y que siempre parece una despedida y un comienzo al mismo tiempo.
Él ya no buscaba nada.
No miraba el horizonte.
Tenía los ojos un poco cerrados.
Los hombros caídos.
Las manos abiertas sobre las rodillas.
Con las palmas hacia arriba.
Como si hubiera soltado algo que no sabía que estaba sujetando.
Y entonces.
.
.
No en el horizonte.
No lejos.
Estaba a unos pocos metros del embarcadero.
Donde antes solo había agua.
Había una orilla.
Una orilla suave.
De arena clara.
Con árboles que movían las hojas sin viento.
Y un aire que él ya supo antes de respirarlo.
Sabía algo que no tenía nombre.
Ahí estaba.
Él ya parpadeó.
Se frotó los ojos.
Miró de nuevo.
Seguía ahí.
Se quedó muy quieta.
Casi sin respirar.
Como cuando de niña encontraba un pájaro y sabía que cualquier movimiento brusco lo asustaría.
¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Quiso preguntar.
Pero no hizo falta.
Porque de alguna manera en ese silencio tan grande la respuesta llegó sola.
Suave como el movimiento de las hojas.
Siempre.
Él ya bajó del embarcadero despacio.
Se descalzó antes de pisar la arena.
La arena estaba tibia.
No caliente de sol.
Sino tibia como una mano amiga.
Como algo que te espera.
Caminó unos pasos hacia el interior de la isla.
Y se sentó bajo uno de los árboles.
Las hojas filtraban lo que quedaba de luz.
Y Elia por primera vez en muchísimo tiempo no hizo nada.
No midió.
No dibujó.
No tomó notas.
Solo estuvo.
Más tarde no supo cuánto tiempo más tarde porque en la isla el tiempo se comportaba de otra manera comprendió algo.
No era que la isla se hubiera escondido de ella todas esas veces.
Era que ella no había podido verla.
Porque cuando buscamos con esa urgencia con esa tensión de quien tiene que encontrar con ese esfuerzo de quien no puede permitirse llegar con las manos vacías los ojos se ponen de una manera que no deja ver ciertas cosas.
Cosas que solo aparecen cuando la mirada se ablanda.
Cuando los hombros bajan.
Cuando las manos se abren.
Cuando paras.
No paras de existir.
No paras de ser.
Solo paras de perseguir.
Y en ese espacio que queda en ese hueco quieto entre un esfuerzo y el siguiente a veces aparece exactamente lo que necesitas.
No porque lo hayas ganado sino porque siempre estuvo ahí esperando que hubiera suficiente silencio y espacio para que pudieras verlo.
Él ya nunca cartografió la isla volvió muchas veces eso sí pero siempre llegó de la misma manera sin instrumentos sin lista de tareas sin el catalejo ni la brújula solo ella y el embarcadero y ese momento en que dejaba de intentar y simplemente se dejaba ser.
Y la isla aparecía siempre aparecía con su arena tibia y sus árboles que se movían sin viento y ese aire que sabe a algo que no tiene nombre pero que si tuvieras que describírselo a alguien quizás dirías que sabe a esto está bien a puedes descansar a no tienes que demostrar nada esta noche Y ahora tú tú que has llegado hasta aquí al final del día al final de todos los esfuerzos de hoy nota tus hombros puedes dejarlos caer un poco más nota tus manos puedes abrir las palmas aunque sea un poco duro no tienes que encontrar nada esta noche no tienes que resolver nada no tienes que llegar a ninguna orilla solo estar aquí con tu respiración con el peso de tu cuerpo sobre la cama con este momento exactamente como es y quizás si escuchas con suficiente calma puedas sentirlo ese aire que sabe a algo que no tiene nombre esa arena tibia bajo los pies esa isla que siempre estuvo ahí esperándote buenas noches
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