
Meditacuento: Siempre Juntos
Un suave meditacuento sobre el amor que trasciende la distancia. Acompaña a dos hermanitos elefantes que, tras separarse en busca de agua, emprenden su propio camino lleno de aprendizajes, valentía y nuevas experiencias. Aunque están lejos, descubren que hay algo que siempre los mantiene unidos: la luna… y el amor que habita en sus corazones.Una historia para relajarse, soltar, y recordar que no importa cuán lejos estén quienes amamos… siempre podemos encontrarnos de nuevas formas. Ideal para antes de dormir, este cuento invita a respirar con calma, conectar con la sensación de compañía y sentirse seguro, amado y en paz. Recomendado para niños y familias Perfecto para acompañar momentos de descanso y conexión emocional
Transcripción
Hola a todos y bienvenidos a un nuevo capítulo de Los Meditacuentos,
Donde un cuento y una meditación arrullan tu imaginación.
Pónganse cómodos y cómodas que vamos a comenzar.
Ubícate en una postura cómoda en la que puedas tener la espaldita derecha,
Que alejes los hombros de las orejas,
Brazos y piernas que estén sueltos a los costados y en la que puedas cerrar suavecito tus ojos.
Comienza a sentir tu respiración,
Como entra y sale el aire por la nariz,
Y como el aire hace que se mueva tu abdomen,
Tu pecho,
Las costillas,
Incluso puede que se muevan hasta los hombros.
Empieza a sentir que el aire que entra y que sale va alimentando una pequeña luz que hay en el centro de tu cuerpo,
Una luz que va desde tu ombligo hacia todo tu cuerpo.
Imagina esa luz de color amarillo que empieza a girar como si fuera una rueda y se va expandiendo por todo tu cuerpo.
La luz va hasta los pies,
Pasando por cada uno de los deditos de los pies,
Por todas las piernas,
Las rodillas y la cadera.
Y la luz va desde tu abdomen también hacia los brazos,
Los codos,
Los antebrazos,
Las muñecas y cada uno de los dedos de las manos.
La rueda que contiene la luz sigue girando por todo tu tronco,
Tu espalda,
Pasa por el pecho,
Continúa subiendo por la garganta y todo tu rostro,
Por la boca,
Los cachetes,
Las orejas,
Por la nariz,
Los ojos y la frente,
Toda tu cabeza.
Siente como esa luz se ha ido a cada uno de los rincones de tu cuerpo.
También acaricia todos tus órganos internos,
El estómago,
Todo el sistema digestivo,
El corazón,
Los pulmones,
Todas las partes que hay en tu cuerpo.
Y te sientes completamente llena y lleno de luz,
Desde los dedos de los pies hasta la cabeza.
Una luz que también te llena de paz,
De calma,
De seguridad,
De tranquilidad.
Una luz que te da un calorcito,
Como el que se siente cuando alguien que amamos mucho nos abraza.
Una luz que te permite relajarte por completo.
Suelta cualquier tensión o preocupación,
Mantén el calorcito de la luz en tu cuerpo.
Continúa con tus ojitos cerrados,
Activa los oídos y deja que vuele tu imaginación.
Este meditacuento se llama Siempre Juntos.
En la sabana dorada,
Donde el viento mueve la hierba como si fuera un mar tranquilo,
Vivían dos elefantes,
Quito y Suma.
Desde pequeños,
Siempre caminaban uno al lado del otro.
Sus pasos eran distintos,
Pero su ritmo era el mismo.
Jugaban a salpicarse en los charcos,
Se escondían entre las sombras de los árboles y al dormir sus trompas siempre se encontraban.
Siempre juntos,
Decía Quito,
Siempre,
Respondía Suma.
Pero un año la lluvia no llegó,
Los ríos comenzaron a desaparecer y la tierra se volvió seca y silenciosa.
La manada tuvo que tomar una difícil decisión.
Había que buscar agua,
Aunque eso significara separarse.
Unos decidieron que irían al este y otros hacia el sur.
Quito miró a Suma y Suma miró a Quito y sin decirlo sus corazones se entendieron.
Esta vez no caminarían juntos,
Se acercaron lentamente,
Entrelazaron sus trompas como si quisieran guardar ese abrazo para siempre.
Voy a encontrarte otra vez,
Susurró Quito,
Siempre,
Respondió Suma,
Aunque su voz temblaba.
Y así tuvieron que partir.
Los días se volvieron largos.
Quito caminó junto a nuevos compañeros,
Cruzaron tierras agrietadas y vientos calientes.
Aprendió a escuchar el suelo,
A encontrar agua donde parecía no haber nada.
Suma,
Por su lado,
Avanzó entre colinas y árboles solitarios.
Descubrió ríos escondidos y cielos llenos de nuevas estrellas.
Ambos vivieron muchas aventuras.
Ambos aprendieron un montón de cosas nuevas.
Pero cada noche,
Al detenerse,
Algo les faltaba.
Entonces,
Una noche clara,
Quito levantó la mirada.
Y ahí estaba,
Redonda,
Silenciosa y brillante.
La luna.
Suma,
Susurró.
En otro lugar muy lejos,
Suma también estaba mirando el cielo.
Quito,
Respondió,
Como si pudiera escucharlo.
Y aunque estaban separados,
Algo dentro de ellos se sintió más cerca.
Desde entonces,
Cada noche,
Ambos buscaban la luna.
Y en su luz suave,
Encontraban ese abrazo invisible que les hacía falta.
El tiempo pasó.
Las lluvias regresaron.
Y un día,
La tierra volvió a llenarse de vida.
Las manadas comenzaron a unirse otra vez.
Hasta que,
En medio de esa sabana verde-verde por las lluvias,
Dos caminos se volvieron a cruzar.
Quito caminaba despacio cuando sintió algo.
Un latido conocido.
Levantó la mirada y ahí estaba,
Suma.
Por un momento,
El mundo se quedó en silencio.
Luego corrieron.
Sus pasos hicieron temblar la tierra y sus corazones volaban de felicidad.
Se encontraron en un abrazo de trompas,
Largo y cálido,
Como si el tiempo nunca hubiera pasado.
—¡Te encontré!
—dijo Quito.
—Siempre supe que lo harías —dijo Suma.
Se sentaron juntos bajo un árbol y comenzaron a contarse todo.
Todos los ríos escondidos,
Las noches frías,
Los nuevos amigos,
Los miedos y también la valentía.
Y se rieron y escucharon y se reconocieron de nuevo.
Pero,
Como la vida siempre se mueve,
Llegó el momento de seguir caminando otra vez.
Y esta vez no por falta de agua,
Sino porque cada uno tenía que recorrer su propio camino.
Se miraron en silencio,
Pero ya no había miedo.
Había amor y mucha certeza.
—Si alguna vez te extraño —dijo Suma.
—Mira la luna —completó Quito.
—Ahí voy a estar yo también.
—Siempre.
Esa noche,
Antes de separarse,
Caminaron juntos una última vez.
Hasta que la luna apareció en el cielo.
Y se quedaron quietos,
Uno junto al otro,
Mirándola,
Respirando,
Sintiendo,
Guardando ese instante en su corazón.
Y desde entonces,
Cada que Quito mira a la luna,
Sabe que Suma también la está mirando.
Cada vez que Suma siente el viento suave de la noche,
Recuerda que no está solo.
Porque hay amores que no necesitan estar cerca para estar juntos.
Hay lazos que no se rompen con la distancia,
Solo se transforman.
Y porque a veces,
El cielo entero se convierte en un puente invisible entre dos corazones que se aman.
Y hasta aquí el meditacuento de hoy.
Deseo que te haya gustado tanto como a mí.
Y si tú también como ellos estás extrañando a una persona que quieres mucho y que no tienes cerca,
Recuerda que en el cielo hay puentes invisibles que nos unen con nuestros seres queridos.
Solo basta con mirar el cielo,
Y que puedas encontrar en él consuelo,
Ese abrazo de la persona que no está cerca.
Pero seguro que esa persona también estará mirando el cielo y pensando en ti.
Por hoy,
Deseo que te vayas a dormir feliz y apapachado,
Sintiendo el amor de todos esos seres que te quieren aún estando muy lejos.
Y por supuesto,
Deseo que tengas dulces y profundos sueños.
Conoce a tu maestro
5.0 (9)
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