
El Mono y la Naranja
Hola, bienvenido a otro meditacuento, hoy te comparto la adaptación de la fábula de Godofredo Daireaux escrita por Cristina Rodríguez Lomba, una hermosa historia para trabajar la atención plena en las cosas que hacemos día a día con niños. Espero que la disfruten, un abrazo.
Transcripción
Bienvenido a este espacio de medita cuentos,
Un espacio para ti,
Para que te relajes,
Toma el aire profundamente,
Sácalo todo,
Permite que todo tu cuerpo se relaje,
Cierra los ojos y disfruta de esta historia.
El mono y la naranja.
Era una vez un mono que más que mono parecía una mula de lo terco que era.
Ah,
¿no me lo crees?
Pues te invito a que descubras hasta qué punto llegaba a su terquedad y verás que no me falla la razón.
Resulta que una mañana el susodicho mono se empeñó en pelar una naranja,
Al tiempo que se rascaba la cabeza porque le picaba muchísimo.
Como tenía las dos manos ocupadas en calmar ese insoportable cosquilleo,
Cogió la naranja con la boca y la dejó caer al suelo.
Acto seguido se agachó y tiró de la cáscara con sus potentes dientes.
Al primer contacto le supo terriblemente amarga y tuvo que escupir al suelo para deshacerse de ese mal sabor en la boca.
Buah,
Qué asco.
Esta cáscara es agra y desagradable.
Soy incapaz de morderla porque me producen escozor en la lengua y me entran ganas de vomitar.
Después de pensar unos segundos tuvo otra idea que le pareció sensacional.
Consistía en poner un pie sobre la fruta para sujetarla e ir despegando pequeños trozos de la corteza con una de sus manos.
Jejeje,
Creo que por fin voy a dar en el clavo.
En dejar de rascarse la cabeza con la mano izquierda liberó la derecha y se puso en ello con muchas ganas.
El plan no estaba mal,
Pero a los pocos segundos tuvo que abandonarlo porque la postura era terriblemente incómoda y solo apta para contorsionistas profesionales.
Ay,
Así tampoco puedo hacerlo,
Es imposible.
Tendré que probar otra posición porque si no me voy a quedar sin riñones el resto de mi vida.
No le quedaba otra que cambiar la estrategia.
Se sentó en el suelo,
Cogió la naranja con la mano derecha,
La colocó entre sus rodillas y continuó retirando la cáscara mientras seguía el rasca que rasca con la mano izquierda.
Desgraciadamente esta decisión también fracasó,
Pues la naranja se le escurrió entre las patas y empezó a rodar por toda la hierba como una pelota.
El desastre fue total porque la parte visible de la pulpa se llenó de tierra y hojas secas.
Hoy es mi día de mala suerte,
Pero no pienso darme por vencido,
Voy a comerme esta naranja sí o sí.
Ni por esas dejó el mono de rascarse la cabeza.
Emperrado en hacer las dos cosas al mismo tiempo,
Agarró la naranja con una mano y la introdujo en el río para quitarle la suciedad.
Una vez lavada,
Puso sus enormes labios en la parte del trozo de la naranja que era comestible e intentó succionar el jugo de su interior.
De nuevo las cosas se le torcieron,
La naranja estaba tan dura que por mucho que la apretó con todos sus cinco dedos no pudo exprimirla bien.
¿Pero qué es esto?
Sólo caen unas gotitas,
Estoy hasta las narices.
A esas alturas estaba tan harto que lanzó la naranja muy muy lejos y se dejó caer de espaldas sobre la hierba,
Completamente deprimido.
Mirando al cielo y sin dejar de rascarse pensó,
No puede ser que yo,
Uno de los animales más desarrollados e inteligentes del planeta,
No consiga pelar una simple naranja.
Cuando ya lo daba todo por perdido,
Un rayo de luz pasó por su mente y claro ya lo tengo.
Y si dejara de rascarme un rato la cabeza para pelar la naranja con las dos manos.
Tendría que aguantar el picor durante unos minutos,
Pero supongo que haciendo este pequeño esfuerzo podría lograr comerme la naranja.
Como no se me había ocurrido antes,
Es una solución tan lógica y elemental.
Razonar con sensatez le dio un buen resultado.
Fue corriendo por la naranja,
La cogió con la mano derecha,
Volvió a remojarla en el río para dejarla reluciente y con la izquierda le retiró todos los trozos de piel con absoluta facilidad.
¡Yupi!
Lo he conseguido,
Lo he conseguido.
En un momento tenía ya todos los gajos a la vista,
Desprendió el primero y lo saboreó con placer.
Oh,
Qué delicia,
Es lo más rico que he probado en mi vida.
La verdad es que el asunto no era complicado,
El complicado era yo.
El mono degustó ese apetitoso manjar procurando disfrutar del momento.
Cuando terminó se limpió las manos y subió a la rama de un árbol.
¿Sabes para qué?
Pues sí,
Para continuar rascándose a gusto con esos dedos grandes de primate.
Moraleja,
Si en alguna ocasión tienes muchas tareas por hacer,
Es mejor que le pongas toda la atención a una y luego a la otra.
Así podrás hacer las cosas de forma correcta y evitarás perder el tiempo,
Como lo hacía este terco mono.
Y hasta aquí este Medita Cuento,
Te espero en una próxima ocasión.
Conoce a tu maestro
4.8 (201)
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