
Dormicuentos - La Bella Durmiente del Bosque
Este bello cuento de hadas tradicional nos remite a la historia original de la bella durmiente. Conoce la historia de un reino que quedo supendido en el tiempo por los sortilegios de un hada resentida y olvidada.
Transcripción
Dormicuentos,
¿estás listo para la historia de hoy?
Ponte la pijama,
Lávate los dientes y acurrúcate con tu mamá o con tu osito de peluche y disfruta esta historia.
La Bella Durmiente del Bosque Hace mucho tiempo había un rey y una reina que se lamentaban todos los días.
¡Ay,
Si tuviéramos un hijo!
¡Qué maravilla sería si tuviéramos un hijo!
Pero no conseguían tener uno.
Hasta que una mañana,
Cuando la reina se estaba dando un baño,
Saltó un sapo del agua y le dijo,
Tu deseo será cumplido.
Antes de que pase un año,
Traerás un hijo al mundo.
Y así fue.
En la primavera,
La reina dio a luz a una niña.
Era tan hermosa y el rey estaba tan contento que resolvieron dar una gran fiesta en el palacio.
Invitaron a todos los parientes,
A todos los amigos y a todos los conocidos de la comarca y decidieron invitar además a las hadas del reino.
Por lo que los reyes recordaban,
Éstas eran siete.
A cada una le hicieron llegar una invitación.
La fiesta se organizó con todo lujo y cuando estaba llegando a su fin,
Las hadas obsequiaron a la niña con sus dones maravillosos.
La primera dijo que no habría en el mundo una mujer más hermosa.
La segunda,
Que tendría el espíritu de un ángel.
La tercera,
Que cuanto hiciera estaría lleno de gracia.
La cuarta,
Que bailaría divinamente.
La quinta,
Que cantaría como un ruiseñor.
La sexta,
Que tañería con arte todo tipo de instrumentos.
Y cuando la séptima estaba a punto de hablar,
Entró al palacio una anciana vestida de negro,
Haciendo sonar a cada paso su negro bastón de madera.
Todos guardaron silencio,
Horrorizados.
Era la hada más vieja del reino,
Que vivía encerrada en un torreón en medio del bosque.
El rey y la reina palidecieron.
Se habían olvidado de invitarla.
—¡Veo que ya nadie recuerda a la mayor de las hadas de este reino!
Dijo con una voz cascada y maligna.
—Procuraré ahora que no me olviden.
Se acercó cojeando a la cuna de la princesa y susurró.
—Al cumplir los quince años,
Te pincharás con el uso de una rueca y morirás.
—Nada más,
Dijo.
Se dio la vuelta y salió del palacio.
Por un minuto,
Nadie habló en el inmenso salón del trono.
Luego se adelantó la última de las siete hadas invitadas y dijo.
—No puedo deshacer el maleficio de la mayor de las hadas,
Pero puedo aminorarlo.
—Al cumplir los quince años,
Princesa,
Te pincharás con un uso,
Pero no morirás.
Caerás en un sueño tan profundo que durará cien años.
Y solo el hijo de un rey podrá despertarte.
La fiesta terminó enseguida.
La reina tomó a la princesa en brazos y se fue llorando a sus aposentos.
El rey ordenó quemar todos los usos del reino y publicó un bando que prohibía a las gentes de cualquier clase y condición hilar con rueca,
E incluso tener usos y ruecas en sus casas bajo pena de muerte.
Pasaron los años.
La princesa fue creciendo,
Hermosa y llena de gracia.
Y,
Poco a poco,
Los reyes fueron olvidando la profecía de la vieja hada.
Pero sucedió que el día que la princesa cumplía quince años,
Mientras todos en el palacio preparaban la celebración,
A ella se le ocurrió revisar cada una de las estancias y rincones del castillo.
Salió incluso al jardín,
Se alejó por un sendero y llegó hasta un viejo torreón que le parecía no haber visto nunca antes.
Subió por la estrecha escalera de caracol y llegó ante una pequeña puerta.
En la cerradura había una llave oxidada y,
Cuando le dio la vuelta,
La puerta se abrió a un cuartito donde estaba sentada una vieja hilando una madeja de lino con un uso y una rueca.
—¡Buenos días,
Anciana!
—dijo la princesa y extrañada preguntó.
—¿Qué haces?
—Estoy hilando —contestó la mujer.
—¿Hilando?
¡Qué bonito!
Yo quiero probar a hacerlo.
—¿Y qué es eso tan gracioso que salta alegremente?
—¡Esto!
—¡Un uso,
Niña!
—contestó la anciana.
La princesa estiró la mano para tomarlo y,
En ese instante,
Se pinchó un dedo.
Apenas asomó una gota de sangre en la pequeña herida,
La princesa cayó sobre una cama que allá había y se quedó profundamente dormida.
Y,
Aunque nada de esto había dicho la séptima hada,
El sueño se extendió por todo el castillo.
El rey y la reina se quedaron dormidos en el salón real junto con toda la corte y los músicos de la orquesta.
Se durmieron también los caballos en el establo,
Los perros en el patio y las palomas en el tejado.
El fuego que chisporroteaba en el fogón se cayó y se durmió.
El asado dejó de asarse y las ollas dejaron de hervir.
El cocinero se quedó dormido con un cucharón en la mano,
Su ayudante con el cuchillo de pelar papas,
Y una mujer que desplumaba una gallina también fue vencida por el sueño.
El viento se calmó y en los árboles delante del palacio no se movió una hoja más.
Alrededor del palacio comenzó a crecer un gran seto de espinos que cada vez se hacía más grande hasta que cubrió todo el palacio.
Apenas asomaban en medio de esta maraña las torres más altas con su bandera.
Por el país corrió la leyenda de la bella durmiente del bosque y de tiempo en tiempo llegaban jóvenes que querían entrar para contemplar a la hermosa princesa dormida.
Pero el seto de fieros espinos que no se abría ni con las espadas más afiladas los fue desalentando hasta que por muchos años ya nadie se acercó al bosque.
Al cabo de cien años el hijo de un rey que andaba de casa por esos parajes se sintió intrigado por las torres que asomaban en medio de tanta espesura y le preguntó a la gente del lugar que qué era aquello.
Cada uno contó una historia diferente.
Le dijeron que era un viejo castillo por el que vagaban fantasmas o un castillo de brujos o la morada de un ogro feroz.
Pero un anciano recordó la leyenda de la bella durmiente y le contó que en medio de ese castillo dormía la princesa más hermosa del mundo esperando al hijo de un rey que la despertara.
El príncipe no lo dudó,
Desenvainó su espada para abrirse paso entre la maraña pero no tuvo que utilizarla porque el seto de espinos se cubrió de hermosas flores y se apartaban para dejarlo avanzar.
Cuando llegó hasta el otro lado vio en el patio del palacio a los perros de casa echados durmiendo y durmiendo también estaban los caballos en el establo y las palomas en el techo.
En la cocina vio a la mujer a punto de desplomar la gallina,
Al cocinero con el cucharón en la mano y a su ayudante con el cuchillo de pelar papas.
Todos estaban detenidos durmiendo.
Al entrar a la sala del trono vio al rey y a la reina,
A la corte y a los músicos que dormían tranquilamente.
Siguió avanzando.
Todo estaba tan silencioso que podía oír su propia respiración y el espectáculo era tan bizarro que no sabía si reír o asustarse.
Atravesó el jardín y finalmente llegó a la torre.
Subió por la estrecha escalera de caracol y abrió la puerta del pequeño cuarto en donde estaba la bella durmiente.
Allí yacía ella.
Dormía plácidamente y en la suave luz de la tarde el hijo del rey vio su cabello suelto sobre la almohada,
Sus mejillas son rosadas y su boca entreabierta.
Era tan hermosa que ya no pudo apartar la mirada.
Se inclinó y la besó.
Y apenas sus labios rosaron los suaves labios de la princesa,
Ella abrió los ojos,
Le sonrió y despedezándose le dijo,
—¿Por qué has tardado tanto,
Príncipe mío?
Bajaron de la torre y caminaron hacia el castillo.
A medida que avanzaban una suave brisa comenzó a soplar.
Las palomas batieron las alas,
Los perros movieron sus rabos y los caballos relincharon en el establo.
En la cocina el fuego comenzó a chisporrotear.
El asado siguió asándose y las ollas continuaron hirviendo.
El cocinero despertó con su cucharón en la mano y su ayudante con el cuchillo.
La mujer siguió desplumando la gallina y unas moscas que por allí había continuaron caminando en las paredes.
En la sala del trono toda la corte despertó junto con el rey y la reina.
Y como todo estaba dispuesto para una celebración,
Incluso los músicos,
Esa misma noche el hijo del rey se casó con la bella durmiente y fueron felices para siempre.
Y colorín colorado esta historia ha terminado.
Y la hora de soñar ha comenzado.
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4.7 (29)
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