
Biulú Y La Flor Escondida
Acompaña a un pequeño colibrí en un viaje mágico por los bosques nubosos de Costa Rica, mientras busca una hermosa heliconia. Una historia tranquila y envolvente, ideal para relajarse, dejar volar la imaginación y prepararse para un dulce descanso.
Transcripción
Buenas noches.
Hoy escucharemos la historia de Biulu,
Un pequeño colibrí que volará por los bosques nubosos de Costa Rica en busca de una flor.
Pero primero,
Colócate en una posición cómoda Recuesta la cabeza suavemente sobre la almohada.
Respira profunda y lentamente.
Relaja los hombros e intenta sentir como el aire entra y sale de tu cuerpo.
Siente como tus pulmones se llenan de oxígeno,
Mientras tu abdomen se expande y se contrae con suavidad.
Mueve delicadamente los dedos de los pies y respira una vez más.
Ahora permite que tu mente se adentre poco a poco en la historia que te contaré esta noche.
Nuestra historia comienza en las montañas de Costa Rica,
Muy cerca del cerro Chiripo.
Allí vivía Violú,
Un pequeño colibrí que apenas comenzaba a aventurarse fuera del nido para saborear el dulce néctar de las flores.
Cada nuevo día era un maravilloso descubrimiento para la diminuta ave.
Bilú despertó temprano aquella mañana.
Una brisa suave acariciaba sus delicadas plumas,
Mientras el cálido sol se derramaba sobre ellas,
Haciendo brotar la magia iridescente de su diminuto cuerpo.
Había planeado en secreto salir a buscar la flor favorita de sus padres,
La heliconia.
Quería llevarle su dulce néctar,
Como una forma de agradecerles todo el amor y los cuidados que le habían brindado desde que nació.
Con esa ilusión en el corazón,
Se colgó una pequeña alforja hecha de hojas,
Les dio a sus padres un suave beso con su piquito,
Y emprendió el vuelo en busca de la apreciada flor.
Como aún no había desayunado.
Bulu hizo una pequeña parada en el arroyo que se encontraba cerca de su nido.
Descendió con cuidado hasta una roca que sobresalía entre la suave corriente y bebió unos cuantos sorbos de agua fresca.
Después se posó sobre una flor que crecía junto al arroyo y comenzó a saborear lentamente su dulce negro.
Una vez satisfecho,
El pequeño colibrí permaneció unos instantes contemplando el lento e hipnotizante fluir del arroyo.
El agua se deslizaba con suavidad entre las rocas,
Y su transparencia permitía ver con claridad el fondo liso y grisáceo.
Algunas flores blancas habían caído sobre la corriente,
Y se dejaban llevar despreocupadas montaña abajo,
Como si hubieran decidido emprender juntas un largo viaje.
Beaulieu se preguntó hacia dónde se dirigían,
Y por un momento sintió el deseo de seguirlas.
Sin embargo,
Recordó que él también tenía su propio viaje por delante.
Dando una última mirada al arroyo,
Se elevó delicadamente y continuó su camino.
Violú no conocía realmente las heliconias.
Sus padres le habían hablado de ellas,
Y se las habían descrito con tanto entusiasmo,
Que él estaba seguro de que eran flores muy especiales,
Aunque no sabía con certeza cómo eran.
Habían prendido el vuelo pensando.
¿Qué tan difícil podría ser encontrar una flor roja y amarilla?
Sin embargo,
A medida que recorría el bosque,
Comenzó a darse cuenta de que encontrarla no sería tan sencillo como había imaginado.
Durante un buen rato revoloteo entre los árboles,
Deteniéndose de vez en cuando para saborear el néctar de alguna flor y descansar unos instantes.
Mientras disfrutaba del hermoso paisaje que lo rodeaba.
Entonces tuvo una idea.
Tal vez algún otro animal del bosque podría ayudarlo.
Comenzó a recorrer un sendero entre árboles altos,
Cubiertos de un suave musgo,
En busca de alguien que supiera dónde encontrar la esquiva deliconia.
A lo lejos escuchaba el alegre canto de los yuguirros y los jilgueros,
Pero no encontraba a nadie a quien pudiera preguntar.
Después de un buen rato distinguió una pequeña bolita de pelaje café que ascendía por el tronco de un cipresillo.
Se acercó con curiosidad y descubrió que era una ardilla.
Yuru lanzó un suave trino para llamar su atención,
Pero la ardilla,
Que trepaba con gran agilidad mientras sostenía una pequeña semilla entre sus dientes,
Estaba tan concentrada que no pareció escucharlo.
Sólo cuando llegó a una rama y se sentó a mordisquear su pequeño tesoro,
Levantó la vista y por fin descubrió a la diminuta ave.
Hola,
Me llamo Biolú,
Saludo al pequeño colibrí.
—Hola,
Yo soy Lila,
Respondió la ardilla con una sonrisa.
Disculpa,
¿sabes dónde puedo encontrar una heliconia?
La ardilla se quedó pensativa durante unos instantes.
Finalmente respondió.
Lo siento amiguito.
Las flores no son lo mío.
¿Qué te parece si buscas alguna abeja o alguna mariposa?
Estoy segura de que ellas sabrán dónde encontrarla.
La idea le pareció excelente a Biolú.
Ya había conocido a varias abejas y mariposas,
Mientras compartían el dulce néctar de las flores.
Así que pensó que Lila tenía razón.
Le dio las gracias por su ayuda,
Se despidió con un alegre aleteo,
Y continuó su viaje por el bosque.
El pequeño colibrí se adentró aún más en el bosque en busca de alguien que pudiera ayudarlo a encontrar la anhelada flor.
Se maravilló al descubrir la gran cantidad de orquídeas y bromelias que se aferraban con sus raíces a los gruesos troncos de los árboles.
En el suelo los helechos y el musgo se extendían como una mullida alfombra verde sobre la que caminaban innumerables insectos,
Sin embargo no lograba encontrar ni una sola abeja ni una mariposa.
Guiado por su instinto,
Llegó a un río que descendía serenamente por la montaña.
Decidió seguir el curso de la corriente,
Con la esperanza de que,
Al bajar,
Aumentaran sus posibilidades de encontrar a algún polinizador.
Voló durante varios minutos,
Hasta que el dulce aroma del néctar lo atrajo irresistiblemente hacia un claro cubierto de flores.
El picaflor se acercó golosamente hasta una salvia púrpura y comenzó a extraer el néctar con su piquito.
Había recorrido ya varios kilómetros,
Y sólo entonces se percató de que comenzaba a sentir hambre de nuevo.
Piulú estaba relamiéndose el piquito cuando el delicado aleteo de unas alas llamó su atención.
Estaba tan concentrado en su comida,
Que no se había percatado de la presencia de varias mariposas que,
Como él,
Disfrutaban de la dulzura que les regalaban las flores.
A su alrededor revoloteaban mariposas de todos los colores.
Las había naranjas,
Amarillas,
Verdes y cafés.
Algunas lucían delicadas manchas,
Mientras que otras llevaban elegantes rayas en sus alas.
Eran tantas y tan diferentes entre sí,
Que el colibrino alcanzaba a contarlas.
Maravillado permaneció unos instantes contemplando la tranquila danza que dibujaban entre las flores.
Por un momento sintió unos enormes deseos de unirse a ellas y volar juntos,
Dejándose llevar por la suave brisa del bosque.
Finalmente,
Y recordando su objetivo,
Se acercó a una hermosa mariposa de alas azules que descansaba sobre una de las flores.
Hola,
Soy Pelú.
Se presentó con amabilidad.
—Hola,
Biolú,
Me llamo Dana.
Mucho gusto —respondió la mariposa.
Ando en busca de una heliconia.
¿Sabes dónde puedo encontrar una?
Preguntó el colibrí.
Claro,
Sé exactamente dónde crecen algunas.
¿En serio?
Preguntó Violú ilusionado.
¿Me llevarías?
Justamente hacia allá me dirigía,
Aunque queda un poco lejos de aquí —No hay problema —respondió el pequeño colibrí con entusiasmo.
Los dos partieron hacia el lugar donde Dana aseguraba que crecían las heliconias.
Cada uno volaba a su propio ritmo,
Disfrutando de la exuberante vegetación que los rodeaba.
Mientras avanzaban,
La mariposa le contó a Violú cómo era la vida de las mariposas.
Le habló de cuando era una pequeña oruga.
Del paciente trabajo de construir su capullo.
Y de la maravillosa transformación que le había convertido en una hermosa mariposa.
El pequeño colibrí escuchaba con atención,
Pues jamás había imaginado que un cambio tan extraordinario pudiera ocurrir en la naturaleza.
Todo aquello le pareció un pequeño milagro del bosque.
Cerca del mediodía,
Biolú y su nueva amiga hicieron una pausa junto a una diminuta cascada que descendía desde una enorme roca y caía sobre una poza de agua tranquila y cristalina.
Bebieron del agua pura que brotaba de la montaña.
Y descansaron unos minutos,
Mientras saboreaban el néctar de las flores que crecían a su alrededor.
Al cabo de un rato retomaron el viaje con la misma calma con la que habían comenzado.
El resto del camino era corto,
Pero la gran variedad de flores los invitaba a desviarse una y otra vez.
Las lantanas,
Las fucsias,
Las bromelias y las mirasoles se mecían suavemente con la breza,
Como si los invitaran a detenerse un instante para disfrutar de su dulce negro.
Finalmente.
Prilú y Dana llegaron a un amplio jardín que se abría entre el espeso bosque.
Al fondo,
Como si hubieran estado jugando a las escondidas todo el tiempo,
Colgaban de sus largos tallos varias siliconias,
Grandes,
Coloridas y rebosantes de dulce necto.
Piolú nunca había visto una de cerca,
Sin embargo,
La reconoció al instante.
Era exactamente como sus padres se la habían descrito.
Como la flor era demasiado grande como para que el pequeño colibrí la llevara hasta su nido,
Tomó todo el néctar que pudo y lo guardó en su pequeña alforja,
Teniendo cuidado de no derramar ni una gota.
Cuando termino Miró hacia el cielo y descubrió que la tarde comenzaba a despedirse.
Con una sonrisa agradeció a Dana por haberlo acompañado durante aquel hermoso recorrido.
Después de despedirse de su nueva amiga,
Emprendió tranquilamente el vuelo de regreso a casa.
Cuando el pequeño colibrí regresó a su nido,
El sol ya comenzaba a ocultarse tras las montañas.
Sus padres se hallaban preocupados,
Pues nunca antes había ausentado durante tanto tiempo.
Al verlo acercarse,
Sus corazones se llenaron de alivio.
Con enorme entusiasmo,
Biru les contó todas las aventuras que había vivido y las muchas cosas que había aprendido aquel día.
Después,
Les mostró orgulloso la pequeña alforja llena de néctar de helicónio.
Sus padres la recibieron con una sonrisa,
Y al probar aquel dulce regalo,
Sus ojos brillaron de felicidad.
Poco antes de que la primera estrella apareciera en el cielo,
Biolú se acurrucó en su nido.
Estaba cansado después de un día lleno de descubrimientos,
Pero su corazón rebosaba de alegría.
Sus padres se acomodaron a su lado para abrigarlo calor de sus plumas,
Y los tres permanecieron juntos,
Mientras el bosque se iba llenando del suave murmullo de la noche.
De esta forma,
El pequeño colibrí durmió cálida y plácidamente toda la noche.
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