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Audiolibro Las Mujercitas se Casan Capítulo 23

by Yaima (Green Witch Meditation Guide)

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Disfruta esta historia para dormir. "Las mujercitas se casan" es la continuación de la novela "Mujercitas". Fue publicada en 1869 y transcurre tres años después. En Europa, ambos libros se editaron como un solo volumen. En esta obra romántica, su autora, Louisa May Alcott, narra las historias y aventuras de la familia March, donde las mujercitas se han convertidos en jóvenes mujeres, comienzan a experimentar el amor, y proyectan un proyectan un futuro con el hombre ideal con el cual se casarán.

Transcripción

Las Mujercitas se casan.

Escrito por Luisa May Alcott.

Narrado por Yaima Lorenzo.

Capítulo 23.

Bajo el paraguas.

Mientras Lord y Amy daban paseos conyugales sobre alfombras de terciopelos,

Ponían su casa en orden y proyectaban un futuro venturoso,

El señor Baer y Joe realizaban otra clase de paseos,

Por caminos embarrados y calles anegadas de lluvia.

Siempre doy un paseo al anochecer y no veo por qué he de suspenderlo,

Solo porque suelo encontrarme al profesor cuando sale de su casa,

Se dijo Joe luego de dos o tres de aquellos encuentros.

Había dos senderos que llevaban a casa de Meg,

Pero cualquiera de los dos que tomase Joe era seguro que encontraba a su amigo,

Ya de ida,

Ya de vuelta.

Siempre iba deprisa y nunca parecía verla hasta estar casi encima.

Entonces,

Si ella iba a casa de Meg,

Él siempre tenía algo para los nenes.

Si se dirigía a su casa,

Él iba casualmente para allá,

Después de dar un paseito hasta el río,

A menos que estuviesen cansados de sus visitas.

Si lo estaba,

Se las arreglaba para ocultar aquel cansancio con gran habilidad y se preocupaba de que hubiese café para la comida,

Porque a Friedrich,

Quiero decir,

Al señor Baer,

No le gusta el té.

A la segunda semana de estos acontecimientos,

Todo el mundo sabía ya a qué atenerse,

Aunque trataban de aparentar que estaban ciegos respecto a los cambios operados en la cara de Joe.

Y se guardaban muy bien de preguntarle por qué cantaba cuando trabajaba,

Se peinaba tres veces por día y volvía tan rosada de sus caminatas nocturnas.

Pero nadie dudó que el señor Baer,

Mientras hablaba de filosofía con el padre,

Estaba dando a la hija lecciones de amor.

Aquella muchacha,

Siempre rebelde,

Ni siquiera pudo enamorarse en forma corriente,

Sino que trató de ahogar ese sentimiento.

Y al no lograrlo,

Le tocó sufrir bastante.

En primer lugar,

Tenía miedo cerbal de las burlas si se rendía después de sus vehementes declaraciones de independencia.

Lori constituía su principal terror,

Aunque,

Gracias a su nueva mentora,

El susodicho se comportó con laudable corrección y nunca llamó al señor Baer viejo estupendo en público.

Ni se refirió tampoco nunca al aspecto mejorado de Joe.

Ni expresó la más mínima sorpresa al ver el sombrero del profesor todas las noches en el hall de los Marsh.

Pero ese pícaro muchacho grande se regocijaba en privado y anhelaba el día en que pudiese regalar a Joe una bandeja de plata con un oso y un garrote,

Como escudo de armas apropiado al caso.

Durante quince días,

El profesor apareció con regularidad típica de enamorado,

Pero luego dejó de venir tres días enteros sin dar señales de vida.

Procedimiento que hizo poner serio a todo el mundo y a Joe pensativa primero y luego,

¡ay,

Romanticismo!

,

Muy enojada.

Estará ya harto,

Me imagino.

Se ha marchado por donde vino.

No es que me importe,

Naturalmente,

Pero me parece que bien podía haberse despedido,

Como cuadra a un caballero.

Se decía una tarde nublada mientras se arreglaba para su paseo diario.

Mejor que lleves el paragüitas,

Querida.

Parece que va a llover,

Le dijo la madre observando que se había puesto su mejor sombrero.

Sí,

Mamá.

¿Necesitas algo del centro?

Tengo que comprar papel,

Respondió Joe,

Tironeando del moño bajo la barbilla,

Como excusa para no mirar a la madre.

Sí,

Por favor.

Tráeme medio litro de algodón azargado,

Un paquete de agujas número nueve y dos metros de cintita lila.

¿Te has puesto las botas gruesas y algo abrigado bajo el tapado?

Creo que sí,

Contestó Joe,

Completamente distraída.

Si te llegas a encontrar con el señor Baer,

Tráetelo a tomar el té.

Estoy deseando verlo,

Añadió la señora.

Eso sí que lo oyó Joe,

Pero nada respondió.

Solo dio un beso a su madre y se marchó rápidamente.

Las tiendas no estaban entre los bancos,

Las oficinas o los depósitos donde suelen congregarse los caballeros.

Pero Joe se encontró en esa parte de la ciudad antes de hacer una sola de sus compras,

Demorándose por ahí como si esperase a alguien,

Mirando instrumentos de ingeniería en una vidriera y muestras de lana en otra,

Con interés muy poco femenino,

Tropezando con barriles y viéndose varias veces a punto de ser aplastada por enormes fardos y empujada sin ceremonia por hombres fuertes,

Ocupados en trabajos rudos,

Que la miraban como si se preguntasen ¿Qué diablos hará esta por aquí?

Una gota de lluvia en la cara trasladó sus pensamientos,

De sus esperanzas fallidas,

Hasta las cintas estropeadas de su sombrero.

Pues las gotas continuaron cayendo,

Y como Joe era mujer,

Además de estar enamorada,

Pensó en salvar el sombrero.

Solo ahora se acordó del paragüitas,

Que al final se había olvidado de traer.

Pero era inútil lamentarse,

Y no había nada que hacer más que pedir un paraguas prestado o resignarse a sufrir una mojadura fenomenal.

Miró la calle embarrada,

Y luego de una mirada hacia atrás a un cierto depósito mugriento,

Que decía Hoffman y compañía en la puerta,

Se dijo con severo aire de reproche.

Me lo tengo bien merecido.

No sé por qué tenía que ponerme todas mis mejores galas y venir a coquetear por estos barrios con esperanzas de ver al profesor.

No,

Nada de entrar ahí a pedir un paraguas prestado,

Ni de averiguar por sus amigos dónde está.

Te irás por tu cuenta y harás tus compras bajo la lluvia.

Y si te pescas una pulmonía y arruinas el más mono de tus gorritos,

No será ni más ni menos que lo que te mereces.

Y con esta filípica dirigida a sí misma,

Joe cruzó la calle tan atropelladamente que se escapó raspando de ser aplastada por un camión que pasaba,

Precipitándola en brazos de un majestuoso y anciano caballero que le dijo,

Perdón,

Señora,

Con aire visiblemente ofendido.

Algo acobardada,

Joe se compuso,

Y dejando atrás las tentaciones,

Se dio prisa,

Sintiéndose cada vez más mojada por el sector de los tobillos y oyendo mucho entrechocar de paraguas por encima de la cabeza.

Uno de aquellos armatostes,

Un ejemplar azul bastante deteriorado,

Se quedó estacionario sobre el famoso sombrerito de las cintas rojas.

Le llamó por fin la atención,

Y al levantar la vista,

Vio al señor Byer.

Me parece que conozco a esta dama de gran carácter,

Que camina con tanta valentía,

Pero demasiada prisa,

Tratando de andar entre el barro.

¿Qué hace usted por aquí,

Amiga mía?

¿Compras?

El señor Byer sonrió,

Paseando la mirada de la fábrica de pickles que había a un lado y la firma mayorista de cueros al otro,

Pero se limitó a sonreír cortesmente y decirle,

¿No tiene usted paraguas?

¿Puedo venir yo también y tomar para usted los paquetes?

¿Cómo no?

¡Muchas gracias!

Las mejillas de Joe estaban tan rojas como sus cintas,

Y se preguntaba qué pensaría de ella el señor Byer,

Aunque no le importó mayormente,

Y al minuto se encontró caminando del brazo con el profesor,

Sintiendo como si el sol hubiera salido de pronto con desusado brillo y como si todo se hubiese arreglado de nuevo en el mundo.

Creíamos que se había usted marchado.

Se apresuró a decir Joe,

Pues sabía que él la estaba mirando.

¿Acaso pensó que podía marcharme sin despedirme de quienes habían sido tan bondadosos conmigo?

Le preguntó él con tono tal de reproche,

Que Joe tuvo la sensación de haberlo insultado sugiriendo tal cosa,

Y de nuevo se apresuró a asegurarle con calor.

No,

Yo no lo creía.

Lo suponía ocupado con sus asuntos,

Pero lo cierto es que lo extrañábamos,

Papá y mamá especialmente.

¿Y usted?

Yo siempre me alegro de verlo,

Señor.

En su preocupación por mantener tranquila la voz,

Joe la hizo algo fría,

Y la gélida palabra al final de la frase pareció helar al pobre profesor,

Pues evaporó su sonrisa.

Vendré una vez más antes de marcharme.

Entonces,

¿es cierto que se va?

No tengo ya nada más que hacer aquí.

Ya he terminado.

Espero que con éxito,

¿eh?

Preguntó Joe algo inquieta,

Porque en la breve respuesta creyó percibir la amargura del desencanto.

Se me ha abierto una puerta que ganará mi pan,

Además de mucha ayuda de mis pequeños.

Cuénteme,

Por favor.

Me interesa todo lo concerniente a los niños,

Dijo Joe ansiosamente.

Qué amable de su parte.

Mis amigos me han conseguido un colegio donde ganaré lo suficiente para llenar el camino de Franz y Emilio.

¿Le parece que debo estar contento?

Pues ya lo creo.

¡Qué espléndido hacer verlo con frecuencia!

A usted y a los chicos,

Exclamó Joe insistiendo en el tema de los niños como excusa de la satisfacción que tanto temía la traicionase.

Oh,

No lo creo.

Esta universidad está en el oeste.

¡Tan lejos!

Gritó ahora Joe,

Dejando la falda librada a su suerte,

Como si ya no le importase lo que le pasara a su ropa o a ella.

El señor Baer sabía leer en varios idiomas,

Pero no había aprendido todavía a leer en los ojos de las mujeres.

Se preciaba de conocer bastante bien a Joe,

Y estaba anonadado al observar las contradicciones de su voz,

Su rostro y sus modos,

Puesto que la muchacha había pasado por media docena de estados de ánimo diferentes en espacio de una hora.

Cuando la encontró,

Pareció sorprendida.

Aunque era difícil no sospechar que había venido por aquellos barrios expresamente para verlo.

Cuando le ofreció el brazo,

Se lo tomó con una mirada que lo encantó.

Pero al preguntarle si lo había extrañado,

La respuesta había sido tan ceremoniosa que el pobre Baer se desesperó de nuevo.

Al oír del buen éxito de su gestión,

A Joe le había faltado poco para batir palmas.

¿Acaso todo ese júbilo era solo por los chicos?

Luego,

Al enterarse del lugar de su destino,

Había exclamado,

¡Tan lejos!

Con un tono de desesperación que lo volvió a elevar al pináculo de la esperanza.

Pero casi enseguida lo volvió a desplomar observando como quien estuviese completamente absorta en aquel asunto.

Aquí está el comercio.

¿Quiere entrar?

Joe estaba muy orgullosa de su habilidad como compradora y ese día especialmente quería lucirse.

Pero precisamente a causa de su estado de excitación,

Todo le salió mal.

Empezó por volcar la bandeja de las agujas de la tienda.

Se olvidó que el algodón debía ser azargado hasta después de cortado.

Se equivocó en el cambio y acabó por cubrirse de vergüenza al pedir cinta lila en la sección de los percales.

Baer la seguía observando cómo se sonrojaba y se equivocaba.

Y su propia perplejidad respecto a ella pareció disiparse,

Pues comenzaba a percatarse de una cosa.

Que en ciertas ocasiones las mujeres,

Como en los sueños,

Son completamente contradictorias.

Cuando salieron de la tienda,

Baer se puso el paquete bajo el brazo con aire más alegre y comenzó el camino chapoleteando por los charcos como si no le disgustase del todo.

Hagamos un poco de compras para los nenes,

Como usted dice,

Y tengamos una fiestecita de despedida esta noche,

Que iré por última vez a su casa.

Preguntó parándose ante una vidriera llena de frutas y flores.

¿Qué compramos?

Dijo Joe,

Pasando por alto la última parte del discursito del profesor.

¿Pueden comer naranjas e higos?

Preguntó el señor Baer con aire paternal.

Por cierto,

¿qué los comen cuando los tienen?

Le gustan a usted las nueces,

Como a las ardillas.

¿Uvas de hamburgo?

Pues brindaremos por la madre patria con ellas.

Joe frunció el entrecejo ante semejante derroche.

Al oír lo cual,

El señor Baer confiscó la cartera de Joe,

Sacó la suya y compró varias libras de uvas,

Una maceta de margaritas rosadas para Daisy y un bonito tarro de miel para Demi.

Luego,

Deformándose los bolsillos con aquellos paquetes protuberantes,

Le entregó a ella las flores,

Levantó el paraguas y se pusieron de nuevo en camino.

Señorita Marsh,

Tengo un favor que pedirle.

Empezó a decir el profesor cuando habían caminado apenas media cuadra.

¿De qué se trata,

Señor?

Y le latió el corazón a Joe.

Me atrevo a decírselo a pesar de la lluvia,

Ya que me queda tan poquísimo tiempo.

Sí,

Señor.

Y Joe casi aplasta la macetita del apretón repentino que le dio.

Deseo comprar un vestidito para mi Tina,

Y soy tonto para comprarlo yo solo.

¿Quisiese usted darme una palabra de su gusto y su ayuda?

Sí,

Señor.

Y Joe se sintió de repente tan tranquila y serena como si hubiese entrado en un refrigerador.

Quizá también compraré un chal para la mamá de Tina.

Está tan enferma y es tan pobre,

Y el marido le da tanto trabajo.

Sí,

Sí.

Un chal grueso,

Bien abrigado.

Sería un lindo gesto de amistad para con la madrecita.

Lo haré con mucho gusto,

Señor Byer.

Voy demasiado deprisa,

Y este hombre se me hace más querido con cada minuto que pasa,

Y se decidió con alma y vida a ocuparse del asunto en cuestión.

Byer le dio carta blanca,

De modo que Joe eligió primero un monísimo vestido para Tina,

Y luego pidió que sacaran los chales.

Siendo casado,

El vendedor se dignó interesarse por aquella pareja.

Su señora va a preferir este.

Es un artículo muy superior,

Un color precioso,

Sobrio y elegante a la vez.

Dijo extendiendo un chal gris muy abrigado y echándolo sobre los hombros de Joe.

Le gusta,

Señor Byer,

Le preguntó ella,

Dándole la espalda para ocultar el rostro.

Muchísimo.

Lo compraremos,

Respondió el profesor,

Sonriendo para sí mientras lo pagaba,

Y entre tanto Joe continuaba revolviendo los mostradores.

Nos vamos a casa ahora,

Preguntó por fin el profesor,

Como si aquellas palabras le fueran muy gratas.

Sí,

Que es tarde,

Y estoy tan cansada.

Y la voz de Joe sonó patética,

Pues ahora el sol parecía haberse escondido tan pronto como saliera,

Y el mundo apareció de nuevo,

Embarrado y lastimoso.

Solo ahora se dio cuenta de que se le habían enfriado los pies,

Le dolía la cabeza,

Y que su corazón estaba más frío aún que aquellos.

El señor Byer se marchaba.

Solo la quería como amiga.

Había sido todo una equivocación,

Y cuanto más pronto terminar aquel asunto,

Mejor.

Llamó un ómnibus que se acercaba con tanta prisa que las margaritas se salieron de la maceta y se estropearon mucho.

Este no es nuestro ómnibus,

Dijo el profesor,

Agachándose a recoger las pobres florecitas.

Perdón.

No importa.

Podemos caminar.

Estoy acostumbrada a chapoletear en el barro.

Replicó Joe pestañeando fuerte,

Pues hubiese preferido morirse que secarse abiertamente los ojos.

El señor Byer vio la cara mojada de Joe,

Pese a que ella había vuelto la cabeza.

Eso pareció conmoverlo,

Pues inclinándose le preguntó con tono muy significativo,

Querida de mi corazón,

¿por qué llora?

Si Joe no hubiese sido nueva en estos lances,

Hubiera respondido que no lloraba,

Que se había resfriado,

O cualquier otra mentirilla femenina de las que se estilan.

En lugar de lo cual,

La incorrecta criatura contestó con un irreprimible sollozo.

Porque usted se marcha.

¡Ay,

Dios mío!

Eso sí que está bueno.

Vociferó el señor Byer arreglándoselas para batir palmas a pesar del paraguas y de los paquetes.

Y luego continuó.

Joe,

No tengo nada que ofrecerle más que mucho amor,

Pero vine a esta ciudad a ver si podía quererme,

Y esperé a ver si realmente era algo más para usted que un amigo.

¡Lo soy!

¿Puede hacer un lugarcito en su corazón para el viejo Fritz?

Dijo atropelladamente,

Sin pausa de ninguna clase.

¡Ah,

Sí!

Dijo Joe.

Y a él le bastó eso,

Pues ella le rodeó el brazo con ambas manos y mostró bien a las claras que se consideraría feliz de caminar por el mundo junto a él,

Aunque no tuviese más protección que un viejo paraguas,

Siempre que fuera él quien lo llevara.

Por cierto que esta propuesta de casamiento fue hecha a contrapelo,

Pues Byer no podía arrodillarse allí en el barro,

Ni tampoco ofrecerle a Joe su mano,

Más que en sentido figurado,

Porque ambas estaban no solo ocupadas,

Sino repletas.

Mucho menos aún podía el buen hombre entregarse a ninguna tierna demostración en plena calle,

Y el único modo como podía expresarle su arrobamiento era mirándola.

Si Byer no hubiese amado a Joe mucho desde antes,

No creo que pudiese haberse enamorado en aquel momento,

Pues Joe estaba lejos de aparecer deseable con la falda en estado deplorable,

Las botas de goma salpicadas de fango y el gorrito hecho una ruina.

Afortunadamente,

El señor Byer la consideraba la mujer más bella que existía en el mundo,

Y por su parte,

Joe lo vio en ese momento más parecido a Júpiter que nunca.

Los paseantes los creyeron un par de chiflados,

Pues ambos se olvidaron completamente del ómnibus y siguieron caminando con toda calma,

Olvidados de la oscuridad que se acentuaba y de la niebla que los iba envolviendo.

Poco les importaba lo que los demás pensaran,

Pues disfrutaban de esa hora feliz que rara vez le llega a nadie más que una vez en la vida,

Ese momento mágico que otorga la juventud al viejo,

Belleza al feo,

Riqueza al pobre y anticipa a los corazones humanos un estado preselestial.

El profesor parecía haber conquistado un reino,

Y el mundo ya no tenía nada que ofrecerle en cuanto a bienaventuranza,

Mientras que Joe,

Penosamente a su lado,

Tenía la seguridad de que aquel había sido siempre su sitio,

Y se preguntaba de qué modo podría nunca haber escogido otro destino.

¡Friedrich,

Por qué no,

Oh cielos!

Ella me da el nombre que no había oído desde que Mina murió.

Vociferó el profesor deteniéndose en medio de un charco para mirarla agradecido.

Siempre lo llamo así en mi fuero interno,

Pero no lo haré a menos que a usted le guste.

¡Que me guste!

Es más dulce para mí de lo que te puedo expresar.

Di también tú,

Querida,

Y pensaré que tu idioma es casi tan bello como el mío.

¿No te parece que tú es algo sentimental?

Preguntó Joe,

Pensando en su interior que era un bello monosílabo.

¿Sentimental?

¡Claro que sí!

¡Y gracias a Dios!

A los alemanes nos gusta el sentimiento,

Y nos mantenemos jóvenes gracias a él.

El usted del inglés es tan frío.

Di tú,

Querida de mi corazón,

Porque para mí significa mucho.

Muy bien,

Entonces.

¿Por qué no me dijiste todas estas cosas antes?

Preguntó Joe con suma timidez.

Ahora te voy a tener que mostrar todo mi corazón,

Y de aquí en adelante,

Tú quedarás encargada de él.

Ven entonces,

Mi Joe.

¡Ah!

El querido y gracioso nombrecito.

Yo tenía el deseo de decirte algo el día que me despedí de ti en Nueva York,

Pero creía que el amigo buen mozo estaba comprometido contigo.

Así que no hablé.

¿Me hubieras contestado que sí si hubiese preguntado entonces?

No sé.

Quizás no,

Porque entonces no tenía corazón alguno.

¡Oh!

Eso no lo creo.

Estaba solo dormido ese corazoncito,

Hasta que el príncipe encantado viniese a despertarlo cruzando el bosque.

Conténtate,

Porque yo nunca tuve otro amor.

Teddy no era más que un niño,

Y pronto se curó de aquella fantasía.

Le dijo Joe muy seria,

Ansiosa de rectificar el error del profesor.

Muy bueno.

Entonces me quedo tranquilo.

He esperado tanto para esto que me he puesto egoísta.

Como pronto te darás cuenta,

Profesorina.

Me gusta que me llames así,

Dijo Joe,

Encantada con su nuevo nombre.

Y ahora dime lo que te trajo a mi lado justamente cuando más te necesitaba.

¿Esto?

Dijo el profesor sacando un papelito gastado del bolsillo de su chaleco.

Joe desplegó aquel papelito y se quedó muy confundida,

Pues se trataba de una colaboración suya a un periódico que pagaba la poesía.

¿Cómo puede ser esto lo que te trajo a mí?

Preguntó entonces sin entender.

Lo encontré por casualidad y lo reconocí como tuyo por los nombres y las iniciales.

Y había aún un versito que parecía llamarme.

Lee y encuéntralo.

Yo me ocuparé de que no te metas en los charcos.

Joe obedeció leyendo algo salteado las líneas que ella había bautizado.

En la boardilla.

Hay en la boardilla cuatro arquitas en hilera,

Opacas de polvo y gastadas de tiempo,

Llenadas hace mucho por niñas que ahora están en su plenitud.

Cuatro llavecitas cuelgan a un lado,

Con cintas hoy desteñidas atadas allí con orgullo infantil.

Hace mucho,

Un día de lluvia.

Sobre las tapas,

Cuatro nombres tallados por mano infantil de muchacho.

Y bajo las tapas,

Escondidas,

Recuerdos de una banda feliz de muchachas que un día jugaron allí,

Deteniéndose a veces a escuchar el dulce estribillo de la lluvia en el techo.

Meg decía la primera,

Lisita y suave la palabra grabada.

Hay allí registrada en objetos una vida de paz,

Obsequios gentiles a la niña y la joven,

Un traje de novia,

Cartas a una esposa,

Un zapatito y un rizo de niño.

Ningún juguete queda en esta arca.

Todos,

Viejos ya,

Divierten a otra Meg.

Ah,

Feliz madre,

Sé bien que oyes,

Como un dulce estribillo,

Canciones de cuna,

Mientras cae la lluvia en el techo.

Yo,

Dice la segunda tapa,

Rayada y vieja,

Y adentro un surtido heterogéneo de muñecas sin cabeza,

Cuadernos rotos,

Pájaros y animales embalsamados,

Todos formando el botín que no se recoge más que en el campo mágico de la juventud.

Sueños de un futuro nunca realizado,

Recuerdos de un pasado dulce todavía,

Poemas inconclusos,

Cuentos locos,

Cartas de abril,

Diarios de una chica testaruda,

Vestigios de una muchacha vieja antes de tiempo,

De una mujer en una casa triste de soledad,

Oyendo como triste estribillo.

Sé digna,

Amor,

El amor vendrá,

Como la lluvia cayendo sobre el techo.

Mi Bet,

El polvo es siempre quitado de la tapa que lleva tu nombre,

Como por ojos amorosos que llorasen y manos cuidadosas que añorasen.

La muerte canonizó para nosotros a una santa,

Siempre menos humana que angelical,

Y aún depositamos,

Como en un altar doméstico,

Las reliquias que de ella nos quedan.

La campana de plata que rara vez tocó,

La cofiesita última que usó,

La hermosa Catalina,

Muerta y llevada por los ángeles al cielo de las muñecas,

Las canciones que cantaba,

Sin quejarse nunca en su prisión de dolor.

Todo se mezcla dulcemente con la lluvia que cae en el techo.

En la última tapa,

Bien pulida,

Hay tallada una leyenda hermosa,

Hoy convertida en verdadera.

Un valiente caballero lleva en su escudo Amy,

En letras de oro y azul.

Adentro están las redesillas que recogían su pelo,

Zapatos de baile que ya no usará,

Flores marchitas,

Abanicos que ya no echan aire,

Alegres valentinos,

Amores ardientes,

Bagatelas que han tenido parte en las esperanzas,

Temores y defectos de la niña gentil.

Registro de un corazón de doncella que ahora aprende hermosos y verdaderos hechizos,

Oyendo,

Como feliz estribillo,

El sonido argentino de campanas nuciales junto con la lluvia cayendo en el techo.

J.

M.

Como poesía espécima,

Pero yo la sentí así cuando la escribí un día en que estaba muy sola y lloré apoyada en la bolsa de los trapos viejos.

Nunca creí que llegaría a manos de nadie para contar nuestros secretos,

Dijo Joe,

Rompiendo aquellos versos que el profesor había atesorado tanto tiempo.

No importa,

Ya han cumplido su misión y yo obtendré una copia nueva,

Observó el señor Byer con una sonrisa.

J.

M.

Sí,

Pues,

Continuó muy serio.

Cuando leí aquello me dije para mí,

Tiene una pena,

Se siente sola,

Encontrará consuelo en un cariño verdadero y yo tengo un corazón lleno de amor para ella.

Iré a decirle,

Si esto es poca cosa para dar a cambio de lo que espero recibir,

Tómalo en nombre de Dios.

Y así fue que viniste.

Al principio,

Por bondadosa que fuese la bienvenida que recibí de ustedes,

No me animé a esperar.

Pero pronto cambié y me decía,

La obtendré para mí,

Aunque me muera.

Y así ha de ser,

Dijo en voz muy alta el señor Byer con un gesto desafiante,

Como si los muros de niebla que los iban envolviendo fuesen barreras que debía vencer o derribar a fuerza de coraje.

A Joe le pareció espléndido lo que decía y resolvió ser digna de su paladín,

Aunque no hubiese venido en un corcel blanco de lujosos arneses.

¿Y qué fue lo que te mantuvo alejado estos últimos días?

Preguntó Joe,

Encontrando un placer especial en aquellas preguntas confidenciales y en obtener deliciosas respuestas de las que no hubiese querido privarse por nada del mundo.

No fue fácil,

Pero me parecía que no tenía derecho.

Mejor dicho,

No tenía alma de sacarte de aquella casa tan feliz,

Al menos hasta que tuviese perspectivas de poder ofrecerte una Joe.

Aunque fuese quizá después de mucho tiempo y de mucho trabajo.

¿Cómo podía pedirte que renunciaras a tanto por un pobre viejo que no tiene otra fortuna que un poquitito de saber?

Pues yo me alegro mucho de que seas pobre.

No podrías soportar a un marido rico,

Dijo Joe decidida,

Añadiendo más bajo.

No le temo a la pobreza.

La he conocido demasiado tiempo para encontrar alegría en trabajar para aquellos a quienes amo.

Y no te llames viejo.

Cuarenta años es la plenitud de la vida.

Y no podría menos que quererte,

Aunque tuvieses setenta.

El profesor encontró eso conmovedor.

Joe dijo riendo mientras lo aligeraba de un paquete o dos.

Yo voy a cumplir mi parte y ayudaré a ganar nuestro hogar,

Friedrich.

Tienes que resolverte a eso o no conseguirás que vaya nunca contigo,

Añadió resueltamente cuando él trató de recuperar los paquetes.

Ya lo veremos.

Tienes paciencia para esperar mucho tiempo,

Joe.

Ahora tengo que marcharme y hacer solo mi trabajo.

Debo también ayudar primero a mis dos chicos,

Porque ni aún por ti,

Querida,

Puedo romper la palabra empeñada mina.

¿Puedes perdonar todo esto y estar contenta mientras esperamos para cumplir nuestras esperanzas?

Sí,

Friedrich.

Estoy segura porque nos queremos.

Y eso solo hace fácil de soportar todo lo demás.

También yo tengo un deber que cumplir en casa.

Y no te olvides que tengo además mi trabajo.

Tampoco yo podría pasarlo bien si los descuidara,

Aún por ti,

De modo que no hay por qué tener prisas ni impaciencias.

Tú puedes hacer lo que te corresponde marchándote al oeste,

Y yo lo que debo hacer aquí.

Y dejaremos el futuro en manos de Dios.

Ah,

Joe,

Querida,

Me das tanto valor y esperanza,

Y yo no tengo nada que darte a cambio,

Más que un corazón pleno y estas manos vacías.

Dijo,

Entonces,

Completamente vencido por la emoción.

Joe no aprendería nunca a portarse con corrección,

Pues cuando su Fritz dijo eso,

Ahí parado en los escalones de entrada,

Ella puso ambas manos en las de él,

Murmurándole tiernamente,

Ahora no están vacías,

Y se inclinó para besarlo bajo el paraguas.

Joe hubiese hecho lo mismo,

Así hubiesen sido seres humanos los gorriones sucios de barro que los miraban desde el cerco,

Porque estaba perdida de amor,

Y no le importaba absolutamente nada que no fuese su propia felicidad.

Aunque llegó en esa forma sencilla,

Ese fue en realidad el momento culminante de sus vidas,

Cuando al volver la espalda a la tormenta,

A la noche y a la soledad,

Y encontrarse con la luz,

El calor y la paz del hogar que los esperaban para recibirlos,

Joe,

Con un felicísimo bienvenido al hogar,

Condujo a su novio a la sala y cerró la puerta.

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