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Audiolibro Las Mujercitas se Casan Capítulo 18

by Yaima (Green Witch Meditation Guide)

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Disfruta esta historia para dormir. "Las mujercitas se casan" es la continuación de la novela "Mujercitas". Fue publicada en 1869 y transcurre tres años después. En Europa, ambos libros se editaron como un solo volumen. En esta obra romántica, su autora, Louisa May Alcott, narra las historias y aventuras de la familia March, donde las mujercitas se han convertidos en jóvenes mujeres, comienzan a experimentar el amor, y proyectan un proyectan un futuro con el hombre ideal con el cual se casarán.

Transcripción

Las mujercitas se casan.

Escrito por Luisa May Alcott.

Narrado por Yaima Lorenzo.

Capítulo 18.

Aprendiendo a olvidar.

El sermón de Amy le hizo bien a Lori,

Aunque,

Naturalmente,

El muchacho no quiso admitirlo hasta mucho después.

Los hombres rara vez aceptan esas cosas,

Pues cuando las consejeras son mujeres,

Los amos de la creación no siguen el consejo hasta que se han convencido de que aquello era precisamente lo que se habían propuesto hacer.

Solo entonces se deciden actuar según el consejo de marras y,

Si todo sale bien,

Le dan a la consejera femenina por lo menos la mitad del crédito,

Aunque nada generosamente les adjudican toda la culpa.

Lori volvió a reunirse con su abuelo y estuvo tan atento y servicial durante varias semanas que el anciano señor hubo de declarar que el clima de Nisa lo había mejorado maravillosamente y que era mejor que lo fuese a disfrutar de nuevo.

Le hubiese gustado al joven,

Pero después del regaño recibido,

Nada lo hubiese arrastrado allí.

El orgullo se lo prohibía y,

Cuando la nostalgia se hacía muy fuerte,

Fortificaba su resolución,

Repitiéndose las palabras que le habían hecho más profunda impresión.

Te desprecio.

Ve y haz algo realmente grande que la obligue a amarte.

Lori daba vueltas aquel asunto en su majín tan a menudo que al final se vio obligado a confesar que en realidad había sido egoísta y holgazán,

Pero siguió creyendo que sus agotados sentimientos habían muerto definitivamente y que,

Aunque siempre seguiría siendo un fiel doliente,

Ya no tenía por qué usar en público sus ropas de luto en forma ostentosa.

Joe no quería amarlo,

Pero él la obligaría a respetarlo y aún admirarlo,

Haciendo algo que le probase que el no de una muchacha no había arruinado su vida.

Igual que Ged,

Que cuando tenía una pena o una alegría,

Debía encerrarla en una canción,

Así Lori resolvió embalsamar en la música su pena de amor y componer un requiem que atormentase el alma de Joe y conmoviese el corazón de todo el que lo escuchase.

En consecuencia,

Cuando el abuelo le ordenó que se marchara,

El muchacho se fue a Viena,

Donde tenía amigos en el mundo de la música,

Y se puso a trabajar con firme determinación para lograr distinguirse.

Pero,

Sea porque la pena era demasiado grande para ser encarnada en música,

O la música demasiado etérea para vencer una miseria de este mundo,

Lo cierto es que el requiem fue demasiado.

Era evidente que sus ideas estaban necesitando clarificación,

Porque a menudo,

En medio de una melodía triste,

Se encontraba de repente tarareando un aire danzante que le recordaba vívidamente el baile de Navidad de Nisa,

Y debía,

Por el momento,

Poner un compás de espera en la composición de género trágico.

Entonces,

Probó de componer una ópera,

Pero en esto también lo acosaron dificultades imprevistas.

Él quería que Joe fuese su heroína y recurría a la memoria para los recuerdos tiernos o las visiones románticas de su amor,

Pero la memoria lo traicionaba,

Y como si estuviese poseída del espíritu de contradicción típico de la muchacha,

Únicamente le recordaba las rarezas de Joe,

Sus defectos y sus caprichos,

Mostrándosela en sus aspectos menos sentimentales,

Ya sea sacudiendo alfombras,

La cabeza atada con un pañuelo de colorinches,

O parapetándose tras el famoso almohadón del sofá,

O arrojando agua fría sobre su pasión,

Y una risa irreprimible echaba a perder el cuadro melancólico que estaba tratando de pintar.

De modo,

Pues,

Que Joe se negaba a ser puesta en una ópera a ningún precio,

Y el muchacho tenía que renunciar a utilizarla como protagonista.

Buscando a otra damisela menos intratable,

Como para inmortalizarla en una melodía,

La memoria le presentaba una con la disposición más servicial que darse pueda.

Esa visión se presentaba con mil rostros diferentes,

Pero tenía siempre pelo dorado,

Iba envuelta en una diáfana nube de tul,

Y flotaba Eteri ante los ojos de su imaginación en medio de un agradable caos de rosas,

Pavos reales,

Ponis blancos,

Y cintas azules.

Lori no dio nombre alguno a esa visión complaciente,

Pero la adoptó como heroína y se aficionó mucho a ella.

Gracias a esa inspiración lo pasó magníficamente por un tiempo,

Pero poco a poco el trabajo fue perdiendo su encanto,

Y Lori acabó por olvidarse de componer,

Y se pasaba el día musitando con la pluma en la mano.

No fue mucho lo que logró realizar,

Pero tenía conciencia de un cambio que se operaba en él sin que supiese muy bien en qué consistía.

Debe de ser el genio que arde en mí.

Lo dejaré arder y veremos qué resulta de todo esto.

Se decía,

Con la secreta sospecha de que no era tal genio,

Sino algo muchísimo más común.

Fuese aquello lo que fuera,

Ardió con resultado,

Pues poco a poco se sintió cada vez más descontento con su vida inconexa,

Y comenzó a ansiar algún trabajo verdadero y serio a que dedicarse en cuerpo y alma,

Llegando finalmente a la sabia conclusión de que no es compositor todo aquel que ama la música.

De vuelta de oír una de las grandes óperas de Mozart,

Magníficamente representada en el teatro real,

Revisó su propia obra,

Tocó en el piano algunas de las mejores partes,

Y por fin,

Sentado ante los bustos de Mendelssohn,

Beethoven y Bach,

Desgarró de pronto sus hojas de música,

Una por una,

Diciendo para sí cuando rompía la última.

Tiene razón esa chica.

El talento no es el genio,

Y no se puede forzar a éste.

La música de Mozart me ha despojado de toda vanidad,

Igual que Roma la despojó a ella de la suya.

No seguiré siendo un farsante en materia de música,

Pero ahora,

¿qué diablos voy a hacer de mi vida?

He aquí una pregunta difícil de responder.

Lori llegó a desear que tuviese que ganarse el pan nuestro de cada día.

Ahora más que nunca,

Fue que el muchacho tuvo marcada ocasión de tomar por mal camino,

De irse al diablo,

Como él mismo lo expresó en cierta oportunidad,

Ya que tenía mucho dinero y nada que hacer.

He sabido que,

Proverbialmente,

Satanás gusta de dar ocupación a las manos ociosas y bien colmadas,

Pero la promesa es al abuelo,

Y el deseo de poder mirar de frente a las cinco mujeres que tanto lo querían,

Lo preservaron seguro y juicioso.

Lori había creído que la tarea de olvidar su amor por Joe iba a absorber toda su energía por espacio de muchos años.

Con sorpresa,

Descubrió que se le hacía más fácil día por día.

Al principio se negó a creerlo,

Se enfadó consigo mismo y le fue imposible comprenderlo,

Pero nuestros corazones son pobres cosas,

Raras y contradictorias,

Y tanto el tiempo como la naturaleza obran a voluntad y a pesar nuestro.

El corazón de Lori no quería dolerle,

Y la herida persistía en curarse con una rapidez que dejaba atónito al muchacho.

En lugar de tratar de olvidar,

Se encontró un día que estaba tratando de recordar.

Este giro en los acontecimientos era completamente inesperado,

Y el muchacho no estaba preparado para él.

Cuidadosamente se empeñó en remover las cenizas de su amor perdido,

Pero no consiguió reavivar la llama,

Sino únicamente un confortable resplandor que lo calentaba y le hacía bien sin causarle calor de fiebre,

Viéndose obligado a confesar,

A pesar suyo,

Que aquella pasión juvenil se iba apaciguando hasta no ser más que un sentimiento tranquilo,

Muy tierno,

Algo triste y con un poco de resentimiento,

Aunque estaba seguro de que aún eso pasaría con el tiempo,

Dejando solo un afecto fraternal que duraría sin interrupción hasta el final.

Durante una de sus ensoñaciones,

La palabra fraternal le hizo sonreír,

Y mirando el retrato de Mozart que tenía delante,

Pensó,

Mozart era un gran hombre,

Y cuando no pudo obtener a una de las hermanas,

Se quedó con la otra y fue feliz.

Lori no pronunció estas palabras,

Pero las pensó,

Y al poco rato besó el anillito diciéndose,

No,

No puede ser,

No puedo haberla olvidado,

No puedo olvidarla nunca,

Probaré de nuevo,

Y si fallo,

Entonces.

.

.

Dejando aquella frase sin terminar,

Tomó pluma y papel y escribió a Joe,

Diciéndole que no podía resolverse hacer nada mientras hubiese la menor esperanza de que ella cambiase de idea.

¿Acaso podría ella,

Querría,

Dejarlo regresar y ser felices?

Por fin llegó la ansiada respuesta,

Diciendo por lo menos un punto,

Joe no podía,

Ni quería,

Estaba completamente ocupada con Beth en aquel momento,

Y no quería ni oír la palabra amor.

Luego rogaba que tratase de encontrar la felicidad con otra persona,

Guardando siempre un rinconcito del corazón para su cariñosa hermana Joe.

En una posdata le pedía que no dijese a Amy que Beth estaba peor,

Ya que iba a regresar en la primavera,

No había por qué entristecer el resto de su estancia.

Ya habría tiempo,

Pero Lori debía escribirle seguido y no dejarla que se sintiera sola,

Nostálgica ni inquieta.

Claro que lo haré,

Y enseguida,

Pobrecita,

Me parece que su regreso al hogar va a ser muy triste.

Y Lori abrió su escritorio como si escribir a Amy fuese la conclusión lógica de la frase dejada inconclusa semanas atrás.

Pero no escribió ese día,

Porque revolviendo en su escritorio para buscar su mejor papel de cartas,

Se encontró con algo que le hizo cambiar de idea.

Entremezcladas en un rincón del escritorio,

Había varias cartas de Joe,

Mientras que en otro compartimento estaban tres notas de Amy,

Atadas cuidadosamente con una de sus cintas celestes.

Lori recogió todas las cartas de Joe,

Las alisó,

Plegó y guardó prolijamente en un cajoncito del escritorio.

Se quedó un minuto dando vueltas al anillito,

Quitándoselo luego y guardándolo con las cartas.

Echó llave al cajoncito y salió para oír la misa cantada en San Esteban,

Con la sensación de que naciste a un entierro.

Y aunque no se sentía abrumado de tristeza,

Éste le pareció un modo más apropiado de pasar aquel día que escribiendo mis ibas a damiselas encantadoras.

La carta fue pronto escrita,

Sin embargo,

Y Amy contestó enseguida porque de veras extrañaba su casa y se lo confesaba a Lori de la manera más deliciosamente confidencial.

La correspondencia continuó prosperando y las cartas iban y venían con infalible regularidad.

Lori regresó a París deseando marcharse a Nisa,

Pero no quiso hacerlo hasta que Amy no se lo pidiese.

Y Amy no quería invitarlo en aquel momento,

Pues pasaba por una experiencia personal muy especial que le hacía temer,

Más que otra cosa,

La mirada de aquellos ojos burlones de nuestro muchacho.

Fred Bunn había vuelto y hecho la pregunta que Amy decidió una vez contestar con un sí,

Gracias,

Pero ahora había dicho no,

Gracias,

Pues llegado el momento le faltó el valor y se dio cuenta que era necesario algo más que dinero y posición para satisfacer aquel nuevo anhelo que sentía en el corazón.

Aquellas palabras de Lori,

Fred es un muchacho excelente,

Pero no el hombre que creía te habría de gustar.

Le volvían a la mente con la misma persistencia de las propias cuando había dicho,

No con palabras sino con miradas,

Me casaré por dinero.

La afligí ahora haber dicho tal cosa y hubiese querido desdecirla.

No quería que Lori la creyese mundana y sin corazón.

Ya no le importaba ser una reina de la sociedad tonta,

Como una mujer digna de ser amada.

Las cartas de Lori eran su gran consuelo,

Pues las de casa se hacían muy irregulares y cuando por fin llegaban no eran,

Ni con mucho,

Tan satisfactorias como las del muchacho.

Contestarlas constituía no sólo una obligación,

Sino un auténtico placer,

Pues el pobre Lori estaba triste y necesitaba mimos,

Ya que Joe seguía con su corazón de piedra.

Amy creía que Joe debía hacer un esfuerzo y tratar de amarlo.

No podía ser eso tan difícil,

Ya que tantas serían las chicas que se sintiesen felices y orgullosas de que las quisiese un muchacho tan encantador como aquel.

Sólo que era inútil pretender que Joe se portase como las demás chicas,

De modo que no había más que hacer que ser muy buena con él y tratarlo como a un hermano.

Amy se puso algo pálida y melancólica aquella primavera.

Perdió mucho de su gusto por la sociedad y salía sola a dibujar con bastante frecuencia.

Tampoco tenía mucha obra que mostrar cuando regresaba,

Pero seguro que pasaría las horas sentada estudiando la naturaleza o distraídamente dibujando cualquier fantasía que le pasaba por la cabeza,

Como por ejemplo un fornido caballero esculpido en una tumba,

O un joven dormido en la hierba con el sombrero sobre los ojos,

O una muchacha llena de rulos suntuosamente vestida paseándose por un salón de baile del brazo de un compañero alto.

Las caras las dejaba ellas un borrón,

Según la moda de entonces en arte.

Tía Carol creyó que la muchacha lamentaba la respuesta dada a Fred y después de ver que eran inútiles las negativas e imposibles las explicaciones,

Amy la dejó que creyese lo que la señora gustase,

Teniendo bien cuidado de que Lori se enterase de que Fred se había marchado a Egipto.

Estaba seguro de que Amy cambiaría de idea después de pensarlo mejor.

Observó.

Pobre tipo.

Puedo muy bien compadecerlo,

Ya que yo he pasado por lo mismo.

Diciendo eso,

Exhaló un gran suspiro y luego,

Como quien ha saldado su deuda con el pasado,

Se puso a disfrutar con fruición la carta de Amy.

Mientras ocurrían todos esos cambios en Europa,

La desgracia había caído sobre el hogar.

La triste noticia le llegó en Bebay,

Adonde el calor de Nisa los había llevado en mayo.

Amy supo sobrellevar bien la noticia y docilmente se sometió al decreto de la familia de que no debía acortar su permanencia en Europa,

Ya que era tarde para decir adiós a Beth.

Pero el corazón le pesaba mucho a la pobre muchacha,

Tan lejos de los suyos.

Anhelaba estar en su casa y todos los días miraba pensativa al otro lado del lago,

Esperando que Lori llegase a consolarla.

Y no se hizo esperar demasiado el muchacho,

Pues la noticia les llegó a ambos por el mismo correo.

No bien se enteró,

Preparó su mochila,

Se despidió de sus compañeros caminantes y partió para cumplir su promesa con el corazón lleno,

A un tiempo,

De emociones encontradas.

Lori conocía muy bien Bebay y no bien el barco tocó el pequeño muelle,

Se llegó por la costa hasta Latour,

Donde los Carol estaban viviendo en una pensión.

El sirviente estaba desolado al decirle que toda la familia había salido a dar un paseo por el lago,

Pero la señorita rubia podía estar en el jardín del castillo.

Si el señor quisiese tomarse la molestia de sentarse,

Un minutito bastaría para hacer venir a Mademoiselle.

Pero el señor no podía esperar ni siquiera ese minutito y en medio del discurso se marchó a encargarse él mismo de encontrar a Mademoiselle.

Era un alegre jardín antiguo en la ribera del precioso lago,

Con castaños de copas crujientes,

La hiedra trepando por todas partes y la sombra negra de la torre que caía a buena distancia sobre la superficie del agua.

En un rincón de la pared baja había un asiento y allí solía sentarse Amy a leer,

Trabajar o encontrar algún consuelo para su pena en la belleza que la rodeaba por todos lados.

Allí estaba aquel día la chica,

La cabeza apoyada en las manos,

El corazón triste y los ojos pesados de lágrimas,

Pensando en Beth y preguntándose por qué no llegaba Lori.

No lo oyó cruzar el patio contigo,

Ni lo vio detenerse en el arco que conducía al jardín.

Lori se quedó mirando a Amy con nuevos ojos,

Viendo lo que nadie había visto en ella hasta entonces,

El lado tierno de su carácter.

Todo en ella sugería sin palabras cariño y pesar.

Las cartas borroneadas que yacían en su falda,

La cinta negra que le ataba el pelo,

La pena y la paciencia de mujer,

No de niña,

Que acusaba en su rostro.

Aún la crucecita de ébano que había atado a su cuello pareció patética a Lori,

Pues él se la había regalado y la llevaba hoy como único adorno.

Si alguna duda le quedaba sobre la recepción que la chica le daría,

Se disipó por cierto al instante mismo en que lo vio,

Pues dejando caer todo,

Corrió hacia él exclamando con un tono inequívoco de amor y de ansia.

Lori,

Lori,

Yo sabía que vendrías a verme.

Creo que todo fue dicho y arreglado en ese instante,

Pues allí,

En silencio,

Con la oscura cabeza inclinada protectoramente sobre la cara,

Amy sintió que nadie podría consolarla y sostenerla como Lori,

Y éste decidió que Amy era la única mujer en el mundo que podía llenar el lugar de Joe y hacerlo feliz.

Al minuto,

Amy volvió a su asiento y mientras se secaban las lágrimas,

Lori recogía los papeles desparramados encontrando a la vista de ciertas cartas muy ajadas y ciertos dibujos sugestivos,

Buenos augurios para el futuro.

Cuando se sentó junto a Amy,

Ésta volvió a sentirse tímida y se puso casi roja al recordar su recibimiento impulsivo.

Me sentía tan sola y triste y me dio tanta alegría verte.

Fue tan la sorpresa de levantar la vista y encontrarte allí,

Justo cuando ya empezaba a creer que no vendrías,

Le dijo tratando en vano de hablar con absoluta naturalidad.

Me puse en camino no bien me enteré.

Ojalá supiese decirte algo para consolarte de la pérdida de la pequeña Beth,

Pero solo sé sentir y no pudo continuar.

Anhelaba decir a Amy que apoyase la cabeza en su hombro y llorase a gusto,

Pero no se animó,

Así que le tomó la mano y le dio un apretón que fue mejor que las palabras.

No necesitas decir nada,

Esto me consuela,

Dijo ella despacito.

Beth está bien ahora y es feliz y no debo desear que vuelva.

No hablemos más de eso ahora,

Porque me hace llorar y quiero disfrutarte mientras te quedes aquí.

No tienes que volver enseguida,

No si me necesitas querida.

Y tanto,

Tía y Florence son muy buenas,

Pero tú pareces como uno de la familia y sería tan consolador tenerte aquí por un tiempo.

Amy hablaba como una niña con el corazón triste y nostálgico.

Al verla así,

Lori se olvidó de pronto de toda su cortedad y le dio a la chica justamente lo que ella necesitaba,

Los mimos y la alegre conversación que precisaba para animarse.

Pobrecita Amy,

No parece sino que te hubieses enfermado a fuerza de afligirte.

Ahora me haré cargo yo de tu cuidado,

Así que no llores más.

Ven a caminar un poco conmigo,

Pues el viento es demasiado frío para estar sentada aquí.

Mientras hablaba,

Le ataba los lazos del sombrero,

La tomaba del brazo y se ponía a recorrer con ella la vereda soleada bajo los castaños recién brotados.

Amy encontraba muy agradable tener un brazo fuerte en que apoyarse,

Una cara conocida para sonreírle y una voz cariñosa para hablarle deliciosamente a ella sola.

El viejo jardín antiguo había abrigado a muchas parejas de enamorados y parecía hecho a propósito para ellos,

Tan apartado,

Sin nadie que los mirase,

Más que la torre y con el amplio lago para llevarse lejos el eco de sus palabras.

Durante una hora,

Esta nueva pareja caminó y conversó o descansó,

Disfrutando de las dulces influencias que prestaban tanto encanto al lugar y al momento.

Cuando al fin una campana los llamó para la comida poco romántica,

Amy tuvo la sensación de que allá en el jardín del castillo dejaba toda su carga de soledad y de tristeza.

En cuanto la señora Carol vio su rostro,

Se iluminó,

Exclamando para sí,

Ahora lo comprendo todo.

Bendito Dios,

Nunca se me había ocurrido semejante cosa.

Con laudable discreción,

La buena señora se abstuvo de decir una palabra,

Pero invitó a Lori a quedarse y rogó a Amy que disfrutase de su compañía.

Amy se dedicó,

Pues,

A entretener a su amigo,

Y lo hizo con mayor éxito aún que de costumbre.

En Nisa,

Lori araganeaba y Amy regañaba.

En cambio,

En Bebay,

Lori no estaba nunca ocioso,

Sino caminando o cabalgando o remando de la manera más enérgica que darse pueda,

Mientras Amy admiraba todo cuanto él hacía y trataba de seguir su ejemplo hasta donde le era posible.

Lori solía decir que aquel cambio era debido al clima,

Y ella se guardó muy bien de contradecirlo,

Alegrándose de semejante excusa.

Aquel aire vigorizante les hizo bien a los dos,

Y el mucho ejercicio operó saludables cambios tanto en las mentes como en los cuerpos.

El sol cálido de la primavera les trajo toda clase de ideas ambiciosas,

Esperanzas tiernas y pensamientos felices.

El lago pareció lavar las preocupaciones del pasado,

Y las enormes montañas mirar los benignas diciéndoles,

Amaos,

Chiquillos.

A pesar del dolor reciente,

Aquella fue una época feliz,

Tan feliz que Lori no podía soportar la idea de perturbarla con una palabra.

Le había llevado algún tiempo recobrarse de la sorpresa que le causó la cura rápida de su primer,

Y según lo creyera,

Único amor,

Y se consolaba de esa aparente deslealtad con la idea de que la hermana de Joe era casi como la propia Joe,

Y la convicción de que le hubiese sido imposible amar a ninguna otra mujer que no fuese Amy.

No había necesidad de hacer toda una escena,

Ni casi de decirle a Amy que la quería.

Ella lo sabía ya sin palabras,

Y le había dado su respuesta hacía tiempo.

Todo se presentó de modo tan natural que nadie tuvo motivo de queja,

Y Lori sabía que todo el mundo había de alegrarse,

Incluso Joe.

Pero nadie puede negar que cuando el primer amor ha sido un fracaso,

Es natural que seamos cautos y pausados en aventurarnos por segunda vez.

Así pues,

Lori dejaba correr los días,

Disfrutando de cada hora y dejando al azar el acto de pronunciar la palabra que pondría un sello a aquella primera parte,

La más dulce,

De su nuevo romance.

Se había imaginado que el desenlace tendría lugar en el jardín del castillo,

A la luz de la luna,

De la manera más natural y decorosa,

Pero resultó precisamente lo contrario,

Pues todo quedó arreglado en el lago a mediodía y en unas pocas y breves palabras.

Toda la mañana la habían pasado vogando con un cielo azul sin nubes por encima de sus cabezas,

Y el lago más azul aún por debajo,

Salpicado de botes pintorescos que parecían gaviotas de alas blancas.

Habían hablado de Rousseau cuando se detuvieron en Clarence,

Donde había escrito su Eloisa.

Ninguno de los dos había leído aquella obra,

Pero sabían que era una historia de amor,

Y en su fuero interno los dos se preguntaban si sería tan interesante como la de ellos.

Amy había metido la mano en el agua durante una pequeña pausa de la conversación,

Y cuando levantó la vista,

Lori descansaba sobre los remos con una expresión en los ojos que le hizo decir a Amy muy deprisa,

Únicamente por decir algo,

Debes de estar cansado,

Lori.

Déjame remar a mí un poco.

¿Me hará bien?

Pues desde que llegaste he estado todo el tiempo holgazaneando a más y mejor.

No estoy cansado,

Pero toma un remo si quieres.

Hay lugar suficiente,

Aunque tendré que sentarme casi en el medio,

O el bote no hará equilibrio,

Respondió Lori como si más bien le gustase aquel arreglo.

Pensando que no habían mejorado mucho las cosas,

Amy ocupó aquel tercio de asiento que él le ofrecía,

Y aceptó el remo.

Remaba bien como hacía tantas otras cosas,

Y aunque usaba las dos manos y Lori una sola,

Los remos guardaban buen ritmo,

Y el bote se deslizaba suavemente por el agua.

Qué bien andamos los dos juntos,

¿sí?

Dijo Amy,

Que en ese momento consideraba peligroso guardar silencio.

También,

Que me gustaría que continuáramos siempre remando en el mismo bote.

¿Lo quieres así,

Amy?

Preguntó tiernamente.

Sí,

Lori,

Respondió ella muy por lo bajo.

Pararon de remar,

E inconscientemente añadieron un bonito cuadro de amor y felicidad humanos a los bellos paisajes que se disolvían reflejados en el agua del lago.

5.0 (3)

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Alejandra

August 16, 2023

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