
Cuento: El eco de la montaña
El cuento del eco de la montaña es una historia popular que no tiene un origen único o específico, algunos autores relacionan su autoría a las antiguas tribus indígenas de América del Norte, pero se desconoce con exactitud la raíz de la historia. De este cuento existen muchas versiones. La historia ha sido adaptada en varias culturas del mundo como una metáfora para explicar el poder del reflejo emocional, la ley de causa y efecto, o el principio de que recibimos aquello que damos.
Transcripción
El eco de la montaña Hace mucho tiempo,
En una aldea rodeada de montañas,
Vivía una niña muy curiosa y sensible.
Esta era una niña que siempre hacía muchas preguntas,
Que amaba correr entre los árboles,
Y que solía mirar las nubes buscando figuras en el cielo.
Un día,
Su padre le propuso una caminata especial.
Subirían juntos a una de las montañas sagradas que rodeaban el valle.
—Hoy vas a conocer algo muy importante —le dijo su padre.
La niña,
Emocionada,
Se calzó sus sandalias de cuero y siguió a su padre por los senderos antiguos que los ancianos del pueblo conocían muy bien.
Subieron durante horas,
Escuchando el canto de los pájaros,
El crujir de las ramas y el susurro del viento entre los árboles.
En un momento,
Mientras ella jugaba entre las rocas,
Tropezó y se raspó la rodilla.
Frustrada,
Gritó entonces con enojo.
—¡Eres una tonta!
Pero apenas terminó de hablar,
Escuchó una voz que le devolvía sus propias palabras.
—¡Eres una tonta!
Como por reflejo,
Gritó nuevamente.
—¿Quién eres?
La misma voz respondió ante sus palabras.
—¿Quién eres?
Asustada,
Se escondió tras su padre.
Su respiración era cada vez más agitada.
—¡No me gustas!
—volvió a exclamar.
Nuevamente,
La voz le regresaba sus palabras,
Pero esta vez con mayor fuerza.
—¡No me gustas!
Asombrada,
Volvió a gritar.
—¡Eres una estúpida!
La voz le regresaba sus propias palabras,
Cada vez con mayor intensidad.
—¡Eres una estúpida!
Inmediatamente,
La niña empezó a sentir cómo su cuerpo se alteraba.
En ese momento,
Y presa de sus emociones,
Gritó.
—¡Te odio!
La voz,
Como un reflejo literal,
Le regresaba sus propias palabras con la misma sonoridad.
—¡Te odio!
En ese momento,
La niña tomó la mano de su padre y preguntó en un tono de preocupación y con la voz entrecortada.
—¡Papá!
¿Quién me está gritando?
Su padre la miró con ternura,
Se arrodilló a su altura y le dijo.
—Eso que oyes,
Hija mía,
Los seres humanos le llaman eco,
Pero los sabios del pueblo creen que es la vida.
—¡Escucha de nuevo!
Entonces,
Mirando hacia las piedras,
Procedió a gritar.
—¡Te quiero!
Y la voz respondió.
—¡Te quiero!
Nuevamente,
Mirando hacia las piedras,
Gritó una segunda vez.
—¡Te admiro!
El eco repetía nuevamente,
Cuidando la suavidad de las palabras del padre.
—¡Te admiro!
La niña abrió los ojos sorprendida.
—¡Es un espíritu!
—preguntó.
El padre sonrió y negó con la cabeza.
—No,
Hija.
La vida,
Madre llena de sabiduría,
Nos devuelve todo aquello que le damos.
Si le gritas con rabia,
Te devuelve rabia,
Pero si le hablas con amor,
Te devuelve amor.
Así es también el corazón de las personas.
Todo lo que piensas,
Todo lo que dices y todo lo que haces de alguna manera vuelve a ti.
Ella se quedó en silencio unos instantes,
Mirando hacia la cima.
Curiosa,
Preguntó nuevamente.
—¿Entonces,
Si yo trato bien a los demás?
¿Me tratarán bien ellos también?
—No siempre de inmediato,
Dijo su padre con honestidad.
Pero con el tiempo,
La vida encuentra la manera de devolverte lo que ha sembrado.
Esa tarde,
Cuando el sol comenzó a bajar,
Los dos emprendieron el regreso a casa.
Ella iba en silencio,
Pensativa,
Como si cada paso resonara lo más profundo de su ser.
Desde ese día,
Comprendió que cada palabra tiene poder,
Y que el eco no solo vive en las montañas,
Sino también en los actos de cada persona.
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