
El aprendiz que quería volar
La historia del aprendiz que quería volar tiene su origen en las enseñanzas budistas que se transmiten a través de parábolas y relatos breves. Aunque no pertenece a un texto sagrado específico, forma parte de esa tradición de cuentos que los maestros han usado durante siglos para ilustrar la impaciencia del ego y la importancia de la calma y la confianza en el proceso espiritual. Su raíz está en los monasterios orientales, donde se enseñaba a los aprendices a soltar el deseo de resultados inmediatos para cultivar la serenidad necesaria en la práctica de la meditación.
Transcripción
LA HISTORIA DEL APRENDIZ QUE QUERÍA VOLAR Había una vez un joven que ingresó a un monasterio en las montañas con un único deseo.
Deseaba alcanzar la iluminación lo más rápido posible.
Desde que llegó,
Se mostraba inquieto,
Siempre preguntando a los monjes mayores cómo podían meditar tanto tiempo en silencio,
Cómo podían esperar años enteros sin desesperarse.
Una mañana decidió hablar directamente con el maestro del templo.
Se inclinó ante él y le preguntó con determinación.
Maestro,
Quiero alcanzar la iluminación pronto.
Yo no deseo perder mi tiempo en esperas ni en rodeos.
Enseñeme usted el camino más corto,
Porque siento que tengo alas en el corazón y quiero volar ya hacia la verdad.
El maestro lo observó con ternura y no respondió de inmediato.
Lo condujo hasta un pequeño estanque dentro del jardín del monasterio.
Allí tomó un cuenco de barro y lo llenó de agua del estanque.
Con una ramita comenzó a remover el agua con fuerza,
Levantando barro del fondo y creando remolinos.
Mira el agua,
Dijo el maestro.
¿Puedes ver tu rostro reflejado?
El joven miró y negó con la cabeza.
No,
Maestro,
El agua está demasiado turbia y en movimiento.
El maestro dejó la ramita a un lado y ambos permanecieron en silencio.
Minuto tras minuto el agua fue asentándose hasta quedar clara y serena como un espejo.
Entonces el maestro volvió a preguntar.
¿Y ahora?
¿Puedes ver tu rostro?
El discípulo sonrió,
Sorprendido de la nitidez.
Sí,
Maestro,
Ahora está claro como nunca.
El maestro asintió y habló con calma.
Tu mente es como esta agua.
Cuanto más la agitas con prisas,
Ambiciones y deseos de volar,
Menos puedes ver la verdad.
La claridad surge cuando aprendes a quedarte quieto,
A dejar que lo que está dentro de ti se asiente por sí mismo.
El joven pronunció el seño y replicó con cierta frustración.
Si no me esfuerzo,
¿cómo voy a llegar antes?
¿Acaso no es el esfuerzo lo que nos lleva a crecer?
El maestro sonrió con suavidad.
El esfuerzo es necesario para sembrar,
Hijo mío,
Pero el esfuerzo nunca es necesario para forzar una cosecha.
Conoce a tu maestro
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