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Alcanzar a Dios

by Cesar Moreno Coach

Actividad
Meditación
Adecuado para
Todos

“Alcanzar a Dios” es un breve cuento de tradición sufí que presenta el encuentro entre un buscador espiritual y un sabio. A través de un diálogo sencillo y lleno de paradoja, el relato cuestiona la idea de que podemos llegar a Dios únicamente mediante el esfuerzo, el conocimiento o la búsqueda incansable. Su enseñanza invita a hacer nuestro camino con compromiso, pero también a soltar la necesidad de controlar el resultado y a descubrir, en el silencio y la confianza, una forma diferente de acercarnos a lo divino. Es, en esencia, un cuento sobre la fe, la entrega y la capacidad de permanecer abiertos ante aquello que no podemos alcanzar por la fuerza.

Transcripción

La historia del hombre que quería alcanzar a Dios.

Un nombre.

Llevaba mucho tiempo buscando a Dios.

Había leído libros sagrados.

Había visitado lugares de oración.

Y había hablado con maestros y hombres sabios.

Había probado distintas formas de meditación.

Y había pasado muchas noches en silencio.

Intentando encontrar aquello que su corazón buscaba.

Pero cuanto más buscaba.

Más lejos parecía estar Dios.

Un día.

Llegó hasta un sabio que vivía apartado del mundo.

Cerca de un río.

El hombre.

Se sentó frente al sabio.

Y después de un largo silencio preguntó.

Maestro.

¿Qué acción tendría que realizar?

Para poder alcanzar a Dios.

El sabio.

Lo miró durante unos instantes.

Si deseas alcanzar a Dios.

Hay dos cosas que debes saber.

El hombre se inclinó hacia adelante.

¿Cuáles?

Dilas por favor.

La primera.

Es que todos los esfuerzos por alcanzarlo.

No sirven para nada.

El hombre quedó desconcertado.

Nada.

Repitió el sabio.

Entonces.

.

.

¿Para qué he rezado?

¿Para qué he meditado?

¿Para qué he recorrido tantos caminos?

El sabio respondió.

No te digo que dejes de rezar.

No te digo que dejes de meditar.

Ni que abandones tu camino.

Te digo.

Que ninguna de esas cosas puede obligar a Dios a aparecer ante ti.

El hombre.

Permaneció pensativo.

Entonces.

.

.

¿Qué debo hacer?

El sabio sonrió.

Eso nos lleva.

A la segunda cosa que debéis saber.

Dime maestro.

Que debes actuar.

Como si no supieras la primera.

El hombre.

Lo miró confundido.

No entiendo.

Debes seguir caminando.

Aunque sepas que no puedes conquistar el destino.

Debes seguir rezando.

Aunque no puedas exigir una respuesta.

Debes seguir buscando.

Aunque sepas que Dios no es un objeto que puedas encontrar.

Al final de tu camino.

El hombre guardó silencio.

El sabio continuó.

Haz tu parte,

Hijo mío.

Abre tu corazón.

Medita.

Sé sincero.

Aprende.

Sirve a los demás.

Pero no conviertas todo eso.

En un esfuerzo desesperado por conseguir algo.

¿Entonces?

Dejo de buscar.

Respondió el maestro.

Debo seguir buscando.

Dijo el maestro asintiendo con su cabeza.

Pero acabas de decirme que mis esfuerzos no sirven.

El sabio sonrió.

El problema.

No está en caminar.

El problema.

Está en creer que puedes obligar a Dios a encontrarte porque ya has caminado suficiente.

El hombre bajó la mirada.

¿Lo comprendió?

Que durante años había estado buscando a Dios.

Como quien busca un lugar al que llegar.

Y quizá.

.

.

Aquella búsqueda había creado precisamente el ruido que le impedía escuchar.

Los dos.

Permanecieron en silencio.

El hombre dejó de hacer preguntas.

Por primera vez en mucho tiempo.

No intentó encontrar una respuesta.

Escucho el agua.

Escuchó el viento.

Escuchó su propia respiración.

Y finalmente comprendió algo sencillo.

Quizá Dios.

No era alguien a quien tuviera que perseguir.

Quizá.

No necesitaba hacer más y más cosas para demostrar que era digno de encontrarlo.

Quizá.

Necesitaba aprender a estar presente.

El sabio.

No dijo nada más.

Y el hombre tampoco.

Permanecieron allí.

En silencio.

Mientras el río continuaba su camino.

En aquel silencio.

Finalmente el hombre comprendió.

La paradoja que el sabio había intentado mostrarle.

Hay cosas.

Que podemos buscar toda la vida.

Y que sólo aparecen.

Cuando dejamos de intentar poseerlas.

Quizá Dios.

No estaba al final del camino.

Quizá estaba tan bien.

En cada uno de sus pasos.

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