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Dormicuentos-Rumpelstinski

by Maria G de Gyves

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Puntuación
4.7
Group
Actividad
Meditación
Adecuado para
Niños
Reproducciones
4.1k

Este cuento de la tradicion oral alemana fue recuperado de forma escrita por los Hermanos Grimm, gracias a lo cual es conocido hasta nuestros días. Es la historia de un enano muy inteligente que puede hacer cosas maravillosas para ayudar a los demás, en este caso una princesa...ah! pero eso sí cómo es tan listo el precio que hay pegar por su ayuda ¡será muy caro! ¡Qué lo disfrutes!

Transcripción

Dormigüentos,

Lávate los dientes,

Ponte la pijama,

Acurrúcate con tu mamá,

O con tu osito de peluche,

Y disfruta esta historia.

Rumpelstiltskin,

El enano saltarín,

De los hermanos Grimm.

Érase una vez un molinero muy pobre que tenía una hermosa hija.

Un día tuvo que pedirle audiencia al rey,

Y como estaba nervioso y quería darse importancia,

Dijo,

—Yo tengo una hija que puede hilar paja y transformarla en oro.

Y el rey le contestó,

—Es un arte encantador y poco frecuente.

—Si es cierto lo que dices,

Trae mañana a tu hija al palacio,

Quiero ver cómo se desempeña.

Al día siguiente trajo el campesino a su hija.

El rey la llevó a una habitación que estaba llena de paja.

Le dio la rueca y el luso,

Y le dijo,

—Si de esta noche a mañana no está aislada toda esta paja en oro,

Morirás.

Luego,

Él mismo cerró la puerta con doble cerrojo,

Y la muchacha se quedó sola.

La hija del molinero no sabía qué hacer,

No sabía cómo iba a hilar paja en oro,

Y no comprendía por qué su padre la había puesto en semejante apuro.

Tan desesperada estaba y tan asustada,

Que terminó por echarse a llorar.

Y entonces,

Como de la nada,

Apareció un pequeño hombrecillo en medio de la habitación y le dijo,

—¡Buenas tardes,

Hija del molinero!

¿Por qué lloras tanto?

—¡Ay de mí!

Tengo que hilar toda esta paja en oro,

Y no sé cómo hacerlo.

—¿Y qué me darás si yo lo hago por ti?

—preguntó el hombrecillo.

La joven pensó que lo más valioso que tenía era el collar que llevaba puesto y,

Sin pensarlo dos veces,

Le dijo,

—¡Mi collar!

El hombrecillo tomó el collar y se sentó frente a la rueca.

Tris,

Tras,

Tris,

Tras,

Tris,

Tras.

.

.

Estirando tres veces la paja,

La hiló en una fina madeja de oro puro.

Tomó un segundo atado de paja y.

.

.

Tris,

Tras,

Tris,

Tras.

.

.

Con tres estiradas apareció una nueva madeja.

Y así siguió toda la noche hasta que toda la paja estaba hilada y la habitación estaba llena de las más hermosas madejas de oro.

A la salida del sol apareció el rey.

Cuando vio todo el oro,

Se contentó mucho,

Pero ambicionó tener más.

Llevó a la hija del molinero a una habitación más grande,

También llena de paja,

Y le ordenó que la hilara en oro en una sola noche.

Cerró la puerta y puso el candado.

La muchacha quedó sola una vez más y se puso a llorar.

Y en cuanto su rostro estuvo bañado en lágrimas,

Apareció,

Como de la nada,

El hombrecillo pequeño y extraño.

—¡No me gusta ver llorar a una doncella!

¿Qué me darás ahora,

Hija del molinero,

Si te hilo toda esta paja en oro?

La muchacha recordó el anillo que le había regalado su madre cuando cumplió quince años,

Y sin pensarlo dos veces dijo.

.

.

—¡Mi anillo!

El hombrecillo cogió el anillo y se sentó frente a la rueca.

Empezó a dar vueltas a la rueda y.

.

.

Tris,

Tras,

Tris,

Tras,

Tris,

Tras.

.

.

De tres estiradas,

La paja se transformaba en madejas de fino oro.

Antes del amanecer,

El trabajo estaba terminado.

La habitación resplandecía.

La hija del molinero estaba aliviada y el hombrecillo había desaparecido tan silenciosamente como había aparecido.

Enseguida vino el rey y se alegró muchísimo al ver todo el oro acumulado,

Pero todavía ambicionaba tener más.

Llevó a la hija del molinero a una habitación aún más grande,

También llena de paja,

Y volvió a repetir la orden.

—Para mañana,

A la salida del sol,

Toda la paja debe estar hilada en oro.

Si logras hacerlo,

Serás mi esposa.

La muchacha se quedó sola,

No estaba tan asustada como las veces anteriores.

Pero a medida que avanzaba el día,

Los atados de paja le parecían cada vez más grandes,

Y por más que intentó una que otra vez hacer tris,

Tras,

Tris,

Tras,

Tris,

Tras,

Como había visto hacer al hombrecillo,

La paja seguía siendo paja.

Al anochecer,

Desesperada,

Se puso a llorar.

Y en cuanto su rostro estuvo bañado en lágrimas,

Apareció por tercera vez el hombrecillo y le dijo,

—Oh,

Si te vuelvo a hilar la paja.

—Como ves,

Ya no me queda nada de valor,

Y no tengo nada que darte.

—Tal vez ahora no lo tengas,

Dijo el hombrecillo,

Pero lo tendrás.

—Prométeme que cuando seas reina me darás tu primer hijo.

—¿Quién sabe lo que pueda pasar más adelante?

Pensó la hija del molinero,

Y en su aflicción no supo sino aceptar la proposición del hombrecillo,

Y este,

Por tercera vez,

Hiló toda la paja en oro.

Cuando salió el sol,

Regresó el rey y vio que todo estaba hecho como él lo había deseado.

El matrimonio se dispuso y la bella hija del molinero se convirtió en reina.

Pasó un año y la reina tuvo un hermoso hijo.

Era feliz y no se acordaba para nada del curioso hombrecillo cuando,

Una noche,

Como de la nada,

Se le apareció en su cuarto mientras ella mecía la cuna y cantaba suavemente para que el bebé se durmiera.

La reina se asustó al verlo.

El hombrecillo se paró delante de ella,

Muy tieso,

Y le dijo,

—¡Pero que es mío!

—Oh,

No,

No puedo,

No puedo darte a mi hijo,

Pero ahora tengo muchas riquezas,

Pide lo que quieras.

—¿Prefiero algo vivo y tierno a todas las riquezas del mundo?

Contestó el hombrecillo con voz chillona.

La reina estaba desolada.

Suplicó y rogó,

Pero el hombrecillo insistía en que ella cumpliera su promesa.

Desesperada al pensar que no vería más a su hijo,

La reina se echó a llorar.

Y cuando su rostro estuvo bañado en lágrimas,

Al hombrecillo se le ablandó el corazón.

—Tampoco me gusta ver llorar a una reina,

Refunfuñó y luego agregó.

—Hay tres días de plazo para que averigües cómo me llamo.

Si al cabo de ese tiempo logras saberlo,

Podrás quedarte con tu hijo.

Y desapareció.

La reina pasó toda la noche pensando en cómo podría llamarse un hombrecillo tan extraño,

Y decidió que también debía ser un extraño nombre.

Muy temprano al día siguiente,

Mandó a un mensajero a que recorriera toda la comarca y preguntara a las gentes por los nombres más curiosos que conocieran.

El mensajero los memorizó y se los dictó a la reina quien los anotó uno por uno.

Y cuando esa noche regresó el hombrecillo,

La reina dijo,

—Jesualdo.

—Así no me llamo yo.

No y no.

—Erasmo.

—Así no me llamo yo.

—Maraquías.

—Así no me llamo yo.

—Damaceno.

—Así no me llamo yo.

No y no.

Y cada vez que decía no y no,

El hombrecillo se frotaba las manos,

Se reía y saltaba en un pie.

La reina fue leyendo todos los nombres extraños que tenía anotados hasta que se le acabaron,

Pero ninguno de ellos era el nombre del pequeño hombrecillo.

—Mañana por la noche regresaré,

Dijo y se fue.

La reina pensó entonces que el nombre del hombrecillo tal vez fuera uno sencillo,

Un nombre muy común,

Y preparó una nueva lista.

Y cuando llegó el hombrecillo aquella noche dijo,

—Juan.

—Así no me llamo yo.

—Pedro.

—Así no me llamo yo.

No y no.

—Diego.

—No,

No,

No.

Así no me llamo yo.

—Manuel.

—Así no me llamo yo.

No y no.

Y cada vez que decía no,

No,

El hombrecillo se frotaba las manos,

Se reía y saltaba en un pie.

La reina continuó leyendo su larga lista de nombres comunes,

Pero ninguno era el nombre del hombrecillo.

—Una noche.

—Dijo.

—¿Debes adivinar mi nombre o me llevaré a tu casa?

La reina,

Desesperada,

Mandó al mensajero a que recorriera nuevamente el país y recogiera todos los nombres,

Sencillos y extraños,

Antiguos y nuevos,

Y se los trajera antes de que se pusiera el sol.

Y cuando por la noche el mensajero regresó,

Cansado y lleno del polvo de todos los caminos que había recorrido,

Le dijo a la reina.

—Nada,

Mi señora.

No he encontrado ni un solo nombre diferente de los que ya le he dado.

—¿Ninguno?

¿Seguro?

¿Está seguro?

—Solo en un recodo del bosque,

En un sitio oscuro donde casi no llega el sol,

Vi una pequeña casa y ante la casa ardía una fogata y alrededor de la fogata danzaba un hombrecillo ridículo.

Se frotaba las manos,

Se reía,

Saltaba en un pie y cantaba así.

—¡Ese es!

—exclamó la reina.

Y esa noche,

Cuando el hombrecillo apareció,

Ella dijo.

—¿Será acaso tu nombre,

Enrique?

—¡No y no!

—¿Será acaso Guillermo?

—¡No y no!

—contestó el hombrecillo,

Frotándose las manos y riéndose.

—Entonces debe ser Rumpelstiltskin,

El enano saltarín —dijo la reina.

El hombrecillo se puso furioso.

—¡Solo el diablo te lo pudo haber dicho!

—gritó.

—¡Nadie sabe mi nombre!

Y rabiando así,

Dio un golpe tan fuerte en el suelo que se hundió hasta la cintura.

Y como seguía pateando,

Siguió hundiéndose hasta desaparecer.

La reina meció la cuna y cantó para que su hijo se durmiera.

Y dicen las gentes que fue feliz y que nunca más volvió a ver al enano saltarín.

Y colorín colorado,

Esta historia ha terminado.

Y la hora de soñar ha comenzado.

4.7 (89)

Reseñas Recientes

Aldys

June 25, 2024

¡Un excelente cuento! Gracias por compartirlo 🙏✨

Alfredo

May 26, 2024

Excelente. Muchas gracias. Bendiciones 😊🤗

Norida

November 14, 2022

Me encanta los efectos de sonidos que colocas, hacen que imagine toda la escena y los personajes.

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