
AudioLibro 1 - La Túnica Azafrán de Lobsang Rampa
La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa (1966) Penetración adicional en la vida de Lobsang dentro de Lamahood y los orígenes del Budismo - la historia de Gautama - y las cuatro verdades nobles. Narrador: Juan José Palanca. Música libre de derechos de autor.
Transcripción
Audiolibro.
Lobsang Rampa.
La túnica de azafrán.
Capítulo 1.
Narrador Juan José Palanca.
Ciencia del saber.
Extrañas sombras se rizaban ante mi distraída mirada,
Ondulando en mi visión como policromos fantasmas de un mundo remoto y agradable.
El agua moteada de sol estaba tranquila muy cerca de mi rostro.
Sobemente metí un brazo debajo de la superficie y contemplé las perezosas olitas que causó ese movimiento.
Esforzando los ojos miré las profundidades.
Sí,
Aquella piedra grande y vieja.
Allí era donde él vivía.
Y salía para saludarme.
Perezosamente pasé los dedos por los lados del pez,
Ya inmóvil excepto por el ágil movimiento de las aletas,
Mientras se quedaba quieto junto a mi mano.
Él y yo éramos viejos amigos y con frecuencia iba a echarle comida al agua antes de acariciarle el cuerpo.
Habíamos llegado a la completa comprensión que sólo logramos los que no se temen.
Por entonces ni siquiera sabía yo que los peces eran comestibles.
Los budistas no les quitan la vida a los otros ni les hacen sufrir.
Aspiré profundamente y metí la cara bajo la superficie,
Deseoso de mirar más de cerca aquel otro mundo.
Allí me sentía como un dios contemplando una forma de vida muy diferente.
En alguna corriente invisible ondulaban levemente altas frondas y fuertes plantas acuáticas erguían como los árboles gigantescos de un bosque.
Un reguero arenoso serpenteaba bordeado por plantas verde pálidas que me semejaban mucho un césped bien atendido.
Pececillos multicolores de grandes cabezas pasaban raudos y se lanzaban por entre las plantas en su continua búsqueda de alimento y diversión.
Un enorme caracol de agua descendía trabajosamente por una gran roca gris para realizar su tarea de limpiar la arena.
Pero estaban a punto de estallarme los pulmones.
El cálido sol de mediodía me abrazaba el cuello por detrás y las ásperas piedras de la orilla me arañaban la carne.
Lanzando una última mirada a mi alrededor me arrodillé y agradecidamente respiré hondo el fragante aire.
Aquí,
En mi mundo,
Las cosas eran muy diferentes que en el plácido mundo que yo había estado estudiando.
Aquí dentro había remolinos,
Mucha inquietud.
Doliéndome un poco de la herida que se me iba cicatrizando en mi pierna izquierda,
Me puse en pie.
Apoyé la espalda contra un viejo árbol favorito mío y miré a mi alrededor.
El norbulinga era como una llamarada de color.
El verde intenso de los auces,
El escarlata y oro del templo de la isla y el denso,
Densísimo azul del cielo realzado,
Por el blanco puro de las deshilachadas nubes que llegaban veloces sobre las montañas de la India.
Las tranquilas aguas del lago reflejaban y exageraban los colores y creaban un aire irreal cuando una brisa vagabunda rizaba el agua y hacía que el cuadro se emborronase al moverse las figuras.
Todo esto era pacífico y sin embargo más allá del muro,
Como ya podía ver,
Las condiciones eran muy diferentes.
Monjes con hábitos enrojizos pasaban llevando pilas de ropa para lavar.
Otros estaban sentados junto al reluciente arroyo y retorcian las prendas para que se empavaran bien.
Las cabezas afeitadas brillaban al sol y a medida que avanzaba el día se iban enrojeciendo.
Pequeños acólitos recién llegados a la lamasería saltaban en un frenesí de excitación mientras golpeaban sus túnicas con grandes y suaves piedras para que pareciesen más viejas,
Más gastadas y dando así la impresión de que quien la llevaba hacía más tiempo que había sido acólito.
De vez en cuando el sol reflejaba la luz en las doradas vestimentas de algunos angustos lamas que viajaban entre el Potala y el Parco Kalling.
La mayoría de ellos eran hombres de venerable aspecto que se habían hecho viejos al servicio del templo.
Otros,
Poquísimos,
Eran jóvenes y algunos de ellos encarnaciones reconocidas mientras que otros habían progresado por sus propios medios.
De un lado a otro,
Pareciendo muy alertas y feroces,
Iban los vigilantes corpulentos,
Hombres de la provincia de Kham,
Encargados de la tarea de mantener la disciplina.
Erguidos y voluminosos,
Llevaban enormes trancas como señal de su cargo.
No eran intelectuales,
Sino hombres interos de gran musculatura,
Elegidos sólo por ellos.
Uno se me acercó y me miró con irritada curiosidad,
Aunque tarde me reconoció y se marchó en busca de culpables que merecieron su atención.
Detrás de mí,
La imponente masa del Pótala,
El hogar del Dios,
Una de las más gloriosas obras humanas,
Se elevaba hacia el cielo.
La roca de múltiples matices relucía suavemente y enviaba muy diversos reflejos a las plácidas aguas.
Por un efectísimo de la mudable luz,
Las talladas y coloridas figuras de la base parecían dotadas de vida y que se movían como un grupo de personas en animada discusión.
Grandes ramalazos de luz amarilla reflejados por las tumbas doradas en el tejado del Pótala se movían rápidos y formaban animadas manchas en los rincones montañosos más oscuros.
Un súbito zanc y el crujido de una rama me hizo prestar atención a esa nueva fuente de atracción.
Un antiguo pájaro más viejo que el mayor de los acólitos se había posado en el árbol que estaba detrás de mí.
Mirándome con ojos notablemente redondeados,
Dijo ¡cuac!
Y de pronto se volvió para atrás.
Extendió toda la longitud de su cuerpo y violentamente agitó sus alas mientras lanzaba hacia mí con extraordinaria esfuerza y precisión un regalo que yo no quería,
Aunque dando un desesperado salto a un lado pude escapar del ser el blanco.
El pájaro se dio de nuevo la vuelta para mirarme otra vez y dijo ¡cuac!
¡cuac!
Antes de dejar de prestarme atención atraído por algo que le interesaba más en otra parte.
En la suave brisa llegaron los primeros débiles sonidos de un grupo que se aproximaba de mercaderes de la India.
Los yaks protestaban de los intentos de sus conductores por darles prisa.
Los asmáticos crujidos y chirridos de los viejos aéreos de cuero,
El arrastrar de muchos pies y el musical tintineo de los guijarros lanzados a los lados por el paso de la caravana.
Pronto pude ver las pesadas bestias muy cargadas con exóticos bultos.
Con grandes cuernos sobre sus peludas cejas los enormes animales caminaban levantándose y descendiendo con su lento incansable paso.
Los mercaderes,
Algunos de ellos con turbantes,
Otros con viejos gorros de piel y algunos con gastado tocado de fieltro.
¡Limosnas,
Limosnas por amor de Dios!
Gritaban los mendigos.
¡Ah!
Exclamaban mientras los comerciantes avanzaban insensibles.
Vuestra madre es una vaca que se juntó con un jabalí.
Vuestra semilla es la de Shaitán.
Vuestras hermanas las venden en el mercado.
Raros olores me cosquilleaban en la nariz haciéndome respirar profundamente y luego estornudar con fuerza.
Perfumes del corazón de la India,
Paquetes de té chino,
Polvo antiguo que se desprendía de los bultos que transportaban los yaks,
Todo ello traía su olor hacia mí.
A lo lejos se perdían el sonido de las campanillas de los yaks,
Las altas voces de los mercaderes y las imprecaciones de los mendigos.
Pronto tendrían las damas de Lasha acaudalados visitantes en sus puertas.
Pronto los tenderos regatearían los precios que pedían los mercaderes.
Levantarían las cejas y elevarían la voz ante los precios inexplicablemente aumentados.
Pronto tendría que ello que volver al Potala.
Se me escapaba la atención.
Ociosamente contemplaba las abluciones de los monjes,
Dos de ellos a punto de pegarse porque uno había amenazado con lanzarle agua al otro.
Actuaron rápidos los vigilantes y se llevaron a los dos monjes revoltosos,
Cada uno de ellos bien sujeto por uno de los guardianes de la paz.
Pero ¿qué era aquello?
Mi mirada recorrió los matorrales.
Dos diminutos y brillantes ojos me miraban inquietos casi a nivel del suelo.
Dos orejitas grises se inclinaban hacia mí.
Un cuerpo pequeñito estaba agazapado y dispuesto a lanzarse si yo hacía algún movimiento falso.
Un ratoncito gris se preguntaba si le sería posible pasar entre mí y el lago a su regreso.
Mientras yo lo miraba,
Se lanzó hacia adelante sin dejar de mirarme.
No debía de haberse preocupado.
Sin mirar por donde iba tropezó de cabeza contra una rama caída y con un agudo chillido del dolor saltó con una patita en el aire.
Había sido un salto lateral excesivo pues cuando cayó perdió pie y fue a parar al lago.
El pobrecillo no podía salir y estaba en peligro de que lo atrapara un pez cuando yo me metí hasta las rodillas en el agua y lo saqué.
Secándolo cuidadosamente con el extremo de mi túnica volví a la orilla y dejé el tembloroso paquetito en el suelo.
No tardó en desaparecer por la pequeña madriguera sin duda agradecido de haber podido escapar.
Por encima de mí el antiguo pájaro lanzó un burlón y voló ruidosamente en dirección al asha.
¿En dirección al asha?
Eso me recordó que debía dirigirme al pótala.
Sobre el muro del Norbulinga los monjes se inclinaban observando la ropa puesta a secar sobre el suelo.
Todo tenía que ser cuidadosamente vigilado antes de recogerlo.
Un hermanito escarabajo podía estarse paseando por la ropa y recoger las prendas.
Significaría aplastar al hermanito.
Un acto que haría temblar y palidecer a un sacerdote budista.
Quizás un gusanito se hubiera refugiado del sol bajo la ropa de un alto lama y el gusanito tendría que ser puesto a salvo para que su destino no fuese alterado por el hombre.
Los monjes se agachaban,
Miraban y suspiraban con alivio cuando una criaturita tras otra quedaba salvada de la muerte segura.
Paulatinamente las pilas de ropa lavada crecían a medida que las preparaban para llevarlas al pótala.
Los pequeños acólitos vacilaban cargados con grandes montones de ropa ya seca.
Algunos no podían ver pues les tapaba la vista el montón de ropa.
Entonces surgía una súbita exclamación cuando alguno tropezaba y enviaba todo el montón al polvoriento suelo o incluso al barro de la orilla del río.
Desde lo alto del tejado llegaba el palpitar y el zumbido de las caracolas y de las grandes trompetas.
Sonidos que producían ecos en las distantes montañas así que a veces si las condiciones eran adecuadas le rodeaban a uno vibraciones y los sonidos rebotaban en el pecho durante minutos.
Entonces de pronto todo se quedaba tranquilo,
Tan tranquilo que se podían oír los latidos del corazón.
Salí de la sombra del árbol amigo y penetré por un hueco que había en la valla.
Me temblaban las piernas.
Hacía algún tiempo había sufrido una grave quemadura en la pierna izquierda.
No se me curó bien y luego se me partieron las dos piernas cuando una fuerte racha de viento me arrancó del tejado del pótala y me arrojó rodando por la falda de la montaña.
Así que cojeaba y durante algún tiempo me dispensaron de hacer mis trabajos caseros.
Pero mi alegría por esa inactividad la estropearon haciéndome estudiar más para que la deuda fuera saldada,
Según me informaron.
Hoy,
Que era día de lavado,
Me dieron permiso para no trabajar y quedarme descansando en el Norbulinga.
No podía regresar por la entrada principal pues todos los altos lamas y abades estarían por allí.
Ni podría utilizar los durísimos escalones que yo solía contar.
98,
99,
100,
101.
.
.
Me estuve junto a la carretera mientras pasaban por ella lamas,
Monjes y peregrinos.
Luego hubo algún tiempo de calma y crucé la carretera cojeando para meterme entre los matorrales subiendo a lo largo del precipicio en la falda de la montaña hasta dejar abajo el pueblo de SH5 y tomé por el camino lateral entre los tribunales de justicia y el pótala.
El camino era áspero pero hermoso con su profusión de pequeñas plantas entre rocas.
El aire refrescaba y mis piernas empezaban a dolerme intolerablemente.
Me recogí mi andrajosa túnica vieja y me senté sobre una roca conveniente para recuperar energía y aliento.
En dirección a Lhasa podía haber pequeñas fogatas pues los mercaderes acampaban al aire libre como solían hacer los indios en vez de quedarse en una de las hosterías.
Más allá,
Hacia la derecha,
Veía el reluciente río que partía en su inmenso viaje hacia la bahía de Bengala.
¡Hurror!
¡Hurror!
Dijo una profunda voz debajo y una peluda cabeza tropezó contra mis rodillas.
¡Hurror!
¡Hurror!
Respondí amablemente.
Tras un confuso movimiento un gran gato negro se plantó sobre mis piernas y acercó su cara a la mía.
¡Honorable puspús!
Dije a través de la densa pelambrera.
Me estás ahogando con tus atenciones.
Le puse suavemente las manos sobre sus lomos y lo eché hacia atrás un poco para poderlo mirar bien.
Unos grandes ojos azules levemente bizcos me miraban.
Sus dientes eran tan blancos como las nubes que teníamos encima.
Y sus orejas muy grandes.
Estaban alertas al menor sonido.
El honorable puspús era un viejo y valioso amigo.
Con frecuencia nos reuníamos bajo algún arbusto protector y nos contábamos nuestros miedos,
Nuestras decepciones y todas las dificultades de nuestra penosa vida.
Ahora me mostraba su afecto amasando sobre mí,
Abriendo y cerrando sus grandes pezuñas mientras ronroneaba cada vez más alto.
Estuvimos allí juntos un rato y luego a la vez decidimos que ya era hora de marcharse.
Mientras yo seguía esforzándome en la subida,
Haciéndome tropezar mis pobres piernas,
El honorable puspús iba adelante con el rabo muy tieso.
De vez en cuando se metía entre las matas y cuando yo llegaba a donde él estaba,
Saltaba.
Y se acercaba juguetón a mi túnica que hacía flamear el viento.
¡Vamos,
Vamos!
Exclamé en una de esas ocasiones.
Hasta no es manera de comportarse el jefe de la guardia de los gatos.
Como contestación echaba hacia atrás sus orejas y subiéndose por delante de mi túnica,
Llegaba un hombro mío y desde allí se arrojaba de lado a unas matas.
Me divertían nuestros gatos.
Los utilizábamos como guardias,
Pues un gato,
Si a mes adecuadamente entrenado,
Es más feroz que cualquier perro.
Reposaban,
Aparentemente dormidos,
Junto a los objetos sagrados.
Si los peregrinos intentaban tocarlos o robarlos,
Esos gatos,
Siempre en parejas,
Los inmovilizaban amenazándoles la garganta.
Eran feroces y sin embargo yo podía hacer lo que quisiera con ellos y como eran telepáticos,
Podíamos conversar sin dificultad.
Llegué a la entrada natural.
El honorable Push-Push había llegado ya y enérgicamente arrancaba grandes astillas del poste de madera que había junto a la puerta.
Cuando levanté el picaporte,
El gato empujó la puerta con su fuerte cabeza y desapareció en la humeante penumbra.
Yo iba mucho más despacio.
Aquel era mi hogar temporal.
Debido a las heridas de mi pierna,
Me habían enviado al Chakpori Al Potala.
Ahora,
Al entrar en el corredor,
Me llegaban los familiares olores a casa,
El omnipresente aroma del incienso,
Los diferentes perfumes según el tiempo y la finalidad para los que ardían,
El acre rancio y punzante olor de la manteca de Jack que empleábamos en nuestra lámpara o para calentar pequeños cacharros como cazos y que utilizábamos para hacer escultura durante los días fríos.
Era insistente.
Por muy fuerte que frotásemos,
Y no frotábamos demasiado,
Aquel aroma estaba siempre allí calándolo todo.
Un olor mucho menos agradable era el de la porquería de Jack que,
Cuando se secaba,
Usábamos para calentar las habitaciones de los ancianos y enfermos.
Pero ahora avanzaba yo inseguro por el corredor dejando atrás las vacilantes lámparas de manteca que hacían aún más tétricos los muy sombríos corredores.
Otro perfume que siempre estaba presente en todas las lamaserías,
Un perfume tan familiar que no lo notaba uno a menos que el hambre hubiera agudizado nuestras percepciones,
Era la champa.
Olor a cebada tostada,
Olor a té chino,
Olor a manteca caliente.
Mezclándolos resulta la inevitable y eterna champa.
Algunos tibetanos nunca han probado más alimento que la champa.
Desde que nacieron están habituados a ese sabor y es el último alimento que prueban.
Es su comida,
Su bebida y su consuelo.
Los mantiene durante los más duros trabajos manuales y les proporciona energía cerebral,
Pero siempre he creído que suprime el interés sexual de modo que el tíbet no tiene dificultad para ser un estado de célibes,
Una tierra de monjes y con un nivel de nacimientos en constante disminución.
El hambre había agudizado mis percepciones y así pude apreciar el aroma de la cebada tostada,
La manteca caliente y el té chino prensado.
Anduve cansadamente por el corredor y me volví hacia la izquierda cuando me llegó más fuerte el aroma.
Allí,
En grandes calderas de cobre,
Los monjes cocineros metían la cebada tostada enteriviendo.
Uno introducía varias libras de manteca de yak y la disolvía,
Y otro echaba la sal que habían traído los de una tribu de los lagos de las tierras altas.
Un cuarto monje,
Con un cucharón de 10 pies de longitud,
Removía la mezcla.
La caldera hervía,
Se harían a las superficies ramitas del té prensado y las quitaba el monje que manejaba el cucharón.
Las boñigas de yak quemándose bajo la caldera soltaban un olor a acre y nubes de humo negro.
Todo aquel sitio estaba envuelto en humo y las negras y sudorosas caras de los monjes cocineros podían haber sido las de unos seres de algún profundo infierno.
Con frecuencia,
El monje de la pala sacaba la manteca que flotaba en la caldera y la tiraba al fuego.
Se producía un chirrido,
Una llamarada y un nuevo mal olor.
—¡Ah,
Lobsang!
—gritó un monje sobre el estruendo allí reinante—,
¿vienes otra vez en busca de comida?
Pues sírvete,
Chiquillo,
Sírvete.
Saqué del interior de mi túnica la bolsita de cuero en la que nosotros,
Los monjes,
Guardábamos la provisión de cebada para un día.
Sacudiéndole el polvo,
La llené hasta el borde con una nueva cebada recién tostada.
De la delantera de mi túnica saqué mi cuenco y lo miré con gran atención.
Estaba un poco estropeado.
Del gran recipiente que había contra la pared del fondo saqué un puñado de arena muy fina y froté mi cuenco.
A la vez me sirvió aquello para limpiarme las manos.
Por fin me quedé satisfecho de su estado de limpieza,
Pero tenía que hacer otra cosa.
Mi bolsa de té estaba vacía,
O más bien,
Solo contenía unos palitos,
Un poco de arena y otras suciedades que siempre se encuentran en el té.
Esta vez le di por completo la vuelta a la bolsa para vaciarla de todos los restos.
Poniéndola otra vez al derecho,
Cogí un martillo y separé del té prensado que tenía más cerca un buen pedazo.
Me había tocado mi turno.
Una vez más saqué mi escudilla,
La recién limpiada y la atendí.
Un monje me sirvió champa hasta el borde.
Afortunadamente pude retirarme a un rincón y sentarme sobre un saco comiendo allí a gusto.
Mientras comía miraba a mi alrededor.
La cocina estaba llena de los habituales milones,
Gente ociosa que se complacía contando los últimos chismes y amplificando los rumores que habían oído.
Sí,
El Lama Tenching va a la valla de las rosas.
Se dice que se peleó con el señor Abad.
Mi amigo lo oyó todo y dice que la gente tiene ideas muy extrañas sobre las lamaserías o los monasterios.
Con frecuencia se cree que los monjes se pasan todo el día rezando,
En la contemplación o en la meditación,
Pareciendo buenos y diciendo sólo cosas buenas.
Una lamasería es un lugar donde oficialmente hombres de vocación religiosa se congregan con el propósito de adorar y de la contemplación para que el espíritu se purifique.
Oficialmente.
Pero extraoficialmente el hábito no hace al monje.
En una comunidad de varios miles hay quienes se ocupan de deberes caseros y de la reparación y el mantenimiento del edificio.
Otros cuidan de las cuentas,
De la vigilancia de los inferiores,
De enseñar y predicar.
Ya basta con eso.
Una lamasería puede ser una gran ciudad con una población exclusivamente masculina.
Los trabajadores serán los monjes de clase más inferior y no tendrán interés en el aspecto religioso de la vida,
Al que sólo prestarán una atención superficial.
Algunos monjes sólo han estado en un templo cuando han tenido que limpiar el suelo.
Una gran lamasería tendrá un lugar de culto,
Escuelas,
Enfermería,
Almacenes,
Cocinas,
Hostales,
Prisiones y casi todo lo que se hay en una ciudad laica.
La principal diferencia es que en una lamasería todo es masculino y por lo menos en la superficie todos se dedican a la instrucción y acción religiosa.
Las lamaserías tienen sus trabajadores serios y sus bienintencionados zánganos que zumban mucho.
Las mayores lamaserías son ciudades con muchos edificios y parques extendidos en una amplia área y a veces toda la comunidad está acercada por un alto muro.
Otras lamaserías son pequeñas,
Sólo poseen un centenar de monjes,
Todos ellos en un edificio.
En algunas zonas remotas una lamasería puede no tener más que 10 miembros,
Así las hay desde 10 a 10.
000,
Altos y bajos,
Gruesos o delgados,
Buenos y malos,
Perezosos o enérgicos.
Lo mismo que en algunas comunidades exteriores no son peores que en ellas y muchas veces no mucho mejores,
A no ser que la disciplina lamástica pueda ser casi militar,
Todo depende del abad.
Puede ser un hombre amable y considerado o en cambio convertirse en un tirano.
Contuve un bostezo y seguí por el corredor,
Me llamó la atención un rumor procedente de uno de los depósitos,
Pude ver una cola negra que desaparecía entre sacos de cuero que contenían grano.
Los gatos guardaban el grano y al mismo tiempo se buscaban su cena cazando ratones.
En lo alto de uno de los sacos vi a un gato de aire satisfecho que se limpiaba sus patas y que casi sonreía de satisfacción.
Sonaron las trompetas reverberando en los corredores con sus ecos y luego volvieron a sonar.
Me volví dirigiéndome al templo interior al oír el ruido de muchas sandalias que se arrastraban hacia allí y de pasos de pies descalzos.
Dentro se hacía más densa la oscuridad de la tarde con las sombras moradas que se deslizaban sobre el suelo y que bordeaban de ébano a las columnas.
Los lados de las ventanas los doraban los dedos del sol que daban una última caricia a nuestro hogar.
Pasaban nubes de incienso y al atravesarlas un rayo de sol mostraban ser infinitas motas de polvo de vivos colores y casi dotadas de vida.
Los monjes,
Los lamas y los humildes acólitos pasaban y se acomodaban en el suelo añadiendo cada uno una nota de color que se reflejaba en el aire vibrante.
Las túnicas doradas de los lamas del pótala,
Las de color azafrán o rojo de otros,
Las marrones oscuras de los monjes y las descoloridas por el sol de los que solían trabajar afuera.
Todos ellos se sentaban en filas en la posición aprobada.
Yo,
A causa de mis graves heridas de la pierna que me impedían sentarme de la manera mandada,
Quedé relegado a una posición al fondo donde estuve oculto por una columna envuelta en humo para que no destruyera la pauta.
Miré en torno mío viendo a todos los chicos,
A los hombres mayores y a los viejísimos sabios,
Cada uno de los cuales atendía sus devociones según su comprensión.
Pensé en mi madre,
La madre que ni siquiera me había dicho adiós cuando me marché de casa.
¿Cuánto tiempo parecía hacer de eso?
Para ingresar en la lamasería de Chakpori.
Hombres,
Todos hombres,
Solo sabía de hombres.
¿Cómo eran las mujeres?
Yo sabía que en algunas partes del Tíbet había monasterios donde los monjes y las monjas vivían juntos,
Casados y tenían hijos.
El incienso subía girando,
El servicio religioso zumbaba y el crepúsculo se hizo oscuridad solo aliviada luego por las vacilantes lámparas de manteca y el suave y brillante incienso.
Hombres,
¿acaso estaba bien que vivieran solo los hombres sin relación alguna con las mujeres?
¿Y cómo eran las mujeres?
¿Acaso pensaban lo mismo que nosotros?
Por lo que yo sabía,
Solo se ocupaban de modas,
Peinados y tonterías por el estilo.
Además,
Parecían más caras con todo lo que se ponían en su rostro.
Cuando terminó el servicio religioso me puse difícilmente en pie temblándome las piernas y apoyé la espalda en la columna para que no me atropellaran los que salían.
Luego me dirigí por el corredor al dormitorio.
Un viento muy frío soplaba por las ventanas abiertas.
Venía directamente del Himalaya.
Las estrellas relucian muy frías en el claro aire de la noche.
Por una ventana de abajo me llegaba una temblorna voz que recitaba.
Esta es la noble verdad del origen del sufrimiento.
Es la insaciable sed que causa la renovación de los retornos.
Mañana,
Me dije,
Y seguramente durante varios días,
Nos daría conferencias especiales sobre budismo uno de los grandes maestros indios.
Nuestro budismo,
Lamaísmo,
Se había separado de la estricta ortodoxia del budismo indio.
De modo muy parecido a como la creencia cristiana tenía varias formas.
Por ejemplo,
La cuaquera y la católica.
Pero la noche había avanzado mucho y me aparté de la escarchada ventana.
Alrededor de mí dormían los acolitos.
Algunos roncaban y unos cuantos se movían inquietos,
Seguramente pensando en el hogar,
Como también yo había pensado en él recientemente.
Lo sabía que trataban de mantener la correcta postura lamaísta de dormir,
La posición del loto.
Por supuesto,
No teníamos camas ni colchones.
El suelo era nuestra mesa y nuestra cama.
Me quité la túnica y temblé con el aire tan frío de la noche cuando me quedé desnudo.
Enseguida,
Me envolví en la manta que todos los monjes tibetanos llevan al hombro y sujetan en la cintura.
Cuidadosamente me dejé caer hasta el suelo para que no me fallaran mis traicioneras piernas.
Hice un rollo con mi túnica para utilizarla como almohada y me dispuse a dormir.
Fin del capítulo 1.
Siguiente capítulo,
Capítulo 2.
Gracias
Conoce a tu maestro
More from Ciencia del Saber
Meditaciones Relacionadas
Profesores Relacionados
Trusted by 36 million people. It's free.

Get the app
