
Cap. 1.- Las aventuras de Siddhartha - Club de lectura
Es una obra literaria que narra el viaje espiritual y filosófico de un joven llamado Siddhartha en su búsqueda de la iluminación. Ambientada en la India antigua, la historia sigue a Siddhartha mientras deja atrás su vida privilegiada como hijo de un brahmán para explorar diversas formas de vida y espiritualidad. A lo largo de su travesía, Siddhartha experimenta el ascetismo, la riqueza material y el amor, todo en un esfuerzo por encontrar un sentido más profundo y auténtico de sí mismo y del universo. Se compró una licencia para usar esta música en Epidemic Sound. Los términos de la licencia permiten el uso de esta música. La grabación de sonido utiliza música de fondo libre de derechos de autor, por lo que no debería estar sujeta a reclamaciones de coincidencia de ID de contenido ni de derechos de autor en general. Please note: This track may include some explicit language.
Transcripción
A la sombra de la casa,
Al sol de la orilla del río,
Junto a las barcas,
A la sombra de los sauces,
A la sombra de las higueras,
Creció Siddhartha,
El hijo hermoso del Brahman,
El joven Falke,
Junto con Govinda,
Su amiga.
El sol quemó sus claras espaldas a la orilla del río,
Al bañarse,
Al hacer las abluciones sagradas,
Al realizar los sacrificios sagrados.
Sus ojos,
Negros,
Se cobrían de sombras en el bosque,
Sagrado,
En el juego infantil,
Escuchando los sonidos del mar.
En los sacrificios divinos,
En las lecciones de su padre.
El sabio,
En las conversaciones con los doctos.
Hacía tiempo que Siddhartha tomaba parte en las conversaciones de los sabios.
Se ejercitaba en la polémica con Govinda,
En el arte de la meditación.
En el servicio de la inquietud,
En la meditación.
Ya comprendía la palabra de las palabras,
Para pronunciar silenciosamente el OM,
Pronunciarlo hacia afuera con la expiración,
Con alma concentrada,
Con la frente nimbada por el resplandor de los espíritus que piensan con diafanidad.
Ya comprendía en el interior de su alma las enseñanzas de Aja,
Las enseñanzas de Aja,
Las enseñanzas de Aja.
Ya comprendía en el interior de su alma las enseñanzas de Atman,
Indestructible,
Unido al universo.
El corazón de su padre estaba lleno de alegría por el hijo,
El inteligente,
El sediento de ciencia,
En el que veía formarse un gran sabio y un gran sacerdote.
Un príncipe entre los brahmanes.
En el pecho de su madre saltaba el contento cuando le veía caminar,
Cuando le veía sentarse y levantarse.
Siddhartha,
El fuerte,
El hermoso,
El que andaba sobre sus piernas esbeltas,
El que las saludaba con toda dignidad.
El amor se conmovía en los corazones de las jóvenes hijas de los brahmanes,
Cuando Siddhartha pasaba por las calles de la ciudad,
Con la frente luminosa,
Con los ojos reales,
Con las estrechas caderas.
Pero más que todas ellas le amaba Govinda,
Su amigo,
El hijo del brahman.
Amaba los ojos de Siddhartha y su encantadora voz.
Amaba su andar y la completa dignidad de sus movimientos.
Amaba todo lo que Siddhartha hacía y decía.
Y amaba sobre todo su espíritu,
Sus altos y fogosos pensamientos,
Su ardiente voluntad,
Su elevada vocación.
Govinda sabía,
Éste no será un brahman cualquiera ni un perezoso oficiante en los sacrificios,
Ningún avaricioso comerciante de conjuros milagrosos,
Ningún vano y vacío orador,
Ningún malvado y astuto sacerdote,
Ni tampoco un buen cordero,
Un estúpido cordero en el rebaño de los muchos.
No,
Y tampoco él,
Govinda,
Quería ser un brahman como uno de los cien mil que hay.
Quería seguir a Siddhartha,
El amado,
El magnífico.
Y si Siddhartha llegaba un día a ser Dios,
Si algún día tenía que ir hacia el esplendoroso,
Govinda quería seguirle como su amigo,
Como su acompañante,
Como su criado,
Como su escudero,
Como su sombra.
De esta forma amaban todos a Siddhartha.
A todos causaba alegría,
Era un placer para todos.
Pero él,
Siddhartha,
No se causaba alegría,
No era un placer para sí mismo.
Vagando por los senderos rosados del huerto de higueras,
Sentado a la sombra azul del bosque de la contemplación,
Lavando sus miembros en el baño diario de la expiación,
Sacrificando en el sombrío bosque de mangos en la inmensa dignidad de sus gestos.
Querido de todos,
Siendo la alegría de todos,
No tenía,
Sin embargo,
Ninguna alegría en el corazón.
Le venían sueños y enigmáticos pensamientos de las fluyentes aguas del río,
De las refulgentes estrellas de la noche,
De los ardientes rayos del sol.
Le venían sueños e intranquilidades del alma con el humo de las hogueras de los sacrificios,
De las exhalaciones de los versos del Rig Veda,
Destilados gota a gota por los maestros de los viejos brahmanes.
Buenas noches,
Siro.
Bienvenido.
Siddhartha había empezado a alimentar dentro de sí el descontento.
Había empezado a sentir que el amor de su padre y el de su madre,
Y hasta el amor de su amigo Govinda,
No le harían feliz para siempre y en todos los tiempos.
Ni le tranquilizarían ni le satisfarían.
Había empezado a sospechar que su venerado padre y sus otros maestros,
Los sabios brahmanes,
Ya le habían enseñado la mayor parte y lo mejor de su ciencia.
Ya habían vaciado en su vaso expectante todo su contenido.
Y el vaso no estaba lleno.
El espíritu no estaba saciado.
El alma no estaba tranquila.
El corazón no estaba silencioso.
Las abluciones estaban bien.
Las abluciones estaban bien,
Pero eran agua.
No borraban los pecados.
No aplacaban la sed del espíritu.
No aliviaban las penas del corazón.
Los sacrificios eran excelentes.
Así como las invocaciones de los dioses.
Pero,
¿esto era todo?
¿Daban felicidad los sacrificios?
¿Y qué había de los dioses?
¿Era cierto que Prajapati había creado el mundo?
¿No era él el Atman,
El único,
El todo y uno?
¿No eran los dioses formas creadas como tú y yo,
Sujetas al tiempo,
Perecederas?
¿Era pues bueno,
Era justo?
¿Era una acción tan llena de sentido sacrificar a los dioses?
¿A quien otro había que hacer sacrificios?
¿A quien otro rendir culto más que a él,
Al único,
A Atman?
¿Y dónde encontrar a Atman?
¿Dónde moraba él?
¿Dónde latía su corazón eterno sino en el propio yo,
En lo más íntimo,
En lo indestructible que cada uno lleva en sí?
Pero,
¿dónde estaba este yo,
Este íntimo,
Este último?
No era carne y hueso.
No era pensamiento ni conciencia.
¿Cómo enseñaban los más sabios?
¿Dónde estaba pues?
¿Dónde?
¿A dónde dirigirse?
¿Al yo?
¿A mí?
¿A Atman?
¿Había otro camino que mereciera la pena buscarlo?
¡Ah!
Nadie le mostraba este camino.
Nadie lo conocía.
Ni el padre,
Ni los maestros y sabios,
Ni las santas canciones de los sacrificios.
Todo lo sabían los brahmanes y sus libros santos.
Ellos lo sabían todo.
Por todo se habían preocupado.
Por la creación del mundo.
Por la conversación.
El alimento.
El inspirar y el expirar.
La ordenación de los sentidos.
Los hechos de los dioses.
Sabían infinitamente mucho.
Pero,
¿de qué valía saber todo esto si ignoraban el uno y lo único?
Lo más importante.
Lo único importante.
Cierto que muchos versos de los libros sagrados que los Upanishads de Al Shama Beda hablaban de este más íntimo y último en versos magníficos.
Tu alma es todo el mundo.
Estaba allí escrito.
Y escrito estaba también que el hombre que duerme en el sueño profundo se acerca a su más íntimo y habita en Atman.
En estos versos se encerraba una ciencia maravillosa.
Todo el saber de los más sabios estaba aquí concentrado en mágicas palabras.
Puro como la miel recolectada por las abejas.
No.
No era de despreciar el cúmulo de conocimientos reunidos y conservados aquí por toda una serie de generaciones de sabios brahmanes.
Pero ¿dónde estaban los brahmanes?
¿Dónde los sacerdotes?
¿Dónde los sabios o penitentes que habían logrado no simplemente saber sino vivir toda esta ciencia profundísima?
¿Dónde estaba el conocedor que habiendo reposado en Atman durante el sueño mostraba sus maravillas durante la vigilia,
La vida,
El andar,
El hablar y las acciones?
Siddhartha conocía a muchos venerables brahmanes.
A su padre ante todos.
El puro.
El sabio.
El más venerable.
Su padre era digno de admiración.
Serena y noble era su conducta.
Pura su vida.
Sabia su palabra.
Sutiles y profundos pensamientos habitaban en su frente.
Pero también el que tanto sabía vivía feliz.
Tenía paz.
¿No era también un buscador,
Un sediento?
¿No tenía que estar siempre buscando en las fuentes sagradas y beber en ellas como un sediento?
En los sacrificios.
En los libros.
En los diálogos de los brahmanes.
¿Por qué había de afanarse cada día en la purificación?
Él.
El incensurable.
¿No estaba Atman en él?
¿No manaba en su corazón la fuente ancestral?
Había que buscar esta fuente ancestral en el propio yo.
Había que apropiársela.
Todo lo demás era vagar.
Inquirir.
Errar.
Así eran los pensamientos de Siddhartha.
Esta era su sed.
Estos sus dolores.
Hola Kari,
Bienvenida.
Buenas noches.
Recitaba a menudo para sí estas palabras de una Chandogya Upanishad.
En verdad,
El nombre del brahman es Satyam.
Cierto que quien sabe esto entra a diario en el mundo celestial.
El mundo celestial brillaba cercano a menudo.
Pero nadie lo había alcanzado del todo.
Nadie había apagado la última sed.
Y de todos los sabios y sapientísimos varones que él conocía y cuyas enseñanzas había recibido,
Ninguno de todos ellos había alcanzado del todo el mundo celestial que había de aplacarles la eterna sed.
Govinda,
Dijo Siddhartha a su amigo.
Govinda,
Querido.
Ven conmigo bajo el banano.
Procuremos meditar.
Se iban bajo el banano.
Se sentaban en el suelo.
Aquí Siddhartha,
Veinte pasos más allá,
Govinda.
Mientras se sentaba dispuesta a recitar el OM,
Siddhartha repetía murmurando estos versos.
OM es el arco,
La flecha,
El alma.
Brahma es de la flecha el blanco que debe alcanzar infaliblemente.
Cuando hubo transcurrido el tiempo acostumbrado de los ejercicios de meditación,
Govinda se levantó.
Había llegado la noche.
Era hora de las abluciones vespertinas.
Gritó el nombre de Siddhartha.
Siddhartha no respondió.
Siddhartha estaba ensimismado.
Sus ojos miraban fijamente a un punto muy lejano.
La punta de su lengua asomaba un poco entre los dientes.
Parecía no respirar.
Estaba sentado.
Completamente extasiado.
Pensando en OM,
Su alma,
Como flecha,
Había partido hacia Brahma.
Una vez pasaron por la ciudad de Siddhartha unos samanes.
Ascetas peregrinos,
Tres secos y apagados hombres,
Ni viejos ni jóvenes,
Con las espaldas polvorientas y ensangrentadas,
Casi desnudas,
Abrazadas por el sol,
Rodeados de soledad,
Extraño y enemigo del mundo,
Extranjeros y chacales hambrientos en el reino de los hombres.
Tras ellos,
Soplaba ardiente un perfume de serena pasión,
De servicio destructor,
De despiadado ensimismamiento.
Por la noche,
Después de la hora de examen,
Habló Siddhartha a Govinda.
Mañana temprano,
Amigo mío,
Siddhartha se irá con los samanas.
Quiere ser un samana.
Govinda palideció,
Pues había oído aquellas palabras y en el rostro inmóvil de su amigo leía la decisión,
Imposible de desviar,
Como la flecha que partió silbando del arco.
Enseguida y a la primera mirada,
Govinda conoció que Siddhartha iniciaba ahora su camino,
Que su destino principiaba ahora,
Y con él el suyo también.
Y se puso pálido como una cascara de banana seca.
—¡Oh,
Siddhartha!
—exclamó—,
¿te lo permitirá tu padre?
Siddhartha miró a lo lejos como quien despierta.
Con la rapidez de una saeta,
Leyó en el alma de Govinda,
Leyó la angustia,
Leyó la resignación.
—¡Oh,
Govinda!
—dijo en voz baja—,
No debemos predigar las palabras.
Mañana,
Al romper el día,
Tengo que iniciar la vida de los Samanas.
No hablemos más de ello.
Siddhartha entró en el cuarto donde su padre estaba sentado sobre una estera de esparto.
Y se colocó a su espalda,
Y allí estuvo hasta que su padre se dio cuenta de que había alguien tras él.
Habló el Brahman.
—¿Eres tú,
Siddhartha?
—Di lo que tengas que decir.
Habló Siddhartha.
—Con tu permiso,
Padre mío.
He venido a decirte que deseo abandonar tu casa mañana e irme con los ascetas.
Es mi deseo convertirme en un Samana.
Quisiera que mi padre no se opusiera a ello.
El Brahman cayó.
Y cayó tanto tiempo que en la ventana se vio caminar a las estrellas y cambiar de forma antes que se rompiera el silencio en la habitación.
Mudo e inmóvil,
Permanecía el hijo con los brazos cruzados.
Y las estrellas se movían en el cielo.
Entonces habló el padre.
—No es propio de brahmanes pronunciar palabras enérgicas e iracundas.
Pero mi corazón está disgustado.
No quisiera oír por segunda vez este ruego de tu boca.
El Brahman se levantó lentamente.
Siddhartha estaba mudo.
Con los brazos cruzados.
—¿A qué esperas?
Preguntó el padre.
Habló Siddhartha.
—¿Ya lo sabes?
El padre salió disgustado del cuarto.
Disgustado,
Se acercó a su cama y senté y se tendió en ella.
Al cabo de una hora,
Como el sueño no viniera a sus ojos,
El Brahman se levantó.
Paseó de un lado para otro.
Salió de la casa.
Miró el interior por la pequeña ventana del cuarto y vio en él a Siddhartha,
Con los brazos cruzados,
Inmóvil.
Su túnica clara resplandecía pálidamente.
Con el corazón intranquilo,
El padre volvió a su lecho.
Una hora más tarde,
Como el sueño no viniera a sus ojos,
El Brahman se levantó.
De nuevo.
Paseó de aquí para allá.
Salió delante de la casa.
Vio salir la luna.
En el interior del cuarto por la ventana,
Allí estaba Siddhartha,
Inmóvil,
Con los brazos cruzados.
En sus piernas desnudas relumbraba la luz de la luna.
Con el corazón preocupado,
El padre se volvió a la cama.
Y volvió pasada una hora.
Y volvió pasadas dos horas.
Miró por la ventana.
Vio a Siddhartha en pie,
A la luz de la luna,
A la luz de las estrellas en las tinieblas.
Y volvió a salir de hora en hora,
Silencioso.
Miró dentro del cuarto.
Vio inmóvil al que estaba en pie.
Su corazón se llenó de enojo.
Su corazón se llenó de intranquilidad.
Su corazón se llenó de vacilaciones.
Se llenó de dolor.
Y en la última hora de la noche,
Antes que viniera el día,
Volvió de nuevo.
Entró en el cuarto.
Vio en pie al joven que le pareció grande y como extraño.
Siddhartha dijo.
¿Qué esperas?
Ya lo sabes.
¿Vas a estarte siempre así?
¿En pie?
¿Esperando hasta que sea de día?
¿Hasta que sea mediodía?
¿Hasta que sea de noche?
Estaré en pie esperando.
Te cansarás.
Te cansarás,
Siddhartha.
¿Me cansaré?
Tienes que dormir,
Siddhartha.
No dormiré.
Te morirás,
Siddhartha.
Moriré.
¿Y prefieres morir antes que obedecer a tu padre?
Siddhartha siempre ha obedecido a su padre.
Entonces,
¿renuncias a tu propósito?
Siddhartha hará lo que su padre le diga.
El primer resplandor del día penetró en la estancia.
El Brahman vio que las rodillas de Siddhartha se movían ligeramente.
Pero en el rostro de Siddhartha no vio ningún temblor.
Sus ojos miraban a lo lejos.
Entonces conoció el padre que Siddhartha ya no estaba con él.
Ni en la patria que ya le había abandonado.
El padre tocó las espaldas de Siddhartha.
Irás al bosque,
Dijo.
Y serás un Samana.
Si en el bosque encuentras la felicidad,
Vuélvame y enséñame a ser feliz.
Si encuentras la decepción,
Entonces vuelve y juntos ofrendaremos a los dioses.
Ahora ve y besa a tu madre.
Dile a dónde vas.
Para mí aún hay tiempo de ir al río y hacer la primera ablusión.
Quitó la mano de encima del hombro de su hijo y salió.
Siddhartha se tambaleaba cuando intentó caminar.
Se impuso a sus miembros.
Se inclinó ante su padre y fue junto a su madre para hacer lo que su padre había dicho.
Cuando los primeros albores del día abandonó la ciudad,
Todavía silenciosa,
Lentamente con sus piernas embaradas,
Surgió tras la última choza una sombra que allí estaba agazapada y se unió al peregrino.
Era Govinda.
Has venido,
Dijo Siddhartha y sonrió.
Has venido,
Dijo Govinda.
Tenemos a Luis Prades,
A García,
A Inés Vargas.
¿Qué tal?
A Ciro.
Ciro,
Cari.
Débora.
¿Qué tal,
Débora?
¿Cuánto tiempo?
Por Dios.
Que me sorprende verte aquí.
Me alegro mucho de verte otra vez.
¿Cuánto tiempo,
Eh?
Desde la pandemia,
Diría yo.
Que no te veo.
Qué pasada.
Qué maravilla de libro,
De verdad.
Capítulo 2 Con los Samanas En la noche de aquel día llegaron junto a los ascetas los descarnados samanas y les ofrecieron acompañamiento y obediencia.
Fueron admitidos.
Siddhartha regaló su túnica a un pobre brahmán en la calle.
No traía puesto más que un paño a la cadera y un lienzo sucio de tierra y descosido,
Colgado de los hombros.
Comió sólo una vez al día y nunca alimentos cocidos.
Ayunó quince días,
Ayunó veintiocho días.
Le disminuyó la carne en los muslos y en las mejillas.
Sueños ardientes flameaban en sus ojos agrandados,
En sus dedos secos crecían las uñas y en el mentón una barba seca e irsurta.
Su mirada se volvió fría como hielo cuando se encontraba con una mujer.
Su boca se contraía en una mueca de desprecio cuando pasaba por una ciudad con gentes bien vestidas.
Vio negociar a los comerciantes,
Vio ir de caza a los príncipes,
A los doloridos llorar a sus muertos,
A las etairas ofrecer lascivas,
A los médicos afanarse por sus enfermos,
A los sacerdotes señalar el día de la siembra,
Amar a los amantes,
A las madres callar a sus hijos.
Y todo esto no era digno de las miradas de sus ojos.
Todo era mentira,
Todo era pestilente,
Todo olía a engaño,
Todo falseaba los sentimientos,
La dicha y la belleza y todo era inconfesada putrefacción.
El mundo sabía amargo,
La vida era sufrimiento.
Había una meta ante sidarta,
Una sola,
Vaciarse,
Vaciarse de sed,
Vaciarse de deseo,
Vaciarse de sueño,
Vaciarse de alegría y dolor,
Morir para sí mismo,
No ser más un yo,
Encontrar la paz en el corazón vacío,
Estar abierto al milagro por la introspección.
Esta era su meta.
Cuando todo el yo estuviera vencido y muerto,
Cuando cada anhelo y cada impulso callara en el corazón,
Entonces debería despertar el último,
Lo más íntimo del ser,
Que no es ya el yo,
El gran misterio.
Silencioso estaba sidarta en pie bajo los perpendiculares rayos del sol,
Ardiendo de dolores,
Ardiendo de sed y así permanecía hasta que ya no sentía dolor ni sed.
Silencioso estaba en pie bajo la lluvia,
Las gotas de agua que haían de su pelo sobre los hombres llenos de frío,
Sobre las heladas caderas y piernas y así permanecía el penitente hasta que los hombros y las piernas dejaban de sentir frío,
Hasta que callaban,
Hasta que quedaban quietos.
En silencio,
Estaba agachado entre los espinos,
La sangre brotaba roja de la piel ardiente,
El push de las úlceras y sidarta permanecía rígido,
Permanecía inmóvil hasta que la sangre dejaba de brotar,
Hasta que nada le punzaba,
Hasta que nada le quemaba.
Sidarta estaba sentado muy derecho y aprendía a contener la respiración,
Aprendía a regularla,
Aprendía a suprimir el alentar,
Aprendía,
Empezando por la respiración,
A quietar los latidos del corazón,
A espaciarlos,
Hasta suprimirlos casi.
Adoctrinado por el más anciano de los amanas,
Sidarta ejercitaba el ensimismamiento,
Ejercitaba la meditación.
Si una garza volaba sobre el bosque de bambúes,
Sidarta tomaba la garza en el alma,
Volaba sobre el bosque y la montaña,
Se convertía en garza,
Comía pescados,
Pasaba hambre de garza,
Hablaba con graznidos de garza,
Moría a muerte de garza.
Si un chacal aparecía muerto al borde del arenal,
El alma de sidarta se deslizaba dentro del cadáver,
Se convertía en un chacal muerto,
Yacía en la arena,
Se hinchaba,
Olía mal,
Se corrompía,
Era despedazado por las hienas,
Era desollado por los buitres,
Se convertía en esqueleto,
Se volvía polvo,
Se esparcía por la campiña.
Y el alma de sidarta regresaba,
Estaba muerta,
Estaba corrompida,
Estaba esparcida como el polvo,
Había gustado la turbia embriaguez de los remolinos,
Atormentado por una nueva sed del supuesto.
Esperaba conocer dónde terminaría el remolino,
Dónde estaba el fin de las causas,
Dónde empezaba la eternidad sin dolores.
Mataba sus sentidos,
Mataba sus recuerdos,
Se salía de su yo para introducirse en mil formas extrañas,
Era animal,
Carroña,
Piedra,
Árbol,
Agua,
Y al despertarse volvía a encontrar a sí mismo,
Luciera el sol o la luna,
Volvía a ser un yo,
Giraba en remolinos,
Sentía sed,
Vencía la sed,
Volvía a sentir sed otra vez.
Mucho aprendió sidarta entre los samanas,
Aprendió a andar muchos caminos fuera de su yo,
Recorrió el camino del ensimismamiento por el dolor,
Por el voluntario sufrir y venciendo al dolor,
Al hambre,
A la sed,
A la fatiga.
Recorrió el camino del ensimismamiento por la meditación,
Por el vacío del pensamiento de los sentidos de toda imagen.
Aprendió a andar estos y otros caminos.
Perdió mil veces su yo,
Permaneció horas y días hundido en el no yo,
Pero aunque estos caminos partían del yo,
Su meta estaba siempre en el mismo yo.
Si sidarta huyó mil veces de su yo,
Si permanecía en la nada,
En la bestia,
En la piedra,
El regreso era inevitable.
Insoslayable la hora en que se volvían a encontrar,
Bajo el resplandor del sol o de la luna,
A la sombra o bajo la lluvia.
Sidarta y su yo y volvía a sentir el tormento del remolino impuesto.
Junto a él vivía Govinda,
Su sombra.
Seguía su mismo camino,
Se imponía los mismos trabajos.
A veces hablaban entre sí más de lo que exigían sus tareas y servicio.
A veces iban juntos por las aldeas mendigando el alimento para sí y sus maestros.
—¿Qué te parece,
Govinda?
Solía preguntar sidarta durante estas correrías implorando la caridad.
—¿Crees que vamos por buen camino?
—¿Habremos de alcanzar la meta?
Respondía Govinda.
—Hemos aprendido mucho y seguiremos aprendiendo.
Tú llegarás a ser un gran samana,
Sidarta.
Todo lo has aprendido enseguida.
Los viejos samanas te admiran con frecuencia.
Llegarás a ser un santo.
—¡Oh,
Sidarta!
Hablaba sidarta.
—A mí no me parece así,
Amigo mío.
Lo que he aprendido hasta ahora entre los samanas,
Oh,
Govinda,
Lo hubiera podido aprender pronto y con facilidad.
En cualquier taberna de barrio o en burdeles entre carreteros y jugadores de dados hubiera podido aprenderlo,
Amigo mío.
Hablaba Govinda.
—¡Sidarta!
¿Se burla de mí?
¿Cómo hubieras podido aprender ensimismamiento al contener la respiración,
La insensibilidad ante el hambre y el dolor entre aquellos miserables?
Y sidarta decía en voz baja,
Como si hablara para sí.
¿Qué es el ensimismamiento?
¿Qué es el abandono del cuerpo?
¿Qué es el ayuno?
¿Qué es la contención del aliento?
¿Es la huida del yo?
¿Es un breve alejarse del tormento del ser yo?
¿Es un corto embotamiento frente al dolor y la falta de sentido de la vida?
La misma huida.
El mismo breve embotamiento encuentra el bollero en el mesón cuando bebe su vino de arroz o la leche de coco fermentada.
Entonces no siente ya su yo.
Ya no siente el dolor de la vida.
Entonces encuentra un breve embotamiento.
Encuentra.
Dormitando sobre su taza de vino de arroz lo mismo que sidarta y Govinda encuentran cuando se evaden de sus cuerpos tras largos ejercicios.
Y permanece en el no yo.
Así es,
Oh Govinda.
Habló Govinda.
¿Eso dices?
¡Oh amigo!
¿Pero sabe que sidarta no es ningún bollero,
Ni un samana?
¿Un bebedor?
Cierto que el que bebe encuentra fácilmente el embotamiento.
Cierto que con facilidad haya la evasión y el descanso.
Pero vuelve pronto del sortilegio y vuelve a encontrarlo todo como antes.
No se ha hecho más sabio.
No ha adquirido conocimientos.
No ha subido más alto ni un peldaño.
Y sidarta habló con una sonrisa.
No lo sé.
No he sido nunca bebedor.
Pero que yo,
Sidarta,
En mis ejercicios de éxtasis solo encuentro breves embotamientos y que estoy tan lejos de la sabiduría y de la liberación como cuando era niño en el vientre de la madre,
Eso lo sé bien.
Govinda,
Eso lo sé muy bien.
Y otra vez cuando sidarta y govinda salieron del bosque para pedir por las aldeas algo de comer para sus hermanos y maestros,
Empezó sidarta a hablar y dijo ¿Estaremos,
Oh Govinda,
En el buen camino?
¿Nos vamos acercando al conocimiento?
¿Nos acercamos a la redención?
¿O no estamos quizá caminando en círculo nosotros que pensábamos salir de él?
Habló Govinda Mucho hemos aprendido,
Sidarta.
Mucho nos queda por aprender.
No caminamos en círculo.
Vamos hacia arriba.
El círculo es una espiral.
Hemos subido ya muchos escalones.
Respondió sidarta ¿Qué edad crees tú que tendrá nuestro Samana más anciano?
Nuestro venerado maestro.
Habló Govinda ¿Quizá tenga sesenta años?
Y sidarta Tiene sesenta años y no ha alcanzado el Nirvana.
Tendrá setenta y ochenta y tú y yo seremos igual de viejos y seguiremos ejercitándonos.
Seguiremos ayunando y meditando.
Pero no alcanzaremos el Nirvana.
Ni él ni nosotros,
Oh Govinda.
Creo que ninguno de todos los Samanas que hay alcanzará quizá el Nirvana.
Encontraremos consuelos.
Encontraremos embotamientos.
Aprendemos habilidades con las que nos engañamos.
Pero lo esencial la senda de las sendas no la encontramos.
No pronuncies,
Dijo Govinda,
Tan terribles palabras.
Sidarta,
¿cómo es posible que entre tantos hombres sabios,
Entre tantos brahmanes,
Entre tantos severos y vulnerables Samanas,
Entre tantos hombres sabios,
Santos e introvertidos,
Ninguno encuentre el camino de los cantinos?
Pero Sidarta respondió con una voz que tenía tanto de triste como de irónica.
Pronto,
Govinda,
Tu amigo dejará esta senda de los Samanas,
Por la que tanto ha caminado contigo.
Padezco sed,
Oh Govinda,
Y en este largo camino del Samana no he tenido ni sed.
Siempre he tenido sed de conocimientos,
Siempre he estado lleno de interrogaciones.
He preguntado a los brahmanes año tras año y he preguntado a los Vedas año tras año.
Quizá,
Oh Govinda,
Hubiera sido tan bueno,
Tan prudente,
Tan sano,
Haber preguntado al rinoceronte o al chimpancé.
He empleado mucho tiempo y todavía no he llegado al fin para aprender esto,
Oh Govinda,
Que nada se puede aprender.
Yo creo que no hay esa cosa que nosotros llamamos aprender.
Hay solo,
Oh mi amigo,
Una ciencia que está por todas partes,
Que es Atman.
Está en mí y en ti y en cada ser.
Y de esta forma empiezo a creer que esta ciencia no tiene enemigos más encarnizados que los sabios y los instruidos.
Entonces,
Govinda,
Govinda se paró en el camino,
Levantó la mano y habló.
No atormente,
Siddhartha,
A tu amigo con semejantes palabras.
En verdad que ellas angustian mi corazón y piensa solamente en que queda la santidad de la oración,
La dignidad de los brahmanes,
La religiosidad de las samanas.
Si fuera como dices,
Que no hay nada que aprender,
¿qué sería entonces,
Oh Siddhartha,
De lo que en la tierra tenemos por santo,
Por venerable y más preciado?
Y Govinda recitó para sí un verso de una Upanishada.
¿Quién meditando con el alma purificada se hundo en Atman?
No puede describir con palabras el gozo de su corazón.
Pero Siddhartha callaba,
Reflexionaba sobre las palabras que Govinda le había dirigido y pensaba cada frase hasta el fin.
Sí,
Decía para sí,
Con la cabeza humillada.
¿Qué queda de todo lo que nos parecía santo?
¿Qué queda?
¿Qué se conserva?
Y movió la cabeza.
Una vez cuando ambos jóvenes llevaban viviendo unos tres años con los samanas y habían tomado parte en todas sus prácticas,
Llegó hasta ellos por diversos caminos y rodeos una noticia,
Un rumor,
Una leyenda.
Había aparecido uno,
Llamado Gotama,
El sublime,
El Buda,
El cual había vencido en sí el dolor del mundo y había sujetado la rueda de las reencarnaciones.
Recorría los campos enseñando a las gentes,
Rodeado de jóvenes sin poseer nada.
Sin patria,
Sin mujer,
Envuelto en el manto amarillo de los ascetas,
Pero con la frente radiante como un bienaventurado,
Y los brahmanes y los príncipes se inclinaban ante él y se convertían en discípulos suyos.
Esta leyenda,
Este rumor,
Esta fábula,
Resonaba por todas partes.
Exhalaba su aroma aquí y allá,
En las ciudades hablaban de él los brahmanes,
En el bosque los amanas.
Cada vez penetraba más el nombre de Gotama,
El Buda,
En los oídos de los jóvenes,
Para bien y para mal,
En alabanzas y en injurias.
Como cuando en una comarca reina la peste y se difunde la nueva de que hay un hombre,
Un sabio,
Un périto,
Cuya palabra y aliento basta para liberar a cualquiera de la epidemia.
E igual que este rumor atraviesa todo el país y todos hablan de ello.
Muchos creen,
Muchos dudan,
Pero muchos también son los que se ponen al punto en camino para ir en busca del sabio,
Del salvador.
Así recorrió la región aquella nueva,
Aquella perfumada leyenda de Gotama,
El Buda,
El sabio de la descendencia de Sakya.
Según los creyentes poseía los más altos conocimientos,
Recordaba su encarnación anterior,
Había alcanzado el nirvana y ya no volvería a entrar en el círculo ni se hundiría en la turbia corriente de la transmigración.
Se decían de él cosas increíbles y maravillosas,
Que había hecho milagros,
Que había vencido al demonio,
Que había hablado con los dioses,
Pero sus enemigos y los incrédulos decían que este tal Gotama era un embaucador,
Que pasaba los días en una vida de delicias,
Que despreciaba los sacrificios,
Que carecía de instrucción y no conocía ni los ejercicios ni la purificación.
Dulcemente sonaba la leyenda del Buda.
Estas nuevas exhalaban cierto encanto,
El mundo estaba enfermo,
La vida era difícil de soportar y ved que aquí parece brotar una fuente,
Aquí parece oírse la llamada de un mensajero llena de consuelo.
Dulce,
Llena de nobles promesas.
Por todas partes donde resonaba el rumor de Buda,
Por toda la India escuchaban los jóvenes.
Sentían añoranza,
Alentaban esperanzas,
Y entre los hijos de los brahmanes de las ciudades y aldeas,
Cualquier peregrino era muy bien recibido si traía noticias de él,
Del sublime,
Del Sakyamuni.
También había llegado hasta los amanas del bosque,
Hasta Siddhartha,
Hasta Govinda,
La leyenda lentamente,
A gotas,
Cada gota preñada de esperanzas,
Cada gota llena de dudas.
Hablaban poco de ello,
Pues el anciano de los amanas era poco amigo de esta leyenda.
Había sabido que aquel pretendido Buda había sido antes un asceta y había vivido en el bosque,
Y luego se había entregado a la buena vida y a los placeres del mundo,
Y no daba mucha importancia a este Gotama.
¡Oh,
Siddhartha!
Dijo un día Govinda a su amigo.
Hoy estuve en la aldea y un brahmán me invitó a entrar en su casa,
Y en su casa estaba el hijo de un brahmán de Magda,
El cual ha visto con sus propios ojos al Buda,
Y ha escuchado sus enseñanzas.
En verdad,
Que entonces sentí un dolor en el pecho,
Y pensé para mí,
Ojalá pudiera yo también,
Ojalá pudiéramos ambos.
Siddhartha y yo conocer la hora en que recibiéramos lección de la boca de aquel bienaventurado.
Dí,
Amigo,
¿no podríamos ir nosotros también a su encuentro y escuchar de los labios del Buda la lección?
Habló Siddhartha.
¡Siempre!
¡Oh,
Govinda!
He pensado que Govinda permanecería entre los amanas.
Siempre he creído que su meta era llegar a los sesenta o a los setenta,
Practicando siempre las reglas y ejercicios que adornan a los amanas.
Pero mira,
Yo conocí poco a Govinda.
Sabía poco de su corazón.
De modo que ahora quieres,
Mi fiel amigo,
Tomar la senda y llegar hasta allí donde el Buda enseña su doctrina.
Habló Govinda.
¿Te gusta bromear?
¡Puedes bromear cuanto quieras,
Siddhartha!
Pero ¿no te ha venido en gana,
¿no ha despertado en ti el deseo de escuchar esta doctrina?
¿Y no me has dicho en otra ocasión que no seguirías por más tiempo el camino de los amanas?
Sonrió Siddhartha a su manera,
Con lo que el tono de su voz adquirió un matiz de tristeza y una sombra de mofa,
Y dijo,
¡Bien has dicho,
Govinda!
¡Bien has dicho y bien has recordado!
Sin embargo,
También deberías recordar lo otro que a mí me oíste,
Es decir,
Que estoy cansado y desconfío de todas las doctrinas y enseñanzas,
Y que es poca mi fe en las palabras de los maestros que llegan hasta nosotros.
Más,
He adquirido,
Estoy dispuesto a escuchar aquellas enseñanzas,
Aunque creo de todo corazón que el mejor fruto de ellas ya lo hemos saboreado.
Habló Govinda.
¡Tu buena disposición regocija mi corazón!
Pero dime,
¿cómo es posible que antes de escuchar la doctrina del Gotama hayamos gustado ya sus mejores frutos?
Habló Siddhartha.
Gocemos de este fruto y esperemos los demás,
Oh Govinda.
Pero este fruto que ya hemos de agradecer al Gotama consiste en que nos llama para sacarnos de entre los Samanas.
Si nos ha de dar otras cosas y algo mejor,
Oh amigo,
Esperemos en ello con corazón tranquilo.
Aquel mismo día dio a conocer Siddhartha al anciano de los Samanas su decisión de dejarlos.
Se lo dio a conocer con la cortesía y humildad que conviene a un joven y a un alumno.
Pero el Samana se llenó de enojo y al ver que los dos jóvenes querían abandonarlos y habló descompuestamente y profirió groseros insultos.
Govinda estaba asustado y perplejo.
Pero Siddhartha se inclinó sobre el oído de Govinda y susurró.
Ahora quiero demostrar al viejo que he aprendido algo entre ellos.
Mientras se acercaba al Samana,
Con el alma concentrada prendió la mirada del anciano con la suya.
Le hechizó.
Le hizo callar.
Se apropió de su voluntad.
Le impuso la suya.
Le ordenó que hiciera silenciosamente lo que le pedía.
El anciano quedó mudo.
Sus ojos miraban fijamente.
Su voluntad estaba paralizada.
Sus brazos pendían inertes.
Estaba sin fuerzas.
Preso en el encanto de Siddhartha.
Pero los pensamientos de Siddhartha se habían apoderado de los del Samana.
Y éste debía hacer todo lo que el otro le ordenara.
Y así el anciano se inclinó varias veces.
Hizo a demán de bendecirlos una y otra vez.
Y pronunció vacilante una piadosa oración de despedida.
Y los jóvenes respondieron agradecidos a las inclinaciones.
A los votos de ventura.
Y allí saludando por el camino dijo Govinda.
Oh,
Siddhartha,
Has aprendido con los Samanas más de lo que yo creía.
Es muy difícil,
Dificilísimo hechizar a un viejo Samana.
En verdad que si te hubieras quedado allí habrías aprendido pronto a caminar sobre las aguas.
No codicio el andar sobre el agua,
Dijo Siddhartha.
Que los viejos Samanas se den por contentos con semejantes artes.
Fin del capítulo segundo.
Por Dios,
Ya llevamos dos capítulos.
Bueno,
¿qué tal?
¿Cómo estáis?
¿Qué os va gustando?
Decidme algo.
¿Qué tal?
A mí sí,
A mí me gusta mucho.
Voy a aprovechar y me doy un poquito de agua.
Capítulo tres.
Gotama.
En la ciudad de Sabati todos los niños conocían el sublime Buda.
Y todas las casas estaban dispuestas a llenar las escudillas de los jóvenes de Gotama,
Los mudos mendicantes.
Cerca de la ciudad estaba la residencia preferida de Gotama,
El Bosque Jetavana,
Que el rico comerciante Anathapindika,
Un rendido adorador del sublime,
Había regalado a este y a los suyos.
A esta comarca les habían traído los relatos y respuestas que dieron a los dos jóvenes ascetas cuando preguntaban por la residencia de Gotama.
Y cuando llegaron a Sabati,
En la primera casa que se detuvieron a pedir,
Les ofrecieron comida y comieron.
Isidarta preguntó a la mujer que le trajo la comida ¿Quisiéramos saber,
Bondadosa señora,
Dónde vive el Buda,
El venerado,
Pues somos dos amanas del bosque que venimos en busca del perfecto para verle y escuchar de su boca la doctrina?
Habló la mujer ¿En verdad?
Que habéis acertado con el camino,
Amanas del bosque.
Sabed que en Jetavana,
El jardín de Anathapindika,
Está el sublime.
Allí podréis pasar la noche,
Peregrinos,
Pues hay bastante sitio para los innumerables romeros que llegan hasta aquí para escuchar su doctrina.
Entonces Govinda,
Lleno de alegría,
Exclamó ¡Qué gozo!
De este modo hemos alcanzado nuestra meta y el final de nuestro camino.
Pero dinos,
Madre de los peregrinos,
¿coneces tú al Buda?
¿Le has visto con tus propios ojos?
Habló la mujer Muchas veces he visto al sublime,
Muchos días le he visto pasar por las calles,
Silencioso,
Con su túnica amarilla,
O alargar la escudilla en las puertas de las casas para recibir la limosna y retirarse de allí con la escudilla llena.
Govinda le escuchaba encantado y quiso seguir preguntando y oyendo,
Pero Siddhartha le exhortó a seguir andando.
Dieron las gracias y se fueron,
Y no necesitaron preguntar apenas por el camino,
Pues no eran pocos los peregrinos y monjes de la comunidad de Gotama que se encaminaban hacia el Jetavana.
Y llegaron allí de noche,
Y aquello era un continuo llegar de gentes que gritaban pidiendo albergue,
Que todos recibían.
Los dos amanas acostumbrados a la vida del bosque encontraron pronto un abrigo tranquilo,
Y en él descansaron hasta la mañana.
Bueno,
Aprovecho y saludo a Peter.
¿Qué tal,
Peter?
¿Cómo estás?
Dice,
Estoy con amigdalitis.
Pues cuídate mucho,
¿eh?
No sabía qué escuchar para poder pasar el rato acostado en cama hasta que me curé y apareció Juanjo.
¡Gautama!
¡Wow!
Me suben el ánimo,
Gracias.
Muchas gracias,
Peter.
A la salida del sol contemplaron con asombro la gran cantidad de creyentes y curiosos que habían pernoctado allí.
Por todos los caminos del magnífico parque paseaban monjes vistiendo túnicas amarillas.
Otros estaban sentados bajo los árboles,
Aquí y allá,
Sumidos en la meditación o conversando de cosas espirituales.
El sombroso jardín parecía una ciudad lleno de gentes que pululaban como hormigas.
La mayoría de los monjes salieron con las escudillas a implorar la caridad por la ciudad para la comida del mediodía,
La única que hacían al día.
También el Buda mismo,
El iluminado,
Solía hacer por la mañana el recorrido mendicante.
Siddhartha le vio y enseguida le reconoció como si un dios se lo hubiera mostrado.
Le vio un hombre sencillo con una capucha amarilla,
Con la escudilla de las limosnas en la mano,
Caminando silencioso.
¡Míralo!
Dijo Siddhartha en voz baja a Govinda.
¡Ese es el Buda!
Govinda miró atentamente al monje de la capucha amarilla que no parecía diferente en nada de los cien otros monjes.
Y pronto le reconoció también Govinda.
¡Este es!
Y le siguieron,
Le observaron.
El Buda siguió su camino,
Humilde,
Abismado en sus pensamientos.
Su rostro no era ni alegre ni triste y parecía que le sonreía.
Sonreía con una sonrisa velada,
Tranquila,
Silenciosa,
Semejante a la de un niño sano.
Caminaba,
Llevaba el capillo y echaba el paso como todos sus monjes,
Como estaba prescrito.
Pero su rostro y su paso,
Su mirada baja,
Su mano caída y sobre todos los dedos de aquella mano caída,
Hablaban de paz,
Hablaban de perfección.
No buscaba nada,
No anhelaba nada.
Respiraba suavemente en una inmarchitable paz,
En una inmarchitable luz,
En una intangible paz.
Así caminaba Gotama hacia la ciudad para recoger las limosnas y los dos samanas le reconocieron solamente en la perfección de su paz,
En la quietud de su figura,
En la que no había ningún deseo,
Ningún anhelo,
Ningún esfuerzo,
Solo luz y paz.
Hoy escucharemos la doctrina de su boca,
Dijo Govinda.
Siddhartha no respondió nada.
Sentía poca curiosidad por aquella doctrina.
No creía que pudiera enseñarle nada nuevo.
Sin embargo,
Igual que Govinda,
Había conocido una y otra vez el contenido de aquella doctrina del Buda,
Aunque por informes de segunda y tercera mano.
Pero miraba atentamente la cabeza del Gotama,
Los hombros,
Los pies y aquella mano caída.
Y le parecía que cada miembro de cada dedo de aquella mano era una doctrina que hablaba,
Respiraba,
Exhalaba y despedía resplandores de verdad.
Este hombre,
Este Buda era verdadero.
Hasta en los gestos de su último dedo,
Este hombre era santo.
Nunca había reverenciado tanto Siddhartha a un hombre.
Nunca había amado tanto a un hombre como éste.
Ambos siguieron al Buda hasta la ciudad y regresaron silenciosos,
Pues habían decidido ayunar aquel día.
Vieron volver a Gotama.
Le vieron comer en corro con sus jóvenes.
Lo que comía no hubiera saciado a un pájaro.
Y le vieron dirigirse a la sombra de un bosquecillo de mangos.
Pero al atardecer,
Cuando cedió el calor y todo era viviente en el campamento y todos se reunieron,
Escucharon la predicación del Buda.
Oyeron su voz,
La que también era perfecta,
Extraordinariamente reposada,
Llena de paz.
Gotama explicaba la doctrina del dolor,
Del futuro del padecer,
Del camino para la supresión del sufrir.
Sus palabras fluían serenas y claras.
Dolor era la vida.
El mundo estaba lleno de dolor.
Pero se había encontrado la redención del dolor.
Encontraba la redención del que seguía el camino del Buda.
Con dulce pero firme voz hablaba el sublime.
Enseñaba las cuatro proposiciones esenciales.
Enseñaba los ocho senderos.
Pacientemente recorría el acostumbrado camino de la doctrina.
El ejemplo.
La repetición.
Y su voz se cernía clara y tranquila sobre los oyentes.
Como una luz.
Como un cielo estrellado.
Cuando el Buda ya se había hecho de noche,
Terminó su charla.
Salieron de las filas muchos peregrinos y pidieron la admisión en la comunidad.
Se refugiaron en su doctrina y Gotama les aceptó y dijo «Bien habéis comprendido la doctrina.
Bien ha sido anunciada.
Seguidla y caminad hacia la santidad para preparar el fin de todo dolor».
Y ved que Govinda también salió al frente.
El tímido Govinda y dijo «Yo también me refugiaré en el sublime y en su doctrina».
Y pidió ser admitido en la comunidad de jóvenes y fue recibido.
En cuanto el Buda se retiró a descansar,
Govinda se volvió hacia Siddhartha y dijo vehemente «Siddhartha,
No me está permitido hacerte ningún reproche.
Ambos hemos oído al sublime.
Ambos hemos escuchado su doctrina.
Govinda ha oído la doctrina y se ha refugiado en ella.
Pero tú,
Venerable hermano,
¿no quieres andar también el sendero de la redención?
¿Vacilas?
¿Quieres esperar aún?
».
Siddhartha despertó como de un sueño cuando oyó las palabras de Govinda.
Estaba mirando a la cara.
Luego habló en voz baja con mucha seriedad.
«Govinda,
Amigo mío,
Acabas de dar el paso decisivo.
Ahora has elegido tú el camino.
Siempre,
Oh Govinda,
Has sido mi amigo.
Siempre has caminado tras de mí.
A menudo he pensado,
¿no dará Govinda alguna vez un paso solo sin mí?
¿Por propia voluntad?
Mira,
Ahora te has portado como un hombre y has elegido por ti mismo tu senda.
Ojalá la sigas hasta el fin,
¿no,
Amigo mío?
Ojalá encuentres la redención».
Govinda,
Que no había comprendido aún enteramente,
Repitió con un tono de impaciencia su pregunta.
«¡Habla!
Te lo ruego,
Amigo mío.
Dime cómo es posible que tú,
Mi docto amigo,
No vengas a refugiarte junto al sublime Buda».
Siddhartha puso su mano en el hombro de Govinda.
«Ya has oído mi voto,
Oh Govinda.
Lo repetiré.
Ojalá sigas la senda hasta el fin.
Ojalá encuentres la redención».
En este momento conoció Govinda que su amigo le había dejado y empezó a llorar.
Siddhartha,
Gritoso y ozando,
«No olvides,
Oh Govinda,
Que ahora perteneces a los Samanas de Buda.
Has renunciado a tu patria,
A tus padres,
A tu futuro y bienes.
Has renunciado a tu propia voluntad,
A la amistad.
Así lo quiere la doctrina.
Así lo quiere el sublime.
Así lo has querido tú mismo.
Mañana,
Oh Govinda,
Te dejaré».
Aún pasearon un buen rato los dos amigos por el bosque.
Luego se tendieron en el suelo,
Pero no encontraron el sueño.
Y Govinda no hacía más que instarle a que le dijera por qué no se había refugiado en la doctrina de Gotama.
¿Qué falta se encontraba en aquella doctrina?
Pero Siddhartha se negó a hacerlo y dijo,
«Date por contento,
Govinda.
La doctrina del sublime es buena.
¿Cómo habría de encontrar en ella ninguna falta?
».
Al amanecer de la mañana siguiente,
Un discípulo de Buda,
Uno de sus monjes más ancianos,
Recorrió el bosque llamando a todos aquellos que habían aceptado la doctrina,
Para investirles la túnica amarilla e instruirles en las primeras lecciones y deberes.
Entonces Govinda se levantó,
Abrazó una vez más al amigo de su juventud y se unió al cortejo de los novicios.
Pero Siddhartha se quedó paseando por el bosque lleno de sus pensamientos.
Allí le encontró Gotama,
El sublime,
Y cuando le saludó reverente y vio que la mirada del Buda estaba llena de bondad y calma,
El joven cobró ánimos y pidió permiso al sublime para dirigirle la palabra.
El sublime,
Con un gesto mudo,
Le dio autorización para ello.
Habló Siddhartha.
Hola Laeticia,
Buenas noches,
Bienvenida.
Ayer,
Oh sublime,
Tuve la dicha de escuchar tu maravillosa charla.
Junto con mi amigo he venido de lejos para conocer tu doctrina.
Mi amigo se ha quedado con los tuyos,
Se ha refugiado en ti,
Pero yo continuaré mi peregrinaje.
Sea como gustes,
Dijo el sublime cortesmente.
Demasiado atrevidas son mis palabras,
Prosiguió Siddhartha.
Pero no quisiera dejar al sublime sin haberle comunicado mis pensamientos con toda sinceridad.
¿Querría el venerable Buda concederme unos instantes?
El sublime le autorizó con un gesto mudo.
Habló Siddhartha.
Una cosa,
Oh venerable maestro,
Me he admirado de tu lección.
Todo en ella es enteramente claro,
Todo en ella es concluyente.
Muestras al mundo como una cadena completa,
Nunca ininterrumpida,
Como una cadena eterna,
Soldada con causas y efectos.
Nunca se ha visto esto tan claro,
Nunca ha sido representado de manera tan irrefutable.
Ciertamente que el corazón de todo Brahman ha de latir con más fuerza y amor cuando contemple el mundo a través de tu doctrina,
Viéndolo enteramente concatenado,
Sin lagunas,
Claro como un cristal,
No dependiendo de la casualidad ni de los dioses.
Si es bueno o malo,
No es si dolor o alegría,
Está por dilucidar,
Y es posible que no sea cosa muy esencial aclararlo,
Pero la unidad del mundo,
La interdependencia de todo suceso,
Lo grande y lo pequeño circundado por la misma corriente,
Por la misma ley de las causas,
Del ser y del morir.
Todo esto resplandecía en tu hermosa lección,
Oh perfecto.
Pero según tu doctrina,
La unidad y consecuencia de todas las cosas se rompe,
Sin embargo,
En un punto.
A través de una laguna insignificante irrumpe en este mundo de unidad algo extraño.
Algo nuevo.
Algo que antes no estaba y que no puede ser señalado y probado.
Es tu teoría sobre el vencimiento del mundo,
De la redención.
Con esta pequeña laguna,
Con esta pequeña interrupción,
Se rompe de nuevo la eterna ley del mundo.
Te ruego me perdones que formule esta objeción.
Gotama le ha escuchado en silencio,
Inmóvil.
Luego habló el perfecto con su voz bondadosa,
Con su atenta y clara voz.
Has escuchado la lección,
Oh hijo de Brahman.
Y te felicito por haber meditado tanto sobre ella.
En ella has encontrado una laguna,
Una falta.
Ojalá sigas meditando sobre esta doctrina.
Pero tú,
Que estás ansioso de saber,
Ten cuidado con la espesura intrincada que son las opiniones y con las discusiones.
Las opiniones carecen de fundamento.
Pueden ser hermosas o odiosas.
Prudentes o insensatas.
Cualquiera puede aceptarlas o rechazarlas.
Pero la doctrina que has escuchado de mis labios no es mi opinión.
Y su meta no es aclarar el mundo a los ansiosos de saber.
Su fin es otro.
Su fin es la redención del dolor.
Esto es lo que Gotama enseña.
No otra cosa.
No te enojes conmigo,
Oh sublime,
Dijo el joven.
No te he dicho esto para buscar una controversia contigo.
Tienes razón cuando dices que las opiniones sirven de poco.
Pero permíteme que añada esto otro.
No he dudado ni un momento de ti.
No he dudado ni un momento que eres Buda.
Que has alcanzado la meta.
La más alta.
Hacia la cual se encaminan tantos miles de brahmanes e hijos de brahmanes.
Tú has encontrado la redención de la muerte.
La has logrado por tu propia búsqueda.
En tu propio camino.
Pensando.
Meditando por el conocimiento.
Por inspiración.
No la has alcanzado por una doctrina.
Y yo creo,
Oh sublime,
Que a nadie se le puede procurar la redención por una doctrina.
A nadie podrás,
Oh venerable,
Decir ni comunicar por palabras o por una doctrina lo que te sucedió en el momento de tu transfiguración.
Gran contenido el de la doctrina del transfigurado Buda.
Bien enseña a vivir rectamente y a evitar el mal.
Pero esta doctrina tan clara,
Tan venerable,
No contiene una cosa.
No contiene el misterio que el mismo sublime ha experimentado.
Él,
Solo entre cientos de miles.
Por esto continuaré mi peregrinación,
No en busca de otra doctrina mejor,
Pues sé que no la hay.
Sino para abandonar todas las doctrinas y todos los maestros y para alcanzar solo mi meta o morir.
Pero siempre pensaré en este día,
Oh sublime,
Y en la hora en que mis ojos vieron un santo.
Los ojos del Buda miraron tranquilamente a tierra.
Su rostro impenetrable relumbraba sereno,
Lleno de resignación.
Ojalá tus pensamientos,
Dijo el venerable lentamente,
No caigan en el error.
Ojalá alcances tu meta,
Pero dime,
¿no has visto el tropel de mis samanas,
De mis numerosos hermanos que han buscado refugio en mi doctrina?
¿Y crees tú,
Samana forastero,
Crees tú que les estaría mejor abandonar mi doctrina y volver a la vida del mundo y del placer?
Lejos de mí tal pensamiento,
Exclamó Sidarta.
Ojalá perseveren todos en tu doctrina.
Ojalá alcancen todos su meta.
No me pertenece juzgar la vida de los demás,
Solo la mía.
Yo solo he de elegir.
Yo solo he de rehusar.
Los samanas buscamos la redención del yo,
Oh sublime.
Si yo fuera ahora uno de tus jóvenes,
Yo,
Venerable,
Tendría miedo a que me sucediera que solo en apariencia,
Solo engañosamente,
Quedara mi yo en paz y liberado.
De que,
Sin embargo,
Siguiera viviendo en la verdad y se hiciera más grande.
Pues entonces yo tendría la doctrina.
Tendría mi sucesión.
Tendría mi amor hacia ti.
Tendría la comunidad de los monjes hecha a mi yo.
Gotama miró con una media sonrisa,
Con inconmovible resplandor y amistad al forastero a los ojos y le despidió con un gesto apenas perceptible.
Cuerdo eres,
Oh samana,
Dijo el venerable.
Sabes hablar cuerdamente,
Amigo mío.
Guárdate de la demasiada cordura.
El Buda se alejó de allí y su mirada y su media sonrisa quedaron grabadas para siempre en el recuerdo de Siddhartha.
Todavía no he visto yo a ningún hombre que mire así,
Que sonríe así,
Que se siente y ande así,
Pensaba.
Así me gustaría a mí poder mirar y sonreír,
Poder andar y sentarme tan libre,
Tan majestuosa,
Tan oculta,
Tan clara,
Tan infantil y misteriosamente.
Tan verdaderamente solo aparece y camina el hombre que ha penetrado en lo más íntimo de sí mismo.
Pues bien,
Yo también intentaré penetrar en lo más íntimo de mí mismo.
Vi a un hombre,
Pensaba Siddhartha,
Al único ante el cual podía bajar la mirada.
Ante ningún otro bajaré mis ojos,
Ante ningún otro.
Ninguna doctrina me seducirá ya,
No habiéndome seducido la doctrina de este hombre.
El Buda me ha robado,
Pensó Siddhartha.
Me ha robado,
Pero me ha regalado mucho más.
Me ha robado a un amigo,
El cual creí,
Creía en mí y ahora cree en él.
El cual era mi sombra y ahora es la sombra de Gotama.
Pero me ha regalado a Siddhartha a mí mismo.
Fin del capítulo 3 ¿Podemos,
Con un poquito de esfuerzo,
Continuar un capítulo más?
No lo sé.
No quiero forzar la garganta,
Pero yo creo que podré un capítulo más,
A lo mejor.
Es que está tan interesante que me gusta,
Me gusta avanzar,
¿no?
Me encanta.
Capítulo 4 Despertar Cuando Siddhartha abandonó el bosquecillo en el que quedaba el Buda,
El perfecto,
En el que quedaba Govinda,
Sintió que en aquel bosque dejaba también su vida pasada y se separaba de él.
Este sentimiento que le llenaba por entero le dio que pensar mientras caminaba lentamente.
Pensó profundamente,
Como si se dejara ir al fondo en unas aguas profundas,
Hasta los fundamentos de este sentimiento,
Hasta allí donde descansan las causas.
Pues al conocer las causas le parecía que era pensar y solo por este medio se convertirían los sentimientos en conocimiento y no se perderían,
Sino que se haría real y empezaría a brillar lo que hay en ellos.
Mientras caminaba lentamente,
Siddhartha meditó.
Comprobó que ya no era un joven,
Sino un hombre.
Comprobó que algo se había desprendido de él,
Como la piel vieja de una serpiente.
Que ya no había en él algo que le había acompañado y había poseído durante toda su juventud.
El deseo de tener maestros y de escuchar a los maestros.
Al último maestro que había encontrado en su camino,
Al más alto y sabio maestro,
Al santo,
Al Buda.
También lo había abandonado.
Había tenido que separarse de él.
No había podido aceptar su doctrina.
El pensador iba caminando lentamente y se preguntaba ¿qué es lo que esperabas aprender en las lecciones y en los maestros y no pudieron enseñarte?
A pesar de lo mucho que te instruyeron.
¿Y a yo?
Lo que yo quería aprender era la esencia y el sentido del yo.
Quería vencer y librarme del yo.
Pero no podía vencerlo,
Sino engañarlo.
No podía huir de él,
Sino solamente ocultarme ante él.
En verdad,
Que nada ha ocupado tanto mi pensamiento como este mi yo.
Este enigma de mi vivir.
De que yo sea uno,
Separado y diferenciado de todos los demás.
De que yo sea sidarta.
Y de ninguna cosa en el mundo sé menos que de mí mismo,
De sidarta.
El pensador se detuvo en su lento caminar.
Retenido por este pensamiento.
Y pronto surgió de éste un nuevo mundo.
Uno nuevo.
Un pensamiento que rezaba.
Si no sé nada de mí,
Si sidarta es para mí tan extraño y desconocido,
Se debe a una sola causa.
Yo tenía miedo de mí.
De mí mismo.
Buscaba a Atman.
Buscaba a Abrahama.
Tenía la intención de desmenuzar mi yo para buscar en su interior el germen.
El Atman.
La vida.
Lo divino.
El último fin.
Pero me perdía.
Sidarta abrió los ojos y miró enredor.
Una sonrisa iluminaba su rostro.
Y una profunda sensación de despertar de un largo sueño Y pronto volvió a correr.
Corrió veloz.
Como un hombre que sabe lo que tiene que hacer.
¡Oh!
Pensó respirando hondamente.
Ahora no quiero dejar escapar a Sidarta.
Ya no quiero empezar mi pensar y mi vida con Atman y con el dolor del mundo.
Ya no quiero matarme y despedazarme para encontrar un misterio entre las ruinas.
Ya no me enseñarán ni el Yoga Veda ni el Adarveda.
Ni los ascetas ni ninguna otra doctrina.
Quiero aprender en mí mismo.
Quiero ser discípulo.
Quiero conocerme a mí mismo.
Quiero conocer el secreto de Sidarta.
Miró en torno a sí.
Como si viera el mundo por primera vez.
El mundo era hermoso.
El mundo era policromo.
El mundo era extraño y misterio.
Aquí era azul.
Allí,
Amarillo.
Más allá,
Verde.
El cielo y el río fluían.
Las montañas y el bosque estaban inmóviles.
Todo era hermoso,
Mágico y lleno de misterio.
Y en medio de todo esto,
Él,
Sidarta.
El que había despertado en el camino hacia sí mismo.
Todo esto,
El amarillo y el azul,
El río y el bosque,
Penetraba por primera vez en Sidarta a través de los ojos.
Ya no era el encantamiento de Mara.
Ya no era el velo de Maya.
Ya no era la multiplicidad insensata y casual del mundo visible.
Despreciable para el brahmán que piensa profundamente.
Que desdeña la multiplicidad.
Que busca la unidad.
El azul era azul.
El río era río.
Y aunque en el azul y en el río y en Sidarta vivía oculto algo singular y divino,
El arte y el sentido divino era precisamente lo que había puesto aquí el amarillo,
El azul,
Allá,
El cielo,
El bosque y en medio a Sidarta.
El sentido y el ser no estaban por ahí tras de las cosas,
Sino que estaban en ellas,
En todas.
Cuán sordo y torpesido pensó el caminante.
Cuando uno lee un escrito cuyo sentido no puede penetrar,
No desprecia los signos y letras,
Ni lo llama engaño,
Casualidad y corteza baladí,
Sino que lo lee,
Lo estudia con cariño,
Letra por letra.
Pero yo,
Que quise leer el libro del mundo y el libro de mi propio ser,
He despreciado los signos y las letras por amor de un sentido presentido,
De un ser humano.
He motejado de engañoso al mundo visible,
He llamado a mi ojo y a mi lengua fenómenos casuales y despreciables.
No.
Esto ha pasado.
He despertado,
He despertado de verdad y hoy he nacido.
Mientras Sidarta pensaba todo esto,
Se detuvo varias veces,
De repente,
Como si hubiera una serpiente ante él en el camino.
De pronto comprendió también muy claramente que él,
Que en realidad había despertado o era como un recién nacido,
Debía empezar de nuevo y enteramente,
Desde el principio de su vida.
Cuando en esta misma mañana dejó el bosque de Yetavana,
El bosque de aquel sublime,
Ya despierto,
Ya en camino hacia sí mismo,
Tenía intención y le parecía natural y evidente volver a sus años de ascetismo en su patria,
Junto a su padre.
Pero ahora,
En este momento en que se hallaba detenido,
Como si hubiera una serpiente en el camino,
Despertó también a este convencimiento.
Ya no soy el que antes era.
Ya no soy asceta.
Ya no soy sacerdote.
Ya no soy bramán.
¿Qué puedo hacer entonces en casa y junto a mi padre?
¿Estudiar?
¿Hacer sacrificios?
¿Practicar el ensimismamiento?
Todo esto ha pasado ya.
Todo esto ya no está en mi camino.
Siddhartha permaneció inmóvil y durante un instante,
Durante una inspiración,
Su corazón seló.
Lo sintió helarse en el pecho como un animalillo,
Como un pájaro o una liebre cuando ve cuán solo está.
Ha carecido de patria durante años y no lo ha sentido.
Ahora lo siente.
Antes,
Aún,
En los éxtasis más profundos,
Seguía siendo hijo de su padre.
Seguía siendo bramán,
Un religioso.
Ahora no era más que Siddhartha,
El despertado,
Nada más.
Respiró profundamente y por un instante sintió frío y se estremeció.
Nadie estaba tan solo como él.
Ningún noble que no pertenecía a los nobles,
Ningún comerciante que no pertenecía a los comerciantes y buscaba refugio entre ellos,
Compartía su vida.
Hablaba su lenguaje.
Ningún bramán que no contaba entre los bramanes y vivía con ellos,
Ningún asceta que no encontraba refugio en el estado de los samanas y hasta el habitante más solitario de un valle no era uno ni estaba solo.
También le rodeaban circunstancias.
Pertenecían a una clase que eran para él una patria.
Govinda era monje y mil monjes eran sus hermanos.
Llevaban su vestido,
Creían su credo,
Hablaban su lenguaje,
Pero él,
Siddhartha,
¿a qué clase pertenecía?
¿Qué vida había de compartir?
¿Qué lenguaje hablaría?
Hola,
Fernanda Ramírez,
¿qué tal?
Muy buenas noches,
Bienvenida.
Dice,
Mil gracias,
Hermano.
El mensaje de Siddhartha es muy alentador y gran ejemplo de sabiduría.
Muchas gracias por tus palabras.
Desde ese instante en que el mundo se fundía a su alrededor,
En que estaba tan solo como una estrella en el cielo,
Desde este instante Siddhartha surgió de la frialdad y del desaliento más yo que antes,
Más concentrado.
Se daba cuenta de que esto era el último estremecimiento del despertar,
El último espasmo del nacimiento.
Y pronto volvió a caminar raudo e impaciente,
No hacia casa,
No hacia el padre,
No hacia atrás.
Fin del capítulo 4 Capítulo 5 Kamala Siddhartha aprendió muchas cosas nuevas a cada paso que dio por su camino.
Pues el mundo había cambiado y su corazón estaba encantado.
Veía salir el sol sobre las montañas y ponerse tras las lejanas playas rodeadas de palmeras.
Por la noche veía en el cielo las estrellas guardando su orden eterno y la hoz de la luna navegando como un barco en el azul.
Veía árboles,
Estrellas,
Bestias,
Nubes,
Arcoiris,
Rocas,
Hierbas,
Flores,
Arroyos y ríos,
Relámpagos de rocío en los matorrales al amanecer,
Altas montañas lejanas azules y pálidas,
Montores y abejas,
Vientos que soplaban plateando los campos de arroz.
Todo esto,
Múltiple y abigarrado,
Había existido siempre.
Siempre habían brillado el sol y la luna.
Siempre había susurrado el río y la abeja.
Pero en los primeros tiempos todo esto no había sido para Siddhartha más que un velo ligero y engañoso ante los ojos,
Observado con desconfianza.
Destinado a ser traspasado por los pensamientos y a ser destruido.
Porque no era un ser,
Pues el ser está más allá de lo visible.
Pero ahora sus ojos liberados se detenían.
De esta parte de acá veía y conocía lo visible.
Buscaba una patria en este mundo.
No buscaba el ser.
No apuntaba a ningún más allá.
Bello era el mundo cuando se le miraba así,
Sin buscar nada,
Tan sencilla e infantilmente.
Bella la luna y las montañas.
Bello el arroyo y la ribera,
El bosque y las rocas,
La cabra y la cetonia,
La flor y la mariposa.
Bello y amable era caminar así por el mundo,
Tan infantilmente,
Tan despierto,
Tan accesible a lo próximo,
Tan sin desconfianza.
El sol quemaba en la piel de otra forma.
La sombra del bosque refrescaba de modo distinto.
El agua de los arroyos y cisternas había de otra manera,
Como la calabaza y las bananas.
Breves eran los días,
Cortas las noches.
Las horas pasaban raudas como una vela en el mar.
Bajo la vela un barco lleno de tesoros,
Lleno de alegrías.
Sidarta vio un pueblo de simios caminando por la alta bóveda del bosque y escuchó un canto salvaje y codicioso.
Sidarta vio un carnero que perseguía una oveja,
Con la que se apareó.
En un charco cubierto de juncos vio al sollo cazar su cena,
Haciendo huir ante él al tropel de pececillos plateados,
Revolviendo el agua con sus movimientos impetuosos.
Todo esto había siempre así y no lo había visto.
Nunca había estado allí.
Ahora sí estaba en ello.
Le pertenecía.
Por sus ojos pasaban luces y sombras,
Por su corazón estrellas y luna.
Sidarta recordó también por el camino todo lo que había experimentado en el jardín yatavana.
La doctrina que en él escuchó,
La del divino Buda,
La despedida de Govinda,
La conversación con el sublime.
Sus propias palabras,
Las que dirigió al sublime,
Volvían a su recuerdo,
Palabra por palabra.
Y comprendió con asombro que había dicho allí cosas que entonces no sabía de cierto.
Su tesoro y misterio,
El del Buda,
No era la doctrina sino lo inexpresable y no enseñable que sintió en el momento de su transfiguración.
Esto era precisamente lo que él empezaba a sentir.
Ahora debía sentirse a sí mismo.
Ya hacía mucho que sabía de su ser que su ser era Atman,
Un ser eterno,
Como Brahma.
Pero nunca había encontrado realmente este ser porque había querido atraparlo con la red del pensamiento.
También estaba seguro de que el cuerpo no era este ser propio,
Ni el juego de los sentidos,
Ni tampoco el pensamiento ni la razón,
Ni la ciencia aprendida,
Ni el arte adquirido,
Ni sacar conclusiones y leer nuevos pensamientos de lo ya pensado.
No.
Tampoco este mundo del pensamiento estaba de este lado,
Ni conducía a ninguna parte si se mataba el yo accidental de los sentidos y se alimentaba.
En cambio,
El yo accidental del pensamiento y del saber.
Tanto los pensamientos como los sentidos eran cosas hermosas.
Tras ellas,
Estaba oculto el último significado.
Importaba escuchar a las dos,
Jugar con las dos,
Ni despreciarlas a ambas ni sobreestimarlas.
Escuchar las voces secretas de su interior.
No quería aspirar a nada que no le mandaran aspirar las voces.
No quería permanecer junto a nada que no le hubieran aconsejado las voces.
¿Por qué había estado en otro tiempo,
Gotama,
En el momento de los momentos sentado bajo el bó,
Donde le alcanzó la iluminación divina?
Había oído una voz,
Una voz en su propio corazón,
Que le ordenaba buscar descanso bajo este árbol,
Y había propuesto las mortificaciones,
Los sacrificios,
Las abluciones y sus oraciones,
El comer y el beber,
El dormir y el soñar.
Y había obedecido a la voz.
Obedecer así.
No las órdenes exteriores,
Sino solamente la voz.
Estar dispuesto,
Esto era lo bueno.
Esto era lo necesario,
Y no lo otro.
La noche en que durmió en la choza de paja de un barquero,
A la orilla del río,
Siddhartha tuvo un sueño.
Govinda estaba ante él,
Vestido con una túnica amarilla de azeta.
Govinda aparecía muy triste y le preguntó ¿Por qué me has abandonado?
Entonces abrazó a Govinda,
Y cuando le atrajo hacia sí y le besó,
Govinda se convirtió en una mujer,
Cuya túnica se entreabrió mostrando un pecho henchido sobre el que descansó Siddhartha y del que bebió leche dulce y fuerte.
Aquella leche sabía a mujer y a hombre,
A sol y a bosque,
A bestias y a flores,
A todas las frutas y a todos los placeres.
Aquella bebida emborrachaba y hacía perder el conocimiento.
Cuando Siddhartha despertó,
Brillaba el pálido río a través de la puerta de la cabaña y en el bosque se oía profundo y armonioso el canto oscuro del búho.
Y cuando rompió el día,
Siddhartha rogó a su huésped,
El barquero,
Que le llevara sobre el río.
El barquero le llevó en su balsa de bambúe sobre el río,
Que brillaba rojizo con el arrebol de la aurora.
«Es un río hermoso»,
Dijo Siddhartha a su acompañante.
«Sí»,
Dijo el barquero,
«un río hermoso.
Yo lo amo sobre todas las cosas.
Le he escuchado con frecuencia,
Con frecuencia y mirado en sus ojos.
Y siempre he aprendido algo de él.
Se puede aprender mucho de un río».
«Te doy gracias,
Mi bienhechor»,
Dijo Siddhartha cuando desembarcó en la otra orilla.
«No tengo nada que regalarte,
Querido,
Ni dinero para pagarte el pasaje.
Soy un hombre sin patria,
Un hijo de Brahmán,
Un Samana».
«Ya lo veo»,
Dijo el barquero,
«y no esperaba de ti ni dinero ni regalos.
Llámelo darás otra vez».
«¿Tú crees?
»,
Preguntó Siddhartha regocijado.
«Ciertamente.
También he aprendido esto del río.
Todo vuelve.
Tú también,
Samana.
Volverás un día.
Ahora,
Que te vaya bien».
«Ojalá tu amistad sea mi recompensa.
Acuérdate de mí cuando ofrendes a los dioses».
Se pararon sonriendo.
Siddhartha se regocijó pensando en la llaneza y amistad del barquero.
«Es como Govinda»,
Pensó,
Sonriendo.
«Todos los que me encuentro en mi camino son como Govinda.
Todos son agradecidos.
Aunque son ellos los que tienen derecho al agradecimiento.
Todos son sumisos.
Todos son inclinados a la amistad.
Están dispuestos a obedecer.
Poco a pensar.
Los hombres son como niños».
Al mediodía atravesó una aldea.
Ante las chozas de barro jugaban los niños con semillas de calabaza y conchas.
Gritaban y se peleaban.
Pero todos huyeron atemorizados al ver al Samana.
Al otro extremo de la aldea,
El camino cruzaba un arroyo.
Y a la orilla del arroyo había una mujer joven lavando la ropa.
Cuando Siddhartha la saludó,
Levantó la cabeza y le miró con una sonrisa,
Viendo Siddhartha brillar sus ojos.
Denunció una bendición sobre ella como era costumbre de los caminantes y preguntó qué distancia había hasta la ciudad.
Ella entonces se levantó y se acercó a él refugiéndole graciosamente la húmeda boca en el rostro joven.
Cambió algunas bromas con él.
Le preguntó si había comido y si era verdad que los Samanas duermen solos en el bosque por la noche y no pueden tener ninguna mujer a su lado.
Luego puso ella su pie izquierdo en el derecho de él e hizo un movimiento,
Como el que hace la mujer cuando provoca al hombre a aquella manera del gozar amoroso que los libros sabios llaman trepar al árbol.
Siddhartha sintió que la sangre le hervía.
Y como recordaran aquel instante el sueño pasado,
Se inclinó un poco sobre la mujer y besó los botones morenos de sus pechos.
Al levantar los ojos vio su rostro que sonreía lleno de deseo y sus ojos empequeñecidos suplicando con vehemencia.
También Siddhartha sentía deseos ardientes y que la fuente del sexo se movía pero como todavía no había tocado nunca a una mujer,
Vaciló un momento,
Mientras sus manos estaban ya dispuestas a asir las de ella.
Y en este instante escuchó estremecido la voz de su interior y la voz decía ¡No!
Entonces desapareció del rostro sonriente de la joven mujer todo encanto y no vio nada más que la húmeda mirada de una hembra ardiente.
Le acarició amistoso la mejilla,
Se apartó de ella y desapareció con pies ligeros por entre un bosquecillo de bambúes dejándola desilusionada.
En este día llegó por la noche a una gran ciudad y se alegró pues anhelaba la compañía de las gentes.
Había vivido mucho tiempo en el bosque y la choza de paja del barquero en la que había pasado la noche era el primer techo que le cobijaba desde hacía mucho tiempo.
Delante de la ciudad junto a un bello bosquecillo cercado,
Encontró el caminante un pequeño séquito de criados y criadas cargados con cestos.
En medio en una silla de manos muy adornada que traían entre cuatro venía sentada sobre cojines rojos y bajo un toldillo de colorines una mujer la señora.
Sidarta se detuvo a la entrada del parque de recreo,
Miró a los criados a las criadas,
Los cestos la silla y en la silla la dama.
Bajo unos cabellos muy rizados y muy negros vio un rostro luminoso muy delicado muy discreto una boca roja como un higo recién abierto unas cejas cuidadas y pintadas formando un arco alto unos ojos negros ensatos y despiertos un cuello esbelto y blanco emergiendo de entre unas telas verdes y doradas.
Unas manos finas y largas como con pulseras de oro en las muñecas.
Sidarta vio cuan hermosa era y su corazón sonrió se inclinó profundamente cuando la silla estuvo cerca y al incorporarse la miró a la cara leyó por un instante en los ojos prudentes y muy arqueados respiró un aroma que no conocía la señora inclinó la cabeza sonriendo un momento desapareció dentro del jardín y los criados tras ella entro con buenos augurios en la ciudad pensó Sidarta se le ocurrió entrar en el jardín pero examinó su figura y comprendió que no era extraño que los criados y criadas le hubieran mirado con desprecio con desconfianza rechazándole todavía soy un samana pensó todavía soy un asceta y un mendigo no puedo seguir así así no puedo entrar en el jardín y sonrió al primer hombre que pasó por el camino le interrogó sobre aquel parque y le preguntó el nombre de la dama y supo que aquel era el jardín de Kamala la famosa cortesana y que tenía además del jardín una casa en la ciudad luego entró en la ciudad ahora tenía un objetivo siguiendo su plan vagó por la ciudad,
Recorrió sus calles se detuvo en las plazas descansó en la escalinata de piedra del río al anochecer hizo amistad con un mozo de barbería al que había visto trabajar a la sombra de una arquería al que volvió a encontrar pidiendo la puerta de un templo de Vishnu al que contó la historia de Vishnu y Lakshmi pasó la noche tendido junto a los botes del río y muy de mañana antes que los primeros parroquianos vinieran a la barbería se hizo afeitar y cortar el pelo por su amigo se peinó y se ungió el cabello con un fino aceite luego se bañó en el río cuando la hermosa Kamala se retiró al atardecer a su jardín a la puerta estaba Siddhartha se inclinó y recibió el saludo de la cortesana al último criado del cortejo le hizo una seña y le rogó que hiciera saber a su señora que un joven brahmán deseaba hablarle a poco regresó el criado pidió a él,
Pidió al que esperaba que le siguiera lo condujo en silencio hasta un pabellón donde reposaba Kamala en un diván y le dejó a solas con ella ¿No eres tú el que ayer me saludó ahí fuera?
Sí,
Ayer te vi y te saludé ¿Pero no tenías ayer una barba y largos cabellos y polvo en el pelo?
Bien lo observaste,
Todo lo viste viste a Siddhartha el hijo del brahmán que dejó su patria para convertirse en un samana y que ha sido samana durante tres años pero ahora he dejado esta senda y he llegado a esta ciudad y lo primero que encuentro antes de entrar en ella eres tú es decir que he venido a ti oh Kamala eres la primera mujer a la que hablo sin bajar los ojos a tierra nunca más abatiré la mirada cuando me encuentre con una mujer hermosa Kamala sonreía y jugaba con su abanico de plumas de apavo real y preguntó ¿Y solo para decirme esto ha venido a mí Siddhartha?
Para decirte esto y para darte gracias por ser tan bella ¿Y si no te desagrada?
Kamala quisiera rogarte que fueras mi amiga y maestra pues no sé nada de este arte en el que tú eres maestra Kamala se echó a reír nunca me ha sucedido amigo que un samana viniera del bosque a mí y quisiera que yo le enseñara nunca me ha sucedido que un samana de largos cabellos viniera a mí con unos harapos en torno a las caderas muchos jóvenes vienen a mí y entre ellos muchos hijos de brahmanes tienen hermosos vestidos,
Traen finos zapatos tienen perfumado el cabello y dinero en la bolsa así son,
Samana los jóvenes que se acercan a mí habló Siddhartha ya empiezo a aprender de ti ayer también aprendí algo me quité la barba me peiné,
Unté mis cabellos con aceite poco es lo que me falta hermosa,
Vestidos finos zapatos elegantes dinero en la bolsa Siddhartha se ha propuesto cosas más difíciles que éstas y las ha alcanzado ¿cómo uno va a conseguir lo que ayer se propuso,
Ser tu amigo y aprender de ti las alegrías del amor?
Me encontrarás dócil Kamala,
He aprendido cosas más difíciles que las que tú has de enseñarme así que dime ¿no te basta Siddhartha como es?
Con aceite en el pelo pero sin vestido,
Sin zapato,
Sin dinero Kamala exclamó Siddhartha exclamó riendo no,
Querido,
No basta eso debe tener vestidos vestidos hermosos y zapatos,
Zapatos lindos y mucho dinero en la bolsa y regalos para Kamala ¿te enteras,
Samana de los bosques?
¿te has dado cuenta?
Me he dado cuenta muy bien,
Exclamó Siddhartha ¿cómo no darse cuenta de lo que viene de una boca así?
Tu boca es como un higo recién abierto Kamala tu boca es roja y fresca te gustará,
Lo has de ver pero dime,
Hermosa hermosa Kamala ¿no tienes temor del samana de los bosques que viene a aprender el amor?
¿por qué de tener temor de un samana?
De un simple samana de los bosques salido de entre los chacales y que no sabe todavía lo que son las mujeres oh,
El samana es fuerte y no te ama nadie podría forzarte,
Hermosa muchacha podría raptarte podría hacerte mal no,
Samana eso no me causa temor ¿ha tenido miedo nunca un samana o un brahman de que alguien pudiera venir y robarle su sabiduría su piedad y su profundidad de espíritu?
¿no?
Pues todo esto le pertenece y solo da parte a quien él quiere y cuando quiere así es lo mismo y lo mismo sucede con Kamala y con las alegrías del amor bella y roja es la boca de Kamala pero intenta besarla contra la voluntad de Kamala y no alcanzarás ni una gota de dulzura de sus labios ¿que saben dar tantas dulzuras?
Eres dócil,
Sidarta así que aprende esto el amor se puede mendigar comprar recibirlo,
Regalado encontrarlo en la calle pero no se puede robar ¿te has trazado un camino falso?
No sería una pena que un joven tan apuesto como tú quisiera obrar así sidarta se inclinó sonriendo ¿sería una verdadera pena?
Kamala,
Tienes razón sería una pena grandísima no no se ha de perder ni una gota de dulzura de tu boca,
Ni de la mía quedamos en que sidarta volverá cuando tenga lo que le falta vestidos,
Zapatos dinero,
Pero dime noble Kamala ¿no podrías darme un consejo?
¿un consejo?
¿por qué no?
¿quién no querrá dar un consejo a un pobre?
¿a un ignorante samana que viene de entre los sacales del bosque?
Amada Kamala aconsejame ¿dónde iré para alcanzar cuanto antes estas tres cosas?
Amigo,
Eso lo sabe cualquiera debes hacer lo que has aprendido y exigir por ello dinero vestidos y calzado de otra forma el pobre nunca llegará a tener dinero ¿qué sabes hacer?
¿sé pensar?
¿sé esperar?
¿sé ayunar?
¿nada más?
¿nada más?
También sé hacer versos ¿quieres darme un beso por una poesía?
¿te lo daré si me gusta?
¿cómo dice ese verso?
Siddhartha recitó este poema después de haber pensado un momento en su asombroso vergel entre la hermosa Kamala a la puerta del jardín está el broncineo samana al ver esta flor de loto profundamente se inclina Kamala le responde con una sonrisa el joven piensa mejor que ofrendar a los dioses es ofrendar a la hermosa Kamala Kamala aplaude ruidosamente y las pulseras de oro acompañan sus palmadas con tintineos armoniosos bellos son tus versos broncineo samana y en verdad que no pierdo nada si te doy un beso por ellos le atrajo hacia sí con los ojos él inclinó su rostro él inclinó su rostro sobre el de ella y puso su boca sobre la otra boca que parecía un higo recién abierto Kamala le besó largamente y con profundo asombro sintió Siddhartha como le enseñaba cuán sabia era cómo le dominaba le rechazó le volvió a atraer así y siguió una serie de besos todos diferentes unos de otros respirando profundamente Siddhartha se incorporó parecía en aquel momento un niño asombrado de la profusión de ciencia y conocimientos que se ofrecían a sus ojos tus versos son muy hermosos exclamó Kamala si yo fuera rica te daría montones de oro por ellos pero te va a ser difícil ganar con tus versos todo el dinero que necesitas pues necesitas mucho dinero para seguir para ser amigo de Kamala ¿cómo sabes besar Kamala?
Balbuceó Siddhartha sí,
Lo hago bastante bien por eso no me faltan vestidos zapatos,
Pulseras y otras bellas cosas ¿pero qué va a ser de ti?
¿no sabes otra cosa más que pensar ayunar y rimar?
Conozco también los cantos de los sacrificios dijo Siddhartha,
Pero no quiero volver a cantarlos sé también muchos conjuros pero no quiero volver a pronunciarlos he leído manuscritos ¡alto!
Interrumpió Kamala ¿sabes leer?
¿sabes escribir?
Sí,
Y muchos también la mayoría no saben yo tampoco es una suerte que sepas leer e escribir también podrás valerte de los conjuros en este momento llegó corriendo una criada y susurró al oído de la señora un recado marcha enseguida Siddhartha nadie debe verte aquí tenlo muy presente mañana volveré a recibirte ordenó a la criada que diera una túnica blanca al piadoso Brahman sin darse cuenta de nada Siddhartha se vio llevado de allí por la criada introducido en una casa del jardín obsequiado con una túnica conducido a la espesura y rogado insistentemente cuanto antes del parque lleno de contento hizo lo que le pedían acostumbrado a moverse en el bosque salió silenciosamente del jardín saltándola cerca muy contento regresó a la ciudad con la túnica enrollada bajo el brazo en un mesón donde entraban muchos viajeros se colocó a la puerta pidió silenciosamente de comer y recibió un trozo de pastel de arroz quizá mañana pensó no tenga que pedir de comer el orgullo se apoderó de él de repente ya no era ningún Samana,
Era indigno andar pidiendo dio el trozo de pastel de arroz a un perro y se quedó sin comer sencilla es la vida que aquí llevan pensó Siddhartha no tiene dificultades era difícil,
Penoso y al fin desesperanzador cuando todavía era Samana ahora todo es fácil fácil como la lección de besos que Kamala me dio necesito dinero y vestidos casi nada,
Pequeñeces que no me quitarán el sueño anduvo preguntando por la casa de Kamala y allí se encontró al día siguiente todo va bien dijo ella saliéndole al encuentro te esperan en casa de Kamashwami el comerciante más rico de esta ciudad si le agradas te dará un empleo,
Sé prudente broncineo Samana he logrado que otro le hablara de ti,
Sé amistoso con él es muy poderoso pero no seas tan modesto no quiero que seas su criado si no soy igual,
De lo contrario no estaré contenta de ti Kamashwami empieza a ser viejo y comodón si le agradas te confiará muchas cosas Siddhartha le dio gracias y sonrió y cuando Kamala se enteró de que no había comido nada ni ayer ni hoy mandó traer pan y frutas y le regaló has tenido suerte,
Dijo el despedirle una puerta tras otra van abriéndose ante ti ¿cómo puede ser esto?
¿tienes un talismán?
Siddhartha,
Ayer te dije que sabía pensar esperar y ayunar pero te pareció que esto no servía para nada pero sirve de mucho Kamala,
Ya lo verás comprobarás que el estúpido Samana aprendió muchas cosas en el bosque que vosotros no sabéis ante ayer,
Era yo un mendigo harapiento ayer ya besé a Kamala y pronto seré un comerciante y tendré dinero y todas esas cosas en las que pones tanta estima sí,
Dijo ella ¿pero qué sería de ti sin mí?
¿qué sería si Kamala no te ayudara?
Querida Kamala dijo Siddhartha y se hirguió cuando me llegué a ti en el parque di el primer paso era mi intención aprender el amor junto a aquella hermosa mujer desde el momento en que tomé aquella determinación,
Sabía tan bien que lo conseguiría ¿sabía que me ayudarías?
Lo supe al recibir tu primera mirada a la puerta del jardín ¿y si yo no hubiera querido?
Quisiste mira Kamala cuando arrojas una piedra al agua se va al fondo por el camino más corto así sucede cuando Siddhartha se propone algo Siddhartha no hace nada espera,
Piensa ayuna,
Pero avanza a través de las cosas del mundo como la piedra a través del agua sin hacer nada,
Sin moverse es empujado,
Se deja caer,
Su meta le atrae,
Pues no deja penetrar nada en su alma que pueda entorpecerle el camino hacia su meta esto es lo que Siddhartha aprendió junto a los amanas esto es lo que necios esto es lo que los necios llaman sotilegio y creen que el sotilegio es obrado por los demonios los demonios no hacen nada no hay demonios todos pueden obrar prodigios todos pueden alcanzar su meta si saben pensar si saben esperar si saben ayunar Kamala le escuchaba le gustaba su voz le gustaba la mirada de sus ojos quizá sea así como dices amigo pero quizá sea también porque Siddhartha es un guapo mozo porque su mirada agrada a las mujeres por lo que la dicha viene a su encuentro Siddhartha se despidió con un beso ojalá sea así maestra mía ojalá te agrade por siempre mi mirada ojalá me venga siempre la dicha de ti fin del capítulo 5 siguiente capítulo,
Capítulo 6 entre los hombres niños pero eso será para el siguiente directo muchísimas gracias casi dos horas casi dos horas espero que lo hayáis disfrutado como yo que lo he disfrutado mucho impresionante me encanta Siddhartha nos vemos muy prontito sé que ahora vienen fiestas de navidad son días que me va a ser muy difícil hacer algún directo en cuanto pueda por eso he intentado hacer 3 o 4 directos del tirón y así el próximo día haremos también 2 o 3 más poco a poco y lo vamos terminando gracias a todos y nos vemos muy pronto felices fiestas a todos por si acaso no los vemos felices fiestas,
Gracias
Conoce a tu maestro
