
Audiolibro - ninfas del valle - Khalil Gibran
En este episodio especial exploramos "Ninfas del Valle, La voz del maestro", un audiolibro que nos invita a un viaje introspectivo hacia lo más recóndito de nuestro ser. Gibrán Khalil Gibrán, con su prosa poética y reflexiva, nos desafía a reconsiderar nuestra existencia y buscar la esencia de la felicidad a través del autoconocimiento. Narrado con la profunda y emotiva voz de Juan José Palanca, este audiolibro promete no solo una experiencia auditiva, sino una travesía espiritual. Desde tiempos antiguos, la búsqueda de la felicidad ha sido una constante humana, un tema que ha ocupado tanto a filósofos de la Grecia clásica como a pensadores de nuestra era. Trigger Warning: This practice may include references to death, dying, and the departed.
Transcripción
Audiolibro Ninfas del Valle Autor Kahlil Gibran Narrador Juan José Palanca Ciencia del Saber Ninfas del Valle 1948 Marta El padre de la niña murió cuando Marta estaba todavía en la cuna,
Y su madre falleció antes de que la niña cumpliera 10 años de edad.
Fue a vivir sus años de orfandad en la casa de un pobre vecino que con su mujer y sus hijos vivía de los frutos de la tierra en una pequeña y aislada aldea,
En uno de los hermosos valles del Líbano.
Al morir el padre de Marta,
Por toda herencia le dejó su nombre y una pobre cabaña que desalzaban trenogales y álamos.
De su madre sólo había heredado lágrimas de dolor y su orfandad total.
Vivió como una extranjera en la tierra que la había visto nacer,
Sola,
Entre árboles frondosos y altas rocas.
Cada mañana la niña caminaba descalza,
Vestida de harapos e iba a ordeñar a las vacas a una región del valle donde el pasto era rico y allí se sentaba la niña a la sombra de un árbol.
Canta con los pajarillos y lloraba con el arroyo mientras enviciaba a las vacas por disponer de abundante comida.
Contemplaba las flores y el revoloteo de las mariposas.
Al hundirse el sol en el horizonte,
El hambre se apoderaba de ella y volvía a la cabaña a sentarse junto a la hija de su tutor y a comer una escasa ración de pan de maíz,
Con un poco de fruta seca y frijoles humedecidos en vinagre y aceite de oliva.
Después de la frugal cena,
Extendía paja seca en el suelo,
En un rincón y se acostaba,
Reposando la cabeza en sus brazos.
Luego se dormía y suspiraba,
Y deseaba que la vida fuera un sueño largo y profundo,
Sin ensueños y sin despertar.
Cerca del alba,
Su tutor la despertaba bruscamente para que lo sirviera,
Y la niña despertaba temblando de miedo por la dureza y la ira de su tutor.
Así pasaron varios años en la vida de Marta,
La desventurada entre aquellas distantes colinas y apartados valles.
Pronto comenzó a sentir la niña en su corazón el despertar de emociones que hasta entonces no había tenido.
Era como estar consciente del perfume del corazón de una flor.
Extraños sueños y pensamientos se arremolinaban en ella,
Como un rebaño que cruzara un río.
Despertaba en ella la mujer y parecía tierra fresca y virgen preparada para recibir la semilla del conocimiento y para sentir las huellas de la experiencia.
Era una muchacha retraída y pura a la que un decreto inescrutable del destino había exiliado en aquella granja apartada,
Cuya vida se regía en todas sus fases con las estaciones del año.
Era como una sombra de un dios desconocido que residiera entre la tierra y el sol.
Los que hemos pasado la mayor parte de nuestra existencia en ciudades llenas de gente sabemos muy poco de la vida de quienes habitan en los pueblos y en las aldeas apartadas del Líbano.
Nos arrastra la corriente de la civilización moderna.
Hemos olvidado,
O por lo menos así lo pensamos la filosofía de esa vida hermosa y simple,
Llena de pureza y de candor espiritual.
Pero si volviéramos la mirada hacia esa vida,
La veríamos sonreír en la primavera,
La veríamos durmiendo la siesta al sol del verano,
La veríamos cosechar en el otoño y reposar en el invierno,
Y la consideraríamos como a nuestra madre naturaleza en todos sus estados de ánimo.
Somos más ricos en bienes materiales que aquellos aldeanos,
Pero el espíritu del campesino es más noble que el nuestro.
Nosotros sembramos mucho y no cosechamos nada.
En cambio,
Todo lo que ellos siembran lo cosechan.
Nosotros,
Los que vivimos en la ciudad,
Somos esclavos de nuestros apetitos.
Ellos son los hijos de la alegría simple.
Nosotros bebemos en la copa de la vida un líquido enturbiado con amargura,
Desesperación,
Temores y hastío.
Ellos beben el claro vino de la vida sencilla.
Marta llegó a la edad de dieciséis años.
Su alma era un reluciente espejo que reflejaba toda la hermosura de los campos,
Y su corazón era como los anchos bañes que repetía como el eco los sonidos de la naturaleza.
Un día de otoño,
En que el campo parecía lleno de tristeza,
La muchacha se sentó junto a un arroyo,
Sintiendo que su alma estaba libre de la prisión terrenal,
Como los pensamientos de la imaginación de un poeta,
Y contemplaba la danza de las hojas amarillas conforme iban cayendo de los árboles.
Veía cómo el viento jugaba con esas hojas,
Así como la muerte juega con las almas de los hombres.
Observaba las flores marchitas,
Con sus corazones secos y rotos en mil pedazos.
Las flores almacenaban sus semillas en el seno de la tierra,
Así como las mujeres esconden sus joyas en tiempos de guerra y disturbios.
Mientras la muchacha permanecía contemplando las flores y los árboles,
Compartiendo el dolor de las plantas en el otoño,
Oyó el sonido de cascos de caballos en las rotas piedras del valle.
Volvió la cabeza y vio que un jinete avanzaba lentamente hacia ella.
Sus arneses y su ropa hablaban de riqueza y bienestar.
Aquel jinete desmontó y la saludó amablemente,
Con modales delicados que ningún hombre había tenido con ella.
—He perdido el camino que conduce a la costa.
¿Podrías indicármelo?
—le preguntó.
La muchacha se puso en pie al borde del arroyo erecta como una rama joven y contestó.
—No lo sé,
Señor,
Pero iré a preguntarle a mi tutor porque él sabe.
Al pronunciar estas palabras,
La muchacha sintió un poco de temor,
Y la timidez y modestia de su acento realzaron su juventud y su belleza.
Ya se marchaba,
Cuando aquel hombre la detuvo con un ademán.
El rojo vino de la juventud circulaba apigurosamente por sus venas,
Y su mirada cambió al decir —No,
No te vayas.
La joven permaneció en pie,
Con expresión de sorpresa,
Pues había sentido en aquella voz una fuerza que le impedía moverse.
Miró furtivamente al caballero que a su vez la miraba con atención,
Con una mirada que ella no podía entender.
Luego le dedicó una sonrisa tan encantadora,
Tan tierna,
Que la muchacha sintió ganas de llorar.
Aquel hombre posó una mirada afectuosa en los pies descalzos,
En las delicadas muñecas,
En el terso cuello,
En el suave y espeso cabello.
Notó con creciente pasión la bronceada piel soleada y aquellos brazos que la naturaleza había hecho fuertes.
Pero la muchacha permaneció silenciosa y avergonzada.
No quería irse,
Y por razones que no lograba explicarse,
Tampoco podía hablar.
La vaca lechera volvió aquella tarde al establo sin su ama,
Pues Marta no regresó.
Al volver su tutor de los campos,
La buscó por todas partes y no la encontró.
La llamó por su nombre,
Pero no obtuvo más respuesta que los ecos de las cuevas y el ulular del viento en las copas de los árboles.
Volvió entristecido a su cabaña y le dijo a su mujer lo que había pasado.
La campesina lloró calladamente toda la noche y decía en medio de sus sollozos.
La he visto en sueños,
En las garras de una bestia salvaje que rasgaba su cuerpo en pedazos mientras ella sonreía y lloraba.
Tal es la historia sobre Marta cuando vivía en aquella hermosa aldea.
Me la contó un viejo aldeano que la había conocido desde que era una niñita.
La muchacha había desaparecido de aquella comarca,
Sin dejar tras de sí más que unas cuantas lágrimas en los ojos de una campesina y un patético recuerdo que vagaba con la brisa de la mañana sobre el valle,
Y que luego,
Como el aliento de un niño en el cristal de una ventana,
Se desvaneció para siempre.
Volví a Beirut en el otoño del año 1900 después de pasar mis vacaciones de estudiante en el norte de Líbano y antes de volver a mis estudios pasé una semana vagando alrededor de la ciudad en compañía de algunos camaradas saboreando las delicias de la libertad de la que los jóvenes están hambrientos y que se les niega en sus casas y en las cuatro paredes de las aulas.
En esa edad y en tiempo de vacaciones el joven es como un ave que al encontrar abierta su jaula vuela llena de júbilo con el corazón lleno de trinos y de la alegría de la escapatoria.
La juventud es un bello sueño pero su dulzura se ve esclavizada por el hastío de los libros y su despertar es doloroso.
¿Acaso llega un día en que los hombres sabios puedan unir los sueños de la juventud y el deleite del aprendizaje como la confidencia une a los corazones en conflicto?
¿Acaso llega un día en que el maestro del hombre sea la naturaleza,
La humanidad,
Su libro y la vida,
Su escuela?
¿Llegará ese día?
No lo sabemos,
Pero sentimos la urgencia que nos impulsa hacia arriba,
Hacia el progreso espiritual y ese progreso es comprensión de la belleza que existe en todo lo creado,
Mediante la bondad que existe en nosotros y la expansión de la felicidad mediante nuestro amor por esa belleza.
Aquella tarde estaba yo sentado en el porche de mi casa observando los movimientos de la gente y escuchando los pregones de los vendedores ambulantes,
Cada cual alabando la excelencia de sus mercancías y alimentos,
Cuando un muchachito se me acercó.
Tendría unos cinco años de edad,
Vestía rapos y en el hombro llevaba una bandeja llena de ramitos de flores.
Con voz temblorosa y débil,
Como si fuera parte de su herencia de largos sufrimientos,
Me pidió que le comprara unas flores.
Observé aquella carita pálida donde brillaban unos ojos negros oscurecidos con las sombras de la enfermedad y la pobreza.
Su boca era como una cicatriz abierta en un pecho herido.
Sus delgados brazos desnudos y su cuerpecito macilento se doblaban por el peso de la bandeja de ores,
Como un rosal marchito entre frescas plantas verdes.
Vi todo esto de una sola mirada y sonreí sintiendo lástima,
Con una sonrisa en la que había la amargura de las lágrimas.
Una de esas sonrisas que nacen en la profundidad del corazón y afloran a los labios.
Si reprimimos estas sonrisas,
Se reflejan en nuestros ojos.
Le compré algunas flores,
Pero era su charla lo que quería yo comprar,
Pues sentí que en sus tristes miradas y en su lastimoso aspecto se escondía una tragedia.
La tragedia de los pobres,
Que perpetuamente se representa en el escenario de los días.
Al hablarle con palabras amables se mostró amistoso,
Como si hubiera encontrado a alguien que le pudiera ofrecer un poco de protección y seguridad.
Me miró asombrado porque los de su clase solo están acostumbrados a recibir malos tratos de los otros niños,
Que consideran a los muchachos de la calle como cosas despreciables y no como a pequeñas almas heridas por las flechas de la desventura.
Luego le pregunté su nombre.
—¡Fuat!
—contestó con los ojos fijos en el suelo.
Proseguí.
—¿De quién eres hijo?
¿Y dónde está tu familia?
—Soy el hijo de Marta,
Mujer del pueblo de Val.
—¿Y quién es tu padre?
—le pregunté.
Movió la cabecita como aquel que ignora quién es su padre.
—Entonces,
¿en dónde está tu madre,
Fuat?
¿En casa enferma?
Estas escasas palabras salidas de los labios de aquel niño resonaron en mis oídos con acentos familiares y en mi más profundo sentimiento se formaron extrañas imágenes de melancolía,
Pues supe en el acto que la desventurada Marta,
Cuya historia había yoído de los aldeanos,
Vivía enferma en Beirut.
Aquella muchacha que solo ayer moraba entre los árboles y los valles,
Lejos del sufrimiento,
Estaba padeciendo las penalidades del hambre y del dolor en la gran ciudad.
La muchacha huérfana que había pasado su niñez en diálogo con la naturaleza,
Cuidando de las vacas en los hermosos prados,
Había sido arrastrada por la marea de la corrupta civilización para convertirse en presa de la miseria y el infortunio.
Al pasar estas ideas por mi mente,
El niño seguía mirándome como si viera con los ojos de su inocente espíritu el sufrimiento de mi corazón.
El muchachito hizo demanda de retirarse,
Pero yo le tomé la mano y le dije,
Llévame donde está tu madre,
Quiero verla.
Me condujo por las calles,
Caminaba delante de mí silencioso y asombrado,
De vez en cuando miraba hacia atrás para comprobar si verdaderamente yo lo iba siguiendo.
Sentía temor y pena,
Caminé por sucias callejuelas donde el aire estaba turbio con el aliento de la muerte y pasamos por casuchas donde los hombres viciados se entregaban a malas acciones tras las cortinas de la noche.
Pasamos por callejones donde el viento silbaba como una serpiente y yo caminaba detrás de aquel muchachito de tiernos años,
De inocente corazón y mudo valor.
Tenía el valor de los que están familiarizados con la maldad de una ciudad que en el Medio Oriente se conoce como la novia de Siria y la perla de la corona de Reyes.
Por fin llegamos a un suburbio miserable y el muchachito entró en una morada humildísima a la que el paso de los años había convertido en lastimosas ruinas.
Entré detrás de él sintiendo que mi corazón latía apresuradamente.
Me vi en medio de un cuartucho en donde el aire era húmedo.
Por todos los muebles había una lámpara cuya débil luz cortaba la oscuridad con amarillentos rayos y un camastro cuya apariencia hablaba de la más extremada pobreza,
De abandono y necesidad.
En aquel camastro dormía una mujer con el rostro vuelto hacia la pared como si en ella quisiera refugiarse de las crueldades del mundo o acaso viera en las carcomidas piedras un corazón más tierno y compasivo que el de los hombres.
El niño se acercó a la mujer gritando ¡Madre!
¡Madre!
La mujer se volvió hacia nosotros y vio al niño que me señalaba.
Hizo un movimiento defensivo bajo los harapos que la cubrían y con voz amarga por los sufrimientos de un espíritu en agonía exclamó ¿Qué quieres de mí hombre?
¿Vienes a comprar los últimos restos de mi vida para saciar tu sed de placer?
¡Apártate de mí!
Pues las calles están llenas de mujeres dispuestas a vender sus cuerpos y sus almas a bajo precio.
Yo no tengo que vender sin unos cuantos suspiros que pronto comprará la muerte con la paz de la tumba.
Me acerqué a su lecho.
Las palabras de aquella mujer llegaron a lo más profundo de mi corazón porque eran el final de un relato triste.
Le hablé deseando que mis sentimientos fluyeran junto con mis palabras.
No tengas temor de mí Marta.
No he venido a verte como una bestia de rapiña sino como un hombre triste.
Soy del Líbano y he vivido mucho tiempo entre esos valles y aldeas cerca de los bosques de cedros.
No temas nada Marta.
La mujer escuchó mis palabras y supo que surgían de la profundidad de un espíritu que lloraba junto con ella pues tembló en su lecho como una rama desnuda ante el viento invernal.
Se llevó las manos a la cara como si quisiera ocultarse de aquel triste recuerdo aterrador en su dulzura y amargo en su belleza.
Tras un silencio y un suspiro volvió a aparecer su rostro entre los hombros temblorosos.
Vi sus ojos hundidos que parecían mirar algo invisible allí en el vacío de aquella habitación y vi que sus labios temblaban con desesperación.
En su garganta roncaba ya la muerte con un profundo y lastimoso lamento.
Luego habló con acento de súplica debilitado por el dolor.
¿Has venido aquí movido por la bondad y la compasión?
Y si es verdad la compasión por los pecadores es un acto piadoso y si la compasión por los que se han extraviado es meritoria,
El cielo te recompensará.
Pero te ruego te alejes de aquí y vuelvas al lugar de donde vienes pues tu presencia en este sitio arrojará vergüenza sobre ti y tu compasión por mí te valdrá insultos y desprecio.
Vete antes de que alguien te vea en este cuarto manchado por los cerdos.
Camina con premura y tápate el rostro con tu capa para que ningún transeúnte pueda reconocerte.
La compasión que sientes no me devolverá mi pureza ni borrará mi pecado ni apartará la poderosa mano de la muerte que ya pesa sobre mí.
Mi maldad y mis culpas me han arrojado a estas negras profundidades.
Que tu compasión no te acarrees carnio,
Soy una leprosa que vive entre las tumbas.
No te acerques a mí para que la gente no te considere sucio y sea parte de ti.
Vuelve ahora a aquellos sagrados valles más no menciones mi nombre pues el pastor rechazará a la oveja enferma para que no se contagie su rebaño.
Y si algún día debes mencionarme,
Di que Marta,
Mujer del pueblo de Van,
Ha muerto,
No digas nada más.
Luego tomó las manecitas de su hijo y las besó tristemente.
Suspiró y volvió a hablar.
La gente mirará a mi hijo con desprecio y burla,
Diciendo que es un retoño del pecado.
Dirán que es el hijo de Marta,
La ramera,
El hijo de la vergüenza y del azar.
Dirán de él cosas peores pues la gente es ciega y no verá que su madre ha purificado su niñez con dolor y con lágrimas.
Y que le ha dado la vida con su tristeza y su infortunio.
Moriré,
Dejándolo huérfano entre los hijos de la calle,
Solo en su existencia sin piedad,
Con un terrible recuerdo como una única herencia.
Si es cobarde y débil,
Se avergonzará en este recuerdo.
Pero si es valeroso y justo,
Su sangre circulará con orgullo.
Si el cielo lo preserva y le da fuerzas para llegar a ser un hombre,
El cielo lo ayudará para luchar contra quienes le han hecho daño a él y a su madre.
Pero si muere y lo liberan del peso de los años,
Me encontrará en el más allá donde todo es luz y reposo,
Esperando su llegada.
Mi corazón me inspiró estas palabras.
No eres leprosa,
Marta,
Aunque hayas morado entre las tumbas.
No eres impura aunque la vida te haya colocado en las manos de los impuros.
La impureza de la carne no puede llegar al espíritu puro y los copos de nieve no pueden matar a las vivientes semillas.
¿Qué es la vida sino una era de tristezas donde las espigas de las almas se esparcen antes de dar fruto?
Tengamos piedad del trigo que no cae en la era,
Pues las hormigas de la tierra se lo llevarán y las aves del cielo se lo llevarán y ese trigo no entrará en los graneros del dueño del campo.
Eres víctima de la opresión,
Marta,
Y quien te ha oprimido nació en un palacio y es grande por su riqueza,
Pero de alma pequeño.
Eres perseguida y despreciada,
Pero más vale que una persona sea la oprimida y no la opresora,
Y es mejor ser víctima de los instintos humanos que ser poderoso para aplastar las flores de la vida y desfigurar las bellezas del sentimiento con los malos deseos.
El alma es un eslabón en la cadena divina.
El calor de la vida puede torcer este eslabón y destruir la belleza de su redondez,
Pero no puede transformar su oro en otro metal,
Antes bien,
El calor puede hacer que el precioso metal brille más.
Pero hay de aquel que sea débil y que permita que el fuego lo consuma y lo convierta en cenizas para que los vientos las esparcen sobre la faz del desierto.
Sí,
Marta,
Eres una flor aplastada por la plata del animal que se oculta en el ser humano.
Pesados pies han pasado sobre ti y te han abatido,
Pero no han aniquilado esa fragancia que sube con el lamento de las viudas y el lloro de los orófonos y el suspiro de los pobres hacia el cielo,
Fuente de la justicia y de la misericordia.
Que te sirva de consuelo,
Marta,
Saber que eres la flor aplastada y no el pie que la ha aplastado.
Marta me había escuchado atentamente y en su rostro brillaba un poco de consuelo,
Como las nubes cuando las iluminan los suaves rayos del sol poniente.
Me invitó a sentarme al lado de ella,
Así lo hice,
Tratando de leer en sus elocuentes facciones las ocultas sombras de su triste espíritu.
Tenía la mirada de los que saben que están a punto de morir.
Era la mirada de una muchacha aún en la primavera de la vida,
Que siente los pasos de la muerte aproximándose a su lecho.
La mirada de una mujer olvidada,
Que hacía poco cantaba por los hermosos valles del Líbano,
Llena de vida y energía,
Y que en aquel momento exhausta sólo esperaba la liberación de los lazos de la existencia.
Tras un silencio conmovido,
Aquella mujer reunió sus últimas fuerzas y empezó a hablar,
Y sus lágrimas dieron un significado más profundo a sus palabras,
Pues parecía poner el alma en cada débil sollozo y me dijo,
«Sí,
Soy una mujer oprimida,
Soy la presa del animal que vive en el hombre,
La flor pisoteada.
Yo estaba sentada al borde del arroyo cuando él pasó a caballo».
Me habló amablemente y dijo que era yo hermosa,
Que me amaba y que nunca me olvidaría.
También dijo que los grandes espacios eran sitios desolados y que los valles eran la morada de las aves y de los chacales.
Me tomó en sus brazos,
Me atrajo hacia su pecho y me besó.
Hasta entonces no conocía yo el sabor de los besos,
Pues era yo una huérfana desamparada.
Me subió a la grupa de su caballo y me llevó a una hermosa casa solitaria.
Allí me dio vestidos de seda y perfume y ricos manjares.
Todo esto lo hizo sonriendo,
Pero detrás de sus palabras dulces y de sus ademanes amorosos ocultaba su lujuria y sus deseos animales.
Y cuando estuvo satisfecho con mi cuerpo y con la humillación de mi espíritu,
Se fue,
Dejándome una viva llama que fue creciendo suavemente.
Luego caí en esta oscuridad fuente de dolor y amargas lágrimas.
Así la vida se dividió para mí en dos partes,
Una débil y desamparada y la otra más pequeña que lloraba en los silencios de la noche,
Buscando volver al gran vacío.
En aquella casa solitaria mi opresor nos dejó a mí y a mi niño de brazos,
Entregados a las crueldades del hambre,
Del frío y de la soledad.
No teníamos más compañero que el miedo ni más consuelo que el llanto.
Los amigos de aquel hombre acudieron a verme y se dieron cuenta de mis necesidades y de mi debilidad.
Acudieron uno tras otro,
Con la intención de comprarme con riquezas y de darme pan a cambio de mi honor.
Muchas veces estuve a punto de liberar a mi espíritu con mi propia mano,
Pero no lo hice,
Porque mi vida ya no me pertenecía a mí sola.
Era también de mi hijo,
Que el cielo había apartado de su reino,
Así como la vida me había apartado y hundido en las profundidades del abismo.
Y ahora está cercano el momento en que mi novio,
El espíritu de la muerte,
Vendrá por mí tras larga ausencia para llevarme a su blando lecho.
Después de un profundo silencio,
Que fue como la presencia de invisibles espíritus,
Alzó la mirada hacia mí,
Una mirada en la que ya se observaban las sombras de la muerte,
Y con dulce voz continuó.
Oh justicia,
Que estás oculta tras estas imágenes aterradoras.
Tú,
Y solo tú,
Puedes oír el lamento de mi espíritu que se va y el clamor de mi corazón abandonado.
A ti solo te pido que tengas piedad de mí,
Para que con tu mano derecha protejas a mi hijo y con la izquierda recibas mi espíritu.
Sus fuerzas menguaron y su respiración se hizo más débil.
Miró a su hijo con dolorosa y tierna mirada,
Y luego bajó los ojos lentamente y con voz que casi era un silencio,
Empezó a recitar.
Padre nuestro que estás en los cielos.
Dejó de oírse su voz,
Pero sus labios siguieron moviéndose un rato.
Luego,
Todo movimiento abandonó a su cuerpo.
Recorrió un estremecimiento a aquella mujer.
Suspiró por última vez,
Y su rostro se volvió intensamente pálido.
El espíritu abandonó el cuerpo y los ojos siguieron mirándolo invisible.
Al llegar el alba,
El cuerpo de Marta fue puesto en un ataúd de madera y llevado en hombros por dos personas de condición humilde.
La enterramos en un campo desierto muy lejos de la ciudad,
Pues los sacerdotes no quisieron orar sobre aquellos restos,
Ni permitieron que los huesos de Marta reposaran en el cementerio donde las cruces son centinelas de las tumbas.
No hubo más dolientes que acompañaran el cadáver hasta aquella alejada fosa que el hijo de Marta y otro muchacho,
Al que las adversidades de la existencia le habían enseñado a ser compasivo.
El polvo de las edades.
Y el fuego eterno.
Otoño del año 116 a.
C.
Era una noche silenciosa y todo ser viviente dormía en la ciudad del sol.
Las lámparas de las casas esparcidas alrededor de los grandes templos,
Entre olivos y laureles,
Se habían apagado hacía mucho.
La luna se alzaba en el horizonte bañado con sus rayos la blancura de las altas columnas de mármol que se erguían como gigantescos centinelas en la noche tranquila,
Custodiando los santuarios de los dioses.
Estos centinelas parecían mirar asombrados y temerosos hacia los picos de Líbano que más allá se alzan majestuosos en las distantes alturas.
En aquella hora mágica que transcurría entre los espíritus de quienes dormían y los sueños del infinito,
Natán,
Hijo del gran sacerdote,
Entró en el templo de Astarté.
Llevaba en la mano temblorosa una antorcha con la que encendió la lámpara y los incensarios.
Se alzó.
En el aire el dulce olor del incienso y de la mirra y la imagen de la diosa estaba adornada con un delicado velo como el velo del deseo y la ansiedad que envuelve el corazón humano.
Natán se postró ante el altar recubierto de marfil y oro,
Alzó las manos en ademán de súplica y dirigió los ojos llenos de lágrimas hacia el cielo.
Con voz ahogada por el dolor y rota por lastimeros hoyozos exclamó,
¡Piedad,
Oh gran Astarté!
¡Piedad,
Oh diosa del amor y de la belleza!
Ten piedad de mí y aparta la mano de la muerte de mi amada,
A la que mi alma ha escogido para cumplir tu voluntad.
Las pociones y los polvos de los médicos no han surtido efecto y los conjuros de los sacerdotes y de los sabios han sido en vano.
Solo me queda recurrir a tu sagrado nombre para que me ayudes y me socorras.
Escucha mi plegaria,
Mira mi contrito corazón y la agonía de mi espíritu y permite que la que es parte de mi alma viva para que podamos regocijarnos en los secretos de tu amor y exultar en la belleza de la juventud que proclama tu gloria.
Desde las profundidades de mi ser clamo a ti,
Sagrada Astarté.
De la oscuridad de esta noche busco la protección de tu misericordia.
Escucha mi súplica,
Soy tu siervo Natán,
Hijo de Hiram el sacerdote,
Que ha dedicado su vida al servicio de tu altar.
Amo a una doncella a la que he escogido entre todas,
Pero los espíritus malignos han soplado en ella,
En su hermoso cuerpo,
El aliento de una extraña enfermedad.
Han enviado al mensajero de la muerte para que la conduzca a sus encantadas cuevas.
Este mensajero está ahora rugiendo como una bestia hambrienta cerca de su lecho,
Extendiendo sus negras alas sobre ella y extendiendo sus garras para arrancarla de mi lado.
Por eso he venido a suplicarte,
Ten piedad de mí y déjala vivir.
Es una flor que aún no ha vivido el verano de su existencia,
Un pajarillo cuyos trinos gozosos que saludan a la aurora se han interrumpido.
Sálvala de las garras de la muerte y te cantaremos alabanzas y quemaremos ofrendas para gloria de tu nombre.
Traeremos víctimas a tu altar y llenaremos tus vasos con vino y dulce aceite aromático y esparciremos en tu tabernáculo rosas y jazmines.
Ante tu imagen quemaremos incienso y agradable aloe.
Sálvala,
Oh diosa de los milagros y permite que el amor conquista la muerte,
Pues tú eres la reina del amor y de la muerte.
Natán dejó de hablar un momento,
Llorando y suspirando en su profundo dolor.
Luego continuó,
Ay de mí,
Sagrada astarte,
Mis sueños son pesadillas y el último aliento de mi vida se está aproximando.
Mi corazón está muriendo dentro de mí y mis ojos se llenan de ardientes lágrimas.
Sosténme con tu compasión y deja que mi amada permanezca conmigo.
En aquel momento,
Uno de los esclavos de Natán entró en el templo,
Se acercó lentamente a él y le susurró al oído.
Señor,
Ella ha abierto los ojos y te busca,
Pero no te ve.
He venido por ti,
Pues te llama constantemente.
Natán se levantó y salió del templo con un paso apresurado,
Seguido de cerca por su esclavo.
Al llegar a su palacio,
Entró en la habitación donde yacía la joven enferma y se detuvo a su cabecera.
Le tomó la delgada mano y se la besó muchas veces como si quisiera infundir nuevo aliento en aquel cuerpo enflaquecido.
Volvió ella el rostro que había estado oculto entre cojines de seda,
Lo miró y en los labios de la enferma apareció la sombra de una sonrisa,
Lo único vivo que había quedado de aquel hermoso cuerpo.
Era como el último rayo de luz de un espíritu que ya se desprendía,
Como el eco de un lamento en un corazón que sentía próximo el fin.
Habló y su aliento era como el tenueso yozo de un niño hambriento.
Los dioses me llaman,
Esposo de mi alma y la muerte ha llegado para separarme.
No sientas pesar,
Pues la voluntad de los dioses es sagrada y las demandas de la muerte son justas.
Me voy ahora,
Pero las copas gemelas del amor y de la juventud aún están llenas en nuestras manos y las sendas de la vida gozosa se extienden ante nosotros.
Me voy,
Amado mío,
A la región de los espíritus,
Pero volveré a este mundo.
Astarte,
Devuelva esta vida,
Las almas de los amantes que se van a lo infinito antes de probar las delicias del amor y las alegrías de la juventud.
Volveremos a encontrarnos,
Natán,
Y juntos beberemos el rocío de la mañana en las copas de los nartisos y nos regocijaremos al sol y con los pájaros de los campos.
Hasta pronto,
Amado mío.
La voz de la muchacha se convirtió en un susurro.
En sus labios empezaron a temblar como los pétalos de una flor con la brisa de la aurora.
Natán la abrazó,
Mojando su cuello con amargas lágrimas.
Al tocar los labios de Natán,
La boca de la muchacha la sintió fría como el hielo.
Lanzó el joven un terrible grito,
Rasgó sus vestiduras y se arrojó sobre aquel cuerpo muerto,
Mientras el espíritu de Natán en su agonía estaba suspendido entre el profundo mar de la vida y el abismo de la muerte.
En la calma de aquella noche temblaron los párpados de los que antes dormían,
Y las mujeres del barrio sollozaron y las almas de los niños sintieron miedo,
Pues la oscuridad y el silencio se llenaron de agudos lamentos,
Que se alzaron del palacio del sacerdote de Astarté.
Al llegar la mañana,
La gente buscó a Natán para consolarlo en su aflicción,
Pero no lo encontró.
Muchos días después,
Al llegar la caravana de oriente,
El guía relató que había visto Natán allá lejos,
En el desierto,
Vagando como un alma en pena entre las gacelas.
Pasaron los siglos y los pies del tiempo derrumbaron las obras de las edades.
Los antiguos dioses se ausentaron de la tierra y otros dioses los sustituyeron.
Eran dioses de furia,
Hábitos de ruinas y destrucción.
Arrasaron el hermoso templo de la Ciudad del Sol y destruyeron sus hermosos palacios.
Sus otros verdes jardines se sacaron y los fértiles campos se convirtieron en tierras desoladas.
En aquel valle solo quedaron ruinas,
Espectros del ayer que recordaban el débil eco de salmos cantados a las pasadas glorias.
Pero las edades,
Al pasar y barrer las obras del hombre,
No pueden destruir sus sueños ni debilitar sus más hondos sentimientos y emociones.
Los sentimientos y las emociones son perdurables como el espíritu inmortal.
Acaso se escondan a veces,
Pero solo se ocultan temporalmente,
Como el sol en el ocaso o como la luna cuando se acerca la mañana.
Primavera de 1890 El día estaba muriendo.
La luz se desvanecía mientras el sol recogía sus ropajes de las llanuras de Baalbek.
Ali al-Josuayn conducía a su rebaño hacia las ruinas del templo y se detuvo para sentarse en las caídas columnas.
Parecían las costillas de un soldado que se hubieran dejado allí hacía mucho tiempo,
Rotas en la batalla y desnudadas por los elementos.
Las ovejas se reunían en torno de él,
Paciendo y sintiéndose protegidas por las melodías de su flauta.
Llegó la medianoche y los cielos arrojaron las semillas del mañana en sus oscuras profundidades.
Los párpados de Ali se sintieron cansados de los espectros de la vigilia.
Su mente estuvo fatigada de las procesiones de seres imaginarios,
Marchando en el silencio profundo entre aquellos muros en ruinas.
Apoyó su cabeza en el brazo al sentir que el sueño se deslizaba por todo su cuerpo y suavemente cubría su insomnio con los pliegues de su velo,
Como una niebla ligera cuando toca la superficie de un calmado lago.
Olvidó así su ser terrestre y vio su ser espiritual,
Su ser oculto.
Se llenó de ensueños que trascienden las leyes y las enseñanzas de los hombres.
Apareció ante sus ojos una extraña visión y se le revelaron las cosas ocultas.
Su espíritu se desprendió de la procesión del tiempo que se apresura hacia la nada.
Se erguió solitario ante las cerradas filas de pensamientos y encontradas emociones.
Supo o intuyó por primera vez las causas del hambre espiritual que atormentaba a su juventud.
Era un hambre en la que se conjugaban todas las amarguras y todas las dulzuras de la existencia.
Era una sed que hacía surgir en un solo grito la ansiedad y la serenidad de la plenitud.
Era un anhelo que aún toda la gloria de este mundo no puede opacar y el curso de la vida no lo puede ocultar.
Por primera vez en su existencia,
Ali al-Juswaini sintió una extraña sensación ante las ruinas de aquel templo.
Fue una sensación sin forma,
El recuerdo de incienso saliendo de los incensarios.
Un sentimiento obsesivo que tocaba las fibras de su espíritu como los dedos del músico,
Las cuerdas de su laut y surgía aquella sensación del ámbito de la nada o acaso de sí mismo.
Fue creciendo la sensación hasta que abrazó todo su ser espiritual.
Sintió su alma invadida por un éxtasis parecido a la muerte,
En su oscuridad y en su dulzura,
Con un dolor grato en su amargura acariciador en su dureza.
Era algo que surgía de los vastos espacios de un minuto de duermevela.
Un minuto que dio nacimiento a las formas de todas las edades,
Así como todas las naciones nacen de una semilla.
Ali miró el templo en ruinas y su fatiga dio lugar a un despertar del espíritu.
Percibió claramente en su forma original las ruinas del altar y los lugares de las columnas caídas y las bases de los muros derribados.
Sus ojos se deslumbraron y su corazón latió con fuerza,
Como si un ciego recobrara la vista,
De pronto y empezó a ver y reflexionó.
Y de aquel caos de pensamientos confusos mezclado con la reflexión nacieron los fantasmas del recuerdo y lo recordó todo.
Recordó aquellos pilares cuando se erguían majestuosos y orgullosos,
Recordó las lámparas de plata y los incensiarios rodeando la imagen de una diosa reverenciada.
Recordó a los venerables sacerdotes llevando sus ofrendas ante el altar recubierto de marfil y oro.
Recordó a las doncellas cantando alabanzas a la diosa del amor y de la belleza.
Recordó todo aquello con certera claridad.
Sintió que las figuras de las cosas dormidas cobraban vida,
En los silencios de su profundo ser.
Pero el recuerdo solo le trajo formas confusas,
Y el recuerdo solo nos trae los ecos de las voces que una vez oímos.
Era más que un recuerdo.
¿Cuál era el lazo de unión que juntaba esos recuerdos de una vida pasada?
¿De un joven criado entre las tiendas que había vivido la primavera de su existencia cuidando de su rebaño en los valles salvajes?
Alí se levantó y caminó entre las ruinas y las piedras rotas.
Aquellos distantes recuerdos alzaron el velo del olvido en los ojos de su mente,
Como cuando una mujer aparta una telaraña de su espejo.
Así,
Pensando en estas cosas,
Llegó al centro mismo del templo como si una atracción mágica hubiera guiado sus pasos.
Y de pronto vio ante él una estatua rota que yacía en el suelo.
Involuntariamente se postró ante aquella imagen.
Los sentimientos religiosos fluían en el interior de él,
Como la sangre de una herida abierta.
Sus latidos eran como las olas del mar.
Al levantarse y caer,
Lanzó un suspiro,
Sintiéndose humilde y irreverente,
Y lloró Alí,
Pues sintió una desoladora pena,
Una soledad inmensa y una distancia aniquiladora que separaban a su espíritu de aquel espíritu de belleza que estaba a su lado antes de vivir su vida actual.
Sintió su esencia misma como parte de una llama que Dios había separado de sus herantes del principio de los tiempos.
Sintió el aleteo leve del alma en sus huesos presa de la fiebre,
Y en las silientes células de su cerebro sintió que un potente y sublime amor se apoderaba de su alma y de su corazón.
Un amor que revelaba al espíritu las cosas ocultas del espíritu,
Y que separaba con su poder a la mente de las regiones de las medidas y de la pesantez.
Un amor que oímos hablar cuando las lenguas de la vida están silentes,
Que contemplamos como un pilar erguido,
Como una columna de fuego,
Cuando la oscuridad oculta a todo ser y a toda cosa.
Este amor y este ser infinito habían descendido al espíritu de Alí,
Y habían despertado en él sentimientos amargos y dulces a la vez,
Así como el sol da a las flores hermosura,
Pero también espinas.
¿Qué es este amor?
¿De dónde viene?
¿Qué pide a un joven que reposa junto a su rebaño entre los templos en ruinas?
¿Qué es ese vino que fluye por las venas de aquel a quien dejaron indiferente las hermosas doncellas?
¿Qué significaba ese amor y de dónde provenía?
¿Qué quería Alí que sólo se ocupaba de sus ovejas y de tocar la flauta apartado de los hombres?
¿Acaso era algo sembrado en su corazón por las bellezas terrestres,
Sin que sus sentidos se hubieran dado cuenta?
¿O acaso era una brillante luz cubierta por el velo de la niebla y que empezaba a iluminar el vacío de su alma?
¿O acaso era un sueño que habla llegado en la quietud de la noche para burlarse de él?
¿O bien una verdad que había existido y existiera desde el principio hasta el fin de los tiempos?
Alí cerró los ojos llenos de lágrimas,
Extendió las manos como un mendigo en busca de piedad.
Sintió que su espíritu temblaba de ese temblor salieron sollozos que al mismo tiempo eran quejas y fuego de ansiedad.
Con voz casi inaudible como un tenue suspiro,
Alí preguntó ¿Quién eres tú?
Que estás tan cerca de mi corazón sin que te puedan ver mis ojos,
Separándome de mí mismo y uniendo mi presente a las distantes y olvidadas edades.
¿Eres una ninfa?
¿Un espíritu que llega desde el mundo de los inmortales para hablarme de la vanidad de la vida y de la fragilidad de la carne?
¿Acaso eres el espíritu de la reina de los genios que ha salido del seno de la tierra para esclavizar mis sentidos y convertirme en la risa de los jóvenes de mi tribu?
¿Quién eres tú?
¿Y qué es esta tentación que avanza sin obstáculos y destruye apoderándose de mi corazón?
¿Qué sentimientos son estos que me llenan de fuego y de luz?
¿Quién soy yo?
¿Y quién es este nuevo ser al que llamo yo?
¿Pero qué es extranjero para mí mismo?
¿Acaso la fuente de la vida que absorbo con las partículas del aire y yo mismo nos hemos convertido en un ángel que ve y oye todas las cosas secretas?
¿Acaso estoy ebrio con el aliento del demonio y estoy ciego a las cosas reales?
Ali permaneció callado largo rato.
Su emoción cobró fuerza y su espíritu pareció crecer.
Luego volvió a hablar y dijo.
Oh tú,
Que te revelas al espíritu y te acercas a él,
Oculto en la noche y distante.
Oh hermoso espíritu que vagas en los espacios de mis sueños.
Has despertado en mí sentimientos que dormían como semillas de flores ocultas bajo la nieve.
¿Y qué has pasado como una brisa,
Vehículo del aliento de los campos?
¿Has tocado mis sentidos hasta hacerlos entremecerse como las hojas de un árbol?
Deja que te vea,
Si acaso tienes cuerpo y sustancias.
Ordena al sueño que cierre mis párpados para que pueda verte en mi sueño si estás libre de las ataduras de la tierra.
Déjame tocarte,
Deja que oiga tu voz.
Aparta el velo que cubre todo mi ser y destruye la tela que oculta lo que hay en mí de divino.
Dame alas para que pueda volar en pos de ti hasta las regiones en que se reúnen los espíritus si eres un habitante de esas regiones.
Toca con tu magia mis párpados y te seguiré hasta los secretos lugares donde moran los buenos genios si eres una de las ninfas.
Coloca tu mano invisible en mi corazón y llévame,
Si tienes el poder de hacer que te sigan tus elegidos.
Así susurró Alí en los oídos de la oscuridad las palabras que surgían del eco de una melodía en las profundidades de su corazón.
Entre su visión y lo que le rodeaba flotaban los fantasmas de la noche como incienso que saliera de sus ardientes lágrimas y en las paredes del templo aparecieron mágicas pinturas coloreadas con los tonos del arco iris.
Así transcurrió una hora.
Sintió regocijo en medio de sus lágrimas y se alegró en medio de su pena.
Escuchó los latidos de su corazón y miró más allá de todas las cosas sensibles.
Como si las formas de esta vida se fueran borrando y en su lugar apareciera un maravilloso sueño lleno de belleza y de imponentes imágenes.
Como un profeta que mira los astros de los cielos buscando inspiración divina.
Alí esperó los próximos minutos.
Su respiración aenelante se convirtió en un calmado aliento y su espíritu pareció salir de él y vagar en torno de él.
Y luego retornar como si estuviera buscando entre aquellas ruinas el espíritu de un ser querido.
Despuntó la aurora y el silencio tembló al paso de la brisa.
Los vastos espacios sonrieron como aquel que duerme y ve en sueños la imagen del ser amado.
Surgieron pajarillos de las grietas,
De las ruinosas paredes y avanzaron entre los pilares cantando y llamándose y saludando la llegada del día.
Alí se puso en pie y se llevó la mano a la frente con fiebre.
Luego miró en torno de él como quien no sabe en dónde está.
Luego,
Como Adán al abrir los ojos con el aliento de Dios,
Miró ante él maravillado.
Se acercó a sus ovejas y las llamó.
Éstas se levantaron,
Se sacudieron y trotaron calmadamente detrás de él hacia los verdes pastizales.
Alí caminó al frente de su rebaño con los grandes ojos fijos en la serena atmósfera.
Sus sentidos interiores huyeron de la realidad para revelarle los secretos y las cosas ocultas de la existencia,
Para hacerle ver lo que había sucedido en las edades pasadas y lo que todavía tenía que ocurrir.
Y la visión fue como un relámpago que le hizo olvidarse de todo y volver a su angustia y a su vago anhelo.
Y encontró entre él mismo y el espíritu de su espíritu un velo como una pantalla entre el ojo y la luz.
Suspiró y pareció surgir una llama de su ardiente corazón.
Llegó el arroyo cuyos murmullos proclamaban los secretos de los campos y se sentó en su orilla,
Debajo de un sauce cuyas ramas se sumergían en el agua como si quisieran succionar la dulzura del líquido elemento.
Las ovejas pasían cerca de él y el rocío de la mañana resplandecía en la blancura de los bellocinos.
Al cabo de un minuto,
Alí volvió a sentir que se aceleraban los latidos de su corazón y volvió a sentir también la inquietud de su espíritu.
Como aquel que despierta los rayos del sol,
Volvió la mirada en torno de él y vio que una muchacha que llevaba un cántaro en el hombro surgía de entre los árboles.
Lentamente,
La joven caminaba hacia el arroyo.
Sus pies descalzos estaban húmedos de rocío y cuando se aproximó al borde del arroyo miró hacia la ribera opuesta y su mirada se encontró con la de Alí.
La joven lanzó un grito,
Dejó caer el cántaro al suelo y retrocedió unos pasos.
Era la actitud de quien vuelve a encontrar a alguien que se había extraviado.
Pasó un minuto,
Cuyos segundos fueron como lámparas que alumbraban el camino entre ambos corazones.
Se creó del silencio una extraña melodía que envolvió a ambos jóvenes en el eco de vagos recuerdos y que los llevó a otro sitio,
Rodeados de sombras y de figuras,
Muy lejos de aquel arroyo y de aquellos árboles.
Se miraron uno al otro con implorantes miradas y cada uno encontró favor en los ojos del otro y escuchó los suspiros del otro con los oídos del amor.
Se comunicaron en todas las lenguas del espíritu que cuando la plena comprensión y el pleno conocimiento estuvo en sus dos almas gemelas,
Alí cruzó el arroyo como guiado por un invisible poder.
Se acercó a la muchacha,
La abrazó y le besó los labios,
El cuello y los párpados.
La joven permaneció inmóvil en brazos de Alí,
Como si la dulzura de aquel abrazo le hubiera robado la voluntad y como si aquellas caricias tiernas le hubieran quitado toda su fuerza.
Se entregó a las caricias como la fragancia del jazmín a las corrientes de aire.
Apoyó la cabeza en el pecho de su amado como un ser lleno de fatiga y que al fin encuentra el reposo y suspiró profundamente con un suspiro que expresó el nacimiento de la dicha y de la calma en un corazón solitario y que expresó también el palpitar de la vida que había estado durmiendo y que en ese momento despertaba.
La joven alzó la cabeza y miró a los ojos de su amado con esa mirada que no necesita del lenguaje habitual de los hombres y que elige el silencio para expresar el amor.
Era el lenguaje del espíritu,
Era la mirada de quien no se conforma con el amor sea un alma prisionera en el cuerpo de las palabras.
Ambos amantes caminaron entre los auces y la individualidad de cada uno fue un lenguaje de dos individualidades fundidas en un solo ser y los oídos escucharon en silencio la inspiración del amor y los ojos contemplaron la gloria de la felicidad.
Las ovejas lo seguían mordisqueando las flores y las hierbas y los pajarillos surgían de todas partes acompañando los contrinos encantadores.
Al llegar los dos amantes al otro extremo del valle el sol ya había salido por completo extendiendo en las alturas un manto dorado.
Tomaron asiento en una roca que protegía con su sombra unas tímidas violetas.
La muchacha fijó la mirada en los negros ojos de Alí mientras la brisa jugaba con los cabellos del joven y era como si unos labios invisibles la estuvieran besando.
Sentía que unos dedos mágicos le acariciaban la lengua y los labios avasallando su voluntad.
Al cabo de un rato la muchacha habló y dijo con una dulzura que casi fue una herida en el alma de Alí.
Astarte ha hecho que nuestras almas regresen a esta vida amado mío para que las delicias del amor y la gloria de la juventud no nos sean extrañas.
Alí cerró los ojos porque la música de aquellas palabras cristalizaron las formas de un sueño que había tenido a menudo.
Sintió que invisibles alas lo transportaban lejos de aquel sitio hasta un recinto de extraña forma.
Allí se vio a sí mismo en pie al lado de un lecho en el que yacía el cuerpo de una hermosa mujer cuya belleza se había llevado la muerte al quitarle el calor de los labios.
Gritó angustiado al contemplar aquella horrible escena.
Luego abrió los ojos y vio a la doncella sentada al lado de él.
En aquellos labios había una sonrisa de amor y en aquella mirada fulguraban los rayos de la vida.
El rostro de Alí se iluminó,
Su espíritu se sintió reconfortado,
Huyeron las visiones aterradoras y se olvidó del pasado y del futuro.
Los amantes se abrazaron y bebieron el vino de dos besos hasta satisfacer su sed de amor.
Durmieron uno en brazos del otro hasta que las sombras se disiparon y hasta que el calor del sol los despertó.
Johanna el loco Durante el verano Johanna salía todas las mañanas a los campos,
Conduciendo sus bueyes y llevando al hombro el arado,
Mientras escuchaba los trinos de los pájaros y el murmullo del viento en las hojas de los árboles.
A mediodía se sentaba a orillas del danzante riachuelo que se abría paso entre los verdes prados y allí comía,
Dejando siempre los restos de su comida en la hierba para los pajarillos.
Por las tardes,
Al ocultarse el sol y llevarse la luz del día,
Volvía a su humilde morada en las colinas,
Desde donde podían verse las aldeas del norte del Líbano.
Allí se sentaba a la mesa en compañía de sus ancianos padres y escuchaba en silencio su conversación y sus comentarios sobre los acontecimientos diarios,
Y poco a poco se apoderaba de él un sueño reparador.
Durante el invierno se sentaba junto al fuego de la chimenea y escuchaba los suspiros del viento y el grito de los elementos,
Observando cómo una estación del año sucede a la otra.
Miraba desde su ventana los valles cubiertos con su manto de nieve y los árboles desprovistos de hojas,
Como una multitud de menesterosos abandonados al intenso frío y a los vientos huracanados.
En las largas noches invernales permanecía despierto mucho tiempo después de que sus padres se habían retirado a dormir,
Y abría un viejo arcón de madera del que sacaba el libro de los evangelios para leerlo en secreto al débil resplandor de una lámpara,
Y de cuando en cuando miraba en dirección de su padre dormido,
Que le había prohibido leer el santo libro.
La prohibición obedecía a que los sacerdotes no permitían a la gente sencilla e ignorante asomarse a los secretos de las enseñanzas de Jesús.
Y si leían el libro,
La iglesia los excomulgaba.
Así pasaba a Yohanna los días de su maravillosa juventud,
Entre aquellos campos de maravillosa belleza y el libro de Jesús lleno de luminosas enseñanzas y de valores espirituales.
Siempre que hablaba su padre,
Yohanna permanecía silencioso,
Escuchándolo con respeto.
A veces se sentaba entre sus compañeros jóvenes como él,
Y también permanecía silencioso,
Mirando por encima de ellos la línea en donde la luz crepuscular tocaba el azul del cielo.
Siempre que iba a la iglesia volvía de ella sintiendo tristeza,
Porque las enseñanzas que se impartían desde el púlpito y desde el altar no eran como las que él leía en los evangelios.
Además,
Yohanna observaba que la vida de los fieles y de los pastores espirituales no era la hermosa vida de la que había hablado Jesús el nazareno.
Volvió la primavera a los campos y a los prados,
Y la nieve se fundió.
En las cumbres de las montañas quedó todavía un poco de nieve,
Que después se derritió también y corrió por las laderas convertida en arroyo que serpenteaba por los bajos valles.
Pronto los riachuelos se juntaron hasta formar ríos más anchos,
Cuyos torrentes anunciaban a todos que la naturaleza había despertado de su sueño.
Los manzanos y los nogales florecieron,
Y los álamos y los auces adquirieron nuevas hojas.
En las alturas surgió la verde hierba y se abrieron las flores,
Y Yohanna se hastió de su existencia junto a la chimenea.
El ganado se inquietaba en el establo,
Ávido de verdes pastos,
Pues la provisión de paja y centeno ya casi se había acabado.
Así pues,
Yohanna liberó el ganado de su encierro y lo condujo a campo abierto.
Llevó su Biblia oculta bajo la capa,
Para que nadie la viera,
Y llegó al prado cercano al extremo del valle contiguo a los campos de un monasterio que alzaba su negra silueta como una torre entre las cuestas de las colinas.
Allí,
El ganado se dispersó a pastar.
Yohanna se sentó apoyando la espalda en una roca y contempló el valle en toda su belleza,
Mientras de tiempo en tiempo leía el libro que le hablaba del reino de los cielos.
Era un día de fines de cuaresma,
En que los aldeanos que se habían abstenido de comer carne esperaban con impaciencia la llegada de la pascua a Florida.
Pero Yohanna,
Como todos los campesinos pobres,
No sabía la diferencia que hay entre los días de ayuno y los días de abundancia.
Para él,
Toda la existencia era un largo día de ayuno.
Su alimento consistía de una hogaza de pan,
Amasada con el sudor de su frente y de fruta comprada con el producto de rudo trabajo.
Para él,
La abstención de la carne y de ricos manjares era algo natural,
Y el ayuno no le producía hambre corporal,
Sino espiritual,
Que comunicaba la tristeza del hijo del hombre y el término de la vida de Jesús en la tierra.
Los pajarillos revoloteaban en torno a Yohanna,
Llamándose unos a otros,
Y había bandadas de palomas que volaban sobre su cabeza,
Las flores se mecían suavemente al compás de la brisa,
Bañándose en los calurosos rayos del sol.
Yohanna leía,
Concentrado en su libro,
Y de tiempo en tiempo alzaba la cabeza reflexionando en lo que leía.
Veía las cúpulas de las iglesias de las aldeas esparcidas por el valle,
Y oía el tañer de las campanas.
Cerró los ojos y dejó que su espíritu se remontara a través de los siglos hasta la vieja Jerusalén,
Para seguir las huellas de Jesús por las calles,
Preguntando a los transeúntes por él.
Imaginó que le respondieron,
Aquí,
Él curó a los ciegos y a los paralíticos,
Allí,
Le hicieron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza.
En estas calles él detuvo su paso y habló a la gente en parábolas.
En ese sitio lo ataron a un pilar y le escupieron el rostro,
Y lo flagelaron.
En ese jardín le perdonó a la ramera sus pecados.
Allá,
Él cayó bajo el peso de la cruz.
Pasaron las horas,
Mientras Yohanna sufría con la agonía del cuerpo del hombre Dios,
Y se exaltaba con el espíritu.
Al levantarse,
Yohanna el sol estaba en el cénit,
Miró en torno a él y buscó a sus vacas por todas partes.
Perplejo ante su desaparición en aquellos pastizales planos,
Y al llegar al camino que se interna por los campos,
Como las líneas de la palma de la mano,
Vio a lo lejos a un hombre vestido de negro,
En pie,
En medio de los jardines.
Apresuró el paso para ir a su encuentro,
Y al acercarse,
Vio que era uno de los monjes del monasterio.
Yohanna inclinó la cabeza,
Saludó al monje y le preguntó si había visto a sus becerros en los jardines.
El monje,
Tratando de ocultar su cólera,
Miró intensamente a Yohanna y le contestó en tono áspero,
—¡Sí,
Los he visto!
¡Allá están!
¡Ven conmigo y los verás!
Yohanna siguió al monje.
Hasta que llegaron al monasterio,
Allí vio a sus becerros encerrados en un corral,
Atados con sogas y custodiados por otro monje.
Aquel monje llevaba en la mano una gruesa vara,
Con la que pegaba a las bestias cada vez que se movían.
Al intentar Yohanna entrar en el corral para llevarse a sus animales,
El monje lo asió de la capa,
Y volviendo la cabeza hacia la puerta del monasterio gritó,
—¡Aquí está el pastor culpable!
¡Lo he capturado!
Al oír aquel grito,
Los sacerdotes y los monjes acudieron,
Encabezados por el superior,
Que se distinguía de sus compañeros por su ropa de fina tela y sus facciones severas.
Rodearon a Yohanna como soldados que se disputaran el botín.
Yohanna se dirigió al superior y le dijo en tono amable,
—¿Qué he hecho para que me llaméis criminal?
¿Y por qué me habéis capturado?
El superior le contestó con voz ríspida,
—¡Has traído a pastar a ese ganado en tierras del monasterio y han echado a perder nuestras vides!
¡Nos hemos apoderado de los animales porque el pastor es responsable del daño que ocasiona el ganado!
El airado rostro del superior se hizo más severo conforme hablaba.
Yohanna respondió humilde,
—Padre,
Son criaturas sin inteligencia,
Y yo soy un pobre hombre que no posee sino las fuerzas de sus brazos y estas bestias.
Permítame que me las lleve,
Y le prometo no volver nunca por estos prados.
El padre superior dio un paso hacia delante,
Alzó la mano señalando hacia el cielo y dijo,
—Dios nos ha colocado en este sitio,
Y nos ha confiado la custodia de esta tierra,
Que fue la tierra de su elegido,
El profeta Elías.
Custodiamos esta tierra de día y de noche,
Pues es una tierra sagrada.
Los que se acerquen a ella serán consumidos por el fuego eterno.
Si te niegas a dar cuenta de tus actos ante el monasterio,
El pasto se convertirá en veneno en las entrañas de tus bestias.
No habrá escapatoria para ti,
Pues retenderemos las bestias en nuestro corral hasta que hayas pagado los daños.
Ya se marchaba el superior cuando Yohanna le detuvo y le dijo con voz suplicante,
—Le ruego,
Mi señor,
Por aquellos sagrados días en que Jesús sufrió por nosotros,
Y María lloró de dolor,
Que me deje irme con mis bestias.
No se ensañe conmigo.
Yo soy un hombre pobre y el monasterio es rico y poderoso.
Seguramente me perdonará mi tontería y tendrá piedad de mi padre.
El superior lo miró con burla y desprecio y le dijo,
—El monasterio no te perdonará,
Ni el valor de un solo grano.
Estúpido.
No importa que seas rico o pobre.
Y no eres nadie para conjurarme en nombres de las cosas sagradas,
Pues solo nosotros sabemos los secretos de los sagrados misterios.
Para poder llevarte tus animales,
Tendrás que pagar tres denarios por el daño que han causado.
—Padre —dijo Yohanna con voz temblorosa—,
No tengo nada,
Ni una moneda de cobre.
Tenga compasión de mí y de mi pobreza.
El superior se acarició la túpida barba y dijo,
—En ese caso,
Márchate y vende parte de tus tierras y vuelve con los tres denarios.
No es mejor para ti entrar en el reino de los cielos aunque no poseas ni un pedazo de tierra,
Que atraerte la ira de Elías con tus testarudos argumentos ante su altar,
E ir al infierno donde todo es fuego eterno.
Yohanna permaneció callada un rato.
Luego,
Sus ojos se iluminaron y en sus facciones se advirtió una gran alegría.
Su actitud cambió,
De súplica a la actitud de fuerza y resolución.
Cuando volvió a hablar,
En su voz había el conocimiento y la determinación de la juventud.
Deben los pobres vender la tierra con la que ganan el pan diario,
Para llenar más los cofres del monasterio donde abundan el oro y la plata?
¿Acaso los pobres deben ser más pobres y morir de hambre para que el gran Elías perdone los pecados de unas bestias hambrientas?
El superior alzó la cabeza con soberbia y replicó,
—Jesús el Cristo dijo,
A todo aquel que tenga se le dará más,
En abundancia,
Pero a aquel que nada tenga se le quitará hasta lo poco que tenga.
Al oír Yohanna estas palabras sintió que su corazón latía más apresa.
Sintió que su espíritu ganaba estatura.
Era como si la tierra estuviera creciendo a sus pies.
Sacó de su bolsillo su Biblia como el guerrero que desenfunda su espada para defenderse,
Y exclamó.
Así os burláis de las enseñanzas de este libro,
Hipócritas,
Y usáis lo más sagrado para difundir el mal.
Pobres de vosotros,
Cuando el Hijo del Hombre venga por segunda vez y convierte en ruinas vuestros monasterios,
Esparza sus pies tras el valle y queme con fuego vuestros altares y vuestras imágenes.
Caiga sobre vosotros la inocente sangre de Jesús y las lágrimas de su madre,
Que os llevarán a la profundidad del abismo.
Ay de vosotros,
Que adoráis los ídolos de vuestra codicia y que ocultáis en vuestros negros hábitos la negrura mayor de vuestras acciones.
Ay de vosotros,
Que movéis los labios recitando plegarias,
Mientras vuestros corazones son duros como la roca,
Que os inclináis humildemente ante los altares,
Pero que en vuestras almas os rebeláis contra Dios.
En vuestra dureza de corazón me habéis traído a este sitio como un transgresor que ha tomado un poco de pasto de la tierra que el sol ha nutrido para todos nosotros.
Cuando os ruego en nombre de Jesús y de los días de su pasión,
Os burláis de mí como de alguien que no sabe lo que dice.
Tomad este libro y leedlo y mostradme cuándo Jesús no perdonó.
Leed esta divina tragedia y decidme cuándo habló Jesús sin misericordia y sin compasión.
¿Fue en el sermón de la montaña o en sus enseñanzas en el templo ante los persiguidores de la ramera?
¿O en el Gólgota,
Cuando abrió los brazos en la cruz para abrazar a toda la humanidad?
Mirad hacia abajo.
Todos vosotros,
Los duros de corazón y contemplad estas pobres aldeas en cuyas moradas los enfermos agonizan en lechos de dolor.
Mirad esas prisiones en que los desventurados ven pasar los días con desesperación.
Observad esas ricas puertas a las que acuden los mendigos.
Ved esos caminos en los que duerme el forastero pobre y ved en esos cementerios cómo lloran la viuda y el huérfano.
En cambio,
Vosotros vivís aquí en la ociosidad y en la molicie,
Gozando del fruto de la tierra y de las uvas de la viña.
Nunca visitáis a los enfermos ni a los presos.
Jamás ofrecéis alimento a quien tiene hambre ni dais refugio al forastero ni consoláis a los que sufren.
Y no os contentéis con lo que tenéis y habéis robado a nuestros antepasados.
Extendéis las manos como la serpiente venenosa extiende la cabeza para robar a la viuda el trabajo de sus manos y al campesino sus ahorros para la ancianidad.
Yohanna dejó de hablar para tomar aliento y luego prosiguió,
Con la cabeza erguida orgullosamente,
Pero dijo en tono sereno.
Vosotros sois muchos y estoy solo.
Haced conmigo lo que gustéis.
La oveja puede ser presa de los lobos en la oscuridad de la noche,
Pero su sangre manchará las piedras del valle hasta que llegue la aurora y salga el sol.
Así habló Yohanna y en su voz había una fuerza de inspiración,
Una fuerza que mantenía inmóviles a los monjes y les causaba creciente ira.
Los monjes temblaron de rabia y rechinaron los dientes como leones hambrientos,
Esperando una señal del jefe para caer sobre el joven y destrozarlo.
Permanecieron callados hasta que Yohanna dejó de hablar y quedó en silencio como la calma después de una tempestad que ha destrozado las ramas más altas de los árboles y las más fuertes plantas.
Luego el superior gritó lleno de ira.
Apodérense de ese miserable pecador,
Quítenle el libro y yúndanlo en la oscura celda.
Los que maldicen a los elegidos de Dios no tendrán perdón ni aquí ni en el otro mundo.
Los monjes se abalanzaron sobre Yohanna como león sobre su presa.
Le ataron los brazos y se lo llevaron a una pequeña celda y antes de echar cerrojo a la puerta magullaron su cuerpo con golpes y puntapiés.
Y en aquel oscuro sitio yació Yohanna,
El vencedor a quien una ingrata fortuna había hecho cautivo de sus enemigos.
Por una estrecha hendidura de la pared miró el valle que reposaba a la luz del sol.
Su rostro se iluminó y su espíritu sintió el abrazo de una resignación divina.
Se apoderó de él una dulce tranquilidad.
La reducida celda mantenía en prisión su cuerpo pero su espíritu se sentía libre y vagaba con la brisa entre los prados y las ruinas.
Las manos de los monjes habían lastimado sus miembros pero no habían tocado sus más profundos sentimientos y en ellos sentíase en paz y seguro en compañía de Jesús de Nazaret.
La persecución no hace daño al justo ni la opresión destruye a quien esté del lado de la verdad.
Sócrates bebió la cicuta sonriendo.
Pablo se reucijó cuando lo apedrearon.
Sólo nos daña oponernos a la oculta conciencia pues cuando la traicionamos nos hiere.
Los padres de Yohanna se enteraron de lo que había ocurrido a su único hijo.
La madre acudió al monasterio caminando con ayuda del bastón y se arrojó a los pies del padre superior.
Lloró y le besó las manos e imploró perdón para su hijo y su ignorancia.
El padre prior alzó los ojos al cielo como quien está más allá de las cosas de este mundo y le dijo a la mujer.
Podemos perdonar el atolondramiento de tu hijo y ser tolerantes con su tontería pero el monasterio tiene derechos sagrados que deben respetarse.
Nosotros en nuestra humildad perdonamos a los ofensores de los hombres pero el gran Elías no perdona a quienes profanan sus viñedos y a los que llevan a pastar las bestias en su sagrada tierra.
La madre miró al monje mientras le corrían amargas lágrimas por las arrugadas mejillas.
Luego se quitó del cuello un collar de plata y poniéndolo en la mano del monje le dijo.
Padre,
Lo único que tengo es este collar que mi madre me regaló el día de mi boda.
Espero que el monasterio lo acepte como pago de la culpa de mi único hijo.
El padre superior tomó el collar y lo guardó en su bolsillo.
Y mientras aquella madre le besaba las manos con gratitud le dijo.
Ay,
De esta generación que ha interpretado al revés los versículos del libro sagrado y que ha comido uvas amargas,
Ve en paz buena mujer y ruega al cielo que cure a tu hijo y le devuelva la razón.
Yohanna salió de la prisión y caminó lentamente conduciendo su ganado.
A su lado iba su madre apoyada en un bastón y doblada bajo el peso de los años.
Cuando llegaron a la cabaña el muchacho encerró a las bestias en el establo y se sentó en la ventana en silencio contemplando la luz del ocaso.
Al poco rato oyó que su padre le susurraba al oído a su madre.
Sara,
Muchas veces te he dicho que nuestro hijo era débil de cabeza pero nunca estuviste de acuerdo conmigo.
Ahora no me contradigas porque sus actos han dado razón a mis palabras.
Lo que te dijo ahora el padre superior te lo he estado diciendo desde hace años.
Yohanna se quedó inmóvil mirando hacia el oeste donde los rayos del sol poniente coloreaban las densas masas de nubes.
Era el tiempo de la pascua florida y a los días de ayuno sucedieron los días de regocijo.
Se había terminado el nuevo templo que se alzaba sobre las casas de Becharrí como el palacio de un príncipe en medio de las humildes moradas de sus súbditos.
La gente estaba reunida y esperaba la llegada del obispo que iría a consagrar el santuario y los altares y cuando ya se acercaba la hora de la llegada del prelado la gente salió de la aldea en procesión y el dignatario entró con ellos en la aldea en medio de cantos de alabanza de los campesinos y de cánticos solemnes de los sacerdotes entre música de címbalos y tañer de campanas.
Al apearse el obispo de su caballo que llevaba una hermosa silla híbrida de plata salieron a recibirlo los religiosos y los notables de la aldea que le dieron la bienvenida con solemnes palabras y cantos litúrgicos.
Al llegar el obispo a la nueva iglesia lo revistieron con ropas talares bordadas de oro y le pusieron una corona incrustada de piedras preciosas luego le dieron el báculo finamente tallado y lleno de gemas.
Recorrió toda la iglesia cantando en compañía de los demás sacerdotes mientras en el aire ascendían volutas de rico incienso perfumado y ardían muchas velas encendidas.
En aquella hora Yohanna estaba entre los pastores y campesinos en un estrado observando el espectáculo con mirada triste suspiraba amargamente al ver por un lado ropas de seda y vasos de oro incensarios y costosas lámparas de plata y por otro lado veía a los campesinos vestidos pobremente que habían acudido de sus pequeñas aldeas a regocijarse con el festival y con la ceremonia de la consagración.
Por un lado veía los poderosos vestidos de terciopelo y raso,
Por el otro los miserables iban cubiertos de lastimosos harapos.
La riqueza y el poder daban lustre a la religión con los cantos litúrgicos y los pobres humildes y debilitados se regocijaban con los misterios de la resurrección.
Las plegarias y los susurros que surgían de los corazones rotos flotaban en el éter.
Por un lado los líderes y los notables estaban llenos de vida como los cipreses lozanos,
Por otro lado allí estaban los campesinos,
Los que se someten cuya existencia es un barco capitaneado por la muerte.
Aquellos cuyo timón está roto por las olas y cuyas velas desgarra el viento.
La gente pobre que se debate entre la angustia del abismo y el terror de la tormenta.
Por un lado la tiranía opresora,
Por otro la ciega obediencia.
¿Acaso son parientes una y otra?
¿Acaso es la tiranía un árbol fuerte que sólo crece en tierras bajas?
¿No es acaso la sumisión un campo abandonado en el que sólo crecen espinas?
Estas tristas reflexiones y estos pensamientos torturantes ocupaban el ánimo de Yohanna.
Se golpeaba el pecho y se llevaba las manos a la garganta temiendo ahogarse,
Como si su aliento quisiera escapársele del pecho.
Y así permaneció hasta que terminó la ceremonia de la consagración cuando la gente empezó a dispersarse.
Yohanna empezó a sentir que un espíritu que flotaba en el aire lo instaba a levantarse y hablar en su nombre.
En medio de la muchedumbre un poder desconocido lo impulsaba a predicar ante el cielo y la tierra.
Fue Yohanna al extremo de la plataforma y alzando la mirada hizo con la mano una señal hacia los cielos.
Con voz potente que llamó la atención de los circunstantes gritó ¡Mira!
¡Oh Jesús!
Hombre de Nazaret que está sentado en el círculo de luz en las alturas.
¡Mira!
Desde la cúpula azul de los cielos esta tierra cuyos elementos tú llevaste como túnica.
¡Míranos!
Fiel campesino.
Pues las espinas han matado las flores cuyas semillas hiciste germinar con el sudor de tu frente.
¡Mira!
¡Oh buen pastor!
Pues el débil cordero que llevaste en el hombro han sido despedazado por bestias salvajes.
Tu sangre inocente se desperdicia en la tierra y tus ardientes lágrimas se han secado en los corazones de los hombres.
La tibieza de tu aliento se ha esparcido en los vientos del desierto.
Este campo hollado por tus pies ha convertido en un campo de batalla donde los pies de los poderosos aplastan las costillas de los desposeídos.
Donde la mano del opresor ahoga el espíritu del débil.
Los perseguidos gritan en la oscuridad y quienes se sientan en los tronos en tu nombre no oyen tales gritos tampoco oyen los llantos de los afligidos quienes predican tus palabras desde los púlpitos.
El cordero que tú enviaste como mensajero del Señor de la vida se ha vuelto una bestia de rapiña que hace pedazos al cordero que tú llevaste en brazos.
El mundo de la vida que tú trajiste desde el corazón de Dios está oculto en las páginas de los libros y en vez de la vida hay un clamor de miedo y miseria en todos los corazones.
Esta gente,
Oh Jesús,
Ha erigido templos y tabernáculos a la gloria de tu nombre y los ha adornado con preciosas sedas y oro fundido.
Para ello han dejado desnudos a los pobres tus elegidos en las frías calles.
Sin embargo los sacerdotes queman incienso y encienden velas.
Les han robado el pan a los que creen en tu divinidad y mientras el aire forma eco a sus salmos y a sus himnos los sacerdotes no oyen el clamor del huérfano ni las lamentaciones de la viuda.
Por tanto ven por segunda vez,
Oh Jesús,
Y arroja del templo a los que comercian con la religión pues han hecho de ella un asqueroso nido de víboras lleno de veneno.
Ven y amonesta a estos césares que han robado a los pobres lo que es de Dios.
Contempla la viña que plantó tu mano derecha.
Los gusanos han devorado sus tiernas ramas y sus uvas son pisoteadas sin provecho alguno.
Considera a todos aquellos a quienes trajiste la paz y ve cómo están divididos y cómo pelean entre sí las víctimas de sus guerras somos las almas turbadas y los corazones oprimidos.
En los días de fiesta y en las celebraciones religiosas los sacerdotes alzan la voz deseando gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra y alegría a todos los hombres.
Es tu Padre celestial glorificado cuando labios corruptos y lenguas mentirosas pronuncian su nombre.
Hay paz en la tierra cuando los hijos del sufrimiento aran los campos y ven que sus fuerzas se van debilitando la luz del sol para llenar las bocas de los poderosos y las entrañas de los tiranos.
Hay alegría cuando los desposeídos consideran la muerte como liberación.
¿Qué es la paz,
Dulce Jesús?
¿Es eso que está en los ojos de los niños hambrientos y en los pechos de hambrientas madres que viven en moradas frías y oscuras?
¿Es lo que está en los cuerpos de los menesterosos que duermen en lechos de piedra soñando con alimentos que nunca les llegan,
Pues los sacerdotes los arrojan a los cerdos?
¿Qué es la alegría,
Oh Jesús?
¿Existe alegría cuando un príncipe puede comprar la fuerza de los hombres y el honor de las mujeres por unas cuantas monedas de plata?
¿Puede existir la alegría en esos callados esclavos de cuerpo y alma?
¿Los ojos están deslumbrados con las joyas y los anillos y las ropas de seda de los sacerdotes?
¿Hay regocijo en los gritos de los oprimidos cuando los tiranos caen sobre ellos espada en mano y aplastan los cuerpos de sus mujeres y de sus hijos con los cascos de los caballos,
Haciendo que la tierra se embriague con la sangre de los pobres?
Extiende tu poderosa mano,
Oh Jesús,
Y sálvanos,
Pues la mano del opresor pesa sobre nosotros.
O envíanos a la muerte,
Que nos conduzca a la tumba,
Donde reposaremos en paz hasta segunda venida,
Protegidos por la sombra de tu cruz.
Porque en verdad nuestra vida es sólo el reino de la oscuridad cuyos habitantes son espíritus malignos y un valle donde las serpientes y los dragones pululan.
Nuestras vidas no son sino espadas que en la noche se ocultan en nuestros lechos y que en el día cuelgan sobre nuestras cabezas siempre que el amor a la existencia nos conduce a los campos.
Ten piedad de nosotros,
Oh Jesús,
De estas multitudes que se reúnen en tu nombre el día de la resurrección.
Ten compasión de nuestra debilidad y de nuestra humildad.
Así habló Yohanna mirando al cielo mientras la gente lo rodeaba.
Algunos aprobaron sus palabras y lo elogiaron,
Otros se enojaron y lo amonestaron.
Un campesino gritó,
Dice la verdad y nos habla poniendo de testigo al cielo,
Pues somos los oprimidos.
Otro comentó,
Este hombre es un poseído del demonio y nos habla con la lengua de un espíritu del mal.
Otro más dijo,
Nunca hemos oído tantas tonterías ni queremos escucharlas.
Y otro más susurró al oído de su vecino,
Al oír su voz sentí un temblor que estremeció mi corazón,
Pues este hombre habló con un extraño poder.
Y aquel vecino le contestó,
Así es,
Pero nuestros pastores religiosos saben más que nosotros de estas cosas,
Es un error dudar de ellos.
Y mientras los gritos surgían de todas partes y se convertían en un clamor como el de las olas del mar,
Que se dispersa y se pierde en el éter,
Apareció un sacerdote que se apoderó de Yohanna y lo entregó a la policía.
Lo condujeron a la residencia del gobernador y le hicieron preguntas a las que no contestó,
Recordando que Jesús había permanecido callado ante sus persiguidores.
Así pues,
Lo arrojaron en oscura cárcel y allí durmió aquella noche,
Yohanna,
Apoyando la cabeza en el muro de piedra.
Y a la mañana siguiente el padre de Yohanna se presentó ante el gobernador a dar testimonio de la locura de su hijo.
Señor,
Dijo el padre de Yohanna,
A menudo lo he oído balbucear en su soledad y hablar de cosas extrañas que no existen.
Noche tras noche he hablado en el silencio con palabras extrañas,
Llamando a las sombras con voz terrible como los hechiceros cuando formulan encantamientos.
Pregunta a los muchachos vecinos que son sus compañeros,
Pues ellos saben que la mente de mi hijo se sentía atraída por un mundo extraño.
Cuando estos muchachos le hablaban,
Él rara vez le respondía.
Y cuando hablaba,
Las palabras de mi hijo eran confusas y nada tenían que ver con su conversación.
Pregunten a su madre,
Pues ella más que nadie sabe que el alma de nuestro hijo ha perdido la razón.
Muchas veces lo ha visto mirar el horizonte con la mirada perdida y lo ha oído hablar con pasión de los árboles,
De los arroyos y de las flores,
Y de las estrellas con lenguaje infantil y confuso.
Pregunten a los monjes del monasterio con los que tuvo una querella el día de ayer,
Burlándose de las cosas santas y despreciando la santa vida que ellos llevan.
Mi hijo está loco,
Señor,
Pero es amable con su madre y conmigo,
Nos sostiene en nuestra ancianidad y provee a nuestras necesidades con el sudor de su frente.
Sé misericordioso con él y con nosotros y perdónale sus locuras en honor de sus padres.
Yohanna fue puesto en libertad y cundió por todas partes la historia de su locura.
Los jóvenes hablaban de él con burla,
Pero las doncellas lo miraban tristemente y decían,
Los cielos son responsables de las cosas extrañas de los hombres.
Así,
En este joven la belleza se une a la locura y la luz de sus bellos ojos está unida a la oscuridad de su alma enferma.
Entre las colinas y la pradera,
Cubierto con su vestido de plantas y flores,
Estaban Yohanna sentado cerca de sus becerros,
Que habían llegado a aquellos buenos pastizales,
Huyendo de la violencia y de la lucha de los hombres.
Yohanna miraba con los ojos enturbiados por las lágrimas las villas y caseríos esparcidos en las cuestas del valle y,
Exhalando un hondo suspiro,
Repetía a menudo estas palabras.
Vosotros sois muchos y yo estoy solo.
Decid lo que queráis de mí y haced conmigo lo que os plazca.
La oveja puede ser presa de los lobos en la oscuridad de la noche,
Pero su sangre manchará las piedras del valle hasta que llegue la aurora y vuelva a salir el sol.
Fin del audiolibro Ninfas del Valle.
Gracias
Conoce a tu maestro
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