19:15

Meditacuento: Abdulá, el Mendigo Ciego - Mil y Una Noches

by Alma Cuentos

rating.1a6a70b7
Puntuación
4.9
Group
Actividad
Meditación
Adecuado para
Todos
Reproducciones
211

En las páginas de Las Mil y Una Noches se esconden historias que han viajado por siglos, llevando consigo verdades que nunca envejecen. Una de ellas es la historia de Abdulá, el mendigo ciego, un relato profundo sobre la ambición, la humildad y la redención. En esta narración te invito a viajar por el Medio Oriente: sentirás el desierto, escucharás el paso de los camellos y entrarás en la mágica ciudad de Bagdad, donde Abdulá comparte con el califa el origen de su extraña petición: “Una limosna… pero solo si viene con una bofetada.” Acompáñame a descubrir un cuento que nos recuerda que no todos los tesoros brillan y que la verdadera riqueza se encuentra en la sabiduría de saber detenerse. Respira profundo, relájate y déjate guiar por esta historia que toca el alma.

Transcripción

Dicen que las historias que sobreviven al paso de los siglos lo hacen porque guardan en sus entrañas verdades que no envejecen.

Bienvenido querido viajero del alma a un nuevo relato en Almacuentos.

Soy Alexandra y te estaré guiando por extraordinarios senderos del Medio Oriente para que los recrees dentro de tu imaginación.

La historia que estás a punto de escuchar nació en las páginas de las mil y una noches.

Esa colección de relatos árabes,

Persas y orientales que a través de la voz de Cheresade han viajado de boca en boca y de generación en generación desde tiempos inmemoriales.

Entre palacios de mármol,

Caravanas interminables y mercados perfumados se tejen cuentos donde la astucia,

La fortuna y el destino se entrelazan,

Y donde los errores humanos se convierten en lecciones para toda la vida.

Hoy abrimos la puerta a uno de estos relatos,

La historia de Abdullá,

El mendigo ciego.

Antes de comenzar te invito a cerrar los ojos y dejarte llevar.

Imagina que el calor suave del amanecer acaricia tu piel.

Frente a ti el horizonte se tiñe de tonos dorados y anaranjados mientras el sol asciende sobre un mar de arena.

Sientes bajo tus pies la tibieza del desierto,

Y en la distancia una caravana de camellos descansa junto a un pequeño oasis,

Pastando entre palmeras que se mecen con la brisa.

A cada paso avanzas con ellos.

El sonido de las campanillas que cuelgan de los camellos se mezcla con el canto lejano de una ave solitaria.

El aire trae consigo el olor de la tierra seca y un eco antiguo,

Como si el desierto susurrara historias ancestrales.

Tras una larga travesía,

Las dunas comienzan a ceder su lugar a huertos y jardines.

A lo lejos aparecen murallas y minaretes que se elevan con gracia hacia el cielo.

Bien,

Has llegado a Bagdad,

Joya del califato,

Ciudad de sabios,

Comerciantes y poetas.

Ahora,

Toma una respiración profunda.

Siente como el aire viaja por tu cuerpo.

Toma otra respiración más lenta,

Dejando que tu mente se relaje y se abra a lo que viene.

Y una tercera respiración suave y profunda,

Permitiendo que el murmullo de la ciudad te envuelva.

Escucha,

Los mercados hierven de voces,

Los puestos rebosan especias,

Sedas y frutas,

Los niños corren entre los callejones estrechos y en una plaza amplia,

Bañada por la luz del atardecer,

Descubres a un hombre sentado en una esquina.

Tiene los ojos cubiertos por un paño y con voz clara y de algo que desconcierta a todos los que pasan.

Te acercas,

Porque sientes que estás a punto de escuchar una historia que no olvidarás,

Y así comienza la historia de Abdullah,

El mendigo ciego.

En una de las esquinas más transitadas de Bagdad,

Donde los mercaderes discutían el precio de las especias y los poetas recitaban versos en las plazas,

Había un hombre que llamaba la atención,

No por lo que decía,

Sino por cómo lo pedía.

Una limosna,

Pero sólo si viene con una bofetada.

Esa frase que repetía día tras día inquietaba a los transeúntes.

Algunos lo consideraban loco,

Otros sólo sentían lástima.

Tenía los ojos cubiertos por un paño,

La ropa raída y el alma,

Aparentemente,

Vacía.

Uno de esos días transitados por entre la multitud pasó el mismísimo califa de Bagdad.

Al oír aquella extraña petición,

Se detuvo.

¿Por qué exiges una bofetada a cambio de una limosna?

Preguntó el califa intrigado,

A lo que el hombre respondió.

No siempre he sido un mendigo,

En otro tiempo fui un hombre próspero,

Dueño de ochenta camellos de carga.

Mi nombre era Abdullah.

Así que con voz profunda y serena,

Abdullah comenzó a contarle al califa la siguiente historia.

Mi fortuna recorría los caminos del desierto,

Llevando mercancías de un extremo al otro del imperio.

Mi vida era cómoda y mi corazón confiado.

Pero un día,

En uno de los descansos de mi caravana,

Mientras me refugiaba bajo la sombra de un tamarindo,

Conocí a un derviche errante.

Aquel hombre,

De mirada tranquila y caminar pausado,

Compartió conmigo pan y agua.

Conversamos como dos viejos amigos,

Y fue en esa conversación que el derviche me habló de un tesoro escondido entre dos montañas.

Tan vasto,

Dijo,

Que ni ochenta camellos bastarían para cargarlo.

Me invitó al lugar del tesoro a cambio de la mitad de mis camellos.

Sin pensarlo mucho,

Acepté seguirlo.

Llegamos a un paso oculto entre las rocas,

Y allí,

Tras pronunciar unas palabras y encender un fuego con resinas y hojas secas,

La montaña se abrió ante nosotros como una puerta de piedra.

Detrás,

Un palacio lleno de riquezas,

Deslumbró mis ojos.

Cofres de jade,

Montones de oro,

Piedras preciosas de todos los colores.

Embriagado por la ambición,

Llené los sacos,

Uno a uno,

Hasta colmar cuarenta de mis camellos.

El derviche hizo lo mismo,

Aunque con menos urgencia.

Antes de marcharse,

Guardó en su túnica una pequeña caja de madera.

Después de la maravillosa travesía al interior de la montaña,

Regresamos a la luz del día,

Con los camellos cargados de riquezas.

Cada uno tomó sus cuarenta camellos,

Y nos despedimos.

El sol doraba el horizonte,

Y los animales resoplaban bajo el peso del tesoro.

Fue entonces cuando lo miré de reojo,

Y le dije.

Hermano mío,

Me parece que los míos no me bastan.

Cuarenta camellos no alcanzan para lo que tengo en mente.

Quizá podrías cederme diez de los tuyos.

Es solo diez.

El derviche,

De mirada pasiva y voz suave,

Me respondió.

Si diez más han de darte paz,

Los tendrás.

Pero recuerda,

Reparte con los necesitados,

Y no pongas tu corazón solo en el oro.

Yo asentí apresuradamente,

Sin escucharlo del todo.

Tomé los diez camellos,

Y partí unos pasos.

Pero no avancé mucho,

Antes de detenerme otra vez.

Tal vez,

Le dije.

Tal vez podrías prestarme veinte más.

Es difícil decidir qué llevar.

Hay tanto que vale la pena.

El derviche observó en silencio unos segundos,

Luego asintió nuevamente.

Veinte más.

Pero no olvides que quien no sabe cuándo detenerse,

Tropieza con su propia sombra.

Tomé los veinte y seguí.

Pero me invadió la ansiedad.

Y entonces,

Como si algo me ardiera adentro,

Volví una vez más.

Y sí,

Si te quedaras solo con uno o dos,

Yo podría ocupar el resto.

Ochenta camellos,

Al fin y al cabo,

No son nada para quien comparte un tesoro como éste,

¿verdad?

El derviche bajó la mirada.

Su voz fue apenas un susurro.

Todos los míos,

Si eso deseas.

No hay enojo en mí,

Ni apego.

Pero deseo sinceramente que encuentres paz con lo que tomas.

Y así,

Uno a uno,

Los ochenta camellos pasaron a mis manos.

Y no conforme con eso,

Mi mirada se posó entonces en la pequeña caja de madera que el derviche protegía junto a su pecho.

¿Qué llevas ahí?

Le pregunté,

Fingiendo desinterés mientras me acercaba.

El derviche apoyó una mano sobre la caja,

Como si quisiera asegurarse de que no saliera volando.

Un ungüento,

Dijo con suavidad.

Una pomada de conocimiento.

Si la aplicas en el ojo izquierdo,

Verás lo que está oculto bajo la tierra.

Cavernas secretas,

Metales preciosos,

Joyas que aún duermen bajo las montañas.

Pero si la pones en el ojo derecho,

Te quedarás ciego para siempre.

Es un don,

Pero uno que exige sabiduría.

Los ojos se me abrieron con asombro,

Como si el mismísimo sol me hubiese hablado.

Déjame verla.

Sólo quiero mirarla,

Le dije,

Aunque ya mi mano se adelantaba hacia la caja.

El derviche dudó,

Por primera vez,

Como si una sombra pasara por su rostro.

Luego,

Como si ya hubiese aceptado el destino,

Asintió.

Destapé la caja y encontré un pequeño frasco de cristal opaco,

Con un líquido espeso que brillaba como el néctar.

Lo abrí y,

Sin esperar más,

Le pedí al derviche que aplicara un poco en mi ojo izquierdo.

El ungüento tocó mi piel con un ardor suave y de inmediato la visión se transformó.

Bajo mis pies aparecieron túneles ocultos,

Cofres enterrados,

Vetas de oro que recorrían el suelo como raíces de luz.

Me llevé las manos a la cabeza,

Sin poder creer lo que veía.

—¡Es real!

—grité.

—¡Por los cielos,

Es real!

Pero el éxtasis duró poco.

Un pensamiento oscuro empezó a tomar forma dentro de mí.

—¿Y si el otro ojo también pudiera ver algo más?

—¿Y si el derviche miente?

—¿Y si me oculta un poder mayor aún?

—Te he advertido —dijo el derviche con la voz serena de quien sabe lo que va a suceder.

—El segundo ojo no debe tocar el ungüento,

Perderás la vista.

Pero yo ya no escuchaba.

La codicia me había vuelto sordo y la ambición ciego al consejo.

Y sin escuchar al derviche,

Me apliqué la pomada también en el ojo derecho.

La oscuridad fue inmediata.

Todo desapareció.

El mundo se cerró como una puerta detrás de mí.

—No todos están preparados para ver los tesoros del mundo —murmuró el derviche.

A veces,

El alma que hacía más de lo que necesita se ciega a sí misma.

El derviche no dijo más.

Reunió los ochenta camellos y prosiguió su camino.

Ciego y abandonado a causa de mis propias decisiones,

Erré por el desierto,

Hasta que unos mercaderes me recogieron y me trajeron a Bagdad.

Desde entonces,

Me siento en esta esquina,

Y a cada uno que me da una limosna,

Le pido también una bofetada.

Terminó su historia explicando.

—Porque así,

Señor califa,

No olvido lo que hice.

No olvido que fui ciego mucho antes de perder la vista.

El califa escuchó en silencio.

Sus ojos no mostraban juicio,

Sino compasión.

Así que tomó la decisión de ayudar a Abdullah.

No solo le ofreció comida y techo,

Le ofreció redención.

Desde ese día,

Por orden suya,

Abdullah fue llevado a una casa junto a los jardines del palacio.

Allí no le faltó comida,

Ni agua,

Ni afecto.

Se le permitió relatar su historia a quienes quisieran escucharla,

Para que el error de uno se convirtiera en enseñanza para muchos.

Porque no todos los tesoros brillan,

Algunos pesan,

Algunos ciegan.

Y Abdullah,

El mendigo ciego,

Terminó sus días no como un mendigo,

Sino como un sabio.

No por lo que poseía,

Sino por lo que fue capaz de perder y comprender.

Y así la vida de Abdullah nos muestra que la verdadera ceguera no siempre se encuentra en los ojos,

Sino en el corazón que no sabe detenerse.

En el alma que olvida cuando tiene suficiente.

Nos habla de la humildad que debemos conservar incluso cuando tenemos un gran talento o una gran fortuna.

Y de cómo el deseo desmedido puede arrebatarnos aquello que más valoramos.

También nos enseña que a veces las segundas oportunidades llegan no como un premio,

Sino como una oportunidad de redimirnos compartiéndolo aprendido.

Cuéntame qué te deja esta historia.

Te invito a que lo escribas en los comentarios.

Además,

Me encantaría que me sugieras otros cuentos que quisieras escuchar,

Narrados con la magia de almacuentos.

Guarda en tu corazón las palabras y las imágenes que visualizaste en tu mente de esta historia.

Sigue viajando por mundos lejanos y lecciones eternas.

Por ahora me despido,

Soy Alexandra y pronto nos volveremos a encontrar,

En la próxima historia que toque tu alma.

4.9 (14)

Reseñas Recientes

Miguel

August 27, 2025

Simplemente hermoso Gracias 🥰

© 2026 Alma Cuentos. All rights reserved. All copyright in this work remains with the original creator. No part of this material may be reproduced, distributed, or transmitted in any form or by any means, without the prior written permission of the copyright owner.

Trusted by 35 million people. It's free.

Insight Timer

Get the app

How can we help?

Sleep better
Reduce stress or anxiety
Meditation
Spirituality
Something else