
La Casa Donde El Tiempo Se Detiene: Duerme Profundamente
by MARIA NIETO
Esta historia para dormir está creada para ti si te vas a la cama agotado, pero tu mente se queda despierta repasando el día, pensando en el mañana y mirando el reloj con angustia. Acompañada por Amara, una chamana que une sabiduría ancestral y medicina energética, entrarás en una casa muy especial: la casa donde los relojes se detienen. A través de una visualización suave y detallada, irás reconociendo tus preocupaciones más profundas —“¿y si mañana no puedo con todo?”, “¿y si mi cuerpo empeora?”, “¿qué será de mis hijos cuando yo no esté?”— y las transformarás en calma, apoyándolas en el lugar más sabio que tienes: tu propio corazón. El símbolo del reloj se convierte aquí en un aliado para enseñarle a tu sistema nervioso que el tiempo puede esperar, pero tu descanso no.
Transcripción
En algún lugar del bosque de los susurros existe una casa que muy pocos han visto.
Es una casa pequeña de madera clara,
Con ventanas redondas y techo cubierto de hojas secas.
La llaman la casa donde los relojes se detienen.
Esta noche Amara te guía hasta ella.
El camino es estrecho pero amable.
La luna se filtra entre las ramas altas de los árboles,
Dibujando manchas de luz y sombra sobre el suelo.
Cada paso que das hace crujir suavemente las hojas secas,
Como si el bosque estuviera susurrando contigo.
El aire huele a tierra húmeda,
A madera antigua,
A algo familiar que no sabes nombrar pero que te hace sentir extrañamente en casa.
Amara camina delante de ti,
Descalza,
Con una linterna de luz dorada que no parece venir de ninguna vela ni de ninguna llama.
Es una luz suave,
Redonda,
Que no hiere los ojos.
De vez en cuando se gira y te mira con esos ojos que lo han visto casi todo,
Como para recordarte,
Estoy aquí contigo,
No tienes que hacerlo solo.
Ya casi estamos,
Murmura.
Hoy vamos a darle un descanso a tu mente y al tiempo.
Cuando por fin llegas,
Ves la casa.
Es más pequeña de lo que imaginabas,
Pero tiene algo acogedor,
Como esas casas que dibujabas de niña.
Paredes de madera clara,
Techo inclinado,
Cubierto de hojas secas perfectamente apoyadas,
Como si formaran una manta.
Las ventanas son redondas y parecen ojos que sonríen.
Por una de ellas se ve una luz tenue,
Cálida,
Que invita a entrar.
Amara se detiene frente a la puerta.
Es una puerta de madera que muestra marcas de muchos años,
Pequeñas grietas,
Vetas profundas.
Tiene un tirador de hierro oscuro,
Frío al tacto.
Esta será tu casa por un momento,
Te dice mientras abres la pequeña puerta que cruje.
Aquí el tiempo no manda,
Aquí tu cuerpo puede respirar sin prisa.
El crujido de la puerta suena largo,
Como si también él estuviera bostezando preparándose para dormir.
Entras.
Al principio tus ojos tardan un poco en acostumbrarse a la luz.
No es una luz fuerte,
Sino una mezcla de velas y de un resplandor dorado que no parece venir de ninguna parte concreta.
Es la luz exacta que tiene un lugar en el que nada urgente está ocurriendo.
Dentro,
Hay relojes por todas partes.
En las paredes cuelgan relojes antiguos de madera tallada,
Con números grandes y agujas elegantes.
Sobre una mesa hay pequeños relojes de bolsillo,
Algunos abiertos,
Otros cerrados,
Con cadenas que caen como serpientes de plata.
En unas estanterías ves relojes de arena de distintos tamaños y colores.
La arena se ha quedado suspendida a mitad de camino.
En un rincón,
Relojes modernos,
Digitales,
Con pantallas apagadas.
Incluso hay péndulos colgando del techo,
Inmóviles,
Detenidos justo en el centro de su movimiento.
Pero todos,
Absolutamente todos,
Están en silencio.
No hay tic-tac,
No hay segundero,
No hay cuenta atrás.
Las agujas están quietas,
La arena suspendida,
Los péndulos detenidos a mitad de camino.
Es como si alguien hubiese dado la orden de que en esta casa,
El tiempo simplemente se detuviera a descansar.
«Quiero que mires a tu alrededor»,
Dice Amara suavemente.
Cada reloj representa una preocupación que te visita cuando intentas dormir.
Respiras hondo.
Sientes el peso de esas palabras.
Sabes que,
En cuanto cierras los ojos por la noche,
Aparecen frases,
Imágenes,
Miedos,
Listas de tareas.
¿Sabes lo que es mirar el reloj y pensar?
«Otra vez tarde.
Y mañana no voy a poder con todo».
Te acercas al primero.
Es un reloj de pared redondo con marco de madera oscura.
En lugar de números,
Alrededor de la esfera lees despacio.
«¿Y si mañana no puedo con todo?
» La frase no te sorprende.
Lo has pensado tantas veces que casi forma parte de tu respiración.
Vas al segundo.
Es un reloj de bolsillo,
Pequeño,
Con una tapa metálica grabada con flores diminutas.
Lo abres con cuidado.
Dentro,
En la esfera blanquecina,
Está escrito «Mi cuerpo ya no es el mismo».
¿Y si empeora?
Notas una sensación conocida en el pecho,
Una mezcla de nostalgia,
Miedo y tristeza.
Esa preocupación también te acompaña a medudo,
En los silencios,
Cuando te miras al espejo,
Cuando sientes un dolor nuevo.
En otro reloj,
Más al fondo,
Ves la frase «¿Qué será de mis hijos cuando yo no esté?
» Es un reloj de arena,
Alto y estrecho,
Con la arena inmóvil.
Solo leer esas palabras hace que algo se te cierre por dentro.
Es un miedo silencioso,
Casi secreto,
Que pocas veces dices en voz alta.
Sigues recorriendo la habitación.
Hay otros relojes con más frases,
Algunas quizás también son tuyas.
¿Y si me quedo sola?
¿Y si el dinero no me alcanza?
¿Y si me equivoco y ya es demasiado tarde?
Amara se coloca a tu lado,
En silencio.
Sabe que reconoces muchas de esas frases,
Porque ya las has pensado tantas veces en la oscuridad de tu habitación.
Su presencia es tranquila,
Como si te dijera sin palabras «Es normal que sientas todo esto,
Y también es posible descansar a pesar de ello».
Quiero que elijas solo un reloj esta noche,
Te pide.
No tienes que arreglarlo todo hoy,
Solo uno.
Sus palabras aflojan un poco la presión interna.
No hace falta resolver toda tu vida en una sola noche.
No hace falta contestar a todas las preguntas del futuro.
Solo hace falta elegir una preocupación,
Una sola,
Para mirarla de otra manera.
Te acercas al que ahora mismo te pesa más.
Puede ser el que habla de tu cuerpo,
De tus hijos,
Del trabajo,
El que habla de no poder con todo.
Tu corazón sabe cuál duele más esta noche.
Lo sostienes entre tus manos,
Sientes su peso real y simbólico.
Es frío al principio,
Pero poco a poco con el calor de tus dedos se va templando.
Tu pecho se encoge un poco al leer la frase,
Es como si la vieras escrita por primera vez aunque la conozcas de memoria.
Muy bien,
Dice Amara.
Ahora cierra los ojos y escucha tu respiración.
Inhala.
Su voz te marca el ritmo,
Suave,
Sin prisa.
Quiero que imagines que con cada exhalación soplas suavemente sobre ese reloj.
Lo haces.
Inhalas por la nariz,
Dejando que el aire llene tu pecho.
Y exhalas por la boca,
Despacio,
Como si soplaras una vela pero sin apagarla del todo,
Solo acariciando la llama.
Al hacerlo,
El reloj empieza a cambiar de color,
Del gris oscuro al dorado suave.
Es como si cada soplo le quitara un poco de peso,
Un poco de dramatismo,
Un poco de urgencia.
La verdad,
Susurra Amara,
Es que el tiempo no está en tu contra.
Tu cuerpo no es un enemigo,
Tu edad no es un problema,
Es solo que tu mente se ha acostumbrado a correr delante del reloj intentando adivinar lo que aún no existe.
Sus palabras entran lento,
Como el agua que va empapando la tierra.
No tienes que creerlas al cien por cien ahora mismo,
Solo dejar que estén ahí,
Como una posibilidad nueva.
Te pide que apoyes el reloj sobre tu pecho,
Justo en el centro,
Donde late tu corazón.
Sientes el contacto del frío del reloj con el calor de tu piel.
Notas como poco a poco se equilibran.
Escucha,
Te dice,
Hay un ritmo más antiguo que cualquier reloj,
El de tu corazón.
Ese fue el primer tambor que escuchaste al llegar al mundo y será el último en despedirte.
Mientras está aquí,
Es tu mejor guía.
Cierras los ojos un poco más,
Llevas tu atención al centro del pecho,
Quieres escuchar.
Al principio solo notas una presión,
Un va y ven,
Después empiezas a percibirlo.
No es perfecto ni regular como el de un reloj,
Es humano.
A veces un poco más rápido,
Otras más lenta,
Pero constante.
Fiel.
Respiras al ritmo de tu corazón,
Dejas que marque el paso,
Lento,
Constante,
Sabio.
El reloj que tenías en el pecho empieza a adaptarse a ese ritmo.
Las agujas ya no mueven,
Ya no corren.
Tan suaves como si bailaran sin prisa por llegar a ningún sitio.
La frase escrita en su esfera,
Esa preocupación que te taladraba la cabeza,
Parece ahora un poco más pequeña,
Menos amenazante.
Esta noche,
Continúa amará,
No necesitas resolver el futuro,
Solo necesitas estar en este látido.
Cuando la mente quiera correr,
La traes de vuelta aquí,
A tu pecho.
A tu respiración.
A tu cama.
Sus palabras se van quedando grabadas,
No tanto en la memoria,
Sino en el cuerpo.
Es un nuevo lugar al que puedes volver.
A este latido.
A este ritmo.
Amara se acerca a uno de los relojes de arena suspendidos en el aire y lo toma entre sus manos.
El vidrio es transparente y brilla con la luz dorada de la habitación.
Dentro,
La arena está detenida,
Atrapada a mitad del camino,
Como si el tiempo hubiera sido congelado justo en un pensamiento.
Mira,
Te muestra.
Incluso la arena sabe caer grano a grano,
No se tira toda de golpe.
Tu vida también puede ser así,
Paso a paso,
Día a día.
Con un gesto suave,
Amara gira el reloj de arena y lo coloca en una repisa.
Al hacerlo,
La arena vuelve a caer,
Pero ahora a un ritmo tranquilo,
Pausado,
No hay prisa.
Cada grano encuentra su lugar.
El sonido es casi imperceptible,
Pero tu mente lo imagina.
Pequeño susurro,
Un deslizamiento continuo.
Es el sonido de las cosas que suceden a su tiempo,
Sin empujarlas.
Cada vez que te despiertes en la noche,
Te dice.
Puedes recordar esta casa.
Puedes imaginar todos esos relojes quietos,
Esperando,
Sin exigir nada.
El tiempo puede esperar,
Tu descanso no.
Te invita a mirar una vez más la habitación.
Los relojes siguen ahí,
Pero ya no imponen.
Están como dormidos,
Respetuosos,
Dándote espacio.
En el fondo de la casa ves una cama pequeña.
No la habías notado antes.
Es una cama sencilla,
De madera clara con patas cortas.
Las sabanas son blancas,
De algodón suave.
Arrugadas de una forma que invita a meterse dentro.
Hay una manta ligera de color crema doblada a los pies.
La almohada parece mullida,
Como una nube preparada para recibir tu cabeza.
Te acercas.
Las sábanas huelen a lavanda y madera.
Es un olor limpio,
Calmante,
Que le dice a tu cuerpo,
Es hora de bajar el ritmo.
Te recuestas sobre la cama pequeña que estaba al fondo de la casa.
Sientes como el colchón cede justo lo suficiente,
Abrazando tu peso.
Tu espalda por fin encuentra apoyo,
Y tus piernas se aflojan un poco más.
Amara se sienta en una silla junto a ti.
La silla cruje ligeramente,
Como lo hacen las cosas de madera que han vivido mucho.
Su presencia es como una vela encendida en una habitación oscura.
No hace ruido,
Pero acompaña.
Antes de dormir,
Susurra,
Vamos a hacer un último gesto.
Te pide que coloques una mano sobre el reloj que aún descansa en tu pecho y la otra sobre tu abdomen.
Vamos a inhalar contando hasta cuatro.
Uno,
Dos,
Tres,
Cuatro.
Y exhala contando hasta seis.
Uno,
Dos,
Tres,
Cuatro,
Cinco,
Seis.
Lo repetís juntas varias veces.
Con cada inhalación,
Tu pecho se expande un poco más.
Con cada exhalación,
Tu cuerpo entero parece derretirse un poquito sobre la cama.
Mientras duermes,
Añade,
Yo cuidaré que los relojes no hagan ruido.
Ningún ISI podrá despertarte,
Sólo el suave ritmo de tu propio corazón.
Sus palabras caen como una bendición sobre tu noche.
Empiezas a sentir los párpados más pesados.
La habitación,
Llena de relojes silenciosos,
Parece respirar contigo.
Es como si las paredes se ensancharan con cada inhalación y se recogieran con cada exhalación.
Los relojes siguen en pausa,
Los péndulos quietos.
Y la arena cae tan despacio que casi no se mueve.
La noche se vuelve un espacio amplio,
Seguro,
Donde por fin no hay nada urgente que hacer.
Nadie te pide nada,
Nadie te exige nada,
Ni siquiera tú.
Sólo dormir,
Sólo descansar,
Sólo ser.
Tu respiración encuentra su propio compás,
Tranquila,
Profunda.
Sientes como tu cuerpo se vuelve más pesado,
Más tibio y más blando.
Quizá una parte de tu mente intenta volver al futuro,
A lo que te espera mañana.
Pero ahora tienes otro lugar al que regresar.
La casa donde los relojes se detienen,
El reloj que descansa sobre tu pecho,
El latido que te guía.
Poco a poco los pensamientos se vuelven borrosos,
Como letras que se disuelven en el agua.
Las imágenes pierden fuerza,
Las preocupaciones se alejan,
Caminando muy despacio hacia una puerta que se cierra suavemente.
Y tú te quedas aquí,
En este punto entre la vigilia y el sueño,
Donde por fin puedes decirte,
El tiempo puede esperar.
Tu última sensación consciente es la del corazón marcando un ritmo amable bajo tu mano y la certeza suave y silenciosa de que mientras duermes la casa cuidará de ti y Amara velará para que ningún reloj vuelva a correr dentro de tu cabeza.
Sólo dormir,
Sólo descansar,
Sólo ser.
Amara.
Org
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