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Audio-Libro 8 - La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa

by Ciencia del Saber

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La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa (1966) Penetración adicional en la vida de Lobsang dentro de Lamahood y los orígenes del Budismo - la historia de Gautama - y las cuatro verdades nobles. Narrador: Juan José Palanca. Música libre de derechos de autor.

Transcripción

Audiolibro La túnica Zafrán.

Capítulo 8.

Lobsang Rampa.

Narrador Juan José Palanca.

Ciencia del saber.

En algún sitio tocaba en una campana.

Apagado primero el sonido por la distancia,

Pronto creció en volumen.

¡Clang!

¡Clang!

Pensé que era extraño que sonase una campana.

Y lo asombroso era que sonaba a la vez que los latidos de mi corazón.

Por un momento el pánico era superior a mis fuerzas.

¿Habría dormido demasiado y se me había hecho tarde para el servicio del templo?

Abrí los ojos e intenté ver dónde estaba.

¡Qué raro!

No podía enfocar la vista.

Solo podía distinguir nueve horribles bultos sobre los hábitos Zafrán.

El cerebro estaba a punto de estallarme de tanto pensar.

¿Dónde estaba?

¿Qué había sucedido?

¿Me había caído de un tejado o algo así?

Con pánico me di cuenta de que sentía varios dolores al recuperar la conciencia.

¡Ah,

Sí!

Todo volvió a mí precipitadamente.

Y con el conocimiento,

La capacidad de enfocar mis ojos y ver lo que tenía delante.

Estaba tendido de espaldas en el muy frío suelo de piedra.

Mi escudilla había resbalado hacia atrás en mi túnica y soportaba ahora mi peso entre mis paletillas.

Mi saquito de cebada,

De duro cuero,

También había resbalado y casi me partía la costilla izquierda.

Con mucha precaución me moví y miré a los nueve lamas que sentados me miraban.

Eran ellos las horribles manchas blancas sobre las telas color azafrán.

Esperaba que no supieran lo que yo había pensado.

Sí,

Lobsang,

Lo sabemos.

Dijo uno sonriente.

Tus pensamientos telepáticos están muy claros,

Pero levántate despacio.

Lo has hecho muy bien y justificas lo que dice de ti tu guía.

Me incorporé asustado al sentir un choque en la espalda y escuchar un fuerte ronroneo.

El viejo gato se puso frente a mí y me tocó la mano para darme a entender que deseaba que le acariciara la piel.

Así lo hice,

Perezosamente a la vez que procuraba contemplar mis pensamientos y me preguntaba qué ocurriría luego.

Bueno,

Lobsang,

Ha sido una buena experiencia de descorporización,

Dijo el lama que me había acompañado.

Debemos intentarla con frecuencia para que pueda salir de tu cuerpo tan fácilmente como si te quitaras la túnica.

Pero,

Honorable lama,

Le dije algo confuso.

No he salido de mi cuerpo,

Lo he llevado conmigo.

El lama guía abrió mucho la boca por el asombro.

¿Qué quieres decir?

Exclamó.

Has venido en espíritu conmigo.

Honorable lama,

Fue mi respuesta.

Miré con mucho cuidado y mi cuerpo no quedaba aquí en el suelo,

De modo que he debido llevármelo conmigo.

El viejo y arrugado lama,

El más bajo de los nueve,

Sonrió y dijo.

Cometes un error que es corriente,

Lobsang,

Pues aún te engañan los sentidos.

Le miré y sinceramente no sabía de qué hablaba y me parecía que había perdido sus sentidos pues,

Pensaba yo,

Tenía que saber yo si había visto mi propio cuerpo o no y si había dejado de verlo en el suelo.

Era porque ya no estaba allí.

Supongo que debieron de ver el escepticismo en mis ojos,

Pues uno de los otros lamas avanzó hacia mí para prestarme más atención.

Te lo explicaré,

Lobsang,

Dijo este lama,

Y quiero que me prestes mucha atención,

Pues lo que voy a decir es elemental y sin embargo difícil de comprender para mucha gente.

Estabas tendido en el suelo y como esta era tu primera ocasión consciente de viaje astral,

Te ayudamos a sacarte tu forma astral de tu forma física y como lo hicimos nosotros,

Que tenemos muchísima experiencia en esto,

No sentiste ninguna sacudida ni molestia alguna.

Por eso no te diste cuenta de que había salido de tu cuerpo.

Me quedé mirándolo y pensando en lo que me había dicho.

Pensé,

Si es verdad que no tenía ni idea de que salía de mi cuerpo y nadie había dicho que iba a salir de él,

De modo que si no me dijeron lo que debía esperar,

¿cómo podía sentir que me separaba del cuerpo?

Pero volví a recordar que había mirado al suelo y no había visto allí,

Tendido a mi cuerpo,

Como debía haberlo visto si hubiera estado todavía en ese cuerpo.

Moví la cabeza como para librarme de las telarañas de mi pensamiento.

Sentí que todo esto era demasiado profundo para mí.

Había salido del cuerpo,

Pero éste no se hallaba allí,

De modo que,

Si no estaba allí donde lo dejé,

¿por qué no lo había visto yo yaciendo en alguna parte?

Precisamente entonces me rozó el viejo gato y empezó a hacerme caricias hundiendo sus garras en mi hábito y ronroneando cada vez más alto,

Como para recordarme que también debía reparar en su presencia.

El lama que había hablado se rió antes de decir,

Mira,

El viejo gato te está diciendo que limpies de telarañas tu cerebro para que puedas comprender con claridad.

Extendí los dedos y acaricí al gato.

Sus ronroneos se hacían aún mayores y,

De pronto,

Se tendió a lo largo.

Era muy grande.

Seguía con la cabeza apoyada a un lado de mi regazo y tendía sus patas por el otro lado con la cola en el suelo.

Estos gatos crecían más que los corrientes y solían ser feroces,

Pero los gatos de nuestro templo parecían reconocerme como hermano o algo así.

Desde luego,

Nos teníamos mucha confianza.

El lama que me había hablado antes se volvió hacia mí y me dijo,

Déjalo que descanse sobre ti mientras te hablamos.

Quizá te dé algunos golpecitos de vez en cuando para recordarte que prestes atención.

Ahora ten en cuenta que la gente ve lo que espera ver.

A veces no ven lo más evidente,

Por ejemplo,

Y me miró muy serio al decirme esto.

¿Cuántos limpiadores había en el corredor cuando venías por allí?

¿Quién era el hombre que barría en el depósito de la cebada?

Y si el señor Abad hubiera mandado a buscarte y te hubiese preguntado si habías visto a alguien en el corredor interior,

¿qué le habrías dicho?

Cayose un momento,

Por si yo iba a decir algo,

Y como me quedé mirándolo y con la boca abierta,

Lamento decirlo,

Prosiguió.

Le habrías dicho que no viste a nadie en el corredor interior y es porque la persona que estaba en éste era alguien con todo el derecho para estar allí.

Alguien que está siempre allí y cuya presencia en aquel corredor era tan normal y correcta que ni siquiera se fijaba uno en él.

Así le dirías que no viste a nadie en aquel corredor.

Intervino otro lama moviendo la cabeza sensatamente antes de decir,

Los vigilantes suelen hallar ciertas dificultades cuando están realizando una investigación.

Preguntan si había extraños o si alguien ha estado en tal edificio e invariablemente un guardián de ese edificio dirá que no,

Que nadie estuvo allí.

Y sin embargo había mucha gente,

Pasarían vigilantes,

Habría quizás uno o dos lamas,

Incluso algún mensajero de otra lama sería.

Pero esa gente es tan corriente,

Es decir,

Era tan normal su presencia allí que pasaban inadvertidas y en cuanto a ser observadas lo mismo podían haber sido invisibles.

Uno que todavía no había hablado movió la cabeza.

Sí,

Así es y ahora te digo Lobsang ¿cuántas veces has estado en este templo?

Y sin embargo no paregas haber visto hasta muy recientemente el soporte donde ponemos el cristal.

Sin embargo ese pedestal ha estado ahí desde hace 200 años,

No ha salido de este templo y parecías estarlo viendo por primera vez.

Estaba ya ahí pero para ti era habitual de modo que no te fijabas en él y era como invisible para ti.

El lama que había venido conmigo en mi excursión astral sonrió al decir tú Lobsang no tenías ni idea de lo que ocurría,

No sabías que ibas a salir de tu cuerpo y por tanto no estabas preparado para verlo.

Así cuando mirabas te fijabas en los lamas sentados en círculo y tu atención evitaba cuidadosamente tu propio cuerpo.

Lo mismo nos pasa con el hipnotismo.

Podemos hipnotizar a una persona y hacerle creer que está sola en una habitación y entonces esa persona en estado de hipnosis mirará a todas las partes de la habitación excepto a quien la comparte con él y al despertarse jurará que ha estado solo.

Asimismo evitaste cuidadosamente mirar a donde estaba a la vista todo tu cuerpo.

Mirabas al perímetro del círculo y recorrías con la mirada el templo evitando el único sitio que querías ver.

En verdad aquello me hizo pensar.

Ya había oído antes algo de aquello.

Una vez vi a un viejo monje que había tenido un fuerte ataque de dolor de cabeza.

Como me explicó él después cosas que él miraba no estaban allí y si miraba una cosa enfrente sólo veía las que estaban a un lado pero si miraba a un lado veía lo que hallaba frente a él.

Me dijo que era como mirar por un par de tubos en vez de moviendo los ojos de modo que el efecto era como si llevase uno ante ojeras.

Un lama ya no los distinguía uno de otro dijo lo obvio puede resultar con frecuencia invisible porque mientras más común es un objeto menos se fija uno en él.

Por ejemplo el hombre que trae la cebada.

Lo ves todos los días y sin embargo no lo ves.

Es una figura tan familiar que si yo te hubiera preguntado que a quién viste esta mañana habrías respondido que a nadie ya que no considerarías al hombre de la cebada como una persona sino como alguien que todas las mañanas hace una cosa determinada a cierta hora.

Me parecía muy notable haber estado tendido en el suelo y a la vez no poder verme mi propio cuerpo.

Sin embargo había oído hablar tanto del hipnotismo y del viaje astral que estaba dispuesto a aceptar la explicación de ellos.

El viejo y arrugado lama me sonrió al decirme pronto tendremos que darte instrucciones más específicas para que puedas abandonar tu cuerpo fácilmente en cualquier ocasión.

Como cualquier otra persona has estado haciendo viajes astrales todas las noches,

Trasladándote a distantes lugares y luego olvidándolo.

Pero queremos enseñarte lo fácil que te será salir de tu cuerpo en cualquier ocasión.

Emprender viajes astrales y regresar a tu cuerpo reteniendo el conocimiento de cuanto hayas visto y de todo lo que hayas hecho.

Si puedes hacerlo serás capaz de viajar a grandes ciudades del mundo y no te quedarás aislado aquí en el tíbet sino que sabrás de todas las culturas.

Pensé en ello.

Muchas veces me había preguntado cómo podían los lamas superiores poseer conocimientos y parecer seres aparte hallándose tan alejados de la pequeñez de la vida cotidiana y siendo capaces de decir en todo momento lo que sucedía en cualquier parte de nuestro país.

Recuerdo una ocasión en que fui con mi guía a visitar a un hombre viejísimo.

Fui presentado a él y estuvimos hablando o más bien mi guía y él charlaron mientras yo escuchaba respetuosamente.

De pronto el viejo levantó la mano y dijo me llaman.

Entonces pareció quedarse sin luz su cuerpo.

Estaba sentado allí inmóvil como un muerto y daba la impresión de ser una cáscara vacía.

Mi guía sentado inmóvil me hizo señas para que me estuviera también muy quieto.

Allí nos quedamos con las manos cruzadas en nuestros regazos sentados sin hablar ni movernos.

Yo miraba con inmenso interés la que parecía ser una figura vacía durante quizá 10 minutos o pudieron haber sido 20.

Era difícil calcular el tiempo en aquellas circunstancias.

Nada ocurrió.

Luego el viejo fue reanimándose y pasado más tiempo se movió.

Abrió los ojos y después nunca lo olvidaré.

Le contó a mi guía lo que estaba sucediendo en Shigatse.

Que se hallaba a mucha distancia de nosotros.

Se me ocurrió que aquel era un sistema de comunicaciones mucho mejor que los notables inventos de que yo había oído hablar en el mundo exterior.

Deseé poder viajar astralmente a todas partes.

Quería pasar por encima de las montañas y de los mares e ir a países extranjeros.

Y aquellos nueve lamas querían enseñarme a hacerlo.

El viejo gato bostezó haciendo vibrar sus patillas y luego levantándose se estiró hasta que creía que se partirían dos.

Luego emprendió la marcha pasando arrogante entre dos lamas y desapareció en la oscuridad por detrás de una de las sagradas figuras.

El lama más viejo habló.

Bien,

Ya es hora de que demos por terminada esta sesión.

Pues no hemos venido aquí para enseñar a Lobsang en esta ocasión.

Sino que esto se ha planteado incidentalmente.

Debemos dedicarnos a nuestra otra labor y ya veremos de nuevo a Lobsang cuando venga su guía.

Otro se volvió hacia mí y me miró muy serio.

Tendrás que aprender cuidadosamente,

Lobsang.

Tienes mucho que hacer en la vida.

Nos llegarán grandes dificultades y sufrimientos.

Viajarás muy lejos y con frecuencia,

Pero en definitiva habrás realizado tu tarea.

Te proporcionaremos el entrenamiento básico.

Se levantaron todos ellos y poniendo el cristal en su soporte,

Abandonaron el templo.

Me quedé muy intrigado con lo que había oído.

¿Una tarea?

¿Sufrimientos?

Siempre me habían dicho que me esperaba una vida muy difícil.

Siempre me advirtieron que debía realizar una tarea.

Así que,

¿para qué me insistían en ello?

De todos modos,

¿por qué había de ser yo quien hubiera de realizar la tarea?

¿Por qué tenía siempre que ser yo a quien le esperase sufrimiento?

Mientras más oía hablar de aquello,

Menos me gustaba.

Pero quería viajar por el plano astral y ver todas las cosas de que había oído hablar.

Con mucha dificultad me puse en pie mientras rezongaba palabras nada amables contra mis dolores.

Alfileres y agujas parecían pincharme y me dolían los bultos y cardenales que se me habían formado con mis caídas,

Más un dolor entre mis paletillas donde había estado descansando sobre mi cuenco.

Pensando en eso,

Me busqué en el interior de mi hábito y coloqué mis posesiones en su acostumbrada posición.

Luego,

Mirando a mi alrededor,

Salí del templo.

En la puerta me volví presuroso hacia los oscilantes lámparas delanteras.

Una por una las apagué,

Pues ese era mi deber,

Ya que era el último en marcharme.

Mientras buscaba mi camino por la oscuridad hacia donde había un leve resplandor de la puerta abierta,

Me llegó a mi nariz el mal olor de los pábilos que se apagaban.

En algún rincón lucía el mortecino rojo de un pábilo que estaba apagándose.

Me estuve un momento en la puerta decidiendo por dónde ir.

Luego,

Ya decidido,

Me volví dirigiéndome hacia la derecha.

Entraba por las ventanas la pura luz de las estrellas,

Dándole a todo un aspecto azul plateado.

Doblé una esquina del corredor y me detuve de pronto pensando que desde luego tenían razón.

Me estuve allí un momento pensando.

Se me ocurrió que una vez y otra había pasado yo por delante de un viejo monje sentado en una celdita,

Y aunque le veía todos los días,

Nunca me había fijado en él.

Retrocedí casi diez metros y miré.

Allí estaba en una pequeña celda de piedra,

Al otro extremo del corredor frente a las ventanas.

Estaba ciego,

Siempre sentado en el suelo y dándole vueltas a la rueda de plegarias,

Una bastante grande,

Que giraba sin cesar.

Cuando alguien pasaba por allí tenía que oír el eterno clic,

Clic,

Clic de la rueda de las plegarias del viejo monje.

Hora tras hora,

Día tras día,

Permanecía sentado allí creyendo que su misión en la vida era tener en marcha aquella rueda y para eso vivía él.

A quienes pasábamos por allí con tanta frecuencia no nos hacía efecto el girar de la rueda.

Estábamos tan acostumbrados a ella que ni la oíamos ni veíamos al viejo monje.

Me estuve allí,

En la oscura entrada pensando,

Mientras la rueda seguía su cliqueteo y mientras el viejo salmudeaba suavemente,

Horn,

Mani,

Padmi,

Ura,

Hom,

Mani,

Padmi,

Hum,

Tenía una voz ronda y los dedos torcidos y duros.

Sólo podía verlo débilmente y él no se daba cuenta de mi presencia girando la rueda incesantemente como la había hecho girar durante tantos años,

Casi desde que había nacido.

¿Cuánto tiempo más estaría dándole vueltas?

Me pregunté,

Pero aquello me hacía comprender que las personas se hacen invisibles cuando son tan familiares para uno que no tiene que fijarse en ellas.

También se me ocurrió que los sonidos eran como silencios y se acostumbraba uno demasiado a ellos.

Pensé en las veces en que me había encontrado completamente solo en una celda oscura y luego,

Después de algún tiempo,

Oía los sonidos del interior del cuerpo,

La sangre circulando por las venas y arterias y luego también oía el firme zaz,

Zaz,

Zaz de mi corazón latiendo.

También cuando pasaba algún tiempo podía oír el aire en mis pulmones y al moverme el leve crujido de los músculos que ponían los huesos en una posición diferente.

Todos nosotros sentimos eso,

Pues somos todos ruidosos,

Aparatos,

Pensé,

Y sin embargo cuando hay otros sonidos que atraen nuestra atención no oímos aquellos de los que estamos constantemente rodeados y que no nos molestan.

Me apoyé en una pierna y me rasqué la cabeza.

Luego pensé que la noche había avanzado ya mucho y que pronto sonaría la llamada al servicio del templo a medianoche,

Así que no vacilé más sino que poniendo ambos pies en el suelo me ceñí mi túnica más estrechamente y fui por el corredor hasta el dormitorio.

En cuanto me tumbé me quedé dormido.

No dormí mucho tiempo,

Me retorcía,

Daba vueltas y gemía mientras yacía pensando en cómo era la vida en una lamasería.

En torno a mí los chicos resoplaban y mascullaban en sueños y el sonido de sus ronquidos se elevaban y descendían el aire nocturno.

Un muchacho que padecía vegetaciones hacía glóbel,

Glóbel,

Glóbel,

Hasta que desesperado me levanté y le volví de lado.

Me tumbé de espaldas pensando y escuchando.

De alguna parte llegaba el monótono clic,

Clic de una rueda de plegarias que algún monje hacía girar interminablemente para que sus oraciones no se interrumpieran.

De lejos llegaba el apagado clop,

Clop de un caballo que montaba alguien por la senda ante nuestras ventanas.

La noche se prolongaba,

El tiempo parecía quieto.

La vida era una eternidad de espera,

Una espera donde nada se movía.

Todo estaba inmóvil excepto los ronquidos,

El cliqueteo de las ruedas de plegaria y los pasos del caballo.

Debí adormilarme,

Me sentí alarmado,

El suelo estaba duro,

El frío de la piedra me calaba los huesos.

Más allá murmuraba un chico que necesitaba a su madre.

Con torpeza me puse en pie y avancé hacia la ventana,

Evitando cuidadosamente tropezar con los cuerpos dormidos a mi alrededor.

Hacía mucho frío y amenazaba caer la nieve.

Sobre las inmensas cordilleras himalayas la mañana enviaba ramalazos de luz,

Dedos de color que buscaban nuestro valle esperando iluminar otro día.

La espuma del polvillo de nieve que siempre volaba de los picos más altos estaba iluminada ahora por la luz dorada que brillaba por abajo,

Mientras que de arriba llegaban luminosos arcoíris temblorosos y floridos.

A través del cielo lucían vivos rayos de luz,

Mientras el sol se asomaba por los pasos montañosos y traía la promesa de un nuevo día.

Las estrellas palidecieron,

Ya no era el cielo una bóveda morada,

Se ponía cada vez más claro y se hizo azul pálido.

Todas las montañas se bordeaban de oro a medida que se aclaraba el cielo.

Paulatinamente el cegador globo del sol subía sobre los desfiladeros montañosos y renacía gloriosamente en nuestro valle.

El frío era intenso.

Caían del cielo cristales helados que se estrellaban en el tejado con tintineos musicales.

El aire afilado casi le calaba uno a los huesos.

Qué clima tan peculiar,

Pensé.

Algunas veces hace demasiado frío como para nevar y sin embargo a veces a mediodía hace demasiada calor.

Luego en un instante se levanta una gran tormenta que hace volar muchas cosas.

Siempre en las montañas había nieve,

Profunda nieve,

Pero el viento se la llevaba en cuanto caía.

Nuestro país es muy alto y con aire rarificado.

Aire tan fino y claro que ofrece escasa protección contra los rayos ultravioletas o generadores de calor del sol.

En nuestro verano un monje podía protegerse con su hábito y luego cuando una nube oscurecía momentáneamente al sol,

La temperatura descendía muchos grados por debajo del punto de helar,

Todo ello en pocos minutos.

El manto se hacía imprescindible.

Nos hacían padecer mucho las tormentas de viento.

La gran barrera de los Himalayas retenía a veces nubes formadas sobre la India y con ellos invertía la temperatura.

Luego ululantes vendavales pasaban sobre las montañas y caían en nuestro valle barriéndolo todo.

La gente que viajaba durante las tormentas tenía que llevar caretas de cuero si no quería que les arrancara la piel el polvo de rocas arrastrado por los vientos desde las alturas.

Los viajeros,

Sorprendidos en los desfiladeros de las montañas,

Corrían el riesgo de salir volando.

Si no tenían mucho cuidado y sus tiendas y otras posesiones se las llevaba el viento que las destrozaba jugando con ellas.

Abajo,

En la pálida mañana,

Un yak mugía tristemente.

Como si eso fuera una señal.

Las trompetas sonaron en el tejado de arriba de todo.

Las grandes colchas zumbaban sus múltiples acordes,

Como en un poderoso órgano.

En torno a mí había innumerables sonidos de la gran comunidad que se despertaba a un nuevo día.

A otro día de vida.

Una salmodía del templo,

El relinchar de los caballos murmurados,

Gruñidos de los chicos dormidos que temblaban desnudos en el aire intensamente frío.

Y apagadamente el constante cliqueteo de las ruedas de plegaria situadas por todos los edificios,

Giradas eternamente por viejísimos monjes que creían que esa era su única finalidad en la vida.

Había ya mucho movimiento.

Aumentaba la actividad por momentos.

Cabezas afeitadas asomaban esperanzadamente por las ventanas abiertas,

Confiando en que sería un día más caliente.

Una mancha oscura,

Sin forma,

Cayó de arriba y cruzó mi campo de visión para estrellarse en las rocas de abajo.

Pensé que sería la escudilla de alguien y que quien fuese tendría que pasarse sin desayuno hasta que le dieran otro recipiente.

¿El desayuno?

Desde luego.

Empezamos un día en que necesitaría yo de todas mis energías porque esperaba que mi amado guía regresara en él y antes de verlo tendría que acudir a las clases de la mañana,

Al servicio del templo y ante todo tomar el desayuno.

La champa.

No es apetitosa,

Pero era la única comida que yo conocía,

Excepto muy raros y muy infrecuentes dulces llegados de la India.

Así que caminé con gran dificultad por el corredor siguiendo la fila de chicos y monjes que se dirigían a la estancia donde comíamos.

A la entrada me detuve unos momentos esperando que algunos de los otros se instalaran,

Pues tenía temblores en las piernas y algo inseguros mis pasos y mientras daba vueltas por allí me veía en grandes apuros para mantener mi estabilidad.

Por fin avancé entre ellos y ocupé mi sitio entre las filas de hombres y chicos sentados en el suelo.

Estábamos sentados con las piernas cruzadas,

Mejor dicho todos menos yo que me sentaba con las piernas metidas bajo mi cuerpo.

Había varias filas de nosotros,

Quizá de unos 250 cada una.

Cuando estuvimos sentados llegaron unos monjes ayudantes y nos sirvieron la champa pasando entre las filas y dándonos a cada uno nuestra ración equitativa.

Los monjes permanecían a los lados de cada fila y a determinada señal todos ellos entraban por entre nuestras filas con la comida.

Nadie empezaba a comer,

Sin embargo hasta que el maestro auxiliar daba la señal.

Por fin cada monje y cada chico tenía su recipiente lleno de champa.

Los servidores volvían a quedarse en los lados de las filas.

Un viejo lama se acercó a un atril situado a buena altura sobre nosotros para que él pudiera vernos a todos.

Se estuvo allí y levantó la primera página de su libro,

Pues deben ustedes recordar que nuestras páginas eran largas y no encuadernadas juntas al estilo occidental.

Cuando la levantó anunció que se hallaba dispuesto a comenzar.

Inmediatamente el lector alzó una mano y la bajó de nuevo.

Era la señal de que podíamos empezar a comer.

Mientras lo hacíamos comenzó él a leer en los libros sagrados con voz monótona que resonaba en toda la instancia y aclaraba lo que según él era ininteligible.

Por el comedor los siempre presentes vigilantes se movían silenciosos pues no hacían más ruido que el de los ocasionales roces de sus túnicas.

En las lamaserías de todo el Tíbet era costumbre que un lector fuese leyéndolos mientras comíamos pues se consideraba erróneo que una persona comiese y a la vez pensara en la comida.

La alimentación era una grosería sólo necesaria para mantener el cuerpo de modo que éste pudiera durante algún tiempo estar habitado por un espíritu inmortal.

Así aunque era necesario comer se suponía que no debíamos complacernos en la comida.

El lector nos leía siempre de los libros sagrados para que mientras nuestros cuerpos obtenían alimento para el cuerpo tuviese nuestro espíritu alimento para el alma.

Los lamas mayores comían siempre solos la mayor parte de las veces pensando en algún objeto o libro sagrado.

Constituía una gran ofensa hablar mientras se comía y cuando se sorprendía algún desgraciado hablando los vigilantes los sacaban y lo dejaban tendido en el umbral para que cuando saliéramos tuviésemos que pasar por encima de él lo cual causaba mucha vergüenza a las víctimas.

Los chicos éramos los primeros en terminar pero entonces teníamos que quedarnos quietos hasta que todos los demás hubieran terminado.

Con frecuencia el lector seguía leyendo sin hacer caso de que estaban esperando a que terminase.

A menudo llegábamos tarde a las clases porque el lector absorto en su tema se olvidaba del tiempo y del lugar.

Por fin terminó la página que leía y nos miró con cierta sorpresa.

Estaba ya a punto de seguir con otra página pero finalmente le puso las tapas al libro y las ató.

Levantando el libro se lo entregó a un monje ayudante que se hizo cargo de él.

Se inclinó y se lo llevó para guardarlo bien.

El lector nos indicó entonces que podíamos marcharnos.

Nos fuimos hacia un lado del comedor donde había unos sacos de cuero con fina arena y con un puñado de éstas limpiamos nuestros cuencos.

El único cubierto que teníamos pues,

Por supuesto,

Comíamos con los dedos.

El más antiguo de los cubiertos y no utilizábamos en absoluto cuchillos ni tenedores.

¡Lobzang!

¡Lobzang!

¡Ve al maestro del papel y que te dé tres hojas que estén estropeadas por una cara!

Un joven lama se hallaba ante mí dándome esa orden.

Dije unas confusas palabras y salí cojeando por el corredor.

Esa era una de las tareas que me fastidiaban pues para llevarla a cabo tenía que salir del pótala e ir hasta el pueblo de She,

Donde tenía que hablar con el maestro impresor para que me diera el papel que me habían pedido.

El papel escasea mucho y es carísimo en el Tíbet.

Desde luego está hecho absolutamente a mano.

Se le considera como un objeto religioso de menor importancia y casi siempre se usa para conocimientos sagrados,

Palabras sagradas,

De modo que nunca se desperdicia el papel ni se tira.

Si se estropea al imprimir no se borra lo que sale mal,

Sino que la cara que queda bien es aprovechada para enseñarnos a los muchachos.

Siempre había para eso mucho papel estropeado,

Pues imprimíamos con bloques de madera tallados a mano y por supuesto había que tallar los bloques al revés para imprimir con ellos al derecho.

Así al imprimir era inevitable que se estropeasen muchas hojas de papel.

Salí del pótala por la entrada trasera inferior donde el camino era muy empinado,

Pero mucho más corto y donde no había escalones que cansaran mis piernas.

Por allí salíamos los chicos pasando de arbusto a arbusto y si perdíamos pie bajábamos resbalando,

Envueltos en una nube de polvo y nos hacíamos un gran agujero por detrás de nuestras túnicas,

Asunto que era difícil explicar luego.

Descendí por el estrechísimo sendero bajo arbustos.

En un pequeño claro me detuve a mirar en dirección al asa,

Esperando ver una inconfundible túnica zafrán que cruzase el puente turquesa o quizá,

Con qué alegría pensaba en ello,

Viniendo por el camino del rey.

Pero no,

Sólo llegaban los peregrinos,

Sólo algunos monjes extraviados y uno o dos lamas corrientes.

Así,

Con un suspiro y un gruñido de disgusto,

Continué descendiendo por la resbaladiza senda.

Por fin llegué junto a los tribunales de justicia y por detrás de ellos me dirigí a la imprenta.

Allí dentro estaba un monje muy viejo,

Todo manchado de tinta y con sus dedos gordos e índices ensuciados de tanto manejar papel y bloques de imprimir.

Entré y miré en torno mío.

El olor a papel y a tinta siempre me fascinaba.

Observé algunas de las tablas intrincadamente labradas de madera que habían de ser usadas para imprimir nuevos libros y pensé en cuándo podría yo ayudar a tallar letras,

Ya que era muy aficionado a ello y a nosotros los monjes siempre se nos daba oportunidades de lucir nuestras habilidades para el bien de la comunidad.

Bueno,

Pequeño,

Bueno,

¿qué quieres?

Dime pronto lo que deseas.

El viejo monje impresor me miraba severamente,

Pero yo lo conocía desde hacía mucho y su ladrido era mucho peor que su mordedura.

En verdad,

Un hombre bastante simpático cuyo único temor era que los chicos pudiesen arrugarle sus preciadas hojas de papel.

Muy pronto le dije lo que andaba buscando,

Que me diese tres hojas de papel.

Grugió,

Se volvió y anduvo buscando,

Aunque su retraso sólo era resistencia a desprenderse de sus preciadísimas hojas.

Miró a cada una y no acababa de decidirse.

Por último me cansé de esperar y yo mismo cogí tres hojas diciéndole,

Gracias,

Honorable impresor,

Ya tengo estas tres hojas y con ellas me bastará.

Se volvió hacia mí y me miró a la vez que abría mucho la boca estupefacto.

Yo había llegado ya a la puerta con mis tres hojas y cuando el viejo se rehizo,

Lo bastante para decir algo,

Ya no podía oírle.

Cuidadosamente enrollé las tres hojas para que la superficie estropeada quedase hacia afuera.

Luego las metí por delante de mi túnica y me encaminé de nuevo hacia arriba,

Abriéndome paso por entre los difíciles matorrales.

Me detuve de nuevo en el claro y oficialmente esto habría sido para recobrar el aliento,

Pero me senté sobre una roca y miré durante algún tiempo en dirección asera la valla de la rosa silvestre.

No,

No sólo había el tráfico corriente nada más,

Quizás algunos mercaderes más que de costumbre,

Pero no la persona que yo deseaba ver.

Por fin me levanté y seguí mi viaje hacia arriba pasando de nuevo por la puertecita y buscando al joven lama que me había enviado.

Estaba solo en una habitación y vi que componía.

Silenciosamente le entregué las tres hojas y me dijo ¿cuánto tiempo has tardado?

¿Acaso has estado fabricando el papel?

Las tomó en sus manos sin más comentario y sin agradecérmelo siquiera.

Así que las dejé allí y subí a las clases pensando en que tenía que pasar el día de algún modo hasta que regresara mi guía.

Fin del capítulo 8.

Siguiente capítulo,

Capítulo 9.

Gracias.

4.9 (16)

Reseñas Recientes

Leonardo

June 25, 2020

Gracias gracias gracias

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