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AudioLibro 2 - La Túnica Azafrán de Lobsang Rampa

by Ciencia del Saber

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La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa (1966) Penetración adicional en la vida de Lobsang dentro de Lamahood y los orígenes del Budismo - la historia de Gautama - y las cuatro verdades nobles. Narrador: Juan José Palanca. Música libre de derechos de autor.

Transcripción

Audiolibro La túnica de azafarán Lobsang Rampa Narrador Juan José Palanca Ciencia del Saber Capítulo 2 Tú,

Chico,

Tú,

Siéntate como está mandado.

La voz era como un trueno y enseguida dos manzanas me golpearon en las orejas,

A la izquierda y a la derecha.

Por un momento creí que todos los gongs del templo sonaban a la vez.

Vi más estrellas de las que solían estar visibles,

Incluso en la noche más clara.

Una mano agarró el cuello de mi túnica,

Me hizo ponerme en pie y me zarandeó como si estuviera sacudiendo el trapo del polvo en la ventana.

—¡Contéstame,

Muchacho,

Contéstame!

—gritaba la irritada voz.

Pero no me dejó la oportunidad de responder,

Pues no cesaba de sacudirme,

Hasta que me rechinaron los dientes y se me cayó rodando por el suelo mi cuenco.

Me cayó el saquito de cebada,

Se soltó la correa que lo cerraba y el grano se esparció por el suelo.

Satisfecho por fin,

El hombre feroz me echó a un lado como a un muñeco de trapo.

Siguió un súbito silencio y se notaba un tenso aire de expectación.

Cautamente me toqué la túnica por detrás de mi pierna izquierda.

Se me había abierto una herida y de ella me salía un hilillo de sangre.

Miré en busca de la explicación del silencio.

Un abad estaba a la entrada mirando al hombre feroz.

—Ese chico —dijo— ha sido gravemente herido y tiene permiso especial del recóndito para sentarse como le sea más cómodo.

Está autorizado responder a las preguntas sin levantarse.

Entonces el abad se me acercó,

Miró mis dedos manchados de sangre y dijo,

—Pronto dejarán de sangrarte.

—Si no,

Visita al enfermero.

Se despidió del hombre feroz con un movimiento de cabeza y salió de la habitación.

—Yo —dijo el hombre fernz— he venido especialmente de la madre india para deciros la verdad del budismo.

En este país habéis prescindido de nuestros preceptos formando una rama que llamáis lamaísmo.

He venido para explicar las verdades originales.

Me miró como si yo fuera su enemigo mortal y luego le dijo a un muchacho que me diera mi taza y mi saco de cebada ya vacío.

Durante los momentos en que el chico recogía del suelo esas cosas y mientras barrían la cebada derramada,

Aquel hombre recorría la habitación como en busca de otra víctima.

Era alto y delgado,

Muy moreno y con la nariz muy ganchuda.

Llevaba el hábito de una antigua orden india y nos miraba como si nos despreciara.

El maestro indio llegó al final de la habitación y subió a la pequeña plataforma.

Con cuidado ajustó el atril a su altura.

Metiendo la mano en una bolsa de cuero tiesa y con bordes cuadrados sacó de ella unas notables hojas de papel.

Era un papel fino y ancho,

No como las largas y gruesas hojas que utilizábamos nosotros.

Las suyas eran finas,

Translúcidas y casi tan plegables como tela.

Aquella rara bolsa de cuero me fascinaba.

Era brillante y en el centro de uno de sus estrechos lados tenía una brillante pieza de metal que se abría cuando se presionaba un botón.

Un pedazo de cuero formaba un asa muy conveniente y decidí que algún día tendría yo una bolsa como aquella.

El indio manejó sus papeles,

Nos miró severamente y nos contó lo que ya sabíamos desde hacía mucho tiempo.

Observé con gran interés cómo se le movía la punta de la nariz cuando hablaba y cómo se le formaba un borde saliente en la frente al mirar las páginas.

¿Cuál era la historia que nos contó?

Pues la de siempre.

Hace 2.

500 años el pueblo de la India estaba desilusionado con su religión.

Los sacerdotes hindúes se habían degenerado y solo pensaban en los placeres terrenales y en sus ganancias personales.

Los que ellos debían haber ayudado se alejaban de sus antiguas creencias y se volvían hacia los que pudiera ofrecerles alguna esperanza.

Los profetas y adivinos recorrían aquella tierra prediciendo torturas y maldiciones.

Los que domaban a los animales decidieron que estos eran mejores que los seres humanos de modo que adoraron a los animales como a dioses.

Los indios más cultos,

Los hombres de profundo pensamiento que temían por la suerte de su país,

Se apartaban de la religión de sus antepasados y meditaban mucho sobre la triste situación del alma del hombre.

Uno de aquellos era un narrajá hindú,

Un rey guerrero enormemente rico.

Se preocupaba angustiadamente por el futuro de su hijo único,

Gautama,

Que había nacido hacía muy poco en un mundo trastornado.

El padre y la familia tenían grandes deseos de que Gautama fuese un príncipe guerrero y heredase más tarde el reino de su padre.

Un viejo adivino,

Al que se llamó para que dijese su profecía,

Había asegurado que el joven sería un profeta de gran renombre.

Al angustiado padre le pareció aquello un destino peor que la muerte.

Le rodeaban muchos ejemplos de jóvenes de clase alta que renunciaron a una vida de comodidades y que se marcharon como peregrinos descalzos y vestidos de andrajos en busca de una nueva vida espiritual.

El padre decidió hacer cuanto pudiera para contrarrestar la profecía del adivino.

Preparó sus planes.

Gautama era un joven refinado y sensible,

Con una inteligencia aguda y alerta capaz de penetrar por entre los subterfugios hasta el corazón de la materia.

Aunque autócrata,

Tanto por nacimiento como por educación,

Cuando el adivino dijo su profecía,

El padre había dado las órdenes más severas para que su hijo estuviese siempre protegido de los males y penas que aquejaban a quienes vivían más allá de los límites del palacio.

Al muchacho no se le permitía salir solo.

Sus viajes eran supervisados y no se consentía que se encontrase con quienes padecían pobreza o sufrimientos.

El lujo y solo el lujo había de ser su ambiente.

Cuanto el dinero pudiera comprar era suyo.

Quedaba implacablemente excluido todo lo desagradable.

Pero su vida no podía continuar así.

Gautama era un joven espiritual y con mucha decisión.

Un día,

Sin saberlo sus padres ni sus tutores,

Salió del palacio con un criado bien elegido.

Por primera vez vio cómo vivían otras castas.

Cuatro incidentes causaron en él los pensamientos más profundos y así cambió el curso de la historia religiosa.

Al comienzo de su viaje vio a un hombre viejísimo al que hacían temblar la edad y la enfermedad.

Apoyado pesadamente sobre dos bastones mientras se arrastraba con gran dificultad.

Sin dientes,

Cegado por las cataratas e impedido por los años,

El anciano volvió a la cara inexpresivamente hacia el joven príncipe.

Por primera vez en su vida comprendió Gautama que la vejez puede llegarles a todos y que con el creciente paso de los años uno ya no está activo y ágil.

Muy impresionado,

El joven príncipe continuó su excursión lleno de extraños pensamientos.

Pero aún había de recibir una nueva y fuerte impresión.

Cuando los caballos disminuyeron su velocidad en un recodo,

La horrorizada mirada de Gautama se posó sobre una miserable figura que meciéndose y gimiendo estaba sentada a un lado del camino.

Un hombre cubierto de pústulas,

Extremadamente delgado y lleno de enfermedades,

Se lamentaba mientras se quitaba del cuerpo costras amarillentas.

El joven Gautama se impresionó mucho.

Muy afectado,

Quizá también físicamente enfermo por lo que había visto,

Se hizo estas preguntas mientras su criado le hacía proseguir el camino.

¿Debe uno sufrir?

¿Es el sufrimiento para todos?

¿Es inevitable sufrir?

Miró a su criado y se preguntó el joven príncipe por qué estaba aquel tan tranquilo y despreocupado como si ese espectáculo fuera corriente en el mundo.

Entonces pensó.

Por eso le había protegido su padre.

Siguieron su excursión y Gautama estaba demasiado impresionado para ordenar otra cosa.

Pero el destino no había terminado su labor.

A una exclamación de Gautama los caballos disminuyeron la marcha hasta detenerse.

Junto al camino había un cadáver desnudo,

Grotesco e hinchado por el terrible calor del sol.

A un latigazo del conductor se elevó en compacta masa una densa nube de moscas que se alimentaban en el cuerpo del cadáver.

Este,

Descolorido y maloliente,

Quedó completamente descubierto a la vista del joven.

Mientras él lo miraba,

Una mosca salió volando de la muerta boca,

Zumbó y se posó de nuevo.

Por primera vez en su vida vio Gautama la muerte.

Supo que había muerte al fin de la vida.

El joven ordenó con un gesto al conductor que volviese y meditó sobre la fugacidad de la vida,

Pensando en la belleza de un cuerpo que ha de deshacerse.

¿Era la belleza temporal?

Se preguntó.

Las ruedas del vehículo giraban y el polvo se levantaba en nubecillas detrás de él.

El joven príncipe,

Reconcentrado y abstraído,

Meditaba.

Por casualidad,

O porque lo quiso,

Susino,

Miró a tiempo de ver a un monje bien ataviado y de serena expresión,

Que iba por la carretera.

El monje,

Persona de gran calma,

Irradiaba un aura de paz interior,

De bienestar,

De amor a sus semejantes.

El pensativo Gautama,

Alterado ya hasta lo más profundo por lo que llevaba visto,

Recibió un nuevo choque.

¿Acaso la paz,

El contento,

La tranquilidad y todas las virtudes solo podían encontrarse si se retiraba uno de la vida mundana y se hacía religioso?

¿Monje?

¿Miembro de alguna orden mística?

Entonces él decidió se convertiría en alguien como aquel monje.

Se retiraría de la vida en palacio,

Renunciaría a la única vida que conocía.

Su padre se enfureció y su madre lloró y suplicó.

El criado fue expulsado del reino.

Gautama se sentaba solo en su habitación y no dejaba de pensar.

Pensaba incesantemente en lo que había visto.

Se decía que si en una sola excursión,

Su única excursión,

Había visto tanto,

Cuánto más sufrimiento y miseria no habría en el mundo.

Rechazaba los alimentos,

Estaba abatido y languidecía.

Solo se preguntaba qué haría,

Cómo escaparía de palacio y cómo se convertiría en un monje.

Su padre trataba por todos los medios que sabía de aliviar la pena y la depresión que afligían al joven príncipe.

Los mejores músicos tocaban constantemente para que el joven no pudiera pensar.

Malabaristas,

Acróbatas y artistas de toda clase trataban de distraerlo.

Se buscó por todo el reino a las jóvenes más hermosas,

Muchachas muy versadas en las más exóticas artes del amor,

Para que le despertaran a Gautama la pasión y así lo sacaran de su melancolía.

Los músicos tocaban hasta que caían exhaustos.

Las muchachas bailaban y practicaban ejercicios eróticos hasta que también se desmayaban de cansancio.

Solo entonces se fijó Gautama en quienes querían divertirlo.

Miró con horror las raras posturas en que habían caído los músicos.

Contempló muy impresionado a las desnudas muchachas,

Pálidas por el desmayo,

Y resaltándoles los cosméticos intensos y feos al desaparecer sus saludables colores.

Una vez más meditó sobre la fugacidad de la belleza y lo pasajera que esta era.

Qué triste,

Qué fea era la vida,

Qué vulgares y artificiales resultaban las mujeres pintadas cuando su inmediata actividad había terminado.

Decidió marcharse,

Huir de cuanto había conocido y buscar la tranquilidad dondequiera que se hallase.

Su padre,

Alarmado,

Suplicó y luego triplicó la guardia de palacio.

Su madre chilló y se puso histérica.

Su esposa,

Una pobre mujer,

Se desmayó y todas las damas de palacio lloraron a la vez.

El bebé de Gautama,

Demasiado pequeñito para saber lo que pasaba,

Gritaba a la vez que los demás.

Los consejeros de palacio agitaban sus manos sin saber qué hacer y lanzaban torrentes de palabras inútiles.

Durante varios días estuvo pensando en la manera de marcharse.

Los guardias palaciegos lo conocían bien.

El pueblo del reino no lo conocía,

Pues poquísimas veces había salido de los límites de palacio.

Por fin,

Cuando ya estaba casi desesperado,

Se le ocurrió que solo tenía que disfrazarse para que no le reconociera la guardia.

De un criado amigo,

Que fue bien recompensado y que inmediatamente salió del reino,

Recibió Gautama unas viejas y andrajosas ropas,

Como las que llevaban los mendigos.

En un anochecer,

Antes de que las puertas del palacio se cerraran,

Se puso Gautama su disfraz y con el cabello revuelto y las manos y la cara bien cubiertas de suciedad,

Se marchó con los mendigos a los que hacían salir de noche.

Fue al bosque,

Lejos de los caminos principales y de la gente,

Temiendo que su desconocimiento de la vida cotidiana le traicionara.

Vagó toda la noche esforzándose por llegar a los límites del reino de su padre.

No temía a los tigres ni a otros animales salvajes que acechaban de noche.

Su vida había estado tan protegida que no conocía el peligro.

Ya en palacio había sido descubierta su fuga.

Fue registrado todo el edificio y también lo fueron otras construcciones anejas y los parques.

El rey iba de un lado a otro gritando órdenes y los soldados armados estaban alerta.

Por fin decidieron acostarse y esperar al alba para organizar bien la búsqueda.

En los departamentos de las mujeres hubo mucho llanto y lamentaciones por la fulga del rey.

Gautama recorría el bosque evitando en lo posible hablar con la gente y cuando no podía evitar que le hicieran preguntas,

No contestaba.

Comía de los cereales y frutas que encontraba y bebía en los fríos y claros manantiales.

Pero noticias del extraño vagabundo,

Que no se conducía como un vagabundo normal,

Llegaron a palacio.

Los hombres del rey salieron en gran número pero no pudieron encontrar al fugitivo ya que éste se escondía siempre donde no podían llegar los caballos.

Por fin decretó el rey que todas las bailarinas fueran llevadas a la selva,

Que persiguieran allí a Gautama e intentasen atraerle.

Durante días bailaron y se contorsionaron por la selva,

Interpretando sus danzas más seductoras cuando Gautama podía verlas.

Por fin,

Cerca de los límites del dominio de su padre,

Gautama se presentó y dijo que se iba por el mundo en busca de espiritualidad y que no volvería.

Su esposa corrió hacia él con su niño en brazos.

Gautama no atendió su súplica sino continuó su viaje.

El maestro indio,

Después de relatar lo que sabíamos tan bien como él,

Dijo De la religión hindú,

Que entonces era decadente,

Nació una nueva creencia,

Que traería consuelo y esperanza a muchos.

Por esta mañana terminaremos nuestra sesión.

Continuaremos esta tarde.

Pueden marcharse.

Los otros se levantaron,

Se inclinaron respetuosamente ante el maestro y salieron.

Yo tenía gran dificultad para eso.

Mi túnica se me había pegado a mi herida de la pierna con la sangre seca.

El maestro salió sin mirarme.

Me quedé sentado pasando mucho dolor y sin saber qué hacer,

Entonces entró un viejo monje que hacía la limpieza y me miró sorprendido.

¡Oh!

,

Dijo.

Vi que salía el maestro y entré para limpiar.

¿Qué te pasa?

Yo se lo expliqué.

Enseñándole la gran cicatriz que había vuelto a abrirse con el roce de la túnica y le dije cómo me había taponado la herida con mi túnica.

El viejo murmuró y salió lo más pronto que le permitieron sus deformes piernas.

No tardó en volver con el enfermero.

Me dolía mucho la herida,

Me parecía que la carne se me arrancaba de los huesos.

¡Ay!

,

Hijo mío,

Dijo el enfermero.

Es tan seguro que has nacido para pasarlo mal como que las chispas van hacia arriba.

Suspiró y murmuró.

Pero,

¿por qué algunos de estos grandes maestros que debían ser más sensatos son tan duros e insensibles?

Vamos,

Dijo mientras me ponía una compresa de hierbas y me ayudaba a levantarme.

Ahora estás bien,

Te daré una nueva túnica y destruiremos esta.

Entonces yo exclamé,

Asustado,

Mientras me temblaban las rodillas.

¡Reverendo maestro!

No puedo tener una nueva túnica,

Pues todos creerán que soy un nuevo chico recién ingresado.

Prefiero seguir con esta.

El viejo enfermero se rió mucho y dijo.

Ven conmigo,

Muchacho.

Ven conmigo y ya veremos juntos lo que podemos hacer en este importante asunto.

Salimos lentamente por el corredor hasta donde estaba la enfermería.

Allí dentro,

En mesas distantes,

Había muchas hierbas.

Algunos minerales en polvo y cosas raras que entonces no podía yo identificar.

Los tibetanos solo buscan ayuda médica en caso de extrema urgencia.

Nosotros no utilizábamos los equipos de urgencia tan corrientes en Occidente.

Preferíamos atenernos a la naturaleza.

Por supuesto,

Un miembro roto tenía que ser curado y una herida grave cerrada con puntos.

Utilizábamos los largos pelos de una cola de caballo para coser las heridas y si se hervían bien eran muy adecuados.

Para coser las capas profundas usábamos las largas fibras del bambú.

También se empleaba el bambú como tubo para sacar el pus de una herida interna.

El musgo desfagrum,

Bien lavado,

Servía como una esponja muy útil y era utilizado para compresas con o sin huentos herbales.

El enfermero me llevó a una habitación lateral en la que yo nunca me había fijado.

De una pila de túnicas viejas y remendadas sacó una.

Estaba limpia y bien cosida,

Aunque muy descolorida por el sol.

Mis ojos se animaron al verla pues una vestidura como aquella demostraría que yo llevaba en la lamasería muchísimo tiempo.

El enfermero me hizo señas de que me quitara la túnica.

Así lo hice.

Y me hizo un reconocimiento por si tenía otras heridas.

Hum,

Estás muy delgado y poco desarrollado.

Deberías ser más corpulento para tu edad.

¿Cuántos años tienes?

Se lo dije.

¿Tan solo eso?

Pues yo creía que eras tres años mayor.

Bueno,

Ya eres un hombre,

¿eh?

Ahora ponte esta otra túnica.

Hinché el pecho y procuré ponerme lo más derecho posible para parecer más alto y fuerte.

Pero las piernas no me obedecían.

Aquella prenda me venía algo grande y procuré que no se notara.

En fin,

Dijo el enfermero,

Pronto crecerás y la llenarás.

Quédate con ella puesta.

Adiós.

Ya era hora de comer.

Antes de las clases de la tarde.

Había perdido ya mucho tiempo,

De modo que fui directamente a la cocina donde expliqué mi caso.

Come,

Come,

Chico.

Y que te siente bien.

Dijo el amistoso cocinero lleno de hollín,

Que me atendió generosamente.

Por la ventana entraba la luz del sol.

Apoyé los codos en el marco,

Mirando hacia afuera mientras comía.

De vez en cuando era mucha la tentación y le tiraba un poco de zampa por el borde del cuenco a algún pobre monje que estaba abajo.

¿Quieres más?

Dijo el monje cocinero algo asombrado.

¿Más?

Debes de estar hueco,

Añadió,

Haciéndome un guiño.

Seguramente me sonrojé o mi aspecto era de culpable,

Pues el cocinero no dejaba de reírse y dijo ¿Entonces?

Mezclemos un poco de hollín con esto.

Pero las bromas no podían durar demasiado.

Mi escudilla se había vaciado de nuevo.

Abajo,

Un grupo de cada vez mayor de monjes,

Se limpiaban sus vestimentas y miraban suspicazmente en torno a ellos.

Uno incluso echó a andar por la senda a toda prisa y yo salí de la cocina lo más inocentemente que pude y me fui por el corredor.

Cuando doblé una esquina de este,

Un monje furioso apareció y al verme vaciló.

¡Déjame ver tu cuenco!

Gritó.

Con la expresión más inocente que pude se lo di para que lo inspeccionara.

¿Pasa algo malo,

Señor?

¿Ese?

¿Es de verdad mi cuenco?

Proseguí.

El monje lo examinó cuidadosamente buscando las huellas de hollín que yo había quitado completamente.

Me miró con gran sospecha y al devolverme el recipiente me dijo ¡Ah!

¡Tú eres el herido!

¡No podías haber subido al tejado!

¡Alguien nos ha tirado hollín desde allí!

¡Lo cogeré!

Después de decir eso,

Se marchó a toda prisa hacia arriba.

Respiré profundamente.

Detrás de mí sonó una risita y la voz del monje cocinero dijo ¡Bien hecho,

Chico!

¡Deberías ser actor!

¡No te traicionaré!

¡Pues si no,

Sería yo la próxima víctima!

Y se marchó a cumplir alguna misteriosa misión relacionada con las provisiones mientras yo continuaba sin muchas ganas de volver a la clase.

Llegué el primero y me acodé en la ventana pues siempre me fascinaba mirar el paisaje desde aquella altura.

La vista de los mendigos en la Parco Canning o Puerto Occidental y la emoción que nunca me fallaba al ver la eterna espuma de nieve cayendo de los altos picos del Himalaya podían hacerme pasar allí horas y días enteros contemplando.

En torno al distrito de Lhasa formaban las montañas una gran U el poderoso Himalaya que constituía la columna vertebral del continente.

Con tiempo sobrado me entretuve mirando el paisaje.

Por debajo de mí los blancos muros del pótala se fundían imperceptiblemente con la roca viva de la que había sido hacía muchísimo tiempo un volcán.

La blanqueada estructura hecha por los hombres destacaba sobre el gris y marrón de la montaña y nadie podía decir ahora dónde terminaba aquella y dónde empezaba esta pues se habían fundido ambas totalmente.

Las faldas inferiores de la montaña estaban cubiertas por los pequeños matorrales que nos servían a los chicos de escondite cuando tratábamos de evitar que nos descubrieran.

Aún más abajo estaban los edificios del pueblo de SH6 con los grandes tribunales de justicia,

Las oficinas del gobierno,

Las imprentas gubernamentales,

El registro y la prisión.

Era un paisaje lleno de actividad.

Los peregrinos caminaban por la ruta de los peregrinos esperando adquirir virtud tendiéndose en el suelo.

Avanzaban un poco arrastrándose y luego se quedaban otra vez tendidos boca abajo.

Desde allí arriba ese espectáculo resultaba muy divertido.

Unos monjes caminaban a grandes pasos entre las casas.

Debían de ser vigilantes tras un malhechor,

Pensé,

Y unos lamas iban a caballo.

Un abad y su séquito se dirigían hacia la entrada principal por nuestra carretera.

Un grupo de adivinos exaltaban las virtudes de sus horóscopos.

Bendecidos por un señor abad,

Fijaos con toda seguridad,

Les traerán a usted de suerte.

Me atraía el verde de los sauces más allá del camino y las hojas se movían suavemente por la brisa.

Charcos de agua reflejaban las veloces nubes y cambiaban de color según los colores de las ropas de los caminantes.

Un adivinador se había instalado al borde de un gran estanque y pretendía leer el futuro a sus clientes en el agua sagrada al pie del pótala.

Había por allí mucho comercio.

Parco Kaling estaba llena de gente.

Habían sido instalados pequeños puestos y los comerciantes itinerantes hacían mucho negocio vendiendo comida y dulces a los peregrinos.

Muchos amuletos y cajas de encantos estaban envueltos en un puesto,

Brillando al sol los adornos turquesas y dorados.

Indios alegremente enturbanados y con grandes barbas y ojos brillantes paseaban en busca de gangas.

Enfrente se elevaba Chakpori,

La montaña de hierro,

Algo más alta que el pótala,

Pero no tan adornada ni con tantos edificios,

Sino austera,

Algo gris y triste.

Pero Chakpori era la casa de la curación,

Mientras que el pótala era la casa de Dios.

Más allá de Chakpori,

El río feliz relucía y resonaba mientras se dirigía rápido hacia la bahía de Bengala.

Poniéndome las manos de pantalla por encima de mis ojos y esforzándome un poco,

Pude ver al barquero que conducía a sus pasajeros de una a otra orilla del río.

Su hinchado bote de piel de yak siempre me fascinaba y empezaba a preguntarme si no estaría mejor de barquero que de pequeño acólito en una gran lamasería.

Pero bien sabía que aún no era tiempo de ser un barquero,

Pues tenía antes que estudiar.

¿Y quién ha oído que un monje se convierta en barquero?

Muy lejos,

A la izquierda,

La adorada techumbre del Jokang,

O Catedral de Lhasa,

Deslumbraba los ojos al reflejar los rayos del sol.

Contemplé al río feliz mientras cruzaba la tierra pantanosa,

Deslumbrante por entre las sauces y recibía un pequeño afluente bajo el bello puente turquesa.

Y también lejos vi un brillante hilo de plata que disminuía al alejarse cuando el río seguía hacia las tierras bajas.

Era aquel un día de mucha actividad y,

Asomado a la ventana,

Con cierto peligro de caerme desde mucha altura,

Pude ver más mercaderes que llegaban por el camino de Drepung,

Cruzando los altos desfiladeros montañosos.

Pero pasaría mucho tiempo antes de que llegasen lo bastante cerca de mí para verlos con detalle,

Y la clase empezaría antes.

Las faldas de las montañas estaban salpicadas de lamas serías,

Grandes unas como si contuvieran una ciudad cada una y pequeñas otras precariamente sostenidas en las alturas de roca en pendiente.

Algunas de las más pequeñas y de las situadas en posición más peligrosa eran ermitas de monjes que habían renunciado al mundo y que se encerraban en sus reducidísimas celdas para pasar allí el resto de sus vidas.

¿Era en realidad tan bueno separarse tanto del mundo?

¿Ayudaba alguien que un hombre joven y saludable se encerrase en una pequeña celda para pasarse allí quizá 40 años en completa oscuridad y silencio total mientras meditaba sobre la vida y trataba de liberarse de los vínculos de la carne?

Debía de ser muy raro,

Pensé,

No volver a hablar ni andar y comer solo un día,

Sí y otro no.

Fin del capítulo 2.

Siguiente capítulo,

Capítulo 3.

Gracias.

4.9 (34)

Reseñas Recientes

Leonardo

June 22, 2020

Gracias gracias gr

Ovidio

June 13, 2020

Muchas gracias

Patricia

April 12, 2020

Gracias una lección y una hermosa historia para estos tiempos.. 🙏♥️

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