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Audiolibro Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 2

by Yaima (Green Witch Meditation Guide)

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Disfruta esta historia para dormir. "Alicia en el país de las maravillas" es una obra literaria creada por el matemático y escritor británico Charles Lutwidge Dodgson, bajo el seudónimo Lewis Carroll. Fue publicada en 1865. La novela contiene alusiones satíricas a los amigos de Dodgson, a la educación inglesa y a temas políticos de la época. El país de las maravillas es creado, fundamentalmente, a través de juegos de lógica, tan particulares, que la obra ha gozado durante décadas de una popularidad extraordinaria, en los públicos más variados, y ha sido llevada varias veces al cine y la animación. Aunque es considerado, primariamente, un libro infantil; resulta muy atractivo para los adultos -y numerosos ensayos aseveran que este es su verdadero público o, al menos, el que realmente puede comprenderlo en profundidad-, por los temas que aborda y la manera en que son recreados.

Transcripción

Alicia en el País de las Maravillas Escrito por Luis Carroll Narrado por Yaima Lorenzo Capítulo 2 Un charco de lágrimas Cada vez más extrañísimo,

Gritó Alicia.

Estaba tan sorprendida que por el momento se había olvidado de cómo se hablaba correctamente.

Ahora me estoy desplegando como el telescopio más gigante que haya existido nunca.

¡Adiós,

Pies!

Porque,

Cuando bajó los ojos para mirarse los pies,

Éstos ya estaban casi fuera del alcance de la vista,

De tan lejos que se habían ido.

¡Ay,

Pobrecitos pies míos!

Vaya uno a saber quién se ocupará ahora de ponerles las medias y los zapatos.

Yo,

Al menos,

No voy a poder.

Estoy segura.

Voy a estar demasiado lejos para ocuparme de ustedes.

Van a tener que arreglárselas lo mejor que puedan.

Pero va a ser mejor que sea amable con ellos,

Pensó Alicia.

Si no,

En una de esas se niegan a caminar para donde yo quiero ir.

A ver,

A ver,

Ya sé.

Les voy a regalar un par de botas nuevas todas las navidades.

Y siguió haciendo planes de cómo se las iba a ingeniar.

Voy a tener que mandarlas por encomienda,

Pensó.

Y qué raro me va a parecer eso de mandarles regalos a mis propios pies.

Y qué extrañas van a ser las direcciones.

Honorable pie derecho de Alicia.

Alfombra de la chimenea cerca del guardafuegos.

Con cariño,

De Alicia.

¡Ay,

Dios mío!

¿Qué tonterías estoy diciendo?

En ese preciso momento,

La cabeza de Alicia golpeó contra el cielo raso del vestíbulo.

Y es que en realidad,

Para entonces Alicia,

Ya andaba midiendo algo más de nueve pies.

Recogió de inmediato la llavecita dorada y fue corriendo hacia la puerta que daba al jardín.

Pobre Alicia.

Lo más que pudo hacer fue tenderse de costado para mirar con un solo ojo hacia el jardín.

Había menos esperanzas que nunca de que pudiera atravesar la puerta.

Alicia se sentó y se puso a llorar una vez más.

Tendría que darte vergüenza,

Dijo Alicia.

Una grandota como tú tenía todo el derecho de decirlo,

Llorando sin parar.

¡Te digo que te calles ahora mismo!

Pero siguió igual que antes,

Derramando galones de lágrimas hasta que terminó por quedar rodeada por un gran charco de unas cuatro pulgadas de profundidad y que cubría medio vestíbulo.

Un rato después,

Alicia oyó un golpeteo de pasitos a lo lejos y se secó apresuradamente los ojos para ver quién llegaba.

Era el conejo blanco,

Que volvía suntuosamente vestido con un par de guantecitos blancos en una mano y un gran abanico en la otra.

Venía al trote,

Apurado,

Murmurando para sus adentros mientras se acercaba.

¡Ay,

La duquesa!

¡La duquesa!

¡Ay,

Lo que no me va a decir por haberla hecho esperar!

Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedir ayuda a cualquiera.

De modo que cuando el conejo se acercó hacia donde ella estaba,

Empezó a decir en voz baja y con timidez,

¡Señor,

Por favor!

El conejo se sobresaltó,

Dejó caer los guantecitos blancos y el abanico y se escurrió en la oscuridad lo más rápido que pudo.

Alicia recogió el abanico y los guantes y,

Como hacía mucho calor en el vestíbulo,

Empezó a abanicarse y siguió abanicándose sin cesar mientras hablaba.

¡Ay,

Dios mío!

¡Qué raro es todo hoy!

¿Y pensar que ayer todo sucedía como de costumbre?

Me pregunto si no me habrán cambiado durante la noche.

A ver,

Déjenme pensar un poco.

¿Era la misma yo cuando me levanté esta mañana?

Casi casi me parece recordar que me sentía un poco distinta.

Pero,

Si no soy la misma,

La pregunta que sigue es,

Entonces,

¿quién vengo a ser?

¡Ay,

Esa es la incógnita!

Empezó a recordar a todas las chicas de su misma edad que conocía para ver si la habrían cambiado por alguna de ellas.

Estoy segura de que no soy Ada,

Dijo,

Porque ella tiene bucles largos y yo no tengo ni un solo rulito y estoy segura de que no puedo ser Mabel porque yo sé un montón de cosas y ella,

Bueno,

Ella sabe tan poquito.

Además,

Ella es ella y yo soy yo.

Y,

¡ay,

Dios mío!

¡Qué difícil es entender todo esto!

Voy a hacer una prueba a ver si sé todas las cosas que solía saber.

A ver,

4x5 es 12 y 4x6 es 13 y 4x7 es.

.

.

¡Ay,

No!

¿Así no voy a llegar nunca a 20?

Pero la tabla de multiplicar no significa nada.

Vamos a probar con geografía.

Londres es la capital de París y París es la capital de Roma.

¿Y Roma?

¡Ay,

No!

¡Está todo mal!

¡Deben de haberme cambiado por Mabel!

Voy a recitar como aumenta la vejita.

Y Alicia cruzó los brazos sobre la falda como si estuviese dando lección y empezó a repetir la poesía.

Pero la voz le sonaba ronca y extraña y las palabras no parecían fluir del modo acostumbrado.

Como aumenta el cocodrilo el resplandor de su cola derramando agua del nilo sobre sus escamas todas.

¡Qué sonrisa tan alegre!

¡Qué zarpazos tan sutiles!

Cuando recibe a los peces con mandíbulas gentiles.

Estoy segura de que esas no son las palabras correctas dijo la pobre Alicia y se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas mientras seguía hablando.

Y sí,

Debo ser Mabel no más y voy a tener que irme a vivir a esa casita de morondanga sin juguetes ¡Ay,

Dios!

Siempre llena de lecciones para estudiar.

¡Ah,

No!

Estoy decidida.

Si soy Mabel,

Me quedo aquí abajo.

Y de nada va a servir que asomen sus cabezas para mirar hacia el fondo y digan ¡Vamos,

Sube queridita!

Lo único que voy a hacer es levantar la cabeza y preguntar ¿Yo quién soy?

Primero dígame eso y después,

Si me gusta ser esa persona,

Salgo.

Si no,

Me quedo aquí abajo hasta ser otra.

Pero ¡Ay,

Dios mío!

Gritó Alicia con un súbito acceso de lágrimas.

¿Cómo me gustaría que asomasen las cabezas?

Estoy tan cansada de estar sola aquí abajo.

Al decir esto,

Se miró las manos y se sorprendió al ver que se había puesto uno de los guantecitos del conejo mientras hablaba.

¿Cómo habré podido hacerlo?

Pensó.

¿Debo estar achicándome otra vez?

Se puso de pie y fue hasta donde estaba la mesa para medirse con ella y se encontró con que,

Según sus cálculos,

Medía unos dos pies y seguía encogiéndose vertiginosamente.

Pronto se dio cuenta de que la causa era el abanico que tenía en la mano y lo dejó caer de inmediato,

Justo a tiempo para salvarse de encogerse del todo.

Esto sí que es salvarse por un pelo,

Dijo Alicia,

Bastante asustada por el súbito cambio,

Pero muy contenta de seguir figurando entre las cosas existentes.

Ahora,

Al jardín.

Y volvió a toda velocidad hasta la puertita.

Pero,

¡qué lástima!

La puertita estaba cerrada nuevamente y la llavecita dorada estaba sobre la mesa de vidrio como antes.

Y todo anda peor que nunca,

Pensó la pobre criatura,

Porque jamás había sido tan chiquita como ahora.

¡Jamás!

La verdad es que es algo horrible.

¡Horrible!

Al decir estas palabras,

Resbaló con uno de sus pies y ¡plash!

Un instante después,

Estaba hundida hasta el mentón en agua salada.

La primera idea que se le cruzó por la cabeza fue la de que,

De algún modo u otro,

Se había caído en el mar.

Alicia había ido a la playa una sola vez en su vida y había llegado a la conclusión de que,

En cualquier punto de la costa de Inglaterra,

Había unas cuantas máquinas para bañarse en el mar.

Algunos chicos haciendo pozos en la arena con palitas de madera.

Después,

Una hilera de casas de hospedaje y,

Detrás de todo eso,

La estación del ferrocarril.

Sin embargo,

No tardó en darse cuenta de que estaba en el charco de lágrimas que había llorado cuando medía nueve pies.

Ojalá no hubiese llorado tanto,

Dijo Alicia,

Mientras nadaba de un lado al otro,

Tratando de encontrar la salida.

Supongo que ahora estoy sufriendo el castigo que me merezco,

Ahogarme en mis propias lágrimas.

Eso sí que va a ser algo raro.

Aunque,

En realidad,

Todo es muy raro hoy.

En ese preciso instante,

Oyó que algo se zambullía en el charco,

Alguna distancia de donde ella estaba,

Y se acercó nadando para averiguar de qué se trataba.

Al principio,

Pensó que podía muy bien ser una morsa o un hipopótamo,

Pero después recordó su propia pequeñez y muy pronto descubrió que era solo un ratón que se había resbalado igual que ella.

¿Valdrá la pena que le hable a este ratón?

Pensó Alicia.

Todo es tan desacostumbrado aquí que no me extrañaría nada que supiese hablar.

Sea como sea,

No pierdo nada con intentarlo.

De modo que empezó a decir,

¡Oh,

Ratón!

¿Conoce usted el modo de salir de este charco?

Estoy muy cansada de nadar de aquí para allá.

¡Oh,

Ratón!

Alicia pensaba que ese era el modo correcto de dirigirse a un ratón.

En realidad,

Era la primera vez que lo hacía,

Pero recordaba haber leído en la gramática latina de su hermano un ratón,

Del ratón,

Para el ratón,

Al ratón,

Con el ratón,

¡Oh,

Ratón!

El ratón la miró con un aire un poco inquisitivo y a Alicia le pareció que le guiñaba uno de sus ojitos,

Pero no dijo nada.

En una de esas no entiende inglés,

Pensó Alicia.

En una de esas es un ratón francés que llegó con Guillermo el Conquistador.

Y es que,

A pesar de todos sus conocimientos de historia,

Alicia no tenía una idea demasiado clara de cuánto hacía que habían sucedido las cosas.

De modo que empezó de nuevo.

¿Dónde está mi gato?

Que era la primera oración de su libro de francés.

El ratón pegó un súbito brinco en el agua y pareció estremecerse de miedo.

¡Oh,

Discúlpeme!

Se apresuró a gritarle a Alicia,

Temerosa de haber herido los sentimientos del pobre animal.

Me olvidé de que a usted no le gustan los gatos.

¡Que no me gustan los gatos!

Chilló el ratón con voz atiplada y llena de pasión.

¿Te gustarían a ti los gatos si estuvieses en mi lugar?

Bueno,

Tal vez no,

Dijo Alicia en tono amistoso.

No se enoje por eso.

Sin embargo,

Me gustaría que conociese a nuestra gata Dina.

Creo que empezaría a tomarles cariño a los gatos si solo pudiese conocerla.

¡Es un tesoro!

Siguió diciendo Alicia,

Un poco para sus adentros mientras nadaba aperezosamente por el charco.

Si la viera,

Tan tranquilita cuando se queda sentada ronroneando junto al fuego.

Tan amorosa.

Se lame las patitas y se lava la cara.

Y es tan suavecita cuando uno la tiene en los brazos.

Y es una verdadera campeona para cazar ratones.

¡Ay,

Disculpe!

Gritó Alicia de nuevo porque esta vez el ratón estaba todo erizado y Alicia estaba segura de que debía de estar verdaderamente ofendido.

Si prefiere,

No volvemos a hablar de ella.

¡No volvemos a hablar!

¡Qué descaro!

Gritó el ratón que temblaba desde la cabeza hasta la punta de la cola.

¡Como si yo sacase esos temas!

¡Nuestra familia ha odiado siempre a los gatos!

¡Criaturas asquerosas!

¡Despreciables!

¡Vulgares!

¡No vuelvas a mencionarme esa palabra!

¡No lo voy a hacer más!

Dijo Alicia,

Muy apurada por cambiar de tema de conversación.

¿Le gustan los perros?

El ratón no contestó.

De modo que Alicia arremetió con entusiasmo.

¡Hay un perrito muy lindo cerca de casa!

¡Me gustaría que lo conociese!

¡Un fox terrier de ojos brillantes!

¿Vio?

Con mucho pelo marrón y todo lleno de rulitos y sabe ir a buscar las cosas que uno le arroja y se sabe sentar en dos patas y pedir la comida y muchas cosas más.

¡Ay!

Ahora no me acuerdo ni de la mitad.

Este es un granjero,

¿sabe?

Y él siempre dice que es muy útil,

Que vale un millón.

Dice que le mata a todas las ratas y.

.

.

¡Ay,

Dios!

Gritó Alicia con voz apesadumbrada.

Me parece que volvió a ofenderlo porque el ratón ya se alejaba de ella nadando lo más enérgicamente que le era posible y agitando bastante el charco mientras avanzaba.

Alicia lo llamó con suavidad.

¡Ratoncito querido!

¡Vuelva,

Por favor!

¡Que no vamos a hablar más de gatos ni de perros si a usted no le gusta!

Cuando el ratón escuchó esto,

Dio media vuelta y nadó lentamente hacia Alicia.

Tenía la cara bastante pálida.

Por la emoción,

Pensó Alicia y dijo en voz baja y temblorosa,

¡Vayamos hasta la orilla y te voy a contar mi historia!

Así vas a entender por qué odio a los gatos y a los perros.

Ya era hora de salir porque el charco estaba bastante atestado de pájaros y animales que habían caído en él.

Había un pato y un dodo,

Un loro y un aguilucho y muchas otras criaturas de lo más extrañas.

Alicia encabezó la marcha y toda la compañía nadó hacia la costa.

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