
Cuento sobre el sabor del azúcar
Una madre, preocupada por el consumo excesivo de azúcar de su hijo, viajó durante días para suplicarle a un sabio que hablara con el pequeño, confiando en su autoridad moral. Este relato posee la naturaleza de una parábola ética y de transmisión oral tradicional, estrechamente vinculada a la filosofía de la no violencia (Ahimsa) y la verdad (Satyagraha). La pureza de su metáfora radica en la coherencia absoluta: demuestra de forma cristalina que la palabra carece de peso si no nace de la experiencia viva.
Transcripción
El cuento sobre el sabor del azúcar.
Hace muchos años.
En una remota provincia de la India.
Vivía una mujer viuda junto a su pequeño hijo.
El niño.
Era la luz de sus ojos.
Pero tenía un grave problema.
Sentía una devoción incontrolable por los dulces.
Especialmente por el azúcar moreno crudo que se producía en la región.
El niño consumía azúcar a todas horas.
La madre preocupada no solo por la pérdida de sus dientes,
Sino también por su salud y los cambios de humor que el dulce le provocaba.
Intento de todo.
Le suplicó.
Lo castigo.
Escondió los tarros de azúcar en los rincones más altos de la casa.
Pero el niño siempre encontraba la forma de conseguirlo.
La situación se había vuelto insostenible.
Un día.
La mujer se enteró de que un gran sabio y maestro espiritual se había retirado a vivir a una cabaña en mitad del bosque profundo.
A varios kilómetros de su aldea.
Se decía que este sabio poseía una palabra tan poderosa,
Una autoridad moral tan grande.
Que cualquiera que escuchaba sus consejos cambiaba de vida de inmediato.
La madre.
Vio una luz de esperanza.
Si un hombre tan santo se lo pide,
Pensó.
Mi hijo finalmente obedecerá.
A la mañana siguiente.
La madre tomó a su hijo de la mano y emprendió el viaje.
El camino no era fácil.
Tuvieron que caminar durante horas bajo un solo abrazador.
Cruzar senderos polvorientos y adentrarse en la espesura del bosque.
El niño.
Cansado y quejoso.
Arrastraba los pies.
Pero la fe de la madre la empujaba a seguir adelante.
A media tarde.
Exhaustos y cubiertos de polvo.
Llegaron a la humilde cabaña del sábio.
El maestro se encontraba sentado en el suelo.
Con los ojos cerrados.
Sumido en un pacífico silencio.
Al notar la presencia de los visitantes.
Abrió los ojos y los recibió con una cálida sonrisa.
La madre.
Cayendo de rodillas con respeto.
Le explicó su penuria.
¡Oh venerable Maestro!
He viajado desde muy lejos para pedir su ayuda.
Este es mi hijo.
Lo amo con toda mi alma.
Pero tiene una obsesión destructiva con el azúcar.
¡Come tanto!
Que temo por su salud.
Y no me hace caso.
Por favor.
Tú que tienes el don de la palabra.
Dile que deje de comer azúcar.
El sabio miró fijamente al niño.
El pequeño bajó la cabeza,
Intimidado pero curioso.
El maestro miró a la madre.
Se quedó en silencio durante unos largos instantes,
Como si estuviera sopesando la gravedad del asunto.
Finalmente.
Hablo con voz suave.
Vuelve a tu casa con tu hijo.
Y regresa a verme dentro de tres semanas.
La madre.
Quedó desconcertada y profundamente decepcionada.
Habían caminado kilómetros bajo el sol.
Sin embargo.
.
.
O respeto su autoridad no protesto.
Hizo una reverencia.
Toma al niño de la mano.
Y emprendió el largo camino de regreso a casa.
Pasaron las tres semanas.
Durante ese tiempo.
El niño siguió comiendo azúcar y la madre siguió desesperada.
Contando los días para cumplir el plazo.
Al cumplirse la tercera semana.
La mujer volvió a preparar el lato.
Tomó a su hijo y repitió el extenuante viaje a través del bosque.
Cuando llegaron a la cabaña.
El sabio estaba en el mismo lugar.
Al verlos.
Los invitó a pasar y les ofreció un vaso de agua fresca.
La madre ansiosa le dijo.
Maestro.
Hemos cumplido tu palabra.
Aquí estamos de nuevo.
Por favor.
Hable usted con mi hijo.
El sabio sintió.
Se inclinó hacia adelante.
Puso sus manos tiernamente sobre los hombros del niño.
Lo miró profundamente a los ojos con un amor infinito.
Y con una voz firme pero llena de dulzura le dijo.
Hijo mío.
Debes dejar de consumir tanta azúcar.
No es bueno para tu cuerpo.
Acompañe tu salud.
Y haces sufrir a tu madre que te ama.
Prométeme.
Y a partir de hoy harás el esfuerzo de dejarlo.
El niño.
Impactado por la mirada penetrante del sabio y la vibración de sus palabras.
Clavó sus ojos en los del anciano.
Asintió con la cabeza y respondió con firmeza.
Lo prometo,
Maestro.
No volveré a comer azúcar.
La madre.
Viendo el milagro.
Lloró de alegría y agradecimiento.
Sabía que su hijo cumpliría la promesa.
Sin embargo.
.
.
La duda lácar comía por dentro.
No pudo contenerse.
Y antes de marcharse le preguntó al sabio.
Maestro.
Estoy infinitamente agradecida.
Pero me asalta una duda.
Las palabras que le has dicho hoy son hermosas.
Pero podrías haberselas dicho hace tres semanas.
Cuando vinimos por primera vez.
¿Por qué nos hiciste hacer este viaje tan largo y difícil dos veces?
¿Por qué nos hiciste esperar tres semanas?
El sabio.
Sonrió con humildad y le respondió.
Hace tres semanas,
Buena mujer.
Yo mismo era un hombre que consumía azúcar todos los días.
Disfrutaba de su sabor.
Y formaba parte de mis hábitos.
Como podría tenerla osadía.
De pedirle a tu hijo que renunciara a algo que yo misma no había sido capaz de dejar.
Mis palabras.
Habrían sido huecas.
Habrían carecido de fuerza y de verdad.
El niño.
Habría sentido la mentira en mi voz.
He necesitado estas tres semanas.
Para experimentar en mi propio cuerpo aquello que le iba a pedir.
Para luchar contra mi propio deseo.
Y finalmente vencerlo.
Conoce a tu maestro
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