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Sueño Profundo, Duerme con El Hojarasquín del Bosque

by Alma Cuentos

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¿Sientes que continuamente vas por la vida forzando los resultados, con prisa y agotando tu propia energía? En nuestro mundo moderno, es fácil olvidar el ritmo natural de las cosas y actuar desde la impaciencia. Esta noche, te invito a un viaje sonoro hacia el corazón de las montañas andinas de Colombia. Al calor de una fogata imaginaria, escucharemos la antigua leyenda del Hojarasquín del Monte, el espíritu guardián de los bosques. A través de este relato atrapante y misterioso, aprenderemos a soltar nuestra "hacha" interna, esa necesidad de controlarlo todo, para, en su lugar, aprender a caminar con paciencia, gratitud y respeto por nuestros propios procesos. Acompañada de una profunda relajación inicial y sonidos inmersivos de la naturaleza nocturna, esta sesión está diseñada para calmar tu sistema nervioso, invitarte a bajar las defensas y guiarte suavemente hacia un sueño profundo y verdaderamente reparador.

Transcripción

Bienvenido querido viajero del alma a tu refugio nocturno.

Esta noche el ambiente es distinto.

Quiero que imagines que estamos sentados al aire libre,

En lo alto de una montaña.

Frente a nosotros hay una pequeña fogata que ilumina nuestros rostros con una luz cálida y danzante.

El aire es frío.

Huele a tierra húmeda,

A pino y a leña quemada.

Y entre tus manos sostienes una taza humeante de aguapanela caliente.

O si lo prefieres,

Imagina tu bebida favorita para antes de ir a dormir.

Siente el calor de esa taza en tus palmas.

Siente como ese calor sube por tus brazos y relaja tus hombros.

Toma un sorbo imaginario de esa bebida dulce y reconfórtate.

Inhala profundamente por la nariz,

Absorbiendo el aire puro de la montaña.

Y exhala lentamente.

Dejando que el humo de la fogata se lleve todas tus preocupaciones del día.

Una vez más,

Inhala a profundo,

Sintiendo la majestuosidad de la noche a tu alrededor.

Y exhala soltando el peso de tu cuerpo sobre la tierra que te sostiene.

Esta noche,

Al calor del fuego,

Vamos a viajar en el tiempo.

Vamos a ir a las montañas de Colombia,

Un país lleno de magia y naturaleza salvaje.

A la época en que las carreteras eran apenas caminos de herradura,

Donde la niebla lo cubría todo al amanecer,

Y los campesinos sabían que el bosque no estaba vacío,

El bosque Escuchaba.

Como suele suceder con las historias que nacen de la tradición oral,

Aquellas que viajan de boca en boca,

De abuelos a nietos,

Existen muchas versiones de este mismo mito.

Es posible que los detalles que escuches hoy sean distintos a los que alguna vez te contaron.

Hoy te invito a soltar las comparaciones.

Evita juzgar las diferencias.

Simplemente abre tu corazón.

Permite que la esencia y la magia de esta antigua leyenda te abracen.

Y deja que te guíe suavemente hacia el descanso.

Acomódate delicadamente en tu cama.

Cierra los ojos.

Déjate envolver por la noche y acompáñame a conocer la leyenda del Ojarasquín del Monte.

Hace mucho,

Muchísimo tiempo,

En un pequeño caserío escondido entre los Andes,

Vivían dos compadres,

Joaquín y Rogelio.

Cada semana los dos hombres debían subir a lo más espeso del monte para buscar leña.

Pero ambos tenían corazones muy distintos.

Joaquín era un hombre que caminaba en silencio.

Amaba la naturaleza.

Cuando necesitaba madera,

Caminaba horas recogiendo pacientemente las ramas secas que el bosque ya había soltado,

Agradeciendo en un susurro por cada madero.

Cuidando de no lastimar ni una sola hoja verde.

Rogelio,

En cambio,

Era un hombre impaciente y ruidoso.

Le encantaba llevar su hacha afilada y tumbar el monte.

Cortaba árboles jóvenes,

Sanos y fuertes.

A veces,

Solo por el placer de escuchar el estruendo de la madera al caer.

Incluso cuando ya tenía leña de sobra para su semana.

Una mañana fría y envuelta en una espesa niebla gris,

Rogelio amaneció enfermo.

Y no pudo salir de su casa.

Joaquín,

Aunque sentía un respeto profundo y casi temeroso por el monte solitario,

Pensó en el frío que pasaría a su familia esa noche,

Y decidió subir solo.

El bosque ese día estaba.

.

.

Diferente.

No se escuchaban los pájaros.

El ambiente estaba pesado.

Agitado.

Como si los árboles estuvieran conteniendo la respiración.

Con paso firme.

Pero cauteloso.

O a quien se adentró en la espesura.

De pronto.

A lo lejos entre la bruma blanca divisó un árbol que nunca antes había estado allí.

Era un guayacán inmenso.

Majestuoso.

Coronado por miles de flores amarillas que brillaban como oro en medio de la niebla.

Joaquín sintió que una fuerza extraña e invisible tiraba de él.

Sus pies se movieron solos hacia el árbol.

Al acercarse,

Notó que una bandada entera de loros verdes volaba en círculos,

En absoluto silencio,

Sobre la copa del inmenso Guayacán.

De un momento a otro.

Un ventarrón helado bajó de la montaña.

Las hojas secas del suelo se arremolinaron.

Joaquín sintió que sus piernas se entumecían,

Parpadeó frotándose los ojos,

Porque a través de la niebla le pareció que el tronco del árbol se movía.

Más posible.

Pensó Joaquín con el corazón latiendo a mil por hora.

Los árboles no caminan.

Es el cansancio.

Pero cuando abrió bien los ojos,

La tierra tembló suavemente.

El inmenso Guayacán estaba marchando.

Arrastrando raíces gruesas como piernas,

Directo hacia él.

Joaquín quería huir.

Su mente le gritaba que corriera.

Pero el asombro lo dejó anclado al suelo.

En cuestión de segundos,

La imponente figura de madera,

Hojas,

Musgo y flores amarillas,

Se detuvo justo frente a él.

El bosque entero guardó un silencio sepulcral.

Y entonces,

De entre la corteza,

Se formó un rostro antiguo.

Hecho de nudos y raíces.

El inmenso árbol miró a Joaquín.

Y con una voz ronca que sonaba como el crujir de dos ramas viejas frotándose en el viento le dijo Hombre,

¿tienes tabaco?

Joaquín estaba petrificado.

¡Pah!

¿Dabago?

Necesito tabaco.

Repitió la voz cavernosa,

Sacudiendo las flores amarillas.

A Joaquín le temblaban las manos.

Metió la mano en su ruana,

Sacó su pequeño atado de hojas de tabaco y lo extendió hacia adelante.

Una rama gruesa como un brazo enorme descendió lentamente y tomó el tabaco.

El rostro de Corteza pareció sonreír.

El árbol dio media vuelta,

Y con pasos pesados que hacían retumbar la tierra,

Se marchó perdiéndose en la niebla,

Seguido por la nube silenciosa de loros.

Joaquín tardó mucho en recuperar el aliento.

Pensó que había perdido la razón.

Pero al caer la tarde,

Cuando recordó que aún no tenía leña,

Encontró en el suelo del bosque algo maravilloso.

Los mejores troncos de madera seca,

Finos,

Fuertes y listos para ser llevados.

Como si alguien los hubiera cortado y apilado especialmente para él.

Agradecido y asombrado,

Bajó al caserío.

Allí se encontró con su compadre Rogelio,

Quien al ver semejante madera,

Abrió los ojos con codicia.

¡Qué madera,

Compadre!

Por fin dejó de recoger ramitas y cortó de lo bueno.

¿Dónde la encontró?

Joaquín,

Aunque dudó,

Terminó contándole todo,

Y bajando la voz le susurró.

Compadre,

Yo creo que ese era el mismísimo Faraskín del monte.

A Rogelio le brillaron los ojos de Avaricia.

¡Ajá!

Así que a ese espíritu le gusta el tabaco,

Y a cambio da esa madera.

Mañana mismo voy,

Le llevaré el mejor tabaco,

Y mientras está distraído aprovecharé para tumbar los mejores árboles de esa zona.

A la mañana siguiente,

Antes de que saliera el sol,

Rogelio subió al monte con su hacha afilada y un gran bulto de tabaco.

Llegó al lugar exacto que Joaquín le indicó.

Y allí estaba el inmenso Guayacán,

Inmóvil en la niebla.

Rogelio rió por lo bajo.

Como el hojarasquín parecía dormido,

Levantó su hacha.

Apuntando al tronco de un árbol joven y hermoso que crecía al lado.

Pero no alcanzó a dar el golpe.

Al primer movimiento de agresión,

El ojarasquín abrió sus ojos de madera oscura.

Dio un alarido que hizo temblar las piedras.

Y extendió una rama veloz como un látigo.

Agarró a Rogelio del cuello.

El hacha cayó al suelo.

Rogelio sintió un frío indescritible.

Al contacto con las garras de palo del Ojarasquín,

Rogelio sintió que sus huesos se volvían pesados y rígidos.

Su sangre cálida comenzó a volverse fresca y lenta,

Como la savia.

Poco a poco.

Su piel humana comenzó a agrietarse.

Cubriéndose de corteza oscura y áspera.

Sintió como sus pies se hundían en la tierra.

Rompiendo sus zapatos.

Convirtiéndose en raíces largas que buscaban el agua subterránea.

Sus piernas se unieron en un solo tronco.

Sus brazos se elevaron hacia el cielo,

Transformándose en ramas gruesas.

El Ojarasquín lo soltó.

Rogelio quiso gritar.

Pero de su boca solo salió el sonido del viento,

Rozando unas hojas nuevas.

Se había convertido en un árbol.

Un árbol con la extraña forma de un hombre asustado,

Condenado a permanecer inmóvil,

En silencio,

Observando y sintiendo el bosque que alguna vez quiso destruir.

Por toda la eternidad.

Respira profundo,

Querido viajero del alma.

Y nada.

Y exhala.

Siente como estás a salvo.

En tu cama.

Abrigado y tranquilo.

Esa leyenda que acabas de escuchar,

Nació hace muchísimos años en los campos y montañas de Colombia.

Los abuelos se la contaban a los niños en noches frías,

Iluminados solo por velas o por el fuego.

Exactamente como lo hemos hecho hoy.

Y no lo hacían para asustarlos,

No.

Lo hacían con un propósito hermoso y profundo.

El Ojarasquín del Monte era su forma de enseñar ecología.

Mucho antes de que esa palabra existiera.

Era la manera de explicarles a los más pequeños que el bosque está vivo.

Que cada árbol,

Cada planta y cada animal tiene un espíritu que merece respeto.

Que el mundo natural no es una bodega de la que podemos sacar cosas sin parar.

Sino un hogar sagrado al que debemos pedir permiso para entrar.

Todos en algún momento de nuestras vidas hemos sido un poco como Rogelio.

Hemos tomado de los demás,

De la naturaleza o incluso de nosotros mismos con impaciencia,

Queriendo resultados rápidos,

Usando nuestra hacha sin pensar en las consecuencias.

Actuando desde la avaricia o el egoísmo.

Pero también todos tenemos a un Joaquín en nuestro interior.

Es el lado nuestro que sabe caminar con cuidado.

Que sabe agradecer.

Que respeta los procesos.

Que entiende que si das algo bueno,

Así sea un poco de tabaco o un poco de amabilidad,

O tal vez un poco de paciencia.

La vida te recompensa con la madera más fina para construir tu destino.

El Ojarasquín del Monte representa los límites de la naturaleza.

Nos enseña que la tierra nos da todo lo que necesitamos si nos acercamos con humildad.

Pero nos detendrá si nos acercamos con arrogancia.

Esta noche te invito a preguntarte,

Sin juzgarte.

¿En qué áreas de tu vida estás intentando derribar el bosque a la fuerza?

¿Qué pasaría si en cambio caminas despacio?

Observa simplemente.

Recojas los regalos que ya están en el suelo,

Esperándote.

Siente nuevamente tu cuerpo sobre el colchón.

Imagina que de tus pies nacen unas pequeñas y luminosas raíces,

Como las de un árbol sano.

Que vagan hasta el centro de la tierra.

Conectándote con la calma inmensa del planeta.

El monte está en paz.

Los pequeños currucutúes cantan a lo lejos.

La fogata se ha convertido en brazas doradas y cálidas que te invitan al descanso absoluto.

Soy Alexandra,

Gracias por sentarte conmigo esta noche alrededor del fuego para escuchar los ecos de nuestros ancestros.

Si alguna vez has sentido esa presencia mágica y de respeto al caminar por un bosque,

Me encantaría leerte en los comentarios cuando despiertes.

Pero por ahora,

Es tiempo de apagar la luz.

Es tiempo de soltar el hacha,

Soltar las defensas y simplemente dejarte nutrir por el descanso.

Que la sabiduría del bosque acompañe tus sueños.

Buenas noches viajero del alma.

Descansa.

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