
Cap. 3.- Las aventuras de Siddhartha - Club de lectura
"Siddhartha" de Hermann Hesse es una obra literaria que narra el viaje espiritual y filosófico de un joven llamado Siddhartha en su búsqueda de la iluminación. Ambientada en la India antigua, la historia sigue a Siddhartha mientras deja atrás su vida privilegiada como hijo de un brahmán para explorar diversas formas de vida y espiritualidad. A lo largo de su travesía, Siddhartha experimenta el ascetismo, la riqueza material y el amor, todo en un esfuerzo por encontrar un sentido más profundo y auténtico de sí mismo y del universo. Se compró una licencia para usar esta música en Epidemic Sound. Los términos de la licencia permiten el uso de esta música. La grabación de sonido utiliza música de fondo libre de derechos de autor, por lo que no debería estar sujeta a reclamaciones de coincidencia de ID de contenido ni de derechos de autor en general. Trigger Warning: This practice may include references to death, dying, and the departed.
Transcripción
El barquero En este río quiero vivir,
Pensó Siddhartha.
Es el mismo que atravesé en mi ida hacia los hombres niños.
Entonces,
Un amable barquero me pasó el río.
Quiero ir junto a él.
En su choza se inició para mí una nueva vida,
Que se ha hecho vieja y ha muerto.
Ojalá que mi camino,
Que mi nueva vida,
Encuentra allí su principio.
Miró delicadamente la corriente,
Sus transparentes linfas,
Verdes,
Cristalinas.
Las cristalinas líneas de su dibujo lleno de misterios.
Vio ascender del fondo perlas luminosas.
Vio flotar sobre sus espejos unas pompas que reflejaban el azul del cielo.
Con mil ojos le miraba el río.
Con sus verdes,
Con sus blancos,
Con sus cristales,
Con su celeste azul.
¡Cómo amaba este agua!
¡Cómo le encantaban!
¡Cuán agradecido estaba a ellas!
Oí hablar a la voz en su corazón que despertaba de nuevo y le decía ¡Ama a esta agua!
¡Permanece junto a ella!
¡Aprende de ella!
¡Oh sí!
Él quería aprender de ellas,
Quería escucharlas.
Quien comprendiera a esta agua y sus misterios,
Le parecía que llegaría a comprender muchas otras cosas.
Muchos misterios.
Todos los misterios.
Pero de todos los misterios del río,
Hoy no veía más que uno.
Que había conmovido su alma.
Vio que esta agua corría y corría.
Corría sin cesar.
Y sin embargo siempre estaba allí.
Siempre era la misma.
Y no obstante,
Siempre era nueva.
No lo comprendía.
Solo sentía moverse los presentimientos,
Los recuerdos lejanos,
Las voces divinas.
Buenas noches.
Tenemos también a Juan Arrocha Mena.
Hola Juanjo,
Aquí estoy con David Arrocha.
Me alegra verte bien.
Muchas gracias Juan.
Tenemos a Sonia Cáceres.
¿Qué tal Sonia?
Bienvenida.
Dice hola Juanjo.
Buenas noches a ti y a todos.
Bendiciones.
Sidarta se levantó.
Era insoportable el hambre que sentía.
Prosiguió su camino resignado por el sendero de la orilla en contra de la corriente,
Escuchando el rumor del agua y las voces de su estómago.
Cuando llegó al lugar del pasaje,
Allí estaba la barca y el mismo barquero que en otro tiempo había transbordado al joven Samana.
Sidarta le reconoció,
Aunque él también había envejecido mucho.
¿Quieres pasarme el río?
Preguntó.
El barquero,
Asombrado de ver solo a un señor tan principal y caminando a pie,
Le recibió en la barca y desatracó.
Hermosa vida has elegido,
Dijo el pasajero.
Debe de ser bello vivir en esta agua y deslizarse sobre ellas.
El remero se inclinó sonriendo.
Sí que es bello,
Señor,
Como dices.
¿Pero no es hermosa toda vida?
¿No es hermoso todo trabajo?
Posiblemente sí,
Pero yo te envidio por la tuya.
Ah,
Pronto perderías el gusto por ella.
Esto no es para gente bien vestida.
Sidarta sonrió.
Es la segunda vez que han reparado en mis vestidos en este día.
Es la segunda vez que son mirados con desconfianza.
¿Querrías quedarte con ellos?
Me pesan mucho.
Además,
Has de saber que no tengo dinero para pagarte el pasaje.
El señor bromea,
Sonrió el barquero.
No bromeo,
Amigo.
Mira,
Ya en otra ocasión me pasaste el río por caridad.
Hazlo hoy también y quédate con mis vestidos en pago de tu estipendio.
¿Y quiere el señor continuar su camino sin vestidos?
Ah,
Preferiría no seguir adelante.
Me gustaría más,
Barquero,
Que me dieras un delante al viejo y me retuvieras a tu servicio como aprendiz.
Pues antes,
Habrías de enseñarme a manejar un barco.
El barquero se quedó mirando al forastero.
Ahora ya sé quién eres,
Dijo al fin.
Dormiste una noche en mi choza hace mucho tiempo.
Es posible que haga más de veinte años y te pasé el río.
Y nos despedimos como buenos amigos.
¿No eras tú un Samana?
Lo que no recuerdo es tu nombre.
Me llamo Siddhartha y era un Samana la última vez que me viste.
Entonces,
Sé bienvenido,
Siddhartha.
Yo me llamo Vasudeva.
Espero que hoy también seas mi huésped y que dormirás en mi cabaña y que me contarás de dónde vienes.
¿Y por qué te pesan tanto esos hermosos vestidos?
Habían llegado a la mitad del río y Vasudeva se afianzó en los remos para vencer la corriente.
Trabajaba reposadamente,
La mirada puesta en la prueba con sus brazos robustos.
Siddhartha iba sentado y le miraba y recordaba que en aquel último día de su época de Samana había brotado el amor en su corazón hacia este hombre.
Aceptó agradecido la invitación de Vasudeva.
Cuando llegaron a la otra orilla le ayudó a amarrar el bote a las estacas.
Luego el barquero le rogó que entrara en la choza.
Le ofreció pan y agua y Siddhartha comió con placer.
Y comió también con gusto del fruto del mango que Vasudeva le dio.
Después,
Al ponerse el sol,
Se sentaron sobre un tronco,
Junto a la orilla y Siddhartha refirió al barquero su vida y su alcurnia,
Como lo había visto hoy ante sus ojos en aquella hora de desesperación.
Su relato duró hasta bien entrada la noche.
Vasudeva le escuchó con toda su atención.
Se enteró de su genealogía,
De su niñez,
De todo lo que aprendió,
De todo lo que buscó,
De todas sus alegrías,
De todas sus calamidades.
Esta era una de las virtudes mayores del barquero,
La de saber escuchar como pocos.
El orador se dio cuenta de que Vasudeva recibía sus palabras tranquilo,
Abierto,
Esperando,
Sin perder ninguna,
Sin esperar ninguna con impaciencia,
Sin elogiarlas ni censurarlas,
Limitándose a escuchar.
Siddhartha sentía cuán placentero es tener un oyente así,
Volcar en su corazón la propia vida,
Los propios anhelos,
Los propios dolores.
Cuando Siddhartha estaba terminando su relato,
Cuando habló del árbol junto al río y de su profunda caída,
Del sagrado Om,
Y de que,
Al despertar del sueño,
Había sentido un amor muy grande por el río,
El barquero redobló la atención,
Enteramente entregado a la narración con los ojos cerrados.
Pero cuando Siddhartha cayó y después de un largo silencio,
Dijo Vasudeva,
«Es lo que yo pensaba.
El río te ha hablado.
También se te muestra propicio.
También te habló.
Eso es bueno,
Muy bueno.
Quédate conmigo,
Siddhartha,
Amigo mío.
En otro tiempo tuve mujer,
Pero ya hace tiempo que murió,
Y desde entonces vivo solo.
Ahora puedes vivir tú conmigo.
Hay sitio y comida para los dos».
«Te lo agradezco»,
Dijo Siddhartha,
«te lo agradezco y acepto.
Y también te doy gracias,
Vasudeva,
Por haberme escuchado con tanta atención.
Pocos son los hombres que saben escuchar y pocos he encontrado que lo hagan como tú.
Tendré que aprender también esto de ti».
«Lo aprenderás»,
Dijo Vasudeva,
«pero no de mí.
El río es el que me ha enseñado a escuchar.
Tú también lo aprenderás de él.
Lo sabe todo,
Todo se puede aprender de él.
Mira,
Hoy has aprendido de las aguas que es bueno tender hacia abajo,
Hundirse,
Buscar el fondo.
El rico y culto Siddhartha quiere ser remero.
El sabio Brahman Siddhartha aspira a convertirse en barquero.
Esto también te lo ha enseñado el río.
También aprenderás lo demás».
Siddhartha habló después de una larga pausa.
«Se ha hecho tarde»,
Dijo,
«vamos a dormir.
No puedo decirte qué es lo demás,
Oh amigo.
Tú lo aprenderás,
Quizá ya sepas lo que es.
Mira,
Yo no soy ningún letrado,
No sé hablar,
No sé pensar.
Yo no sé más que escuchar y ser piadoso.
No he aprendido otra cosa.
Si yo supiera hablar y enseñar,
Sería quizá un sabio.
Pero no soy más que un barquero.
Y mi tarea es transportar gente sobre este río.
He pasado a muchos miles.
Y para todos ellos mi río no era más que un impedimento en su camino.
Ellos viajaban por dinero y por negocios.
Para asistir a una boda,
Para hacer una peregrinación.
Y el río estaba en su camino,
Y para eso estaba allí el barquero.
Para que los pasara prontamente al otro lado.
Unos pocos entre miles.
Unos pocos,
Cuatro o cinco han dejado de considerar el río como un impedimento en su camino.
Han escuchado su voz,
Le han obedecido.
Y el río es sagrado para ellos como ha sido para mí.
¿Ves sagrado para ellos como ha sido para mí?
Y vayamos a descansar,
Siddhartha.
Siddhartha se quedó con el barquero y aprendió a manejar el barco.
Y cuando no había que hacer nada en el río,
Trabajaba con basudeo en el arrozal.
Recogía leña,
Recolectaba bananas.
Aprendió a labrar un remo.
Aprendió a reparar la barca y a trenzar cestos.
Y estaba contento con todo lo que había aprendido.
Los días y los meses pasaban velozmente.
Pero el río le enseñó mucho más de lo que pudiera enseñarle basudeo.
Constantemente le estaba enseñando.
De él aprendió ante todo a escuchar.
A escuchar con tranquilo corazón,
Con el alma abierta.
Esperanzada,
Sin pasión,
Sin deseo,
Sin prejuicios,
Sin opinión.
Vivía amistosamente junto a Basudeva.
Y a veces cambiaban entre sí unas palabras pocas y bien meditadas.
Basudeva era poco amigo de hablar.
Pocas veces conseguía a Siddhartha hacerle entrar en conversación.
—Has aprendido tú también —le preguntó una vez—.
Aquel secreto del río que dice que no hay tiempo.
El rostro de Basudeva se distendió en una clara sonrisa.
—Sí,
Siddhartha —dijo—.
Así es,
Como tú dices.
Que el río es igual en todo su recorrido.
En sus fuentes como en su desembocadura.
En la cascada,
En el vado,
En el rápido,
En el mar,
En la montaña.
Por todas partes igual.
Y para él no hay más que presente sin futuros hombres.
—Eso es —dijo Siddhartha.
Y cuando lo aprendí contemplé mi vida y vi que era también un río.
Y que el Siddhartha mozo y el Siddhartha hombre y el Siddhartha viejo solo estaban separados por sombras.
No por realidades.
Tampoco había pasado en los anteriores nacimientos de Siddhartha como no habría futuro cuando muriera y volviera a Brahma.
Nada ha sido.
Nada será.
Todo es.
Todo tiene ser y presente.
Siddhartha habló con entusiasmo.
Estaba encantado de lo que había aprendido.
¡Oh!
No era tiempo de dolor.
Tiempo de atormentarse y llenarse de temor.
No se había orillado y vencido en el mundo todo lo difícil,
Todo lo enemigo,
El mal y el bien.
Todo lo enemigo en cuanto se había logrado vencer al tiempo.
Había hablado con entusiasmo.
Pero Vasudeva le sonrió radiante.
E hizo gestos aprobatorios.
Acarició con la mano el hombro de Siddhartha y se volvió a su trabajo.
Y otra vez cuando el río se desbordó a causa de las lluvias y mugía recientemente —dijo Siddhartha— ¿No es verdad,
Oh amigo,
Que el río tiene muchas voces,
Muchísimas voces?
¿No tiene la voz de un rey,
De un guerrero,
De un toro,
De un ave nocturna,
De una parturienta,
De un sollozante y mil otras voces?
—Así es —respondió Vasudeva—.
Todas las voces de las criaturas están en su voz.
—Y sabes tú —prosiguió Siddhartha— ¿Qué palabra pronuncias si te has dado a escuchar al tiempo todas esas diez mil voces?
El rostro de Vasudeva sonrió venturosamente.
Se inclinó sobre Siddhartha y pronunció en sus oídos la sagrada palabra OM.
Y esta era precisamente la que Siddhartha había escuchado.
Y de vez en vez su sonrisa era más parecida a la del barquero.
Casi era igual de radiante,
Casi igual traspasada de dicha.
Luminosa,
Igualmente en mil arrugas,
Tan infantil,
Tan anciana.
Muchos caminantes,
Cuando veían a los dos barqueros,
Los creían hermanos.
Con frecuencia se sentaban juntos en la orilla sobre el tronco de árbol.
Callaban y escuchaban el rumor del agua.
Para ellos no era la del agua sino la voz de la vida.
La voz del que es,
Del ser eterno.
Y a veces sucedía que ambos,
Escuchando al río,
Pensaban en la misma cosa,
En una conversación de días atrás,
En uno de sus pasajeros,
Cuyo rostro y destino les preocupaba.
En la muerte,
En su infancia.
Y que ambos a una,
En el mismo instante,
Cuando el río les había dicho algo bueno,
Se miraban uno a otro.
Pensando los dos en lo mismo.
Regocijados los dos por la misma respuesta a la misma pregunta.
Emanaba de la barca y de ambos barqueros algo que muchos de los pasajeros percibían.
Sucedía con bastante frecuencia que algún viajero,
Después de haber mirado al rostro de cualquiera de los dos barqueros,
Empezaba a relatar su vida.
Refería a sus penas,
Confesaba sus maldades.
Pedía consuelo y consejo.
Sucedía a veces que uno pedía permiso para pasar una noche con ellos y escuchar al río.
Sucedía también que acudían muchos curiosos,
A los que habían contado que en aquel pontón vivían dos sabios o magos o santos.
Los curiosos formulaban muchas preguntas,
Pero no tenían contestación alguna y no encontraban ni encantadores ni sabios.
Solo veían dos viejos hombrecillos que parecían ser mudos,
Y algo extravagantes y tímidos.
Y los curiosos se reían y se divertían al comprobar cómo se esparcía este rumor infundido entre el pueblo insensato y crédulo.
Los años pasaban y nadie los contaba.
Una vez llegaron unos monjes peregrinos,
Discípulos de Gotama,
El Buda,
Que rogaron les pasaran en la barca.
Y los barqueros supieron por ellos que volvían a toda prisa junto a su maestro,
Pues se había propagado la noticia de que el sublime estaba enfermo de muerte y pronto moriría por última vez en este mundo,
Para alcanzar la redención.
No mucho después llegó un nuevo tropel de peregrinos,
Y luego otro y otro,
Y todos los monjes y los demás viajeros no hablaban de otra cosa que de Gotama y de su próxima muerte.
Y como si se tratara de una concentración militar o de asistir a la coronación de un rey,
Los hombres acudían de todas partes,
Formando hileras interminables como de hormigas.
Llegaban como empujados por un sortilegio al lugar donde el gran Buda esperaba su muerte,
Donde había de realizarse el prodigio de que el sumo perfecto de toda una época de la tierra se fuera a la gloria.
Mucho pensó Siddhartha en este tiempo en el sabio moribundo,
En el gran maestro,
Cuya voz exhortó a pueblos enteros y despertó a cientos de miles de gentes,
Cuya voz él también había escuchado en otro tiempo,
Cuyo rostro santo había contemplado con veneración en otro tiempo también.
Pensó amistosamente en sí mismo,
En el camino de su perfección,
Y recordó sonriendo las palabras que el sublime le dirigiera siendo un joven todavía.
Fueron unas palabras,
Así se lo parecía,
Orgullosas y llenas de cordura.
Sonriendo las recordó.
Se sabía muy allegado a Gautama,
Aunque no había podido aceptar su doctrina,
No.
El que busca de verdad la verdad no puede aceptar ninguna doctrina,
Al menos el que quiera encontrarla de verdad.
Pero el que la ha encontrado puede sancionar toda doctrina,
Todo camino,
Toda meta,
Pues ya nada le separa de los mil otros que viven en la eternidad,
Que respiran la divinidad.
En una de aquellas tardes en que cruzaron el río tantos peregrinos hacia el Buda moribundo,
Pasó por allí Kamala,
La más hermosa de las cortesanas de otro tiempo.
Hacía mucho que se había retirado de su vida anterior,
Había regalado su parque a los monjes de Gautama,
Había buscado refugio en su doctrina,
Contaba entre las amigas y bienhechoras de los peregrinos.
Acompañada del joven Siddhartha,
Su hijo,
Se había puesto en camino al saber la próxima muerte de Gautama.
Vestida sencillamente y a pie,
Se había puesto en camino hacia el río con su hijito,
Pero el muchacho se cansó pronto,
Quería volver a casa y quería descansar.
Quería comer,
Lloraba y pataleaba.
Kamala tenía que detenerse con frecuencia,
Estaba acostumbrado a imponer su voluntad,
Tenía que darle de comer,
Tenía que consolarle,
Tenía que reñirle.
No comprendía por qué había de realizar con su madre esta penosa peregrinación hacia un lugar desconocido,
Hacia un hombre extraño,
Que era santo y que estaba muriendo.
Aunque se muriera,
¿qué le importaba al muchacho?
Los peregrinos no estaban lejos de la barca de Vasudeva,
Cuando el pequeño Siddhartha obligó a su madre a hacer un nuevo alto.
También Kamala estaba cansada,
Y mientras el muchacho atrapaba un banano,
Se sentó en el suelo,
Cerró un poco los ojos y descansó.
Pero de pronto lanzó un grito lamentable.
El niño la miró horrorizado y vio que estaba mortalmente pálida y que de entre sus vestidos salía una culebra negra que la había mordido.
Corrieron presurosos en busca de socorro y llegaron cerca de la barca.
Pero Kamala no se acercó.
Y llegaron cerca de la barca.
Pero Kamala cayó a tierra,
Sin poder incorporarse ya más.
El muchacho gritó lastimeramente mientras besaba y abrazaba a su madre,
La cual le acompañó en sus gritos de socorro.
Vasudeva los oyó.
Acudió presuroso.
Cogió en brazos a la mujer.
La llevó hasta la barca.
El muchacho le siguió y pronto estuvieron los tres en la choza,
Donde Siddhartha estaba encendiendo el fuego.
Este miró a los recién llegados,
Primero el rostro del muchacho que le recordó prodigiosamente el pasado.
Luego vio a Kamala,
A la que reconoció enseguida.
Aunque esta seguía inconsciente en los brazos del barquero y entonces comprendió que aquel era su propio hijo,
Cuyo rostro tanto le había impresionado.
Y el corazón latió con fuerza en su pecho.
Lavaron la herida de Kamala,
Pero ya estaba negra y su cuerpo hinchado.
Le dieron a beber un brebaje salutífero y volvió en sí.
Detendieron en la cama de Siddhartha.
Y este permaneció inclinado sobre aquella a la que tanto había amado en otro tiempo.
A Kamala le parecía estar soñando y miró y miró sonriente aquellos rostros amigos.
Se fue dando cuenta lentamente de su estado.
Recordó la mordedura.
Llamó angustiada a su hijo.
—Está a tu lado.
No te inquietes —dijo Siddhartha.
Kamala le miró a los ojos.
Habló con lengua pesada paralizada por el veneno.
—Has envejecido mucho,
Querido —dijo.
—Tienes el pelo blanco.
Pero pareces enteramente a aquel joven Samana que sin vestidos y con los pies llenos de polvo se acercó a mi jardín.
—Te pareces a él mucho más que cuando nos dejaste a Kamaswami y a mí.
—Te pareces a él en los ojos,
Siddhartha.
Ah,
Yo también envejecí.
¿Me recuerdas aún?
Siddhartha sonrió.
Te reconocí enseguida,
Amada Kamala.
Kamala señaló a su niño y dijo —¿Le reconoces también a él?
Es tu hijo.
Sus ojos se enturbiaron y cerraron.
El muchacho lloró.
Siddhartha lo sentó en sus rodillas,
Lo dejó llorar,
Acarició sus cabellos y al ver el rostro del niño recordó una oración brahmánica aprendida de pequeño.
Lentamente,
Con voz cantarina,
Empezó a recitarla.
Las palabras fluían del pasado y de la infancia y con este canturriar la criatura se tranquilizó,
Lo meció de cuando en cuando y se durmió.
Siddhartha le acostó en la cama de Vasudeva.
Vasudeva estaba en el fogón y cocía arroz.
Siddhartha le dirigió una mirada que él le devolvió sonriendo.
—¿Se morirá?
—dijo Siddhartha en voz baja.
Vasudeva sintió con la cabeza.
Sobre su rostro amistoso jugueteaba el reflejo del fuego del hogar.
Kamala volvía en sí otra vez.
El dolor descomponía su rostro.
Los ojos de Siddhartha leyeron el dolor en su boca,
En sus mejillas pálidas.
Lo leía tranquilo,
Atento,
Esperando,
Sumergido en su dolor.
Kamala lo sentía.
Su mirada buscó los ojos de él.
—También veo —dijo— que tus ojos han cambiado.
—Son ahora muy distintos.
¿En qué reconozco que eres,
Siddhartha?
—Lo eres y no lo eres.
Siddhartha no dijo nada.
Sus ojos miraban silenciosos los de ella.
—¿Lo has logrado?
—preguntó Kamala.
—¿Has encontrado la paz?
Él sonrió y puso su mano entre las de ellas.
—Lo veo —dijo—.
Yo también la encontraré.
—Ya la has encontrado —susurró Siddhartha.
Kamala seguía mirándole a los ojos invariablemente.
Pensaba que había querido peregrinar hacia Gautama para contemplar el rostro de un ser perfecto,
Para respirar su paz.
Y que en vez de encontrarse con Gautama,
Había dado consideración a Siddhartha.
Y era igual,
Enteramente igual que si hubiera llegado a ver al otro.
Quería decirle todo esto.
Pero su lengua ya no obedecía a su voluntad.
Le miraba silenciosamente y él veía apagarse la vida en sus ojos.
Cuando el último dolor quebró el brillo de sus ojos,
Cuando el último dolor se rompió el brillo de sus ojos,
Cuando el dolor quebró el brillo de sus ojos,
Cuando el último estremecimiento recorrió sus miembros,
Cerró los párpados de la muerta con los dedos.
Allí permaneció sentado un largo rato mirando el rostro como adormecido.
Largo rato estuvo contemplando su boca,
Su boca vieja y fatigada,
Con los labios que habían adelgazado y recordó que en otro tiempo,
En la primavera de sus años,
Había comparado aquella boca con un higo abierto.
Permaneció mucho tiempo junto a la muerta,
Leyendo en el pálido rostro,
En las fatigadas arrugas.
Se reconoció en sus rasgos,
Vio su propio rostro reclinado así,
Igualmente pálido,
Igualmente apagado.
Y vio su rostro y el de ella cuando eran jóvenes,
Con aquellos labios rojos,
Con los ojos ardientes,
Y la sensación del presente y de la simultaneidad le atravesó enteramente,
Junto con el sentimiento de la eternidad.
Sintió profundamente,
Más profundamente que otras veces,
La indestructibilidad de cada vida,
La eternidad de cada instante.
Cuando se incorporó,
Vasudeva le tenía preparado un poco de arroz,
Pero Sidarta no quiso comer nada.
En el establo donde estaba la cabra,
Ambos viejos se prepararon un lecho de paja y Vasudeva se echó a dormir.
Pero Sidarta salió fuera y se sentó delante de la choza,
Escuchando al río,
Repasando el pasado,
Conmovido y envuelto por todos los tiempos de su vida.
Y de cuando en cuando se levantaba.
Se acercaba a la puerta de la casa y escuchaba así si el niño dormía.
Muy de mañana,
Mucho antes de que apareciera el sol,
Salió Vasudeva del establo y se acercó a su amigo.
—¿No has dormido?
—dijo.
—No,
Vasudeva.
Aquí he estado sentado,
Escuchando el río.
Muchas cosas me ha dicho,
Me ha llenado profundamente de pensamientos saludables.
Con pensamientos de la unidad.
—¿Has sufrido un dolor,
Sidarta,
Y sin embargo veo que no hay tristeza en tu corazón?
—No,
Querido.
¿Cómo podría estar triste?
Yo que fui rico y feliz,
Soy ahora más rico y venturoso.
Me ha sido regalado mi hijo.
—Bienvenido tu hijo a mi casa,
Pero ahora pongámonos al trabajo,
Porque hay mucho que hacer.
Kamala ha muerto en el mismo lecho donde murió mi mujer.
Levantaremos una pira en la misma colina donde en otro tiempo salzó la de mi mujer.
Mientras dormía,
El niño,
Mientras dormía el niño,
Levantaron la pira.
Gracias.
Muchas gracias.
Capítulo 10 El hijo Tímido y lloroso,
Asistió el muchacho al entierro de su madre.
Sombrío y tímido,
Escuchó decir a Sidarta que le saludaba como hijo y que se quedaría a vivir con él en la choza de Vasudeva.
Permaneció sentado todo el día en la colina de los muertos,
Pálido,
Sin querer comer.
Cerrada la mirada,
Cerrado el corazón,
Defendiéndose y resistiéndose contra el destino.
Sidarta le cuidaba y le dejaba su libre albedrío,
Respetando su dolor.
Sidarta comprendía que su hijo no le conocía,
Que no le podía amar como un padre.
Lentamente vio y comprendió también que aquel muchacho de once años estaba muy mimado,
Que había crecido en medio de la opulencia,
Que estaba acostumbrado a los manjares más finos,
A un lecho blando,
A mandar a los criados.
Sidarta comprendió que aquel niño entristecido y mimado no podía hacerse de pronto y voluntariamente a convivir con un extraño y a vivir en la pobreza.
No le forzó a nada,
Hacía muchos trabajos por él,
Buscaba para él los mejores bocados,
Pensaba ganarse al niño con amistosa paciencia.
Se consideró rico y feliz cuando llegó a él el niño,
Pero como el tiempo pasara y el muchacho siguiera mostrándose extraño y sombrío,
Como demostrara tener un corazón orgulloso y terco,
Como no quisiera hacer ningún trabajo ni respetar a los ancianos,
¿cómo se dedicara a robar la fruta a Vasudeva?
Sidarta empezó a comprender que con su hijo no había venido a él la dicha y la paz,
Sino el dolor y las preocupaciones.
Pero le amaba y prefería los dolores y preocupaciones del amor que la dicha y la paz sin el muchacho.
Desde que el joven Sidarta llegó a la choza,
Los viejos se habían repartido el trabajo.
Vasudeva había vuelto a realizar solo el oficio del barquero y Sidarta,
Para estar junto al hijo,
Se había encargado de la choza y del campo.
Mucho tiempo,
Muchos meses,
Esperó Sidarta que su hijo le comprendiera,
A que aceptara su amor,
A que le correspondiera.
Largos meses esperó Vasudeva observando lo que ocurría y esperó en silencio.
Un día en que el joven Sidarta había atormentado mucho a su padre con su obstinación y caprichos y le había roto dos platos de arroz,
Vasudeva tomó aparte a su amigo por la noche y le dijo Me voy a poner agua.
Tengo sed,
Tengo sed.
¿Cómo estáis?
Sed y se me cierran los ojos ya,
No sé por qué.
Me está entrando un sueño.
Estoy tan relajado aquí leyendo,
Con los focos aquí y me estoy quedando,
Vamos,
Que si me quedo así dormidito pues tampoco estaría mal,
¿sabes?
No,
No,
No,
Necesito espabilarme.
Bueno,
Vasudeva tomó aparte a su amigo por la noche y le dijo Perdóname,
Pero quiero hablarte con corazón,
Amigo.
Veo que te atormentas,
Veo que tienes una gran pena.
Tu hijo,
Querido,
Te causa muchos insabores,
Igual que a mí.
Este pajarito está acostumbrado a otra vida,
A otro nido.
No ha huido de la ciudad como tú,
Asqueado de las riquezas y de aquella vida,
Sino que ha tenido que dejar todo aquello en contra de su voluntad.
He preguntado al río,
Oh amigo,
Le he preguntado muchas veces.
Pero el río se ríe,
Se ríe de mí,
Se ríe de ti y de mí.
Se ríe de nuestra necedad.
Las aguas quieren correr hacia las aguas.
La juventud hacia la juventud.
Tu hijo no está en el sitio donde pueda prosperar.
Pregunta tú también al río,
Escúchalo.
Siddhartha miró preocupado al rostro de su amigo en el cual había muchas arrugas de durable serenidad.
¿Es que tendré que separarme de él?
Preguntó en voz baja,
Confundido.
Déjame pensarlo algún tiempo,
Querido.
Mira,
Estoy luchando por él.
Aspiro a conquistar su corazón.
Quiero ganarlo con amor y con amistosa paciencia.
También el río le hablará a él alguna vez.
También él es llamado.
La sonrisa de Vasudeva floreció más calurosa.
Oh,
Sí.
Él también ha sido llamado.
Él también pertenece a la vida eterna.
Pero ¿sabemos tú y yo para qué es llamado?
¿Hacia qué camino?
¿Hacia qué acciones?
¿Hacia qué sufrimientos?
¿No serán pequeños sus dolores?
Pues su corazón es ya orgulloso y duro.
Mucho tiene que padecer.
Mucha ha de extraviarse.
Muchas injusticias ha de hacer.
Cometerá muchos pecados.
Dime,
Amigo mío.
¿No educas a tu hijo?
¿No le fuerzas?
¿No le golpeas?
¿No le castigas?
No,
Vasudeva.
No hago nada de eso.
Ya lo sabía.
No le fuerzas.
No le pegas.
No le ordenas.
Porque ¿sabes que la blandura es más fuerte que la dureza?
El agua más fuerte que la roca.
El amor más fuerte que la violencia.
Está muy bien.
Te alabo.
Pero ¿no es un error por tu parte creer que no le fuerzas,
Que no le castigas?
¿No le tienes atado con tu amor?
¿No te avergüenzas a diario y se lo haces más grave con tu bondad y paciencia?
¿No obligas a este muchacho orgulloso y mimado a vivir en una choza con dos ancianos que no comen otra cosa que bananas y para los que un plato de arroz es un manjar delicioso,
Cuyos corazones son viejos y reposados y tienen otro ritmo que el del niño?
¿No está forzado con todo esto?
Siddhartha,
Miró compulgido a tierra.
Luego preguntó en voz baja.
¿Qué crees que debo hacer?
Habló Vasudeva.
Llévale a la ciudad.
Llévale a la casa de su madre.
Todavía habría allí criados.
Dáselo a ellos.
Y si no hay nadie allí,
Llévale un maestro.
No por la instrucción,
Sino para que se sienta bien.
Y si no hay nadie allí,
Llévale un maestro.
No por la instrucción,
Sino para que se relacione con otros muchachos,
Con muchachas,
Con el mundo que es el suyo.
¿No has pensado en esto?
Lees en mi corazón,
Dijo Siddhartha,
Entristecido.
He pensado en ello con frecuencia,
Pero mira,
¿cómo he de entregarlo al mundo no teniendo un corazón puro?
¿No se volverá sensual?
¿No se perderá en el placer y en el poderío?
¿No caerá en los mismos errores que su padre?
¿No se perderá enteramente quizá en el sánsara?
La sonrisa del barquero resplandeció más clara.
Tocó delicadamente el brazo de Siddhartha y dijo,
Pregunta el río sobre ello,
Amigo.
Escúchale reírse de eso.
¿Crees tú de verdad que cometiste tantas locuras para ahorrárselas a tu hijo?
¿Y podrás proteger a tu hijo del sánsara?
¿Con qué?
¿Con lecciones?
¿Con oraciones?
¿Con advertencias?
¿Has olvidado,
Querido,
Aquella historia aleccionadora de Siddhartha,
El hijo del Brahman que aquí mismo me constate una vez?
¿Quién protegió al samana Siddhartha contra el sánsara,
Contra el pecado,
Contra la codicia,
Contra la locura?
¿Para defenderle la piedad de su padre,
Las advertencias de sus maestros,
Su propia ciencia y su propia virtud?
¿Qué padre o qué maestro le pudo preservar de vivir la vida,
De mancharse con la vida,
De cargarse con sus pecados,
De ahogarse con amargas bebidas,
De encontrar su camino?
¿Crees tú,
Querido,
Que este camino no ha ahorrado a nadie?
¿Quizá a tu hijito,
Porque le amas y quieres ahorrarle dolores y decepciones?
Pero aunque murieras por él diez veces no podrías evitarle la parte más insignificante de su destino.
Nunca había pronunciado Vasudeva tantas palabras.
Siddhartha le dio gracias amablemente.
Entró en la choza preocupado y no pudo conciliar el sueño.
Vasudeva no le había dicho nada de todo el mismo,
Pero aquel consejo era irrealizable.
Más fuerte que aquellas razones era su amor por el hijo,
Su ternura,
Su angustia de perderle.
¿Había puesto nunca tanto corazón en ninguna cosa?
¿Había amado a nadie así tan ciegamente,
Tan dolorosamente,
Tan vanamente y sin embargo con tanta felicidad?
Siddhartha,
No podía seguir el consejo de su amigo.
No podía desprenderse de su hijo.
Se dejaba mandar por el muchacho,
Se dejaba despreciar por él.
Callaba y esperaba.
Empezaba a diario la muda lucha de la amabilidad,
La guerra silenciosa,
De la paciencia.
También Vasudeva callaba y esperaba a su hijo y le recordaba amistosamente,
Prudentemente,
Bondadosamente.
Ambos eran maestros en la paciencia.
Una vez,
Como el rostro del niño le recordaba al de Kamala,
Siddhartha rememoró unas palabras que ésta le dirigió en los tiempos de la juventud.
Tú no puedes amar,
Le había dicho.
Y él le había dado la razón y había comparado con una estrella y a los hombres niños con las hojas marchitas.
Y sin embargo,
Había sentido también en aquellas palabras un reproche.
En realidad,
Nunca se había perdido ni entregado enteramente a otro ser.
Nunca se había olvidado tanto de sí mismo ni había cometido las locuras del amor por culpa de otro.
Nunca había podido hacerlo y esto era,
Como entonces le apareció,
La gran diferencia que le separaba de los hombres niños.
Pero ahora,
Desde que estaba allí su hijo,
Él también,
Siddhartha,
Se había vuelto un hombre niño que padece por causa de otro,
Que ama a otro perdido en un amor que se ha vuelto loco por causa de un amor.
Más tarde sintió también una vez en la vida esta fuerte y extraña pasión.
Sufrió con ella,
Sufrió lamentablemente y sin embargo era dichoso.
Se sentía renovado por algo,
Se sentía enriquecido en algo.
Bien sabía que este amor,
Este ciego amor hacia su hijo era una pasión,
Algo demasiado bueno,
Algo demasiado humano,
Un verdadero sánsara,
Una turbia fuente.
Una pasión que no podía ser una pasión que no podía ser una pasión que no podía ser un agua oscura.
No obstante sentía al mismo tiempo que no carecía de valor,
Que era necesario que procedía de su propio ser.
También este gozo quería ser espiado,
También estos dolores querían ser paladeados,
También estas locuras querían ser cometidas.
Entre tanto el hijo le dejaba cometer sus locuras,
Le embabucaba,
Le quedaba ante sus caprichos.
Este padre no tenía nada que le encantara y nada que él pudiera temer.
Era un buen hombre,
Un padrazo,
Bondadoso,
Quizá demasiado piadoso,
Quizá un santo,
Pero todo esto no eran singularidades que pudieran atraer al hijo.
Este padre le aburría,
Este padre que le tenía preso en su miserable choza y la más odiosa astucia de este viejo socarrón era que le devolvía sonrisas por sus travesuras,
Amabilidades por sus insultos,
Bondad por maldad.
El muchacho hubiera preferido que le amenazara,
Que le maltratara.
Hola,
Buenas noches,
Alejandro Flores.
Muchas gracias,
Juan José.
Qué gusto escucharte y verte.
Saludos de Chihuahua,
México.
Gracias,
Alejandro.
Llegó un día en que el sentir del joven Siddhartha se reveló abiertamente contra su padre.
Este le había encargado que saliera a recoger leña,
Pero el muchacho pero el muchacho no se movió de la choza,
Obstinado y furioso,
Pataleando el suelo,
Apretando los puños y arrojando a la cara de su padre frases llenas de odio y desprecio.
¡Ve tú a buscarla!
Gritó echando espuma por la boca.
Yo no soy tu criado.
Ya sé que no me pegarás,
No te atreves a hacerlo.
Ya sé que quieres castigarme a todas horas y empequeñecerme con tu piedad de indulgencia.
¿Quieres que yo llegue a ser como tú?
¿Tan piadoso?
¿Tan apacible?
¿Tan sabio?
Pero yo,
Óyelo bien,
Aunque te duela,
Prefiero ser un ladrón de camino y un asesino e irme a los infiernos aunque haya sido el amante de mi madre.
El furor y el odio le hacían proferir terribles insultos contra su padre.
Luego escapó corriendo de la choza y no volvió hasta muy entrada la noche.
Pero a la mañana siguiente desapareció.
Con él desapareció también una cestita tejida con mimbres teñidas de dos colores en la que los barqueros guardaban las monedas de cobre y plata que recibían como precio del pasaje de los viajeros.
Cuando había desaparecido el bote Siddhartha lo descubrió al otro lado del río.
El muchacho había huido.
He de seguirle,
Dijo Siddhartha que temblaba de pena desde que oyera a su hijo dirigirle aquellos insultos del día anterior.
Un niño no puede andar solo por el bosque.
Perecería.
Tendremos que armar una balsa basudeba para recuperar nuestra barca que el joven nos ha robado.
Pero a él deberías dejarlo marchar,
Amigo.
Ya no es un niño y sabrá arreglárselas.
Busca el camino de la ciudad y hace bien.
No olvides esto.
Ha hecho lo que tú deberías haber hecho.
Con esto procura seguir su camino.
Ah,
Siddhartha,
Te veo sufrir.
Pero sufres unas penas de las que uno se podría reír,
De las que tú mismo pronto te reirás.
Siddhartha no respondió.
Empuñó el hacha y empezó a construir una balsa con bambúes y basudeba le ayudó a atar los palos con cuerdas de fibras.
Luego subieron a ella,
La empujaron hasta la otra orilla deslizándose a favor de la corriente.
¿Para qué has traído el hacha?
Preguntó Siddhartha.
Basudeba dijo.
Pudiera ser que se hubieran perdido los remos de nuestra barca.
Pero Siddhartha adivinó lo que su amigo pensaba.
Pensaba que el muchacho habría tirado al agua los remos o los habría destrozado para vengarse o para impedir que le persiguieran.
Y efectivamente,
La barca no tenía remos.
Llegó a la barca y miró sonriendo al amigo como si quisiera decirle ¿sabes lo que quiere decirte tu hijo?
¿No ves que no quieres ser perseguido?
Pero no lo dijo con palabras.
Se puso a labrar unos nuevos remos.
Siddhartha se despidió para ir en busca del huido.
Basudeba no se lo impidió.
Cuando Siddhartha llevaba un buen rato caminando por el bosque le vino el pensamiento que la barca era inútil.
O el muchacho pensaba ya había llegado a la ciudad o si aún estaba en camino se mantendría oculto de su perseguidor.
Y como siguiera pensando halló también que no estaba preocupado por su hijo que sabía muy bien que su hijo ni había perecido ni le amenazaba peligro alguno en el bosque.
No obstante corrió sin parar no ya para salvarle sino por el deseo de volver a verle quizá por última vez.
Y corriendo llegó hasta la ciudad.
Cuando alcanzó la amplia carretera que conducía a la ciudad se detuvo a la puerta de la quinta que perteneció en otro tiempo a Kamala donde la vio por primera vez sentada en la silla de manos.
El pasado surgió en su alma volvió a verse allí joven como un barbudo samara medio desnudo con el cabello lleno de polvo Sidarta se detuvo allí mucho tiempo mirando por la puerta entreabierta del jardín viendo pasearse abajo los árboles a los monjes de amarilla túnica.
Hola Aksas Buenas noches Dice,
Esa versión es la de Herman Hesse,
¿verdad?
Sí,
Efectivamente Aksas.
Carolina Delfín Hola desde Uruguay Me alegro de poder escuchar nuevamente en vivo ya que por motivos laborales no lo podía hacer.
Me alegro mucho Carolina Gracias Aksas Un saludo desde Madrid y Carolina dice como siempre transmitís mucha calma paz muchos saludos Gracias Carolina Allí estuvo un buen rato rememorando la historia de su vida pasada largo tiempo estuvo mirando a los monjes pero en vez de verlos a ellos vio al Sidarta de aquel tiempo vio a la joven Kamala paseando bajo los altos árboles claramente se vio a sí mismo como fue recibido por Kamala como recibió su primer beso como miró orgulloso y despectivo hacia su brahmanismo como inició su vida mundana lleno de orgullo y deseos vio a Kamaswami vio a los criados vio los festines los jugadores de dados los músicos el pájaro canuro de Kamala en la jaula volvió a vivir todo esto respiró el sánsara volvió a sentirse viejo y fatigado sintió otra vez el hastío sintió otra vez el deseo sanó una vez más con el santo OM después de haber permanecido mucho tiempo a la puerta del jardín Sidarta pensó que el deseo que le había traído hasta la ciudad era un deseo insensato que no podía ayudar en nada a su hijo que no podría hacerle volver sentía profundamente en su corazón el amor hacia el huido como una llaga y sentía al propio tiempo que la llaga no se la habían dado para escarbar en ella sino para que sangrara y resplandeciera pero le entristeció que en aquella hora la llaga no sangrara ni resplandeciera en el lugar de la meta del deseo que le había traído hasta aquí halló el vacío triste se dejó caer al suelo sintió morir algo en su corazón sintió el vacío no vio ya alegría ninguna ningún fin estaba hundido en sus reflexiones y esperó esto había aprendido en el río esperar tener paciencia escuchar y allí estaba escuchando sentado en el polvo de la carretera escuchando su corazón como latía fatigado y triste esperando una voz así permaneció muchas horas escuchando no vio ya más imágenes y se hundió en el vacío dejóse caer sin descubrir un camino y cuando sintió arder la llaga pronunció en voz baja el OM sintióse sumergido en el OM los monjes del jardín le vieron y como llevar allí sentado varias horas y el polvo empezara a cubrir sus cabellos uno se llegó hasta él y puso delante de Siddhartha dos bananas el anciano lo miró de este embaramiento le sacó una mano que le tocó en el hombro pronto reconoció este contacto delicado y honesto y volvió en sí se levantó y saludó a Vasudeva que le había seguido y cuando miró el rostro amigo de Vasudeva a las diminutas arrugas iluminadas por una sonrisa a los ojos alegres sonrió también vio ahora las dos bananas delante de él las recogió dio una al barquero y se comió la otra después se volvió silencioso hacia el bosque con Vasudeva atravesó el río en la barca y entró en casa ninguno habló de lo que hoy había sucedido ninguno pronunció el nombre del muchacho ninguno habló de su huida ninguno habló de su muerte ninguno habló de la llaga Sidarta se tendió en su lecho y cuando al cabo de un rato Vasudeva se acercó a ofrecerle un tazón de leche de coco le halló dormido Gracias Capítulo decimoprimero OM La llaga ardió mucho tiempo Sidarta tuvo que pasar el río a muchos caminantes que traían consigo un hijo o una hija y a ninguno de ellos veía sin envidiarlos sin que pensara cientos miles de personas posían el más preciado tesoro ¿y por qué yo no?
Hasta los malos hasta los ladrones y asesinos tienen hijos y los aman y son amados por ello si yo no así pensaba tan simplemente tan sin razón se había vuelto semejante a los hombres niños ahora veía a los hombres de diverso modo que antes menos ladinos menos orgullosos y por tanto más calurosos más curiosos cuando pasaba el río a los caminantes en la forma acostumbrada hombres niños negociantes soldados mujeres ya no le parecían gentes extrañas como antes los comprendía los comprendía y compartía no solo sus pensamientos y puntos de vista sino también los impulsos y deseos que impelían sus vidas sentía como ellos buenas noches faticha que tal bienvenida aunque estaba cerca de la perfección y le apenaba su última desgracia le parecía que todos aquellos hombres niños eran sus hermanos sus vanidades codicias y ridiculeces perdían para él lo que tenían de ridículo se habían vuelto más comprensibles más dignos de ser amados y hasta más dignos de estimación el ciego amor de una madre hacia su hijo el estúpido y ciego orgullo de un padre presumido por su único hijito la ciega y salvaje tendencia a adornarse y agradar a los hombres de una mujer joven y vanidosa todos estos impulsos todas estas niñerías todos estos anhelos y codicias simples insensatos pero monstruosamente fuertes vivos operantes ya no eran para sidarta ninguna niñería veía que los hombres vivían por ellos por ellos trabajaban viajaban hacia la guerra perdón viajaban hacían la guerra transportaban y por ellos podía amarlos veía la vida lo viviente lo indestructible el brahma en cada una de sus pasiones en cada uno de sus actos estos hombres eran dignos de ser amados y admirados por su ciega fidelidad por su ciega reciedumbre y tenacidad nada les faltaba en nada les aventajaba el sabio y el pensador más que en una futilidad en una sola cosa en que tienen conciencia de la unidad de toda vida y sidarta dudaba muchas veces si este saber estos pensamientos merecían ser estimados tanto o si no serían más que una niñería del hombre pensador del hombre niño pensador en todo lo demás en todo lo demás los hombres del mundo y el sabio eran de la misma condición con frecuencia eran muy superiores a él como en muchas ocasiones podían parecer superiores las bestias a los hombres en su tenaz y recto obrar impuesto por la necesidad hola eugenia que tal muy buenas noches hola a todos un saludo gracias y abrazo juanjo si creo que es que si un saludo será ah un gracias es que está el corazón y me tapa y me estoy durmiendo también imagínate pues ya ni leo nada y con la musiquita ya me quedo pero vamos super relajado hoy me estoy durmiendo os lo digo en serio lentamente fue floreciendo y madurando en sidarta la conciencia de lo que era en realidad la ciencia de lo que era en realidad la sabiduría de lo que era en realidad la meta de su larga búsqueda no era otra cosa que una disposición del alma una facultad un arte secreto de poder pensar en cada momento en la idea de la unidad de poder sentir y respirar la unidad floreció lentamente en él resplandeció en las facciones del rostro infantil de Vasudeva armonía conciencia de la eterna perfección del mundo sonrisas unidad pero la herida seguía ardiendo con amargura y añoranza pensaba sidarta en su hijo alimentaba su amor y ternura en su corazón dejaba que el dolor le mordiera y cometió todas las locuras del amor aquella llama no se apagaba y un día en que la llaga ardía poderosamente sidarta se fue al río empujado por la añoranza montó en la barca con intención de ir a la ciudad y buscar a su hijo el río deslizaba blandamente era la estación seca pero su voz sonaba extrañamente se reía se reía claramente el río reía se reía claramente del barquero sidarta se detuvo se inclinó sobre el agua para escuchar mejor y en las mansas aguas vio reflejado su rostro y en aquel retrato había algo que le hacía recordar algo olvidado y haciendo un esfuerzo de imaginación lo encontró este rostro se parecía a otro que en otro tiempo había conocido amado y hasta temido se parecía al rostro de su padre al rostro del brahamán y recordó como siendo joven había obligado a su padre a permitirle irse con los penitentes como se despidió de él como se fue y no volvió más no había sufrido su padre el mismo dolor por el que ahora él sufría por su hijo no hacía ya mucho tiempo que su padre había muerto solo sin haber vuelto a ver a su hijo ¿no debía él esperar este mismo destino?
¿no era esto una comedia?
¿una extraña cosa?
¿esta repetición?
¿este correr en un círculo nefasto?
El río se reía sí,
Así era se repetía lo que no había sido sufrido hasta el fin y solucionado sufriría siempre los mismos dolores pero sidarta volvió a empuñar los remos y vogó hacia la choza pensando en su padre pensando en su hijo sintiendo que el río se reía de él en desacuerdo consigo mismo abocado a la desesperación y no menos dispuesto a reírse en voz alta de sí y de todo el mundo ¡ah!
Ya no florecía la llaga ya se rebelaba su corazón contra el destino ya no irradiaba su dolor,
Alegría y victoria sin embargo sintió esperanzas y en llegando a la choza sintió un irrefrenable deseo de abrir su pecho a Vasudeva de mostrarle todo al maestro de los oyentes de decírselo todo Vasudeva estaba sentado en la choza y tejía un cesto ya no conducía la barca sus ojos empezaban a debilitarse y no solo sus ojos sino también sus brazos y manos solo permanecían inmutables y florecientes la alegría y la benevolencia de su rostro sidarta se acercó al anciano y empezó a hablar lentamente habló de lo que nunca habían hablado de su huida a la ciudad aquella vez de la ardiente llaga de su envidia al ver a los otros padres felices de su conocimiento de la locura de semejantes deseos de su lucha inútil contra ellos todo lo relató todo lo dijo aún lo más penoso todo se dejó decir todo se dejó mostrar no pudo referirlo todo descubrió su llaga refirió también su huida de hoy su marcha por el río una escapada infantil su intención de llegarse hasta la ciudad y cómo el río se había reído mientras hablaba y habló mucho mientras basudeaba le escuchaba con rostro sereno sidarta sintió que su oyente le escuchaba con más atención que la de costumbre que sus dolores sus angustias le penetraban que sus secretas esperanzas le traspasaban volvían a él desde el otro lado mostrar su llaga a este oyente era como bañarla en el río hasta que se enfriara y fuera una sola cosa en el río mientras hablaba mientras le informaba y se confesaba a basudeba que aquel no era un hombre que le escuchaba que aquel oyente inmóvil embebía su confesión como un árbol la lluvia que aquel ser inmóvil era el mismo río el mismo dios el mismo eterno y cuando sidarta cesó de pensar en sí y en su llaga se apoderó de él la noción de cambio operado en basudeba menos milagroso le parecía tanto más comprendía que todo estaba en orden y era natural que basudeba desde hacía mucho tiempo casi desde siempre había sido siempre así que él mismo no se había dado cuenta de ello y que él no era muy distinto del otro sentía que miraba ahora al viejo basudeba como el pueblo mira a los dioses y aquello y que aquello no podía durar empezó a despedirse de basudeba con el corazón y siguió hablando cuando terminó de hablar basudeba levantó su mirada afable y algo fatigada hacia él no habló le lanzó una oleada de silencioso amor y serenidad de comprensión y entendimiento con la mano de sidarta le llevó hasta la orilla del río se sentó con él en tierra y sonrió a las aguas ¿le has oído reír?
Dijo pero no lo has oído todo escuchemos y oirás algo más prestaron atención claramente se oía el polífono canto del río sidarta miró a las aguas y sobre ellas distinguió unas figuras vio a su padre solo entristecido por el hijo se vio a sí mismo solo trabado por los lazos de la añoranza del hijo lejano vio a su hijo solo también precipitándose por el camino ardiente de sus jóvenes deseos cada cual dirigido hacia su fin todo sufriendo el río cantaba con voz dolorosa cantaba vehemente corría vehemente hacia su destino su voz sonaba quejumbrosa ¿cuál sería el último?
Pues no sé no me da tiempo ¿oyes?
Preguntó Vasudeva con una mirada muda sidarta sintió ¿escucha mejor?
Susurró Vasudeva sidarta se esforzó en escuchar la imagen del padre su propia imagen la imagen de su hijo se fundían unas con otras también apareció la imagen de Kamala y se fundió la imagen de Govinda y otras imágenes y todas sobrenadaban en las aguas formando un río añorantes codiciosas sufrientes y a la vez y la voz del río sonaba anhelante llena de dolor llena de intranquilo deseo el río caminaba hacia su término sidarta veía el río formado por él y los suyos y todos los hombres que había visto antes todas las olas y aguas apresurarse dolorosamente hacia sus fines muchos fines hacia la cascada el lago la torrentera el mar y todos los fines eran alcanzados y a cada uno le sucedía otro y las aguas desprendían vapores que ascendían hacia el cielo ya fuera fuente arroyo río esforzándose de nuevo corriendo de nuevo pero la voz anhelante había cambiado seguía sonando dolorosamente pero otras voces se le unían voces de alegría voces de dolor voces humanas y malas buenas rientes y tristes cientos de voces miles de voces sidarta escuchó escuchaba ahora con toda atención enteramente absorbiendolo todo sentía que al fin había aprendido a escuchar ya otras muchas veces había oído todo esto y las voces de hoy sonaban de modo distinto ya no sabía distinguir aquellas numerosas voces ni las alegres de las llorosas ni las infantiles de las de los hombres pertenecían a todos juntos lamentos del que añora risas del sabio gritos del colérico y gemidos del moribundo todo era un uno todo entremezclado y enredado mil veces todas las voces todos los fines todos los anhelos todos los dolores todos los goces todo lo bueno y lo malo todo junto formaban el mundo todo ello formaba el río del acaecer la música de la vida y aunque sidarta escuchaba atentamente este río esta canción a mil voces aunque no acordaba a su alma ninguna voz ni penetraba con su yo en ellas sino que escuchaba el todo percibía la unidad y la gran canción de las mil voces venía a concentrarse en una sola palabra que se llamaba OM la perfección ¿Oyes?
Volvió a preguntar la mirada de Vasudeva la sonrisa de Vasudeva resplandecía luminosamente sobre todas las arrugas de su viejo rostro se cernía esta sonrisa como sobre todas las voces del río flotaba el OM su sonrisa resplandecía luminosa cuando miró al amigo y luminosamente brilló también en la cara de sidarta la misma sonrisa perdón,
La misma sonrisa su llaga florecía su dolor lanzaba destellos su yo se había fundido en la mirada de sidarta cuando Vasudeva se levantó de su asiento en la orilla cuando miró a sidarta los ojos y vio brillar en ellos la serenidad del saber le tocó el hombro suavemente con la mano como tenía por costumbre y dijo he estado esperando esta hora querido ha llegado ya déjame ir he pasado mucho tiempo este instante he sido mucho tiempo el barquero Vasudeva ya basta adiós choza adiós río adiós sidarta sidarta se inclinó profundamente ante el que se despedía lo esperaba dijo en voz baja ¿te vas al bosque?
Me voy al bosque dijo radiante sidarta le siguió con la mirada le miraba alejarse con profunda alegría con profunda seriedad contempló su paso lleno de paz su cabeza llena de resplandores su figura llena de luz gracias queda un capítulo creo queda un capítulo solo pero no puedo no puedo está costando mucho está costando estoy cansado pero es que es una lástima porque por un capítulo y el capítulo se llama gobinda yo creo que a ver yo creo que puedo terminarlo aunque sea pues así pausadamente y despacito hola marcela ¿qué tal?
Dice hola juanjo querido gobinda permaneció algún tiempo con otros monjes durante un descanso en la finca de recreo que la cortesana kamana había regalado a los discípulos de gotama oyó hablar de un viejo barquero que vivía en el río una jornada a distancia y que era tenido por sabio cuando gobinda reemprendió el camino eligió el que pasaba por la choza del barquero curioso por conocerle aunque siempre había vivido según la regla aunque los monjes de su edad y de su discreción le miraban con respeto en su corazón no se había extinguido la intranquilidad y el afán de buscar llegó al río rogó al viejo que le pasara al otro lado y cuando bajaron de la barca dijo el anciano muchas amabilidades has tenido para con nosotros los monjes y peregrinos a muchos de nosotros has llevado en tu barca ¿no eres tú también barquero?
¿uno que anda buscando el recto sendero?
Habló sidarta sonriendo con los ojos ancianos ¿andas buscándolo tú también o venerable a pesar de tus años y del hábito de monje de gotama que llevas?
Es cierto que soy viejo habló gobinda para andar buscando pero no he dejado de hacerlo nunca cesaré en la búsqueda ese es mi parecer tú también me parece has buscado ¿quieres decirme algo honorable anciano?
Habló sidarta ¿qué puedo yo decirte venerable amigo?
Quizá que buscas demasiado que por tanto buscar no encuentras nada ¿cómo es eso?
Preguntó gobinda cuando alguien busca dijo sidarta suele ocurrir fácilmente que sus ojos solo ven la cosa que está buscando que no puede encontrar nada que no deja entrar nada dentro de él porque siempre está pensando en la cosa buscada porque tiene un fin porque está poseído por este fin buscar significa tener un fin pero encontrar quiere decir ser libre estar abierto a todo no tener un fin tú venerable quizá eres en realidad un buscador pero aspirando a tu fin no ves muchas de las cosas que están cerca de tus ojos sigo sin entenderte dijo gobinda ¿qué quieres decir?
Habló sidarta en otro tiempo oh venerable hace muchos años estuviste otra vez en este río y encontraste en sus orillas un durmiente y te sentaste junto a él para verla en su sueño pero no le reconociste oh gobinda asombrado como un encantado el monje miró a los ojos del barquero ¿eres sidarta?
Preguntó con voz tímida tampoco te he reconocido esta vez te saludo con todo el corazón sidarta cordialmente me alegro de volver a verte has cambiado mucho amigo y te has hecho barquero sidarta sonrió afablemente sí un barquero muchos deben cambiar mucho gobinda deben llevar toda clase de vestimentas y uno de esos soy yo querido sé bienvenido gobinda y quédate esta noche en mi choza gobinda pasó la noche en la choza y durmió en el lecho que había sido antes de basudeba muchas preguntas hizo al amigo de su juventud mucho hubo de contarle sidarta de su vida a la mañana siguiente cuando llegó a la hora de continuar la peregrinación gobinda preguntó no sin vacilaciones antes de partir sidarta permíteme que te haga una pregunta más ¿tienes una doctrina?
¿tienes una fe o una ciencia que seguir para que te ayude a vivir y hacer el bien?
Habló sidarta ya sabes querido que cuando era joven cuando vivíamos entre los penitentes del bosque solía desconfiar de las doctrinas y de los doctrinarios y solía volverles las espaldas sigo siendo igual sin embargo he tenido desde entonces muchos maestros una hermosa cortesana fue mucho tiempo mi maestra y un rico comerciante fue mi maestro y algunos jugadores de dados una vez también lo fue un joven buda caminante se sentó junto a mí una vez que me quedé dormido en el bosque durante una peregrinación también de él aprendí también le estoy agradecido muy agradecido pero donde más he aprendido es en este río y de mi antecesor el barquero Vasudeva era un hombre muy sencillo no era ningún pensador pero sabía lo necesario era tan bueno como Gotama era un perfecto un santo dijo Govinda me parece Isidarta que como siempre bromeas un poco ya sé y te creo que nunca has seguido a un maestro pero no has encontrado por ti mismo aunque no sea una doctrina algunos pensamientos algunos conocimientos que te sean propios y te ayuden a vivir si pudieras hablarme de ellos me llenarías el corazón de Ventura habló Isidarta sí he tenido pensamientos y conocimientos a veces he sentido en mí durante una hora o durante todo un día muchas veces la ciencia como se siente la vida en el corazón muchos eran pensamientos pero me sería difícil comunicártelos mira Govinda Govinda mío este es uno de los pensamientos que he encontrado la sabiduría no es comunicativa la sabiduría que un sabio intenta comunicar suena siempre a necedad ¿bromeas?
Preguntó Govinda no bromeo digo lo que he hallado se pueden transmitir los conocimientos se me ha ido perdón es que ahora le he dado la tecla y se me ha ido perdón es que me estaba me estaba emocionando ya eso es bueno eso es bueno que me emocione ¿bromeas?
Preguntó Govinda no bromeo digo lo que he hallado se pueden transmitir los conocimientos pero la sabiduría no se la puede encontrar se la puede vivir se puede ser arrastrado por ella se puede hacer con ella milagros pero no se la puede expresar y enseñar ¿esto?
Era lo que ya de pequeño sospeché muchas veces lo que me apartó de los maestros he encontrado un pensamiento Govinda que podrás tomar a broma o por sandez pero que es mi mejor pensamiento es el que dice lo contrario de cada verdad es igualmente cierto o sea una verdad solo se deja expresar y cubrir con palabras cuando es unilateral unilateral es todo lo que puede ser pensado con pensamientos y dicho con palabras todo unilateral todo parcial carece de integridad de redondez de unidad cuando el sublime Gotama enseñando hablaba del mundo lo dividía en sánsara y nirvana en mentira y verdad en dolor y liberación no hay otra solución no hay otro camino para el que quiere enseñar pero el mundo mismo el que existe a nuestro alrededor y dentro de nosotros no es unilateral un hombre nunca es enteramente sánsara o enteramente nirvana nunca es un hombre enteramente santo o enteramente pecador parece que es así porque estamos debajo del poder del engaño de que el tiempo es algo real pero el tiempo es una cosa ficticia gobinda lo he comprobado muchas veces y si el tiempo no es real el breve espacio de tiempo que parece haber entrado en el mundo que parece haber entre el mundo y la eternidad entre el dolor y la bienaventuranza entre el mal y el bien también es un engaño ¿cómo es eso?
Preguntó gobinda angustiado escúchame gobinda escúchame bien el pecador como yo como tú es pecador pero antes volverá a ser otra vez brahma habrá de alcanzar antes el nirvana habrá de ser antes buda y ahora mira este antes es una ilusión es una parábola el pecador no está en camino de convertirse en buda no está realizando un desenvolvimiento aunque nuestro pensamiento no sepa representarse la cosa de otro modo no en el pecador está hoy y siempre el futuro el futuro buda su destino está todo entero en él tú puedes adorar al buda oculto en ti en todo lo que existe el mundo amigo gobinda no es imperfecto o en camino de perfecciones lentamente no es en cada momento perfecto todo pecado trae en sí la gracia todo niño lleva ya en sí al anciano todo mamoncillo la muerte todo moribundo la vida eterna a ningún hombre le es posible ver cuánto ha progresado otro hombre en su camino buda espera en los ladrones y jugadores de dados en el brahman espera el ladrón en la meditación profunda y la posibilidad de anular el tiempo de ver la vida pretérita la presente y la futura simultáneamente y todo esto es bueno perfecto todo es brahama por esto todo lo que es me parece bueno así la muerte como la vida el pecado como la santidad la cordura como la insensatez todo debe ser así todo necesita solamente mi aprobación mi consentimiento mi amable comprensión he de esta forma es bueno para mí nunca puede dañarme he aprendido en mi cuerpo y en mi alma que necesito mucho el pecado que necesito el placer el deseo de los bienes la vanidad y necesito la ignominiosa desesperación para aprender a renunciar a toda resistencia para aprender a amar al mundo para no volverlo a comparar con cualquiera de los mundos deseados o ensoñados por mí con cualquiera de las formas de perfección pensadas por mí sino dejarlo como es amarlo tal cual es y pertenecer gustosamente a él estos son oh govinda algunos de los pensamientos que se me han ocurrido sidarta se agachó cogió una piedra del suelo y la sopesó en la mano esto dijo jugando con ella es una piedra y con el tiempo será quizá tierra y de tierra se convertirá en planta o en animal o en hombre en otro tiempo yo hubiera dicho esta piedra es simplemente piedra carece de valor pertenece al mundo de maya pero porque puede convertirse quizá en el ciclo de las transmutaciones en cuerpo y alma le doy también valor así habría pensado antes quizá pero hoy pienso así esta piedra es piedra es también animal es también dios es también buda no la reverencio y amo porque puede convertirse en esto y lo otro sino porque lo es todo por siempre jamás y precisamente por esto por ser piedra por ahora se me aparece como piedra por esto precisamente la amo y veo valor y sentido en cada una de sus vetas y poros en sus amarillos y grises en su dureza en el sonido que produce cuando la golpeo en la humedad o sequedad de su superficie hay piedras que al tacto parecen como de aceite o jabón y otras como hojas otras como arena y cada cual es distinto y reza el homa a su manera cada una es brahama pero al mismo tiempo es piedra aceitosa o jabonosa y esto es precisamente lo que me agrada y me parece maravilloso y digno de adoración pero no quiero hablar más de esto las palabras no benefician en nada al sentido oculto lo que es siempre igual debe ser siempre algo distinto cuando se lo expresa se debe falsear un poco se debe presentar de un modo un poco extravagante sí y esto también es muy bueno y me agrada mucho con esto también estoy muy de acuerdo que lo que para un hombre tiene mucho valor y está lleno de cordura para otros siempre es una asandez Govinda escuchaba silencioso ¿por qué me has dicho lo de la piedra?
Preguntó vacilante después de una pausa ¿lo dije sin intención?
¿o quizá porque amo a la piedra y al río y a todas estas cosas que vemos y de las cuales podemos aprender?
Yo puedo amar a una piedra Govinda y también a un árbol o a un trozo de corteza pero no puedo amar las palabras por eso las doctrinas no son para mí no tienen dureza no tienen paso no tienen peso ni color ni aristas ni olor ni gusto no tienen más que palabras quizá sea esto lo que te impide encontrar la paz quizá sean las muchas palabras pues también son simples palabras redención y virtud sánsara y nirvana no hay ninguna cosa que sea nirvana solo hay la palabra nirvana habló Govinda ¿es nirvana?
Amigo no es solo una palabra es un pensamiento Sidarta prosiguió un pensamiento ciertamente he de confesarte querido que no haya mucha diferencia entre pensamiento y palabra dicho con más claridad no espero mucho de los pensamientos espero más de las cosas aquí en esta barca por ejemplo había un hombre mi antecesor y maestro un santo varón que ha creído muchos años en el río casi en nada ha notado que la voz del río le hablaba ella aprendió ella le educó y enseñó el río era un dios para él durante muchos años ignoró que cada viento cada nube cada pájaro cada escarabajo es tan divino y tan sabio y puede enseñar tanto como el reverenciado río cuando este santo varón se fue al bosque lo sabía todo sabía más que tú y que yo sin haber tenido maestro y libros solo por haber creído en el río uish a ver por haber creído en el río nos vamos a las dos horas brutal gracias Marcela hola ¿qué tal?
Muchas gracias Gobinda dijo pero todo eso que tú llamas cosas es algo real algo sustancial no será solo un engaño de maya no será más que imagen y apariencia tu piedra tu árbol tu río ¿son pues realidades?
Eso tampoco me preocupa mucho dijo Siddhartha las cosas pueden ser apariencia o no yo también lo seré entonces y siempre serán mis iguales esto es lo que las hace ser amadas y dignas de veneración para mí que son mis iguales por esto puedo amarlas y esto forma una doctrina de la que puedes enreírte el amor o Gobinda me parece ser el motivo de todo examinar el mundo explicarlo y despreciarlos es posible que sea tarea de los grandes pensadores pero a mí solo me queda poder amar al mundo no desperdiciarlo no despreciarlo no odiar ni al mundo ni a mí poder observarle a él y a mí y a todos los seres con amor y admiración y respeto esto lo comprendo bien dijo Gobinda pero precisamente esto es lo que el sublime reconoce como engañoso exige bondad indulgencia padecimiento pero no amor nos prohíbe encadenar nuestro corazón con el amor por las cosas terrenales ya lo sé dijo Siddhartha su sonrisa resplandecía áurea ya lo sé Gobinda y mira ya estamos en medio de la espesura de las opiniones en una batalla de palabras pues no puedo negar que mis palabras sobre el amor están en contradicción en aparente contradicción con las palabras del Gautama precisamente por esto desconfío tanto de las palabras pues sé que esta contradicción es aparente sé que soy una sola cosa con Gautama como entonces no ha de conocer él el amor él que ha conocido la existencia humana en su caducidad en su nulidad y sin embargo amó tanto a los amó tanto a los hombres que empleó toda una larga y penosa vida en ayudarlos en instruirlos también en él también en tu gran maestro amó más las cosas que las palabras sus acciones y su vida son más importantes que sus discursos son más importantes sus ademanes que sus opiniones veo su grandeza no en sus discursos ni en sus pensamientos sino en sus actos en su vida los dos ancianos permanecieron largo tiempo en silencio luego habló Govinda en tanto se inclinaba como despedida te doy gracias Siddhartha por haberme comunicado tus pensamientos son en parte extraños no todos los he comprendido enseguida sea como sea te lo agradezco y te desotias tranquilos pero pensó secretamente para sí este Siddhartha es un hombre extraordinario tiene pensamientos extraños su doctrina suena a demencia no suena así la doctrina del sublime que es pura clara comprensible que no contiene nada loco o risible pero las manos y pies de Siddhartha sus ojos su frente su alentar su sonrisa su saludo su paso me parecen distintos a sus pensamientos nunca desde que nuestro sublime Gautama penetró en el nirvana he encontrado un hombre ante el cual haya dicho este es un santo solo él este Siddhartha me lo ha parecido su doctrina puede aparecerme extraña sus palabras pueden sonar alocadas pero su mirada sus manos su piel y sus cabellos todo en él respira pureza expande paz y radia serenidad y dulzura y santidad lo que no he visto ningún otro hombre desde la última muerte de nuestro sublime maestro mientras Govinda pensaba así y en su corazón nacía la contradicción volvió a inclinarse ante Siddhartha a impulsos del amor se inclinó profundamente ante el que seguía sentado con toda tranquilidad Siddhartha dijo hemos envejecido difícilmente volverá ninguno de nosotros a ver al otro bajo esta forma veo querido que has encontrado la paz reconozco que yo no la he encontrado dime algo más venerable dame algo que yo pueda coger y comprender dame algo para el camino con frecuencia mi camino es difícil tenebroso Siddhartha Siddhartha cayó y le miró con su sonrisa tranquila Govinda le miró fijamente a la cara con angustia como ansia en sus ojos aparecía escrito el dolor y el eterno buscar el eterno no encontrar Siddhartha le miró y sonrió inclínate sobre mí susurró al oído de Govinda inclínate más sobre mí así más cerca muy cerca bésame en la frente Govinda pero mientras Govinda admirado e impulsado sin embargo por un gran amor y los presentimientos obedecía a sus palabras inclinándose sobre él y rozando su frente con los labios le sucedió algo maravilloso mientras sus pensamientos estaban ocupados todavía con las palabras prodigiosas de Siddhartha mientras se esforzaba en vano y con cierta resistencia en pensar más allá del tiempo en imaginarse el nirvana y el sánsara como una sola cosa mientras luchaban dentro de él cierto desprecio para las palabras del amigo con un inmenso amor y reverencia sucedió lo esto dejó ver el rostro de su amigo Siddhartha y en su lugar vio otros rostros muchos una larga serie un caudaloso río de rostros cientos,
Miles de ellos que llegaban y pasaban y sin embargo todos parecían permanecer aunque se renovaban y cambiaban continuamente y todos eran Siddhartha vio el rostro de un pez de una carpa con las fauces dolorosamente distendidas un pez moribundo con los ojos quebrados vio el rostro de un niño recién nacido rojo y lleno de rugas predispuesto al llanto vio el rostro de un asesino al que vio clavar un cochillo en el vientre de un hombre vio en el mismo segundo a este criminal arrodillado y cargado de cadenas ofreciendo el cuello al verdugo que le decapitó de un golpe de espada vio los cuerpos desnudos de hombres y mujeres entregados a furiosas luchas de amor vio cadáveres extendidos quietos fríos vacíos vio cabezas de animales de cerdos de cocodrilos de elefantes de toros de pájaros vio dioses krishnas agnis vio todas estas figuras y rostros en mil relaciones entre ellas ayudándose mutuamente amándose odiándose destruyéndose volviendo a nacer cada una era un deseo de morir un apasionado y doloroso testimonio de caducidad y sin embargo ninguno moría solo se transformaba volvía a nacer recibía siempre un nuevo rostro sin que mediara tiempo alguno entre uno y otro rostro y todas estas figuras y rostros descansaban fluían se engendraban flotaban y discurrían unos sobre otros y sobre todo ello había constantemente algo sutil incorpóreo pero existente como un fino cristal o hielo como una piel transparente una campana forma o máscara de agua y esta máscara sonreía y esta máscara era el rostro sonriente de Siddhartha que él Govinda en ese momento Govinda en este mismo instante rozaba con los labios y de esta forma Govinda vio esta sonrisa de la máscara esta sonrisa de la unidad sobre las figuras que pasaban esta sonrisa de la simultaneidad sobre los mil nacimientos y muertes esta sonrisa tranquila fina impenetrable quizá bondadosa quizá burlesca sabia múltiple de Gotama el Buda como él mismo la había visto cien veces con reverencia así sonreían los que habían alcanzado la perfección como él bien sabía no sabiendo ya el tiempo que había transcurrido si aquella visión había durado un segundo cientos de años no sabiendo si aquello era propio de Siddhartha o de Gotama o del yo y tú herido en lo más íntimo como por una saeta divina cuya punzada sabía dulce íntimamente encantado y redimido Govinda permaneció todavía un momento inclinado sobre el rostro de Siddhartha que acababa de besar que acababa de ser escenario de todas las figuras de todo ser y existir el rostro estaba inmutable después de haberse vuelto a cerrar bajo la superficie la profundidad de las mil arrugas sonreía tranquilo sonreía suave y delicadamente quizá muy bondadoso quizá muy burlesco exactamente como había sonreído el sublime Govinda se inclinó profundamente corrieron las lágrimas de lo que no se dio cuenta por su viejo rostro como un fuego ardió el sentimiento del más íntimo amor de la más humilde veneración en su corazón se inclinó profundamente a esta tierra ante el sedente inmóvil cuya sonrisa le recordaba todo lo que había amado en la vida lo que en su vida había sido de valor y santo muchas gracias muchísimas muchísimas gracias disculpad porque ha sido 113 minutos casi dos horas de directo pero bueno hemos terminado el libro con mucha satisfacción lo he disfrutado muchísimo y gracias a todos por compartir conmigo estos momentos así que pronto pronto tendremos pues otro libro más empezaremos el lunes que viene pues con un nuevo libro en la sección de club de lectura muchas gracias y nos vemos muy pronto gracias buenas noches muy buenas noches gracias
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