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Cap 4: El Libro Tibetano de la Vida y la Muerte

by Ciencia del Saber

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Capítulo 4: La Naturaleza de la Mente. Dedico este libro a Jamyang Khyentse Chókyi Lodró, a Dudjom Rimpoché, a Dilgo Khyentse Rimpoché, a Khyentse Sangyum Khandro Tsering Chódrón y a todos mis queridos maestros, que han sido la inspiración de mi vida. Que este libro sirva de guía para la liberación, que sea útil para los vivos, los moribundos y los muertos. ¡Que sirva de ayuda a todos quienes lo lean y los aliente en su viaje hacia la Iluminación! Narrador: Juan José P

Transcripción

Audiolibro,

El libro tibetano de la vida y la muerte,

Sogyal Rinpoche.

Capítulo 4,

La naturaleza de la mente.

Narrador,

Juan José Palanca.

Ciencia del saber.

Encerrados en la jaula estrecha y oscura que nosotros mismos nos hemos fabricado y que tomamos por todo el universo,

Muy pocos podemos empezar siquiera a imaginar otra dimensión de la realidad.

Patrul Rinpoche cuenta el relato de una rana vieja que se había pasado la vida en un pozo húmedo.

Un día fue a visitarla una rana del mar.

¿De dónde vienes?

Preguntó la rana del pozo.

¿Del gran océano?

Respondió la otra.

¿Y es muy grande ese océano?

Es gigantesco,

Como una cuarta parte de mi pozo,

Quieres decir,

Más grande.

¿Más grande?

¿Como la mitad de mi pozo?

No,

Aún más grande.

¿Es tan grande como este pozo?

Mucho más.

No hay comparación,

No es posible,

Eso tengo que verlo yo misma.

Y las dos se pusieron en camino.

Cuando la rana del pozo vio el océano,

Sufrió tal impresión que la cabeza le estalló en mil pedazos.

Casi todos los recuerdos de mi infancia en Tíbet se han desvanecido,

Pero hay dos momentos que siempre me acompañarán.

Ambos se produjeron cuando mi maestro Jamyang Kiyensé me introducía en la naturaleza esencial,

Original y más íntima de mi mente.

Al principio me resistí a revelar estas experiencias personales,

Puesto que en Tíbet es algo que no se hace,

Pero mis alumnos y amigos estaban convencidos de que una descripción de tales experiencias podría servir de ayuda a otros,

Y me rogaron e insistieron en que escribiera sobre ellas.

El primero de esos dos momentos se produjo cuando yo tenía seis o siete años.

Ocurrió en aquella habitación especial en que vivía Jamyang Kiyensé,

Ante una gran estatua que representaba su interior encarnación,

Jamyang Kiyensé Wonpo.

Era una figura grave e imponente,

Y aún lo parecía más cuando la llama del candil de manteca parpadeaba y le iluminaba la cara.

Antes de que pudiera darme cuenta de nada,

Mi maestro hizo algo de lo más insólito.

De pronto me estrechó entre sus brazos y me levantó en vilo,

Y a continuación me dio un gran beso en la mejilla.

Por un largo instante mi mente se desmaneció y quedé envuelto por una ternura,

Un afecto,

Una confianza y un poder enormes.

La siguiente ocasión fue más formal,

Y tuvo lugar en Lodrak Karchu,

Una cueva en la que meditó el gran santo Padmasambhava,

Padre del budismo tibetano.

En el curso de nuestra peregrinación por el Tíbet meridional nos detuvimos allí.

Yo entonces tendría unos nueve años.

Mi maestro me mandó llamar y me pidió que me sentara ante él.

Estábamos solos.

Ahora voy a introducirte en la naturaleza esencial de la mente.

Me anunció y provisto de su campanilla y su tambor,

De mano entonó la invocación de todos los maestros del linaje,

Desde el Buda primordial a su propio maestro.

Luego hizo la introducción y de súbito me lanzó una pregunta sin respuesta.

¿Qué es la mente?

Y me miró fija y profundamente a los ojos.

Me tomó completamente por sorpresa.

La mente se me hizo añicos.

No quedaron palabras,

Nombres ni pensamientos.

De hecho,

No quedó ni mente.

¿Qué sucedió en ese momento pasmoso?

Los pensamientos pasados habían muerto y desaparecido.

Los futuros aún no habían surgido.

La corriente de mis pensamientos interrumpió por completo.

En esa conmoción se abrió un hueco y en ese hueco se reveló al desnudo una conciencia pura e inmediata del presente,

Libre de todo aferramiento.

Simple,

Desnuda y fundamental.

Y sin embargo,

Esa sencillez desnuda resplandecía también con el calor de una inmensa compasión.

¿Cuántas cosas podría decir de ese momento?

Mi maestro,

En apariencia,

Me había formulado una pregunta,

Pero yo sabía bien que no esperaba ninguna respuesta.

Y antes de que yo pudiera empezar a buscar una,

Ya sabía que no la encontraría.

Permanecí allí sentado,

Estupefacto y maravillado,

Mientras en mi interior se iba acumulando una profunda y resplandeciente certeza que nunca había conocido hasta entonces.

Mi maestro había preguntado,

¿qué es la mente?

Y en ese instante tuve la sensación de que era casi como si todo el mundo supiera que no existía nada semejante y yo hubiera sido el último en averiguarlo.

Qué ridículo me pareció entonces el mero intento de buscar una mente.

Esa presentación realizada por mi maestro sembró dentro de mí una semilla.

Más tarde llegué a saber que ese era el método de introducción o presentación utilizado en nuestro linaje.

En su momento,

Empero lo ignoraba,

De modo que lo ocurrido resultó completamente inesperado y por ello tanto más sorprendente y poderoso.

En nuestra tradición decimos que para presentar la naturaleza de la mente han de concurrir tres auténticos.

La bendición de un auténtico maestro,

La devoción de un auténtico discípulo y el linaje auténtico del método de introducción.

El presidente de Estados Unidos no puede introducirnos a la naturaleza de nuestra mente,

Como tampoco nuestro padre ni nuestra madre.

No importa cuánto poder tenga una persona ni lo mucho que nos quiera,

Sólo puede presentarla a alguien que la haya comprendido y conocido plenamente y que sea depositario de la bendición y la experiencia del linaje.

Y el discípulo o alumno debe encontrar o cultivar constantemente esa apertura,

Esa amplitud de miras,

Esa disposición,

Ese entusiasmo y esa reverencia que cambiarán toda la atmósfera de su mente y le harán receptivo a la introducción.

Eso es lo que entendemos por devoción.

Sin ella el maestro puede presentarla pero el alumno no la reconocerá.

La introducción a la naturaleza de la mente sólo es posible cuando el maestro y el alumno entran juntos en esa experiencia.

Sólo en ese encuentro de mentes y corazones podrá captarla el alumno.

También el método es de una importancia fundamental.

Se trata exactamente del mismo método que se ha experimentado y puesto a prueba durante miles de años y que permitió a los propios maestros del pasado alcanzar el conocimiento.

Cuando mi maestro me hizo la introducción de un modo tan espontáneo y a una edad tan temprana,

Realizó algo completamente fuera de lo común.

Por lo general se hace mucho más tarde cuando el discípulo ya ha pasado por el entrenamiento previo en práctica meditativa y purificación.

Eso es lo que madura y abre el corazón y la mente del alumno a la comprensión directa de la verdad.

Entonces en ese poderoso instante de la introducción el maestro o la maestra puede dirigir su propio conocimiento de la naturaleza de la mente,

Lo que denominamos la mente de sabiduría del maestro,

Hacia la mente del alumno ya auténticamente receptivo.

El maestro no hace nada menos que introducir al alumno a lo que realmente es el Buda o dicho de otro modo despertarlo a la presencia viva de la iluminación interior.

En esa experiencia el Buda,

La naturaleza de la mente y la mente de sabiduría del maestro se funden en una sola cosa y se revelan como uno.

El alumno reconoce entonces en una llamarada de gratitud sin la menor sombra de duda que no hay,

No ha habido nunca ni puede haber jamás ninguna separación entre alumno y maestro,

Entre la mente de sabiduría del maestro y la naturaleza de la mente del alumno.

Tutjom Rinpoche en su célebre declaración del conocimiento escribió,

Puesto que la conciencia pura de la hora es el auténtico Buda,

En apertura y contento encontré al Lama en mi corazón.

Cuando nos damos cuenta de que esta mente natural infinita es la misma naturaleza del Lama,

Ya no hay necesidad de súplicas deseosas,

Aferradas o llorosas,

Ni de lamentos artificiales.

Relajándonos en ese estado espontáneo,

Receptivo y natural,

Obtenemos la bendición de la autoliberación sin objetivos de todo lo que pueda surgir.

Cuando haya reconocido plenamente que la naturaleza de su propia mente es la misma que la del maestro de ahí en adelante,

El maestro y usted nunca podrán estar separados,

Porque el maestro es uno con la naturaleza de su mente y por tanto siempre presente.

¿Recuerda al Lama Tseten,

Al que vi morir cuando yo era un niño?

Cuando se le ofreció la posibilidad de tener a su maestro físicamente presente junto a su lecho de muerte,

Respondió,

Con el maestro no existe la distancia.

Cuando haya reconocido como el Lama Tseten que el maestro y usted son inseparables,

Nacerá en usted una enorme gratitud y una profunda sensación de reverencia y homenaje.

Dutjom Rinpoche llama esta actitud el homenaje de la visión.

Es una devoción que surge espontáneamente al tener la visión de la naturaleza de la mente.

Para mí hubo muchos otros momentos de introducción,

En las enseñanzas e iniciaciones y más tarde cuando recibí la introducción de mis otros maestros.

Tras el fallecimiento de Yamyam Kiyenche,

Dutjom Rinpoche me acogió en su amor y cuidó de mí y durante varios años le serví de intérprete.

Esto abrió una nueva fase de mi vida.

Dutjom Rinpoche fue uno de los más célebres maestros y místicos del Tíbet,

Estudioso y escritor de renombre.

Mi maestro Yamyam Kiyenche solía comentar con frecuencia que Dutjom Rinpoche era un maravilloso maestro y que era el representante vivo de Padmasambhava en esta época.

Por consiguiente,

Yo le tenía un gran respeto,

Aunque no tenía ninguna relación personal con él ni experiencia de su enseñanza.

Un día,

Tras la muerte de mi maestro,

Cuando yo contaba poco más de 20 años,

Hice una visita de cortesía a Dutjom Rinpoche en su residencia de Kalimpong,

Una localidad de las estribaciones del Himalaya.

Al llegar allí,

Lo encontré impartiendo instrucción a una norteamericana,

Uno de sus primeros discípulos de esa nacionalidad.

La mujer se encontraba muy frustrada,

Pues no había nadie que dominara el inglés lo suficiente para traducir las enseñanzas sobre la naturaleza de la mente.

Cuando me vio entrar,

Dutjom Rinpoche exclamó,

Ah,

Estás aquí,

Bien.

¿Puedes traducirle lo que digo?

Así que me senté y empecé a traducir.

En una sesión que duró aproximadamente una hora,

Dio una enseñanza asombrosa,

Una enseñanza que lo abarcaba todo.

Me sentí tan conmovido e inspirado que se me llenaron los ojos de lágrimas.

Me di cuenta de que Yamyankiyensé se refería precisamente a aquello.

Nada más terminar,

Le pedí a Dutjom Rinpoche que me diera enseñanzas.

A partir de aquel día,

Acudía cada tarde a su casa y pasaba varias horas con él.

Era un hombre pequeño,

De facciones hermosas y apacibles,

Manos exquisitas y una presencia delicada,

Casi femenina.

Llevaba el cabello largo atado atrás como los yoguis y sus ojos siempre chispeaban con una alegría secreta.

Su voz,

Suave y un poco ronca,

Parecía la propia voz de la compasión.

Dutjom Rinpoche se sentaba en un asiento bajo cubierto con una alfombra tibetana y yo me sentaba algo más bajo.

Siempre lo recordaré así sentado,

Con el sol de la tarde entrando a raudales por la ventana que había a su espalda.

Un día,

Mientras recibía su enseñanza y practicaba con él,

Tuve la experiencia más extraordinaria.

Fue como si todo lo que había oído en las enseñanzas empezara a sucederme a mí.

Todos los fenómenos materiales se disolvían a nuestro alrededor.

Me sentí muy impresionado y balbucí.

Rinpoche,

Rinpoche,

¿está ocurriendo?

Nunca olvidaré la mirada de compasión que me dirigió cuando se inclinó hacia mí para tranquilizarme.

Está bien,

No pasa nada.

No te excites demasiado.

El último término no es ni bueno ni malo.

Empezaba a sentirme transportado de arrobo y maravilla,

Pero Dutjom Rinpoche sabía que,

Si bien las experiencias positivas pueden representar jalones útiles en el sendero de la meditación,

También pueden convertirse en trampas si interviene el apego.

Hay que dejarlas atrás para pasar a un terreno más estable y profundo.

Y fue a ese terreno donde sus sabias palabras me llevaron.

Dutjom Rinpoche me inspiró una y otra vez al conocimiento de la naturaleza de la mente por medio de las palabras de la enseñanza que daba.

Las propias palabras encendían destellos de la experiencia real.

Durante muchos años me instruyó a diario sobre la naturaleza de la mente,

Con lo que se conoce como instrucciones de señalar.

Aunque yo había recibido toda la enseñanza esencial de mi maestro Jamyam Kiyanché como una semilla,

Fue Dutjom Rinpoche quien la regó y la hizo florecer.

Y cuando empecé a enseñar fue su ejemplo el que me inspiró.

La mente y la naturaleza de la mente.

El descubrimiento todavía revolucionario del budismo es que la vida y la muerte están en la mente y en ningún otro lugar.

La mente se revela como base universal de la experiencia,

Creadora de la felicidad y creadora del sufrimiento,

Creadora de lo que llamamos vida y de lo que llamamos muerte.

La mente tiene numerosos aspectos pero hay dos que destacan.

El primero es la mente ordinaria,

La que los tibetanos llaman sem.

Un maestro la define así.

Aquello que posee conciencia diferenciadora,

Aquello que posee un sentido de la dualidad,

Es decir,

Que aferra o rechaza algo externo,

Eso es la mente.

Fundamentalmente es aquello que podemos asociar con un otro,

Con cualquier algo que se percibe como distinto del perceptor.

Sem es la mente dualista,

Discursiva y pensante,

Que sólo puede funcionar en relación con un punto de referencia exterior,

Proyectado y falsamente percibido.

Así pues sem es la mente que piensa,

Hace planes,

Desea y manipula,

Que monta en cólera,

Que crea oleadas de emociones y pensamientos negativos por los que se deja llevar,

Que debe seguir siempre proclamando,

Corroborando y confirmando su existencia mediante la fragmentación,

Conceptuación y solidificación de la experiencia.

La mente ordinaria es la presa incesantemente cambiante e incambiable de las influencias exteriores,

Las tendencias habituales y el condicionamiento.

Los maestros comparan a sem con la llama de una vela con un portal abierto,

Vulnerable a todos los vientos de la circunstancia.

Desde cierto punto de vista sem es parpadeante,

Inestable y ávida,

Siempre entrometida en asuntos ajenos.

Su energía se consume en la proyección hacia afuera.

A veces me la imagino como un frijol saltador mexicano o como un mono encaramado a un árbol que brinca incansable de rama en rama.

Sin embargo,

Vista desde otro ángulo,

La mente ordinaria posee una estabilidad falsa y desanimada,

Una inercia autoprotectora y pagada de sí,

Una calma pétrea hecha de hábitos arraigados.

Sem es tan entaimada como un político corrompido,

Escéptica y desconfiada,

Ducha en astucias y trapacerías,

Ingeniosa en los juegos del engaño,

Como escribiera Yamyam Kiyansé.

Es dentro de la experiencia de esta sem caótica,

Confusa,

Indisciplinada y repetitiva,

Esta mente ordinaria donde una y otra vez sufrimos el cambio y la muerte.

Luego está la naturaleza misma de la mente,

Su esencia más íntima,

Que es siempre y absolutamente inmune al cambio y a la muerte.

Ahora se haya oculta dentro de nuestra propia mente,

Nuestra sem,

Envuelta y velada por el rápido discurrir de nuestros pensamientos y emociones.

Pero del mismo modo en que un fuerte golpe de viento puede dispersar las nubes y revelar el sol resplandeciente y el cielo anchuroso,

También alguna inspiración puede descubrirnos visiones relámpagos de esta naturaleza de la mente.

Estos vislumbres pueden ser de diversos grados e intensidades,

Pero todos proporcionan alguna luz de comprensión,

Significado y libertad.

Ello es así porque la naturaleza de la mente es de por sí la propia raíz de la comprensión.

En tibetano la llamamos Rigpa.

Una conciencia primordial,

Pura y pristina,

Que es al mismo tiempo inteligente,

Cognoscitiva,

Radiante y siempre despierta.

Se podría decir que es el conocimiento del propio conocimiento.

No hay que caer en el error de suponer que la naturaleza de la mente es exclusiva de nuestra mente solo.

De hecho es la naturaleza de todo.

Nunca puede subrayarse demasiado que conocer la naturaleza de la mente es conocer la naturaleza de todas las cosas.

A lo largo de la historia los santos y los místicos han adornado sus percepciones con distintos nombres y le han conferido distintos rostros e interpretaciones.

Pero lo que experimentan fundamentalmente todos ellos es la naturaleza esencial de la mente.

Los cristianos y los judíos la llaman Dios.

Los hindúes la llaman el yo,

Shiva,

Brahman y Vishnu.

Los místicos sufíes la llaman la esencia oculta.

Los budistas la llaman la naturaleza de Buda.

En el corazón de todas las religiones se halla la certidumbre de que existe una verdad fundamental y que esta vida constituye una oportunidad sagrada para evolucionar y conocerla.

Cuando decimos Buda pensamos naturalmente en el príncipe indio Gautama Siddhartha que alcanzó la iluminación en el siglo VI antes de cristo y que enseñó el camino espiritual que siguen millones de personas en toda Asia y que hoy se llama budismo.

Buda no obstante tiene un significado mucho más profundo.

Se refiere a una persona,

Cualquier persona,

Que ha despertado completamente de la ignorancia y se ha abierto a su vasto potencial de sabiduría.

Un Buda es una persona que ha puesto un definitivo final al sufrimiento y la frustración y ha descubierto una paz y una felicidad duraderas e inmortales.

Sin embargo para muchos de los que vivimos en esta época de escepticismo este estado puede parecer una fantasía o un sueño o tal vez una hazaña absolutamente fuera de nuestro alcance.

Es importante recordar siempre que Buda fue un ser humano como usted o como yo.

Nunca se proclamó divino,

Simplemente descubrió que poseía la naturaleza de Buda,

La semilla de la iluminación y que todos los demás también la poseían.

La naturaleza de Buda es un derecho natural de todos los seres conscientes y como suelo decir siempre nuestra naturaleza de Buda es tan buena como la naturaleza de Buda de cualquier Buda.

Esta es la buena nueva que Buda nos trajo de su iluminación en Bodh Gaya y que tan inspiradora es para muchos.

Su mensaje que la iluminación está al alcance de todos nos aporta una enorme esperanza.

Por medio de la práctica también nosotros podemos llegar a ser iluminados.

Si esto no fuera cierto las innumerables personas que hasta ahora han alcanzado la iluminación no lo habrían conseguido.

Se dice que cuando Buda alcanzó la iluminación lo único que deseaba hacer era mostrarnos a los demás la naturaleza de la mente y participarnos completamente lo que había conocido.

Pero también vio con el pesar de una infinita compasión lo difícil que nos sería llegar a entenderlo.

Aunque todos tenemos la misma naturaleza interior que Buda no nos damos cuenta de ello porque está encerrada y envuelta en nuestra mente individual ordinaria.

Imaginemos un jarro vacío.

El espacio interior es exactamente el mismo que el espacio exterior.

Sólo sus frágiles paredes separan el uno del otro.

Nuestra mente de Buda está encerrada dentro en las paredes de nuestra mente ordinaria.

Pero cuando nos volvemos iluminados es como si el jarro se rompiera en mil pedazos.

El espacio de dentro se funde instantáneamente con el espacio de fuera.

Se convierten en uno y en ese mismo instante nos damos cuenta de que nunca fueron distintos ni independientes el uno del otro.

Siempre fueron lo mismo.

El cielo y las nubes.

Así pues,

Sea como sea nuestra vida,

Nuestra naturaleza de Buda siempre está presente y siempre es perfecta.

Decimos que ni siquiera los Budas en su infinita sabiduría pueden perfeccionarla.

Ni los seres conscientes estropearla en su,

Al parecer,

Infinita confusión.

Nuestra verdadera naturaleza podría compararse con el cielo y la confusión de la mente ordinaria con las nubes.

Cuando estamos en tierra,

Mirando hacia lo alto,

Se nos hace muy difícil creer que hay algo más que nubes.

Sin embargo,

Solo hemos de remontarnos en un avión para descubrir sobre ellas una extensión ilimitada de transparente cielo azul.

Desde allí arriba,

Las nubes que suponíamos lo eran todo parecen minúsculas y remotas.

Siempre debemos tratar de tener presente que las nubes no son el cielo y que no le pertenecen.

Solo están ahí suspendidas,

Desplazándose a su manera un tanto ridícula y no dependiente.

Y nunca pueden manchar el cielo ni dejar huella en él en modo alguno.

Entonces,

¿dónde se encuentra esta naturaleza de Buda?

Está en la naturaleza de nuestra mente,

Semejante al cielo.

Absolutamente abierta,

Libre e ilimitada.

Es en su fundamento tan sencilla y natural que nunca puede complicarse,

Corromperse ni mancharse.

Tan pura que se haya más allá incluso de los mismos conceptos de pureza e impureza.

Decir que esta naturaleza de la mente se asemeja al cielo es,

Por supuesto,

Una metáfora que nos ayuda a imaginar un poco su carácter ilimitado que todo lo abarca.

Puesto que la naturaleza de Buda tiene una característica que el cielo no puede poseer,

La de la claridad radiante de la conciencia.

Como se ha dicho,

Es sencillamente tu impecable conciencia presente,

Cognoscitiva y vacía,

Desnuda y despierta.

Dudjom Rinpoche escribió No hay palabras que puedan describirla.

No hay ejemplo que pueda enseñarla.

El sámsara no la hace peor.

El nirvana no la hace mejor.

Nunca ha nacido.

Nunca ha cesado.

Nunca se ha liberado.

Nunca ha sido engañada.

Nunca ha existido.

Nunca ha sido inexistente.

No tiene ningún límite.

No entra en ninguna clase de categoría.

Neosul Ken Rinpoche dijo,

Profunda y tranquila,

Libre de complejidad,

Claridad luminosa no compuesta,

Más allá de la mente de las ideas conceptuales,

Tal es la profundidad de la mente de los victoriosos,

En ella no hay cosa alguna a eliminar,

Ni nada que se le deba añadir.

Es meramente lo inmaculado,

Contemplándose naturalmente a sí mismo.

Los cuatro defectos.

¿Cómo es que resulta tan difícil concebir siquiera la profundidad y la gloria de la naturaleza de la mente?

¿Por qué a tantas personas les parece una idea tan improbable y descabellada?

Las enseñanzas hablan de cuatro defectos que nos impiden comprender la naturaleza de la mente en este mismo instante.

Primero,

La naturaleza de la mente está demasiado próxima para que la reconozcamos.

Así como no podemos ver nuestra propia cara,

A la mente le resulta difícil contemplar su propia naturaleza.

Segundo,

Es demasiado profunda para que podamos sondearla.

No tenemos ni idea de lo profunda que puede ser.

Si la tuviéramos,

Ya la habríamos penetrado,

Al menos en cierta medida.

Tercero,

Es demasiado fácil para que podamos creer en ella.

En realidad,

Lo único que hemos de hacer es sencillamente descansar en la conciencia desnuda y pura de la naturaleza de la mente,

Que siempre está presente.

Cuarto,

Es demasiado maravillosa para que podamos contenerla.

Su misma inmensidad es demasiado vasta para nuestra estrecha manera de pensar.

Nos resulta imposible creer en ella y tampoco podemos concibir que la iluminación sea la auténtica naturaleza de nuestra mente.

Si este análisis de los cuatro defectos era cierto en una civilización como la de Tíbet,

Dedicada casi por completo a la búsqueda de la iluminación,

Cuanto más precisa y dolorosamente cierto debe ser en la civilización moderna,

Dedicada en gran medida al culto de lo engañoso,

No se dispone de una información general sobre la naturaleza de la mente.

Los escritores e intelectuales apenas se refieren a ella.

Los filósofos modernos no hablan directamente de ella.

La mayoría de los científicos niega la posibilidad misma de su existencia.

No desempeña ningún papel en la cultura popular.

No hay canciones acerca de ella.

No se menciona en las obras de teatro ni en la televisión.

De hecho,

Se nos educa en la creencia de que sólo es real aquello que podemos percibir con los sentidos ordinarios.

Pese a este rechazo general y casi absoluto de su existencia,

A veces aún tenemos vislumbres pasajeras de la naturaleza de la mente,

Quizás inspiradas por alguna composición musical que nos induce a la exaltación,

Por la serena felicidad que a veces experimentamos en la naturaleza,

O por la situación más ordinaria de la vida cotidiana.

Pueden presentarse mientras vemos caer lentamente los copos de nieve o elevarse el sol sobre la cima de una montaña,

O al contemplar un rayo de sol que cae en una habitación de una forma misteriosamente emotiva.

Estos momentos de iluminación,

Paz y serenidad nos ocurren a todos y se nos quedan grabados de un modo extraño.

Creo que a veces medio entendemos esas vislumbres,

Pero la cultura moderna no nos proporciona ningún contexto ni marco de referencia en el que podamos comprenderlas.

Peor aún,

En lugar de estimularnos a explorarlas más a fondo y a descubrir de dónde proceden,

Se nos dice de diversas maneras,

Tanto evidentes como sutiles,

Que no les hagamos caso.

Sabemos que nadie nos tomará en serio si pretendemos hablar de ellas,

De modo que relegamos al olvido las que en verdad podrían ser las experiencias más reveladoras de nuestra vida,

Si supiéramos comprenderlas.

Este es quizás el aspecto más oscuro e inquietante de la civilización moderna,

La ignorancia y la represión de quienes somos en realidad.

Mirar hacia adentro.

Supongamos que hacemos un cambio radical,

Supongamos que renunciamos a mirar sólo en una dirección.

Se nos ha enseñado a pasar la vida persiguiendo nuestros pensamientos y proyecciones.

Aun cuando se habla de la mente,

Únicamente se hace referencia a los pensamientos y emociones,

Y cuando nuestros investigadores estudian lo que imaginan que es la mente,

Sólo observan sus proyecciones.

En realidad nadie contempla nunca la mente en sí,

El terreno en el que surgen todas esas expresiones,

Y esto acarrea consecuencias trágicas.

Padmasambhava dijo,

Aunque aquello que suele llamarse mente es universalmente valorado y movimentado,

Aún no se comprende,

Se comprende mal o se comprende sólo de un modo unilateral.

Puesto que no se comprende correctamente tal como es en sí,

Surge una cantidad inconcebible de afirmaciones e ideas filosóficas.

Además,

Dado que los individuos corrientes no la comprenden,

No reconocen su propia naturaleza,

Y así continúan vagando por los seis destinos de renacimiento en los tres mundos y sufriendo por ello.

En consecuencia,

No comprender la propia mente es una falta muy deplorable.

¿Cómo podemos darle la vuelta a esta situación?

Es muy sencillo.

Nuestra mente tiene dos posiciones,

Mirar hacia afuera y mirar hacia adentro.

Ahora miremos hacia adentro.

La diferencia que este ligero cambio de orientación puede conllevar es tremenda,

E incluso podría corregir los desastres que amenazan al mundo.

Cuando un número mucho mayor de personas conozca la naturaleza de su mente,

Conocerán también la gloriosa naturaleza del mundo en que se hallan,

Y se esforzarán intensa y valerosamente en protegerlo.

Es interesante observar que budista en tibetano se dice nang pa.

Esta palabra significa persona interior,

Es decir,

Una persona que no busca la verdad fuera,

Sino dentro de la naturaleza de la mente.

Todas las enseñanzas y prácticas del budismo se dirigen a este único punto,

A contemplar la naturaleza de la mente y de este modo liberarnos del miedo a la muerte y ayudarnos a conocer la verdad de la vida.

Mirar hacia adentro no exigirá una gran sutileza y un gran valor.

Nada menos que un cambio completo en nuestra actitud ante la vida y la mente.

Estamos tan habituados a mirar hacia afuera que hemos perdido casi por completo el acceso a nuestro ser interior.

Nos asusta mirar hacia adentro porque nuestra cultura no nos ha dado ninguna idea de lo que vamos a encontrar.

Incluso podemos pensar que si lo hacemos nos exponemos a la locura.

Esta es una de las últimas y más logradas trampas de nuestro ego para impedir que descubramos nuestra auténtica naturaleza.

Así pues,

Hacemos nuestra vida tan agitada que eliminamos hasta el menor riesgo de mirar hacia nosotros mismos.

Incluso la idea de meditar puede asustar.

Al oír las expresiones ausencia de ego o vacuidad,

Se creen que experimentar tales estados ha de ser algo así como ser arrojado por la escotilla de una nave espacial para flotar eternamente en un vacío oscuro y helado.

Nada podría estar más lejos de la verdad.

Pero en un mundo dedicado a la distracción,

El silencio y la quietud nos aterrorizan y nos protegemos de ellos por medio del ruido y las ocupaciones frenéticas.

Contemplar la naturaleza de nuestra mente es lo último que nos atreveríamos a hacer.

Algunas veces pienso que no queremos plantearnos realmente ninguna pregunta acerca de quiénes somos,

Por miedo a descubrir que existe otra realidad distinta a ésta.

¿Cómo quedaría lo que hemos vivido hasta ahora a la luz de este descubrimiento?

¿Cómo reaccionarían nuestros amigos y colegas ante lo que ahora sabemos?

¿Qué haríamos con este nuevo conocimiento?

A veces,

Aunque la puerta de la celda esté abierta de par en par,

El preso no quiere escapar.

La promesa de la iluminación.

En el mundo moderno existen pocos ejemplos de seres humanos que encarnen las cualidades que se derivan de comprender la naturaleza de la mente.

Así pues,

Nos resulta difícil imaginar siquiera la iluminación o la percepción de un ser iluminado y más difícil todavía empezar a pensar que nosotros mismos podemos experimentar la iluminación.

A pesar de su tan cacareada celebración del valor de la vida humana y de la libertad individual,

En realidad nuestra sociedad nos trata como si estuviéramos obsesionados exclusivamente por el poder,

El sexo y el dinero.

Y como si hubiera que distraernos en todo momento de cualquier contacto con la muerte o con la vida real.

Si empezamos a sospechar nuestro potencial profundo o si alguien nos lo señala,

No podemos creerlo.

Y si podemos concibir siquiera remotamente la transformación espiritual,

Sólo la juzgamos posible para los grandes santos y maestros espirituales del pasado.

El Dalai Lama habla con frecuencia de la ausencia de verdadero amor y respeto propios que observan muchas personas del mundo moderno.

Toda nuestra actitud se funda en la convicción neurótica de nuestras propias limitaciones.

Esto nos niega cualquier esperanza de despertar y contradice trágicamente la verdad central de las enseñanzas de Buda.

Que todos somos ya esencialmente perfectos.

Aún si se nos ocurriera pensar en la posibilidad de la iluminación,

Un simple vistazo a lo que compone nuestra mente ordinaria,

Ira,

Codicia,

Celos,

Rencor,

Crueldad,

Lujuria,

Miedo,

Ansiedad y confusión,

Podría excluir para siempre toda esperanza de alcanzarla.

Si no se nos hubiera hablado de la naturaleza de la mente y de la posibilidad de llegar a conocer dicha naturaleza más allá de cualquier Buda.

Pero la iluminación es real y todavía hay en la tierra maestros iluminados.

Cuando llegue a encontrarse con uno,

Quedará usted sacudido y conmovido en lo más profundo de su corazón y comprenderá que todas esas palabras como iluminación y sabiduría,

Que le parecían meras ideas,

Son efectivamente ciertas.

Pese a todos sus peligros,

El mundo de hoy es también muy emocionante.

La mente moderna se está abriendo poco a poco a diversas visiones de la realidad.

La televisión nos presenta grandes maestros como el Dalai Lama y la Madre Teresa.

Muchos maestros de Oriente visitan Occidente y vienen aquí a enseñar.

Los libros de todas las tradiciones místicas llegan a un público cada vez más amplio.

La desesperada situación del planeta está despertando lentamente a sus habitantes a la necesidad de una transformación a escala mundial.

La iluminación,

Como ya he dicho,

Es real y todos nosotros,

Seamos quienes seamos,

Con una práctica adecuada y en las circunstancias adecuadas,

Podemos comprender la naturaleza de la mente y de este modo llegar a conocer en nosotros mismos aquello que es inmortal y eternamente puro.

Esta es la promesa de todas las tradiciones místicas del planeta y se ha cumplido y sigue cumpliéndose en incalculables millares de vidas humanas.

Lo maravilloso de esta promesa es que no se trata de algo exótico ni fantástico ni reservado a una élite,

Sino que es para toda la humanidad y cuando la comprendemos nos dicen los maestros resulta inesperadamente vulgar.

La verdad espiritual no es algo complejo ni esotérico,

Sino que de hecho es simple sentido común.

Cuando se comprende la naturaleza de la mente se desprenden las capas de confusión.

En realidad no se convierte uno en un Buda,

Sino que sencillamente va cesando poco a poco de estar engañado.

Y ser un Buda no es ser una especie de superhombre espiritual omnipotente,

Sino llegar a ser por fin un verdadero ser humano.

Una de las mayores tradiciones budistas denomina a la naturaleza de la mente la sabiduría de lo ordinario.

Es imposible insistir lo suficiente.

Nuestra verdadera naturaleza y la naturaleza de todos los seres no es algo extraordinario.

La ironía está en que lo extraordinario es nuestro mundo supuestamente ordinario,

Esa fantástica y compleja alucinación de la visión engañosa del sámsara.

Es esta visión extraordinaria la que nos ciega a la naturaleza inherente y ordinaria de la mente.

Imaginemos que los Budas estuvieran contemplándonos en este mismo instante.

Cómo se asombrarían tristemente ante la complejidad y el ingenio letal de nuestra confusión.

A veces,

Y puesto que somos tan innecesariamente complicados,

Cuando un maestro nos introduce en la naturaleza de la mente,

Lo encontramos demasiado sencillo para creerlo.

Nuestra mente ordinaria nos dice que no puede ser así,

Que tiene que haber algo más.

Por fuerza tiene que ser más glorioso,

Con grandes luminarias en el espacio que nos rodea,

Ángeles de cabellera dorada volando a nuestro encuentro y una resonante voz que proclama,

Acaba de ser usted introducido en la naturaleza de su mente.

No hay tal espectáculo.

Puesto que nuestra cultura se valora exageradamente el intelecto,

Podemos suponer que para alcanzar la iluminación hace falta una inteligencia extraordinaria.

En realidad,

Muchas clases de inteligencia sólo implican mayor obscurecimiento.

Un proverbio tibetano dice,

Si eres demasiado listo puedes marrar por completo.

Patrul Rinpoche señaló,

La mente lógica parece interesante,

Pero es la simiente de la confusión.

La gente puede obsesionarse con sus propias teorías y perder el sentido de todo.

En tíbet decimos,

Las teorías son como remiendos en un abrigo,

Cualquier día acaban desgastándose.

Permítame que le cuente una historia alentadora.

Un gran maestro del siglo pasado tenía un discípulo muy duro de Mollera.

El maestro le enseñaba y le enseñaba tratando de introducirlo a la naturaleza de su mente,

Pero no lo conseguía.

Finalmente un día se enfureció y le dijo,

Mira,

Quiero que lleves este saco de cebada hasta la cumbre de aquella montaña de allí,

Pero no has de pararte a descansar,

Sigue adelante sin detenerte hasta que llegues a la cumbre.

El discípulo era torpe,

Pero le tenía a su maestro una devoción y una confianza inconmovibles,

De modo que hizo exactamente lo que le había mandado.

El saco pesaba mucho,

Lo recogió y echó a andar cuesta arriba,

Sin atreverse a parar.

Así anduvo y anduvo y el saco se volvía cada vez más pesado.

Tardó mucho tiempo en llegar a la cima,

Cuando por fin llegó,

Soltó el saco y se echó en el suelo,

Vencido por el cansancio pero profundamente relajado.

Sintió en la cara el aire fresco de la montaña.

Toda su resistencia se había disuelto y con ella su mente ordinaria.

Le pareció que todo se detenía y justo en ese instante comprendió la naturaleza de su mente.

Ah,

Con esto era lo que mi maestro intentaba enseñarme todo el rato,

Se dijo.

Se echó a correr montaña abajo y contra todas las normas habituales irrumpió en la habitación del maestro.

Creo que ya lo tengo,

Ya lo tengo de veras.

Así que has tenido una excursión interesante,

¿eh?

Le dijo el maestro sonriendo con aire comprensivo.

Sea usted quien sea,

También puede tener la experiencia que tuvo el discípulo en la montaña y es esta experiencia lo que le dará la intrepidez necesaria para superar la vida y la muerte.

Pero,

¿cuál es el mejor modo,

El más rápido y eficiente para disponerse a ello?

El primer paso es la práctica de la meditación.

Es la meditación lo que purifica lentamente la mente ordinaria,

Desenmascarando y agotando sus hábitos e ilusiones y nos permite reconocer en el momento adecuado quienes somos en realidad.

Fin del capítulo 4.

Siguiente capítulo,

Capítulo 5.

Llevar la mente a casa.

Gracias.

4.9 (93)

Reseñas Recientes

Gissel

November 19, 2024

Me conmovió demasiado

Amalia

July 3, 2024

Me encanta escuchar este audiolibro. Me enseña mucho. Gracias

RosaMaria

December 13, 2021

Este discípulo de tu narración, amaba a su maestro, tenía fe en el y el amor y la fe que tenía por su maestro le llevó a encontrar la naturaleza de su mente, que es el alma. La naturaleza de la mente es amor, compasión, fe. Es creer en los milagros. Buda no decía que era hijo de Dios y Jesucristo si lo decía, porque Jesucristo hacia milagros y se le aparecía Dios y Dios envío al Arcángel San Gabriel a anunciar a María que iba a ser la madre de Jesus, el hijo de Dios, que lo iba a concebir, inmaculada. Es distinta la experiencia de Buda a la de Jesús. Aunque los dos sientan a Dios en su interior. En este siglo XXI hay libros de neurólogos con el título : El alma esta en el cerebro. La naturaleza del alma es grandiosa, sin limites, pura, llena de amor y de compasión, es lo que está siempre permanentemente, por ello, aunque destruyamos el planeta, luego nos ponemos a curarlo, porque hay un fondo de AMOR UNIVERSAL que es Dios, en cada una de las personas y nos arrepentimos de las maldades hechas. La mente ordinaria tapa ese interior tan bellísimo porque no sabemos usar la mente. Bien la meditación, el aquí y el ahora. Estar conscientes y en el presente. Y empatizar con los demás y sentir compasión y amor esa es otra de las claves. Ser buenas personas. Muchas gracias por tu trabajo, es excepcional. Es belleza. GRACIAS.

Adry

August 14, 2021

Maravilloso y simple

Antonia

August 12, 2021

🙏⭐💙

Jonathan

July 21, 2021

Gracias!!

Fabiola

May 7, 2021

Que interesante!!

Paula

May 1, 2021

Muchas gracias por este audio libro, me está encantando

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