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Cap. 2.- Las aventuras de Siddhartha - Club de lectura

by Ciencia del Saber

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"Siddhartha" de Hermann Hesse es una obra literaria que narra el viaje espiritual y filosófico de un joven llamado Siddhartha en su búsqueda de la iluminación. Ambientada en la India antigua, la historia sigue a Siddhartha mientras deja atrás su vida privilegiada como hijo de un brahmán para explorar diversas formas de vida y espiritualidad. A lo largo de su travesía, Siddhartha experimenta el ascetismo, la riqueza material y el amor, todo en un esfuerzo por encontrar un sentido más profundo y auténtico de sí mismo y del universo. Se compró una licencia para usar esta música en Epidemic Sound. Los términos de la licencia permiten el uso de esta música. La grabación de sonido utiliza música de fondo libre de derechos de autor, por lo que no debería estar sujeta a reclamaciones de coincidencia de ID de contenido ni de derechos de autor en general. Please note: This track may include some explicit/triggering language.

Transcripción

Siddhartha fue a casa del comerciante Kamaswami.

Una vivienda suntuosa y unos criados le introdujeron en una habitación adornada con costosos tapices,

Donde esperó al amo de la casa.

Kamaswami entró.

Era un hombre vivo,

Ágil,

De pelo recio y canoso,

De ojos cautos,

Prudentes,

De boca codiciosa.

Se saludaron amistosamente amo y huésped.

—Me han dicho —empezó a decir el comerciante— que eres un Brahman,

Un hombre instruido,

Pero que buscas un empleo en casa de un comerciante.

—¿Es que has caído en la pobreza,

Brahman,

Para haberte obligado a solicitar un empleo?

—No —dijo Siddhartha—,

No he caído en la pobreza,

Ni he estado nunca en ella.

—Sabrás que vengo de los Samanas con los que he vivido mucho tiempo.

—¿Si vienes de los Samanas,

Cómo puedes dejar de estar en la pobreza?

—¿Es que los Samanas no carecen de todo?

—Yo carezco de todo —dijo Siddhartha—.

—Es como tú piensas.

Ciertamente que carezco de todo.

Sin embargo,

Carezco de todo voluntariamente,

Por eso no estoy en la pobreza.

—¿Y de qué quieres vivir si no tienes nada?

—Todavía no he pensado en ello,

Señor.

He vivido en la pobreza más de tres años,

Y nunca he pensado en qué vivir.

—¿Entonces es que has vivido de la hacienda de otro?

—Posiblemente.

También los comerciantes viven de los bienes de los demás.

—Bien hablado,

Pero no toma lo de los otros de Balde,

Les da a cambio sus mercancías.

—Así es como debe ser en realidad.

Todos toman,

Todos dan.

Así es la vida.

—Pero permite,

Si tú no tienes nada,

¿qué puedes dar?

—Cada cual da lo que tiene.

El guerrero da fuerza,

El comerciante da mercancías,

El maestro enseñanzas,

El labrador arroz,

El pescador peces.

—Muy bien.

¿Y qué es lo que tú tienes para dar?

¿Qué es lo que tú has aprendido?

¿Qué es lo que sabes?

—Yo sé pensar,

Yo sé esperar,

Yo sé ayunar.

¿Eso es todo?

—Creo que eso es todo.

—¿Y para qué sirve,

Por ejemplo,

Para qué sirve el ayunar?

—Para mucho,

Señor.

Cuando un hombre no tiene nada de comer,

Ayunar es lo más razonable que puede hacer.

Por ejemplo,

Si Siddhartha no hubiera aprendido a ayunar,

Hoy tendría que aceptar cualquier trabajo en tu casa o en cualquier otra parte,

Pues el hambre le hubiera obligado a ello.

Pero de esta forma Siddhartha puede esperar tranquilamente,

No conoce la impaciencia,

No conoce la necesidad.

Puede dejarse sitiar largo tiempo por el hambre y puede reírse de todo.

Por esto es bueno ayunar,

Señor.

—Tienes razón,

Samana.

Espera un momento.

Kamaswami salió y volvió con un rollo de papel que alargó a su huésped mientras le preguntaba.

¿Sabes leer esto?

Siddhartha examinó el rollo,

En el que está escrito un contrato y empezó a leer su contenido.

—Perfectamente —dijo Kamaswami—.

¿Y querrías escribirme algo en esta hoja?

Le dio una hoja y un estilo,

Y Siddhartha escribió en ella y se la devolvió.

Kamaswami leyó.

—Escribir es cosa buena,

Pero mejor es pensar.

—La prudencia es buena,

Pero la paciencia es mejor.

—Escribes muy bien —elogió al comerciante—.

Tenemos que hablar de muchas cosas.

Te ruego que por hoy seas mi huésped.

Siddhartha dio gracias y aceptó,

Y vivió en la casa del comerciante.

Le trajeron vestidos y zapatos y un criado le preparaba a diario el baño.

Dos veces al día le servían una comida magnífica,

Pero Siddhartha solo comía una vez al día.

Y no comía carne ni bebía vino.

Kamaswami le habló de su negocio,

Le enseñó los almacenes y la tienda,

Le mostró las cuentas.

Siddhartha aprendió muchas cosas nuevas,

Escuchaba mucho y hablaba poco.

Y recordando las palabras de Kamala,

No se subordinó nunca al comerciante.

Le obligó a que le tratara como a su igual,

Y mejor que a su igual.

Kamaswami dirigía su negocio con atención y muchas veces con apasionamiento,

Pero Siddhartha lo consideraba todo como un juego,

Cuyas reglas se esforzaba en aprender,

Pero cuyo contenido no le rozaba el corazón.

No llevaba mucho tiempo en casa de Kamaswami cuando ya tomó parte en el negocio de su amo.

Pero a diario,

A las horas que ella le marcaba,

Visitaba a la hermosa Kamala,

Bien vestido,

Bien calzado.

Y pronto pudo llevarle regalos.

Mucho le enseñó su boca roja y discreta.

Mucho le enseñó su mano delicada y suave.

A él,

Que en amor era todavía un muchacho y por esto estaba inclinado a arrojarse ciego e insaciable al placer como a un abismo,

Le enseñó a fondo la lección de que no se puede encontrar placer sin dar placer.

Y que cada gesto,

Cada caricia,

Cada contacto,

Cada mirada,

Cada trocito del cuerpo tiene su secreto,

Que prepara la dicha para despertar al iniciado.

Le enseñó que los amantes después de una fiesta de amor no pueden separarse uno de otro sin admitirse mutuamente,

Sin estar vencidos igual que él ha vencido,

Para que no aparezca la saciedad o el vacío en ninguno de los dos y el maligno sentimiento de haber abusado o de que han abusado de él.

Pasó horas maravillosas junto a la hermosa y prudente artista.

Fue su discípulo,

Su amante,

Su amigo.

Aquí,

Junto a Kamala,

Estaba el valor y el sentido de su vida actual.

No en el comercio de Kamaswami.

El comerciante le encargó la redacción de cartas y contratos y se acostumbró a discutir con él los negocios más importantes.

Pronto se dio cuenta de que Siddhartha entendía muy poco de arroz y algodón,

De fletes y mercados,

Pero sí de que tenía buena mano y de que le superaba en calma indiferencia y en el arte de saber escuchar e influir en las gentes extrañas.

Este brahman dijo una vez a un amigo,

No es un verdadero comerciante ni lo será nunca,

No pone su alma en el negocio,

Pero posee el secreto de aquellas personas a las que el éxito sonríe siempre.

Ya por haber nacido bajo buena estrella,

Ya por su ortilegio,

Ya por algo que ha aprendido entre los amanas.

Siempre parece estar jugando con el negocio,

Nunca lo acepta en su interior,

Nunca le domina,

Nunca teme al fracaso,

Nunca le preocupa la pérdida.

El amigo aconsejó al comerciante dale un tercio de las ganancias en los negocios que inicie para ti,

Pero que pague también un tercio de las pérdidas cuando las haya,

Con esto pondrá más celo en los asuntos.

Kamaswami siguió el consejo,

Pero Siddhartha se preocupó poco de ello,

Si ganaba lo aceptaba con indiferencia,

Si había pérdida sonría y decía,

¡eh,

Mira,

Esto no ha ido muy bien!

En realidad parecía que los negocios le tenían sin cuidado.

Una vez viajó a una aldea para comprar una cosecha de arroz,

Pero cuando llegó ya habían vendido el arroz a otro almacenista.

Sin embargo,

Siddhartha se quedó varios días en aquel pueblo,

Convidó a los aldeanos,

Regaló monedas de cobre a sus hijos,

Asistió a una boda y regresó muy satisfecho del viaje.

Kamaswami le hizo algunos reproches por no haber regresado enseguida,

Por haber malgastado el dinero.

Siddhartha le respondió,

Déjate de regaños querido amigo,

Nunca se logra nada con ellos,

Si te he causado una pérdida yo la pagaré.

Estoy muy contento de este viaje,

He conocido a mucha gente,

Me he hecho amigo de un brahamán,

Los niños han cabalgado sobre mis rodillas,

Los labradores me han enseñado sus tierras,

Nadie me ha tratado como un comerciante.

Muy bonito todo eso,

Gritó Kamaswami malhumorado,

Sin embargo,

Tú eres un comerciante creo yo,

O es que solo viajaste por capricho.

Efectivamente,

Dije sonriendo,

Dijo sonriendo Siddhartha,

He viajado por capricho,

¿por qué si no?

He conocido hombres y comarcas,

He gozado de amistades y confianzas,

He encontrado amigos,

Mira,

Querido,

Si yo hubiera sido Kamaswami,

Al ver que la compra había fracasado,

Me hubiera vuelto con premura y lleno de enojo,

Y hubiera perdido tiempo y dinero en realidad.

De esta forma,

En cambio he aprendido,

He gozado de paz,

No he molestado a los demás ni a mí mismo con enojos y premuras,

Y si alguna vez vuelvo por allí para comprar quizá una cosecha venidera o con cualquier otro motivo,

Todos me recibirían amistosamente y con calor,

Y me alabaré de no haberme mostrado antes malhumorado,

Así que déjalo estar amigo,

Y no te disgustes reprendiéndome.

Si llega el día en que veas que Siddhartha te perjudica,

Di una palabra y Siddhartha se irá por su camino,

Pero hasta entonces deja que vivamos contentos los dos.

Vanos fueron también los intentos de hacer ver a Siddhartha que estaba comiendo su pan,

Del comerciante.

Siddhartha comía su propio pan,

Mejor dicho,

Ambos estaban comiendo el pan de los demás,

El pan de todos.

Nunca prestaba oídos Siddhartha las preocupaciones de Kamaswami,

Y Kamaswami las tenía en abundancia.

Si una operación amenazaba ruina,

Si un envío se extraviaba,

Si un deudor no podía pagar,

Nunca pudo Kamaswami convencer a su socio de que era útil pronunciar palabras de preocupación o de cólera.

Tener arrugas en la frente,

Dormir mal.

Cuando Kamaswami le dijo una vez que todo lo que sabía lo había aprendido de él,

Le contestó,

No digas tonterías,

De ti no he aprendido nada.

No he aprendido otra cosa que el precio de un cesto de pescado o el tanto porciento que debe rentar un dinero prestado.

Esa es toda tu ciencia.

Contigo no he aprendido a pensar,

Querido Kamaswami.

Antes bien,

Procura tú aprenderlo de mí.

En realidad no tenía el alma en el negocio.

Los negocios eran buenos y le daban dinero para Kamala,

Y le traían más de lo que necesitaba.

Por lo demás,

Siddhartha no sentía simpatía y curiosidad más que por los hombres,

Cuyos negocios,

Trabajos,

Preocupaciones,

Diversiones y locuras habían sido antes para él cosas tan extrañas,

Y lejanas como la luna.

Fácilmente logró hablar con todos,

Vivir con todos,

Aprender de todos.

Pero estaba convencido de que había algo que les separaba de ellos,

Su cualidad de samana.

Veía vivir a los hombres de una manera infantil o bestial que le agradaba y despreciaba al mismo tiempo.

Les veía afanarse,

Les veía sufrir y envejecer por cosas que le parecían enteramente indignas de este precio.

Por el dinero,

Por pequeños goces,

Por pequeños honores.

Los veía disputar entre sí e injuriarse.

Los veía quejarse de dolores de los que el samana se reía,

Y sufrir por privaciones que un samana no sentía.

Siempre estaba dispuesto a recibir todo lo que estos hombres le traían.

Bienvenidos eran para él los comerciantes que le ofrecían lino.

Bienvenidos los que estaban llenos de deudas y venían a contraer otra.

Bienvenidos los mendigos que se pasaban más de una hora contándole la historia de su pobreza,

Y ninguno de los cuales era tan pobre como un samana.

A los ricos comerciantes extranjeros no los trataba ni mejor ni peor que al criado que le afeitaba,

Y al vendedor ambulante del que se dejaba engañar en unas monedas al comprarle bananas.

Cuando Kamaswami se le acercaba para lamentarse de sus contrariedades o para hacerle reproches por una operación,

Le escuchaba con interés.

Se admiraba de él.

Intentaba comprenderle,

Le daba un poco la razón,

Todo lo que le parecía imprescindible,

Y le dejaba para atender al primero que venía en su busca.

Pues eran muchos los que venían a él.

Muchos para tratar con él.

Muchos para engañarle.

Muchos para sondearle.

Muchos para excitar su compasión.

Muchos para oír su consejo.

Él daba consejo,

Se compadecía,

Regalaba,

Se dejaba engañar un poco,

Y todo este juego y la pasión que todos los hombres ponían en este juego ocupaban su pensamiento tanto como en otro tiempo habían entretenido a los dioses y a Brahma.

De cuando en cuando sentía en el fondo del pecho una voz apagada,

Mortecina,

Que amonestaba quedamente,

Que se quejaba débilmente tanto que apenas la entendía.

Después se daba cuenta por un momento de que llevaba una vida extraña,

Que hacía cosas pomposas,

Que no eran más que un juego,

Que estaba demasiado alegre y a veces sentía paz,

Pero que la propia vida se deslizaba sin embargo a su lado y no le rozaba.

Como un jugador juega con su pelota,

Así jugaba él con sus negocios,

Con los hombres que le rodeaban,

Los contemplaba,

Se divertía con ellos,

Con el corazón,

Con la fuente de su ser.

Nunca estaba en nada de esto.

La fuente manaba en alguna parte,

Lejos de él.

Manaba y manaba invisible,

No tenía nada que ver con su vida y a veces se sobrecogía ante estos pensamientos y deseaba que le fuera concedido a él también el poder compartir la infantil actividad del día,

Con pasión y con el corazón.

Vivir de verdad,

Trabajar de verdad,

Gozar y vivir de verdad,

En lugar de estar allí solo como simple espectador.

Pero siempre volvía junto a la hermosa Kamala.

Aprendía el arte de amar,

Practicaba el culto del placer,

Donde más que en parte alguna es una misma cosa el dar y recibir.

Charlaba con ella,

Aprendía de ella,

Le daba consejos y los recibía.

Ella le comprendía mejor que Gobinda,

Le había comprendido en todo tiempo.

Era semejante a él.

Una pausita.

Buenas noches Sonia,

¿qué tal?

Muy buenas noches.

Una vez le dijo,

Eres como yo,

Eres distinta a la mayoría de las gentes,

Eres Kamala,

No otra y dentro de ti hay una paz y un refugio en el que penetras a veces y puedes estar a solas contigo misma.

Como yo también suelo hacer.

Pocos hombres tienen esto y sin embargo todos podrían tenerlo.

No todos los hombres son juiciosos,

Dijo Kamala.

No,

Dijo Siddhartha,

No consiste en eso.

Kamaswami es tan juicioso como yo y no obstante no tiene un refugio dentro de sí.

Otros lo tienen,

Los que en espíritu son semejantes a los niños.

La mayoría de los hombres,

Kamala,

Son como hojas que caen del árbol,

Revolotean en el aire,

Vacilan y caen al suelo.

Pero otros,

Unos pocos,

Son como estrellas que recorren un camino fijo,

No las alcanza el viento y llevan en sí su propia ley y su propio rumbo.

Entre todos los sabios y samanas que he conocido,

No encontré más que uno de estos y no le puedo olvidar.

Es aquel Gotama,

El sublime,

El profeta de aquella doctrina.

Miles de jóvenes escuchan cada día su doctrina,

Siguen a diario sus preceptos,

Pero todos ellos son hojas desprendidas,

No llevan en sí mismos la doctrina y la ley.

Kamala le observó con una sonrisa.

—Otra vez vuelves a hablar de él,

—dijo.

—¿Vuelves a tener pensamientos de samana?

Siddhartha cayó,

Y se entregaron al juego del amor,

Uno de los treinta o cuarenta juegos distintos que Kamala sabía.

Su cuerpo era flexible como el del jaguar y como el arco del cazador.

Quien había aprendido de ella el amor era périto en muchas deleites y conocía muchos secretos.

Mucho tiempo estuvo jugando con Siddhartha.

Le sedujo,

Le rechazó,

Le forzó,

Le abrazó,

Se alegró de su maestría hasta que le venció y descansó agotado a su lado.

La etaira se inclinó sobre él.

Le miró largamente a la cara,

A los ojos fatigados.

—Eres el mejor amante que he tenido —dijo pensativa—.

Eres más fuerte que los otros,

Más tratable,

Más complaciente.

Bien has aprendido mi arte,

Siddhartha.

Cuando sea vieja quiero tener un hijo tuyo.

Y,

Sin embargo,

Querido,

Sigues siendo un samana.

Sin embargo,

No me amas,

No amas a nadie.

¿No es así?

—Es posible —dijo Siddhartha,

Fatigado—.

Soy como tú.

Tú tampoco amas.

¿Cómo podrías sino practicar el amor como un arte?

Los seres de nuestra clase quizá no pueden amar.

Los hombres infantiles lo pueden.

Este es su secreto.

Gracias Capítulo séptimo Sánsara Hacía tiempo que Siddhartha venía viviendo la vida del mundo y del placer sin pertenecer a ella.

Sus sentidos,

A los que durante los años ardientes del samana había matado,

Habían vuelto a despertar,

Había gozado de la riqueza,

Del placer,

Del poderío.

Sin embargo,

Había seguido siendo con el corazón un samana,

Como Kamala,

La inteligente,

Había adivinado.

Su vida seguía sentada en el arte de pensar,

De esperar,

De ayunar.

Los hombres infantiles del mundo seguían siendo extraños para él,

Como él lo era para ellos.

Los años pasaban y Siddhartha apenas se daba cuenta.

Se había hecho rico.

Hacía tiempo que poseía una casa y una servidumbre propias y una quinta fuera de la ciudad,

Junto al río.

Las gentes le querían,

Venían a él cuando necesitaban dinero o consejo,

Pero nadie había intimado con Siddhartha,

Excepto Kamala.

Aquel alto y luminoso estar despierto,

Que en otro tiempo en los albores de su juventud había experimentado en los días que siguieron el sermón de Gotama.

Después de la separación de Govinda,

Aquella tensa esperanza,

Aquel orgulloso aislamiento,

Sin doctrinas ni maestros,

Aquella flexible disposición para escuchar la voz divina en el propio corazón,

Se habían convertido poco a poco en recuerdos.

Se habían hecho perecederos.

Lejana y mansa susurraba la fuente bendita,

Que antes había manado próxima,

Que antes había susurrado dentro de él.

Era cierto que lo que había aprendido con los Samanas,

Con Gotama,

Con su padre el Brahman,

Había permanecido mucho tiempo en él.

Vida frugal,

Alegría en el pensar,

Las horas de meditación,

Secretos conocimientos de sí mismo,

Del eterno yo,

Que no es cuerpo ni conciencia.

Mucho de aquello había quedado en él,

Pero aquellas cosas habían ido desapareciendo unas tras otras y se habían cubierto de polvo.

Hola Lourdes,

¿qué tal?

Buenas noches.

Siddhartha,

Se llama Siddhartha.

Como el torno del alfarero,

Una vez puesto en marcha,

Gira mucho tiempo y va disminuyendo su velocidad lentamente hasta inmovilizarse.

Así giró por mucho tiempo en el alma de Siddhartha la rueda del ascetismo,

La rueda del pensar,

La rueda del discernimiento y siguió girando siempre,

Pero lenta y vacilante,

Próxima a detenerse.

Lentamente,

Como penetra la humedad en el tronco del árbol moribundo,

Hinchándole y pudriéndole,

Así había penetrado en el alma de Siddhartha el mundo y la indolencia.

Lentamente fueron pudriendo su alma,

Volviéndola pesada,

Fatigándola,

Adormeciéndola.

En cambio sus sentidos se habían vuelto más vivos,

Habían aprendido mucho,

Habían experimentado mucho.

Siddhartha había aprendido a llevar un negocio,

A ejercer el poder sobre los hombres,

A gozar con las mujeres.

Había aprendido a llevar hermosos vestidos,

A mandar a los criados,

A bañarse en aguas perfumadas.

Había aprendido a comer platos cuidadosamente preparados,

Pescado,

También carne y aves,

Especias y confitería,

Y a beber vino que nos vuelve perezosos y nos hace olvidar.

Había aprendido a jugar a los dados y al ajedrez,

A contemplar a las bailarinas,

A dejarse llevar en una silla,

A dormir en un blando lecho.

Pero siempre se había sentido diferente de los demás y superior a ellos.

Siempre los había mirado con un poco de mofa,

Con un poco de orgulloso desprecio,

Con aquel desprecio precisamente que siempre siente un samana hacia las gentes del mundo.

Si Kamaswami estaba enfermo,

Si estaba enojado,

Si se sentía ofendido,

Si le atormentaba con sus preocupaciones de comerciante,

Siddhartha lo consideraba todo con orgullo.

Lenta e imperceptiblemente,

Al venir el tiempo de la recolección o la época de las lluvias,

Su orgullo se apaciguaba.

Se acallaba a su sentimiento de superioridad.

Solo,

Lentamente,

En medio de su creciente enriquecimiento,

Siddhartha había recogido algo del modo de ser de los hombres niños,

Algo de su infantilismo y de su angustia.

Y sin embargo los envidiaba,

Los envidiaba tanto más cuanto más se parecía a ellos.

Los envidiaba por lo único que a él le faltaba y ellos poseían,

Por la importancia que querían dar a su vida,

Por el apasionamiento de sus alegrías y angustias,

Por la mezquina pero dulce dicha de su eterno enamoramiento.

Estos hombres estaban siempre enamorados de sí mismos,

De sus mujeres,

De sus hijos,

De los honores o del dinero,

De sus planes o de sus esperanzas.

Pero él no aprendió esto de ellos,

Esto precisamente no,

Esta alegría o esta locura infantiles.

Aprendió de ellos precisamente lo desagradable,

Lo que él mismo despreciaba.

Con mucha frecuencia le sucedía que,

A la mañana siguiente de una velada en sociedad,

Se quedaba en el lecho y se sentía descontento y fatigado.

Sucedía que se ponía irascible e impaciente si Kamaswami le aburría con sus cuitas.

Sucedía que reía demasiado alto cuando perdía los dados.

Su rostro era siempre más prudente y espiritual que el de los demás.

Pero sonreía raras veces y tomaba alguna de aquellas expresiones que tanto suelen verse en las caras de la gente adinerada.

Aquellas expresiones del descontento,

De la enfermedad,

Del mal humor,

De la indolencia,

Del egoísmo.

Lentamente se fue apoderando de la enfermedad del alma de los ricos.

Como un velo,

Como una fina niebla,

Fue cayendo sobre Siddhartha la fatiga.

Lentamente.

Cada día un poco más tupido.

Cada mes un poco más sombrío.

Cada año un poco más pesado.

Como un vestido nuevo envejece con el tiempo,

Pierde con el tiempo sus hermosos colores.

Aparecen las manchas,

Surgen las arrugas,

Se deshilacha en los dobleces y empiezan a aparecer aquí y allá tazaduras.

Así le ocurrió a la nueva vida de Siddhartha.

La vida que inició después de la separación con Govinda envejeció.

Perdió con los años los colores y el brillo.

Se acumularon sobre ella las arrugas y las manchas.

Y ocultos en el fondo,

Mirando ya odiosamente hacia afuera,

Esperaban la decepción y el asco.

Siddhartha no lo notaba.

Sólo se daba cuenta de que aquella clara y segura voz de su interior,

Que antes estaba despierta en él y siempre le había guiado en sus tiempos esplendorosos,

Ahora estaba muda.

El mundo le había atrapado.

El placer,

El ansia,

La pereza y últimamente también aquel lastre que él siempre había tenido por el más insensato y al que había despreciado y escarnecido más.

La codicia de bienes.

También le tenían cogido la propiedad,

La posesión y la riqueza.

Ya no eran éstas para él un juego y una frivolidad,

Sino cadenas y erros.

Por un extraño y sutil camino había venido Siddhartha a caer en esta última dependencia insultante.

Por el juego a los dados.

Desde el momento mismo en que había dejado de ser en su corazón un Samana,

Siddhartha empezó a jugar con furor y pasión por ganar dinero y joyas.

Afición que había adquirido en otro tiempo,

Creyéndola una inofensiva costumbre de los hombres niños.

Era un temido jugador.

Pocos arriesgaban a enfrentársele por ser muy elevada a sus posturas.

Jugaba por una necesidad de su corazón.

El perder y el derrochar el maldito dinero le causaba una alegría colérica.

De ninguna otra manera más clara y burlona podía mostrar su desprecio de la riqueza,

Del ídolo de los comerciantes.

Jugaba fuerte y despiedado,

Odiándose a sí mismo,

Despreciándose así.

Embolsaba miles,

Tiraba miles,

Perdía el dinero,

Perdía las joyas.

Perdía una casa,

Volvía a ganar,

Volvía a perder.

Aquella angustia,

Aquella angustia temerosa e inquietante que sentía al arrojar los dados,

Al hacer una de aquellas posturas tan elevadas,

Le satisfacía y agradaba y procuraba renovarla siempre,

Acrecentarla siempre,

Hacerla cada vez más excitante,

Pues solo en esta sensación sentía algo así como un gozo,

Algo así como una borrachera,

Algo así como una vida realzada en medio de su vida saciada,

Indiferente,

Insípida.

Y después de cada gran pérdida pensaba en nuevas riquezas,

Se entregaba al comercio,

Exigía severamente el pago de las deudas,

Pues quería seguir jugando,

Quería seguir derrochando,

Quería seguir mostrando a la riqueza todo su desprecio.

Siddhartha perdió la calma en las pérdidas comerciales,

Perdió la paciencia ante los pagadores morosos,

Perdió la bondad de corazón ante los pordioseros,

Perdió el gusto de regalar y prestar el dinero al solicitante.

Él,

Que perdía diez mil en una postura y se reía de ello,

Era en la tienda severo y minucioso,

Soñaba a menudo con el oro,

Y todas las veces que despertaba de este odioso embrujamiento,

Todas las veces se miraba al espejo de la pared de su dormitorio,

Viéndose envejecer y afearse.

Todas las veces que le acometía el asco y la vergüenza,

Volvía al placer del juego,

Al ensordecimiento del placer,

Del vino,

Y de allí al ansia de amontonar riqueza.

En este insensato círculo se movía fatigándose,

Envejeciendo,

Enfermando.

Entonces tuvo un sueño admonitorio.

Había estado al atardecer con Kamala en su hermosa quinta.

Se habían sentado bajo los árboles y durante la conversación Kamala había pronunciado unas palabras reflexivas,

Palabras tras las cuales ocultaba la tristeza y la laxitud.

Le había pedido que hablara de Gotama y no se cansaba de oírle ensalzar la tranquilidad y la belleza de su boca,

La bondad de su sonrisa,

La majestuosidad de su andar.

Después de haber hablado un buen rato del sublime Buda,

Kamala suspiró y dijo Algún día,

Quizá muy pronto,

Yo también iré en pos de ese Buda.

Le regalaré mi parque y me refugiaré en su doctrina.

Pero luego le había incitado,

Le había atraído al juego del amor con doloroso ardor,

Entre mordiscos y lágrimas,

Como si quisiera exprimir las últimas y dulces gotas de aquel gozo vano y pasajero.

Nunca había sido tan evidente para sidarta la semejanza del placer con la muerte.

Luego estuvo tendido a su lado y el rostro de Kamala reposó muy cerca del suyo y en sus ojos y en las comisuras de su boca leyó claramente,

Como no lo había leído nunca con tanta claridad.

Un receloso escrito,

Un escrito de finas líneas,

De suaves surcos,

Un escrito que recordaba el otoño y la vejez,

Y que sidarta mismo,

Que ya estaba en los cuarenta,

Tenía canas entre sus cabellos negros.

En el rostro bello de Kamala estaba escrito el cansancio,

Cansancio de haber recorrido un largo camino,

Que no tenía ningún alegre final,

Cansancio,

Y un comenzar a marchitarse.

Y una inquietud secreta,

No confesada,

Quizá no pensada tampoco,

Temor a la vejez,

Temor al otoño,

Temor de tener que morir.

Se despidió de ella suspirando con el alma llena de disgusto y de secreto desasosiego.

Luego sidarta pasó la noche en casa,

Rodeado de valladeras,

Bebiendo vino,

Fingiendo ser superior a sus iguales,

Lo que ya no era.

Bebió mucho vino,

Y mucho después de la medianoche se fue a la cama,

Cansado,

Y sin embargo excitado,

Próximo al llanto y a la desesperación.

Esperó mucho tiempo y en vano que viniera el sueño,

Con el corazón lleno de una aflicción que nunca creyó poder soportar,

Lleno de un hastío del que se sentía traspasado,

Como el tibio y dulzón gusto del vino,

De la música demasiado dulce y melancólica,

De las sonrisas demasiado blandas de las bailarinas,

Del perfume demasiado dulce de sus cabellos y pechos,

Pero más que todas estas cosas,

Estaba asqueado de sí mismo,

De su cabello oloroso,

Del aliento vinoso de su boca,

Del somnoliento cansancio y disgusto de su piel,

Como cuando uno que ha comido y bebido demasiado,

Devuelve entre fatigas,

Pero se alegra del alivio que siente,

Así deseaba el desvelado librarse,

En una oleada de asco,

De estos deleites,

De estas costumbres,

De toda esta vida insensata y hasta de sí mismo.

Cuando ya aclareaba y empezaba a despertar la primera actividad en la calle,

Delante de su casa de la ciudad se quedó traspuesto y atrapó por unos momentos el sueño y soñó.

Kamala tenía en una jaula de oro un extraño pájaro cantor.

Con este pájaro soñó,

Soñó que este pájaro se había quedado mudo,

El pájaro que en otros tiempos siempre cantaba por las mañanas,

Y cómo le sorprendiera este silencio.

Se acercó a la jaula y miró al interior de ella.

Allí estaba el pajarillo muerto y tieso en el suelo.

Lo sacó fuera,

Lo meció un momento en la mano y luego lo arrojó en la calle y en el mismo momento se estremeció terriblemente y sintió el dolor en su corazón.

Como si con aquel pajarillo muerto hubiera arrojado de sí todo lo bueno y de valor que tenía dentro.

Al despertar,

Sobresaltado de este sueño,

Sintióse sumido en profunda tristeza.

Le parecía que había llevado una vida despreciable e insensata.

En las manos no le había quedado nada vivo,

Nada apreciable o digno de conservarse.

Estaba solo y vacío como un náufrago en la orilla.

Siddhartha se retiró,

Sombrío,

A una quinta de placer que le pertenecía.

Cerró las puertas,

Se tendió bajo un mango,

Sintió la muerte en el corazón y el horror en el pecho.

Vio y sintió que algo moría en él.

Se marchitaba e iba a su fin.

Poco a poco reunió sus pensamientos y volvió a recorrer el camino de su vida,

Desde los primeros días que podía recordar.

¿Cuándo había sentido una dicha,

Un verdadero placer?

Oh,

Sí,

Muchísimas veces lo había experimentado.

En sus sueños de adolescente lo había gozado,

Cuando alcanzaba la alabanza de los brahmanes,

Cuando dejando atrás a los de su edad,

Recitando los versos sagrados,

Discutiendo con los sabios,

Se había ganado el puesto de ayudante en los sacrificios.

Entonces había sentido en su corazón.

Un camino se abre ante ti,

Hacia el cual eres llamado.

Los dioses te esperan.

Y otra vez de joven,

Cuando la meta cada vez más alta de toda meditación le sacó y arrastró del tropel de aspirantes al nirvana,

Cuando corría entre dolores en torno al sentido de Brahma,

Cuando cada nuevo conocimiento sólo hacía que encender nueva sed,

Cuando en medio de la sed,

En medio de los dolores,

Volvió a sentir.

¡Adelante,

Adelante!

¡Has sido llamado!

Percibió aquella voz cuando dejó su patria y eligió la vida de los samanas y otra vez cuando abandonó a los samanas para ir hacia aquel perfecto y cuando dejó a éste para correr hacia lo incierto.

¡Cuánto tiempo hacía que no oía esta voz!

¡Cuánto tiempo que no alcanzaba una cima!

¡Qué llano y yermo su camino!

¡Cuán largos años sin un fin elevado,

Sin sed,

Sin exaltación,

Contentándose con pequeños placeres y sin embargo siempre insatisfecho!

Todos estos años se habían esforzado,

Sin saberlo,

En ser un hombre como todos estos,

Como estos niños.

Y con ellos su vida había sido más miserable y pobre que la de ellos,

Pues sus fines no eran los de él,

Ni sus preocupaciones.

Todo este mundo de los hombres como Kamaswami había sido solamente un juego para él,

Una danza que se contempla,

Una comedia.

Solo Kamala le era amada,

Solo ella tenía un valor para él.

¿Pero seguía siéndolo?

¿La necesitaba todavía?

¿O era ella la que le necesitaba a él?

¿Estarían representando una comedia sin fin?

¿Era necesario vivir para esto?

No,

No era necesario.

Esta comedia se llamaba Sánsara,

Un juego de niños,

Un juego encantador para ser jugado una vez,

Dos,

Diez veces,

Pero ¿toda una vida?

Entonces Siddhartha se dio cuenta de que el juego había llegado a su fin,

De que ya no podía seguir jugándolo.

Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo por fuera y por dentro y sintió que algo había muerto.

Todo aquel día lo pasó sentado bajo el mango,

Pensando en su padre,

Pensando en Govinda,

Pensando en Gotama.

¿Tuvo que abandonar todo esto para convertirse en un Kamaswami?

Seguió sentado allí,

Cuando ya había cerrado la noche.

Al mirar hacia arriba vio las estrellas y pensó,

Aquí estoy,

Sentado bajo mi mango,

En mi quinta.

Sonrió un poco.

¿Era necesario?

Pues,

¿era verdad?

¿No era una comedia insensata que él poseyera un mango,

Un jardín?

También aquello acabó.

También murió esto con él.

Se levantó,

Se despidió del mango y del jardín.

Como había pasado todo el día sin comer,

Sintió un hambre terrible y pensó en su casa de la ciudad,

En su cuarto y en su cama,

En la mesa con sus manjares.

Sonrió fatigado,

Se sacudió y se despidió de todas estas cosas.

En aquella misma hora abandonó Siddhartha su jardín,

Abandonó la ciudad y no volvió nunca más.

Kamaswami le hizo buscar mucho tiempo,

Creyendo que habría caído en manos de los ladrones.

Kamala no le hizo buscar.

Cuando supo que Siddhartha había desaparecido no se maravilló.

¿No lo había esperado siempre?

¿No era un Samana?

¿Una pátrida?

¿Un peregrino?

La última vez que estuvieron juntos lo había presentido y se alegraba en medio del dolor de la pérdida de haberle atraído tan íntimamente hacia su corazón aquella última vez.

De haber sentido,

De haberse sentido penetrada y poseída una vez más tan enteramente por él.

Cuando recibió la primera noticia de la desaparición de Siddhartha se acercó a la ventana donde en una jaula de oro tenía un pájaro cantor.

Abrió la puerta de la jaula,

Sacó el pajarillo y lo dejó volar.

Se quedó mirándolo volar largo rato.

Desde aquel día no volvió a recibir a ningún visitante más y mantuvo cerrada su casa.

Pero al poco tiempo tuvo la certeza de que estaba embarazada de la última unión con Siddhartha.

Capítulo octavo.

En el río.

Siddhartha caminaba por el bosque lejos ya de la ciudad y sólo sabía que ya no podía volver atrás.

Que la vida que había llevado estos últimos años habían terminado y la había apurado hasta la saciedad.

El pájaro cantor de su sueño había muerto.

Muerto estaba el pájaro cantor de su corazón.

Se había hundido profundamente en el sánsara.

Había sorbido por todas partes hastío y muerte,

Como un cisne sobre agua hasta saciarse.

Saciado estaba de fastidio,

De miseria,

De muerte.

Ya no había en el mundo nada que le pudiera atraer,

Alegrar o consolar.

Deseaba ardientemente no saber ya nada de sí.

Gozar de paz.

Estar muerto.

Si viniera un rayo y le fulminara.

Si apareciera un tigre que le despedazara.

Si hubiera un vino,

Un veneno que la aturdiera,

Que le hiciera olvidar y dormir sin ningún despertar.

¿Había alguna suciedad con la que no se hubiera emporcado?

¿Algún pecado o locura que no hubiera cometido?

¿Alguna tristeza del alma que no se hubiera echado encima?

¿Era posible seguir viviendo?

¿Era posible seguir respirando,

Sentir hambre,

Volver a dormir,

Volver a acostarse con una mujer?

¿No había concluido para él aquel círculo?

¿No se había cerrado?

Siddhartha llegó al gran río del bosque,

Al mismo río que siendo joven y viniendo de la ciudad de Gotama,

Atravesó con el barquero.

A sus orillas se detuvo vacilante.

El cansancio y el hambre le habían debilitado.

¿Y por qué había de seguir caminando?

¿A dónde iría?

¿Hacia qué meta?

No,

Ya no había ninguna meta.

Ya no había más que el profundo y doloroso deseo de arrojar de sí todo aquel sueño desordenado,

De escupir aquel vino insípido,

De poner fin a esta vida lamentable y llena de ignominia.

Sobre la orilla del río se encorvaba un árbol,

Un cocotero,

En cuyo tronco se apoyó Siddhartha de espaldas.

Rodeó con los brazos el tronco y miró hacia las verdes aguas que se deslizaban a sus pies.

Miró hacia arriba y se halló enteramente poseído del deseo de dejarse caer en ellas.

Un horrible vacío se reflejó en las aguas,

En respuesta al horrible vacío de su alma.

Sí,

Había llegado a su fin.

Ya no había para él otra cosa que anularse,

Que romper la imagen malograda de su vida y arrojarla sonriendo burlonamente a los pies de los dioses.

Este era el gran crimen de que se acusaba.

La muerte,

La destrucción de la forma que odiaba.

Ojalá le comieran los peces a este perro de Siddhartha,

A este cuerpo insensato,

Echado a perder y marchito,

A esta alma relajada y profanada.

Ojalá le devoraran los peces y los cocodrilos,

Ojalá le destrozaran los demonios.

Con rostro desfigurado miraba las aguas.

Vio reflejado en ella su rostro y escupió.

Con profundo cansancio soltó los brazos del tronco del árbol,

Se enderezó un poco para caer verticalmente y cayó con los ojos cerrados en busca de la muerte.

Entonces surgió de las apartadas regiones de su alma el pasado de su vida fatigada,

Un son.

Era una palabra,

Una sílaba,

Que pronunció para sí sin conciencia,

Con voz balbuciente.

Era el viejo principio y final de todas las oraciones bramánicas,

El sagrado OM,

Que significaba tanto como el perfecto o la consumación.

Y en el instante en que el sonido OM hirió el oído de Siddhartha,

Su adormecido espíritu despertó de repente y reconoció la locura de su acción.

Siddhartha se estremeció profundamente.

Así estaba,

Tan perdido,

Tan confuso y abandonado de todo conocimiento,

Que había podido salir en busca de la muerte y había dejado alentar dentro de sí este deseo,

Este deseo infantil,

Encontrar la paz anulando su cuerpo.

Lo que no habían logrado en todos los tormentos de estos últimos tiempos,

Todas las decepciones,

Todas las desesperanzas,

Lo alcanzó en el momento en que el OM penetró en su conciencia,

Que se reconociera en su miseria y en su error.

OM,

Dijo para sí,

OM.

Y recordó todo lo que había olvidado de Brahma,

De la indestructibilidad de la vida,

De la divinidad.

Pero todo esto no duró más que un instante,

Que un relámpago.

Siddhartha se desplomó al pie del cocotero,

Puso su cabeza sobre las raíces del árbol y cayó en un profundo sueño.

Un sueño profundo y libre de ensueños,

Como no lo había tenido en mucho tiempo.

Cuando al cabo de muchas horas despertó,

Le parecía que habían transcurrido diez años.

Oyó el suave deslizarse de las aguas.

No supo dónde estaba ni quién la había traído aquí.

Abrió los ojos.

Miró con extrañeza los árboles y el cielo sobre él.

Y recordó dónde estaba y cómo había llegado hasta aquí.

Pero necesitó para esto un buen espacio de tiempo.

Y el pasado le parecía envuelto en un velo,

Infinitamente lejano,

Infinitamente indiferente.

Solo sabía que había abandonado su vida anterior.

En el primer momento de recobrar la conciencia,

Esta vida pasada le parecía una lejana encarnación,

Como un temprano nacimiento de su yo actual.

Que lleno de hastío y aflicción había intentado quitarse la vida.

Pero que junto a un río,

Bajo un cocotero,

Le había venido a los labios la sagrada palabra OM.

Luego se había adormecido y ahora miraba al mundo como un hombre nuevo.

Pronunció en voz baja la palabra OM con la que se había adormecido.

Y le pareció que aquel largo sueño no había sido otra cosa que un prolongado y profundo coloquio con OM.

Un pensar en OM.

Una sumersión en OM.

Un penetrar enteramente en OM.

En lo sin nombre,

En lo perfecto.

¿Qué sueño tan prodigioso aquel?

Nunca le había refrescado tanto un sueño,

Renovado y rejuvenecido.

Quizá estaba realmente muerto y había reencarnado bajo una nueva forma.

Pero no.

Se reconocía.

Reconocía sus manos y sus pies.

Conocía el paraje en que se encontraba.

Conocía este yo en su pecho,

A este sidarta voluntarioso.

Extravagante.

Pero este sidarta había cambiado.

Sin embargo estaba renovado.

Notablemente despierto,

Gozoso y lleno de curiosidad.

Sidarta se incorporó entonces.

Se vio sentado frente a un hombre.

Un hombre extraño.

Un monje de amarilla túnica.

Con la cabeza afeitada.

En postura de estar meditando.

Examinó al hombre que no tenía cabellos ni barba.

Y a poco reconoció en aquel monje a Govinda.

El amigo de su juventud.

Govinda.

El que había buscado refugio junto al sublime Buda.

Govinda había envejecido.

Él también.

Pero su rostro seguía teniendo los antiguos rasgos que hablaban de celo.

De fidelidad.

De anhelo.

De inquietud.

Pero cuando Govinda al sentir sus miradas abrió los ojos y le miró.

Sidarta se dio cuenta de que Govinda no le reconocía.

Govinda se alegró de encontrarle despierto.

Se comprendía que llevaba allí mucho tiempo sentado.

Esperando a que despertara.

Aunque no le había reconocido.

—He dormido,

Dijo Sidarta.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Has dormido,

Respondió Govinda.

No es bueno dormir en semejante sitio.

Donde abundan las serpientes y en una senda frecuentada por todas las fieras del bosque.

—Yo,

Oh señor,

Soy un discípulo del sublime Gotama,

El Buda,

Del Sakyamuni.

Venía peregrinando por este camino con unos cuantos de los nuestros.

Te vi tendido y durmiendo en un lugar donde es peligroso dormir.

Intenté despertarte,

Oh señor,

Y entonces vi que tu sueño era muy profundo.

Me retrasé de los míos y me senté frente a ti.

Y luego me parece que yo también me he dormido en vez de velar tu sueño.

He cumplido mal mi tarea.

La fatiga me rindió.

Pero ahora que ya has despertado,

Déjame marchar para que pueda reunirme con mis hermanos.

—Te agradezco,

Samana,

Que hayas velado por mi sueño,

Habló Sidarta.

Amables sois los discípulos del sublime.

Ahora ya puedes marchar.

—Me voy,

Señor.

—Que el señor siga bien.

—Gracias,

Samana.

Govinda hizo la demanda de saludo y dijo adiós.

—Adiós,

Govinda,

Dijo Sidarta.

El monje se detuvo.

—¿Perdona,

Señor,

De qué conoces mi nombre?

Sidarta sonrió.

—Te conozco,

Govinda,

De la choza de tu padre y de la escuela de los brahmanes,

Y de los sacrificios y de nuestra ida junto a los amanas,

Y de aquella hora en que tú buscaste refugio en el sublime,

En el bosquecillo de Yetavana.

—Tú eres Sidarta,

Exclamó Govinda en voz alta.

Ahora te reconozco,

Y no comprendo cómo no he podido hacerlo antes.

Sé bienvenido,

Sidarta.

Grande es mi alegría al volver a verte.

—Yo también me alegro de ello.

Has sido el vigilante de mi sueño.

Te doy gracias por ello otra vez,

Aunque no necesitaba ningún celador.

—¿A dónde vas,

Su amigo?

—A ninguna parte.

Nosotros los monjes siempre estamos de camino.

Mientras no llueve,

Siempre andamos de pueblo en pueblo.

Vivimos según nuestra regla,

Enseñamos la doctrina,

Aceptamos limosnas,

Seguimos nuestro camino.

Siempre así.

—¿Pero tú,

Sidarta,

A dónde vas?

—habló Sidarta.

—También a mí me ocurre lo propio,

Amigo.

No voy a ninguna parte.

Estoy de camino solamente.

—Peregrino.

—Govinda habló.

—¿Dices que peregrinas?

Y te creo.

Pero,

Perdona,

Oh Sidarta,

No pareces un peregrino.

Llevas vestidos de rico,

Calzas zapatos como una persona de calidad,

Y tu pelo,

Que huele a aguas perfumadas,

No es el cabello de un peregrino ni el cabello de un samana.

—Querido,

Bien lo observas todo.

Todo lo ves en tus ojos.

Pero yo no he dicho que sea un samana.

Digo que peregrino.

—Y así es.

Voy peregrinando.

—¿Peregrinas?

—dijo Govinda.

—Pero pocos peregrinan en semejante vestido.

Pocos con semejante calzado.

Pocos con semejantes cabellos.

Nunca he encontrado un peregrino semejante en mis muchos años de peregrinaje.

—Te creo,

Govinda.

Pero ahora,

Hoy has tropezado con un peregrino así,

Con estos zapatos,

Con este vestido.

Recuerda,

Querido,

Pasajero es el mundo de las formas.

Pasajero muy pasajeros.

Son nuestros vestidos y lo que cubre nuestros cabellos.

Y hasta nuestros cabellos y cuerpos mismos.

Traigo vestidos de rico,

Como bien has observado.

Los traigo porque he sido rico y traigo el pelo como la gente mundana y voluptuosa por haber sido uno de ellos.

—¿Y ahora,

Siddhartha,

Qué eres?

—No lo sé.

—Sé tan poco sobre esto como tú.

Estoy de camino.

Era un rico y ya no lo soy.

Y no sé lo que será mañana.

—¿Has perdido tu riqueza?

—La he perdido o ella a mí.

La he perdido o me la han robado.

Rápidamente gira la rueda de la fortuna.

Govinda,

¿qué se ha hecho del brahmán Siddhartha?

¿Qué del samana Siddhartha?

¿Qué del rico Siddhartha?

Rápidamente cambia lo precedero.

Govinda,

Bien lo sabes.

Govinda miró largamente el amigo de su juventud,

Con duda en los ojos.

Luego le saludó como se saluda a la gente principal y siguió su camino.

Siddhartha le siguió con la mirada sonriendo.

Amaba cada vez más a este fiel,

A este angustiado.

¿Y cómo podría dejar de amar a nadie después de este sueño maravilloso,

Traspasado como estaba por el OM?

En esto precisamente consistía el encanto operado en él por el sueño y el OM,

En que todo lo amaba,

En que sentía un alegre amor por todo lo que veía.

Y precisamente por esto ahora le parecía que si antes había estado tan enfermo,

Era porque no había podido amar a nadie ni a nada.

Siddhartha siguió con la mirada al monje que se alejaba,

Con rostro sonriente.

El sueño le había fortalecido,

Pero el hambre le atormentaba mucho.

Pues hacía dos días que no comía nada y estaba muy lejos el tiempo en que sabía resistir el hambre.

Con pena y sin embargo también con risas pensó en aquel tiempo.

Entonces,

Ahora lo recordaba.

Se había vanagloriado delante de Kamala de tres cosas.

Era capaz de tres habilidades nobles e invencibles.

Ayunar,

Esperar,

Pensar.

Aquel había sido su tesoro,

Su poder,

Su fuerza,

Su más firme báculo.

Había aprendido aquellas tres artes en los activos y penosos años de la juventud,

No en otra época.

Y ahora le habían abandonado.

Ya no era capaz de realizar ninguna de las tres,

Ni ayunar,

Ni esperar,

Ni pensar.

Las había trocado por lo más miserable,

Por lo más perecedero,

Por el placer de los sentidos,

Por el buen vivir y la riqueza.

En realidad,

Mal le había ido en todo.

Y ahora,

Así le parecía.

Se había convertido en un verdadero hombre niño.

Siddhartha reflexionó sobre su situación.

Le costó trabajo pensar,

En el fondo no tenía ninguna gana de ello.

Pero hizo un esfuerzo.

Ahora,

Pensó.

Puesto que todas estas cosas pasajeras se han desprendido de mí,

Me encuentro de nuevo bajo el sol,

Como estuve de niño.

Nada es mío,

Nada puedo,

Nada sé,

Nada he aprendido.

¿Qué raro es todo esto?

¿Ahora,

Que ya no soy joven?

¿Cuando mi pelo empieza a encanecer,

Cuando empiezan a abandonarme las fuerzas?

Ahora,

Empiezo de nuevo.

Ahora empiezo a ser niño.

Otra vez hubo de reír.

Sí,

Qué extraño era su destino.

Volvió atrás con él y se encontró vacío y desnudo y estúpido en el mundo.

Pero no sintió pena por ello,

No.

Sino que le vinieron ganas de reír,

Ganas de reírse de sí mismo,

Ganas de reírse de este mundo extravagante e insensato.

Me iré contigo aguas abajo,

Dijo para sí,

Sonriendo.

Y al decirlo,

Posó su mirada sobre el río y vio al río caminar también aguas abajo,

Siempre peregrinando aguas abajo.

Contento y cantarín,

Esto le agradó mucho.

Y sonrió amistosamente al río.

¿No era este el río en el que quiso ahogarse una vez hace cien años?

¿O es que lo había soñado?

Mi vida era extraña,

En verdad,

Pensaba.

Buenas noches,

Siro.

Bienvenido.

Tomó caprichoso sonrodeos.

De niño sólo me ocupé de los dioses y de los sacrificios.

De joven,

De ascetismos,

De pensar y meditar.

Busca Abrahama,

Reverenciaba lo eterno en Atman.

De hombre me fui tras los penitentes.

Viví en el bosque,

Padecí calores y fríos.

Aprendí a pasar hambre,

Aprendí a matar el cuerpo.

Milagrosamente encontré el conocimiento en la doctrina del gran Buda.

Sentí circular dentro de mí,

Como mi propia sangre,

La ciencia de la unidad del mundo.

Pero también me aparté del Buda y de la gran ciencia.

Fui y aprendí junto a Kamala,

El placer del amor.

Aprendí junto a Kamaswami a comerciar,

Amontoné el oro,

Derroché el dinero.

Aprendí a amar a mi estómago,

Aprendí a adular a mis sentidos.

Tuve que emplear muchos años en perder el espíritu,

En olvidar otra vez el pensar,

La unidad.

¿No es como si yo,

Lentamente dando un gran rodeo,

Me hubiera convertido de hombre en niño,

De pensador en hombre en niño?

Y sin embargo,

Este camino ha sido muy bueno y sin embargo no ha muerto en mi pecho el pájaro.

¿Pero qué camino?

He tenido que pasar por un sinfín de estupideces,

Por multitud de vicios,

Por muchísimos errores,

Por numerosos ascos y decepciones y penas.

Solamente para volver a ser niño y poder empezar de nuevo.

Pero así tenía que ser.

Mi corazón decía sí y mis ojos sonreían.

He tenido que soportar la desesperación,

He tenido que hundirme hasta el pensamiento más insensato de todos,

El pensamiento del suicidio.

Para poder alcanzar la gracia,

Para volver a sentir ahoma,

Para poder volver a dormir como es debido,

He tenido que ser un loco para volver a encontrar en mí a Atman.

He tenido que pecar para poder seguir viviendo.

¿A dónde puede llevarme aún mi camino?

Este camino es extravagante,

Discurre en meandros,

Quizás se cierra en círculo,

Pero vaya como vaya,

Quiero recorrerlo.

Milagrosamente sintió en su pecho hervir la alegría.

¿Por qué?

Preguntaba su corazón.

¿Por qué tienes esta alegría?

¿Procede de este largo sueño,

De este buen sueño que me ha hecho tanto bien?

¿O de la palabra OM que pronuncia?

¿O quizás de que me he liberado,

De que he realizado mi fuga,

De que al fin vuelvo a ser libre y estoy como un niño bajo el sol?

¡Oh,

Qué deliciosa vida!

¡Oh,

La alegría de volver a la libertad!

¡Qué puro y hermoso es aquí el aire!

¡Qué gusto da respirar!

Allí de donde vengo,

Allí huelen huentos,

A especias,

A vino,

A abundancia,

A pereza.

¿Cómo odiaba yo este mundo de los ricos,

De los glotones,

De los jugadores?

¿Cómo llegué a odiarme a mí mismo por haber permanecido tanto tiempo en este mundo espantoso?

¿Cómo me he odiado?

¿Cómo me he envenenado?

Apenas.

Apenado,

Envejecido y maleado.

No,

Nunca más volveré a creer,

Como antes solía hacer con gusto,

Que Sidarta era prudente.

Pero el haber acabado con aquel odiarme a mí mismo,

Y con aquella vida insensata y yerma,

Me ha hecho mucho bien.

Me agrada.

He de elogiarlo.

Te alabo,

Sidarta.

Después de tantos años de insensatez,

Has vuelto a tener un arranque genial.

Has hecho algo.

Has oído cantar en tu pecho al pájaro y le has seguido.

Así se alababa.

Tenía alegría dentro de sí.

Escuchaba curioso a su estómago,

Que gruñía de hambre.

Ahora tenía un poquito de dolor,

Un poquito de miseria.

Y así sentía que en estos últimos tiempos y días había bebido y devuelto.

Había comido hasta la desesperación y la muerte.

Así está bien.

Todavía hubiera podido permanecer mucho tiempo junto a Kamaswami.

Ganar dinero.

Malgastarlo.

Cebar su vientre y dejar secar su alma.

Hubiera podido seguir viviendo mucho tiempo en este infierno grato y bien acolchado.

Pero no hubiera llegado esto.

El momento del desconsuelo completo y de la desesperación.

Aquel momento supremo en que se inclinó sobre las aguas del río y estaba dispuesto a aniquilarse.

Por haber sentido esta desesperación.

Este profundo hastío.

Y por no haber sucumbido bajo ellos.

Por seguir estando vivos en él el pájaro,

La alegre fuente y la voz.

Por eso sentía esta alegría.

Por esto reía.

Por esto resplandecía su rostro bajo los cabellos encanecidos.

Es bueno,

Pensaba.

Saborear por sí mismo todo lo que ha sido necesario aprender.

Que el placer mundano y la riqueza no son cosa buena.

Ya lo aprendí de niño.

Hace tiempo que lo sabía.

Pero hasta ahora no lo he experimentado.

Y ahora lo sé.

Lo sé no sólo con el recuerdo,

Sino con los ojos.

Con el corazón.

Con el estómago.

Venturoso de mí que lo sé.

Reflexionó mucho tiempo sobre su transformación.

Escuchó al pájaro que cantaba de alegría.

¿No había muerto este pájaro dentro de él?

¿No había sentido su muerte?

No.

Algo distinto había muerto en él.

Algo que ya hacía tiempo había deseado que muriera.

¿No era aquello que en otro tiempo,

En sus años ardientes de penitencia,

Había querido matar?

¿No era su yo,

Su pequeño,

Su receloso,

Su orgulloso yo,

Con el que había luchado tantos años,

Al que había vencido tantas veces,

Al que después de aniquilarlo volvía siempre a resurgir,

Prohibiéndole toda alegría,

Haciéndole sentir temor?

¿No era cierto que hoy,

Al fin,

Había encontrado su muerte,

Aquí,

En el bosque,

En este río apacible?

¿No era por esta muerte,

Por lo que ahora era como un niño,

Tan lleno de confianza,

Tan sin temor,

Tan lleno de alegría?

También ahora comprendía Siddhartha por qué,

Siendo Brahman,

Siendo penitente,

Había luchado en vano con este yo.

El saber demasiado le había impedido vencerlo.

La mucha mortificación,

El mucho obrar y el mucho esforzarse.

Había vivido lleno de orgullo,

Siempre el más cuerdo,

Siempre el más celoso,

Siempre un paso delante de los demás,

Siempre el prudente y el espiritual,

Siempre el sacerdote o el sabio.

En este sacerdocio,

En este orgullo,

En esta espiritualidad,

Se había encastillado su yo.

Allí estaba firmemente asentado y crecía,

Mientras él creía matarlo con ayunos y benitencias.

Ahora lo veía.

Y veía también que la voz interior había tenido razón,

Que ningún maestro le había podido liberar.

Por esto hubo de salir al mundo,

Hubo de perderse en el placer y el poder,

En la mujer y el dinero.

Hubo de convertirse en un comerciante,

En un jugador,

En bebedor y en codicioso,

Hasta que dentro de él murieron el sacerdote y el samana.

Por eso hubo de soportar estos años,

Odiosos,

El hastío,

El vacío,

La insensatez de una vida yerma y perdida hasta el fin,

Hasta la amarga desesperación para que también pudiera morir el sensual sidarta,

El ambicioso sidarta.

Había muerto,

Un nuevo sidarta había despertado del sueño.

También él llegaría a ser viejo,

También tenía que morir alguna vez.

Sidarta era perecedero,

Perecedera era toda forma.

Pero hoy era joven,

Era un niño,

El nuevo sidarta,

Y estaba lleno de alegría.

Estando en estos pensamientos,

Escuchaba sonriente a su estómago.

Oí agradecido a una abeja zumbar.

Miró alegre la corriente.

Nunca le había agradado tanto el agua como ahora.

Nunca había comprendido tan recia y bellamente la voz y la parábola del agua corriente.

Le parecía que el río le quería decir algo singular,

Algo que él no sabía aún,

Que aún le estaba esperando.

En este río había querido suicidarse sidarta,

Y en él se había ahogado hoy el viejo,

El desesperado sidarta.

Pero el nuevo sidarta sentía un profundo amor hacia este caudal y determinó en su interior no abandonarlo tan pronto.

Gracias.

Siguiente capítulo,

Capítulo noveno,

El Barquero,

Pero esto será para el próximo directo,

Así que ya hemos terminado porque llevamos,

¿cuánto tiempo llevamos?

A ver,

Pues nada más y nada menos que 77 minutos,

Así que está bien.

Muchísimas gracias,

De verdad,

Un placer enorme,

Me encanta,

Y tenemos que terminarlo prontito.

A este ritmo,

Uff,

Ya lo creo,

Nos quedan,

Bueno,

Algunas,

Quiero que un directo más y lo terminamos,

Yo creo que sí.

Llevamos 96 páginas de 143,

Así que queda poquito,

Queda poquito.

Muchísimas gracias a todos,

Un placer.

Vamos con la oración final y nos vamos.

Así que.

.

.

A ver.

.

.

Al amanecer de la esperanza vengo a pedirte,

Señor,

La paz que restaura los corazones afligidos.

Deseo la paz que cura las heridas y tranquiliza las emociones agitadas de las palabras dichas.

Cúbreme con el manto de la serenidad,

Ilumíname con la luz de la bondad y calma mis tempestades interiores.

Enséñame,

Señor,

La lección de las flores que silenciosamente afloran difundiendo la belleza de la vida y el perfume suave de la delicadeza sin pedir nada a cambio.

Que mi vida irradie la paz de las mañanas y el cálido final de las tardes serenas.

Que mi silencio no sea sólo la ausencia de palabras,

Sino una ofrenda de amor a ti.

Habla,

Señor,

A través de mis ojos.

Que éstos puedan ver más allá de las apariencias y que mis pensamientos de condena se convierten en plegaria por la conversión de aquellos que,

En lugar de robarme la paz,

Se robaron a sí mismos el don del amor.

Que los vientos contrarios de la maldad ajena no fusquen la belleza de la caridad.

Que las espinas del juicio sean maestras para aquellos que aún necesitan aprender las gracias de dejarse florecer con bondad.

En tus manos pongo mi esperanza de ser para todos lo que tú eres para mí,

Fuente inagotable de misericordia,

En la cual ahora limpio con tu amor mi alma afligida y cansada.

Amén.

Y también tenemos a Lourdes García.

Muchas gracias.

Muchas gracias a vosotros,

Por supuesto.

Me ha encantado.

Wow.

Súper,

Súper bonito este libro de Siddhartha.

Bueno,

Sabéis que tenemos.

.

.

Gracias a todos por haber votado,

¿vale?

Y gracias a las votaciones pues ha salido ganador Siddhartha de los tres libros que había propuesto,

Que era Siddhartha,

Inteligencia Emocional y el otro no me acuerdo,

Que era la escritora de Frankenstein,

Pero era otro que no me acuerdo.

Bueno,

Es igual.

No pasa nada porque cuando terminó Siddhartha,

En segundo lugar quedó Inteligencia Emocional y entonces continuamos con Inteligencia Emocional y en tercer lugar pues el otro libro.

Así que tenemos tres libros por delante,

Aparte de.

.

.

O sea,

Dos libros por delante aparte de este,

¿vale?

Así que genial.

Y todo gracias a vosotros.

Así que como siempre,

Pues un abrazo,

Un placer haber compartido con vosotros este directo,

¿vale?

Muchísimas gracias,

De verdad,

De corazón.

Nos vemos pronto.

Mañana,

Si no pasa nada,

Tenemos el directo con la IA,

El Mentes sin Fronteras con IA,

Que ya sabéis que interactuamos con la IA,

Le hacemos preguntas,

Creamos pues diálogos,

Textos bonitos,

Ponemos frases y ella tiene que formar una oración o un texto y entonces pues es súper interesante y a la vez divertido y enriquecedor porque de verdad que el otro.

.

.

Que por cierto,

Mira,

A ver si ahora tengo un tiempo,

Tengo un hueco y grabo el vídeo que dije que me gustó mucho cómo hizo la frase,

O sea,

El texto y dije que lo quería convertir en vídeo.

Así que a ver si lo encuentro y lo subo,

¿vale?

Así que tenemos que formar nuevos textos y tenemos también escritos que nos tiene que analizar.

Así que mañana sobre las 11 de la noche,

Si no pasa nada,

Estaré aquí con vosotros otra vez,

¿vale?

Muchísimas gracias.

¡Duquesita!

Gracias,

De verdad,

De corazón.

Muchas gracias.

Un placer.

Nos vemos.

Hasta mañana.

Ciao,

Ciao.

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