
Audio-Libro 7 - La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa
La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa (1966) Penetración adicional en la vida de Lobsang dentro de Lamahood y los orígenes del Budismo - la historia de Gautama - y las cuatro verdades nobles. Narrador: Juan José Palanca. Música libre de derechos de autor.
Transcripción
Audiolibro La túnica zafrán.
Capítulo 7.
Lobster Rampa.
Narrador Juan José Palanca.
Ciencia del saber.
Un profundo zumbido penetró en mi mente adormilada.
En algún sitio cerca había mucho poder mental en el aire receptivo.
Mis facultades telepáticas se habían afectado.
Levanté la cabeza,
Que se inclinaba,
Y cansadamente abrí los párpados,
Que tendían a cerrárseme.
¡Qué cansado estaba!
Un leve movimiento en mi regazo y una boca me pasaba por la mano cariñosamente.
«¡Aurrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr Si la tiesa y profunda quemadura me daba la impresión de que en cualquier momento se me arrancaría de la carne para dejarla de nuevo abierta,
Oleadas de dolor recorrían mis miembros y me producían feroces dolores a lo largo de mi espina dorsal,
Amenazando con sacar de sitio a mis costillas.
Me quedé quieto con la boca abierta.
Cuando el espasmo terminó lentamente,
Miré con cautela en torno a mí.
Allí,
En la densa sombra morada de la gran figura sagrada,
Podía yo ver sin que me vieran.
Las ventanas estaban alineadas en oscuros rectángulos sobre un muro de sombra danzante.
A través de los marcos sin cristales podía ver el cielo nocturno como un trozo negro del más suave terciopelo salpicado con relucientes joyas de luz,
Diamantes,
Rubíes y turquesas brillaban y giraban arriba.
Allí,
En el fino aire del Tíbet,
Las estrellas se veían en color,
No como blancos puntos luminosos como se ven en partes más bajas del mundo.
Allí no había nubes de humo que estropearan la pureza del firmamento y oscurecieran la grandeza de los cielos.
Marte era rojo,
Un pálido rubí,
Venus era verde,
Mientras que la manchita de Mercurio resultaba una esquirla de turquesa.
Leves huellas dactilares como en polvo de diamantes menudamente aplastados se extendían en una banda hasta donde yo podía verlo.
Esa noche no había luna que compitiese con la débil luz de las estrellas y la apagasen.
En las paredes las sombras saltaban y tomaban posturas raras,
Siendo tan pronto gigantescas figuras que se extendían por el techo como ablastados enanos arrastrándose por el suelo.
Cerca de mí una lámpara de manteca estaba estropeada.
De su fondo roto salía un glug glug al escaparse la manteca derretida y luego un splats al caer el líquido que se congelaba en el suelo.
Sobre una distante pared,
Al lado de una ventana,
Se movía una tanca casi como si fuera una polilla dispuesta a llegar a las vacilantes llamas.
Producía un ruidito al irse desprendiendo de la pared,
Vibraba y luego caía como agotada,
Solo para repetir lo mismo una y otra vez.
Por un momento tuve lo que casi era un ataque de vértigo.
Me había despertado de pronto de mi ensoñación y al mirar en torno mío las sombras se movían y se retorcian y las diferentes cadencias de las voces al otro lado de la sagrada figura me impresionaban.
Miré por detrás de la cabeza de la gran figura,
Tras de la cual me hallaba encogido.
Sentí pánico unos instantes pues la figura se tumbaba hacia mí.
Iba a caerme encima y aplastarme.
Las líneas oscilaban y me dispuse a arrojarme del lado,
Aunque me lo impedían mis piernas heridas.
De pronto casi me reí en alto pues comprendí que era la ilusión de la vida a través del temblor de las sombras.
Pero el dolor había disminuido bastante.
Me apoyé en las manos y en las rodillas y di la vuelta,
Arrastrándome en torno a la figura para mirar aquel templo,
Que era uno de los interiores.
Nunca había visto un servicio en aquel templo,
Pues a los muchachos se nos excluía de eso.
A nosotros nos dejaban acudir al templo principal,
O a uno de los más corrientes entre los templos menores.
Pero este abierto en la roca,
Por debajo de la estructura realizada por el hombre,
No sabía yo lo que eran y qué hacían allí.
Cautamente recogiéndome el hábito en torno a mi cintura para no tropezar en él,
Avancé de lado y miré al rincón.
Aquello era interesante,
Pensé.
Frente a mí se hallaban en círculo nueve lamas,
Todos ellos con sus túnicas azafarán,
Todos con la cabeza hacia el centro del círculo y allí,
En el centro,
Sobre un altar muy elaboradamente tallado,
Había algo.
Algo que no podía yo distinguir con claridad.
Parecía haber una cosa y sin embargo nada parecía haber allí.
Temblé y los afeitados cabellos de mi cabeza se erizaron como si fueran guardias en un desfile,
Pues los helados dedos del miedo me habían tocado impulsándome a huir.
Creí que en aquel esculpido altar estaba una criatura del mundo de las sombras,
Una criatura que no tenía auténtica existencia en este nuestro mundo y que apenas existía en el otro mundo de donde venía.
Yo no dejaba de mirar.
Parecía ser un globo de algo,
O un globo de nada.
Parecía carecer de forma y sin embargo debía detenerla.
Me hubiera gustado acercarme más y mirar por encima de la cabeza de uno de los lamas sentados,
Pero así me habrían descubierto enseguida.
De modo que me senté y me pasé las manos por los ojos intentando quitarme el sueño que me quedaba y hacerlos más alerta para que vieran mejor en aquella neblina y oscuridad.
Convencido de haber hecho lo más posible para que mis ojos vieran mejor,
Me eché hacia adelante de nuevo sobre las manos y las rodillas y seguí mirando,
Moviéndome un poco para atisbar mejor entre las espaldas de dos lamas.
Vi,
Se me ocurrió de pronto que aquello era una enorme cristal de roca.
Impecable,
Perfecto.
Se apoyaba sobre su pie tallado y exigía la atención de los lamas sentados ante él casi devotamente.
Miraban con atención y sin embargo no con demasiada,
Pues parecía que veían aquello con el tercer ojo.
Bueno,
Pensé,
También soy clarividente,
De modo que ya no miré con mis dos ojos,
Sino que puse en juego mis facultades de clarividencia y en el cristal vi colores,
Remolinos,
Espirales y una turbulencia humeante.
Asombrado y asustado me parecía estar cayendo desde una inmensa altura,
Cayendo desde lo alto del mundo a un abismo.
Pero no,
No era un abismo,
Pues el mundo se extendía ante mí.
Un mundo donde había diferentes colores,
Puntos de vista distintos.
Vi desde una pequeña altura gente que vagaba con mucha miseria y tristeza.
Algunos sufrían gran dolor,
Eran almas perdidas,
Almas desorientadas,
Almas que buscaban una manera de liberarse de sus penas.
Mientras yo estaba allí sentado como en trance,
Lo mismo que si me hallara en el plano soleado de un mundo diferente,
Los cánticos de los lamas sonaron.
Con mucha frecuencia uno de ellos tendía una mano y hacía sonar una campanilla de plata.
Otro de enfrente hacía lo mismo con una campanita de diferente tono y así seguían con su salmodía.
Su música arriba y abajo de la escala,
No en notas de staccato como en otras partes del mundo,
Sino que allí había un resbalar de notas,
Una en la otra,
Mezclándose en acordes que resonaban en las paredes y reverberaban haciendo surgir otros.
El director del grupo de lamas batió palmas.
El que estaba junto a él tocó una campanilla y el tercero del grupo elevó su voz en una salmodía ritual.
Oh,
Escucha las voces de nuestras almas.
Y así repitieron las estrofas,
Primero uno cada vez,
Luego a coro,
Elevando y disminuyendo la cadencia de sus voces,
Subiendo y bajando,
Con lo cual me sacaban del tiempo y de mí mismo.
Luego llegó toda la serie de plegarias de aquel grupo.
Oh,
Escuchad las voces de nuestras almas.
Todos vosotros que os ocultáis en el desierto,
Siempre escuchad las voces de nuestras almas.
Tección,
Y que podamos proteger a los sin protección.
Cuando la primera barra de incienso se encienda y el humo ascienda,
Dejad que vuestra alma y vuestra fe se eleven también para que estéis protegidos.
Oh,
Escuchad las voces de nuestras almas.
Todos los que os encogéis de miedo por la noche,
Escuchad las voces de nuestras almas,
Pues seremos como una linterna luciendo en la oscuridad para guiar a los ignorantes caminantes.
Cuando se encienda la segunda barra de incienso y reluzca con vida,
Que tu alma perciba la luz que encendemos para guiarte.
Oh,
Escuchad las voces de nuestras almas.
Todos vosotros que os habéis perdido en el golfo de la escuchad las voces de nuestras almas.
Ignorancia,
Nuestra ayuda será como un puente para cruzar el abismo para llevaros más lejos en la senda.
Cuando se encienda la tercera barra de incienso y el que tu alma penetre valiente en la luz,
Humo salga.
Oh,
Escuchad las voces de nuestras almas.
Todos vosotros que os desmayáis con el cansancio,
Escuchad las voces de nuestras almas.
Vida,
Pues os traemos el descanso para vuestra alma.
Cuando la cuarta barra de incienso se enciende y el humo salga lento,
Te traemos en reposo para que reanimado puedas levantarte como nuevo.
Oh,
Escuchad las voces de nuestras almas.
¿Cuánto os burláis de las palabras sagradas?
Escuchad las voces de nuestras almas.
Os traemos la paz para que os detengáis en las verdades inmortales.
Cuando la quinta barra de incienso se encienda para traer fragancia a la vida,
Abrid vuestra mente para que ensal en alz.
El sonido de las almohadillas se fue apagando.
Un lama levantó su campanilla y la hizo sonar suavemente.
Otros tomaron también sus campanillas y las agitaron.
Primero tocaban todos separadamente y luego,
Según cierto ritmo dispuesto de antemano,
Tocaban todos a la vez formando un esquema tonal,
Especial,
Que resonaba y era de varios tonos e intensidades.
Los lamas reemprendieron su profundo zumbido repitiendo,
Oh,
Escuchad las voces de nuestras almas.
Hacían sonar su campanilla y sin cesar cantaban sus zumbantes almohadilla.
El efecto era hipnótico,
Místico.
Seguí mirando los que parecían rodearme.
¿Acaso estaban efectivamente alrededor de mí?
¿Me hallaba yo en otro mundo?
¿O miraba un cristal?
Mi intensa impresión era que estaba en otro mundo donde la hierba era más verde,
Donde el cielo era más azul y todo tenía un contraste fuerte y vivido.
En efecto,
Allí estaba la verde hierba bajo mis pies.
Podía sentirla en mis dedos desnudos.
Sentía que la humedad calaba mi túnica donde mis rodillas se apoyaban en ella.
También mis manos parecían sentir la hierba y quizá de vez en cuando alguna piedra.
Miré en torno a mí con ávido interés.
Había en primer término grandes salientes de piedra verdosa con algunas vetas blancas.
Otras rocas eran de diferentes colores.
Una que me atraía particularmente era de un matiz rojizo con rayas lechosas.
Pero lo que me impresionaba más era cómo surgía todo con intensa realidad y que todo parecía más normal que lo normal,
Con colores más brillantes y perfiles más claros.
Sopló una suave brisa que sentí por encima de mi mejilla izquierda.
Era bastante asombroso pues llevaba extraños aromas,
Exóticos olores.
A cierta distancia había algo que parecía una abeja.
Zumbaba de un lado a otro hasta que se posó y entró en la trompeta de una florecilla que crecía en la hierba.
Todo esto lo vi sin tener conciencia del paso del tiempo.
Pero de pronto me alarmé pues todo un grupo de gente venía hacia mí.
La miré y me sentí incapaz de moverme.
Esas personas avanzaban hacia mí.
Yo estaba más o menos en su camino.
Mientras los miraba sentí mucho la falta de algo.
Algunos eran ancianos inclinados sobre bastones y que iban descalzos y vestidos de andrajos.
Otros eran evidentemente hombres ricos pero no con el aire de bienestar que suele dar la riqueza.
Pues algo era especialmente claro en aquellos hombres y mujeres.
Se sentían miserables,
Asustados y el más leve movimiento les hacía dar un brinco y llevarse la mano al pecho.
Miraban nerviosos en torno a ellos y ninguno parecía darse cuenta de su vecino.
Parecían sentir que iban solos,
Olvidados,
Desolados y abandonados en algún mundo ajeno.
Avanzaban,
Consciente cada uno tan solo de su individualidad y sin embargo venían en grupo.
Aunque ninguno de ellos tocaba a otro,
Ninguno parecía darse cuenta de la presencia de los demás.
Venían atraídos por las voces que yo también podía oír.
Oh,
Escuchad las voces de nuestras almas,
Todos los que vagáis sin guía.
La salmodía y el zumbido continuaron y llegada aquella gente a cierto punto no podía yo ver lo que ocurría.
Cada rostro se iluminó con una especie de alegría no de este mundo y cada una de aquellas personas estaba muy tiesa como si él o ella hubieran recibido una garantía y se sintieran mejor.
Salieron de mi campo de visión.
De pronto hubo gran ruido de campanillas en disonancia y sentí una violenta sacudida como si alguien me hubiera empujado,
Como si fuera yo una corneta al extremo de una cuerda y arrastrada por una tempestad que quisiera elevarla más.
Cuando miré aquel extraño paisaje tuve la impresión de que se hacía de noche,
Pues el cielo se oscurecía y los colores se distinguían menos.
Las cosas parecían encogerse,
Pero ¿cómo se iban a encoger?
Indudablemente se encogían y no solo se hacían más pequeñas,
Sino que una niebla como las nubes de arriba empezaba a cubrir la cara del mundo y cuando mi horrorizada mirada abarcó aquella vista que se hacía cada vez más pequeña,
La niebla cambió en negras nubes de tormenta cargadas de relámpagos.
El mundo se hacía cada vez más pequeño y yo me elevaba sin cesar.
Cuando miré hacia abajo vi que aquello daba vueltas bajo mis pies y entonces comprendí que no estaba girando,
Puesto que me hallaba con las manos y las rodillas sobre el suelo del templo.
Oh,
¿dónde estaba?
Estaba confuso,
Mareado y entonces una vez más llegó aquella brusca y terrible sacudida que casi me arrancaba el cerebro de la cabeza.
Muy desconcertado y mareado levanté una mano para frotarme los ojos y luego me volví a mirar y vi ante mí que el cristal volvía a ser un cristal,
No ya un mundo,
Sino solo un cristal empañado y sin vida,
Sin punto alguno de luz en él.
Se hallaba encima de su base esculpida como si fuera una piedra o un ídolo o algo así,
No como el más poderoso instrumento de experiencias maravillosas.
Lentamente se puso en pie un lama y tomó un paño del pedestal,
Algo que parecía terciopelo negro.
Reverentemente desdobló el paño y con él envolvió el cristal.
Hizo tres veces una reverencia hacia el cristal y volvió a sentarse.
Al hacerlo,
Su asombrada mirada se posó en mí.
Durante algunos segundos hubo un silencio de extrañeza.
El propio tiempo parecía haberse paralizado.
Pude oír que mi corazón daba un fuerte ZAM y nada más.
Tuve la impresión de que toda la naturaleza,
El tiempo,
Todo,
Escuchaba con callada expectación para ver lo que sucedía después.
Los lamas murmuraron.
El que estaba más cerca se levantó por encima de mí.
Era el más grande de todos ellos.
Pero a mis aterrorizados ojos les parecía mayor que el mismo Potala.
Dominándome con su estatura,
Empezó a hablar,
Pero entonces otro lama me reconoció y dijo,
Es el chico de Mingyar,
Lopzang,
Y parecía aliviado al haberse dado cuenta de ello.
Este es nuestro muchacho más telepático.
Tráelo aquí.
El gigantesco lama me puso sus manos bajo mis brazos y me levantó,
Pues el que le hubieran dicho que era el chico de Mingyar le hizo pensar enseguida que yo no podía andar fácilmente y así me evitó esa molestia.
Me llevó al centro del círculo de los lamas,
Cada uno de los cuales me miró como si fuera a taladrar mi alma,
Como si fuesen a mirar en el interior de ésta,
Incluso más allá,
A otros reinos que llevan al súper ser.
Estaba yo con mucho pánico,
Pues no sabía si había hecho algo que estuviese muy mal.
Si elegía que el templo fue porque algunos de los otros estaban siempre llenos de pequeños a los que no les interesaba en serio la meditación.
A mí sí me interesaba.
Pero,
¿qué pasaba allí?
Lopzang dijo un lama pequeño y arrugado.
¿Qué estabas haciendo aquí?
Honorable maestro,
Fue mi respuesta.
Ha sido desde hace mucho tiempo mi costumbre venir a los templos menores para la meditación privada y me siento detrás de una de las sagradas figuras donde no puedo distraer a cualquier otro que esté meditando.
No he pensado ni por un momento intervenir en el servicio de ustedes.
Me quedé dormido.
La verdad es,
Dije avergonzado,
Que me quedé dormido.
Y me desperté sólo cuando oí que iba a empezar el servicio de ustedes.
A la izquierda,
La lámpara de manteca que se derramaba había cesado sus splats,
Splats.
Y de pronto,
Sonó un breve silbido cuando el flotante pábilo,
Privado ya de la manteca líquida,
Se extinguió contra el metal.
Durante unos segundos se puso este rojo y luego se percibió el acre y rancio olor del pábilo apagado.
Desde fuera de nuestro círculo me llegó el familiar,
Mi amigo el gato,
Dándose importancia.
Se abrió camino entre dos lamas y se dirigió hacia mí con la cola tiesa para manifestarme su amistad.
Tendí hacia él una mano temblorosa y le pasé mis dedos sobre su piel.
Se volvió hacia mí,
Dio un brinco,
Dijo y tranquilamente se marchó abriéndose paso entre otros dos lamas.
Se miraron unos a otros los lamas y sonreíeron levemente.
Así que nuestro guardián te conoce bien,
Lobsang.
Ha hablado a su manera a favor tuyo,
Te ha asegurado su cariño y nos ha dicho que has hablado la verdad.
Durante unos momentos hubo silencio.
Uno de los lamas más jóvenes volvió la cabeza y vio que el gato se alejaba al tanero.
Con una risita regresó aquel al grupo.
El lama viejo y arrugado,
Que parecía mucho mayor que los otros y que estaba a cargo del servicio,
Me miró y luego se volvió a mirar a cada uno de sus compañeros diciendo,
Sí,
Recuerdo que este es el chico que ha de tener instrucción especial.
Esperábamos el regreso de su guía antes de llamarle aquí,
Pero ya que lo tenemos entre nosotros,
Probemos su experiencia y su capacidad para juzgarle sin que nos influya su poderoso guía.
Hubo un murmullo de acuerdo y una sugerencia en voz baja que yo no pude comprender porque estaba demasiado confuso.
Aquellos eran los lamas telepáticos,
Los grandes clarividentes,
Los que ayudaban a los demás,
Y yo estaba allí sentado entre ellos templando de miedo.
Es verdad,
Pero entre ellos.
Uno se volvió hacia mí y dijo,
Lobsang,
Hemos oído hablar mucho de ti,
De tus poderes innatos,
De tus posibilidades y de tu futuro.
En realidad,
Somos nosotros los que investigamos el registro de posibilidades para ver qué sucederá en tu caso.
Ahora bien,
¿estás dispuesto a pasar por una prueba para que podamos decidir la amplitud de tus facultades?
Queremos llevarte a dar un paseo por el plano astral y por el mundo por debajo del astral.
Queremos llevarte como un fantasma por nuestro pótala.
Le miré dubitativo.
¿Llevarme?
¿Cómo creían que iba yo a andar?
Podía recorrer cojeando los pasillos,
Pero mis piernas no estaban lo bastante curadas para permitirme andar confiadamente.
Vacilé,
Pensé en ello y retorcí el borde de mi túnica.
Luego repliqué,
Honorables maestros,
Dependo de ustedes,
Pero he de decir que no puedo andar a causa de los accidentes que he tenido.
Sin embargo,
Como todo buen monje,
Me coloco a disposición de ustedes y espero que mi guía en Lama Mingyar Tundup apruebe mi decisión.
Ninguno se rió,
Ni siquiera se sonrió al oír lo que debió de parecerles una pomposa declaración,
Pues yo era joven e inexperto y,
Después de todo,
Me portaba lo mejor que podía y nadie puede hacer sino lo mejor dentro de sus posibilidades.
Lopsang,
Queremos que te tiendas y hemos de tenerte tendido porque tus piernas no te permitirán estar en la posición ortodoxa.
Por eso has de tumbarte.
El viejo lama tomó un cojín y me lo colocó debajo de la cabeza.
Luego me puso las manos con los dedos entrelazados para que estuvieran entre el final del hueso del pecho y el ombligo.
Después arreglaron ellos las cosas,
Pasaron el cristal a un lado colocándolo reverentemente en un sitio que yo no había visto antes,
En el pedestal de una sagrada figura.
Se sentaron alrededor de mí de modo que mi cabeza estuviera en el centro exacto del círculo.
Un lama se apartó del grupo y volvió con barras de incienso y un brasero.
Estuve a punto de estropearlo todo estornudando cuando una nubecilla de humo me hizo cosquillas en la nariz.
Era raro que mis ojos se pusieran pesados.
Tenía una sensación de creciente cansancio,
Pero los lamas no me miraban a mí sino a un punto por encima.
Me obligué a tener abiertos los ojos y pude ver bajo sus barbillas.
Sus cabezas estaban tan levantadas que yo no podía distinguir sus ojos.
No,
No me miraban,
Pero ¿a dónde estaban mirando?
El incienso se quemaba produciendo un pequeño chirrido en el que yo no me había fijado antes.
De pronto me agarré las manos una contra otra,
Aún con más fuerza porque todo el edificio parecía estarse moviendo.
Había oído hablar de terremotos y creía que de pronto habíamos tenido uno en el pótona.
Creció en mí el pánico y con un gran esfuerzo logré reprimirlo pensando que sería una desgracia para mi guía que me asustara y saliera del templo mientras los lamas seguían plácidamente allí.
Continuaba el balanceo y por unos momentos casi me sentí enfermo.
Tuve la impresión de que me elevaba y descubrí que una de las vigas del techo estaba a pocos centímetros de mi mano.
Levanté esta para asegurarme y con gran terror mío la mano tocó la viga sin quitar siquiera el polvo que había sobre ella.
Con el terror de esa experiencia me hundí rápidamente y quedé de pie junto a una sagrada figura.
Rápidamente alargué una mano para asegurarme,
Sabiendo que mis piernas no me sostendrían.
Pero esa vez mi mano tocó la sagrada figura y mis piernas se sentían firmes y fuertes.
No tenía dolor ni molestia alguna.
Me volví rápidamente y vi que el grupo de lamas seguía allí,
Pero no,
Uno de ellos estaba ausente.
Me di cuenta de que se hallaba junto a mí y que con su mano estaba a punto de tocarme el codo.
Parecía brillante y mayor que los otros y cuando miré a la sagrada figura me encontré con que también yo era mayor que en mi estado normal.
De nuevo me invadió el miedo que notaba en el estómago,
Pero el lama tomándome del codo me tranquilizó.
Todo está bien Lobsang,
Nada has de temer,
Ven conmigo.
Me condujo con su mano sobre mi codo derecho.
Evitamos cuidadosamente tropezar con los lamas que seguían sentados en círculo.
Miraba yo al centro del círculo pero mi cuerpo no estaba ya allí.
Nada había donde yo había estado tendido.
Me toqué y me sentí sólido.
Subrepticiamente extendí una mano y toqué al lama que se hallaba junto a mí y también era sólido.
Vio mi gesto y se rió sin parar.
Lobsang,
Lobsang,
Estás ahora con tu cuerpo en un estado diferente.
Sólo aquellos que poseen la mayor habilidad ocultista,
Una innata facultad,
Puede hacer una cosa como esta.
Pero ven conmigo.
Anduvimos por un lado del templo y el muro se hacía cada vez más próximo.
Me retiré de él y al intentar apartarme exclamé,
No,
Nos heriremos si no nos apartamos.
Este muro es sólido.
El lama no me soltaba.
Ordenó,
Sigue junto a mí.
Cuando tengas más experiencia descubrirás lo sencillo que es esto.
Se movía detrás de mí y puso sus manos entre mis paletillas.
El muro,
Un sólido muro de piedra gris,
Se elevaba ante nosotros.
Él me empujó y la sensación más notable de mi vida se produjo cuando entré por la piedra del muro.
Me temblaba todo el cuerpo como si millones,
Billones de burbujas estuvieran estallando contra mí sin evitarme avanzar,
Sino sólo haciéndome cosquillas,
Erizándome el pelo y produciéndome un agradable picor.
Parecía ya moverme sin dificultad alguna y al mirar tenía la impresión de avanzar por una tormenta de polvo,
Pero ese polvo no me dañaba ni me molestaba los ojos en absoluto.
Tendí las manos y traté de coger algún polvo de ese,
Pero pasaba a través de mí,
O yo a través de él,
No sé cómo debería decirlo.
El lama que me seguía me empujó un poco más fuerte y pasé por el muro a un corredor interior.
Un viejo bajaba sosteniendo en cada mano una lámpara de manteca y llevaba algo sujeto entre su codo izquierdo y su cuerpo.
Traté de evitar el contacto con él,
Pero ya era demasiado tarde.
Inmediatamente me disponía a disculparme de mi torpeza cuando el viejo siguió su camino.
¿Había pasado a través de mí o yo había pasado por él?
Y ninguno de nosotros dos se daba cuenta de lo que hacía,
Ni tenía la menor impresión de haber pasado por otro cuerpo humano.
Guiándome el lama,
Entramos a través del edificio sin molestar la independencia de los que estaban solos en sus habitaciones.
Pero en vez de visitar los almacenes,
Con un comentario o gesto bastante cáustico del lama,
Que me conocía tan bien,
Visitamos la cocina.
El viejo monje cocinero reposaba apoyado contra un gran recipiente de cuero para cebada.
Se rascaba y a la vez se limpiaba los dientes con un palillo sacado de algún sitio.
Con mucha frecuencia se volvía y escupía en un rincón,
Volviendo luego a rascarse y a limpiarse los dientes.
Mientras lo contemplábamos,
Dio la vuelta y después de lanzar un gran suspiro dijo,
¡ay,
Ay!
Creo que otra vez es la hora de preparar la comida.
¡Qué vida esta!
¡Champa,
Champa y más champa!
Y tener que satisfacer a todos esos hambrientos.
Seguimos por el edificio.
En verdad,
Mis piernas no me molestaban en absoluto y ni siquiera pensaba en ellas.
Teníamos muchísimo cuidado de no invadir el aislamiento de otras personas.
Íbamos por los corredores procurando no entrar en espacio alguno habitado.
Llegamos muy abajo,
A los almacenes.
Fuera estaba mi viejo amigo el honorable Puspús,
Tendido a todo lo largo del lado y moviéndose un poco.
Le temblaban las patillas y tenía las orejas aplastadas sobre la cabeza.
Nos acercamos sin hacer ruido alguno.
Pensábamos,
Pero de pronto el gato se despertó del todo y saltó con las garras sacadas.
Entonces se le pusieron bizco sus ojos al mirar al plano astral.
Todos los gatos pueden verlo.
Y empezó a ronronear como si me reconociera.
Intenté acariciarlo,
Pero por supuesto mi mano pasó por dentro de su cuerpo,
Lo que fue una notable experiencia,
Por muchas veces acariciaba yo al viejo honorable Puspús y hasta entonces nunca le había atravesado mi mano.
Pareció divertirse tanto como yo me preocupé,
Pero me dio un encontronazo cariñoso que esa vez con gran sorpresa suya me atravesó y entonces olvidó todo el asunto.
Se echó y se durmió de nuevo.
Durante mucho tiempo estuvimos pasando a través de sólidos muros,
Elevándonos de los suelos y por fin me dijo el lama,
Descendamos de nuevo,
Descendamos,
Pues ya hemos viajado bastante en esta ocasión.
Me tomó del brazo y nos hundimos por el suelo,
Apareciendo por debajo del techo del piso inferior y luego pasamos por otro suelo hasta llegar al corredor de la planta baja donde estaba el templo.
De nuevo nos acercamos a la pared,
Pero esta vez no vacilé y pasé por aquella sin preocuparme de la extraña sensación que producían todas aquellas burbujas,
Todo aquel cosquilleo.
Más bien me divertía.
Dentro los lamas seguían formando círculo y mi lama,
El que me llevaba del brazo,
Me dijo que debía atenderme en la misma posición que antes ocupaba.
Así lo hice y en un instante me dormí.
Fin del capítulo 7.
Siguiente capítulo,
Capítulo 8.
Gracias.
Conoce a tu maestro
4.9 (16)
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