
Cartografía de lo inhóspito
A veces no podemos huir de los lugares que nos secan: trabajos, rutinas, etapas vitales. Este audio es una invitación a cambiar el enfoque y mirar hacia adentro, a descubrir que incluso en lo árido hay una oportunidad para cultivar la calma o la ternura. Esta es una reflexión sobre cómo buscar dentro lo que no hay afuera, de cómo sostenernos en medio del desierto y convertir la sequedad en una maestra silenciosa. Un espacio para aprender a habitar lo inhóspito sin perder la paz.
Transcripción
La vida no es sólo la asociación de momentos bellos,
Sino un paisaje entero,
Con sus zonas fértiles y sus zonas desérticas,
Con sus climas extremos que nos obligan a cultivar dentro lo que escasea afuera.
Y ese es el gran reto.
Cultivar caridez interior en un entorno frío o presencia en un espacio donde nuestra mente se iría rápidamente a buscar soluciones,
Alternativas para escapar o para huir.
Presencia en el cuerpo,
En lo que estoy sintiendo y de esta forma también me estoy acompañando o estoy acompañando a la parte de mí que se siente más frágil o más vulnerable en este tipo de espacios.
Lo inhóspito,
Lo seco,
Lo frío,
Lo aparentemente estéril,
También tiene un propósito en el proceso del crecimiento interior.
Pero no es un crecimiento al que estamos acostumbrados,
Ese crecimiento lineal.
Es más bien un crecimiento rizomático,
En forma de raíz.
Imaginaros las raíces de un árbol.
Las raíces de un árbol lo que hacen es buscar agua,
Nutrientes como minerales,
Por ejemplo.
Pues ese crecimiento que tenemos en experiencias que son más inhóspitas no es hacia la superficie,
Sino que lo que estamos haciendo es explorar también el suelo en busca de agua,
De nutrientes,
De oxígeno.
Es decir,
Buscamos recursos internos para cuidarnos,
Para nutrirnos,
Formas de autocuidado para poder sostenernos en esos espacios.
La vida no se equivoca al ser inhóspita,
Sino que nos convoca,
Nos talla,
Nos hace artesanos de nuestra propia calidez cuando el entorno se vuelve frío.
Porque la vida también enseña desde la carencia.
El frío despierta calor o la soledad afina la escucha.
Es una enseñanza por confrontación y realmente es mucho más dura y más violenta.
Es decir,
Que no es nada suave este tipo de enseñanza.
Pero es que hay enseñanzas que solo se van a aprender haciéndonos descender a la oscuridad.
Así que de esta forma lo inhóspito se vuelve parte de una pedagogía más amplia.
No enseña por abundancia,
Sino por falta.
No por presencia,
Sino por ausencia.
Entonces,
La idea sería observar la tendencia que tenemos a medir la validez de lo que vivimos,
Si está bien o está mal,
Según su grado de belleza aparente,
De armonía visible.
Cuando en realidad la vida incluye también lo que hiere,
Lo que fricciona,
Lo que desordena.
Y eso no es un error.
Lo inhóspito no llega para castigarnos,
Aunque nuestra mente nos diga que sí,
Sino para densificar la experiencia.
Es decir,
Hacer la experiencia más profunda,
Más compleja,
Más sentida,
De forma que no podamos mirar hacia otro lado.
Porque la experiencia nos está obligando a mirar lo que duele.
Porque lo que duele,
Duele tanto que no podemos evitar sentirlo.
Y ahí es cuando se empiezan a activar heridas,
Mecanismos antiguos,
Que nos confrontan con partes de nosotros y que nos obligan a mirar lo que duele.
Y hacernos cargo de todo el material que aparece desde el inconsciente.
Y que no aparece para dañarnos esos miedos,
Esas inseguridades,
Sino para que comencemos a digerirlas y a metabolizarnos.
Lógicamente lo vamos a digerir con los antiguos mecanismos,
Con los recursos antiguos.
La vida lo que nos está haciendo es ponernos frente a una situación para obligarnos a buscar otros caminos,
Otras vías más actualizadas,
Para poder colocar o abrazar esos viejos miedos e inseguridades,
Heridas,
Y de esa forma poder digerirlas,
Metabolizarnas,
Y que nazca un nuevo yo.
En lo oscuro aprendemos a ver de otro modo,
Desarrollar otro tipo de recursos.
No vemos con los ojos de la mente,
Sino con una sensibilidad más interior,
Casi táctil,
Como si aprendiéramos a orientarnos por la textura invisible.
El error,
En realidad,
Es nuestra expectativa de que la vida debería ser siempre bonita,
Extraordinaria,
Amable,
Abundante,
Siempre darnos luz,
Calidez o claridad.
Si pensamos en estas experiencias inhóspitas,
En estos momentos donde nada florece,
Donde la belleza parece ausente,
El alma tiene que aprender otras leyes de crecimiento.
Ese crecimiento que decíamos más rizomático.
En esos momentos se nos pide llevar agua al desierto.
Es decir,
Que si vivimos en una zona árida,
Tenemos que aprender a canalizar el agua.
Y ese gesto es un gesto de cooperación con la vida.
Porque no estamos esperando que llueva sentados a ver si llueve,
Y de esa forma podemos plantar en ese clima,
En ese espacio que es más árido.
Estamos descubriendo dónde sacar agua.
Tal vez haya que cavar un pozo,
O condensar la humedad del aire,
O recoger el rocío.
Es decir,
Que el aprendizaje no está en escapar del desierto,
De esa experiencia fría,
Inhóspita o desagradable.
Ni de negar la aridez,
Sino de introducir circulación donde había estancamiento.
Aprender a crear canales internos para que el agua llegue.
¿Qué simboliza el agua?
Pues que a lo mejor en esas experiencias que son más inhóspitas,
En esos ambientes más fríos,
Podemos aprender a desarrollar ternura interna,
Fe,
Quietud,
Serenidad,
Paciencia,
Compasión,
Ecuanimidad,
La capacidad de contemplar lo bello en los pequeños gestos.
Esos serían gestos de autonutrición.
Sería llevar agua al desierto,
Y descubrir que hay algo en nosotros que sabe cuidar,
Incluso cuando el entorno no cuida.
Y cuando aprendemos a canalizar el agua hacia allí,
Cuando aprendemos a desarrollar esa ecuanimidad interna,
Esa compasión interna,
Algo cambia dentro.
Porque ya no buscamos lo bello fuera,
Ya no buscamos que el entorno sea más cálido,
Más agradable,
Sino que nos convertimos en quien lo posibilita.
Es decir,
Que somos portadores del agua,
Portadores de la compasión necesaria para comprender que el otro hace lo que puede,
Que nosotros hacemos lo que podemos,
Que todos somos niños con traumas,
Ecuanimidad para ser justos y no hacer más de lo necesario,
Portadores de la serenidad necesaria para no luchar contra lo que no podemos cambiar.
Nos volvemos canal,
Nos convertimos en guardianes del fuego sagrado.
No buscamos que los otros nos validen en un espacio frío,
Sino que aprendemos a validarnos.
Toda tradición simbólica habla de un descenso o travesía por el desierto.
No como castigo,
Sino como rito.
El desierto,
Los espacios más inhóspitos,
Las experiencias más desagradables,
Despojan.
Nos quitan los adornos,
Los apoyos,
Las identidades secundarias.
Y al hacerlo,
Se revela lo esencial.
Por eso la aridez tiene un valor iniciático.
Es la etapa donde uno deja de buscar la luz fuera y empieza a cultivar su propia luminiscencia.
Y yo entiendo que quizá la luminiscencia interna,
Sobre todo al principio,
Puede ser una especie de fuego pequeño que no ilumina a kilómetros,
Pero que sí que calienta e ilumina lo necesario,
El paso siguiente que vamos a dar.
Porque en el fondo no necesitamos más que la luz necesaria para el siguiente paso.
Todo tiene su belleza,
Incluso lo que duele.
La belleza de caminar a pesar del temblor.
La belleza de levantarnos cuando nos gustaría permanecer en el suelo.
La belleza de caminar si bien el camino completo,
Con confusión,
Con incertidumbre.
La belleza de amar sin garantías.
La belleza de permanecer cuando podríamos irnos.
Es la belleza que no deslumbra,
Pero que sostiene.
Una belleza que no viene de adornar la vida,
Sino de darle profundidad.
Cambiamos el yo sufro porque el mundo no me da lo que yo necesito,
Por yo aprendo a dar lo que el mundo aún no puede ofrecerme.
Entonces el alma se vuelve co-creadora de la belleza.
Ya no depende de los paisajes,
Los transforma.
Conoce a tu maestro
5.0 (28)
Reseñas Recientes
More from Laura De Miguel
Meditaciones Relacionadas
Trusted by people. It's free.

Get the app
