
Cuento espiritual "La vanidad del triunfador"
Este cuento fue recogido por Ramiro A. Calle en su libro "Cincuenta cuentos para meditar y regalar". En esta ocasión nos recuerda la importancia de no tener el ego como un amo, sino como un secretario. Hay que tener un ego maduro, pero controlado, puesto al servicio de la razón y la compasión.
Transcripción
Hola,
Hoy te voy a contar el cuento La vanidad del triunfador.
En el centro de una región muy seca había florecido un frondoso y espectacular bosque.
Las gentes de las localidades cercanas se acercan habitualmente a esta hasta privilegiada área de la naturaleza a refrescarse y no pueden dejar de preguntarse intrigados cómo ha podido surgir un vergel así en un entorno tan árido.
Sólo el anciano que custodia el bosque conoce la respuesta.
Si se le pide se sentirá muy dichoso de poder contar la siguiente historia.
Érase un joven que se había entrenado diligente y pacientemente hasta convertirse en un gran atleta.
Se servía de una larga rama como pértiga para poder cruzar los ríos.
Solía competir con otros en esta prueba y siempre salía victorioso.
Nadie había sido capaz de superarle.
Tal era su vigor y su destreza.
Poco a poco debido a sus continuos éxitos se había tornado sumamente vanidoso e incluso soberbio y no dejaba de jactarse de sus habilidades.
Muy pagado de sí mismo había hecho correr la noticia de que entregaría un buen número de monedas de oro a aquel que fuera capaz de saltar más longitud que él.
Deseoso de obtener el premio muchos se le enfrentaron pero nadie lograba vencerle y él siempre salía triunfador.
Sin embargo se sentía cada vez más insatisfecho y no era dichoso.
Ansiaba vorazmente seguir compitiendo,
Venciendo y alimentando su soberbia.
Destachaba continuamente a unos y a otros.
En la competición se había vuelto para él una adicción obsesiva.
Tenía un buen amigo de la infancia que solía prevenirle.
Debes acabar con todo esto.
Tu afán de competir te devora y no piensas en otra cosa.
Un día el competidor dijo te haré caso pero debo probarme una vez más.
Hay un gran río en el norte y quiero celebrar un concurso para ver quién puede saltarlo con una pértiga.
Si alguien me vence le daré la mitad de toda mi fortuna.
Se convocó la prueba.
Todos los participantes fueron efectuándola con mayor o menor acierto.
Cuando le llegó el turno al joven de esta historia,
Éste corrió con un gamo,
Con todas sus energías,
Clavó la pértiga en el centro del río y saltó con su acostumbrada habilidad.
Pero aquí que en esta ocasión la rama que le servía de pértiga se quebró.
El atleta fue a dar con la cabeza contra una roca del río y halló la muerte al instante.
La rama rota brotó y brotó hasta que fue configurando con el tiempo un bosque maravilloso.
El amigo del fallecido se convirtió en el guarda de ese bosque.
La reflexión de este cuento es que desde la perspectiva del ego todo se convierte en una contienda,
Un combate,
Un escenario en el que afirmarse y vencer.
Así es el ego.
Sus tentáculos son innumerables y su afán de afirmarse es inmensurable.
Nunca está satisfecho y por eso nunca es feliz.
Es como un estómago vacío sin fondo.
Toneladas de alimentos no pueden saciarle.
Es voraz e implacable en su voracidad.
Pero no puede vivir sin ego,
Porque este nace de la vinculación con el cuerpo,
El sentido de separación,
Las propias necesidades,
La mente,
La imagen y muchos otros elementos que configuran su descomunal burocracia.
Pero sí se puede vivir con un ego controlado y que no se desmesure.
Cuanto más ego,
Más vulnerabilidad,
Intranquilidad,
Ansia y desvelos,
Para finalmente desembocar donde todos lo hacen,
El reino de la muerte.
Sin tanto ego uno comienza a ser más dichoso.
No hay tanta necesidad de afirmarse,
Ganar consideración,
Conseguir ser aprobado y respetado.
Tanto se atiende al ego que deja uno de ver por su propio y verdadero ser.
No hay peor negocio.
Mediante la práctica de la meditación,
El recordatorio de la muerte,
El entendimiento correcto y la reflexión lúcida,
Iremos controlando el ego,
Para que sea nuestro secretario y no nuestro amo.
Sus males son innumerables,
Arrogancia,
Fatuidad,
Soberbia,
Suspicacia y susceptibilidad,
Rabia,
Vanidad y tantos otros.
Hay que tener un ego maduro pero controlado,
Puesto al servicio de la razón y la compasión.
Del ego nacen el apego y el aborrecimiento,
Y cuando los actos mentales,
Verbales y corporales están guiados por el apego y el aborrecimiento,
Se desencadena mucho sufrimiento hacia uno mismo y hacia los demás.
El ego desmesurado hace que la mente se aferre a todos los objetos,
Burdos o sutiles,
Y se crea así una gran cantidad de sufrimiento que bien podría evitarse.
Shankaracharya,
El gran sabio hindú nos aconsejaba,
Refuerza tu identidad con tu ser,
Y rechaza al mismo tiempo el sentido del ego con sus modificaciones,
Que no tienen valor alguno como no lo tiene el jarro roto.
Conoce a tu maestro
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