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Simbad El Marino. Viaje 1

by Maria Fernanda Martinez

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Puntuación
4.2
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Actividad
Meditación
Adecuado para
Bebés
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76

Simbad el marino el Marino narra las extraordinarias aventuras de un mercader de la india que le acontecen durante siete viajes , a raiz de estos viajes reune una inmensa fortuna merecida, puesto que en cada viaje pone en riesgo su vida.

Transcripción

Hace mucho tiempo vivía en la ciudad de Baghdad un hombre llamado Simbad,

El faquín.

Era pobre y para ganarse la vida transportaba pesados bultos sobre su cabeza de un punto a otro de la ciudad.

Un día de calor excesivo pasó por delante de la puerta de una casa que debía pertenecer a algún mercader rico.

Soplaba allí una brisa gratísima y cerca de la puerta se veía un banco para sentarse.

Al verlo el faquín Simbad dejó su carga y se sentó.

Entonces no pudo menos que suspirar y exclamar.

Por la mañana me levanto agotado del trabajo del día anterior.

El propietario de esta mansión en cambio disfruta de sus guisos,

De su comida y se rodea de sonidos y aromas delicados.

Simbad el faquín se dispuso a recoger su carga para marcharse pero salió de la puerta un joven y le dijo,

Mi señor ha escuchado sus lamentaciones y le manda a llamar,

Sígame.

Simbad se dejó llevar,

Tenía mucha pena y estaba cabizbajo.

El señor de la casa le ofreció los mejores manjares y le dijo,

He sabido que te llamas igual que yo porque mi nombre es Simbad el marino.

Este bienestar que ves en mi vejez ha sido adquirido después de grandes fatigas.

Te voy a contar la historia de mi vida.

Has de saber que mi padre fue un rico comerciante.

Cuando murió yo era muy joven,

Me hice hacer costoso vestidos,

Me rodeé de servidores e invité a grandes banquetes hasta que un día descubrí que me encontraba a las puertas de la pobreza.

Entonces vendí todo lo que quedaba y adquirí mercancías para salir a comerciar.

Me embarqué junto con otros y navegamos por el río Basora hasta salir al mar y alejarnos de las costas de la patria.

Navegamos durante días y noches de mar en mar,

De isla en isla,

De tierra en tierra y de puerto en puerto.

Allí pasábamos,

Vendíamos y comprábamos obteniendo provecho de nuestro trabajo.

Un día llegamos a una pequeña isla que parecía un jardín.

El capitán mandó echar anclas y los comerciantes que íbamos a bordo desembarcamos.

Unos decidieron descansar,

Otros recorrer el lugar y algunos encendieron lumbre para preparar alimentos.

De repente tembló la isla toda con una ruda sacudida.

El capitán,

Que permanecía en la orilla,

Empezó a dar grandes voces.

Alerta pasajeros,

Alerta pasajeros.

Esto no es una isla sino un pez gigantesco dormido en medio del mar.

La arena se le ha ido amontonando y sobre ella ha crecido el musgo y los árboles.

Vuestras hogueras lo han despertado.

Abandonad vuestras cosas y salvad vuestras vidas.

Los pasajeros aterrados echaron a correr hacia el navío.

Algunos pudieron alcanzarlo,

Otros no lo lograron porque el enorme pez se había puesto ya en movimiento.

Yo me vi de pronto rodeado por las olas tumultuosas que se cerraban sobre los lomos del monstruo.

Me aferré a un tronco mientras veía alijarse al navío con aquellos que habían logrado alcanzarlo.

Me senté sobre el tronco y remé con brazos y piernas,

Brazos y piernas,

Fuertemente a favor del viento.

Así pasé un día y dos noches hasta que el viento y las olas me arrastraron a las orillas de una isla.

Allí quedé sumido en un sueño profundo hasta que el ardor del sol logró despertarme.

Me arrastré hasta una llanura cercana,

Bebí agua dulce y comencé a alimentarme con los frutos caídos de los árboles.

¿Conoces el coco?

De esos comí mucho.

Poco a poco recobré mis fuerzas.

Pasó cierto tiempo y empezaba a estar harto de tanta soledad.

Solía recorrer la orilla del mar a la espera de algún navío que pudiera recogerme.

Una mañana ascendí a una punta rocosa para observar el horizonte y desde allí descubrí una vela entre las olas.

Despajé una rama e hice señas,

Con ella lanzando al viento grandes al arido.

Finalmente me vieron y se acercaron a la costa para socorrerme.

En la nave me ofrecieron alimentos y ropas para cubrir mi desnudez y me sentí invadido por un gran bienestar.

Al día siguiente conté mi historia y el capitán se complació mucho de mis penas.

Quisiera serle útil,

Me dijo.

Has de saber que llevamos navegando y comerciando muchísimo tiempo.

Ahora nos dirigimos a un puerto cercano para que no tengas que llegar a tu tierra en tal miserable estado,

Viejo.

Mi deseo es entregarte los fardos de un mercader que embarcó con nosotros en basura,

Pero que ha parecido ahogado.

Qué lástima.

Era un buen hombre.

Encárgate de vender las mercancías y yo te daré una retribución por tu trabajo.

Después te dirigirás a Bagdad,

Preguntarás por la familia del ahogado y les harás llegar el importe de lo que vendas más las mercancías sobrante.

Al oír estas palabras miré atentamente al capitán y lleno de emoción pregunté,

¿y cómo se llamaba ese mercader capitán?

Él me contestó,

Zimbad el Marino.

Grité entonces con toda mi voz,

Yo soy Zimbad el Marino.

Luego añadí,

Cuando se puso en movimiento el enorme pez a causa del fuego que encendieron en su lomo,

Yo fui de los que no pudieron ganar tu navío y cayeron al agua,

Pero me salvé gracias a un tronco de madera sobre el que me puse a horcajadas hasta alcanzar la costa.

Al escucharme el capitán exclamó,

No hay más poder que un alae altísimo.

El capitán me entregó los fardos,

Después seguimos navegando hasta llegar al puerto.

Vendí allí mis mercancías y regresé a Bagdad donde volví a ver a mi familia y a mis amigos.

Inicie una nueva vida comiendo manjares admirables y bebiendo bebidas deliciosas y olvidé las penurias pasadas y los peligros sufridos,

Pero mañana les contaré,

Oh invitados míos,

El segundo viaje,

El segundo que emprendí.

Se los contaré niños en el próximo capítulo.

© 2026 Maria Fernanda Martinez. All rights reserved. All copyright in this work remains with the original creator. No part of this material may be reproduced, distributed, or transmitted in any form or by any means, without the prior written permission of the copyright owner.

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