
Cap 3 - Audiolibro - El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte
Capítulo 3: Reflexión y Cambio. Dedico este libro a Jamyang Khyentse Chókyi Lodró, a Dudjom Rimpoché, a Dilgo Khyentse Rimpoché, a Khyentse Sangyum Khandro Tsering Chódrón y a todos mis queridos maestros, que han sido la inspiración de mi vida. Que este libro sirva de guía para la liberación, que sea útil para los vivos, los moribundos y los muertos. ¡Que sirva de ayuda a todos quienes lo lean y los aliente en su viaje hacia la Iluminación! Narrador: Juan José Palanca
Transcripción
Audiolibro,
El libro tibetano de la vida y la muerte,
Sogyal Rinpoche,
Capítulo 3,
Reflexión y cambio,
Narrador Juan José Palanca,
Ciencia del saber.
Cuando era niño y vivía en el Tíbet,
Oí la historia de Krisha Gotami,
Una joven que tuvo la buena fortuna de vivir en la época de Buda.
Cuando su hijo primogénito contaba cosa de un año,
Cayó enfermo y murió.
Agobiada por la pena,
Con el cuerpecito en brazos,
Krisha Gotami vagaba por las calles suplicándole a todo el mundo un remedio que le devolviera la vida a su hijo.
Algunas personas pasaban por su lado sin hacerle caso,
Otras se reían de ella y aún otras la tomaban por loca,
Pero finalmente dio con un sabio que le dijo que la única persona del mundo que podía realizar el milagro que ella pretendía era Buda.
Así pues,
Fue en busca de Buda,
Depositó el cadáver de su hijo ante él y le expuso su caso.
Buda la escuchó con infinita compasión y luego respondió con amabilidad.
Sólo hay una manera de curar tu aflicción.
Baja a la ciudad y tráeme un grano de mostaza de cualquier casa en la que no haya habido jamás una muerte.
Krisha Gotami experimentó un gran alivio y se dirigió a la ciudad de inmediato.
Cuando llegó,
Se detuvo en la primera casa que vio y explicó.
Me ha dicho Buda que vaya y busque un grano de mostaza de una casa que nunca haya conocido la muerte.
En esta casa ha muerto mucha gente,
Le replicaron.
Fue a la casa de al lado.
En nuestra familia ha habido incontables muertes,
Le dijeron.
Y lo mismo en la tercera y en la cuarta casa,
Hasta que por fin hubo visitado toda la ciudad y comprendió que la condición de Buda no podía cumplirse.
Llevó el cuerpo de su hijo al osario y se despidió de él por última vez y a continuación volvió a Buda.
¿Has traído el grano de mostaza?
No,
Respondió ella.
Empieza a comprender la lección que intentas enseñarme.
Me cegaba la pena y creía que yo era la única que había sufrido a manos de la muerte.
¿Por qué has vuelto?
Le preguntó Buda.
Para pedirte que me enseñes la verdad de lo que es la muerte,
De lo que puede haber detrás y más allá de la muerte y de lo que hay en mí,
Si hay algo.
Que no ha de morir.
Buda empezó a enseñarle.
Si quieres conocer la verdad de la vida y la muerte,
Debes reflexionar continuamente sobre esto.
En el universo solo hay una ley que no cambia nunca,
La de que todas las cosas cambian y ninguna cosa es permanente.
La muerte de tu hijo te ha ayudado a ver ahora que el reino en que estamos,
El sámsara,
Es un océano de sufrimiento insoportable.
Solo hay un camino y uno solo para escapar del incesante ciclo de nacimientos y muertes del sámsara,
Que es el camino a la liberación.
Puesto que ahora el dolor te ha preparado para aprender y tu corazón se abre a la verdad,
Te voy a mostrar.
Krisha Gotami se arrodilló a sus pies y siguió a Buda durante el resto de su vida.
Se dice que cuando su vida llegaba a su fin,
Alcanzó la iluminación.
Aceptación de la muerte.
La historia de Krisha Gotami nos muestra algo que podemos observar una y otra vez.
Un encuentro próximo con la muerte puede producir un auténtico despertar,
Una transformación en toda nuestra actitud ante la vida.
Tomemos,
Por ejemplo,
La experiencia de casi muerte.
Quizá una de sus más importantes revelaciones es cómo transforma la vida de quienes han pasado por ella.
Los investigadores han observado una asombrosa variedad de cambios y efectos posteriores,
Una disminución del miedo y una aceptación más profunda de la muerte,
Una mayor preocupación por ayudar a los demás,
Una visión más cabal de la importancia del amor,
Menos interés por los logros materiales,
Una creciente fe en una dimensión espiritual y en el sentido espiritual de la vida y,
Naturalmente,
Una mayor disposición a creer en la vida después de la muerte.
Un hombre le dijo una vez a Kenneth Ring,
El hombre perdido que yo era,
Vagando a la deriva,
Sin más objetivo en la vida que el deseo de riquezas materiales.
Se transformó en alguien con una profunda motivación,
Un propósito en la vida,
Una dirección clara y la enorme convicción de que al final de la vida habría una recompensa.
Mi interés por las riquezas materiales y mi avidez de posesiones fueron sustituidos por una sed de comprensión espiritual y un deseo apasionado de ver mejorar el estado del mundo.
Una mujer le contó a Margot Grey,
Investigadora británica de la experiencia de casi muerte.
Las cosas que sentí lentamente fueron un sentido del amor muy intensificado,
La capacidad de comunicar amor,
La capacidad de encontrar alegría y placeres en las cosas más pequeñas e insignificantes.
Surgió en mí una gran compasión hacia la gente que estaba enferma y se enfrentaba a la muerte y sentí grandes deseos de hacerles saber,
De explicarles del modo que fuera,
Que el proceso de morir no es sino una extensión de la propia vida.
Todos sabemos de qué manera una crisis vital como una enfermedad grave puede producir transformaciones de semejante profundidad.
Freda Naylor,
Doctora que valerosamente llevó un diario mientras moría de cáncer,
Escribió.
He tenido experiencias que jamás habría tenido y que debo agradecer al cáncer.
Humildad,
Reconciliarme con mi propia mortalidad,
Conocimiento de mi fuerza interior que continuamente me sorprende y otras cosas de mí misma que he descubierto porque he tenido que frenar en seco,
Reevaluar y seguir adelante.
Si efectivamente podemos reevaluar y seguir adelante,
Con esa humildad y esa amplitud de miras recién encontradas y con una aceptación verdadera de nuestra muerte,
Veremos que nos volvemos mucho más receptivos a las instrucciones y a las prácticas espirituales.
Y esta receptividad bien podría abrirnos a otra maravillosa posibilidad,
La de la auténtica curación.
Recuerdo a una norteamericana de edad madura que fue a ver a Duchamp Rinpoche en Nueva York en 1976.
No sentía un interés particular por el budismo,
Pero había oído decir que había un gran maestro en la ciudad.
La mujer estaba muy enferma y en su desesperación se hallaba dispuesta a probarlo todo,
Incluso a visitar a un maestro tibetano.
Por entonces yo era su intérprete.
Entró en la habitación y se sentó ante Duchamp Rinpoche.
Estaba tan afectada por su estado y por la presencia del maestro que se echó a llorar y gimió.
El médico sólo me da unos meses de vida.
¿Puede ayudarme?
Me estoy muriendo.
Ante su sorpresa Duchamp Rinpoche empezó a reírse entre dientes de un modo amable y compasivo.
Después le dijo todos nos estamos muriendo,
Ya ve usted.
Sólo es cuestión de tiempo,
Algunos morimos antes que otros.
Con estas pocas palabras le ayudó a ver la universalidad de la muerte y que su muerte inminente no era única.
Esto apaciguó su ansiedad.
A continuación Duchamp Rinpoche le habló del morir y de la aceptación de la muerte y le habló de la esperanza que hay en la muerte.
Al final le dio una práctica curativa que ella siguió con entusiasmo.
Esta mujer no sólo llegó a aceptar la muerte sino que siguiendo la práctica con dedicación completa quedó curada.
He oído muchos otros casos de personas a las que se había diagnosticado una enfermedad mortal y sólo se les daba unos meses de vida.
Cuando se aislaron en soledad siguieron una práctica espiritual y se enfrentaron verdaderamente con ellos mismos y con la realidad de la muerte.
Se curaron.
¿Qué nos dice esto?
Que cuando aceptamos la muerte transformamos nuestra actitud ante la vida y descubrimos la conexión fundamental entre la vida y la muerte.
Puede producirse una espectacular posibilidad de curación.
Los budistas tibetanos creen que las enfermedades como el cáncer pueden ser una advertencia.
Nos recuerdan que hemos relegado al olvido aspectos profundos de nuestro ser como nuestras necesidades espirituales.
Si nos tomamos en serio este aviso y cambiamos radicalmente la dirección de nuestra vida existe una esperanza muy real de curación no sólo para nuestro cuerpo sino para todo nuestro ser.
Un cambio en lo más hondo del corazón.
Reflexionar profundamente sobre la impermanencia como hizo Krish Agotami es ser conducido a comprender en el centro del corazón la verdad que tan vigorosamente se expresa en esta estrofa de un poema de un maestro contemporáneo,
Neosul Kenpo.
La naturaleza de todas las cosas es ilusoria y efímera.
Quienes tienen una percepción dualista consideran felicidad el sufrimiento,
Como los que lamen la miel del filo de una navaja.
Cuán dignos de compasión los que se aferran con fuerza a la realidad concreta.
Volved nuestra atención hacia adentro,
Amigos de mi corazón.
Pero,
¿qué difícil puede ser volver la atención hacia adentro?
¿Con qué facilidad nos dejamos dominar por nuestros viejos hábitos y costumbres establecidas?
Aunque nos acarrean sufrimiento,
Como dice el poema de Neosul Kenpo,
Los aceptamos con una resignación casi fatalista,
Porque estamos acostumbrados a ceder a ellos.
Podemos idealizar la libertad,
Pero en lo que toca nuestros hábitos estamos completamente esclavizados.
Aún así,
La reflexión puede traernos un poco a poco la sabiduría.
Podemos llegar a darnos cuenta de que caemos una y otra vez en pautas de conductas fijas y repetitivas,
Y empezamos a sentir el anhelo de librarnos de ellas.
Naturalmente,
Podemos recaer una y otra vez,
Pero poco a poco podemos deshacernos de ellas y cambiar.
El siguiente poema nos habla a todos.
Se titula Autobiografía en cinco capítulos.
Primero,
Bajo por la calle.
Hay un enorme hoyo en la acera.
Me caigo dentro.
Estoy perdida.
Impotente.
No es culpa mía.
Se tarda una eternidad en salir de allí.
Segundo,
Bajo por la misma calle.
Hay un enorme hoyo en la acera.
Hago como que no lo veo.
Vuelvo a caer dentro.
No puedo creer que esté en ese mismo lugar,
Pero no es culpa mía.
Todavía se tarda mucho tiempo en salir de allí.
Tercero,
Bajo por la misma calle.
Hay un enorme hoyo en la acera.
Veo que está allí.
Igual caigo en él.
Es un hábito.
Tengo los ojos abiertos.
Sé dónde estoy.
Es culpa mía.
Salgo inmediatamente de allí.
Cuarto,
Bajo por la misma calle.
Hay un enorme hoyo en la acera.
Paso por el lado.
Quinto,
Bajo por otra calle.
Reflexionar sobre la muerte tiene por objeto producir un auténtico cambio en lo más hondo del corazón.
Aprender a esquivar el hoyo de la acera y a bajar por otra calle.
Muchas veces esto exige un periodo de retiro y contemplación profunda,
Porque sólo eso puede abrirnos verdaderamente los ojos a los que estamos haciendo con nuestra vida.
Contemplar la muerte no tiene por qué ser morboso ni terrorífico.
¿Por qué no reflexionar sobre la muerte cuando estamos realmente inspirados,
Relajados y cómodos,
Ya sea echados en la cama,
Cuando estamos de vacaciones o mientras escuchamos una música que nos agrada especialmente?
¿Por qué no reflexionar sobre la muerte cuando estamos felices,
Sanos,
Confiados y seguros,
Plenos de bienestar?
¿No ha notado que hay determinados momentos en los que uno se siente naturalmente movido a la introspección?
Trabaje con ellos delicadamente,
Porque estos son los momentos en que se puede pasar por una experiencia poderosa y en los que toda nuestra visión del mundo puede cambiar rápidamente.
Estos son los momentos en que las antiguas creencias se vienen abajo por sí solas y puede producirse una plena transformación.
La contemplación de la muerte nos proporcionará un sentido cada vez más profundo de lo que llamamos renuncia.
Nge,
Yung en tibetano,
Nge quiere decir realmente o decididamente y yung significa salir,
Emerger o nacer.
El fruto de una reflexión frecuente y profunda sobre la muerte será una sensación de emerger muchas veces con una cierta repugnancia de los comportamientos habituales.
Se sentirá cada vez más dispuesto a abandonarlos y al final podrá liberarse de ellos con tanta facilidad,
Dicen los maestros,
Como si extrajera un pelo de un trozo de mantequilla.
Esta renuncia a la que se llega lleva en sí tristeza y alegría a la vez.
Tristeza al comprender la futilidad de las antiguas costumbres y alegría a causa de la visión más amplia que empieza a desplegarse cuando se es capaz de abandonarlas.
Esta no es una alegría común,
Es una alegría que da origen a una nueva y profunda fuerza,
Una confianza,
Un estímulo permanente que proviene de descubrir que no estamos condenados a nuestros hábitos,
Que realmente podemos emerger de ellos,
Que podemos cambiar y hacernos cada vez más libres.
El latido de la muerte.
No habría ninguna oportunidad de llegar a conocer la muerte si sólo ocurriera una vez.
Pero por fortuna la vida no es sino una continua danza de nacimiento y muerte,
Una danza de cambio.
Cada vez que oigo el murmullo de un arroyo de montaña o las olas que rompen en la orilla o el palpitar de mi propio corazón,
Oigo el sonido de la impermanencia.
Estos cambios,
Estas pequeñas muertes,
Son nuestros lazos vivientes con la muerte,
Son el pulso de la muerte,
El latido de la muerte que nos inicia a soltar todas las cosas a las que nos aferramos.
Así pues,
Trabajemos en estos cambios ahora,
Durante la vida.
Esta es la auténtica manera de prepararse para la muerte.
La vida puede estar llena de dolor,
Sufrimiento y dificultades,
Pero todas estas cosas son oportunidades que se nos presentan para ayudarnos a avanzar hacia una aceptación emocional de la muerte.
Sólo cuando creemos que las cosas son permanentes nos negamos la posibilidad de aprender del cambio.
Si nos negamos esta posibilidad,
Nos cerramos y nos volvemos codiciosos.
La codicia,
El aferramiento,
Es la fuente de todos nuestros problemas,
Puesto que para nosotros la impermanencia equivale a angustia.
Nos aferramos desesperadamente a las cosas,
Aun cuando todas las cosas cambian.
Nos aterroriza desprendernos de ellas.
De hecho,
Nos aterroriza vivir,
Ya que aprender a vivir es aprender a desprenderse.
Y esta es la tragedia y la ironía de nuestra lucha por retener.
No sólo es imposible,
Sino que nos provoca el mismo dolor que intentamos evitar.
La intención que nos mueve a aferrarnos no tiene por qué ser mala en sí.
El deseo de ser feliz no tiene nada de malo,
Pero aquello a que nos asimos es inasible por naturaleza.
Los tibetanos dicen que no se puede lavar dos veces la misma mano sucia en el mismo río y que por mucho que extruges un puñado de arena,
Nunca le sacarás aceite.
Tomar en serio la impermanencia es liberarse poco a poco de la mentalidad de aferramiento,
De nuestra errónea y destructiva imagen de la permanencia,
De la falsa pasión por la seguridad sobre la que construimos todo.
Poco a poco nos vamos dando cuenta de que todos los dolores que hemos conocido por querer asir lo inasible eran,
En el sentido más profundo,
Innecesarios.
Aceptar esto también puede resultar doloroso al principio,
Porque parece muy ajeno,
Pero a medida que reflexionamos y seguimos reflexionando,
Nuestro corazón y nuestra mente experimentan una transformación gradual.
Desprenderse empieza a parecer más natural y se vuelve cada vez más fácil.
Quizá necesitemos mucho tiempo para llegar a captar toda la envergadura de nuestra necedad,
Pero cuanto más reflexionemos,
Más desarrollaremos una actitud de desprendimiento.
Es entonces cuando se produce un cambio en nuestra manera de verlo todo.
Contemplar la impermanencia no es suficiente por sí solo.
Es necesario trabajar con ella durante la vida.
Tal como los estudios de medicina exigen la teoría y la práctica,
En la vida ocurre lo mismo.
Y en la vida el entrenamiento práctico es el aquí,
Es el ahora,
En el laboratorio del cambio.
A medida que se van produciendo los cambios,
Aprendemos a verlos con una nueva comprensión.
Y aunque seguirán produciéndose como antes,
Algo en nosotros será distinto.
Toda la situación será más relajada,
Menos intensa y dolorosa.
Incluso los efectos de los cambios que experimentemos nos resultarán menos impresionantes o desagradables.
Con cada cambio o sucesivo comprendemos un poco más y nuestra visión de la vida se vuelve más profunda y más amplia.
Trabajar con los cambios.
Vamos a hacer un experimento.
Coja una moneda.
Imagínese que represente el objeto al que usted se aferra.
Enciérrala en el puño bien apretado y extienda el brazo con la palma de la mano hacia el suelo.
Si ahora abre el puño o afloja su presa,
Perderá aquello a lo que se aferra.
Por eso está apretando.
Pero hay otra posibilidad.
Puede desprenderse y aún así conservarla.
Con el brazo todavía extendido vuelva la mano hacia arriba de forma que la palma quede hacia el cielo.
Abra la mano y la moneda seguirá reposando sobre la palma abierta.
Ha dejado de aferrarse y la moneda sigue siendo suya aún con todo ese espacio que la rodea.
Así pues existe un modo en que podemos aceptar la impermanencia sin dejar de disfrutar de la vida.
Todo al mismo tiempo,
Sin aferrarnos.
Pensemos en lo que suele suceder con frecuencia en las relaciones.
Muchas veces las personas no se dan cuenta de cuánto aman a su pareja hasta que de pronto perciben que la están perdiendo.
Entonces se aferran todavía más.
Pero cuanto más se apegan,
Más se escapa a la otra persona y más frágil se vuelve su relación.
Muchas veces buscamos la felicidad.
Pero la propia manera en que la perseguimos es tan torpe y desmañada que sólo nos acarrea mayor pesar.
Por lo general suponemos que hemos de aferrarnos a fin de obtener ese algo que nos dará la felicidad.
No vemos cómo podemos disfrutar de algo si no podemos poseerlo.
¿Con cuánta frecuencia se confunde el apego con el amor?
Incluso cuando se trata de una buena relación,
El amor sufre a causa del apego,
Con su inseguridad,
Su posesividad y su orgullo.
Y después,
Cuando el amor se ha perdido,
Lo único que nos queda de él son los recuerdos del amor,
Las cicatrices del apego.
¿Cómo entonces podemos trabajar para vencer el apego?
Solo conociendo su naturaleza no permanente,
Este conocimiento nos libra poco a poco de su dominio.
Llegamos a vislumbrar lo que,
Según dicen los maestros,
Puede ser la verdadera actitud para cambiar.
Como si fuéramos el cielo que contempla pasar las nubes.
O tan libres como el mercurio.
Cuando el mercurio se derrama por el suelo,
Su propia naturaleza es permanecer intacto.
Nunca se mezcla con el polvo.
Cuando intentamos seguir el consejo de los maestros y nos libramos poco a poco del apego,
En nuestro interior se libera una gran compasión.
Las nubes del aferramiento se separan y dispersan,
Y resplandece el sol de nuestro verdadero corazón compasivo.
Es entonces,
Cuando empezamos a saborear en nuestro yo más profundo la euforizante verdad contenida,
En estas palabras de William Blake.
Aquel que se ata a una alegría,
La alada vida destruye.
Aquel que besa la alegría según vuela,
Vive en la aurora de la eternidad.
El espíritu del guerrero.
Aunque se nos ha hecho creer que si dejamos de aferrarnos acabaremos sin nada,
La propia vida demuestra una y otra vez lo contrario.
Que el desprendimiento es el camino que lleva a la auténtica libertad.
Así como las olas no causan ningún sufrimiento a las rocas al chocar contra ellas,
Sino que las erosionan y esculpen dándoles bellas formas,
También los cambios pueden moldear nuestro carácter y suavizar nuestras aristas.
Mediante los cambios podemos aprender a cultivar una compostura pacible pero inconmovible.
Nuestra confianza en nosotros mismos va en aumento,
Y llega a ser tan grande que la bondad y la compasión empiezan a emanar naturalmente de nosotros y a llevar alegría a los demás.
Esta bondad es lo que sobrevive a la muerte,
Una bondad fundamental que está en todos y cada uno de nosotros.
Nuestra vida entera es una enseñanza sobre cómo descubrir esta poderosa bondad y un entrenamiento para realizarla.
Así,
Cada vez que las pérdidas y las decepciones de la vida nos dan una lección sobre la impermanencia,
Nos llevan más cerca de la verdad.
Cuando se cae desde una gran altura,
Sólo hay un lugar al que se puede ir a parar,
Al suelo.
El suelo de la verdad.
Y si se tiene la comprensión que proviene de la práctica espiritual,
La caída no es en absoluto un desastre,
Sino el descubrimiento de un refugio interior.
Correctamente entendidos y utilizados,
Los obstáculos y dificultades a menudo pueden resultar una fuente inesperada de energías.
En las biografías de los maestros se observa con frecuencia que de no haberse enfrentado a obstáculos y dificultades,
No habrían descubierto la fuerza que necesitaban para superarlos.
Este fue,
Por ejemplo,
El caso de César,
El gran rey guerrero de Tíbet,
Cuyas hazañas constituyen la mayor epopeya de la literatura tibetana.
César significa indomable,
Una persona a la que nunca se puede abatir.
Desde el momento en que nació,
Su malvado tío Trótung trató de eliminarlo por todos los medios,
Pero a cada nuevo intento César se volvía más y más fuerte.
En realidad,
Fue gracias a los esfuerzos de Trótung que César llegó a ser tan grande.
De ahí surgió un proverbio tibetano,
Trótung tro matung na,
César je misar,
Lo cual quiere decir que si Trótung no hubiera sido tan perverso e intrigante,
César nunca habría podido encumbrarse tanto.
Para los tibetanos,
César no sólo es un guerrero en el plano de las armas,
Sino también en el espiritual.
Un guerrero espiritual es una persona que ha desarrollado una clase especial de coraje,
Alguien de por sí inteligente,
Apacible e intrépido.
Naturalmente,
Los guerreros espirituales todavía pueden tener miedo,
Pero aún así son lo bastante valerosos para saborear el sufrimiento,
Para relacionarse claramente con su miedo fundamental y extraer sin evadirse las lecciones de las dificultades.
Como nos dice Cho Hiam Trungpa Rinpoche,
Llegar a ser un guerrero significa que podemos cambiar nuestra mezquina lucha en pos de la seguridad por una visión mucho más vasta,
Una visión de intrepidez,
Apertura y auténtico heroísmo.
Entrar en el campo transformador de esa visión mucho más amplia es aprender a estar a nuestras anchas en el cambio y hacer de la impermanencia nuestra amiga.
El mensaje de la impermanencia,
La esperanza que hay en la muerte.
Contemple aún más a fondo la impermanencia y descubrirá que tiene otro mensaje,
Otro rostro.
Un mensaje de gran esperanza que le abre los ojos a la naturaleza fundamental del universo y a nuestra extraordinaria relación con él.
Si nada es permanente,
Entonces todo es lo que llamamos vacío,
Es decir,
Desprovisto de toda existencia duradera,
Estable e inherente.
Y todas las cosas,
Cuando se contemplan y se comprenden en su verdadera relación,
No son independientes,
Sino interdependientes con todas las demás cosas.
Buda comparó el universo a una vasta red tejida con una incalculable variedad de gemas fulgurantes,
Cada una de ellas con un número incalculable de facetas.
Cada gema refleja en sí todas las demás gemas de la red y de hecho es una con todas las demás.
Imagínese una ola de mar.
Vista de cierto modo,
Parece poseer una clara identidad,
Un principio y un fin,
Un nacimiento y una muerte.
Vista de otro modo,
La ola en sí no existe realmente,
Pues sólo es el comportamiento del agua,
Vacía,
De cualquier identidad,
Propia,
Pero llena de agua.
Así,
Al reflexionar detenidamente sobre la ola,
Llega usted a percibir que es algo que el viento y el agua hacen temporalmente posible y que depende de una serie de circunstancias en cambio constante.
Y advierte también que cada ola está relacionada con cualquier otra ola.
Cuando se examina con detenimiento,
Nada posee una existencia inherente propia.
Y esta ausencia de existencia independiente es lo que llamamos vacuidad.
Piense en un árbol.
Cuando piensa en un árbol,
Tiende a pensar en un objeto claramente definido y,
En cierto modo,
Como la ola es así.
Pero cuando se contempla el árbol más de cerca,
Se advierte que en último término carece de existencia independiente.
Al examinarlo,
Comprobará que se disuelve en una red muy sutil de relaciones que abarca todo el universo.
La lluvia que cae sobre sus hojas,
El viento que lo agita,
La tierra que lo alimente y lo sostiene,
Las estaciones,
El clima,
La luz de la luna,
De las estrellas y del sol.
Todo forma parte del árbol.
Cuando empieza a pensar más y más a fondo en el árbol,
Descubrirá que todo en el universo contribuye a hacer del árbol lo que es,
Que en ningún momento se lo puede aislar de ninguna otra cosa y que en todo momento su naturaleza es útilmente cambiante.
A esto nos referimos cuando decimos que las cosas están vacías,
A que carecen de existencia independiente.
La ciencia moderna nos habla de una gama extraordinaria de interrelaciones.
Los ecologistas saben que el incendio de un árbol en la selva tropical amazónica altera de algún modo el aire que respira un habitante de París y que el aleteo de una mariposa en Yucatán afecta la vida de un helecho en las ébridas.
Los biólogos están empezando a descubrir la fantástica y compleja danza de los genes que crea la personalidad y la identidad.
Una danza que se remonta al pasado más lejano y demuestra que aquello que denominamos identidad se compone en realidad de un torbellino de influencias diversas.
Los físicos nos han revelado el mundo de las partículas cuánticas,
Un mundo asombrosamente semejante al descrito por Buda,
En su metáfora de la red resplandeciente que se extiende por todo el universo.
Al igual que las joyas de la red,
Todas las partículas existen potencialmente como distintas combinaciones de otras partículas.
Así pues,
Cuando nos contemplamos detenidamente a nosotros mismos y a todas las cosas que nos rodean y que tan sólidas,
Estables y duraderas nos parecen,
Comprobamos que no son más reales que un sueño.
Buda dijo,
Sabed que todas las cosas son como esto,
Un espejismo,
Un castillo de nubes,
Un sueño,
Una aparición,
Sin esencia pero con cualidades que pueden verse.
Sabed que todas las cosas son como esto,
Como la luna en un cielo brillante,
En algún lago transparente reflejada,
Aunque a ese lago la luna nunca se ha desplazado.
Sabed que todas las cosas son como esto,
Como un eco que deriva de música,
Sonidos y llanto y sin embargo en ese eco no hay melodía.
Sabed que todas las cosas son como esto,
Como un mago que crea ilusiones,
De caballos,
Bueyes,
Carros y otras cosas,
Nada es lo que aparenta ser.
La contemplación de este carácter onírico de la realidad no tiene por qué volvernos fríos,
Desesperados ni amargados en modo alguno.
Al contrario,
Puede abrir en nosotros un humor cálido,
Una compasión suave y fuerte que apenas imaginábamos poseer y en consecuencia más y más generosidad hacia todos los seres y cosas.
El gran santo tibetano Milarepa dijo,
Al ver la vacuidad tened compasión.
Cuando por medio de la contemplación vemos realmente la vacuidad y la interdependencia de todas las cosas y de nosotros mismos,
El mundo se nos revela bajo una luz más viva,
Más nueva,
Más brillante,
Como la red de gemas infinitamente reflectantes de que habló Buda.
Ya no necesitamos protegernos ni fingir y resulta cada vez más fácil hacer lo que aconsejaba un maestro tibetano.
Reconoce siempre la característica onírica de la vida y reduce el apego y la aversión.
Practica la benevolencia hacia todos los seres,
Sea amoroso y compasivo,
Te hagan lo que te hagan los demás.
Lo que puedan hacerte no te importará tanto cuando lo veas como un sueño.
El truco está en tener una intención positiva durante el sueño,
Esto es lo esencial,
Esto es la verdadera espiritualidad.
La verdadera espiritualidad es también ser consciente de que si somos interdependientes de todo y de todos los demás,
Incluso nuestro menor y más insignificante pensamiento,
Palabra o acción tiene consecuencias reales en todo el universo.
Arroje un guijarro a un charco y verá cómo hace temblar toda la superficie del agua,
Produciendo una serie de ondas que se van fundiendo unas con otras,
Dando lugar a otras nuevas.
Todo está indisolublemente interrelacionado.
Llegamos a darnos cuenta de que somos responsables de todo lo que hacemos,
Decimos o pensamos.
Responsables en realidad de nosotros mismos,
De todas las personas y de todos los demás y de todo el universo.
El Dalai Lama ha dicho,
En el mundo altamente interdependiente de hoy,
Los individuos y las naciones ya no pueden resolver por sí solos muchos de sus problemas.
Nos necesitamos unos a otros.
Por consiguiente,
Debemos cultivar un sentido de responsabilidad universal.
Es nuestra responsabilidad individual y colectiva proteger y cuidar la familia global,
Apoyar a sus miembros más débiles y conservar y atender el entorno en que vivimos todos.
Lo inmutable.
La impermanencia ya nos ha revelado muchas verdades.
Pero aún guarda un último tesoro.
Un tesoro que en gran medida nos está oculto,
Sin que sospechemos ni reconozcamos su existencia,
Pero que es íntimamente nuestro.
El poeta occidental Rainer María Rilke dijo que nuestros más profundos temores son como dragones que protegen nuestro más profundo tesoro.
El temor que la impermanencia suscita en nosotros de que nada es real y nada permanece es como llegamos a descubrir nuestro mayor amigo,
Puesto que nos induce a preguntar si todo muere y cambia.
¿Qué es realmente cierto?
¿Existe algo más allá de las apariencias,
Algo sin límites e infinitamente amplio,
Algo dentro de lo cual se dé la danza del cambio y la impermanencia?
¿Existe algo en realidad con lo que podamos contar que sobreviva lo que llamamos muerte?
Si dejamos que estos interrogantes nos ocupen con urgencia,
Si reflexionamos sobre ellos,
Poco a poco nos encontraremos con una profunda modificación en nuestro modo de verlo todo.
Sosteniendo la contemplación y la práctica del desprendimiento,
Llegamos a descubrir en nosotros mismos algo que no podemos nombrar,
Describir ni conceptuar.
Algo que como empezamos a percibir se esconde detrás de todos los cambios y todas las muertes del mundo.
Los limitados deseos y distracciones a que nos han condenado nuestro apego obsesivo a la permanencia empiezan a disolverse y terminan por desprenderse.
Mientras sucede todo esto,
Nos llegan repetidos y esplendentes indicios de las vastas implicaciones que conlleva la verdad de la impermanencia.
Es como si durante toda nuestra vida hubiéramos volado por entre nubes negras y turbulencias y de pronto el avión se elevara sobre ellas para salir a un cielo transparente e ilimitado.
Inspirados y regocijados por este surgimiento a una nueva dimensión,
Llegamos a descubrir una profundidad de paz,
Alegría y confianza en nosotros mismos que nos llena de pasmo maravillado y gradualmente engendra en nosotros la certidumbre de que en nuestro interior hay algo,
Que nada destruye ni nada altera y que no puede morir.
Milarepa escribió llevado por el horror a la muerte me fui a las montañas.
Medité y medité sobre la incertidumbre de la hora de la muerte hasta captar la fortaleza de la inmortal e infinita naturaleza de la mente.
Ahora todo miedo a la muerte se ha desvanecido y se ha acabado.
Gradualmente pues percibimos en nuestro interior la tranquila e ilimitada presencia de lo que Milarepa llama la naturaleza inmortal e infinita de la mente.
Y a medida que esta nueva percepción empieza a hacerse más vivida y casi ininterrumpida se produce lo que los Upanishads denominan un darse la vuelta en el asiento de la conciencia,
Una revelación personal y absolutamente no conceptual de lo que somos,
Por qué estamos aquí y cómo habríamos de conducirnos,
Lo que en último término equivale nada menos que a una vida nueva,
Un nacimiento nuevo,
Casi podríamos decir una resurrección.
Qué hermoso y qué curativo misterio es que de contemplar continuamente y sin temor la verdad del cambio y la impermanencia lleguemos poco a poco a encontrarnos cara a cara agradecidos y alegres con la verdad de lo inmutable,
Con la verdad de que la naturaleza de la mente es no tener muerte ni final.
Fin del capítulo 3.
Siguiente capítulo,
Capítulo 4.
La naturaleza de la mente.
Gracias
Conoce a tu maestro
4.9 (140)
Reseñas Recientes
More from Ciencia del Saber
Meditaciones Relacionadas
Profesores Relacionados
Trusted by 36 million people. It's free.

Get the app
