
Cap 2 - Audiolibro - El Libro Tibetano de la Vida y la Muerte
Capítulo 2: La impermanencia. Dedico este libro a Jamyang Khyentse Chókyi Lodró, a Dudjom Rimpoché, a Dilgo Khyentse Rimpoché, a Khyentse Sangyum Khandro Tsering Chódrón y a todos mis queridos maestros, que han sido la inspiración de mi vida. Que este libro sirva de guía para la liberación, que sea útil para los vivos, los moribundos y los muertos. ¡Que sirva de ayuda a todos quienes lo lean y los aliente en su viaje hacia la Iluminación! Narrador: Juan José palanca
Transcripción
Audiolibro.
El libro tibetano de la vida y la muerte.
Sogyal Rinpoche.
Capítulo 2.
La impermanencia.
No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos,
Por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones,
Como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa.
Si hubiese alguna manera de resguardarse de los golpes de la muerte,
No soy yo aquel que no lo haría,
Pero es una locura pensar que se pueda conseguir eso.
Los hombres vienen y van,
Trotan y danzan y de la muerte ni una palabra.
Todo muy bien,
Sin embargo cuando llega la muerte,
A ellos,
A sus esposas,
Sus hijos,
Sus amigos,
Y los sorprende desprevenidos,
Qué tormentas de pasión no los abruman entonces,
Qué llantos,
Qué furor,
Qué desesperación.
Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros,
Adoptemos una actitud del todo opuesta a la común.
Privemos a la muerte de su extrañeza,
Frecuentémosla,
Acostumbrémonos a ella,
No tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte.
No sabemos dónde nos espera la muerte,
Así pues esperemosla en todas partes.
Practicar la muerte es practicar la libertad.
El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclava.
Montaigne.
¿Por qué es tan difícil practicar la muerte y practicar la libertad?
¿Y por qué exactamente nos asusta tanto la muerte que nos negamos en redondo a contemplarla?
Dentro de nosotros,
En lo más hondo,
Sabemos que no podremos evitar eternamente enfrentarnos a la muerte.
Sabemos que,
Como dijo Milarepa,
Aquello llamado cadáver,
A lo que tanto tememos,
Está viviendo con nosotros aquí y ahora.
Cuanto más tardamos en afrontar la muerte,
Cuanto más la borramos a nuestros pensamientos,
Mayores son el miedo y la inseguridad que se acumulan para acosarnos.
Cuanto más intentamos huir de ese miedo,
Más monstruoso se vuelve.
La muerte es,
En efecto,
Un enorme misterio,
Pero de ella se pueden decir dos cosas.
Es absolutamente cierto que moriremos y es incierto cuándo y cómo moriremos.
La única certeza que tenemos,
Pues,
Es esta incertidumbre sobre la hora,
La cual nos sirve de excusa para postergar el afrontar la muerte directamente.
Somos como niños que se tapan los ojos jugando al escondite y se figuran que nadie puede vernos.
¿Por qué vivimos en tal terror a la muerte?
Porque nuestro deseo instintivo es vivir y seguir viviendo,
Y la muerte es el cruel fin de todo lo que consideramos familiar.
Tenemos la sensación de que,
Cuando llegue,
Nos veremos sumergidos en algo del todo desconocido o que nos convertiremos en alguien completamente distinto.
Imaginamos que nos encontraremos perdidos y confusos,
En un ambiente extraño y aterrador.
Nos imaginamos que será algo así como un despertar en medio de una tormenta de ansiedad,
Solos,
En un país extranjero,
Sin conocer el territorio ni el idioma,
Sin dinero,
Sin conocer a nadie,
Sin pasaporte,
Sin amigos.
Quizá la razón más profunda de que temamos a la muerte es que ignoramos quiénes somos.
Creemos en una identidad personal,
Única e independiente,
Pero,
Si nos atrevemos a examinarla,
Comprobamos que esta identidad depende por completo de una interminable colección de cosas que la sostienen.
Nuestro nombre,
Nuestra biografía,
Nuestras parejas y familiares,
El hogar,
Los amigos,
Las tarjetas de crédito.
Es de este frágil y efímero sostén de lo que depende nuestra seguridad.
Así que,
Cuando se nos quite todo eso,
¿tendremos idea de quiénes somos en realidad?
¿Si nuestras propiedades conocidas quedamos cara a cara con nosotros mismos,
Una persona a la que no conocemos,
Un extraño inquietante con quien hemos vivido siempre pero al que,
En el fondo,
Nunca hemos querido tratar?
¿Acaso no es ese el motivo de que tratemos de llenar cada instante de ruido y actividad,
Por aburrida y trivial que sea,
Para evitar quedarnos a solas en silencio con ese desconocido?
¿Y no apunta eso hacia algo fundamentalmente trágico en nuestro estilo de vida?
Vivimos bajo una identidad asumida en un neurótico mundo de cuento de hadas,
Que no tiene más en realidad que la tortuga de Alicia en el País de las Maravillas.
Hipnotizados por el entusiasmo de construir,
Hemos edificado la casa de nuestra vida sobre cimientos de arena.
Este mundo puede parecer maravillosamente convincente,
Hasta que la muerte nos destruye la ilusión y nos saca de nuestro escondite.
¿Qué será entonces de nosotros si no tenemos la menor idea de ninguna realidad más profunda?
Cuando muramos,
Lo dejaremos todo atrás,
Sobre todo este cuerpo al que tanto hemos apreciado,
En el que tan ciegamente hemos confiado y al que con tantos esfuerzos hemos procurado mantener vivo.
Pero la mente no es más fiable que el cuerpo.
Fíjese unos minutos en su mente,
Comprobará que es como una pulga que no cesa de saltar de un lado a otro.
Verá que los pensamientos surgen sin ningún motivo,
Sin ninguna relación.
Arrastrados por el caos de cada instante,
Somos víctimas de la volubilidad de nuestra mente.
Si este es el único estado consciente con el que estamos familiarizados,
Confiar en nuestra mente en el momento de la muerte es una apuesta absurda.
El gran engaño.
El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena.
Cuanto más vive,
Más estúpido se vuelve,
Porque su ansia por evitar la muerte inevitable se hace cada vez más aguda.
¡Qué amargura!
Vive por lo que está siempre fuera de su alcance.
Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente.
Chuanchu.
Tras la muerte de mi maestro,
Disfruté de una estrecha relación con Tujom Rinpoche,
Uno de los mayores maestros de meditación místicos y yoguis de los últimos tiempos.
Un día iba viajando por Francia con su esposa,
Admirando el paisaje mientras conducía.
Pasaron ante un extenso cementerio que estaba recién pintado y adornado con flores.
Su esposa comentó,
Rinpoche,
Mira qué pulcro y qué limpio lo tienen todo en Occidente.
Hasta los lugares donde depositan los cadáveres están inmaculados.
En Oriente ni siquiera las casas donde vive la gente están tan limpias.
Ah,
Sí,
Replicó él.
Es verdad,
Es un país muy civilizado.
Tienen unas casas maravillosas para los cadáveres de los muertos.
Pero,
¿no te has fijado?
También tienen casas muy bonitas para los cadáveres de los vivos.
Cada vez que recuerdo esta anécdota pienso en lo hueca y futil que puede ser la vida.
Cuando se funda en una falsa creencia sobre la continuidad y la permanencia.
Cuando vivimos así,
Nos convertimos,
Como dijo Rinpoche,
En inconscientes cadáveres vivientes.
La mayoría vivimos así.
Vivimos según un plan preestablecido,
Pasamos la juventud educándonos,
Luego buscamos un trabajo,
Conocemos a alguien,
Nos casamos y tenemos hijos,
Compramos una casa,
Procuramos que nuestro negocio tenga éxito,
Intentamos realizar sueños,
Como tener una casa de campo o un segundo automóvil.
Nos vamos de vacaciones con nuestras amistades,
Hacemos proyectos para la jubilación.
Los mayores dilemas que algunos de nosotros hemos de enfrentar son dónde pasar las próximas vacaciones o a quién invitar por Navidad.
Nuestra vida es monótona,
Mezquina y repetitiva,
Desperdiciada en la persecución de lo banal,
Porque al parecer no conocemos nada mejor.
El ritmo de nuestra vida es tan acelerado que lo último en que se nos ocurriría pensar es en la muerte.
Sofocamos nuestro miedo secreto a la impermanencia rodeándonos de más y más que nos vemos convertidos en sus esclavos.
Necesitamos todo nuestro tiempo y toda nuestra energía simplemente para mantenerlas.
Nuestra única finalidad en la vida pronto se convierte en conservarlo todo tan seguro y a salvo como sea posible.
Cuando se produce algún cambio buscamos el remedio más rápido,
Alguna solución ingeniosa y previsional.
Y así,
A la deriva,
Va pasando nuestra vida hasta que una enfermedad grave u otra calamidad nos saca de nuestro estupor.
Por otra parte,
No es que dediquemos mucho tiempo ni mucha reflexión a esta vida.
Tampoco.
Piense en esas personas que trabajan durante años y luego tienen que retirarse solo para descubrir que no saben qué hacer con su vida,
A medida que envejecen y se acerca la muerte.
Aunque muchos hablamos de ser prácticos,
Ser práctico en occidente significa ser miopes,
Muchas veces necia o egoístamente.
Nuestra miope concentración en esta vida y solo en esta vida es el gran engaño,
El origen del sombrío y destructivo materialismo del mundo moderno.
No se habla de la muerte ni de la vida tras la muerte,
Porque se hace creer a la gente que hablar de estas cosas solo sirve para estorbar nuestro progreso en el mundo.
Sin embargo,
Si nuestro deseo más profundo es vivir y seguir viviendo,
¿por qué insistimos ciegamente en que la muerte es el fin?
¿Por qué no intentamos al menos explorar la posibilidad de que exista una vida más allá?
¿Por qué,
Si somos tan pragmáticos como pretendemos,
No empezamos a preguntarnos seriamente dónde está nuestro futuro real?
Después de todo,
Nadie vive más de cien años.
Y después de eso se extiende toda la eternidad sin ser tenida en cuenta.
La pereza activa.
Hay un antiguo relato tibetano que me encanta.
Se titula El padre de famoso como la luna.
Un hombre muy pobre,
Después de mucho trabajar,
Consiguió acumular todo un saco de grano.
Se sentía muy orgulloso de sí mismo y cuando llegó a casa,
Cogió una cuerda y colgó el saco de una viga para que estuviera a salvo de ratas y ladrones.
Dejándolo allí colgado,
Se tendía a dormir justo debajo para mayor seguridad.
Mientras yacía acostado,
Su mente empezó a divagar.
Si vendo el grano en pequeñas cantidades obtendré mayor beneficio.
Así podré comprar más grano y repetir el negocio y muy pronto me haré rico y seré una persona influyente en la comunidad.
Las chicas se aprenderán de mí.
Me casaré con una mujer hermosa y muy pronto tendremos un hijo.
Habrá de ser un niño,
Pero qué nombre vamos a ponerle.
Paseó la mirada por el cuarto y la detuvo en un ventanuco tras el cual se veía ascender la luna.
Qué signo más auspicioso,
Pensó.
Ese sí que es un buen nombre.
Lo llamaré famoso como la luna.
Ahora bien,
Mientras él se entregaba sus fantasías,
Una rata logró trepar hasta el saco de grano y rolló la cuerda que lo sostenía.
En el momento en que brotaban de sus labios las palabras famoso como la luna,
El saco cayó del techo y lo mató al instante.
Famoso como la luna,
Lógicamente no llegó a nacer.
¿Cuántos de nosotros,
A semejanza del protagonista de este relato,
Somos arrastrados por lo que he dado en llamar pereza activa?
Naturalmente existen diversas variedades de pereza.
La pereza de estilo oriental es como la que se ha llevado a la perfección en India.
Consiste en pasarse el día holgazaneando al sol sin hacer nada,
Evitando toda clase de trabajo o actividad útil,
Bebiendo tazas de té,
Escuchando música de películas indias a todo volumen en los aparatos de radio y charlando con los amigos.
La pereza occidental es muy distinta.
Consiste en abarrotar nuestra vida de actividades convulsivas a fin de que no quede tiempo para afrontar los verdaderos problemas.
Si contemplamos nuestra vida veremos claramente cuántas tareas sin importancia,
A las que llamamos responsabilidades,
Se acumulan para llenarla.
Un maestro las compara a hacer la limpieza de la casa en sueños.
Nos decimos que queremos dedicar tiempo a las cosas importantes de la vida,
Pero nunca tenemos tiempo.
El mero hecho de levantarnos por la mañana supone una multitud de tareas.
Abrir la ventana,
Hacer la cama,
Ducharse,
Limpiarse los dientes,
Dar de comer al perro o al gato,
Fregar los platos de la noche anterior,
Descubrir que te has quedado sin azúcar o café,
Salir a comprarlo,
Preparar el desayuno.
Es una lista interminable.
Luego hay que buscar la ropa,
Elegirla,
Plancharla,
Volverla a guardar.
Y el cabello.
Y el maquillaje.
Desvalidos,
Vemos cómo se nos llenan los días de llamadas telefónicas y proyectos triviales,
De responsabilidades y responsabilidades.
¿O no deberíamos llamarlas irresponsabilidades?
Parece que nuestra vida nos vive,
Que posee su propio impulso imprevisible,
Que se nos lleva.
En último término,
Nos parece que no tenemos elección ni control sobre ella.
Naturalmente,
Esto a veces nos hace sentir mal.
Tenemos pesadillas y despertamos sudorosos preguntándonos ¿qué estoy haciendo de mi vida?
Pero nuestros temores solo duran hasta la hora del desayuno.
Aparece el maletín y volvemos a estar donde empezamos.
Pienso en el santo hindú Ramakrishna,
Que le dijo a uno de sus discípulos,
Si dedicaras a la práctica espiritual una décima parte del tiempo que dedicas a distracciones como ir detrás de las mujeres o hacer dinero,
Llegarías a la iluminación en unos pocos años.
Hubo un maestro tibetano llamado Mipham,
Que vivió a principios de siglo una especie de Leonardo da Vinci del Himalaya.
De él se cuenta que inventó un reloj,
Un cañón y un aeroplano.
Pero en cuanto daba por terminado un invento,
Lo destruía,
Diciendo que solo sería causa de nueva distracción.
La palabra cuerpo en tibetano es lu,
Que quiere decir algo que se deja atrás,
Como el equipaje.
Cada vez que decimos lu,
Recordamos que solo somos viajeros refugiados temporalmente en esta vida y este cuerpo.
Así,
En Tíbet,
La gente no se distraía ni se pasaba todo el tiempo procurando hacer más cómodas en sus circunstancias externas.
Se daban por satisfechos y tenían lo suficiente para comer,
La espalda cubierta de ropa y un techo sobre su cabeza.
Lo que hacemos nosotros,
Tratar obsesivamente de mejorar nuestras condiciones,
Puede convertirse en un fin por sí mismo y en una distracción vana.
A quien,
Que estuviera en su sano juicio,
Se le ocurriría redecorar minuciosamente la habitación del hotel cada vez que se alojara en uno.
Me gusta mucho el siguiente consejo de Patrul Rinpoche.
Ten presente el ejemplo de una vaca vieja,
Que se da por satisfecha durmiendo en un cobertizo.
Tienes que comer,
Dormir y cagar.
Eso es inevitable.
Lo demás no es asunto tuyo.
A veces pienso que el mayor logro de la cultura moderna es su brillante manera de vender el sámsara y sus distracciones estériles.
La sociedad moderna me parece una celebración de todas las cosas que alejan de la verdad,
Que hacen difícil vivir para la verdad y que inducen a la gente a dudar incluso de su existencia.
Y pensar que todo esto surge de una civilización que dice adorar la vida,
Pero en realidad la priva de todo sentido real,
Que habla sin cesar de hacer feliz a la gente,
Pero que de hecho obstruye su camino a la fuente de la auténtica alegría.
Este sámsara moderno se alimenta de la misma ansiedad y depresión que induce en todos nosotros y que fomenta cuidadosamente con una maquinaria de consumo que necesita mantenerlos deseosos para continuar funcionando.
El sámsara es muy organizado,
Versátil y refinado.
Nos asalta con su propaganda desde todos los ángulos y crea a nuestro alrededor un entorno de adicción casi inexpugnable.
Cuanto más intentamos escapar,
Parece que más caemos en las trampas que con tanto ingenio nos tiende.
Jigme Lingpa,
Maestro tibetano,
Dijo,
Hipnotizados por la variedad misma de las percepciones,
Los seres vagan perpetuamente arrantes por el círculo vicioso del sámsara.
Así,
Obsesionados por falsas esperanzas,
Sueños y ambiciones que prometen felicidad pero sólo conducen a la desdicha,
Somos como personas que se arrastran por un desierto sin fin,
Muertas de sed.
Y todo lo que este sámsara nos ofrece para beber es un vaso de agua salada que intensifica nuestra sed.
Afrontar la muerte.
Sabiendo y comprendiendo esto,
Deberíamos escuchar a Gyalse Rinpoche cuando nos dice,
Hacer planes para el futuro es como ir a pescar en un barranco seco.
Nada sale jamás como quieres,
Renuncia pues a todos tus proyectos y ambiciones.
Si has de pensar en algo,
Que sea en la incertidumbre de la hora de tu muerte.
Para los tibetanos,
La principal festividad del año es el Año Nuevo,
Que es como la Navidad,
La Pascua y el día de cumpleaños todo en uno.
Patrul Rinpoche fue un gran maestro cuya vida estuvo llena de episodios excéntricos que daban vida a la enseñanza.
En vez de celebrar el Año Nuevo y desear a la gente un próspero Año Nuevo,
Como hacían los demás,
Patrul Rinpoche se echaba a llorar.
Cuando le preguntaban por qué lloraba,
Respondía que había transcurrido un año más y que muchas personas encontraban un año más cerca de la muerte sin estar aún preparadas.
Pensemos en algo que debe de habernos ocurrido a casi todos en uno u otro momento.
Vamos andando por la calle pensando en cosas elevadas,
Especulando sobre asuntos importantes o sencillamente escuchando nuestro walma.
De repente pasa un coche a toda velocidad y casi nos atropella.
Enciende el televisor o échale un vistazo a cualquier periódico.
Verá muerte por todas partes.
¿Se imaginaban que iban a morir las víctimas de esos accidentes aéreos o automovilísticos?
Daban la vida por supuesta,
Como nosotros.
¿Cuántas veces hemos sabido de personas que conocíamos,
Incluso amigos,
Que han muerto inesperadamente?
No es necesario estar enfermos para morir.
Nuestro cuerpo puede estropearse de repente y dejar de funcionar,
Igual que un automóvil.
Un día podemos encontrarnos perfectamente bien y al siguiente caer enfermos y morir.
Milarepa cantaba.
Cuando estás vigoroso y sano,
No piensas en la llegada de la enfermedad,
Pero ésta cae con fuerza repentina como la descarga de un rayo.
Cuando estás absorto en cosas mundanas,
No piensas en la venida de la muerte.
Rápida llega como un relámpago que estalla sobre tu cabeza.
Hemos de darnos una sacudida de vez en cuando y preguntarnos seriamente.
¿Y si muriera esta noche?
¿Entonces qué?
No sabemos si mañana despertaremos,
Ni dónde.
Si después de expirar el aire y no podemos volver a inspirar,
Nos morimos.
Así de sencillo.
Dicen un proverbio tibetano.
Mañana o la próxima vida,
Nunca se sabe qué llegará primero.
Algunos de los renombrados maestros contemplativos de Tíbet vaciaban las tazas y las dejaban boca abajo al lado de la cama al acostarse por la noche.
No estaban seguros de despertar por la mañana y necesitarlas de nuevo.
Incluso apagaban el fuego por la noche sin molestarse en conservar algunas brasas entendidas para el día siguiente.
Momento a momento vivían con la posibilidad de una muerte inminente.
Junto a la ermita de Jigme,
Lingpa,
Había un estanque que le costaba mucho cruzar.
Algunos de sus discípulos se ofrecieron para construirle un puente,
Pero él contestó.
¿De qué serviría?
¿Quién sabe si aún viviré lo suficiente para dormir aquí mañana?
Algunos maestros intentan alertarnos de la fragilidad de la vida por medio de imágenes aún más crudas.
Le aconsejan que se considere como un preso que da el último paso desde su celda,
Como un pez que se debate en la red,
Como un animal que aguarda su turno para ser sacrificado en el matadero.
Otros proponen a sus alumnos que se imaginen vividamente la escena de su propia muerte dentro de una contemplación serena y estructurada.
Las sensaciones,
El dolor,
El pánico,
La desvalidez,
El pesar de las personas amadas,
El darse cuenta de lo que han hecho o dejado de hacer en sus vidas.
El cuerpo tendido sobre su último lecho,
Las voces que susurran las últimas palabras,
La mente que ve pasar su último recuerdo.
¿Cuándo te llegará este momento?
Es importante reflexionar serenamente una y otra vez que la muerte es real y llega sin aviso.
No seamos como el palomo del dicho tibetano que se pasa toda la noche atareado haciéndose la cama y llega el amanecer antes de que haya tenido tiempo de acostarse.
Un importante maestro del siglo XII,
Drakpa Gyaltsen,
Dijo,
Los seres humanos se pasan la vida entera preparando,
Preparando,
Preparando y llegan a la próxima vida sin estar preparados.
Tomarse la vida en serio.
Quizá los únicos que de veras comprenden cuán preciosa es la vida son aquellos que conocen su fragilidad.
En cierta ocasión tomé parte en un congreso en Inglaterra en que los participantes eran entrevistados por la BBC.
Al mismo tiempo podían hablar con una mujer que estaba muñéndose.
La mujer se hallaba acosada por el miedo porque en realidad nunca había pensado que la muerte fuera real.
Ahora lo sabía.
Solo tenía un mensaje que dar a quienes la sobrevivíamos,
Que nos tomáramos la vida y la muerte en serio.
Que nos tomemos la vida en serio no quiere decir que debamos pasarla toda meditando como si viviéramos en las montañas del Himalaya o en el Tíbet de los antiguos tiempos.
En el mundo moderno hemos de trabajar y ganarnos la vida pero no debemos enredarnos en una existencia de 9 a 5 sin prestar ninguna consideración al sentido profundo de la vida.
Nuestra tarea consiste en encontrar un equilibrio,
Encontrar el camino del medio,
Aprender a no volcarnos en preocupaciones y actividades accidentales sino amplificar nuestra vida cada vez más.
La clave para encontrar un equilibrio feliz en la vida moderna es la sencillez.
En el budismo este es el verdadero sentido de la palabra disciplina.
En tibetano disciplina se dice tshul trim,
Tshul significa apropiado o justo y trim,
Norma o camino.
Así pues,
La disciplina consiste en hacer lo que es justo o apropiado,
Es decir,
En una época excesivamente complicada simplificar nuestra vida.
De allí surge la paz mental.
Tendrá usted más tiempo para dedicarse a las cosas del espíritu y al conocimiento que solo la verdad espiritual puede proporcionar y que le ayudará a afrontar la muerte.
Lamentablemente eso es algo que pocos hacemos.
Quizá deberíamos formularnos ahora la pregunta ¿qué he logrado realmente en mi vida?
Con esto me refiero a cuánto hemos comprendido realmente acerca de la vida y la muerte.
He hallado inspiración en los informes que se han publicado sobre los estudios de la experiencia de casi muerte,
Como los libros de mi amigo Kenneth Ring y otros autores.
Un número sorprendente de los que sobreviven a un accidente casi mortal o a una experiencia de casi muerte describe una revisión panorámica de la vida.
Con asombrosa claridad y precisión reviven los acontecimientos de su vida.
A veces reviven incluso los efectos que sus actos han producido sobre otros y experimentan las emociones causadas por sus actos.
Un hombre le dijo a Kenneth Ring me di cuenta de que todos somos enviados a la tierra para descubrir y aprender ciertas cosas,
Por ejemplo a compartir más amor,
A tratarnos con más amor los unos a los otros,
A descubrir que lo más importante son las relaciones humanas y el amor y no las cosas materiales y a darnos cuenta de que hasta la última cosa que uno hace en su vida queda registrada y que aunque uno no piense en ella y la deje de lado siempre acaba surgiendo más tarde.
A veces esta revisión de la vida se produce en compañía de una presencia gloriosa,
Un ser de luz.
Lo que se advierte en los diversos testimonios es que este encuentro con el ser revela que los únicos objetivos serios en la vida son aprender a amar a los demás y adquirir conocimiento.
Una persona le contó a Raymond Moody cuando apareció la luz lo primero que me dijo fue ¿qué has hecho que me demuestre que ya has cumplido con tu vida?
O algo en este sentido.
Durante todo ese tiempo no cesó de subrayar la importancia del amor,
También parecía muy interesado en cosas relativas al conocimiento.
Otra persona le contó me preguntaron pero sin palabras todo fue una comunicación mental directa e instantánea que había hecho para beneficiar o hacer progresar la raza humana.
Lo que hayamos hecho con nuestras vidas es lo que somos cuando morimos y cuenta todo absolutamente todo.
Nubes de otoño en su monasterio de Nepal el más anciano de los discípulos de mi maestro que aún se guían con vida el gran Dilgo Kiyensé Rinpoche llegó al fin de una enseñanza.
Era uno de los maestros más destacados de nuestra época profesor del propio Dalai Lama y de muchos otros maestros que lo consideraban un tesoro inagotable de sabiduría y compasión.
Todos alzamos la mirada hacia ese hombre apacible y resplandeciente erudito poeta y místico que había pasado 22 años de su vida en retiro.
Dilgo Kiyensé Rinpoche hizo una pausa y contempló la lejanía.
Tengo ya 78 años y a lo largo de mi vida he visto muchas cosas.
Muchos jóvenes han muerto,
Muchas personas de mi edad han muerto,
Muchas personas mayores han muerto,
Muchas personas encumbradas han descendido,
Muchas personas de posición humilde se han encumbrado,
Muchos países han cambiado,
Ha habido muchos desórdenes y tragedias,
Muchas guerras y plagas,
Mucha y terrible destrucción en todo el mundo y no obstante todos estos cambios no son más reales que un sueño.
Si se mira a fondo se advierte que no hay nada permanente ni constante,
Nada,
Ni siquiera el menor pelo del cuerpo y esto no es una teoría sino algo que realmente podéis llegar a conocer,
Percibir y ver incluso con vuestros propios ojos.
Muchas veces me pregunto cómo es que todo cambia y sólo encuentro una respuesta.
Así es la vida,
Nada,
Nada en absoluto posee el menor carácter duradero.
Buda dijo esta existencia nuestra es tan pasajera como las nubes de otoño.
Observar el nacimiento y la muerte de los seres es como contemplar los movimientos de un baile.
La vida entera es como un relámpago en el cielo,
Se precipita a su fin como un torrente por una empinada montaña.
Una de las principales razones por las que tanto nos cuesta y tanta angustia nos produce afrontar la muerte es que ignoramos la verdad de la impermanencia.
Tan desesperadamente deseamos que todo siga como está que hemos de creer que las cosas siempre continuarán igual.
Pero eso sólo es una ficción,
Como tan a menudo comprobamos las creencias tienen poco o nada que ver con la realidad.
Esta ficción con sus ideas,
Suposiciones y falsa información es el endeblecimiento sobre el cual construimos nuestra vida.
Por mucho que la verdad se interponga una vez y otra,
Preferimos seguir intentando mantener nuestras pretensiones con una jactancia sin esperanzas.
En nuestra mente los cambios siempre equivalen a pérdida y sufrimiento y cuando se producen procuramos anestesiarnos en la medida de lo posible.
Damos por supuesto,
Tercamente y sin ponerlo en tela de juicio,
Que la permanencia proporciona seguridad y la impermanencia no.
Pero en realidad la impermanencia es como algunas personas que encontramos en la vida.
Difícil e inquietante al principio,
Pero cuando se la conoce mejor,
Mucho más amigable y menos perturbadora de lo que hubiéramos podido imaginar.
Reflexiones sobre esto.
La percepción de la impermanencia es,
Paradójicamente,
La única cosa a que podemos aferrarnos,
Quizá nuestra única posesión duradera.
Es como el cielo o la tierra.
Aunque todo nuestro alrededor cambie o se venga abajo,
Ellos se mantienen.
Supongamos que pasamos por una demoledora crisis emocional.
Toda nuestra vida parece desintegrarse.
Nuestro cónyuge nos abandona de pronto,
Sin aviso previo.
La tierra sigue ahí.
El cielo sigue ahí.
Naturalmente,
Incluso la tierra tiembla de vez en cuando para recordarnos que no podemos dar nada por sentado.
Incluso Buda murió.
Su muerte fue una enseñanza para sacudir a los ingenuos,
Los indolentes y los complacientes.
Para despertarnos a la verdad de que nada es permanente y que la muerte es una realidad inevitable de la vida.
Cuando se acercaba a la muerte,
Buda dijo,
De todas las huellas de pisadas,
La del elefante es suprema.
De todas las meditaciones sobre la presencia mental,
La de la muerte es suprema.
Siempre que perdemos la perspectiva o nos dejamos llevar por la pereza,
Reflexionar sobre la muerte y la impermanencia nos devuelve de una sacudida a la verdad.
Lo que ha nacido morirá,
Lo que se ha recogido se dispersará,
Lo que se ha acumulado se agotará,
Lo que se ha construido se derrumbará y lo que ha estado en alto descenderá.
Según nos dicen actualmente los científicos,
Todo el universo no es sino cambio,
Actividad y proceso.
Una totalidad de flujo que es la base de todas las cosas.
Toda interacción subatómica consiste en la aniquilación de las partículas originales y la creación de nuevas partículas.
El mundo subatómico es una danza continua de creación y aniquilación,
De masa que se convierte en energía y energía que se convierte en masa.
Formas efímeras entran en la existencia y salen de ella como una chispa,
Creando una realidad que no tiene fin y que es constantemente creada de nuevo.
¿Qué es nuestra vida sin una danza de formas efímeras?
¿No está todo cambiando constantemente en las hojas de los árboles del parque,
La luz de su habitación mientras lee esto,
Las estaciones,
El clima,
La hora del día,
La gente con que se cruza por la calle?
¿Y nosotros qué?
¿Acaso no nos parece un sueño todo lo que hemos hecho en el pasado?
Los amigos con los que crecimos,
Los lugares favoritos de nuestra infancia,
Las creencias y opiniones que en otro tiempo tan apasionadamente defendíamos.
Lo hemos dejado todo atrás.
Ahora,
En este instante,
Leer este libro le parece algo vividamente real,
Pero incluso esta página no tardará en ser solo un recuerdo.
Las células de nuestro cuerpo mueren,
Las neuronas de nuestro cerebro se deterioran,
Hasta la expresión de nuestra cara está siempre cambiando según nuestro estado de ánimo.
Lo que llamamos nuestro carácter básico solo es un continuo mental,
Nada más.
Hoy estamos contentos porque las cosas marchan bien,
Mañana sentimos lo contrario.
¿A dónde se fue aquella sensación de contento?
Nuevas influencias nos dominaron cuando cambiaron las circunstancias.
Somos impermanentes,
Las influencias son impermanentes y en ninguna parte hay nada sólido ni duradero que podamos señalar.
¿Qué puede haber más imprevisible que nuestros pensamientos y emociones?
¿Tiene usted idea de lo que va a pensar o sentir la semana que viene?
Nuestra mente,
En realidad,
Es tan vacía,
Tan impermanente y efímera como un sueño.
Observe un pensamiento,
Viene,
Permanece un tiempo y se va.
El pasado ya ha pasado,
El futuro aún no ha surgido e incluso el pensamiento presente,
Mientras lo experimentamos,
Se convierte en pasado.
Lo único que tenemos en realidad es el ahora.
A veces,
Cuando enseño estas cosas,
Se me acerca alguien al terminar y me dice,
Todo eso es evidente,
Siempre lo he sabido.
Explíqueme algo nuevo.
Entonces le pregunto,
¿ha comprendido y captado realmente la verdad de la impermanencia?
¿La ha integrado hasta tal punto en todos sus pensamientos,
Respiraciones y movimientos que su vida ha quedado transformada?
Hágase estas dos preguntas.
¿Recuerdo en todo momento que estoy muriendo y que todas las demás personas y cosas también mueren,
De modo que trato a todos los seres en todo momento con compasión?
¿Mi comprensión de la muerte y de la impermanencia es tan aguda y urgente que dedico hasta el último segundo a la búsqueda de la iluminación?
Si puede responder sí a estas dos preguntas,
Entonces ha comprendido de verdad la impermanencia.
Fin del capítulo 2.
Siguiente capítulo.
Capítulo 3.
Reflexión y cambio.
Gracias.
Conoce a tu maestro
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