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Audio-Libro 15 La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa

by Ciencia del Saber

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La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa (1966) Penetración adicional en la vida de Lobsang dentro de Lamahood y los orígenes del Budismo - la historia de Gautama - y las cuatro verdades nobles. Narrador: Juan José Palanca. Música libre de derechos de autor.

Transcripción

Audiolibro.

L'Obs en rampa.

La túnica Zafrán.

Capítulo XV.

Narrador Juan José Paranca.

Ciencia del saber.

El viejo estaba ciego,

Completamente ciego.

Le miré a los ojos asombrado y eran peculiares.

Durante algún tiempo no había podido saber por qué me parecían tan extraños y luego supe que lo habían cegado.

En el Tíbet,

Los ermitaños quedan encerrados en celdas muy dentro de la ermita.

Las celdas carecen de luz por completo y al cabo de tres o siete años,

Si alguien quiere salir,

Si piensa que su retiro autoimpuesto debe terminar,

Se tarda mucho en soltarlo.

Primero hay que hacer un agujerito en el tejado de modo que entre un diminuto rayito de luz.

A los pocos días se hace un poco mayor el agujero y quizás al cabo de un mes el hombre encerrado puede ver de nuevo porque durante su encarcelamiento voluntario las pupilas se abren del todo y si entrase luz de pronto ese hombre quedaría ciego al instante.

Aquel viejo había permanecido en una celda,

Uno de cuyos lados había sido derribado por una roca desprendida.

En aquel momento el ermitaño estaba sentado en la celda donde llevaba encerrado unos veinte años.

Se produjo un gran choque con derribo y aquel lado de la ermita quedó derruido.

El viejo miró directamente el rostro del ardiente sol.

Quedó ciego inmediatamente.

Escuchó lo que decía el viejo a mi guía.

Así que de acuerdo con la costumbre le pusimos comida el primer día y el segundo y el tercero,

Pero la comida quedó sin tocar y como nuestro hermano no responde.

Creemos que su alma ha volado de la cáscara vacía de su cuerpo.

Mi guía tomó del brazo al viejo y le dijo tranquilízate hermano mío,

Nos ocuparemos de este asunto.

¿Quieres llevarnos a la celda?

Los otros se volvieron y nos condujeron a través de su pequeño patio.

A la izquierda había una serie de celditas,

Cinco según me fijé,

Muy desnudas,

Sin ninguna comodidad,

Pues no eran más que celdas de piedra abiertas en la falda rocosa de la montaña.

Nada de mesas,

De tancas ni de nada,

Solo un suelo de piedra sobre el cual podía sentarse o tenderse a dormir un monje.

Las dejamos atrás y entramos en una amplia habitación oscura colgada precariamente sobre un saliente rocoso de la montaña.

Me parecía en una situación muy poco segura,

Pero por lo visto llevaba ya unos 200 años resistiendo.

En el centro de aquella amplia habitación sombría había otra.

Cuando entramos en ella aumentó la oscuridad.

Llevaron unas lámparas de manteca.

Penetramos por un pequeño corredor que estaba oscurísimo y a los diez pasos llegamos a una pared.

Las lámparas daban una luz muy débil que parecía acentuar la oscuridad.

Mi guía tomó en una mano una de las lámparas y la llevó levantada al nivel de su pecho,

Que entonces vi que había allí lo que parecía una alacena empotrada en la pared.

Mi guía dijo,

Esto es una caja Lobsang que tiene dos puertas,

Esta y una interior.

El ocupante de la celda espera hasta cierto tiempo y entonces abre su puerta.

Tantea un poco hasta encontrar la comida y el agua que le colocan ahí.

Nunca ve luz y nunca habla con nadie ya que se lo impide su voto de silencio.

Ahora tenemos el problema de que ha pasado sin comida varios días y no sabemos si está vivo o muerto.

Miró a la abertura y luego a mí.

Volviendo a observar aquella,

La midió con la mano y con el brazo y luego me midió a mí,

Después de lo cual me dijo,

Me parece que si te quitas la túnica podrías pasar por este hueco y forzar la puerta del otro lado.

Entonces vería si el monje necesita nuestros cuidados.

¡Au,

Maestro!

Exclamé asustadísimo.

¿Qué pasará si entro y no puedo salir?

Mi guía siguió con sus pensamientos y dijo,

Primero te sujetaremos y luego con una piedra puedes desfondar la entrada.

Cuando la abras te empujaremos y llevarás la lámpara que cogerás con las manos extendidas.

Así tendrás bastante luz para ver si ese hombre necesita ayuda.

Mi guía pasó a la otra habitación y cogió tres lámparas quitándoles los pábilos a dos de ellas y poniéndolos juntos los tres en la que había llenado de manteca.

Entre tanto,

Uno de los monjes había salido y volvió trayendo una gran piedra.

Me la entregó y la sustuve en las manos para darme peso y equilibrio.

Maestro,

¿por qué no puede el monje contestar a una pregunta?

Pregunté.

Porque está bajo juramento su voto de silencio le obliga a no hablar en absoluto durante cierto tiempo.

Fue la respuesta.

De mala gana me quité la túnica y me quedé temblando con el frío aire montañoso que llegaba hasta allí.

Chakpori era muy frío,

Pero allí reinaba una temperatura glacial.

Me dejé puestas las sandalias porque el suelo era como un bloque de hielo.

Mientras tanto un monje había cogido la piedra y la lanzó contra la portezuela que saltó de su marco con gran ruido,

Pero los otros,

Aunque se esforzaron,

No pudieron ver nada en el interior.

Así que mi guía me sustuvo horizontalmente y yo extendí las manos como si fuera a bucear.

Uno de los monjes encendió los tres pávilos que ahora estaban en la lámpara de manteca y la puso cuidadosamente en mis manos.

Entonces me empujaron hacia delante.

Encontré el marco del maldito armario o pasadizo muy vasto y con muchas exclamaciones y gruñidos me empujaron hasta el otro lado.

Por fin mis brazos y mi cabeza asomaron por la otra parte después de haberme retorcido y zarandeado.

Inmediatamente me invadió una sensación de mal olor mareante.

Era una peste horrible a carne podrida.

Un olor a lo que se pudre.

Se olía a algo muy parecido cuando se encontraba un yak o un caballo que llevaba mucho tiempo muerto.

Era una peste que me hacía pensar en que todos los recursos sanitarios del mundo se hubieran estropeado al mismo tiempo.

La peste me estaba enfermando,

Pero logré contenerme lo bastante para tener derecha la luz y en sus reflejos sobre las paredes de piedra pude ver al viejo monje.

Me miraba con ojos brillantes.

Di un brinco de susto y me arañé y se me arrancó un pedazo de piel de la espalda.

Le miré yo también y vi que si la luz le hacía brillar los ojos no los movía en absoluto.

Agité los pies como señal de que quería salir con toda rapidez.

Tiraron de mí hacia atrás.

Me sentí muy mareado y devolví.

No podemos dejarlo ahí,

Dijo mi guía.

Tendremos que echar la pared abajo para sacarlo.

Me repuse de las náuseas y volví a vestirme la túnica.

Los otros cogieron unas herramientas,

Un pesado martillo y dos barras de hierro con los extremos aplastados.

Después aplicaron las barras a unos nichos situados en un extremo del muro y martillaron.

Poco a poco fueron cayendo pedazos de la pared.

La peste era terrible.

Por fin la abertura era lo bastante grande para que entrase un hombre y uno de los monjes penetró llevando dos lámparas de manteca.

Pronto regresó con la cara palidísima y repitió el espectáculo que había dado yo,

Lo que me alegró observar.

Tendremos que atarlo con una cuerda y sacarlo tirando de ella,

Dijo aquel monje,

Pues se está deshaciendo.

Se halla en un estado muy avanzado de descomposición.

Silenciosamente salió un monje de la habitación y al poco tiempo volvió llevando una cuerda muy larga.

Al entrar por el boquete abierto en la pared,

Donde había estado en un principio la puerta que habían tapiado,

Le oímos moverse y luego regresó.

Ya está listo,

Podéis tirar,

Dijo.

Dos monjes tomaron delicadamente la cuerda en sus manos y tiraron de ella.

Pronto apareció la cabeza del viejo y luego vimos sus brazos.

Se hallaba en un terrible estado.

Los monjes tiraron de él con todo cuidado y luego levantaron el cuerpo cariñosamente y lo llevaron afuera.

Del extremo de esa habitación salía un pequeño camino que subía por la montaña.

Los dos monjes,

Con su carga,

Ascendieron por el sendero y desaparecieron de nuestra vista.

Ya sabía yo que llevarían el cadáver a una superficie llana donde los buitres no tardarían en devorarlo,

Porque no había posibilidad de enterrar cadáveres en la dura roca montañosa y era preciso utilizar el entierro aéreo.

Mientras los otros hacían eso,

El monje que había ido con nosotros hizo un agujerito en el extremo de la pared y por allí entró un poco de luz.

Luego cogió unos cubos y echó su contenido de agua sobre el suelo de la celda,

Limpiándola de la suciedad que había dejado su último ocupante.

Pronto,

Muy pronto,

Habría algún otro que ocupara esa celda y viviera allí diez,

Veinte o cuantos años.

Más tarde,

En aquel mismo día,

Estábamos todos sentados y el viejo ciego dijo,

«Siento que aquí tenemos uno que está destinado a viajar mucho y a ver muchas cosas.

He recibido información sobre él cuando le toqué la cabeza con mis manos.

Muchacho,

Siéntate delante de mí».

De mala gana me adelanté y me senté frente al ciego.

Levantó las manos,

Que estaban tan frías como hielo,

Y las colocó sobre mi afeitado cráneo.

Sus dedos trazaron delicadamente el perfil de mi cabeza y se pararon en varios bultos que yo tenía.

Luego dijo,

«Vas a tener una vida muy difícil».

Lancé un gemido para mí mismo.

Todos me decían que mi vida sería muy dura y ya me hartaba ese asunto.

«Después de haber pasado por muchas dificultades,

Procesos y tribulaciones que pocos padecerán,

Lograrás buen éxito justo antes del final.

Por fin harás aquello para lo que has venido a este mundo».

Todo eso lo había oído yo antes.

Había estado con adivinos,

Astrólogos y clarividentes,

Y todos me habían dicho cosas muy parecidas.

Después de haberme dicho aquello,

Movió las manos de modo que me levanté y me alejé de él lo más que pude,

Lo cual le hizo cacarear muy divertido.

Mi guía y los demás se hallaban empeñados en una larga discusión de asuntos muy serios.

Aquello no lo entendía yo bien,

Pues hablaban de profecías,

De cosas que iban a suceder en el Tíbet,

Hablaban de la mejor manera de conservar el sagrado conocimiento y de cómo estaban tomando ya medidas para llevar varios libros y diversos objetos a lo más alto de las montañas,

Donde pudieran esconderlos en cuevas.

Decían también que las cosas falsificadas se quedarían en los templos para que las antiquísimas y genuinas no cayeran en manos del invasor de los años posteriores.

Salí del recinto y me senté sobre una roca mirando hacia donde,

Allá abajo,

La ciudad de Lhasa estaba oculta por la oscuridad de la noche,

Que llegaba rápida.

Solamente los más altos picos de Chakpori y del Potala se hallaban aún envueltos en la luz del crepúsculo.

Parecían ser como dos islas flotando en un mar de la púrpura más intensa.

Estando yo allí sentado,

Las islas parecieron sumergirse gradualmente en la invasora oscuridad.

Luego,

Mientras seguía yo sentado,

Un brillante rayo de luz lunar quedaba sobre el borde de la montaña.

Tocó el tejado del Potala,

Que se iluminó con resplandores dorados.

Me volví y entré en el recinto donde me quité mi túnica.

Me envolví en mi manta y me dormí.

4.8 (20)

Reseñas Recientes

Adry

July 27, 2022

Me gusta mucho como lees. Gracias

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