
Metáfora El Príncipe De Los Árboles
Cuando tenemos baja nuestra autoestima, es decir nos auto evaluamos y juzgamos inadecuadamente, tendemos a compararnos con los demás. Nos sentimos peores o mejores que las personas cercanas (dualidades) lo cual nos provoca intranquilidad y falta de seguridad interior. Las metáforas sanan, escúchala todos los días por 21 días y verás tus cambios de a poco.
Transcripción
El Príncipe de los Árboles.
Hace muchos años había un afamado y reconocido doctor que decidió construir un jardín en el fondo de su casa.
Seleccionó semillas de varias especies y se las entregó a uno de sus alumnos.
Le pidió que se ocupe de plantarlas y que le preste especial atención y cuidado a una de ellas.
Dos años más tarde,
Todas las semillas se habían convertido en árboles de diversos tamaños,
Perfumes y colores.
Pero aquella semilla,
Tan recomendada,
Apenas se había elevado dos centímetros del suelo.
Esto preocupó mucho al alumno,
Pues pensó que había hecho algo mal.
Se acercó al diminuto tronquito y le suplicó que lo ayudara,
Que pusiera más empeño y creciera más rápido,
O él perdería la gran oportunidad de su vida.
El tronquito pequeño sintió pena por el alumno.
No quería que ocurriera semejante desgracia por su culpa y decidió poner mucho más esfuerzo en cumplir con aquel pedido.
Pero lo único que lograba era que sólo sus raíces se extendieran hacia la profundidad de la tierra.
Pasaron tres años más y aquel tronquito sólo tenía cinco centímetros de altura.
Se sentía desilusionado y completamente disminuido ante los demás árboles que lo miraban desde las alturas y burlándose le decían —¡Hace mucho frío allá abajo!
¿Qué se siente ver sólo el reflejo del sol reprendeciente?
¿Quieres binoculares para que puedas ver los amaneceres de cada día?
¿Para qué te esfuerzas tanto si eres enano?
Y a cada comentario todos sus vecinos rompían en sonoras carcajadas.
El pequeño tronquito se sentía peor cada año por lo que decidió crear una estrategia para conseguir un poquito de amor y aceptación de sus vecinos.
Comenzó a contarles fantásticas historias,
Cuentos divertidos y hasta absorbía menos nutrientes para que los otros tuvieran más que suficiente pero jamás se lo valoraron y las burlas eran más humillantes y crueles cada día.
El tronquito estaba devastado.
—No puedo más —decía—.
Estoy agotado.
Voy a dejar de hacer tanto esfuerzo para crecer.
Y decidió detener su crecimiento justo en el momento en que su única amiga la libélula pasó a visitarlo.
Al escuchar su decisión le dijo —Lo que te agota es tratar de complacer a los demás.
Enfócate en lo que quieres y con calma,
Paciencia y perseverancia lo conseguirás.
Si comienzas a valorarte,
A respetarte y a amarte a ti mismo,
En poco tiempo más vivirás un milagro y serás indestructible.
Al tronquito le pareció tan absurdo el comentario de su amiga la libélula que le replicó —Los milagros solo existen en mis historias.
—Como quieras —respondió la libélula—.
Solo recuerda que eres un príncipe.
Siempre recuérdalo.
La libélula se marchó habiendo logrado su cometido,
Que fue despertar la duda y la curiosidad de su amigo quien pensó —Quizás ella sepa algo que yo no.
Si dejo de preocuparme por los demás,
Trabajo conmigo mismo,
Me acepto y me amo,
Tendré más energía para desarrollarme.
Y se dijo —Comprobar quizás no pierdo nada.
Y por primera vez,
Desde su interior,
Una voz le susurró —No tienes nada que perder y mucho para ganar.
Solo hazlo.
Durante los años siguientes,
El pequeño tronquito había recuperado fortaleza y confianza en sí mismo.
Recordaba sin cesar aquella voz de su amiga la libélula que le decía —Recuerda que eres un príncipe.
Imaginaba siempre en quién se quería convertir y sentía la satisfacción de haber logrado su éxito.
Sus vecinos creyeron que habían enloquecido,
Pues solo le escuchaban decir —Dios,
Yo soy un príncipe de tu creación.
Gracias.
Una mañana,
Cuando los árboles despertaron,
No podían creer lo que estaban viendo.
Aquel tronquito,
Al que tanto habían despreciado y humillado,
No cesaba de elevarse y elevarse,
Abriéndose paso entre ellos.
Su tronco era cada vez más alto y fuerte,
A la vez que flexible,
Y en la cima parecía llevar una corona de ramas emplumadas.
Cuando superó la altura de sus vecinos,
Uno de ellos les dijo —Parece que Dios te escuchó y recompensó tu fe.
A lo que el árbol se limitó a decir —Tener fe en Dios es tan tonto como no tenerla.
Dios es certeza.
No solo se había convertido en un príncipe,
Sino que su conciencia y su sabiduría habían despertado.
Pues cuando los otros árboles le preguntaron si ahora él se burlaría de ellos,
Respondió —Todos somos príncipes y formamos parte de la misma familia.
¿Por qué habría de maltratar a mis hermanos que cometieron un error?
No podía pretender recibir otra cosa.
Cuando yo fui el primero en hacerlo,
Humillándome a mí mismo.
Gracias a ustedes comprendí cuánto daño me estaba haciendo y corregí mi error,
Recordando mi esencia,
Valorando y honrando mi vida.
Unas horas más tarde,
El alumno llegó a casa del doctor convencido de que iba a ser despedido por fallar en su trabajo.
Sin embargo,
El doctor lo tomó del brazo en silencio y lo llevó al jardín.
El alumno quedó perplejo ante semejante panorama.
Miró al doctor y le dijo —¿Pero qué pasó?
¿Cómo pudo ocurrir esto?
—Es un milagro —dijo el alumno asombrado ante lo que veía.
El doctor sonrió levemente y respondió —Era una semilla de bambú.
Sus raíces son muy profundas,
Como las que tú tienes ahora.
Cree en ti y conquista el mundo.
Ah,
Y por cierto,
Los milagros están dentro de cada uno.
Cree en ti y crea tu mundo.
Conoce a tu maestro
4.8 (234)
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