
Las Ventanas De La Mente
¿Qué pasa cuando dejamos que el ruido del mundo invada nuestro espacio interior? En esta lectura exploramos una profunda metáfora sobre nuestros sentidos como ventanas al mundo. Un recordatorio sobre la importancia de la atención plena (mindfulness), el cuidado de la salud mental y la capacidad de mantener el centro y la calidez interior frente al caos exterior.
Transcripción
Bienvenidos y bienvenidas a esta sesión.
Les quiero compartir un texto que pertenece al maestro Thich Nhat Hanh.
El título es cultivar la atención en cada instante.
Una fría tarde de invierno cuando volvía a casa.
Después de una caminata por las montañas,
Me encontré con que todas las puertas y ventanas estaban abiertas de par en par.
No las había cerrado bien al salir y el viento había desparramado los papeles que tenía en el escritorio.
Cerra inmediatamente las puertas y ventanas.
Encendí una lámpara.
Recogí los papeles.
Y los volví a dejar bien ordenados en el escritorio.
A continuación prendí la chimenea y al poco rato los leños crepitantes volvieron a entibiar el ambiente.
A veces cuando estamos rodeados de gente.
Nos sentimos cansados.
Con frío.
Solo.
Tal vez sintamos el impulso de aislarnos en un ambiente tibio.
Como cuando cerré las ventanas y me senté al lado de la chimenea.
Protegido del viento frío y húmedo.
Nuestros sentidos.
Son las ventanas que nos conectan con el mundo.
Pero a veces el viento las abre y desordena todo lo que tenemos dentro.
Hay gente que deja constantemente abiertas las ventanas por las que entran imágenes.
Y ruidos.
Que nos invade.
Los inundos.
Y dejan al descubierto nuestro yo triste y aproblemado.
No sentimos tanto frío.
Solos y temerosos.
¿Te has sorprendido alguna vez mirando un espantoso programa sin poder apagar la televisión?
Los ruidos estridentes.
Y los tiroteos te aturden.
Pero eres incapaz de levantarte y apagar el televisor.
¿Por qué nos torturamos de esa manera?
¿No te dan ganas de cerrar las ventanas?
¿Tienes miedo del aislamiento,
Del vacío y la soledad que podrías sentir?
Cuando te enfrentas a ti mismo.
Cuando estamos mirando un mal programa de televisión,
Nos convertimos en ese programa.
Somos lo que sentimos y percibimos.
Si estamos enojados.
Somos rápidos.
Si estamos enamorados,
Somos amor.
Si contemplamos una cumbre montañosa cubierta de nieve.
Somos la montaña.
Podemos convertirnos en cualquier cosa.
En lo que queramos.
¿Para qué abrir las ventanas a un mal programa de televisión?
Hecho por productores sensacionalistas a las que solo les interesa ganar dinero sin mucho esfuerzo.
Programas que nos sobresalgan.
Nos hacen empuñar las manos y nos dejan agotados.
¿Quién permite que se produzcan programas de ese tipo y que los vean hasta los niños pequeños?
Nosotros.
Somos tan poco exigentes,
Estamos tan dispuestos a ver cualquier cosa que aparezca en la pantalla.
Nos sentimos tan solos.
Somos tan flojos o estamos tan aburridos que no somos capaces de determinar por qué.
Lo hacemos.
Encendemos el televisor y lo dejamos prendido para que otros nos vienan.
Nos formen.
Y nos destruye.
Dejarnos llevar de esa manera es dejar nuestro destino en manos de otros que bien podrían ser unos irresponsables.
Tenemos que aprender a reconocer los programas que son dañinos.
Que son dañinos para nuestro sistema nervioso,
Nuestra mente y nuestro corazón.
Y aquellos que pueden hacernos bien.
Por supuesto,
No me estoy refiriendo solamente a la televisión.
Cuántas trampas nos ponemos y nos ponen los que nos rodean.
¿Cuántas veces al día dejamos que esas trampas nos arrastren y nos distraigan?
Tenemos que tener mucho cuidado para proteger nuestro destino y nuestra paz.
No quiero decir con esto que tendríamos que cerrar todas las ventanas.
En el mundo exterior se producen muchos milagros.
Podemos abrirles las ventanas a esos milagros.
Que podemos contemplar atentamente.
Podemos estar sentados al lado de un río de aguas transparentes.
Escuchando una hermosa música o viendo una excelente película.
Pero no por eso tenemos que dejarnos arrastrar por el río.
Por la música.
O por la película.
Podemos seguir estando atentos a nosotros mismos y a nuestra respiración.
Cuando brilla en nosotros la luz del vivir atentamente,
Podemos evitar muchos peligros.
Con ella la corriente puede ser más transparente y la música más armoniosa.
Y podemos captar claramente el alma del cineasta.
Cuando recién empezamos a meditar podemos sentir la tentación de irnos de la ciudad o de instalarnos en el campo,
Donde es más fácil cerrar las ventanas que nos distraen.
Allí uno puede fundirse con la calma del bosque.
Redescubrirse a sí mismo y reconectarse.
Sin que lo arrastre el caos del mundo exterior.
El bosque con su frescura y su silencio nos ayuda a estar atentos.
Luego,
Cuando la capacidad de estar presente se esté bien arraigada,
Y seamos capaces de mantenerla sin distraernos.
Tal vez queramos volver a vivir en la ciudad.
Sean menos inquietos.
Pero a veces no podemos alejarnos de la ciudad.
Y tenemos que encontrar esa frescura.
Y esa paz sanadora en medio de una vida llena de distracciones.
En lugar de irnos al campo,
Podemos visitar a un amigo que nos serene.
O caminar por un parque disfrutando de los árboles y la brisa.
En la ciudad,
En el campo o lejos de todo,
Tenemos que saber.
Sustentarnos y para eso tenemos que elegir con mucho cuidado nuestro entorno.
Y cultivar la capacidad.
De alimentar nuestra atención al momento en cada instante.
Este fragmento que acabamos de leer de un libro de Thich Nhat Hanh.
En este texto hay una imagen que me parece extraordinariamente poderosa.
El autor no está hablando solamente de una casa.
Está hablando de nuestra mente.
Nuestra mente es una casa con muchas ventanas.
Y esas ventanas son nuestros sentidos.
Todo el día estamos dejando entrar imágenes,
Conversaciones,
Noticias.
Música,
Redes sociales,
Opiniones.
Preocupaciones.
La mayoría de las veces ni siquiera elegimos.
Simplemente dejamos las ventanas y las puertas abiertas.
Y eso tiene un corte.
Porque todo lo que entra deja una huella.
No somos observadores completamente separados de nuestra experiencia.
La experiencia nos transforma.
Aquello a lo que prestamos atención va moldeando poco a poco nuestra forma de sentir.
De pensar y de relacionarnos con el mundo.
Por eso el autor dice algo.
.
.
Profundo.
Como siempre es dicho en la traducción.
Nos convertimos en aquello con lo que permanecemos en contacto.
No significa que una noticia triste nos convierta para siempre en tristeza,
Sino que aquello que alimentamos repetidamente termina influyendo en nuestro estado interno.
Y aquí aparece una pregunta que vale la pena saber.
A ver,
A veces,
Y digo a veces,
Somos cuidadosos con lo que comemos,
Con la comida que ponemos en nuestro cuerpo.
Podemos leer etiquetas,
Elegir los ingredientes.
Nos preocupamos por lo que nos hace bien.
¿Pero hacemos lo mismo con aquello que alimenta nuestra mente?
¿Cuántas veces abrimos una red social sin preguntarnos si realmente queremos entrar ahí?
¿Cuántas veces seguimos leyendo una conversación que nos altera?
Aún sabiendo que podríamos detenernos.
¿Cuántas veces encendemos el piloto automático y dejamos que otros decidan dónde va nuestra atención?
Mindfulness no nos invita a aislarnos del mundo,
Nos invita a relacionarnos con él de manera consciente.
A abrir las ventanas cuando entre aire frío.
Y también a reconocer cuando es momento de cerrarla para cuidarla.
Por eso la verdadera libertad.
No consiste en poder acceder a todo.
Consiste en poder elegir.
Conoce a tu maestro
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