
Cuentos para el alma | El paquete de galletas
by Abby Road
¿Cuántas veces nos dejamos llevar por el juicio? ¿Cuántas historias que nosotros mismos creamos nos acabamos creyendo? Dice un viejo proverbio: «Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente; pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera». Acompáñame en esta poderosa reflexión.
Transcripción
Había una vez una señora que debía viajar en tren.
Cuando la señora llegó a la estación,
Le informaron que su tren se retrasaría aproximadamente una hora.
Un poco fastidiada,
Se compró una revista,
Un paquete de galletas y una botella de agua.
Buscó un banco en el andén central y se sentó preparada para la espera.
Mientras ojeaba la revista,
Un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.
De pronto,
Sin decir una sola palabra,
Estiró la mano y tomó el paquete de galletas,
Lo abrió y comenzó a comer.
La señora se molestó un poco.
No quería ser grosera,
Pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado.
Así que,
Con un gesto exagerado,
Tomó el paquete,
Sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven.
Como respuesta,
El joven tomó otra galleta y mirando a la señora a los ojos y sonriendo,
Se la llevó a la boca.
Ya enojada,
Ella cogió otra galleta.
Y con varias señales de fastidio,
Se la comió mirándolo fijamente.
El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta.
La señora estaba cada vez más irritada y el muchacho cada vez más sonriente.
Finalmente,
Ella se dio cuenta de que solo quedaba una galleta y pensó,
No podrás ser tan descarado,
Mientras miraba alternativamente al joven y al paquete.
Con mucha calma,
El joven alargó la mano,
Tomó la galleta y la partió en dos.
Con un gesto amable,
Le ofreció la mitad a su compañera de banco.
—Gracias —dijo ella tomando con algo de rudeza el trozo de galleta.
—De nada —contestó el joven sonriendo,
Mientras comía su mitad.
Entonces el tren anunció su partida.
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón.
Desde la ventanilla vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó,
Qué insolente y maleducado.
¿Qué será de nuestro mundo?
De pronto sintió la boca reseca por el disgusto,
Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó asombrada cuando encontró ahí su paquete de galletas intacto.
¿Cuántas veces no nos adelantamos y empezamos siempre a formular nuestra propia historia,
Nuestros propios juicios de las personas,
De las situaciones,
Haciendo nuestras suposiciones,
Sin darnos ese permiso de saber las cosas tal y como son,
Sin darnos el permiso de poder conocer las historias verdaderas?
¿Cuántas veces nos ha ganado el juicio?
¿Y cuántas de las propias historias que nosotros mismos hemos creado,
Nos hemos creído,
Aún sin ser ciertas?
¿Cuántas veces nuestros prejuicios y decisiones apresuradas nos hacen juzgar malamente a las demás personas y cometer equivocaciones,
Cometer errores?
¿Cuántas veces la desconfianza que ya tenemos hace que todo parezca estar en nuestra contra,
Hace que parezca que todo nos quiere atacar?
¿Así que qué pasaría si vives tu vida sin hacer juicios,
Sin predisponerte a las cosas,
A las situaciones,
Sin sacar tus propias conclusiones antes de poder escuchar la verdad?
Creo que la vida sería muy,
Muy,
Muy distinto.
Hay un viejo proverbio que dice,
Peleando,
Juzgando antes de tiempo y alterándose,
No se consigue jamás lo suficiente.
Pero siendo justo,
Cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad,
Se consigue más de lo que se espera.
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4.8 (230)
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