
AudioLibro 5 - La Túnica Azafrán de Lobsang Rampa
La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa (1966) Penetración adicional en la vida de Lobsang dentro de Lamahood y los orígenes del Budismo - la historia de Gautama - y las cuatro verdades nobles. Narrador: Juan José Palanca. Música libre de derechos de autor.
Transcripción
Audiolibro.
La túnica de azafrán.
Lobsang Rampa.
Capítulo 5.
Narrador Juan José Palanca.
Ciencia del saber.
Juntos corrimos por el pasillo hacia la enfermería.
¿Juntos?
No,
En absoluto.
El joven lama era el que corría y yo le seguía cojeando.
Le seguía porque me agarraba por mi túnica y me remolcaba.
Murmuraba y gruñía cuanto le permitía su falta de respiración.
Yo había salido volando al tejado y ahora todos me empujaban para que me diera prisa.
Desde luego ya casi creía que estaba a punto de estallar.
¡Ay!
Me preguntaba lo que pensaba o sabía el recóndito.
Dimos la vuelta al corredor y llegamos.
El enfermero tomaba zampa.
Al vernos se detuvo y nos miró.
Tenía la boca abierta al verme y su mano vacilaba entre la escudilla y la boca.
¿Otra vez tú?
¿Tú?
¿Qué has hecho esta vez?
El joven lama,
Tartamudeando de excitación,
Inquietud y falta de respiración,
Lanzó una confusa cascada de palabras,
Casi tropezando con su propia lengua,
De tan rápido como quería hablar.
El recóndito quiere ver a Lobsang ahora.
¿Qué podemos hacer?
El enfermero suspiró al dejar la escudilla y se limpió los dedos en su túnica.
No sólo lo verá sino que lo olerá.
Si lo llevo así,
Dijo el joven lama muy agitado,
¡ay,
Ay!
¿Qué podemos hacer para quitarle esta peste?
El enfermero chasqueó la lengua y enseguida se puso muy serio al pensar en el recóndito.
Ah,
Dijo,
Sólo lo hice por broma.
Estaba ensayando un nuevo ungüento y tuve la ocasión de probarlo en él.
Casi es un ungüento que puede untarse en postes y paredes para alejar a los perros con su olor.
Pero también es un ungüento para golpes.
Ahora déjame pensar.
El joven lama y yo nos miramos desconcertados.
Era lógico que aquel ungüento me hiciera repelente si era para asquear a los perros.
Pero ¿qué hacer ahora?
De modo que el viejo me había gastado una broma,
Pero pensé que esa broma se volvía contra él.
¿Cómo iba a librarme del olor antes de que se enterase el Dalai Lama del asunto?
Se puso en pie de un salto y chasqueó los dedos de satisfacción.
Quítate la túnica,
Me mandó.
Me la quité mientras el enfermero iba a la habitación contigua.
Pronto salió de allí con un cubo de cuero lleno de un líquido que olía muy bien.
Me echó por encima el contenido del cubo.
Aquel líquido me hacía saltar pues era extringente y yo creía que la piel se me iba a despellejar.
Con un trapo me frotó el cuerpo dejándolo muy colorado pero oliendo muy bien.
—¡Ya está!
—exclamó con gran satisfacción.
—Me has dado mucho que hacer y quizás un tratamiento doloroso como este te quite las ganas de venir,
Excepto cuando no tengas más remedio.
Pasó a la otra habitación y volvió con una túnica limpia.
—Póntela —me mandó—,
No podemos mandarte ante el recóndito con aspecto de espantapájaros.
Me vestí temblando y sintiendo grandes picores.
La vasta tela de la túnica empeoró las cosas,
Pero al joven lama y al enfermero no parecía importarles.
—¡Rápido,
Rápido!
—dijo aquel—.
No debemos perder tiempo.
Me agarró por un brazo y me sacó de la habitación.
Salí a desgana dejando perfumado el suelo.
—¡Espera!
—exclamó el enfermero—.
¡Hay que ponerle sandalias!
Muy agitado,
Desapareció y volvió a salir llevando un par de sandalias.
Metí los pies en ellas y me encontré con que eran lo bastante grandes para una persona de dos veces mi tamaño.
—¡Au!
—exclamé con gran pánico—.
¡Son demasiado grandes!
¡Tropezaré o las perderé!
¡Quiero las mías!
El enfermero me soltó.
—Por poca cosa te alteras.
¡Espera!
Tengo que prepararte adecuadamente para que no te caigas en presencia del recóndito y no pague yo las consecuencias.
Por fin sacó un par de sandalias que me venían mejor.
—¡Anda!
—exclamó—.
Y no vengas por aquí si no te estás muriendo.
Se volvió muy enfadado y prosiguió su interrumpida comida.
El joven lama jadeaba de preocupación e impaciencia.
—¿Cómo explicaré la tardanza?
—preguntó como si yo fuese a responderle.
Fuimos lo más a prisa posible por el corredor y pronto nos alcanzó otro lama.
—¿Dónde habéis estado?
—preguntó algo desesperado.
El recóndito está esperando y no le gusta que le hagan esperar.
No era aquella la ocasión de dar explicaciones.
Nos apresuramos por el corredor,
Subimos al piso de arriba,
Luego al de encima y por fin al otro.
Llegamos a una gran puerta guardada por dos inmensos vigilantes.
Al reconocer a los dos jóvenes lamas,
Se apartaron y entramos en las habitaciones particulares del Dalai Lama.
De pronto,
El primer joven lama se paró y me empujó contra una pared.
—¡Estáte quieto!
—dijo—.
Tengo que ver si estás bien arreglado.
Me miró arriba y abajo tirando de una arruga aquí y alisando un pliega allá.
—¡Date la vuelta!
—me mandó mientras me miraba cuidadosamente,
Confiando en que yo no estuviera más desarreglado que un pequeño acolito corriente.
Volví la cara hacia la pared.
De nuevo tiró de mi túnica y la alisó.
—Eres el chico de las piernas heridas y el recóndito lo sabe.
—Señor,
Él te dice que te sientes.
Hazlo con la mayor soltura que puedas.
—Bueno,
Ahora date la vuelta.
La di y noté que el otro joven lama se había marchado.
Nos quedamos allí de pie esperando hasta creer yo que mis rodillas no resistirían más.
—¡Tanta prisa!
Y luego esperar tanto,
Pensé.
¿Por qué tengo que ser monje?
La puerta interior se abrió y apareció un lama anciano.
El joven lama se inclinó y se retiró.
El alto funcionario,
Pues eso era el lama anciano,
Se me quedó mirando de arriba abajo y preguntó.
—¿Puedes andar sin ayuda?
—le repliqué.
—¡Santo maestro!
¿Ando con dificultad?
—Entonces ven —dijo,
Volviéndose y conduciéndome lentamente a otra habitación,
Cruzándola y entrando por un pasillo.
Llegado a una puerta,
Llamó en ella y entró haciéndome una señal para que me quedase afuera.
—¡Vuestra santidad!
—oí que decía su voz respetuosa.
—¡Este es el muchacho Lobsang!
No anda bien.
El enfermero dice que está malherido y que sus piernas no están todavía curadas.
No pude escuchar la respuesta,
Pero el viejo lama salió de aquella habitación.
Entró en la que yo estaba y me murmuró.
—Pasa e inclínate tres veces.
Y luego anda cuando te lo digan.
Anda lentamente y no te caigas.
Entra ahora.
Me tomó delicadamente por un brazo y me hizo pasar diciendo —¡Vuestra santidad,
El chico Lobsang!
Antes de salir y cerrar la puerta detrás de mí,
Cegado de emoción y de miedo me incliné tres veces,
Vacilante,
En la que yo creía era la dirección acertada.
—¡Ven,
Muchacho!
Ven y siéntate aquí —dijo una voz profunda y cálida,
Una voz que yo había oído una vez durante una visita anterior.
Levanté la vista y vi primero la túnica zafrán brillando suavemente al darle el sol que entraba por la ventana.
La túnica zafrán,
Por encima de ella un rostro amable pero firme,
El de alguien acostumbrado a tomar decisiones.
El rostro de un hombre bueno,
Nuestro dios en la tierra.
Estaba sentado en una pequeña plataforma elevada sobre el suelo.
Los cojines rojos sobre los que reposaba contrastaban con el color azafrán de su túnica.
Estaba en la posición del loto,
Con las manos entrelazadas ante él y las rodillas y los pies cubiertos con un paño dorado.
Frente a él había una mesa baja con solo unos cuantos objetos,
Una campanilla,
Una caja de encantos,
Una rueda de plegarias y documentos de estado.
Tenía entonces un bigote en los extremos de este cañón un poco por debajo de su barbilla.
Sonreía benignamente pero también había en su cara muestras de sufrimiento.
Ante él,
Al lado de la mesita,
Había dos cojines en el suelo.
Me entregó estos diciéndome,
Sé de tu incapacidad,
Siéntate lo más cómodo que puedas.
Me senté agradecido,
Pues tanta prisa y excitación me habían afectado y temblaba de cansancio.
De modo que has tenido unas aventuras,
Dijo su santidad.
He oído hablar mucho de eso,
Debe de haber sido aterrador para ti.
Miré a aquel gran hombre tan lleno de bondad y de conocimientos.
Ahora bien lo sabía.
Tendría que contarle lo que de verdad había sucedido,
Pues no quería engañarle.
Muy bien,
Me expulsarían por haber infringido la ley y haber subido demasiado alto,
Pero no importaba,
Pues sería barquero,
Constructor de cometas o me emocionaba pensarlo.
Incluso podría viajar a la India y hacerme mercader.
El recóndito me miraba fijamente y me sobresalté al darme cuenta de que me había estado hablando.
Vuestra santidad,
Dije,
Mi guía,
El lama Mingyardondup,
Me ha dicho que sois el hombre más grande que hay en el mundo y no puedo ocultaros la verdad.
Me interrumpí y tragué la saliva que se me había acumulado.
Vuestra santidad,
Dije con voz débil.
Esta mañana me levanté y subía.
Lobsang,
Dijo el recóndito,
Brillando de placer el rostro,
No me digas más.
Ya lo sé,
Pues yo también he sido un niño.
Hace tanto tiempo de eso,
Se cayó y estuvo mirándome pensativo.
Te advierto,
Dijo,
Que no debes hablar nunca de esto con otra persona.
Has de callar sobre lo que de verdad ocurrió,
Si no te expulsarán como lo ordena la ley.
Un momento meditó profundamente y luego añadió meditabundo.
A veces es conveniente tener un milagro,
Pues fortalece la fe de los hermanos inferiores y más débiles.
Necesitan lo que creen que es una prueba,
Pero si se examina muy de cerca la prueba,
Muchas veces resulta ser solo una ilusión.
Aunque la ilusión de la que se buscaba la prueba es verdaderamente la realidad.
A media mañana el sol llenaba la habitación de luz dorada.
La túnica zafrán del recóndito relucía y parecía estar casi incendiada,
Mientras un vientecillo osaba rugar sus pliegues.
Los cojines rojos tenían un halo y producían rojizos reflejos en el suelo pulimentado.
Una pequeña rueda de plegaria se movía despacio impulsada por la débil brisa y sus incrustaciones turquesas lanzaban rayitos azules en el aire dorado.
Casi perezosamente el recóndito tendía una mano.
Cogió la rueda de plegarias,
La miró reflexivamente y volvió a dejarla en su sitio.
—Tu guía,
Hermano mío en santidad Mingyardondup,
Te encomia mucho —dijo su santidad— y lo mismo dicen quienes te conocen bien.
Tienes una gran tarea que realizar en la vida y cada vez dependerás más de tu guía y de hombres como él,
De modo que serás apartado cada vez más de las clases y tendrás enseñanza privada de mucha mayor altura.
El recóndito se cayó y me miró sonriéndole los ojos.
—Pero tendrás que seguir asistiendo a ese curso de conferencias por nuestro visitante indio —añadió.
Aquello me impresionó.
Estaba tratando de evitar a aquel hombre horrible esperando que la gran experiencia por la que había pasado me libraría de la conferencia de cada tarde.
El recóndito continuó.
—Tu guía regresará a última hora de esta noche o mañana temprano,
Según me ha informado,
Y volverás con él a la montaña de hierro para seguir tus estudios especializados.
Los sabios han decidido tu futuro.
Este será difícil de todos modos,
Pero mientras más estudias ahora,
Más probabilidades tendrás más adelante.
Me dirigió un gesto amable y cogió su campanilla.
La hizo sonar musicalmente llamando al lama viejo que acudió presuroso.
Me puse en pie con cierta dificultad.
Me incliné tres veces.
Trabajosamente hice tres reverencias,
Torpemente llevándome la mano al pecho para que no se me cayera en el cuenco ni otras cosas como antes y me retiré andando hacia atrás,
Casi rezando para no tropezar y caer.
Una vez fuera,
Secándome el sudor y apoyándome en la pared,
Me pregunté ¿y ahora qué?
El viejo lama me sonrió,
Ya que me había bendecido el recóndito y dijo amablemente.
—Bueno,
Chico,
Ha sido una larga entrevista para un niño.
Su santidad parecía contento contigo.
Ahora,
Y miró a las sombras,
Ahora tienes que comer e irte luego a la clase sobre budismo indio.
Bien pequeño,
Tienes que irte ya.
Este funcionario te llevará más allá de los guardias.
Volvió a sonreírme y se alejó.
El joven lama que me había acompañado antes apareció tras un biombo y me dijo,
Ven por aquí.
Lo seguí casi cojeando,
Pensando que aquel día,
Que ni siquiera había pasado a medias,
Era ya como toda una semana.
De nuevo fui a la cocina y pedí un poco de champa.
Esa vez me trataron con respeto,
Pues había estado en presencia del recóndito y ya se sabía que yo le había causado muy buena impresión.
Después de haber tomado a toda prisa mi comida y oliendo aún muy bien,
Fui hacia la clase.
De nuevo estaba nuestro maestro ante el atril diciendo,
Y ahora tenemos la tercera verdad noble,
Una de las verdades más breves y sencillas.
Como pensaba Gautama,
Cuando se deja de anhelar una cosa ya no sufre uno respecto a esa cosa.
El sufrimiento termina con la absoluta supresión de deseos.
Cuando una persona tiene deseos suele anhelar los bienes de otra persona,
Se hace ambicioso,
Ansía lo que posees a otra persona y cuando no puede tener esa cosa,
Le invade el resentimiento y tal persona toma antipatía a quien posee los deseados bienes.
Eso da lugar a decepción,
Ira y dolor.
Si uno desea algo que no puede tener,
Surge la desgracia.
Los actos que vienen de los deseos nos llevan a la infelicidad.
Se logra la felicidad cuando uno no ambiciona ya,
Cuando se toma la vida como viene,
Lo bueno con lo malo.
El indio pasó unas páginas,
Vaciló un poco y luego dijo,
Ahora llegamos a la cuarta de las cuatro nobles verdades,
Pero la cuarta de estas ha sido dividida en ocho partes llamadas las santas en Daoctuple.
Puede uno dar ocho pasos hacia la liberación de los deseos de la carne,
Para obtener la liberación de los anhelos.
Los repasaremos.
El primero es 1.
El punto de vista acertado.
Como enseñó Gautama,
Hay que tener el punto de vista acertado sobre la infelicidad.
Una persona que se siente desgraciada de saber con exactitud por qué lo es,
Debe investigar por sí mismo y descubrir la causa de su infelicidad.
Cuando una persona ha descubierto por sí misma que le hace desgraciada,
Esa persona puede hacer algo para lograr la cuarta de las cuatro nobles verdades,
Que es,
¿cómo puedo lograr la felicidad?
Antes de que podamos proseguir el viaje de nuestra vida con mente tranquila y que llevemos una vida como ésta,
Ha de ser,
Debemos saber cuáles son nuestros objetivos.
¿Qué nos lleva al segundo paso de la santa senda octuple?
2.
Recta aspiración.
Cada cual aspira a algo y puede ser una ganancia mental,
Física o espiritual.
Puede consistir en ayudar a otros o bien en ayudarnos a nosotros mismos,
Pero desgraciadamente los seres humanos están muy desorientados,
Les falta dirección,
Están confusos,
Son incapaces de percibir lo que debieran.
Tenemos que librarnos de todos los falsos valores,
De todas las palabras falsas y ver claramente qué somos y qué deberíamos ser,
Así como lo que deseamos.
Hemos de renunciar a los falsos valores que,
Indudablemente,
Conducen a la desgracia.
La mayoría de la gente solo piensa en yo,
A mí y mío,
La mayoría están demasiado centrados en sí mismos y no se preocupan por los derechos de los demás.
Es esencial que nos miremos a nosotros mismos como un objeto que ha de ser estudiado,
Que nos observemos como se observa a un extraño.
¿Os gusta ese extraño?
¿Os gustaría que fuera vuestro amigo íntimo?
¿Qué os parecería vivir junto a él toda una vida,
Comiendo con él,
Respirando junto a él,
Durmiendo con él?
Debéis tener las rectas aspiraciones antes de triunfar en la vida y de ellas seduce que debéis tener.
3.
Habla acertada.
Lo cual significa que una persona debe controlar lo que dice,
No de hablar vaciamente,
No debe aceptar los rumores como si fueran hechos.
Con el habla acertada siempre se debe dejar a la otra persona el beneficio de la duda y hay que callarse si lo que va uno a decir perjudica a otro y hablar cuando lo que se dice es bueno,
Cuando hablar puede beneficiar.
Puede ser el habla más mortal que una espada,
Más venenosa que el más venenoso de los venenos.
El habla puede destruir a una nación.
Así,
Se debe hablar adecuadamente y el habla recta surge de.
.
.
4.
La recta conducta.
Si uno se conduce rectamente no hablará de modo incorrecto.
Así,
Esa conducta contribuye materialmente al habla recta y a las rectas aspiraciones.
La recta conducta significa que una persona no dice mentiras,
No bebe tóxicos ni roba.
Gautama enseñó que somos el resultado de nuestros pensamientos.
Lo que somos ahora es el resultado de lo que nuestros pensamientos nos han hecho ser en el pasado.
Así,
Si ahora pensamos rectamente,
Si nos conducimos ahora como es debido,
Estaremos acertados en alguna ocasión próxima futura.
Gautama afirmó,
Nunca hace el odio cesar al odio,
En ocasión alguna.
Al odio sólo puede vencerlo el amor.
También dijo que un hombre venza mediante el amor el odio de otro,
Que deshaga el odio de otro por su propio amor.
Como me enseñaron tantas veces,
No debe dar uno pruebas de habilidades extrasensoriales,
No debe atacar a quienes le atacan a uno,
Pues según los dichos de Gautama,
No debemos atacar a quienes nos atacan con insultos,
Palos o piedras.
Gautama dijo,
Si alguien te maldice,
Debes suprimir todos los resentimientos y decidir que tu mente no se perturbará ni saldrá de tus labios ninguna palabra irritada.
Permanecerás amable,
Amistoso y sin resentimiento.
Nuestra creencia budista es el camino intermedio,
Código de vida,
Código de hacerles a los otros lo que uno habría querido para sí mismo.
La siguiente de las santas sendautuples 5.
Recta vida.
Según las enseñanzas de Buda,
Ciertas ocupaciones eran dañinas para el hombre,
Ciertas ocupaciones que no debía tener el verdadero budista.
Por ejemplo,
Un verdadero budista no debía ser carnicero ni vendedor de pescado,
Ni mercader de esclavos ni ser dueño de estos.
Un budista no debe distribuir ni tomar licores.
El buen budista en tiempos de Gautama era necesariamente un hombre que iba por ahí solo o que vivía en un monasterio.
6.
Recto esfuerzo.
Lo del recto esfuerzo tiene un significado especial.
Que uno debe avanzar a la velocidad que le sea más adecuada por la santa sendautuple.
Una persona que desea progresar no debe ser impaciente y moverse demasiado rápido antes de haber aprendido las lecciones que hay que aprender.
Pero es preciso insistir en que ese buscador no debe retirarse con falsa modestia,
Con falsa humildad.
Una persona no puede progresar más que a su propio paso.
7.
Rectitud de propósito.
Lo que controla los actos del hombre es la mente del hombre.
El pensamiento es el padre del hecho.
Si pensáis en algo que es el primer paso para hacer una cosa,
Puede haber algunos pensamientos que sean inarmónicos.
Los deseos físicos pueden distraerlo a uno o causarle algún daño.
Puede uno desear demasiado alimento o excesivamente bueno.
Ese deseo no le causa a uno dolor,
Pero sí el comer demasiado.
De los excesos en la comida viene desgracia y dolor,
Que también los causa el excesivo deseo de comer.
El budista debe recordar que los sentimientos son de corta vida y que vienen y se van como el viento,
El cual cambia constantemente.
Las emociones son inestables y no puede uno fiarse de ellas.
Hay que entrenarse para tener en todo tiempo la rectitud de propósito aparte de los deseos transitorios de uno.
8.
Recta contemplación.
Como sabía bien Gautama,
El yoga no era en modo alguno la respuesta a la aspiración espiritual.
El yoga solo es una serie de ejercicios para que la mente controle al cuerpo físico y se propone en dominar al cuerpo mediante la mente.
No sirve para dar elevación espiritual.
En la recta contemplación tiene uno que controlar los pensamientos irrelevantes y ha de conocer uno mediante ella las propias y verdaderas necesidades.
Con la recta contemplación se puede meditar,
Contemplar,
De modo que sin razonar se puede llegar intuitivamente a una conclusión en cuanto a lo más conveniente para sí mismo o a lo que es malo para uno.
La voz del maestro indio se paró y pareció volver al presente.
Sus ojos pasaron sobre todos nosotros y luego se fijaron en mí.
—¡Tú!
—dijo señalándome con un dedo tendido.
—Quiero hablar unas palabras contigo.
Sal al corredor.
Me levanté lentamente y fui hacia la puerta.
El maestro indio me siguió y cerró la puerta.
Volvió a abrirla,
Miró hacia dentro de la clase y dijo.
—Chicos,
Estad callados.
Que no oiga yo ni el menor ruido de aquí.
—Estaré ahí fuera.
Cerró de nuevo la puerta.
—Bueno —me dijo—,
Has ido a ver al Dalai Lama.
¿Qué te ha dicho?
—Honorable maestro —exclamé—,
Se me ha advertido que no diga nada de lo que se ha hablado allí,
Ni una palabra.
Me gritó furioso.
—¡Soy tu maestro!
Te ordeno que me lo cuentes.
Yo insistí.
—No puedo decírselo,
Señor.
Solo puedo repetirle que se me ha prohibido que cuente lo que se dijo allí.
Estaba furioso.
—¡Denunciaré tu insolencia y tu desobediencia!
Y diré que eres muy mal discípulo.
Entonces se agachó hacia mí y me pegó violentamente a derecha e izquierda de mi cabeza.
Se volvió y entró en la clase.
Llevaba la cara colorada de irritación.
Le seguí y me senté de nuevo en mi sitio.
El maestro indio volvió a su atril y recogió sus papeles.
Abrió la boca en el mismo instante en que entró un lama.
—¡Honorable señor!
—le dijo el lama—.
Debo pedirle que vaya a ver al señor Abad y tengo instrucciones de continuar esta clase.
Malhumurado,
El maestro indio le dio al lama un resumen muy superficial de lo que él había hablado.
Le dijo que le faltaba ocuparse del Nirvana y añadió.
—Me agrada mucho dejar esta clase y espero no volver a ella.
Metió en la cartera de cuero todos sus papeles.
La cerró enfadado y salió de la habitación dejando al lama bastante extrañado de su mal genio.
Sonreíamos porque sabíamos que las cosas irían ahora mejor,
Pues aquel lama era lo bastante joven para comprender los sentimientos de los chicos.
—¡Muchachos!
—nos dijo—.
¿Cuánto tiempo lleváis en esta conferencia?
¿Habéis comido?
¿Quiere alguno de vosotros salir por unos momentos?
Todos le sonreímos y le aseguramos que no teníamos prisa por salir.
Movió la cabeza con satisfacción mientras acercaba la ventana y miraba hacia afuera durante unos momentos.
Fin del capítulo 5.
Siguiente capítulo,
Capítulo 6.
Gracias.
Conoce a tu maestro
4.8 (20)
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