
Pequeños Viajes Sensoriales. Episodio 4: Pueblito De Piedra
Una nueva aventura que despertará tus sentidos está esperándote en un pintoresco y encantador pueblito de piedra. Una sorpresa ligada con el capítulo anterior te dejará sin aliento... cómo será esto posible?
Transcripción
Hola de nuevo,
Soy Marcela Loria,
Y me encanta que estemos a punto de emprender un nuevo viaje sensorial a algún recóndito lugar al que solo tu imaginación es capaz de llegar.
Los escenarios que visitarás son únicos porque son creados por una mente maravillosa,
La tuya.
Lo primero que hay que hacer antes de irte de viaje es alinear tu mente y tu cuerpo,
Así que es necesario comenzar con lo básico,
Tu respiración.
Vas a cerrar los ojos y vas a imaginar que estás frente a una escalera que temes que bajar.
Ahora vas a respirar profundamente cuatro veces según lo que te voy a indicar.
Vas a inhalar el aire en cuatro tiempos y en cada tiempo vas a bajar una grada de la escalera.
Al sostener tu respiración,
Te quedas en esa grada y luego exhalas en cuatro tiempos y en cada tiempo bajas una grada.
Comenzamos.
Inhalas en uno,
Dos,
Tres,
Cuatro.
Te quedas ahí un tiempo y luego exhalas el aire en cuatro,
Tres,
Dos,
Uno.
Bajaste ocho escalones con esta respiración profunda y vas en camino a compasar tu respiración y aquietar tu mente.
Segunda respiración.
Inhalas en uno,
Dos,
Tres,
Cuatro.
Te quedas ahí y exhalas en cuatro,
Tres,
Dos,
Uno.
Ya bajaste dieciséis escalones y tu mente está cada vez más tranquila.
Eso está perfecto.
Vas a continuar bajando esa escalera.
Inhalas en uno,
Dos,
Tres,
Cuatro.
Te mantienes ahí un momento y exhalas en cuatro,
Tres,
Dos,
Uno.
Última respiración.
Vamos por esos últimos ocho escalones.
Inhalas en uno,
Dos,
Tres,
Cuatro.
Permaneces donde estás y exhalas en cuatro,
Tres,
Dos,
Uno.
Excelente.
Estás frente a una puerta de tablones de madera vieja.
Cuando quieras,
Puedes abrirla.
Al abrir la puerta,
Lo primero que captura tu mente es un encantador y colorido mercadito de frutas en un pueblito con caminos de piedra.
Toda la mercadería está perfectamente ordenada como un arcoíris.
El rojo de las fresas,
Los tomates y el chile dulce.
El anaranjado de las naranjas y las piñas listas para partirse.
El amarillo del banano y los limoncitos criollos.
El verde de las manzanas,
Los mangos,
Las lechugas.
El azul de los arándanos y el morado de las uvas,
El repollo y las berenjenas.
Pensás que la creación es tan asombrosa que cada fruta tiene su forma y textura única,
Aun cuando comparten el mismo color.
Desde el suave pelaje del kiwi hasta la tosca superficie de la guanábana,
Cada fruta tiene su apariencia caprichosa y su sabor particular.
En un rincón,
Un hombre de edad avanzada y sonrisa sincera te invita a saborear cualquier cosa de su tienda,
Prometiéndote que será la más sabrosa fruta que jamás hayas probado.
Te tienta todo,
Pero al final te llevas solo tu fruta favorita e inicias tu caminata.
Adelante,
Una pequeña floristería exhibe las más primorosas flores.
Lirios,
Rosas,
Azucenas,
Girasoles,
Jazmines,
Los delicados aromas inundan la calle al pasar.
Más allá,
En una fascinante tiendita,
Colgadas de varios escaparates,
Lucen las más finas y coloridas telas.
Mientras adentro,
Una mujer con su telar teje su última creación,
Una tela con delicados diseños en un pálido color lila.
¡Cuánto deleite para admirar,
Oler,
Saborear!
Este mercado es una experiencia para todos los sentidos.
Te adentras en una callecita angosta,
De piedra caliza y construcciones antiguas también de piedra.
Te llaman la atención las puertas altas y pesadas,
Con aldabas de metal negro en múltiples diseños.
Las ventanas se abren hacia afuera,
Y son pequeñas con marcos de madera.
Te preguntás cómo serán esas viviendas por dentro,
Quiénes vivirán en ellas.
Y de pronto,
Sobre tu cabeza,
Escuchas a una mujer hablando con otra de ventana a ventana,
Mientras tienden su ropa en tendederos que cruzan de un lado a otro la calle.
¡Ellas no son las únicas!
El bullicio de voces sale de las ventanas a lo alto,
Creando una atmósfera alegre,
Mientras el sol baña con sus rayos la ropa recién lavada,
Que al final del día tendrá ese fresco olor a ropa seca por la brisa y el sol.
Cuanto más caminas,
Más te das cuenta de que las estrechas calles de piedra blanca de este pueblito son una especie de laberinto,
Y en cada recodo encontrás balcones llenos de flores colgantes que llenan de vida la monotonía de las edificaciones.
Llegas a una callecita empinada,
Y al mirar hacia abajo,
Ves como el camino se ensancha y llega a un pequeño puente en forma de arco.
Caminas cuesta abajo en esa dirección,
Y al pasar por debajo del puente,
El sonido de tus pasos rebota en las paredes de piedra.
Palpas con tu mano izquierda la fría humedad de las paredes,
Y al observar con atención,
Puedes leer un mensaje de amor apasionado escrito en el muro varios años atrás.
¿Dónde estarán esos amantes ahora?
¿Seguirá su amor alimentándose,
O por el contrario,
Sus caminos se habrán separado?
Más adelante,
Tallado en la piedra,
Lees un poema de desamor de un triste enamorado no correspondido.
Y extendiendo tu mirada,
Te das cuenta de que los mensajes inundan los muros del puente.
Pensás en la intensidad de las emociones de quienes grabaron sus palabras aquí para siempre.
¿Cómo serán sus vidas ahora?
Este puente sin duda destila amor.
Lo dicen sus historias.
Lo esconde la cómplice oscuridad de su interior.
Dejas atrás el puente y seguís caminando hasta encontrar un acogedor cafecito frente a las vías del ferrocarril.
El día va cayendo y decidís sentarte en una de las mesitas de afuera,
Tomarte algo y descansar de la larga caminata del día.
Escuchás a lo lejos el sonido del tren acercándose.
En unos instantes pasará veloz en frente tuyo.
Y de pronto,
Sucede lo impensable.
En aquel antiguo y elegante tren,
Tus ojos se encuentran con los de una persona idéntica a vos que se asoma por la ventana.
Te das cuenta de que efectivamente sos vos,
Viviendo al mismo tiempo otra aventura en este mágico mundo de viajes sensoriales.
Te saludás con la mano en alto y ves que tu yo del tren hace lo mismo.
Luego desaparece,
Al igual que lo hace el día y da paso poco a poco a la oscuridad de la noche y a las tintineantes lucecitas ámbar de este pueblo de calles estrechas y corazones alegres.
Es hora de regresar de este viaje fantástico a través de la puerta de pesados tablones que tenés al frente.
La abrís y subís los treinta y dos escalones de la escalera por la cual bajaste hace algunos minutos.
Y ya estás de regreso.
Te espero en el próximo viaje sensorial.
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