
Cuento: El hombre y la catarata
En la tradición zen se dice que el mayor obstáculo para la paz no es el mundo, sino la forma en que nos relacionamos con él. Buscando silencio, muchos huyen del ruido; buscando calma, desean que la realidad se aquiete. Sin embargo, los antiguos maestros enseñaban que la mente inquieta puede convertir incluso el silencio en un campo de batalla. La historia del hombre que fue enviado a meditar junto a una catarata nos recuerda que la verdadera quietud no depende de la ausencia de sonidos, sino de la ausencia de resistencia. Allí donde el agua cae sin cesar, el discípulo descubre que el silencio no se encuentra fuera, sino en la manera de habitar lo que es.
Transcripción
LA HISTORIA DEL HOMBRE Y LA CATARATA Un hombre joven acudió al monasterio buscando aprender a meditar.
Decía que su vida estaba llena de ruido y confusión,
Y que deseaba alcanzar la calma interior de la que hablaban los maestros.
El anciano maestro del monasterio aceptó instruirlo y le dio una práctica sencilla.
Le recomendó sentarse cada día en silencio y observar su respiración.
El hombre regresó una semana después frustrado.
Maestro,
Dijo,
No puedo meditar.
Mis vecinos discuten todo el día.
Los niños gritan,
Los perros ladran,
Y cuando no es eso,
Alguien golpea metal o canta sin cesar.
Mi mente no encuentra descanso.
El maestro lo miró con atención y respondió,
Inténtalo una semana más.
Cuando el hombre volvió,
Su enojo era mayor.
Maestro,
Ahora los ruidos me parecen aún más insoportables.
Cada sonido me saca de la práctica.
¿Cómo puede uno encontrar paz en medio de tanto desorden?
El maestro permaneció en silencio un momento y luego dijo,
Ve mañana al amanecer al Valle del Norte.
Siéntate junto a la gran catarata y medita allí.
El hombre se sorprendió.
¿Junto a una catarata?
¿No es ese el lugar más ruidoso de toda la región?
El maestro asintió,
Precisamente.
A la mañana siguiente,
El hombre caminó durante horas hasta llegar al valle.
El estruendo del agua cayendo entre las rocas era ensordecedor.
Pensó que aquello era una burla,
Pero aún así decidió obedecer.
Se sentó.
Al principio,
El ruido lo irritó.
El agua no se detenía.
No bajaba la voz.
No mostraba consideración alguna.
Sin embargo,
Con el paso del tiempo,
Algo cambió.
El sonido entonces dejó de ser una interrupción y se volvió algo continuo.
Ya no aparecía y desaparecía.
Simplemente estaba allí.
Su respiración comenzó a acompañarse con el rugido del agua.
Su mente dejó de resistirse.
Por primera vez,
No intentó callar el mundo.
Una semana después,
Cuando regresó al monasterio,
El maestro le preguntó,
Dime,
¿qué fue aquello que aprendiste?
El hombre respondió que mi problema no era el ruido.
Era mi deseo de que el mundo se adaptara a mi silencio.
El maestro sonrió.
¿Cuando estabas junto a la trata,
El agua se detuvo?
No,
Respondió el hombre.
¿Y aún así pudiste meditar?
Sí,
Respondió el hombre,
Agachando su mirada.
Entonces,
Ya sabes lo esencial,
Dijo el maestro.
La paz no consiste en que no haya sonidos,
Sino en que el corazón no se oponga a ellos.
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