
Audio-Libro 14 La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa
La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa (1966) Penetración adicional en la vida de Lobsang dentro de Lamahood y los orígenes del Budismo - la historia de Gautama - y las cuatro verdades nobles. Narrador: Juan José Palanca. Música libre de derechos de autor.
Transcripción
Audiolibro Lobsang Rampa.
La túnica Zafrán.
CAPÍTULO 14 Narrador Juan José Balanca.
Ciencia del Saber.
Fue muy molesto salir rodando y quedarme unos momentos preguntándome dónde estaba.
Contra mi voluntad,
Me desperté.
Bueno,
Casi.
El cielo estaba hacia el este algo colorado.
Unos cristales de hielo suspendidos a gran altura en los picos de las montañas.
Brillaban con prismáticos reflejos y matices de arcoíris.
Por encima de mi?
El cielo seguía estando intensamente púrpura.
Y ese color se aclaraba cuando yo lo miraba.
Qué frío tenía.
El suelo de piedra era como un bloque de hielo y yo temblaba.
Mi única y fina amante era una pobre protección para mi frío lecho.
Bostezando,
Me froté los ojos con los nudillos.
Tratando de quitarme de encima el sueño y demorar por unos pocos minutos el esfuerzo de levantarme en tan fría mañana.
Irritado y aun medio dormido,
Moví mi almohada.
Que era mi túnica.
Atontado por los efectos de haber dormido tanto,
Intentaba descubrir cuál era la parte de arriba de mi túnica.
¿Desesperado?
¿Pues no acababa de despertarme del todo debidamente?
Hice un nuevo intento y aún más enfadado conmigo mismo.
Descubrí que me la había puesto al revés.
Rezongando contra mí mismo la rasgué.
Bien puedo decirlo,
Pues la vieja y podrida túnica se abrió por la espalda hasta abajo.
Contemplen tristecido el daño.
Quedándome desnudo en el aire que era tan frío que me salía el aliento como una nube blanca.
Me había ganado un buen castigo.
¿Qué iba a decir el maestro de los acolitos?
Rompiendo propiedad la mástica por un caprichoso descuido.
Y la estupidez de un chico.
Bien sabía yo todo,
Lo que iba a decir pues me lo había dicho muchas veces.
No nos daban túnicas nuevas.
Cuando a un muchacho se le quedaba corta su túnica.
Le daban la del otro compañero que hubiera crecido más.
Todas nuestras túnicas serán viejas.
Algunas de ellas se mantenían sin romperse más por la fe que por su resistencia.
Ahora mi túnica se había terminado,
Me dije.
Mientras miraba los tristes restos.
Entre mis dedos el tejido era fino,
Vacío,
Privado de vida.
Apenas me sentí y me cubrí con la manta.
¿Qué haría?
Por lo pronto hice a la prenda más desgarrones y luego,
Envuelto en mi manta como si fuera una túnica,
Fui en busca del maestro de los acólitos.
Cuando llegué a su oficina,
Estaba diciéndole cosas verdaderamente horribles a un niño que deseaba otro par de sandalias.
Los pies fueron hechos antes que las sandalias,
Pequeño.
Los pies fueron hechos antes que las sandalias,
Repetía enfadado.
Si yo pudiera hacer mi voluntad,
Iríais todos descalzos.
Pero aquí tienes otro par.
Cuídalas.
Bueno,
¿qué quieres tú?
Y me preguntó al verme envuelto en mi liviana manta.
Cómo me miraba,
Con qué furia me taladraban sus ojos al pensar que otro acólito quería también algo de su preciado depósito.
—¡Oh,
Honorable maestro!
—dije temblando.
Se me ha roto la túnica pero es muy poco resistente y hace mucho tiempo que no me sirve.
Con que no te sirve vocífero.
Soy yo quien dice si una cosa deja de servir,
No tú,
Miserable chico.
Ahora vete a hacer tus cosas envuelto en andrajos por castigo a tu audacia.
Un monje sirviente se inclinó y murmuró algo.
El maestro de los acólitos chilló y tronó.
¿Cómo?
¿Qué?
¡Habla,
Si es que sabes!
¡Habla!
El monje sirviente correspondió a los chillidos gritando.
He dicho que este muchacho fue hace poco ante el recóndito.
También le llamó mi señor Abad y es el chela del honorable maestro Lama Mingyar Donduk.
Al barro se asombró el maestro de los acolitos ¿Por qué,
En nombre del diente de Buda,
No me has dicho quién eras?
Eres un necio,
Un imbécil,
El peor de todos los acolitos.
Y el maestro de los acólitos se volvió hacia mí con una forzada sonrisa en sus agudas facciones.
Y pude ver que le era violento tener que hacerse el simpático.
Dijo déjame ver la túnica muchacho En silencio se la pasé con la parte de atrás hacia arriba.
De modo que los desgarrones fue lo primero que vio.
Tomó en sus manos la destrozada túnica y tiró de ella sin fuerza.
Para satisfacción mía se rompió aún más,
Y un tirón final la dejó partida en dos.
El maestro de los acólitos me miró asombrado.
Y abriendo la boca dijo,
Sí,
Se ha roto con toda facilidad,
¿verdad?
Ven conmigo que te daré una nueva túnica.
Me puso una mano en un codo y al hacerlo tocó mi manta.
Esto es muy poca cosa.
Has tenido tanta desgracia con tu manta como con la túnica.
Tendré que darte también una nueva.
Era un local muy amplio y había colgadas en clavos en la pared túnicas de todas clases.
Desde las de las lamas principales hasta las pobres túnicas para trabajadores legos.
Llevándome con su mano en mi brazo mientras tenía los labios fruncidos,
Me hacía avanzar deteniéndose muchas veces para tocar una u otra prenda.
Era como si a todas ellas las quisiera mucho.
Llegamos a la parte donde había túnicas para los acolitos.
Nos detuvimos y él se tocó la barbilla.
Y luego se frotó los lóbulos de sus orejas.
De modo que tú eres el chico que primero fue impulsado hasta abajo de la montaña y luego elevado al tejado dorado.
Y eres el chico que fue a ver al recóndito,
Por orden especial suya,
¿eh?
¡Mmm!
Y el que habló personalmente con el señor Abad de esta lamacería.
¿Y tú?
Eso sí que es extraordinario.
Te has ganado el favor del propio señor Abad.
Frunció las cejas y parecía estar mirando a gran distancia.
Me figuré que procuraba adivinar si yo tendría que ver otra vez al recóndito o al señor Abad.
Y quién sabe,
Incluso un chiquillo puede ser utilizado para favorecer los fines de un hombre ambicioso.
Voy a hacer algo insólito.
Voy a darte una túnica completamente nueva.
Una que terminaron la semana pasada.
Si el recóndito te ha favorecido,
Y el señor Abad también,
Y el gran Llamaminyardundup te prefiere,
He de ocuparme de que vayas bien vestido para que cuando te presentes a ellos no me avergüences.
Se volvió y fue otra habitación,
Un anexo del gran almacén.
Allí había tónicas nuevas que acababan de ser confeccionadas por monjes que trabajaban bajo la dirección de lamas.
Manejó una pila de túnicas que aún no habían sido colgadas en las perchas y tomando una dijo,
¡póntela!
Tienes que probártela.
Rápido me quité la manta y cuidé de doblarla bien.
Luego me probé aquella flamante túnica.
Como yo sabía muy bien,
Tener una completamente nueva era señal para los otros acólitos y también para los monjes de que uno disfrutaba de un tirón en alguna parte.
Y era,
Por tanto,
Una persona de cierta importancia.
Así que me alegré de tener una nueva túnica,
Porque mientras que una de vieja se consideraba a veces como prueba de que uno llevaba siendo acólito mucho tiempo,
Una nueva,
Del todo,
Era señal de que uno era importante.
La nueva túnica me sentaba bien.
Era mucho más gruesa,
Incluso en los pocos momentos que la había tenido puesta me había calentado el cuerpo,
Que tiritaba de frío.
Esta me sienta perfectamente,
Maestro.
Dije con cierta satisfacción.
Creo que podemos encontrar algo mejor que eso.
Espero un momento.
Anduvo revolviendo en la pila,
Farfullando y musitando y de vez en cuando tocando una tela con sus dedos.
Por último,
Pasó a otra pila y sacó una prenda de mucha mejor calidad.
Suspirando gruñó.
Esta es una de un lote especial que hicieron accidentalmente de una tela superior.
Ahora pruébate esta.
Creo que les impresionará a nuestros superiores.
Sí,
No cabía duda.
Era una hermosa túnica.
Me sentaba bien.
Aunque quizá me estuviese un poco larga pues me caía sobre los pies.
Pero eso significaba que me seguiría sirviendo cuando creciera.
Me serviría mucho tiempo.
De todos modos.
.
.
Cuando una prenda era demasiado grande,
Podía ser acortada poniéndole una bolsa mayor en la parte delantera.
Podría llevar más cosas conmigo.
Dí vueltas y el maestro de los acólitos me miró atentamente afirmando por fin,
Con la cabeza y se pellizcó el labio inferior antes de decir como con pena.
Ya que hemos ido tan lejos,
Aún podemos hacer un poco más.
Tendrás esa túnica,
Chiquillo,
Y te daré otra,
Pues ya me doy cuenta de que no eres de los que tienen una de repuesto.
A mí era difícil entender lo que decía porque susurraba mientras tenía la espalda vuelta a mí.
Y un día las manos en la pila de túnicas.
Por fin sacó otra y me dijo Ahora,
Pruébate esta para ver si también te sienta bien.
Sé que eres el que le han dado una habitación especial donde viven los lamas.
¿De modo que no hay el peligro?
De que algún muchacho mayor que tú te quite la túnica.
Yo estaba encantado.
Tenía dos túnicas largas.
Una para las grandes ocasiones y otra para uso diario.
El maestro de los acólitos miró mi manta con asco y observó.
Sí,
Sí,
Vamos a darte una nueva manta.
Ven conmigo y tráete esa.
Me precedía con prisa.
Hasta la principal habitación de almacenaje y llamó a un monje que llevaba una escalera de mano.
Con gran rapidez subió el monje por la escalera y sacó de uno de los estantes una manta.
Esta contrastaba demasiado con mi túnica,
De modo que,
Quejándose angustiado,
El maestro de los acólitos fue a la habitación de al lado y volvió al cabo de pocos momentos,
Con los ojos semicerrados.
Y con una manta de calidad superior.
—Toma esta,
Chico,
Toma esta —dijo con voz temblona.
Esa es una de nuestras mejores mantas.
La hicieron casualmente de un material superior.
Tómala y recuerda cuando veas al señor Abad o al recóndito que te he tratado bien y te he equipado a lo grande.
Con toda seriedad os digo que el maestro de los acolitos se puso las manos en copa sobre los ojos mientras gruñía al pensar que se separaba de sus géneros de mejor calidad.
Le debo mucho,
Honorable maestro.
Fue mi respuesta.
Y estoy seguro ¿Aquí entró en juego mi diplomacia?
De que mi maestro elama min yardon dut.
Comprenderá la bondad de usted al darme estas prendas.
Gracias.
Una vez cumplido así,
Mi deber me volví y salí del almacén.
Cuando salía,
Uno de los monjes sirvientes que estaban fuera me guiñó un ojo solemnemente y tuve que contenerme para no reír en alto.
Volví por el corredor hasta donde vivían los lamas.
Me apresuraba llevando una túnica y la manta en los brazos y casi me tropecé con mi guía.
¡Oh,
Honorable maestro!
Exclamé.
Lo lamento,
Pero no podía verle.
Mi guía se rió de mí y me dijo Pareces un vendedor ambulante,
Lobsang,
Como si acabaras de llegar de la India por las montañas.
¿No te habrás dedicado por casualidad a mercader?
Le conté mi desgracia diciéndole cómo se me había rasgado toda mi túnica.
¿También le conté?
Que el maestro de los acólitos le había estado diciendo a un chico que haría ir descalzos a todos los pequeños.
Mi guía fue por delante hasta su habitación.
Y llegado yo también allí,
Nos sentamos.
Inmediatamente en mi interior dio noticias de que no había comido y afortunadamente,
Para mí,
Oyó mi guía esa advertencia y sonrió al decir Así que tampoco te has roto tu ayuno.
Entonces comamos juntos.
Al decir esto.
.
.
Tendió la mano y agitó su campanilla de plata.
Con la champa,
Ante nosotros no hicimos más comentarios hasta que terminamos la comida.
Después,
Cuando el monje se hubo llevado los platos,
Me dijo mi guía.
De modo que has impresionado al maestro de los acólitos.
Debes de haberle causado una gran impresión para sacarle dos buenas túnicas y una manta nueva.
Tendré que ver si puedo emularte.
Maestro.
Siento mucha curiosidad sobre la vestimenta,
Pues si el maestro de los acólitos dice que deberíamos ir todos sin sandalias.
.
.
¿Por qué entonces no podemos ir sin vestido?
Mi guía se rió y comentó.
Desde luego.
Hace muchos años la gente no llevaba ropa y al no utilizarla no sentían la falta de ella.
Pues en aquellos tiempos.
.
.
La gente.
Era capaz de hacer que sus cuerpos se adaptaran a temperaturas mucho más diversas.
Ahora en cambio.
Al abusar de la vestimenta nos hemos ido debilitando y hemos estropeado nuestros mecanismos que regulan el calor.
Se cayó?
Meditando sobre el problema.
Luego se rió y continuó,
Pero.
.
.
Puedes figurarte algunos de los monjes viejos y gordos de aquí yendo sin ropa.
Sería un espectáculo,
Pero la historia del vestido es muy interesante.
Puesto que al principio la gente no llevaba ropa alguna y así no había trampa porque cada uno podía ver el aura de los otros.
Pero por fin los jefes de las tribus de aquellos días decidieron que necesitaban algo que los distinguiera como jefes.
De modo que usaron unas plumas estratégicamente colocadas o unas cuantas capas de pintura.
Pero entonces intervinieron las damas.
Querían estar decoradas también y utilizaron atados de hojas colocadas aún más estratégicamente.
Mi guía se rio al pensar en toda esa gente,
Y yo también me las imaginaba bastante bien.
Prosiguió cuando el hombre y la mujer principales de cada tribu se habían decorado ya.
También tenían que decorarse el que lo sucedería y así no se podía distinguir del hombre y la mujer principales.
De modo que estos tuvieron que añadir aún más adornos y el asunto siguió mucho tiempo de esta manera.
Añadiendo cada jefe más atavíos.
Las mujeres llevaron ropa muy sugestiva,
Con la que se proponía en medio revelar lo que no debería esconderse,
Pues.
.
.
Y no me interpretes mal.
Cuando la gente podía ver el aura,
No era posible la traición,
Ni las guerras,
Ni los engaños.
Fue solo al empezarse a llevar ropa cuando dejó de poderse ver el aura.
Y no fueron ya las personas clarividentes y telepáticas.
Me miró fijamente y dijo.
Ahora préstame atención… Pues lo que voy a decir tiene mucha relación con la tarea que te corresponderá realizar más adelante.
Moví la cabeza afirmativamente para que viese que le prestaba atención.
Mi guía continuó.
Un clarividente que puede ver el astral de otro ha de poder ver el cuerpo,
Desnudo,
Para dar una relación verdaderamente exacta de cualquier enfermedad.
Y cuando la gente lleva ropa,
Su aura se contamina.
Hice un gesto de asombro,
Pues no comprendía cómo podía la ropa contaminar a un aura.
Y así lo dije.
Mi guía me replicó pronto.
Cuando una persona está desnuda,
Su aura solo puede ser la suya y no la de otra persona alguna.
Ahora bien.
Si cubres con una prenda de lana de Jack a esa persona la dotas de la influencia úrica del Jack,
De la persona que esquiló al Jack,
De la que peinó y cardó la lana y de quien tejió el material.
Así,
Si atiendes a Laura tal como se ve a través de la ropa,
Puedes contar la historia íntima del Jack y de su familia.
Que no es precisamente lo que deseas.
Pero,
Maestro.
.
.
Fue mi inquietud.
La ruta.
¿Cómo contamina la ropa a un aura?
Muy buena.
Ya te lo he dicho.
Todo lo que existe tiene su propio campo de influencia.
Su propio campo magnético.
Y si miras por esa ventana,
Puedes ver la brillante luz del día.
Pero si echas nuestras aceitadas cortinas ves la reluciente luz diorna modificada,
Ya por la influencia de las cortinas aceitadas de seda.
En otras palabras,
Lo que ves efectivamente es un tinte azulado de la luz.
Y eso no te ayuda en absoluto para describir cómo es la luz del sol.
Me sonrió con cierta astucia y añadió.
¿En verdad?
Es bastante notable que la gente se resista tanto a prescindir de su ropa.
Siempre he sostenido la teoría de que la gente cree,
Por la memoria racial,
Que sin ropa se les vería el aura y la leerían los otros.
Por eso,
Muchos tienen hoy pensamientos tan culpables.
Que no se atreven a que nadie sepa,
Aparte de ellos,
Qué hay en sus mentes y por eso siguen vistiendo su cuerpo,
Lo que es un culpable enmascaramiento con la disculpa de la pureza y la inocencia.
Reflexionó durante unos momentos y luego comentó.
Muchas religiones dicen que el hombre está hecho a imagen de Dios.
Lo que parece implicar que al avergonzarse de su cuerpo,
Se avergüenza de la imagen de Dios.
Todo esto es muy intrigante.
Ya verás que en Occidente suelen mostrar sorprendentes espacios de carne.
Pero cubren otras partes sobre las que automáticamente llaman la atención.
En otras palabras,
Lobsang.
.
.
Muchas mujeres visten de modo completamente sugestivo.
¿Llevan rellenos?
Conocidos también como alegres engaños.
Cuando yo estaba en Occidente.
Todos esos rellenos se proponen hacer que el hombre piense que una mujer tiene lo que le falta.
Lo mismo que hace pocos años los hombres occidentales llevaban unas cosas dentro de los pantalones a las que llamaban pedazos de bacalao.
Es decir,
Había almohadillas cuyo objetivo era dar la impresión de que un hombre estaba dotado generosamente y que,
Por tanto,
Sería un compañero muy viril.
Desgraciadamente,
Los que llevaban más almohadillas eran los menos viriles.
Pero otra gran dificultad del vestir es que impide el paso del aire al cuerpo.
Si la gente llevase menos ropa y por tanto se ventilara más el cuerpo,
Se beneficiaría mucho su salud.
Habría menos cáncer y mucha menos tuberculosis.
Pues cuando alguien se cubre mucho,
No puede circular el aire y se multiplican los gérmenes.
¿Pensé en aquello?
Y no comprendía cómo podían multiplicarse los gérmenes.
Porque una persona fuera vestida.
Así lo dije.
Y mi guía me respondió.
Lobsang.
Si miras al suelo.
.
.
Quizás no veas en el insectos.
Pero si levantas un madero podrido o mueves una piedra encontrarás toda clase de cosas debajo.
Insectos,
Gusanos y cantidad de bichitos que solo se crían y viven en la oscuridad,
En sitios muy ocultos.
Asimismo,
El cuerpo está cubierto de bacterias y de gérmenes.
La acción de la luz impide que esto y aquello se multipliquen y gracias a ella se mantiene saludable el cuerpo.
Pero cuando deja a uno que se inmovilice en bolsas de aire en la oscuridad bajo gruesa ropa,
Se multiplica en toda clase de bacterias.
Me miró con gran seriedad y dijo.
Más adelante,
Cuando seas un médico que visite pacientes.
Ya verás que cuando se deja una prenda mucho tiempo sin cuidar se forman cresas bajo ella.
Lo mismo que cuando se deja en el suelo una piedra,
Se acumulan debajo los insectos.
Pero ya lo comprobarás en el futuro.
Se levantó,
Estirose y dijo.
Ahora tenemos que marcharnos.
Te dejaré 5 minutos para que te prepares.
Y luego bajaremos a las cuadras porque tenemos que salir de viaje.
Entonces me indicó que me llevase mi túnica de reserva y mi manta a mi cuarto.
Me incliné ante él,
Recogí aquello y fui hacia la puerta de comunicación.
Tardé unos momentos preparándome en mi habitación y luego me dirigí hacia la cuadra,
Como se me había indicado.
Cuando salí al patio me inmovilicé asombrado.
Se estaba reuniendo allí toda una cabalgata.
Me apoyé en una de las paredes y luego avancé pasito a pasito sin dejar de preguntarme qué sería todo aquello.
Por un momento creí que uno de los abades se mudaba.
Pero entonces apareció mi guía,
El ama Miñardo Hondupe.
Y miró rápidamente a su alrededor.
Al verme me hizo señas.
Me impresionó darme cuenta de que toda aquella conmoción era por nosotros.
Había un caballo para mi guía y otro más pequeño para mí.
Además.
.
.
Estaban allí cuatro monjes sirvientes montados cada uno en un caballo y también había otros cuatro caballos cargados con líos y paquetes.
Pero de tal modo que hubiera sitio libre y no llevaran demasiado peso.
Así podrían montar en ellos los más gruesos.
Cuando se cansaran los caballos en los que primero montarían.
Muchos relinchos.
Nataleos.
Agitadas respiraciones,
Movimientos de cola.
Entre las cabalgaduras pasaba yo terriendo cuidado de no ponerme detrás de un caballo,
Pues ya una vez uno juguetón me había dado con un casco en pleno pecho.
Con fuerza considerable,
Derribándome.
Desde entonces había aprendido a tener cuidado.
Bueno,
Vamos a las montañas,
Lobsang,
Por tres o cuatro días y tú vienes de ayudante mío.
Viñó un ojo al decirme que aquello era,
En realidad,
Otra etapa de mi entrenamiento.
Nos acercamos juntos a nuestros caballos.
Y el que me correspondió volvió la cabeza para mirarme y bien puede decirse que se estremeció al reconocerme.
Movió los ojos mucho y relinchó como dolía protesta.
Contaba con toda mi simpatía aunque no le tenía yo más aprecio que él a mí.
Pero un monge mozo de caballos puso las manos en forma de copa para que apoyara yo en ellas un pie y me ayudó a subir.
Mi guía se había montado ya y esperaba.
El monje murmuró.
Este es un caballo tranquilo,
No tendrás dificultades con él,
Ni siquiera tú.
Mi guía miró en torno suyo para comprobar.
Que yo estaba ya montado.
Que los cuatro monjes sirvientes hallaban también donde debían estar.
Y que los cuatro caballos cargados estaban sujetos con largas bridas.
Luego,
Levantó una mano y empezó a descender por la montaña.
Los caballos que me tocaba montar parecían tener algo en común.
Cada vez que había una mala pendiente,
Cada uno de aquellos condenados animales agachaba la cabeza y debía sujetarme muy bien.
Si no quería salir despedido resbalando por su cuello.
¿Esta vez?
Apreté los pies tras las orejas del caballo que me había correspondido y eso no le gustaba más que a mí su cabeza agachada.
La carretera con terrazas era muy irregular y había en ella mucho tráfico.
Yo tenía que concentrar toda mi habilidad en no salir despedido por mi montura.
Pero me las arreglé para levantar la vista.
Y ver más allá de los parques donde estaba lo que había sido mi hogar.
Y que no volvería a hacerlo.
Seguimos descendiendo.
Y doblamos a la izquierda por la carretera de Lingot.
Pasamos por el puente sobre el río y cuando vimos la misión china Habíamos vuelto a la derecha por el camino que conducía a Alcaxalinga.
Y me pregunté.
.
.
¿Para qué iría semejante comitiva solo a aquel pequeño parque?
Me guía no me había dado indicación alguna de a dónde íbamos.
A no ser vagamente a las montañas.
Y como había montañas encerrándonos en la asa.
En una especie de bol.
Nada podía indicarme nuestro punto de destino.
De pronto,
Dio un brinco de alegría tan súbito que mi caballo se asustó creyendo que lo quería atacar o algo así.
Sin embargo,
Logré sostenerme y le tiré tanto de las riendas que hubo de echar hacia atrás la cabeza.
Aquello lo tranquilizó pronto y también había yo aprendido una lección.
Que basta llevar cortas las riendas para ir seguro.
Por lo menos,
Esperaba que así sería.
Seguimos a una buena marcha.
Y pronto llegamos a un ensanchamiento del camino donde había varios mercaderes que acababan de desembarcar de los transbordadores.
Mi guía descalbalgó,
Y también lo hizo su monja ayudante de más edad.
Y se dirigió al hombre de la barca transbordadora.
Hablaron unos momentos y el monje volvió hasta nosotros diciendo.
Todo está arreglado,
Honorable Lama.
Podemos ya seguir.
Inmediatamente hubo mucho movimiento y confusión.
Los monjes ayudantes se apearon y todos ellos se reunieron en torno a los caballos que iban cargados de bultos.
Les quitaron de encima las cargas.
Y las llevaron a la barca transbordadora.
Luego,
Todos los caballos fueron atados juntos con las largas riendas.
Pero dos monjes ayudantes montaron cada uno en uno de los caballos.
Y los hicieron entrar en el río.
Les estuve mirando.
Los monjes se recogían las túnicas hasta la cintura.
Y los caballos se metieron valientemente en el agua y nadaron hasta la otra orilla.
Vi con cierto asombro que mi guía estaba ya en la barca.
Y me hacía señas para que yo subiera también a ella.
Por primera vez en mi vida subía una embarcación.
Me siguieron los otros dos ayudantes.
Pidiéndole algo en voz baja a su ayudante,
El barquero puso en movimiento su barca.
Al principio sentí un poco de mareo porque la barca describió primero un círculo.
La embarcación estaba hecha con bieles de yaks cuidadosamente cosidas e impermeabilizadas.
Luego aquello se infló con aire.
La gente se había instalado con sus equipajes.
Y el barquero remaba lentamente por el río.
Cuando se levantaba viento.
La barca iba con gran lentitud,
Pero el barquero se desquitaría al regreso.
Pues entonces llevaría el viento a favor.
Yo estaba demasiado emocionado para sacar mucho provecho de mi primera travesía.
Sé que me agarraba a los lados de la lancha de piel.
Y había cierto peligro de que mis dedos.
.
.
Con tan afiladas uñas,
Penetrarán en ella.
¿Temía moverme porque cada vez que intentaba hacer algo.
.
.
Parecía hundirse debajo de mí.
Era como si fuésemos apoyados en la nada.
Y era muy distinto que pisar un sólido suelo de piedra,
Ya que estos no vacilaban.
Además,
El agua estaba un poco revuelta.
Y llegué a la conclusión de que había comido demasiado.
Pues tenía curiosas vascas y sentía el temor de devolver,
Ante todos,
Aquellos hombres.
Sin embargo,
Me resultó muy eficaz contener el aliento a intervalos sensatamente regulares y logré salvar mi honor.
En cuanto la barca rozó un fondo de guijarro saltamos a la orilla.
Nuestra cabalgata se rehizo.
Mille adelante y yo siguiéndole a una distancia de solo medio caballo.
Luego,
Los cuatro monjes ayudantes,
Dos en cada caballo y detrás de ellos las cabalguras de carga.
Miguel se cercioró de que todo iba bien y luego su caballo emprendió la marcha hacia la mañana.
Durante todo el tiempo cabalgamos de cara a nuestro destino.
La dirección en que se había ido la mañana.
Pues solemos decir que el sol sale por el este y viaja hacia el oeste.
Llevándose a la mañana con él.
Pronto nos alcanzó el sol y desapareció por encima de nosotros.
No había nubes y los rayos del sol nos habían estado quemando.
Pero cuando entramos en la sombra de las grandes rocas,
El frío era muy grande.
Pues a la altitud a que habíamos llegado No había aire suficiente para equilibrar los rayos ardientes del Sol.
Ni luego la frialdad de las sombras.
Cabalgamos quizá durante otra hora más.
Y luego mi guía llegó a un sitio donde por lo visto él solía detenerse.
Sin haberme dado señales que yo pudiera percibir,
Los monjes se apearon inmediatamente.
Pusieron a hervir agua utilizando como combustible el que solíamos usar,
Boñiga seca de Jack y el agua la tomaban de un cercano arroyo de la montaña.
A la media hora aproximadamente estábamos sentados tomando nuestra champa y desde luego la necesitábamos.
También fueron alimentados los caballos y luego los llevaron al arroyo para que bebieran.
Me senté con la espalda apoyada en un saliente que parecía casi tan grande.
Como los edificios del Templo de Chakbori.
Desde nuestra elevada posición,
Extendí la vista por el valle de Lhasa.
El aire estaba absolutamente claro,
No había neblina ni polvo y podíamos verlo todo con nitidez.
Podíamos divisar peregrinos que pasaban por la puerta occidental y veíamos a los mercaderes.
Y allá abajo,
El camino y el barquero que se disponía a transbordar,
Otra carga de pasajeros a la otra orilla del río Feliz.
Pronto fue ya hora de reemprender la marcha.
Así que los caballos fueron de nuevo cargados y todos montamos.
Luego fuimos por el sendero montañoso.
Penetrando cada vez más en las estribaciones del Himalaya.
Al poco tiempo salimos del camino que conducía la India.
Y volvimos hacia la izquierda.
Donde ya la ruta no era más que una senda.
Cada vez más empinada.
Y donde solo podíamos avanzar con mucha más lentitud.
Por encima de nosotros.
Colgada en un saliente.
Podíamos ver una pequeña lamacería.
La miré con gran interés.
Pues me fascinaba porque era una lamasería de una orden un poco diferente a la nuestra.
Una orden.
En la que los monjes y los lamas estaban todos ellos casados y vivían en el edificio con sus familias.
Seguimos hora tras hora.
Y pronto estuvimos al nivel de esa lamacería de una orden distinta.
Podíamos ver pasear juntos a los monjes y a las monjas.
Y me sorprendió mucho ver que ellas tenían también afeitada la cabeza.
Sus rostros eran muy oscuros y brillantes y mi guía me dijo en voz baja.
Aquí hay muchas tormentas de arena de modo que todos llevan una gruesa máscara con grasa para protegerse la piel.
Más adelante,
También nosotros tendremos que ponernos esas máscaras de cuero.
Fue afortunado que mi caballo tuviera mucha seguridad y subiera más que yo de senderos montañosos.
Pues mi atención estaba completamente fija en aquella pequeña lamacería.
Pude ver unos niños jugando y me intrigó que hubiesen unos monjes que guardaban el celibato mientras que otros se casaban.
Y me parecía raro que hubiese esa diferencia entre dos ramas de la misma religión.
Los monjes y las monjas levantaban la cabeza cuando pasábamos.
Y luego no se fijaron más en nosotros.
Nos prestaron menos atención que si hubiéramos sido mercaderes.
Continuamos subiendo y por encima de nosotros vimos un edificio blanco y ocre sobre una roca que me parecía completamente inaccesible.
Milia me indicó.
Allí es donde vamos,
Lobsang.
A aquella ermita.
Tenemos que llegar allí mañana por la mañana.
El camino es muy peligroso y esta noche tenemos que dormir aquí entre las rocas.
Avanzamos aún quizás otra milla.
Y luego nos detuvimos entre un conjunto de rocas de gran tamaño.
Que formaban como un platillo.
Hicimos entrar a los caballos por entre las rocas y luego nos apeamos todos.
Comieron los caballos,
Nosotros tomamos nuestra champa Y entonces cayó la noche sobre nosotros como si corriesen una cortina.
Me envolvía en mi manta y miré entre dos rocas.
Pude ver resplandor de luces de Chacpó y de Pótala.
La luna brillaba mucho.
Y el río Feliz podía haberse llamado el Río de Plata.
Pues relucía como la plata más pura.
La noche estaba completamente en calma.
No había viento ni movimiento alguno.
Ni siquiera la llamada de un pájaro nocturno.
¿Las estrellas brillaban?
Con sus muchísimos matices.
Por encima de nosotros.
Al momento me quedé dormido.
Dormí muy bien toda la noche sin interrupciones para los servicios del templo ni para nada.
Pero por la mañana.
Cuando me desperté.
Descubrí que me había pisoteado una manada de yaks.
Me dolían todos los huesos y no podía sentarme cómodamente.
Entonces.
.
.
Recordé a aquel maldito caballo y esperé que él también estuviera dolorido,
Aunque lo dudaba mucho.
Pronto estuvo nuestro pequeño campamento muy animado con los monjes sirvientes que preparaban la chamba.
¿Me aleje?
Mientras ellos se ocupaban de eso y me quedé contemplando el valle de Lhasa.
Luego me volví y miré a la ermita,
Que estaba a un cuarto de milla por encima.
Parecía un extraño lugar.
Y me recordó a uno de esos nidos de pájaros pegados al muro de una casa.
Y que siempre se espera verlos caer y hacerse trizas.
No podía haber ninguna senda que subiera hasta la ermita.
Volví para tomarme la champa y escuché lo que decían los hombres.
Al poco tiempo,
En cuanto terminamos el desayuno,
Dijo mi guía.
¿Bueno?
Tendremos que ponernos en camino otra vez,
Lobsang.
Los caballos y tres de los monjes ayudantes se quedarán aquí.
Mientras nosotros y uno de los ayudantes nos marcharemos.
Me quedé muy mal,
Impresionado al oír eso.
Pues,
¿cómo iba yo a caminar hacia arriba por la falda de la montaña?
Estaba seguro de que si los caballos no podían hacer ese recorrido,
Tampoco podría yo.
Sin embargo,
Cogimos cuerdas que llevaba uno de los caballos.
Y se envolvió con ellas un monje ayudante.
Luego tomé una bolsa de no sé qué y mi guía llevó otra.
Mientras que el monje,
El cual era bastante grueso,
Cogió la tercera.
Los tres monjes que dejamos allí parecían muy felices de poder pasar algún tiempo sin que los supervisaran y tener nada más que hacer que cuidar de los caballos.
Partimos abriéndonos paso por entre las rocas y apoyando los pies donde podíamos.
Pronto empeoró el camino y el monje,
Que iba el primero arrojando una cuerda con dos piedras atadas al extremo,
La tiraba.
Hacía un rápido movimiento.
Y las piedras daban vueltas hasta sujetar la cuerda y quedara esta tirante.
De modo que mi guía y yo podíamos emprender nuestra lenta y peligrosa ascensión.
Este procedimiento se repitió muchas veces.
De vez en cuando,
Después de un esfuerzo muy arduo,
Llegábamos a una plataforma de rocas,
Que quizá no estuviese a más de 30 pies de altura,
Y que indudablemente había sido abierta por alguna antiquísima avalancha.
Cuando afortunadamente llega allí y pasé por encima del borde.
Primero de rodillas y luego poniéndome en pie.
Volví la mirada hacia la derecha.
Y muy cerca estaba la ermita.
Nos quedamos allí.
Jadeantes,
Unos momentos mientras recuperábamos el aliento.
Era una vista magnífica.
Hacia abajo aparecía el tejado dorado del Potala.
Y también se podían ver los patios del Jackborie.
Evidentemente.
Acababa de llegar una nueva carga de hierbas,
Pues aquel lugar era como una colmena revuelta.
Los monjes corrían en todas direcciones.
También había mucho tráfico por la puerta occidental,
Pero suspirando.
Pensé que aquello no era para mí,
Sino que tenía que seguir subiendo tontamente montañas y conociendo gente en las ermitas.
¿Quién no fuera un idiota podía vivir encerrado en una ermita?
¿Hubo más señales de actividad?
Porque tres hombres de allí se acercaron.
Uno era viejísimo y los tenían dos hombres más jóvenes.
Mientras ellos venían hacia nosotros,
Recogimos de nuevo nuestro equipaje y avanzamos hacia la ermita.
Fin del capítulo 14 siguiente capítulo.
Capítulo 15 Gracias.
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