
Audiolibro Las Mujercitas se Casan Capítulo 17
Disfruta esta historia para dormir. "Las mujercitas se casan" es la continuación de la novela "Mujercitas". Fue publicada en 1869 y transcurre tres años después. En Europa, ambos libros se editaron como un solo volumen. En esta obra romántica, su autora, Louisa May Alcott, narra las historias y aventuras de la familia March, donde las mujercitas se han convertidos en jóvenes mujeres, comienzan a experimentar el amor, y proyectan un proyectan un futuro con el hombre ideal con el cual se casarán.
Transcripción
Las Mujercitas se casan.
Escrito por Luisa May Alcott.
Narrado por Yaima Lorenzo.
Capítulo 17.
El Valle de la Sombra.
Cuando la primera amargura hubo amainado,
La familia aceptó lo inevitable e intentó sobrellevarlo con buen ánimo.
Todos trataron de rechazar la propia pena por los demás,
Y cada uno hizo lo que correspondía para ser feliz aquel último año de bed.
En primer lugar,
Se le asignó el cuarto más agradable de la casa,
Y allí se reunieron todas las cosas que le eran más caras a la enfermita.
Flores,
Cuadros,
Su precioso piano,
La mesita costurero,
Y los adorados gatitos.
Los libros mejores de papá se encontraron allí como por casualidad,
Así como el sillón de mamá,
El escritorio de Joe,
Y los más bonitos bosquejos de Amy.
En cuanto a Meg,
Le traía a los nenes todos los días en una peregrinación de cariño para llevarle alegría a la tíita bed.
John fue poniendo aparte una sumita para poder darse el lujo de proveer a la inválida de la fruta que tanto le gustaba.
Vieja Hannah no se cansaba nunca de inventar platos delicados para atentar aquel apetito cada vez más caprichoso,
Sin poder contener las lágrimas mientras los preparaba.
Entretanto,
De ultramar llegaban continuamente regalitos y alegres cartas que parecían traerle hálitos de calor y fragancia desde tierras que no conocen el invierno.
Así pues,
Adorada como una santa doméstica en su altar,
Bed lo pasaba en el halón tranquila y ocupada como siempre.
Los débiles deditos no estaban nunca ociosos,
Y uno de sus grandes placeres era hacerles monadas a los escolares que pasaban todos los días por delante de sus ojos,
Tirándole por la ventana ya fuese un par de guantes tejidos para las manitas violetas de frío,
Un alfiletero para alguna madrecita de muchas muñecas,
Limpia plumas para jóvenes calígrafos,
Libros de recortes para ojitos amantes del arte,
Y toda clase de finos artículos que sembraban de flores el arduo camino de la instrucción.
Ellos miraban a la gentil donante como un hada madrina que desde arriba los colmaba de regalos milagrosamente apropiados a sus diversos gustos y necesidades,
Y premiaban a Bed con caritas siempre vueltas hacia su ventana,
Con sonrisas y saludos,
Así como cómicas cartitas llenas de borrones y gratitud.
Los primeros meses fueron muy felices,
Y Bed solía mirar a su alrededor diciendo,
¡qué hermoso es esto!
,
Cuando todos se sentaban rodeándola en el cuarto soleado,
Los bebés haciendo gorgoritos en el suelo,
La madre y las hermanas trabajando bien cerca,
Y el padre leyendo en voz alta aquellos libros sabios que parecían tan ricos en palabras buenas y consoladoras.
Todo hacía de aquel cuarto una capillita presidida por el sacerdote paternal,
Que enseñaba a su rebaño que la esperanza consuela y la fe hace posible la resignación.
A todos convino que les fuesen dados estos tranquilos días en preparación de las tristes horas que les esperaban,
Pues pronto empezó Bed a encontrar muy pesada la aguja,
Abandonando la costura para siempre.
Luego le cansaba hablar,
Y las caras la perturbaban.
El dolor la reclamaba para sí,
Y el espíritu,
Tranquilo,
Se veía turbado por los males que aquejan la débil carne.
¡Ay!
¡Qué tristes fueron entonces los días!
¡Qué largas las noches!
¡Qué corazones tan doloridos!
¡Cuántas oraciones suplicantes!
Triste eclipse de aquella alma serena,
Ardua lucha de la joven vida con la muerte.
Misericordiosamente,
Ambas fueron breves,
Y con la destrucción del frágil cuerpo,
El alma de Bed se fortaleció,
Y los que la rodeaban se percataron de que la niña estaba preparada para el gran paso,
Y vieron también que el primero de los peregrinos en ser llamado era también el más apto,
Resolviendo sencillamente esperar con ella en la playa y tratar de ver los espíritus brillantes que vendrían a recibirle cuando llegase el momento de cruzar el río.
Desde que Bed le dijo que se sentía más fuerte cuando ella estaba a su lado,
Joe no había vuelto a dejar a Bed por más de una hora.
Dormía en un diván en el cuarto de la enferma,
Despertándose a menudo para reavivar el fuego o para dar alimento,
Cambiar de postura o servir de algún modo a la paciente criatura que rara vez pedía nada.
Todo el día rondaba Joe aquel cuarto,
Celosa de cualquier otro enfermero,
Y más orgullosa de ser la elegida para aquella misión que lo estuvo nunca de otros honores que le confirió la vida.
Fueron estos para Joe momentos preciosos y fructíferos,
Pues su corazón recibió ahora la enseñanza que necesitaba,
Lecciones de paciencia,
De esa caridad que a todos compromete,
De lealtad para con el deber que hace fácil lo más arduo,
De fe sincera que nada teme,
Sino que confía sin abrigar una sola duda.
Cuando despertaba en la noche,
Joe a menudo encontraba a Bed leyendo su librito,
Y la oía cantar bajito para entretener la noche de insomnio.
Y Joe la observaba con pensamientos demasiado profundos para el llanto,
Segura de que Bed,
A su manera,
Sencilla y abnegada,
Trataba de acostumbrarse a la idea de abandonar la antigua vida y adaptarse a la nueva mediante palabras sagradas de consuelo,
Silenciosas plegarias y la música que tanto amaba.
Ver todas esas cosas a diario hizo mayor bien a Joe que los más sabios sermones,
Los signos más santos y las oraciones más fervientes que pudiese pronunciar labio alguno,
Pues la hermana mayor reconoció la belleza de la vida de Bed,
Sin mayores acontecimientos ni ambiciones,
Pero llena de virtudes auténticas,
Como el olvido de sí,
Que hace que los más humildes de este mundo sean los primeros recordados en el cielo.
Una noche,
Buscando Bed algo entre los libros de su mesa para distraer el cansancio mortal que sentía,
Casi tan difícil de sobrellevar como el dolor,
Comenzó a volver las páginas de su viejo libro favorito,
El progreso del peregrino,
Y dentro del libro se encontró un papel garabateado con la letra de Joe.
Al leer su nombre y ver la tinta borroneada,
Bed se dio cuenta de que Joe había llorado sobre aquellos versos.
Pobre Joe,
Está profundamente dormida,
Así que no la voy a despertar para pedirle permiso.
Siempre me muestra todo cuanto escribe,
Y no creo que le importe que lea esto.
Dijo Bed,
Mirando a su hermana,
Echada sobre la alfombra con el atizador al lado,
Lista para despertarse,
No bien se desintegrase el leño que ardía en el hogar.
Mi Bed,
Sentada en la sombra,
Serena y tranquila,
Esa santa presencia esperaba,
Llegase la hora de la luz bendita,
Santificando la casa afligida.
Hermanita que te marchas,
Dejando humanas luchas y tristezas,
Goces y alegrías de este mundo,
Déjame a mí de regalo las sublimes virtudes que embellecen tu vida.
Légame,
Querida,
Esa paciencia cuyo poder sostienes sin quejar al espíritu en su prisión de dolor.
Légame el coraje dulce y sabio que hizo florecer bajo tu pie el difícil camino del deber.
Dame esa naturaleza generosa que con caridad divina sabe perdonar por puro amor.
Nuestra Dios pierde así a diario algo de su amarga pena,
Porque esta dura lección hará ganancia mi pérdida.
El dolor suavizará mi indómita naturaleza,
Me dará aspiraciones más serenas,
Mayor fe en aquello que no veo.
Desde hoy veré en la costa opuesta del río sagrado de Dios un amado espíritu aguardando a conducirme de la mano.
Esperanza y fe del dolor nacidas serán mis ángeles guardianes,
Con la hermana que antes parte,
Cuando llegue la hora de mi muerte.
Emborronados y tachados,
Defectuosos y débiles como eran aquellos versos,
Produjeron en Beth un indecible consuelo,
Pues su única pena,
Lo único que lamentaba de su vida,
Era haber realizado,
Según creía,
Tan poco.
Y este poemita humilde de Joe parecía atestiguar que su vida no había sido inútil y que su muerte no iba a traer únicamente la desesperación,
Según ella había temido.
Mientras,
Sentada en la cama,
Sostenía en las manos el papel doblado,
Se partió el leño y Joe se incorporó de repente,
Reavivó la llama y luego se deslizó hasta el lado de la cama con la esperanza de que Beth durmiese.
No estoy dormida,
Querida,
Pero sí muy contenta.
¿Ves?
Me encontré este poema tuyo y lo leí,
Sabiendo que no tendrías inconveniente.
¿Es cierto que ha sido todo eso para ti,
Joe?
Preguntó la niña con melancolía y humildad.
Sí,
Beth,
Tanto,
Tanto que no te imaginas.
Y la cabeza de Joe cayó sobre la almohada junto a la de su hermana.
Entonces,
No tengo la sensación de haber desperdiciado mi vida.
No es que sea Joe tan buena como tú me crees,
Pero he tratado de proceder bien y ahora,
Cuando ya es demasiado tarde para intentar nada,
Es un gran consuelo para mí que alguien me quiera tanto como para creer que he sido un ejemplo.
Más que nadie en el mundo,
Beth,
Querida,
Tanto que me parecía que nunca podría dejarte marchar,
Pero ahora estoy aprendiendo a creer que no te pierdo,
Que seguirás siendo para mí aún más que antes y que la muerte no nos separará en realidad,
Aunque aparentemente lo haga.
Ya lo sé que no puede separarnos y por mí ya no le temo,
Pues sé que seguiré siendo tu Beth para amarte y ayudarte más que nunca.
Además,
Querida Joe,
Debes tomar mi lugar y ser todo para papá y mamá cuando yo no esté.
A ti es a quien ellos se han de volver para consuelo y no puedes fallarles.
Si te resulta difícil luchar sola,
Recuerda que yo no te olvido y que encontrarás mayor felicidad haciendo esa obra que escribiendo grandes libros o viajando por todo el mundo.
Trataré,
Beth,
Trataré.
Y en ese mismo momento,
Joe renunció a su vieja ambición de escribir para comprometerse en su nueva misión de amor.
Así llegaron los días de primavera.
Se despejó el cielo,
Reverdeció el suelo,
Abrieron las flores y regresaron las aves a tiempo para despedir a Beth,
Quien,
Como un niño cansado y lleno de confianza,
Se aferró a las manos que la habían guiado toda su vida.
Y ahora la condujeron a través del Valle de la Sombra y la pusieron en manos de Dios.
Quienes hayan visto partir a muchas almas saben que el final llega con la misma naturalidad y sencillez que el sueño.
Como Beth lo había esperado,
La marea se retiró con facilidad.
En aquel seno donde había exhalado su primer aliento,
Exhaló ahora el último,
Sin otra despedida que una mirada y un suspiro breve.
Con lágrimas,
Plegarias y manos tiernas,
La madre y las hermanas la prepararon para aquel largo sueño que ya nunca empañaría el dolor.
Cuando llegó la mañana,
Por primera vez en muchos meses,
Se había apagado el fuego.
El sitio de Joe estaba vacante y el cuartito muy silencioso.
Pero muy cerca,
Un pajarito cantó alegre sobre una rama.
Las campanillas abrieron frescas en la ventana y el sol de primavera entró a raudales como una bendición sobre la plácida carita apoyada en la almohada.
Tan llena de paz y sin rastros de dolor que aquellos que más la querían sonrieron entre las lágrimas y agradecieron a Dios porque Beth,
Por fin,
Estaba bien.
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