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AudioLibro 4 - La Túnica Azafrán de Lobsang Rampa

by Ciencia del Saber

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La Túnica Azafrán - Lobsang Rampa (1966) Penetración adicional en la vida de Lobsang dentro de Lamahood y los orígenes del Budismo - la historia de Gautama - y las cuatro verdades nobles. Narrador: Juan José Palanca. Música libre de derechos de autor.

Transcripción

Audiolibro,

La túnica Zafrán.

Lobsang Rampa.

Capítulo 4.

Narrador Juan José Palanca.

Ciencia del saber.

Me acurruqué bajo los grandes baluartes haciendo con mi cuerpo casi una pelota,

Mientras procuraba atisbar por una pequeña abertura.

Me dolían mucho las piernas y sentía barras de fuego que,

Según temía,

Soltarían la sangre de un momento a otro.

Pero tenía que permanecer allí,

Debía sufrir aquella incomodidad.

He hecho un gurruño y asustado,

Mientras trataba de otear el lejano horizonte.

En postura tan molesta me hallaba casi en la cumbre del mundo,

Sin alas,

No podía subir más,

O idea que me atraía mucho,

Sin elevarme en alguna podresa cometa.

El viento silbaba y aullaba en torno a mí,

Rasgando las banderas de las plegarias,

Lamentándose en los techos de las tumbas doradas y dejando caer de vez en cuando sobre mi cabeza destocada una llovizna de fino polvillo de la montaña.

A primera hora de la mañana me había escapado y,

Con miedo y temblando,

Había salido a escondidas por mi camino secreto a través de los corredores poco usados y los pasadizos.

Deteniéndome para escuchar a cada pocos escalones,

Había salido por fin con extremada precaución al tejado sagrado,

Que sólo el recóndito y sus íntimos amigos podían visitar libremente.

Allí había peligro.

El corazón me latía al pensar en ello.

Si me cogían,

Me expulsarían de la orden del modo más deshonroso.

¿Expulsado?

¿Y qué haría yo entonces?

Me invadía el pánico y durante un buen rato estuve a punto de regresar a las regiones inferiores a las que yo pertenecía.

El sentido común me lo impedía,

Pues bajar sin haber cumplido mi misión sería sin duda un fracaso.

¿Expulsado en desgracia?

¿Y por qué habían de expulsarme?

¿No tenía casa?

Mi padre me había dicho que mi casa no era ya mi hogar y que debía abrirme paso yo solo en la vida.

Mi ojo errante captó el brillo del río Feliz.

Buscaba al muy moreno barquero del bote de piel de Jack y se me aclaró la mente.

Eso haría.

Sería barquero.

Para mayor seguridad avancé por el borde del techo dorado libre que me viera el mismo recóndito,

Incluso si se aventuraba por allí con aquel viento.

Las piernas me temblaban con el esfuerzo y el hambre gruñía dentro de mí.

La lluvia resolvió el problema,

Pues pude mojar los labios en un charquito que se había formado.

¿No llegaría el nunca?

Miraba angustiosamente el distante horizonte.

Sí,

Sí,

Me froté los ojos con el revés de mis manos y volví a mirar.

Había una nubecilla de polvo.

Venía de pari.

Por lo pronto olvidé el dolor en mis piernas y también el incesante peligro de ser visto.

Me quedé allí quieto mirando.

Lejísimo se acercaba un grupo de jinetes al asa.

Arreciaba la tormenta y la nube de polvo que levantaban los cascos de los caballos se deshacía casi en cuanto se formaba.

Yo no dejaba de mirar protegiéndome los ojos del cortante viento,

Pero sin perderme nada.

El viento huracanado inclinaba los árboles.

Las hojas bailoteaban como locas y el viento se las llevaba hacia lo desconocido.

El lago junto al templo de la serpiente no era ya plácido como un espejo.

Las agitadas olas estrellaban alocadas contra la orilla de allá.

Los pájaros,

Que conocían bien los cambios del tiempo,

Buscaban cautamente protección siempre de frente al viento.

De las cuerdas de las banderas de las plegarias,

Casi a punto de romperse con la presión,

Llegaba una especie de tamborileo en tanto que de las grandes trompetas atadas al tejado de abajo,

Venían broncos bramidos mientras el viento batía las bocinas.

Allí,

En la parte más alta del tejado dorado,

Sentía yo temblores,

Extraños rasguños y súbitas rachas de antiquísimo polvo que se elevaba de las vigas de abajo.

Una horrible premonición me hizo volverme a tiempo de ver una fantasmal figura precipitándose hacia mí.

Unos brazos pegajosos me sujetaron y me sacudieron con violentos golpes.

No pude chillar,

No tenía aliento.

Una nube negra y maloliente me envolvió produciéndome náuseas con su peste.

No había luz,

Sólo una lobreguez llena de ruidos y olor.

No había aire,

Sólo aquel gas náuseo abundo.

Temblé.

Mis pecados me habían descubierto.

Un espíritu malo me había atacado y estaba a punto de llevárseme.

¿Por qué desobedecí la ley y subí al terreno sagrado?

Entonces mi mal humor triunfó.

No,

No me llevaría en los diablos.

Lucharía con todos ellos.

Frenético,

Con pánico ciego e inmensa indignación,

Me defendí arrancando grandes pedazos al diablo.

Me sentí aliviado y reí casi histérico.

Lo que me había asustado tanto había sido una viejísima tienda de piel de cabra,

Podrida con el paso de los años,

Que el viento me había tirado encima.

Sus restos eran arrastrados y hacia la asa.

Pero la tormenta tuvo la última palabra.

Con un triunfante bramido una gran racha me empujó por el resbaladizo suelo.

En vano trataba de aferrarme con mis flojas manos.

Inútilmente pretendía agarrarme al tejado.

Llegué al borde,

Vacilé y caí como una pluma en brazos de un viejo lama,

Quien me miró asombrado y abrió la boca cuando yo llegué,

Así le pareció,

Del mismísimo cielo llevado por el viento.

Como solía ocurrir en la asa,

Con las tormentas,

Se había terminado de golpe toda aquella conmoción y el gran tumulto.

Había amainado el viento que ya sólo suspiraba en torno a los dorados aleros y tocaba suavemente las grandes trompetas.

Las nubes seguían corriendo sobre las montañas y con la velocidad de su carrera se deshilachaban.

Yo en cambio no estaba tan tranquilo,

Pues había mucha tormenta en mí.

Cogido,

Me dije entre dientes,

Cogido como el chico más tonto de la lamacería.

Ya tendría que dedicarme a barquero o a conductor de yaks.

Ahora sí que me he metido en un lío.

Me dije,

Señor,

Exclamé con voz temblona,

Lama custodio de las tumbas,

Es que yo estaba.

.

.

Y el lama me interrumpió suavemente.

Sí,

Sí,

Hijo,

Lo he visto todo.

He visto cómo te arrastraba el vendaval,

Que han bendecido los dioses.

Le miré y él a mí.

Entonces me di cuenta de que aún me abrazaba.

Se había impresionado tanto que ni siquiera se había dado cuenta.

Con gran consideración me soltó.

Miré en dirección a pari.

No,

Ya no los podía distinguir,

Debían de haberse detenido.

Yo,

Honorable custodio.

Chilló una voz.

¿Has visto cómo volaba ese niño por encima de la montaña?

Los dioses se lo llevaron.

Que la paz sea con su alma.

Me volví hacia él.

Era un viejo monje de aspecto corriente.

Se llamaba Timón y era uno de los que barrían los templos y hacían tareas por el estilo.

Número uno y yo éramos buenos amigos.

Al mirarme y reconocerme,

Se agrandaron de asombro sus ojos.

¡Que la bendita madre dolma te proteja!

Exclamó.

¡De modo que eras tú!

Hace pocos días que la tormenta te llevó a ese tejado y ahora otra tormenta te nos devuelve.

Esto es desde luego un milagro.

Empecé a decir.

Pero si yo estaba… Pero el lama me interrumpió.

Sí,

Sí,

Lo sabemos todo.

Lo hemos visto todo.

Estaba… Dando una vuelta para ver si todo estaba.

Bien,

Y vi que volaba sobre el tejado ante mí.

Me sentía un poco triste.

Pues habían creído que una vieja tienda podrida de piel de cabra era yo.

Pues que lo creyeran.

Luego pensé en el miedo que había pasado.

Y cómo había creído que los malos espíritus luchaban contra mí.

Cautamente miré por si había por allí algún trozo de la vieja tienda.

No,

Al luchar con ella la había deshecho y todos los pedazos se los había llevado el viento.

¡Mira,

Mira!

Gritó Timón.

¡Aquí tenemos la prueba!

¡Mírale,

Mírale!

Naturalmente también yo miré.

Aunque él se dirigía al lama y vi que se me había quedado envuelto un trozo de una bandera de plegaria.

En una mano sujetaba un media bandera.

El viejo lama chasqueaba la lengua y bajó,

Pero yo me apresuré a asomarme esperando a ver a mi amado guía,

El lama Mindyardondup,

Por si aparecía allá muy lejos.

Pero la tormenta que se terminó había dejado completamente borroso el paisaje y ahora barría los valles dejando nubes de polvo,

Hojas voladoras y sin duda los restos de la vieja tienda de piel de cabra.

El anciano custodio de las tumbas volvió y miró por encima de los balbuartes conmigo.

Sí,

Sí,

Dijo.

Te vi salir por el otro lado del muro,

Moviéndote ante mí sostenido por el viento y luego vi que caías en la parte más alta del tejado dorado de las tumbas.

No pude soportar mirarte.

Vi que te esforzabas por mantener el equilibrio y me tapé los ojos con la mano.

Más vale así,

Me dije.

O me habría visto usted luchando con la tienda de piel de cabra y había comprendido que estuve allí todo el tiempo.

Entonces lo habría pasado mal.

Hablaban mucho cuando pasamos a los otros edificios de abajo.

Una conversación muy animada.

Un grupo de monjes y lamas comentaba que me habían visto llegar de la montaña y que el viento me había impulsado mientras yo agitaba los brazos.

Habían creído que me estrellaría contra las paredes o que el viento me arrojaría contra el pótala y ninguno de ellos había esperado volverme a ver vivo.

Ninguno de ellos había comprendido que lo que se elevaba entre nubes de polvo y un terrible ventarrón era una vieja tienda de piel de cabra y no yo.

¡Ay,

Ay!

Dijo uno.

Lo he visto con mis propios ojos.

De pronto lo arrancó el viento de donde estaba y voló sobre mi cabeza agitando los brazos.

Nunca creí llegar a ver semejante cosa.

Sí,

Sí.

Dijo otro.

¿Yo?

Estaba mirando por la ventana asombrado de lo fuerte que era la tormenta y precisamente cuando vi a este chico volando hacia mí se me llenaron los ojos de polvo.

Casi me dio en la cara cuando pasó.

¡Eso no es nada!

Exclamó otro.

A mí llegó a darme en la cara y casi me sacó el cerebro.

Estaba yo en el parapeto cuando se me acercó.

Quise agarrarlo y estuvo a punto de romperme el hábito.

Llegó a subírmelo por encima de la cabeza y estuve cegado un rato.

Cuando pude ya ver se había ido.

Creí que había llegado su hora pero veo que está aquí.

Me pasaban de uno a otro como si fuera yo una estatua que hubiese ganado un premio.

Los monjes me tocaban,

Los lamas me acariciaban y nadie me dejaba explicar que no me había llevado el viento volando como ellos decían sino que había estado a punto de estrellarme.

¡Un milagro!

Exclamó un viejo de los que estaban en el exterior del grupo y luego dijo otro.

¡Miren,

Ahí viene el señor Abad!

Los presentes dejaron paso respetuosamente a la figura de túnica dorada que había aparecido entre nosotros.

¿Qué ha ocurrido?

Preguntó.

¿Por qué estáis congregados así?

¡Explicadme!

Dijo volviéndose hacia el lama de mayor edad presente.

Extensamente y con muchas intervenciones del grupo siempre creciente quedó explicado el asunto.

Mientras allí estaba yo deseando que me tragase el suelo y fuese a parar a la cocina.

Tenía hambre pues no había comido nada desde la noche anterior.

¡Ven conmigo!

Me ordenó el señor Abad.

El mayor de los lamas me agarró del brazo y me ayudó pues yo estaba cansado,

Asustado,

Dolorido y hambriento.

Pasamos a una amplia habitación que no había visto yo antes.

El señor Abad se sentó.

Estuvo un rato en silencio como meditando en lo que le habían dicho y por fin le dijo al lama que antes había hecho el relato.

Cuéntamelo todo otra vez sin omitir nada.

Así que de nuevo oí el relato de mi maravilloso vuelo desde el suelo hasta la tumba del santo.

Precisamente entonces produjo un prolongado ruido mi estómago vacío.

Necesitaba alimento.

El señor Abad procurando no sonreír dijo lleváoslo para que coma.

Me imagino que lo mucho que ha pasado le ha dejado hambriento.

Llamen luego al honorable Herbolario,

Al lama Chin para que le examine sus heridas.

Pero primero que coma el chico.

¡Qué buena sabía la comida!

Desde luego llevas una vida con muchos altibajos Lobzán,

Me dijo mi amigo el monje cocinero.

Primero sales volando del tejado y arrojado de la montaña y ahora me dicen que fuiste desde el pie de la montaña hasta el tejado más alto.

Una rara vida dirigida por el diablo,

Siguió riéndose de sus propias gracias y se fue.

A mí no me importaba que se riera de mí,

Pues siempre era muy amable conmigo y me ayudaba en muchas cosas.

Otro amigo fue a saludarme,

Ronroneando y frotándose contra mis piernas me hizo mirar hacia abajo.

Uno de los gatos había ido a reclamar mi atención.

Lo acaricié perezosamente y cada vez ronroneaba más fuerte.

Hubo un leve roce entre los sacos de cebada y allá se fue silencioso y muy rápido.

Me acerqué a la ventana y miré el asa.

No había señales del grupito dirigido por mi guía el lama Mingyardondup.

¿Le habría sorprendido la tormenta?

Me lo pregunté y pensé si tardaría mucho en llegar.

Mañana entonces,

¿eh?

Y me volví.

Uno de los que estaban en la cocina estuvo diciendo algo y yo sólo había oído lo último que dijo.

Sí,

Añadió otro,

Van a quedarse en la valla de las rosas esta noche y llegarán mañana.

Entonces intervino yo.

Ah,

¿hablan ustedes de mi guía el lama Mingyardondup?

Sí,

Según parece tendremos que cuidar de ti un día más,

Lobsang,

Dijo otro de los presentes.

Pero eso me recuerda que el honorable enfermero te está esperando.

Date prisa.

Apesadumbrado,

Pensaba yo que en este mundo había demasiado trastorno.

¿Por qué tenía mi guía que interrumpir su viaje y quedarse quizás uno o dos días en la lamasería de la valla de las rosas?

En aquella época de mi existencia creía yo que sólo mis asuntos tenían importancia y no me daba plena cuenta de la gran labor que el lama Mingyardondup realizaba para los demás.

Cogeé a lo largo del corredor hasta la enfermería y precisamente salía el enfermero,

Pero al verme me agarró por el brazo y volvió a entrar conmigo.

¿Qué has estado haciendo?

Siempre pasa algo cuando vienes al Potala.

Estuve ante él modosamente y le dije lo que los testigos visuales habían testiguado del viento y de la gran tormenta.

No le dije que yo estaba allá en el tejado dorado,

Pues bien sabía yo que enseguida iría a contárselo al recóndito.

Bueno,

Quítate la túnica.

Tengo que examinarte tus heridas y luego informar de tu estado.

Me quité la túnica y la dejé sobre un banco bajo.

El enfermero se arrodilló y comprobó si tenía yo huesos rotos o músculos rasgados.

Se sorprendió bastante de que mis únicas heridas,

Aparte de las de mis piernas,

Fueran unos cardenales ya amarillentos.

Toma esto y date fricciones,

Dijo poniéndose en pie y sacando un tarro de cuero de un alto estante.

Aquello olía mucho.

No te lo pongas aquí,

Dijo,

Pues no quiero asfixiarme.

Después de todo,

Los golpes te los has dado tú.

Le dije,

Honorable enfermero,

¿es cierto que mi guía tiene que quedarse en la lamasería de la Valla de las Rosas?

Sí,

Ha de curar a Yu a un abad y no creo que llegue aquí hasta última hora de la mañana.

Así tendremos que ocuparnos de ti un poco más,

Dijo y añadió astutamente.

Deberás disfrutar de las conferencias que nos da nuestro respetado maestro indio visitante.

Le miré y se me ocurrió que el viejo enfermero no tenía más aprecio que yo por el maestro indio.

Sin embargo,

No había tiempo para ocuparse de eso.

Hacía mucho sol y ya era tiempo de acudir a la clase.

Primero fui al dormitorio donde me quité la túnica y me froté con el apestoso ungüento.

Luego me limpié las manos en la túnica,

Me la puse de nuevo y me dirigí a la sala de conferencias,

Ocupando mi sitio lo más lejos que pude del maestro indio.

Llegaron los otros chicos,

Niños,

Muchachos de medio tamaño y grandullones,

Todos juntos,

Porque aquella era una ocasión especial,

La visita de un famoso maestro indio,

Y se pensaba que nosotros los chicos debíamos aprovechar la enseñanza del budismo por otra cultura.

Mientras estábamos sentados esperando al maestro,

Gruñían audiblemente mis compañeros.

Los que estaban cerca de mí se apartaron de modo que cuando llegó el maestro me había quedado yo solo contra la pared y los muchachos más cercanos estaban a unos 12 pies.

El maestro indio llegó con su deliciosa cartera de cuero,

Miraba en torno suyo con suspicacia y olisqueaba ruidosamente.

A medio camino,

Entre la puerta y el atril,

Se detuvo y miró en torno suyo.

Entonces vio que yo estaba sentado solo,

Se acercó a mí,

Pero pronto se retiró.

La habitación estaba muy caliente con tantos chicos en ella y con el calor el engüento olía cada vez peor.

El maestro indio se detuvo,

Se puso las manos en las caderas y me miró irritado.

Muchacho,

Eres el mayor trastorno que hay en este país,

Me parece.

Trastornas nuestras creencias volando arriba y abajo de la montaña.

Lo vi todo desde mi habitación y tú te elevas muy lejos.

Los diablos deben de enseñarte en tus momentos libres o algo así.

Y ahora,

Apestas.

Entonces le repliqué,

Honorable maestro indio,

¿no puedo evitar el mal olor?

Pues me he puesto el engüento que me ha mandado el honorable enfermero y añadí con gran audacia,

Yo soy el primero.

En pasarlo mal,

Pues esto huelo a diablos.

Ni siquiera se sonrió,

Sino que se volvió despectivamente y se dirigió hacia el atril.

Tenemos que continuar con nuestras conferencias,

Dijo el maestro indio,

Y me alegraré de dejaros y regresar a la India,

Que es más culta que vuestro país.

Ordenó sus papeles,

Nos miró suspicazmente a todos nosotros para ver si le prestábamos atención y luego continuó.

Gautama había pensado mucho en sus viajes.

Durante seis años había ido de un lado a otro,

Pasando la mayor parte de su tiempo en busca de la verdad,

Buscando la finalidad que hay tras la vida.

En sus viajes sufrió penalidades,

Padeció escasez y hambre y una de sus primeras preguntas fue,

¿por qué soy desgraciado?

Gautama se planteaba esta pregunta incesantemente y obtuvo la respuesta cuando las criaturas de la naturaleza le ayudaron.

Los caracoles refrescando su cabeza,

Los pájaros abanicándole la frente y todas las demás estándose quietas para no distraerlo.

Decidió que había cuatro grandes verdades,

A las que llamó las cuatro nobles verdades,

Que eran las leyes de la estancia del hombre en la tierra.

Nacer es un sufrimiento,

Dijo el Buda.

Un niño nace de su madre causándole dolor y teniéndolo él,

Pues sólo con dolor puede nacerse en esta tierra y el acto de nacer causa dolor y sufrimientos a los demás.

La decadencia es sufrimiento.

Cuando un hombre envejece y las células de su cuerpo no pueden sustituirse como es normal,

Comienza la decadencia.

Los órganos no funcionan ya correctamente.

Hay cambio y por tanto sufrimiento.

No se puede envejecer sin padecer.

La enfermedad hace sufrir y con el fracaso de un órgano para operar correctamente hay dolor,

Sufrimiento,

Pues el órgano obliga al cuerpo a readaptarse a la nueva condición.

Por eso causa la enfermedad dolor y sufrimiento.

La muerte es el fin de la enfermedad.

La muerte causa sufrimientos,

No el mismo acto de morir,

Sino las condiciones que rodean a la muerte y que son dolorosas.

Por tanto,

De nuevo tenemos que ser desgraciados.

El sufrimiento lo causa la presencia de objetos que odiamos.

Nos hallamos en tensión,

En frustración por la presencia de los que no nos agradan.

Nos hace desgraciados que nos separen de los objetos que amamos.

Cuando quedamos separados de una persona querida,

Quizá sin conocimiento de cuándo podremos hallarnos de nuevo con ella,

Sufrimos dolor,

Padecemos frustración y por tanto somos desgraciados.

Desear y no obtener lo que deseamos,

Esa es la causa del sufrimiento y de que perdamos la felicidad,

Causa de miseria.

Ocurre esto cuando deseamos y no obtenemos,

Entonces sufrimos y somos desgraciados.

Solo la muerte trae la paz,

Solamente la muerte nos libra del sufrimiento.

Por tanto,

Está claro que aferrarse a la existencia es empeñarse en sufrir,

Aferrarnos a la existencia es lo que nos hace desgraciados.

El maestro indio nos miró y añadió.

El Buda,

Nuestro bendito Gautama,

No era pesimista sino realista.

Gautama se dio cuenta de que hasta que uno acepta los hechos no puede suprimir el sufrimiento,

Hasta que uno comprende por qué hay sufrimiento no puede progresar por el camino intermedio.

Las enseñanzas insistían mucho en el sufrimiento,

Pensaba yo,

Pero recordaba lo que mi querido guía el Lama Mingyardondup me había dicho.

Pensemos,

Lobsang,

En lo que Gautama dijo verdaderamente.

No dijo que todo causa sufrimiento,

No importa lo que aseguren las escrituras ni lo que digan los grandes maestros,

Pues Gautama en ningún momento afirmó que todo sea sufrimiento.

Lo que de verdad dijo es que en todo hay la posibilidad de sufrimiento,

De lo que resulta claro que todo incidente de la vida puede causar dolor,

Desconsuelo o desarmonía.

Que puede,

Pero ningún sitio se asegura que todo deba causar dolor.

Hay tanta incomprensión en cuanto a lo que dijeron o no dijeron los grandes hombres.

Gautama tenía la creencia de que el sufrimiento,

El dolor,

Iban más allá del mero dolor físico.

Insistió siempre en que los sufrimientos mentales por el mal funcionamiento de las emociones constituyen un mayor sufrimiento,

Una desarmonía mayor que las que pueden causar el dolor o la infelicidad físicos.

Gautama pensaba,

Si soy desgraciado es porque no vivo felizmente,

Porque no vivo en armonía con la naturaleza y si no vivo armoniosamente es porque no he aprendido a aceptar el mundo tal como es,

Con todas sus desventajas y posibilidades de sufrimiento.

Solo puedo obtener la felicidad dándome cuenta de las causas de desgracia y evitando esas causas.

Me hallaba muy atareado pensando en eso y en el horrible olor que producía el ungüento cuando el maestro indio volvió a golpear su atril y dijo,

Esta es la primera de las nobles verdades,

Ahora tratemos de la segunda de las nobles verdades.

Gautama pronunció su sermón para sus discípulos,

Los que antes le abandonaron cuando la enseñanza había perdido gran parte de su sensación,

Pero que habían vuelto a ser discípulos de Gautama.

Les dijo,

Solo os enseño dos cosas,

El sufrimiento y la liberación del sufrimiento,

Ahora bien,

Esta es la noble verdad en cuanto al origen del sufrimiento,

Es la sed insaciable que causa la renovación de los renacimientos y esa insaciable sed va acompañada de delicias sensuales y busca su satisfacción ahora aquí y luego allá.

Toma la forma de afán de satisfacer los sentidos de sed de prosperidad y de posesiones mundanas.

Como se nos ha enseñado el sufrimiento sigue algo que hemos hecho mal,

Es el resultado de una actitud equivocada respecto al resto del mundo.

El propio mundo no es un mal sitio,

Pero algunas de las personas que viven en él lo hacen aparecer peor y son nuestra actitud y nuestras propias faltas las que hacen que el mundo parezca tan malo.

Todos tienen deseos,

Afanes o apetitos que le llevan a uno a hacer cosas que,

En un estado de ánimo más equilibrado,

Cuando se ve libre de tales pasiones y apetitos,

No haría.

La gran enseñanza del Buda fue que quien anhela no puede ser libre y una persona que no es libre no puede ser feliz.

Por tanto vencer el deseo anhelante es dar un gran paso hacia la felicidad.

Gautama enseñó que toda persona ha de hallar la felicidad para sí misma.

Dijo que hay una felicidad que no produce contento sino que es solo pasajera y es el tipo de felicidad que una persona logra cuando él o ella quieren estar siempre cambiando,

Contemplando nuevas vistas y conociendo a nuevas personas.

Esa es la felicidad transitoria.

La verdadera felicidad es la que le da a uno una profunda satisfacción y libra al alma de uno del descontento,

Gautama dijo.

Cuando yendo tras la felicidad me he dado cuenta de que se desarrollan malas cualidades y se disminuyen las buenas cualidades,

Entonces hay que evitar esa clase de felicidad.

Cuando yendo tras la felicidad he visto que disminuyen las malas cualidades y se desarrollaban las buenas,

Esa felicidad es la que hay que seguir.

Así debemos dejar de perseguir las engañosas realidades de la carne,

Las cosas que no resistiríamos en el próximo mundo.

Tenemos que dejar respirar a la satisfacción y a deseos que crecen más mientras más los alimentamos y en cambio hemos de pensar en qué estamos buscando y en cómo lo encontraremos.

Debemos pensar en la naturaleza de nuestros deseos,

En la causa de éstos y después de haber conocido la causa de nuestra apetencia procuraremos suprimir esa causa.

Nuestro maestro se entusiasmaba con su tema,

Estaba también un poco trastornado con la peste del ungüento herbal pues dijo tendremos un descanso por ahora pues no quiero recargar demasiado vuestra mentalidad que me doy cuenta de ello no es en absoluto la mentalidad de mis estudiantes indios.

Recogió sus papeles y los metió en su cartera,

La cerró cuidadosamente y contuvo la respiración al pasar junto a mí.

Durante unos breves instantes los demás muchachos quedaron inmóviles esperando a que se apagaran sus pasos a lo lejos,

Luego uno se volvió hacia mí y dijo,

Pof,

Lobsang,

Como apestas,

Debe de ser porque te has mezclado con los diablos volando arriba y abajo del cielo con ellos.

Respondí muy razonablemente,

Bueno,

Si he andado con los diablos no debo de haber ido al cielo con ellos sino en dirección contraria pero como todos saben fui hacia arriba.

Nos dispersamos y cada uno fue por su lado.

Me acerqué a la ventana y miré por ella pensativo preguntándome lo que estaría haciendo mi guía en aquella lamasería y cómo pasaría yo el tiempo con aquel maestro indio al que tenía tanta antipatía.

Pensé que si era tan buen budista como él se imaginaba debería tener más comprensión para los chicos.

Mientras estaba yo allí se acercó a toda prisa un joven lama,

Lobsang,

Dijo ven enseguida el recóndito quiere verte y añadió,

Bah,

¿qué has hecho?

Le conté lo de mi engüento herbal y me dijo vamos enseguida al enfermero para ver qué puedo hacer para librarte de esa peste antes de que veas el recóndito.

Ven,

Rápido.

Fin del capítulo 4.

Siguiente capítulo,

Capítulo 5.

Gracias.

4.9 (21)

Reseñas Recientes

Leonardo

June 23, 2020

Muy sabios decretos Gracias gracias gracias

Emilse

May 3, 2020

Excelente. Atrapante!

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