
Cuentos Chinos Para Dormir Delicioso
by Daniel Yvker
Esta es una lectura de cuentos tradicionales chinos que, con suerte, te ayudarán a descansar y con los que al mismo tiempo, tal vez incluso de manera inonsciente, podrás interiorizar algo de la notable sabiduría china.
Transcripción
Hola,
Yo soy Dan.
Te voy a contar algunos cuentos chinos para dormir delicioso.
Comienza recostándote en tu cama,
Tomando conciencia de tu respiración natural,
Inhalando y exhalando por tu nariz,
Naturalmente,
Siguiendo ese vaivén natural de la respiración,
Como si fueran olas de mar,
Tomando conciencia de tu cuerpo,
De todas las sensaciones de contacto de tu cuerpo con tu cama,
Las sensaciones de tu cabeza con tu almohada,
Creando espacio,
Permitiendo que tu cuerpo descanse y se relaje.
Historias chinas Perdí mis dientes porque eran duros.
Conservé mi lengua porque era blanda.
Confucio El retrato del gallo de pelea Un emperador chino ama por sobre todas las cosas a su gallo de pelea.
Decide inmortalizarlo.
Llama al mejor pintor del imperio.
El artista observa durante muchas horas al animal y luego le dice,
Su majestad,
El retrato estará listo en seis meses más.
Pasados los seis meses,
El monarca envía a un ministro a buscar el cuadro.
El pintor le dice,
Aún no está listo.
Vuelva en ocho meses más.
Pasa el tiempo indicado.
El emperador,
Impaciente de ver la obra de arte,
Envía a un grupo formado por sus más importantes colaboradores,
Pero el pintor los recibe diciendo,
Aún no está listo.
Vuelvan en diez meses más.
El emperador se encoleriza.
Voy a esperar,
Pero si esta vez no cumple,
Haré que le corten la cabeza.
Pasan los diez meses.
El emperador mismo,
Con un séquito impresionante más un verdugo,
Se dirige hacia el estudio del artista.
Este lo recibe con las muestras de respeto que la tradición indica.
El monarca irritado le interrumpe.
Quiero ahora mismo ver el retrato de mi gallo.
Si no lo has terminado,
Perderás tu vida.
Con toda calma,
El pintor coloca en un atril una tela en blanco.
Prepara colores y pinceles,
Y ante el asombro de todos,
Pinta el retrato del animal.
El dibujo y el parecido son perfectos.
El gallo parece respirar.
Ferocidad,
Elegancia,
Inteligencia hacen de él un gallo maestro.
El emperador,
Ante tal obra de arte,
Llora de emoción.
Luego se enfurece.
Sin duda,
Eres el mejor de todos los pintores.
Tu retrato es perfecto.
Sin embargo,
Te haré cortar la cabeza.
¿Pudiendo pintarlo en un minuto,
Te has permitido hacerme esperar dos años?
Eres un vanidoso insolente.
—Un momento,
Majestad —responde el pintor—.
Antes de dar su orden,
Déjeme mostrarle algo.
Abre sus grandes armarios.
Están llenos de millares de dibujos del gallo,
En todas las posiciones imaginables,
Con todos los estados de ánimo posibles,
Con todos los colores de sus plumas vistas a través de múltiples gamas.
Luego el pintor abre las puertas de su taller que dan al jardín,
Y el emperador ve una enorme jaula llena de gallos vivos,
Rodeada de cientos de gallos disecados,
Y también montones de esqueletos de esas aves.
El joven pintor,
Un joven que quiere ser pintor,
Acude donde un gran maestro.
Éste le pide que pinte y que le traiga su cuadro.
Cuando lo termina,
El joven se lo muestra al viejo,
Quien le dice.
—¿Cómo lo sientes?
¿Has logrado tu obra?
—Espero que usted me lo diga —responde,
Inseguro el muchacho—.
—Aún no has llegado.
El joven,
Triste,
Vuelve a su cuarto y comienza otro cuadro.
Cuando lo termina,
Regresa donde el viejo.
—¿Cómo lo sientes?
¿Has logrado tu obra?
—Espero que usted me lo diga —responde,
Inseguro el muchacho—.
—Aún no has llegado.
Y así,
Durante algunos años,
La misma escena se repite.
Un día,
Por fin,
El alumno siente que ha realizado una pintura que tiene valor.
Contento la lleva a su maestro.
Éste la examina atentamente y luego,
Como siempre,
Le pregunta.
—¿Cómo lo sientes?
¿Has logrado tu obra?
—Esta vez,
Creo que sí la he logrado,
Pero espero que usted me lo diga.
Tengo que pensarlo.
Estudiar tu cuadro.
Vuelve mañana.
El joven,
Eufórico,
Va a un café donde se reúnen los otros alumnos y comenta con cada uno de ellos los valores de su obra.
Un muchacho le dice.
—No sé por qué estás tan satisfecho de ti mismo.
Acabo de hablar con el viejo y él no ha cesado de devolver tu cuadro.
Dice que no tiene el menor valor.
El pintor,
Furioso,
Corre a la casa del maestro.
Y al verlo le grita.
—¿Cómo puede hablar así de mi cuadro?
Es injusto.
Estoy seguro de que usted sabe cuán logrado está.
Es una obra de arte.
No le admito que lo ande demoliendo.
No admito que hable mal de un cuadro que amo.
El viejo sonríe y le responde.
—Por fin has llegado.
La olla milagrosa.
En un terreno que tenía arrendado,
Un campesino encontró una olla enorme.
Se la llevó a casa,
Encantado de su hallazgo.
Puesta aquella en un rincón de la cocina,
Una cebolla cayó accidentalmente en su interior.
El campesino se inclinó para cogerla,
Con los pies que se apenas tocaban el suelo.
Tan pronto como la hubo recuperado,
¿cuál no fue su sorpresa al descubrir una cebolla idéntica en el sitio de la primera?
La retiró y al punto apareció una tercera.
Comprendiendo que la olla reproducía al infinito lo que se encontraba en su interior,
El buen hombre se puso a dar gritos y a bailar de alegría.
El propietario del terreno,
Puesto al corriente de la situación,
Reivindicó la olla,
Arguyendo que,
Al haber sido encontrada en su terreno,
Le pertenecía.
El campesino se negó rotundamente a ello.
Consideraba que,
Siendo arrendatario,
Poseía el pleno disfrute del terreno y de todo cuanto en él se encontraba.
Los dos hombres acabaron llegando a las manos.
En ese momento acertó a pasar por allí el hijo del juez.
Cuando comprendió el motivo de su disputa,
Exigió que le fuera entregada la olla en el acto,
En espera de que el juez decidiera sobre la cuestión.
Previsto del precioso utensilio,
Se precipitó a su casa y arrojó un puñado de monedas de oro en su interior.
Las monedas se reprodujeron tal como cabía prever,
Y el joven se puso a multiplicarlas con avidez.
Más tarde,
Su padre le encontró amasando una montaña de monedas de oro.
—¡Ladrón!
—gritó el juez.
—¿Cómo has osado apoderarte de esa olla?
—Has deshonrado a nuestra familia.
En pocas palabras,
El hijo puso al padre al corriente del asunto.
Aplacado,
Este último se acercó maravillado a la olla,
Y se unió a su hijo para extraer nuevas monedas.
Llevado por el entusiasmo,
Perdió pie y cayó en el fondo del recipiente.
—¡Hijo mío!
¡Sácame de aquí!
—exclamó el desdichado juez.
—Sí,
Padre,
Ahora mismo —respondió el hijo,
Tendiéndole un brazo para ayudarle a salir.
Sacó al anciano fuera de la olla,
Pero apenas hubo puesto este los pies en el suelo,
Cuando en el fondo de la marmita gritó una voz.
—¡Hijo mío!
¡Sácame de aquí!
El hijo se apresuró a sacar a su padre por segunda vez,
Pero de nuevo se repitió la escena.
—¡Hijo mío!
¡Sácame de aquí!
El joven comprendió entonces que estaba condenado a pasarse la vida sacando a su padre de la olla,
A menos que infringiera la tradición que manda que un hijo le debe un respeto absoluto a su padre,
El rey y los bárbaros.
Como consecuencia de violentas guerras fratricidas,
Un rey perdió hasta el último de sus soldados.
No le quedaron más que dos servidores.
Un día los bárbaros llegaron a las puertas de la ciudad con la intención de poner cerco al palacio.
El rey ordenó entonces a sus servidores que abrieran todas las puertas y ventanas,
Y acto seguido se instaló en la galería a fin de observar la llegada de los invasores.
Mientras él se abanicaba indolentemente,
Les vio avanzar hasta la escalinata de palacio.
Su serenidad perturbó a los bárbaros.
Estos supusieron que los esperaba una trampa en su interior.
En vez de poner cerco aquel lugar,
El jefe reunió a sus hombres y tocó a retirada.
El rey dijo entonces,
«Ved,
Los bárbaros que son la plenitud tienen miedo del vacío».
El ternero sacrificado.
Una ciudad perfectamente fortificada era asediada desde hacía muchos meses.
Todas las reservas estaban agotadas.
No quedaba más que un ternero que repartir entre trescientas o cuatrocientas personas.
En el límite de sus fuerzas y sin ninguna esperanza allá,
Los habitantes fueron a ver a la castellana del lugar para que aceptara la rendición,
Pero ella se negó a ello.
Ordenó que se sacrificara este último ternero y que fuera arrojado por encima de las murallas entre las filas de los enemigos.
Al recibir al animal,
Estos últimos se dijeron,
«Es inútil prolongar por más tiempo este cerco,
Pues si se deshacen de un ternero tan fácilmente,
Ello quiere decir que les quedan todavía muchísimas provisiones».
El ruiseñor.
Un día un príncipe chino oyó cantar a un ruiseñor.
Maravillado por la belleza de su canto,
Decretó que era un pájaro real que debía de estar en palacio.
Ordenó su captura.
Cuando le trajeron el pájaro,
Lo encerró en una magnífica jaula de oro.
Le hizo servir los manjares más exquisitos y convocó a los mejores músicos del imperio para que le hicieran compañía.
Sin embargo,
Por más que fue rodeado de mil atenciones,
El ruiseñor dejó de cantar.
Se desmejoró y murió en una semana.
Ser y parecer.
Un hombre que paseaba por delante de una tienda vio que vendían allí dos loros.
Encerrados en la misma jaula.
Uno era muy bonito y cantaba estupendamente,
Mientras que el otro estaba en un estado lastimoso y permanecía mudo.
El primero valía cincuenta yens y el segundo tres mil.
El hombre,
Asombrado por la diferencia del precio,
Le dijo al comerciante,
Deme el oro de cincuenta yens.
Imposible,
Señor,
Respondió el vendedor.
No puedo vender los dos pájaros por separado.
¿Pero por qué?
¿Cómo explica usted una semejante diferencia de precio?
Pues el más feo cuesta infinitamente más que el más bonito,
Y además no canta.
Eso es absurdo.
Ah,
No se equivoque usted,
Señor.
El loro que encuentra usted feo es el compositor.
Las gaviotas.
Unos niños jugaban en una playa con unas gaviotas.
Las aves venían sin ningún temor a posarse en los brazos de los chiquillos que bailaban con ellas.
Cuando regresaron a sus casas,
Por la noche,
Su padre les dijo.
Me he enterado que habéis estado jugando con las gaviotas.
Coged alguna mañana para que también yo pueda jugar con ellas.
Cuando al día siguiente los niños se dirigieron a la orilla del agua,
Ninguna gaviota vino a volar cerca de ellos.
Se quedaron lejos,
Planeando por los aires.
El sabor del vinagre.
En un cuadro taoísta hay tres hombres sentados en torno a un bocal de vinagre que están probando.
El primero de ellos hace una mueca,
Encontrando el vinagre ácido.
El segundo pone a sí mismo cara de desagrado,
Porque le parece demasiado amargo.
Y el tercero está encantado,
Pues considera que es excelente.
Se dice que el bocal de vinagre es la vida.
Y que los personajes son Confucio,
Buda y Lao Tse.
El primero,
Confucio,
Piensa que la vida es terrible,
Que es preciso crearse ceremoniales para someterse a continuación a ellos.
El segundo,
Buda,
Dice que la vida es amarga,
Que tenemos que morir,
Que todo es sufrimiento,
Y que hay que esforzarse por desapegarse de ella.
El tercero,
Lao Tse,
Es un ser positivo que sigue el curso de las cosas.
Dice,
La vida depende del punto de vista que adoptemos.
Mi vida diaria es una maravilla,
Porque soy yo quien la crea.
Yo soy la vida.
Que tengas muy dulces sueños.
Conoce a tu maestro
4.6 (468)
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