
La semilla de mostaza
“Kisā Gotamī y la semilla de mostaza” es un antiguo relato de la tradición budista que habla del dolor, la pérdida y la dificultad de aceptar aquello que no podemos cambiar. La historia sigue a una mujer que, tras sufrir una pérdida devastadora, busca desesperadamente una solución y recibe del Buda una sencilla tarea que la llevará a recorrer distintas casas y a encontrarse con una verdad que hasta entonces no podía comprender. A través de esta experiencia, el cuento muestra cómo el sufrimiento, cuando dejamos de negarlo y nos atrevemos a mirarlo en silencio, puede transformarse en comprensión, aceptación y una nueva forma de vivir.
Transcripción
El cuento de la semilla de mostaza.
En una aldea polvoriente.
Del norte de la India.
Vivía una joven llamada Kisako Tami.
Su vida había sido sencilla.
Marcada por la pobreza y el esfuerzo.
Pero todo cambió cuando nació su hijo.
Aquel niño.
Se convirtió en el centro de su mundo.
Su risa llenaba la casa vacía.
Y sus pequeños pasos parecían prometer un futuro distinto.
Pero un día.
.
.
Sin previo aviso,
El niño enfermó.
La fiebre lo consumió rápidamente.
Y antes de que nadie pudiera hacer nada.
El niño murió en los brazos de su madre.
Quizá Gotami no aceptó la realidad.
Se negó a creer que su hijo estuviera muerto.
Lo envolvió con cuidado y lo sostuvo contra su pecho.
Recorriendo las calles del pueblo.
Llamando a cada puerta.
Por favor.
¿Pueden darme una medicina para mi hijo?
Algunos la miraban con compasión.
Otros con incomodidad.
Un anciano,
Al verla pasar una y otra vez,
Le dijo con suavidad.
Hija mía.
No hay medicina para la muerte.
Pero ve a ver al Buda.
Tal vez.
.
.
Él pueda ayudarte.
Aferrándose a la última esperanza.
Aquí se agotaba mi camino hasta donde se encontraba el Buda.
Al verlo.
Cayó de rodillas y suplicó.
Maestro.
Dame una medicina.
La que sea.
Para devolverle la vida a mi hijo.
El Buda.
La miró con infinita compasión.
No negó su dolor ni la contradijo.
En cambio le dijo lo siguiente.
Está bien,
Hija mía.
Puedo ayudarte.
Pero primero.
.
.
Debes traerme una semilla de mostaza.
De una casa donde nunca haya habido muerte.
Kisagotami se levantó de inmediato.
La tarea parecía sencilla.
En su corazón.
La esperanza volvió a encenderse.
Fue a la primera casa.
Y pidió una semilla de mostaza.
La mujer del hogar se la ofreció sin problema.
Pero antes dime,
Preguntó Kisa.
¿En esta casa ha muerto alguien?
La mujer.
Bajo la mirada.
Mi padre murió el año pasado.
Kisagotami.
Devolvió la semilla y siguió su camino.
En la siguiente casa.
Ocurrió lo mismo.
Y en la siguiente.
Y en otras más.
Aquí murió mi madre.
Aquí perdimos a un hijo.
Mi esposo falleció en la estación de las lluvias.
Puerta tras puerta.
Historia tras historia.
Aquí Sagotami comenzó a escuchar algo que nunca antes había comprendido.
El dolor No era solo suyo.
El sol comenzó a ponerse.
Y con cada relato.
Su desesperación se transformaba lentamente.
Ya no corría.
Caminaba en silencio.
Ya no suplicaba.
Simplemente escuchaba.
Esa noche.
Se sentó a las afueras del pueblo.
Sosteniendo el cuerpo sin vida de su hijo.
Por primera vez.
No lo veía como alguien que debía volver.
Sino como alguien que había partido.
Las lágrimas que brotaron de sus ojos.
Esta vez eran distintas.
No eran de negación.
Sino de comprensión.
A la mañana siguiente.
Regresó donde el Buda.
Pero esta vez lo hizo sin el cuerpo del niño.
Trajiste la semilla.
Preguntó el Buda.
Quizá agotá mi inclino a la cabeza.
Maestro.
No hay ninguna casa donde la muerte no haya entrado.
He comprendido.
Que mi dolor no es sólo mío.
El Buda.
Asintió con serenidad.
Así es la vida.
Todo aquello que nace está destinado a desaparecer.
¿Comprenderé esto?
Es el comienzo de la sabiduría.
Kisago Tami.
Liberada del peso de su negación.
Finalmente encontró paz.
No porque dejara de amar a su hijo.
Sino porque finalmente dejó de luchar contra la realidad.
Y así.
En medio del dolor.
Comenzó su verdadero despertar.
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